Naturalezas en fuga II -  - E-Book

Naturalezas en fuga II E-Book

0,0

Beschreibung

En este libro, Naturalezas en fuga ii. Ecopoética del paisaje urbano, deseamos continuar y completar el volumen anterior, Naturalezas en fuga. Ecocrítica(s) de la ciudad en transformación, para profundizar en el conocimiento de las etapas de regeneración y revitalización de la ciudad, en un contexto de transformación y de compromiso con los criterios para la sostenibilidad ante los retos del desarrollo urbano. Para ello, el hilo conductor es un enfoque ecocrítico y ecopoético, orientado hacia el análisis de los imaginarios presentes en la comunicación, la creación artística y la producción cultural, e implicado en la planificación urbana y en la construcción de la ciudad. A lo largo del siglo pasado, las grandes metrópolis, inmersas en procesos de industrialización, sufrieron profundas transformaciones en su configuración urbana y en el espacio de significados atribuidos a la ciudad. Los movimientos migratorios y las crecientes necesidades de infraestructuras y equipamientos urbanos, la destrucción causada por las guerras y otras catástrofes, así como una posterior reconstrucción, la crisis del modelo de desarrollo, la globalización y las etapas de desindustrialización, entre otros, han sumido a la ciudad en intensos procesos de cambio e incertidumbre, que han tenido su correlato tanto en el imaginario como en el sentido atribuido a la ciudad y a la condición ciudadana.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 444

Veröffentlichungsjahr: 2023

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



PENSAMIENTO CRÍTICO / PENSAMIENTO UTÓPICO

241

siglo xxi editores

CERRO DEL AGUA 248, ROMERO DE TERREROS, 04310, CIUDAD DE MÉXICO

www.sigloxxieditores.com.mx

siglo xxi editores, argentina

GUATEMALA 4824, C1425BUP, BUENOS AIRES, ARGENTINA

www.sigloxxieditores.com.ar

anthropos editorial

LEPANT 241-243, 08013, BARCELONA, ESPAÑA

www.anthropos-editorial.com

Rosa de DiegoDolores Thion Soriano-Mollá (eds.)

NATURALEZAS EN FUGA II

Ecopoética del paisaje urbano

Fernando Bajo

Frederik Verbeke

Beatrice Bottin

Jesús Camarero

Rosa de Diego

Pedro Manuel Gómez Rodríguez

Leire Ituarte

Eneko Lorente

Christian Manso

Arantxa Quintana

Dolores Thion Soriano-Mollá

Gabriel Villota

Diego, Rosa de y Dolores Thion Soriano-Mollá (eds.)

Naturalezas en fuga II. Ecopóetica del paisaje urbano / Fernando Bajo Martínez de Murguía, Aratxa Quintana, Pedro Manuel Gómez Rodríguez, Jesús Camarero, Frederik Verbeke, Christian Manso, Rosa de Diego, Dolores Thion Soriano-Mollá, Gabriel Villota Toyos, Beatrice Bottin, José Ignacio Lorente, Leire Ituarte Pérez; eds. Rosa de Diego, Dolores Thion Soriano-Mollá. – 2022

280 p.; 13.5 × 21 cm – (Colec. Pensamiento crítico / pensamiento utópico)

ISBN: 978-84-17556-53-2

1. Urbanismo – Aspectos sociales 2. Ecología en literatura 3. Ciudades y pueblos en el cine I. Ser. II. t.

LC HT241 D5418n

Dewey 307.76 D5595n

Primera edición, 2022

© Rosa de Diego, Dolores Thion Soriano-Mollá y otros, 2022

© Anthropos Editorial. Nariño S.L.

Edita Siglo XXI Editores

www.sigloxxieditores.com.mx

ISBN 978-84-17556-53-2

ISBN-E 978-607-03-1332-5

Impreso en Mujica Impresor, S.A. de C.V.

Camelia, núm. 4

Col. El Manto, Iztapalapa

09830, Ciudad de México

Impreso y hecho en México

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

LA MIMÉTICA: UNA HERRAMIENTA PARA LA ECOPOÉTICA

Fernando Bajo Martínez de Murguía

LA ECOPOÉTICA DE LOS ENTORNOS URBANOS HABITABLES Y DEL PAISAJE NATURAL DE LAS CIUDADES

Arantxa Quintana

LAS CIUDADES VISIBLES DEL MARKETING URBANO: SIGNOS, DESEOS E INTERCAMBIOS

Pedro Manuel Gómez Rodríguez

DE LA ECOPOÉTICA A LA ECO-FICCIÓN

Jesús Camarero

CUANDO LA CONTAMINACIÓN Y LOS RESIDUOS TÓXICOS INSPIRAN LA LITERATURA

Frederik Verbeke

MADRID EN LOS ALBORES DEL SIGLO XXII: LA ECOLOGÍA CUESTIONABLE EN ROSA MONTERO

Christian Manso

LAS BRECHAS DE LA CIUDAD EN LA CIENCIA FICCIÓN

Rosa de Diego

LA CIUDAD EN LA PROSA ESPAÑOLA ACTUAL: ECOPOÉTICAS Y DISTOPÍAS

Dolores Thion Soriano-Mollá

VOCES QUE CAMINAN: NOTAS PARA UNA APROXIMACIÓN AL SONAR DEL CUERPO QUE MARCHA

Gabriel Villota Toyos

EL ESPACIO PÚBLICO: ¿UN ESCENARIO ANTICRISIS?

Beatrice Bottin

COREOGRAFÍAS DE LA EXPERIENCIA URBANA

José Ignacio Lorente

MUTACIONES DEL ESPACIO URBANO EN LA “GRAN TETRALOGÍA” DE MICHELANGELO ANTONIONI

Leire Ituarte Pérez

SOBRE LOS AUTORES

INTRODUCCIÓN

En este libro, Naturalezas en fuga II. Ecopoética del paisaje urbano,1 deseamos continuar y completar el volumen anterior, Naturalezas en fuga. Ecocrítica(s) de la ciudad en transformación, para profundizar en el conocimiento de las etapas de regeneración y revitalización de la ciudad, en un contexto de transformación y de compromiso con los criterios para la sostenibilidad ante los retos del desarrollo urbano. Para ello, el hilo conductor es un enfoque ecocrítico y ecopoético, orientado hacia el análisis de los imaginarios presentes en la comunicación, la creación artística y la producción cultural, e implicado en la planificación urbana y en la construcción de la ciudad. A lo largo del siglo pasado, las grandes metrópolis, inmersas en procesos de industrialización, sufrieron profundas transformaciones en su configuración urbana y en el espacio de significados atribuidos a la ciudad. Los movimientos migratorios y las crecientes necesidades de infraestructuras y equipamientos urbanos, la destrucción causada por las guerras y otras catástrofes, así como una posterior reconstrucción, la crisis del modelo de desarrollo, la globalización y las etapas de desindustrialización, entre otros, han sumido a la ciudad en intensos procesos de cambio e incertidumbre, que han tenido su correlato tanto en el imaginario como en el sentido atribuido a la ciudad y a la condición ciudadana.

Porque la ciudad es —además de una superficie urbana y construida— un espacio de relación con el otro, un lugar de negociación intersubjetiva de significados donde el individuo se perfila como ciudadano. Por esta razón, ser ciudadano no consiste únicamente en habitar el espacio urbano, sino en reconocer, en el derecho a la ciudad, la competencia y la capacidad para comprenderla, actuar en ella y gestionar el encuentro con los demás.

La urbe moderna, resultante de la revolución industrial, inscribió este programa en sus tramas y configuraciones a través del planeamiento urbano, proporcionando así a la ciudad un carácter textual, legible, de tal forma que sus usos y funciones pudieran ser inteligibles y susceptibles de diversas atribuciones de sentido como experiencia urbana. A este objetivo han contribuido indudablemente muchos dispositivos comunicativos y de expresión de ese pensamiento urbano, como los medios de comunicación, la literatura, el cine o la artes plásticas y visuales.

Tras la crisis estructural de los años setenta, muchas ciudades industriales en declive acometieron profundas transformaciones de su programa urbano que afectaron por igual, tanto a su forma construida, como a su significado y a la percepción del ciudadano. De forma sintomática, la fractura del territorio urbano y del proyecto de cohesión social sobre el que se asentaban el principio de derecho a la ciudad y el planeamiento urbano clásico, se ha visto igualmente reflejada y retroalimentada por la fractura en lo simbólico, apreciable tanto en el texto urbano, en sus arquitecturas, tramas y paisajes, como en las narrativas que se han ocupado de la comunicación del proyecto regenerador.

Durante las últimas décadas, y tras la crisis del modelo productivo y de desarrollo anterior, las principales ciudades europeas y americanas han acometido procesos de regeneración y revitalización urbanas que han transformado la ciudad en un objeto extremadamente complejo. Además, la pandemia sufrida en estos últimos años ha modificado indudablemente no sólo el modelo de desarrollo urbano en relación con los retos de la sostenibilidad económica y medioambiental, sino también la vida cotidiana en casi todos los núcleos urbanos del mundo. Todos estos cambios han transformado la forma de pensar, diseñar y habitar las ciudades.

Como resultado de ese proceso y en el actual contexto de crisis económica, social y de sostenibilidad de las ciudades, el debate acerca de la función del urbanismo se centra en el binomio segregación/cohesión social, en relación con la participación ciudadana en la deliberación y reconstrucción de la ciudad, que incluye las inquietudes medioambientales y la anhelada sostenibilidad demandada por todos. Por ello, la aproximación ecocrítica a este fenómeno reclama un nuevo enfoque de lo urbano que, una vez más, tiene a la naturaleza como referente nostálgico. Para ello, para abordar ese concepto tan amplio y complejo que denominamos ciudad, resulta pertinente la configuración y consolidación de equipos pluridisciplinares capaces de afrontar el problema urbano desde toda su complejidad, desde sus diferentes pliegues multidisciplinares.

Como consecuencia de la transformación de ciertos espacios urbanos en objeto de diseño y marketing, el espacio público se ha transformado en un espacio de implantación y consumo de realizaciones urbanísticas de prestigio, independientemente de los usos potenciales de dichos espacios y de su función en relación con las necesidades ciudadanas en materia de equipamiento y de cohesión social y territorial. Además, la cultura ha jugado un papel relevante en la comunicación y el marketing urbanos. Los efectos devastadores de la reciente crisis en relación con los modelos de vida, el tejido social y el patrimonio cultural de las ciudades son síntomas de la falta de sostenibilidad, del carácter secundario de las políticas culturales en relación con la cohesión social y la revitalización urbana.

De manera evidente, desde la segunda mitad del siglo XX, hay un interés creciente por las cuestiones de tipo ecológico. Nuestra mirada sobre la naturaleza ha cambiado profundamente, sobre todo por la paulatina desaparición de la sociedad rural y la transformación de los paisajes, por el agotamiento de los recursos naturales, a causa de la polución por el consumismo, por el calentamiento global, la amenaza de desaparición de muchas especies o el cuestionamiento de la noción de naturaleza en oposición a cultura. Uno de los primeros teóricos que abordó la ecocrítica fue Lawrence Buell, quien afirmaba que “el hombre tiene una responsabilidad ética hacia el medio ambiente, concebido como un proceso y una presencia cuya historia influye en la del hombre”. Se trata de analizar, desde cuestionamientos éticos y temáticos, las relaciones que tienen los seres humanos con el hábitat, planteando una oposición precisamente entre naturaleza y cultura.

La ecopoética, procedente de la ecocrítica, se interesa igualmente por la problemática medioambiental y por ciertas cuestiones ecológicas, de manera que nos permite reflexionar sobre cómo las catástrofes ecológicas degradan el planeta, para defender la naturaleza, el medio ambiente e imaginar las posibles transformaciones sociales y urbanas. Su planteamiento no sólo obedece a criterios éticos y temáticos, sino también estéticos. La perspectiva ecopoética enfocada sobre la ciudad contemporánea va a servirnos para reflexionar muchos de sus problemas específicos en relación con el hombre y la naturaleza, pero además nos permitirá pensar la forma en la que el imaginario aborda el espacio a través de sus pensamientos, emociones y experiencias sensoriales. La ecopoética permite estudiar la manera en la que aparecen presentadas y representadas la naturaleza y la ciudad en relación con los problemas ecológicos.

En definitiva, los objetivos específicos de este volumen se centran en el análisis de los imaginarios urbanos presentes en la comunicación estratégica de la ciudad y su potencial contribución a la producción de nuevos espacios de socialización y puesta en valor del patrimonio cultural, desde una perspectiva ecocrítica y ecopoética, un punto de vista que constituye un programa emergente de investigación interdisciplinar y que aporta nuevas herramientas metodológicas para el análisis y comprensión de la complejidad de los fenómenos urbanos contemporáneos. Así, con la arquitectura, el urbanismo o los estudios sociales y culturales, las prácticas artísticas, como la literatura, el cine o las artes plásticas y escénicas, aportan formas de sensibilización de aquello que ha quedado desalojado y adormecido a lo largo del proceso de construcción de los espacios natural y urbano, con la finalidad de devolverles su dimensión ética, estética y política.2 En este contexto, los trabajos reunidos en Naturalezas en fuga II. Ecopoética del paisaje urbano tratan de aportar una perspectiva interdisciplinar a los fenómenos y transformaciones urbanas tomando la ecopoética no sólo como criterio de visibilidad de la ciudad como una naturaleza socialmente construida sino como un espacio de accesibilidad a la complejidad y transversalidad de dichos fenómenos en los que se entrecruzan cuestiones históricas, sociales, culturales y ciudadanas.

Las interpretaciones de la naturaleza desde las distintas manifestaciones artísticas son la base de un concepto tan novedoso y sugerente como la ecopoética. En el primer capítulo de este volumen, “La mimética: una herramienta para la ecopoética”, de Fernando Bajo, se plantea una primera aproximación a la ecopoética desde un concepto tan intrínseco a la naturaleza como la mimética. Inicialmente se repasan sus primeros estadios, la versatilidad de sus usos y su utilidad en relación con diferentes actividades realizadas por el ser humano. Además, se distinguen algunas potencialidades que su aplicación puede rendir más allá de lo puramente visual. Por último, se defiende que este abanico de ventajas ha evolucionado desde los estadios más primarios de la supervivencia de los seres vivos, hacia otros escenarios, en donde un equilibrio con la naturaleza garantiza nuestra mejor convivencia como seres humanos.

Por su parte, Arantxa Quintana plantea en el capítulo “La ecopoética de los entornos urbanos habitables y del paisaje natural de las ciudades” que la interrelación entre las leyes de la naturaleza y la ciudad consolidada es un reto pendiente. El paisaje natural dentro del paisaje urbano de la ciudad es resiliente al mismo tiempo que frágil dentro del ecosistema de la ciudad urbanizada. El eterno debate entre el verde de la naturaleza y el gris del asfalto en las urbes se transforma en un retorno a la ciudad mediante soluciones de resilvestración de la misma o renaturalización de los sistemas riparios y sus zonas de transición. En este contexto, la ecopoética de los entornos urbanos habitables y del paisaje natural de las ciudades aborda la emoción del paisaje urbano naturalizado: cityscape —paisaje urbano— frente a —landscape—, paisaje generalmente rural. Como consecuencia de todo ello, la ruralización de los espacios urbanos consigue reverdecer la ciudad y dar una oportunidad a la vida silvestre al traer el campo a la urbe.

Pedro Gómez, en su capítulo titulado “Las ciudades visibles del marketing urbano: signos, deseos e intercambios”, analiza la indudable importancia y transcendencia del marketing urbano, que, más allá de servir de ayuda para la promoción de las ciudades y para crear una imagen de ellas, ofrece un conjunto de metodologías y herramientas con las que atender adecuadamente a las necesidades y deseos de sus diferentes públicos objetivo. En un contexto como el actual, donde el principal peligro para las ciudades es permanecer invisibles ante quienes buscan un lugar donde vivir, hacer turismo o emprender un negocio, el marketing es imprescindible.

Jesús Camarero, en su capítulo “De la ecopoética a la ecoficción”, efectúa una interesante definición del concepto de ecopoética y ofrece un panorama detallado de la aportación de Schoentjes, el padre de la ecopoética, a los estudios de ecocrítica, bajo el enfoque de la ecología humanista que conduce a una teoría sintetizada de la “eco-ficción”, es decir, toda obra literaria en la que la naturaleza adquiere un papel protagonista. El autor aplica la teoría explicitada, desde una perspectiva también comparatista, a dos obras muy diferentes, Truismes, de la francesa Marie Darrieussecq, y El bosque sabe tu nombre, de Alaitz Leceaga.

Durante las últimas décadas, la literatura europea ha empezado a dar una mayor importancia a los daños ambientales, al impacto del cambio climático y a la crisis ecosocial que acompaña el inicio de la era del Antropoceno y de la Sexta Extinción. Frederik Verbeke, en su capítulo “Cuando la contaminación y los residuos tóxicos inspiran la literatura”, desde un enfoque comparatista, explora diversas obras literarias en las que los espacios contaminados y los paisajes tóxicos cobran protagonismo. Una literatura que hace visible las consecuencias de la urbanización planetaria y del desastre socio-ecológico y su impacto en la transformación de los espacios naturales. Una literatura que busca generar un imaginario alternativo.

También desde la literatura, Christian Manso se centra en analizar la novela de Rosa Montero, Lágrimas en la lluvia. Mediante la ciencia ficción que transporta al lector al Madrid de principios del siglo XXII, la autora elabora una visión de un futuro no tan lejano en el que plantea problemas vitales y existenciales acerca de la relación entre el individuo y su entorno. Para darles mayor relieve y alcance, se vale de una protagonista androide, Bruna Husky, que, paradójicamente, está capacitada para ilustrar, cuestionar e invitar a una reflexión sobre el conjunto de los hábitos de la sociedad occidental, una sociedad tecnológicamente muy avanzada.

Desde una perspectiva más general, Rosa de Diego analiza el mensaje pesimista de la ciencia ficción, principalmente en la literatura francófona, en su capítulo “Las brechas de la ciudad en la ciencia ficción”. De manera recurrente, en estas obras contemporáneas se plantea un apocalipsis ecológico y se denuncia el atentado de la sociedad moderna contra el medio ambiente, con el objetivo de que el lector se pregunte sobre el devenir del planeta. Esta literatura, más que adivinar el futuro, sondea el presente para revelar una tendencia de la sociedad en germen y alertar así sobre una hipotética evolución y sus consecuencias. En estas ecoficciones aparecen diferentes formas de distopías urbanas, ciudades inhumanas, en las que se denuncian las consecuencias de los desequilibrios de la naturaleza.

Como complemento al estudio de Rosa de Diego, Dolores Thion Soriano-Mollá realiza un breve panorama de la producción literaria de las últimas décadas en España relacionada con las representaciones de la ciudad. Del balance general se induce que la ciudad es en pocas ocasiones asunto central en las creaciones. Cuando lo es, la perspectiva adoptada puede aprehender el espacio urbano como una ecopoética —José Carlos Llop— o desde planteamientos ecocríticos —Rafael Chirbes—. Con la misma visión pesimista que analizaba Rosa de Diego están surgiendo interesantes novelas de anticipación —de ciencia ficción y fantásticas— entre jóvenes escritores y aficionados. En ellas se percibe el compromiso ecológico de los autores, quienes recurren al antropoceno postapocalíptico para mostrarnos nuevas alternativas de ciudad en las que la humanidad ha tenido que adaptarse a los problemas de sostenibilidad.

Gabriel Villota Toyos, en “Voces que caminan” parte del cruce de dos ideas: por un lado, de la búsqueda del silencio necesario para escuchar el sonido de la voz y así reactivar su huella, y, por otro, de la observación de las trazas del caminar, del desplazamiento del cuerpo y su sonido al moverse, como soporte necesario de la voz, y como actividad necesaria igualmente para alcanzar aquellos límites, aquellos espacios fronterizos, vacíos, aquellas periferias en las que será posible la generación de sentido. El autor efectúa un recorrido, desde los orígenes de la humanidad y hasta la actualidad de distintas voces que caminan, que se desplazan, que recorren y van construyendo el mundo a través del arte. Sonidos que buscan el silencio para poder escuchar, lejos del bullicio de las grandes urbes, de los centros del poder político, económico y simbólico, nuestra propia voz y también la de los otros.

Atendiendo a nuestro presente inmediato, Beatrice Bottin analiza cómo la pandemia ha afectado a la totalidad de los ciudadanos del mundo en su capítulo titulado “El espacio público: ¿un escenario anticrisis?”. La autora considera que los artistas han sido y son las dobles víctimas de esta tremenda catástrofe. Sin embargo, a pesar de las restricciones, algunos de ellos han decidido salir a la calle en busca de ese aliento del que dependía su supervivencia. No se trata de una abnegación heroica sino de una simple necesidad. Y esto, sin duda, ha dado lugar a lo que podríamos considerar una suerte de desconfinamiento del pensamiento y de la palabra. Las casas y los espacios públicos se han convertido, de este modo, en nuevos escenarios anticrisis.

Que cualquier expresión artística puede contribuir a sensibilizar a los ciudadanos de los problemas ecológicos lo pone de manifiesto Eneko Lorente en “Coreografías de la experiencia urbana” con un original planteamiento ecocrítico en la danza. Recuerda que en los años sesenta, antes de que se manifestara la crisis estructural de la década posterior, el arquitecto y paisajista Lawrence Halprin, junto con la bailarina, coreógrafa y precursora de la danza contemporánea Anna Halprin, desarrolló una singular metodología ecocrítica de investigación, denominada RSVP Cycles, con la que ambos trataron de dar respuesta a la progresiva fragmentación del espacio urbano y ciudadano. Esta ecopoética coreográfica de la experiencia urbana no sólo está atenta a las condiciones medioambientales del espacio construido, sino que además está abierta a la exploración de las condiciones y determinaciones que ese espacio incorpora en el tejido social, sensible y ciudadano que lo habita.

Otro medio de expresión de gran calado y capacidad de convocatoria es el cine. Leire Ituarte estudia las mutaciones del espacio urbano en la “gran tetralogía” de Michelangelo Antonioni, La aventura (L’avventura, 1960), La noche (La notte, 1961) El eclipse (L’eclisse, 1962) y El desierto rojo (Il deserto rosso, 1964). Antonioni es sin duda un cineasta consagrado como uno de los autores más representativos del cine moderno europeo de los años sesenta. Los cuatro filmes elegidos componen una tetralogía que indaga en la aflicción emocional del sujeto moderno, en la desintegración de la pareja y en la condición femenina y sus neurosis en el contexto patriarcal y burgués urbano y sus instituciones durante el miracolo económico italiano de esos años. En esta tetralogía el neorrealismo aflora como un rastro difícil de borrar, sobre todo en el tratamiento de los paisajes urbanos e industriales en construcción durante la efervescencia económica de la Italia moderna. La representación sobredimensionada de una ciudad en expansión y la actividad febril de sus fábricas amenaza siempre con destruir a unos personajes minimizados por un medio ambiente exagerado.

1.La publicación de este volumen ha sido posible gracias a la ayuda PPGA 20/07, concedida por el Vicerrectorado de Investigación de la UPV/EHU y del proyecto “Écocritique et espace urbain”, concedido por la Université de Pau et des Pays de l’Adour.

2.Rancière, Jacques (2014), El reparto de lo sensible. Estética y política, Buenos Aires, Prometeo.

LA MIMÉTICA: UNA HERRAMIENTA PARA LA ECOPOÉTICA

FERNANDO BAJO MARTÍNEZ DE MURGUÍA

Introducción

Si admitimos que una de las principales aproximaciones a la ecopoética versa sobre las interpretaciones de la naturaleza desde las distintas manifestaciones artísticas —y considerando los diversos enfoques que de esta primera se vienen dando— parece interesante explorar las herramientas que tenemos a nuestra disposición en relación con este panorama. Entre ellas, pretendemos defender que la mimética, y más concretamente la biomimética, constituye un arma dinámica y sutil a la hora de modular alguna de estas interpretaciones; también sirve para confundirnos y quizá incluso para configurar alguna nueva interpretación que aún desconocemos. Independientemente de la finalidad perseguida, su aplicación siempre se apoya en mecanismos estrechamente relacionados con los observados en la naturaleza, copiándola o interpretándola desde diversos puntos de vista. Por lo tanto y desde un primer momento, podemos aventurar que existen distintas miméticas, así como diferentes rangos de éstas, ya que cada disciplina que las aplica lo hace de distinta manera.

Pocas cosas hay tan poéticas como la mimética. Un recurso, como sabemos, que existe tanto en el reino natural como en el artificial y que, en el caso que nos interesa, afecta principalmente al sentido de la vista.1 Se trata de una emulación de amplio espectro que simula lo que no es y que nos engaña sutilmente, lo que resulta muchas veces más sugerente que la propia realidad. De ahí la fascinación que ejerce en nosotros y también el interés que provoca, pues es un ejemplo claro de cómo la simulación puede llegar a superar la realidad. Por otro lado, este filtro ficticio sobre lo real opera como una nueva capa de significado: enriquece el conjunto percibido y traslada más allá de una simple funcionalidad aquella utilidad de lo que en un principio tan sólo es considerado como una herramienta.

Pero no sólo se trata ya de poética —teñida a veces de ese sufrimiento inherente a la siempre anhelada y difícil supervivencia—, sino de un elemento fundamental para una convivencia cómplice como condición necesaria para superar el futuro incierto que se avecina. Un grado más que toma los comportamientos de la naturaleza como modelo y que nos identifica con el medio en el que se desenvuelve nuestra existencia.

Se trata de la ecopoética. Si deseamos hablar de ésta en relación con la mimética —y con cualquier otra aptitud creativa capaz de influir en su interacción con el medio— hemos de analizar su correspondencia con la poiesis y ser conscientes de su importancia ecosistémica, así como de las aplicaciones que se le han dado en diferentes situaciones a lo largo de la historia. Es decir, hemos de hablar de su inserción en las distintas actividades que desempeñamos y en las que utilizamos mecanismos de comportamiento y parecidos con los observados en la naturaleza.

Por todo esto parece interesante 1] indagar en el origen de la mimética de corte natural aplicada en el ser humano y sus posteriores variables; 2] repasar algunas de sus aplicaciones más significativas, desde sus supuestos más básicos, hasta los más refinados y 3] explorar sus implicaciones respecto de las maneras diferentes de interpretar la naturaleza. Con el objeto de desgranar su importancia a través de otras tantas perspectivas que permitan estudiar su evolución, sus derivas y su carácter adaptativo de amplio espectro con el fin de imaginar cuáles pueden ser sus futuros desde un punto de vista ecopoético.

La necesidad de supervivencia / esconderse o parecerse a algo distinto

La mimética es un rasgo que podemos encontrar muy a menudo en la naturaleza. En el reino animal se halla hasta en su propia genética, lo que propicia tanto la supervivencia de muchas especies como la desaparición de otras tantas. Todos conocemos los casos más destacados de esta cualidad fascinante que confunde simulacro con realidad; seres animados con cuerpos aparentemente inanimados que así pasan inadvertidos, o apariencias que permiten tanto la confusión como curiosas complicidades para facilitar la interacción ventajosa de alguno de sus participantes. Se trata de un mecanismo de adaptación utilizado para perdurar, en el que precisamente son los seres más vulnerables los que en virtud de una necesidad vital por subsistir, la dominan con mayor maestría.

Las rocas, por ejemplo, no necesitan mimetizarse, pueden parecerse siempre a ellas mismas, ya que, como apunta Wagensberg (2004: 63-65), su fortaleza garantiza su permanencia.2 Sin embargo, en el polo opuesto, animales muy vulnerables como algunas mariposas han requerido de una apariencia similar a la de otros más resistentes, incluso a elementos menos sensibles como las piedras, ramas u hojas pertenecientes a su ámbito para sobrevivir y perpetuarse; esto hace que quizá ya no se parezcan más a sí mismas, sino a aquello que gracias a su aspecto las protege. Con el objetivo contrario —precisamente el de que otros no sobrevivan— también una apariencia similar al entorno permite el acecho discreto de los depredadores, mejorando significativamente su índice de éxito. La evolución de las especies ha considerado estos hechos de modificación selectiva y eficiente como algo definitivo (Darwin, 1859)3 y probablemente sea esta capacidad la que está detrás de que buena parte del universo natural parezca actualmente lo que es y no cualquier otra cosa. Así que no sería aventurado defender que nuestros entornos obedecen desde hace ya tiempo a las leyes de un gran simulacro…4

Por lo tanto, podemos asegurar que la mimética forma parte de las leyes naturales que rigen este mundo en el que vivimos y en el que el comportamiento de la naturaleza sigue siendo un referente. Pero ¿qué hay de ese otro mundo artificial, cada vez más extenso, que de forma paralela ha ido configurando el hombre de manera voluntaria según sus intereses?5 ¿Se puede decir que tienen validez las mismas leyes u otras asimilables? Y, sobre todo, ¿puede justificarse su necesidad por otras razones que van más allá del interés por disfrutar de una determinada apariencia capaz de mejorar su supervivencia?

La mimética y el ser humano: dos primeros ámbitos de importancia

Lo cierto es que el hombre, como ser consciente y observador que es, pronto se da cuenta de la importancia que para la vida de muchos animales tiene su capacidad de mimetizarse con su entorno y detecta una primera relación entre la mímesis visual y la supervivencia. Además, desde muy pronto decide tomar parte activa poniéndose en su lugar6 y así adopta el mismo comportamiento, sólo que con un fin muy determinado. Ya no se trata simplemente de sobrevivir pasando desapercibido, sino de tomar la iniciativa y liderar un dominio inequívoco sobre el resto de las especies. Comienza así a utilizar estas técnicas para la caza de animales, tan necesaria para la supervivencia en las primeras etapas de su existencia. Posteriormente, y por extensión, lo hará también para la guerra —o la caza y muerte de sus congéneres—, esa terrible maquinaria que caracteriza a las sociedades más competitivas.

Por otro lado, una belicosidad eficaz, que a su vez depende de equipamientos y mecanismos adecuados (Turchin et al., 2013)7 parece estar paradójicamente en relación directa con la aparición de la ciudad como marco físico de convivencia propio de las sociedades avanzadas y, por tanto, con la de su trazado y la de sus diversas arquitecturas, siendo definitiva para su liderazgo (Mumford, 1961: 82).8 El recinto defensivo habitable como germen urbano puede derivar de esta doble relación dual (mimética y antimimética) con el contexto natural. Asimismo, y como cualidad complementaria ciertamente esperanzadora, la mimética siempre posibilitará el anhelo de sentirse conectado con el entorno (natural o artificial) de manera discreta y eficaz, junto con todas las connotaciones de protección, seguridad, o identidad que de ello pueden derivarse.

Es de este modo que el hombre se sirve de la mimética, ya sea desde su aplicación o desde su deliberada renuncia, como instrumento de dominio en contextos absolutamente diferentes. En un primer ámbito, el natural, intentando formar parte de él, aunque sólo sea de forma puntual y temporal. Y en un entorno artificial como es el urbano, negándola explícitamente como gesto de poder y desafío. Prueba de ello es que tanto la moda en el vestir como la manera de construir exhiben en la ciudad una apariencia lejana de toda mímesis con una naturaleza a la que se considera del todo superada, con el principal objetivo de destacar por encima tanto del marco físico como del resto de los individuos.

Pero lo cierto es que el ser humano es quizá el único capaz de reconocer similitudes inequívocamente9 (Benjamin, 1986), analizándolas para aprovecharlas o discriminarlas, y, por tanto, servirse de ellas con diferentes fines utilitarios; bien sea en un sentido u otro. En cualquier caso, existen curiosos ejemplos que confirman esta regla, desde los más primitivos a otros más humanizados, que comentaremos más adelante.

La mimética y la guerra

Estamos de acuerdo en que el ser humano no duda en aplicar desde sus comienzos la mímesis con el objeto de cazar y poder garantizar parte de su sustento. Sin embargo, y así como también pronto comienza a dar caza a sus propios semejantes, curiosamente tardará mucho más tiempo en adoptar el tipo de mímesis específica de los sistemas de camuflaje con tal objetivo. Los amuletos, el aspecto intimidador e incluso estrafalario o el uniforme colorista acorde con sus estandartes y banderas, imperarán durante siglos antes de que de forma racional se introduzcan los equipos mimetizados en el escenario del combate.10 En realidad, no es sino hasta la Primera Guerra Mundial cuando los ejércitos son plenamente conscientes de la importancia del camuflaje como herramienta de protección y sorpresa en el ataque, y obligan a su utilización depurando mediante prueba y error sus innegables ventajas. Todavía hasta bien entrado este momento histórico, las condiciones particulares que ofrecen estos mecanismos no están totalmente legitimadas y se identifican con mucha arbitrariedad e incluso confusión, así como con una cierta demostración de cobardía por parte de quienes los utilizan.11

Por lo tanto, una aplicación práctica de la biomimética como es la del camuflaje militar, que hoy día nos parece tan obvia y común, apenas tiene más de un siglo de vida. Desde entonces su fulgurante desarrollo ha sido y continúa siendo una línea de investigación de primer orden e incluso se puede afirmar sin mucho reparo que es en el campo bélico donde más aportaciones se han producido hasta el momento. No es en vano que en las guerras actuales los ataques son cada vez más selectivos y menos arriesgados, al menos en lo que a recursos humanos del agresor se refiere,12 mientras que la protección de bienes, equipos y combatientes resulta estar —al menos en aplicaciones miméticas— absolutamente generalizada.

Pero además de la terrible y aparentemente inevitable guerra recurrente entre semejantes, hoy en día estamos en otra guerra contra un contrincante poderoso e inmisericorde: el cambio climático, situación provocada por el ser humano ante la que ha de reaccionar con premura y contundencia si quiere garantizar su supervivencia. ¿Puede la mimética ser un arma útil en la lucha contra este nuevo enemigo? No sólo diferentes artículos y proyectos de investigación defienden cada vez más esta tesis —que, por otro lado, la arquitectura y el urbanismo tradicionales de cada región han corroborado a lo largo de la historia—,13 sino que cada vez vemos más nuevos ejemplos construidos que así intentan demostrarlo.

Por ejemplo, la reciente sede del Museo Nacional de Qatar —inspirado en una forma mineral característica de la zona en donde se ubica, la denominada “rosa del desierto”—, en donde bajo el remedo arquitectónico de las características cristalizaciones del desierto se muestran la historia geográfica y humana del país, protegidas eficazmente por su paraguas identitario.

Naturaleza y confrontación. Protección y ataque como actividades básicas de ese “estar en el mundo” que pueden asegurar nuestra supervivencia y que en definitiva forman parte de nuestro habitar, pero que en su relación con la mimética se manifiestan de forma primaria y más evidente en los escenarios bélicos.

La mimética como herramienta de eficiencia

Existe, por lo tanto, una relación de orden básico entre la mimética y la supervivencia, bien sea ésta competitiva o no. En el óptimo rendimiento en el combate o la caza, en virtud de una manipulación perceptiva, y en la garantía de poder soportar o cuando menos mitigar las condiciones adversas del contexto. Es decir, en el resultado satisfactorio que el uso de ésta aporta para obtener una eficiencia respecto de la permanencia. Y esta consideración de la mimética como herramienta para la eficiencia la convierte inmediatamente en sujeto replicable de máxima actualidad, lo que provoca que trascienda el mundo cinegético o bélico para ser también aplicable a otros ámbitos bien distintos: salud, medio ambiente, bioingeniería, sostenibilidad o incluso arquitectura y urbanismo. Porque la mimética no sólo condiciona la percepción, manipulándola al dictado de las intenciones de quien la domina, sino que también opera mejoras en el funcionamiento de los sistemas.

Por lo tanto, conviene aclarar que el problema de la mimética no sólo abarca al camuflaje con el medio natural, ni siquiera con el entorno inmediato cualquiera que sea su carácter, sino que en realidad posee mucho más recorrido y supone uno de los eternos debates inherentes a cualquier disciplina formal: el de parecerse o no a otros precedentes admirados que han superado con éxito el paso del tiempo, legitimando así su valor.14 Y más allá de estos parecidos, mejor o peor vistos según el momento, está el asunto de la copia y el modelo, su evolución y sus series; el de la falsificación o el plagio, pasando por el pastiche hasta la suplantación de la realidad inclusive. Ya que, por así decirlo, cambia la información procesada desde nuestro sentido visual por otra que, sin ser del todo verdadera, ejerce las veces de la realidad para así actuar dentro de un complejo de equivalencia (Baudrillard, 1978: 18) como un verdadero simulacro que intenta equiparar la copia con el modelo original.15 Y tal y como ya hemos dicho, llega a exigir un esfuerzo intelectual capaz de distinguir aquellas similitudes de entre las distintas versiones.

Pero el ámbito de este trabajo no abarca tal dimensión del problema. Tan sólo se circunscribe al perfil que la mímesis con la naturaleza, y en virtud de sus diferentes ámbitos de aplicación, puede aportar como beneficio a la percepción y el funcionamiento de la obra o el ingenio por encima de un aspecto visual puramente estético, para desde allí poder desplegar su utilidad con base en una serie de alternativas más sutiles que son las que verdaderamente legitiman aquellos ejemplos de valor universalmente reconocidos, que no son otros que los que plantean diferentes perspectivas en función de la eficiencia obtenida por una aplicación óptima de la mimética respecto de unos determinados fines.

Pensemos por un momento en los retos de la mimética respecto de una disciplina como la arquitectura. Fascinada desde su origen con una naturaleza a la que toma por referencia y de la que extrae sus materiales: el orden corintio y su historiado capitel inspirado en el centro de hojas de acanto,16 las acróteras naturalizadas de los templos clásicos, la cabaña primitiva construida con ramas y troncos remedando el templo clásico,17 las estructuras metálicas que copian los entramados arborescentes del reino vegetal18 o los novedosos jardines verticales que de manera un tanto naíf convierten un sistema natural que es horizontal en fachada vertical, persiguiendo una sostenibilidad quizá demasiado literal. Todos ellos son interpretaciones biomiméticas con un mayor o menor grado de manipulación.

Pero hagamos el ejercicio de pensar en la evolución secuencial de estos esfuerzos y no basarnos exclusivamente en las diversas copias más o menos literales de la naturaleza. ¿No sería la verdadera y más radical mimética la de hacer los edificios transparentes? ¿Y por lo tanto convertirlos en apariencia inexistentes, dejando toda presencia al paisaje exterior circundante?19 Porque eso es precisamente lo que ha venido intentando buena parte de la arquitectura desde el siglo XX; hacer el edificio ventana; todo y sólo ventana. No pareciéndose a algo, sino más bien no ser nada más que aire y pura transparencia.

De ahí los paños vidriados de suelo a techo tan característicos del Movimiento Moderno (representados por la obra de Mies van der Rohe, Le Corbusier o F. Ll. Wright) y los edificios cada vez más ligeros propios de la tradición más tecnológica (N. Foster, R. Rogers, o SOM), que se contraponen con la pesantez de las soluciones actualmente defendidas como más sostenibles (muros verdes, de tierra apisonada, de barro y paja, etc.). La naturaleza tras el cristal, como marco de contemplación que se admira, pero no se toca, frente a la naturaleza como materia de construcción, interactiva y manipulable; este verdadero dilema que parece demostrar que retrocedemos en pureza formal a la vez que avanzamos en eficiencia energética y en el que la mimética, desde la poética de la abstracción en su tránsito hacia la ecopoética de la identificación, juega un papel fundamental.

Distinción jerárquica entre la mera imagen y los resultados de una eficiencia derivada de la mimética

Por todo ello parece conveniente indagar algo más acerca de esta disciplina que trata no sólo de la confusión organizada dentro del ámbito de lo visual y su representación, sino también de los funcionamientos adaptados al contexto, sus ventajas e inconvenientes; sobre todo en función de la consecución de unos objetivos más o menos eficientes aplicados a la actividad humana. Desde sus estadios primarios hasta otras manifestaciones culturales más avanzadas, cabe descubrir —a partir de esta primera aproximación— otra serie de valores de mayor calado. No se debe olvidar distinguir entre la jerarquía del orden que eventualmente modifica (los fines) y los mecanismos de alteración de la imagen que le sirven como herramientas (los medios).

Porque es importante separar la atención que desata el mero efecto de la imagen, sujeta a modas pasajeras o parecidos de referencia, de la eficiencia que puede obtenerse desde su aplicación en múltiples campos. Para defender otros sentidos de la utilidad que posee la capacidad de mimetizarse, que sin duda van más allá de jugar a confundir mediante un aspecto determinado por muy atractivo que esto nos parezca. Para destacar finalmente el valor de su funcionalidad a la hora de obtener resultados más significativos que los simplemente estéticos, puesto que el problema no pasa tan sólo por parecerse a algo distinto para resultar inadvertido o ser mejor considerado y así tener expectativas de perdurar. A veces simplemente remedia aquello que ya está legitimado, cuyo valor reconocido garantiza la consideración respetuosa de la copia que lo interpreta y desarrolla, estableciendo ese devenir de réplicas que a partir del objeto original configura cada una de las series en las que a menudo se ha estructurado la evolución de la producción artística (Kubler, 1962)20 y funcional.

Es cierto que vivimos momentos que se interesan sobre todo por lo superficial, por lo estrictamente visible, por la imagen sugerente o divertida que puede llegar a convertirse en cualquier cosa, desde un logotipo hasta un edificio, con la consecuencia fatal de legitimar procesos de simple identificación visual que justifican cualquier resultado. Pero pensamos que el hecho artístico, independientemente de su escala, no debe circunscribirse a un simple juego de imitación de niños. No se trata de esconderse pretendiendo ser parte epidérmica de algo, sino de pertenecer a un contexto no sólo de forma visual, sino también cultural, social, identitaria e incluso reivindicativa; es decir; sensible, coherente, comprometida y activa. Y probablemente así se encuentre ese deseado lugar en un mundo pleno de referencias que muchas mímesis superficiales buscan desde estéticas que si no frívolas, sí se encuentran la mayor parte de las veces vacías de contenido.

Y es que, al margen del medio natural, cuyas características casi siempre fascinantes no dependen de nuestra voluntad y han de ser investigadas en profundidad por los naturalistas, podemos intentar aproximarnos al tema desde otras perspectivas, enfocando nuestra atención en los esfuerzos que el ser humano ha realizado para aplicar la mimética a sus creaciones y actividades, con el fin de distinguir algunas que son útiles y pueden tener más recorrido, de aquellas que simplemente se quedan en el juego de nuestra percepción y resultan la mayor parte de las veces efímeras. Es decir, cualificando de forma diferencial las ideas y sus significados del mero virtuosismo en el uso de las imágenes.

De la confrontación al humanismo… o de la poética de la supervivencia hacia la ecopoética de la convivencia

A la vista de lo expuesto, podemos afirmar que la mimética es una herramienta de máximo interés en virtud de sus múltiples manifestaciones y posibilidades. Su amplio espectro es aplicable en diversos tipos de escenarios, desde los propios de la confrontación violenta, hasta otros más cercanos al humanismo, bien sean estos últimos domésticos o públicos. Desde una poética fundamentada en un parecido con la naturaleza para lograr una eficiencia particular a la hora de conseguir un objetivo concreto —parecido intimidante o desapercibimiento— hasta una ecopética en la que la identificación con la naturaleza persigue una eficiencia colectiva —mejorando así la calidad de vida de la comunidad—. El repaso por los distintos ejemplos expuestos así nos lo demuestra y ofrece similitudes replicables para otros campos de estudio en virtud de una necesidad contrastada. Profundizar en su conocimiento nos es útil para comprender mejor alguna de sus claves, pero también para trasladarlas a nuestras actividades particulares de forma útil, al tomar ventaja de sus múltiples potencialidades.

En el mundo casi exclusivamente visual en el que nos ha tocado vivir, este hecho toma una dimensión extraordinaria, ya que cualquier apariencia óptica es relativamente fácil de reproducir al margen de las condiciones de su contexto, vaciando, por lo tanto, gran parte de su significado. Y así llegar a suplantar su auténtica realidad. Esto es algo que hoy en día ocurre de forma tan generalizada que tendemos a olvidar su trascendencia, ya que en lugar de ideas tan sólo valoramos imágenes. Pero si creemos que los dispositivos se fundamentan y justifican de acuerdo con su utilidad y capacidad para construir significado y no en su simple apariencia, este hecho es de vital importancia. Por ello el peligro es quedarnos tan sólo con una parte del mensaje, la más fácil de asimilar por ser la más superficial, sin extraer las diferentes consecuencias que configuran también su contexto, aportando de este modo un valor mayor. Porque la conclusión más general que estas líneas defienden es el valor de la mimética más allá de la apariencia, ya que además de generar eficiencia puede dotar de significados en función de su aplicación y tiene múltiples formas de demostrarlo, no sólo para las disciplinas basadas en la imagen.

Uno de estos incrementos de significado proviene de la reivindicación de una identidad con la realidad física del contexto en el que nos ubicamos al establecer un diálogo legible y lógico entre artificio y naturaleza que parecía haber sido olvidado. Como hemos visto, sus aplicaciones parten desde cuestiones básicas, como el enmascaramiento o la desaparición perceptiva de elementos molestos, hasta otras mucho más complejas, como el parecido formal identificable con soluciones de referencia ya legitimadas por la historia; es decir, la copia. Para este último caso, y una vez abandonadas las reglas de la composición clásica, es posible que ciertas pautas propias de la naturaleza exploradas por la biomimética puedan servir como fundamentos de un orden diferente, y más eficiente, en la siempre difícil formalización del hecho construido.

Pero quizá una de las nociones básicas más interesantes sea que tal y como hemos visto que ocurre en el mundo natural, la mimética garantiza una mejor supervivencia, una manera eficaz de legitimarse al perseverar en una función fortalecida gracias a su enraizamiento, demostrando así una mayor interacción con los distintos niveles perceptivos de nuestro entorno. También para la arquitectura y el urbanismo, que en este caso debiera ser considerada como condición para la permanencia, ese eterno reto de las disciplinas constructivas.

Curiosamente esta cualidad ventajosa también puede tener el efecto contrario y una mimética mal utilizada, como la que desgraciadamente se aplica exclusivamente por efecto de las modas, hace que, en virtud de sus concesiones, llegue a resultar perniciosa; tanto en el mundo natural, en el campo de batalla e incluso en los ámbitos doméstico y urbano. Esto provoca que las disciplinas visuales, pero también otras más utilitarias como la arquitectura y el urbanismo, aparezcan menos consistentes y más ajenas a todo compromiso. Esto potencia el efecto devastador de una frivolidad sin otro fundamento que el exclusivamente estético. Por lo tanto, es de suma importancia aplicar con verdadera razón de necesidad las muy diferentes características, pues puede aportar una cualidad que lejos de quedarse en un mero aspecto superficial, se manifiesta tan delicada como esquiva, pues así es como opera la mimética.

Ya no vivimos en un periodo de

creación artística natural inconsciente

como la que propició anteriores

dictados arquitectónicos, sino más bien

en una era de investigación del pensamiento

y de reflexión personal consciente…

—Leo von Klenze

1.No debemos olvidar que existen rasgos miméticos respecto del sentido del tacto, del oído e, incluso, del gusto y del olfato; texturas, sonidos y sabores asimilables que, por supuesto, también guardan estrecha relación con la ecopoética, allí donde se apliquen.

2.Jorge Wagensberg apunta que lo inerte resiste la incertidumbre de su entorno para estar en su realidad, lo que demuestra que “la resistencia es la primera forma de rebelión contra la incertidumbre, la estrategia más fundamental para seguir estando” (Wagensberg (2004), La rebelión de las formas, Tusquets).

3.Darwin, Charles (1859), El origen de las especies.

4.Jean Baudrillard fue uno de los grandes defensores de este tipo de ideas (véase su libro Cultura y simulacro. La precesión de los simulacros (1978), Pedro Rovira (trad.), Barcelona, Kairós).

5.Cabe recordar que ya Theodor Adorno, en Minima Moralia, defiende que la condición humana conlleva la búsqueda de similitudes, ya que “un ser humano llega a ser humano a través de la imitación de otros seres humanos”. Es decir, que la mayor capacidad de crear similitudes no corresponde a la naturaleza sino al hombre (Walter Benjamin (1986), Reflections. Essays, Aphorisms, Autobiographical Writings, Nueva York, Peter Demetz). También Sigmund Freud exploró esta identificación con el mundo exterior, especialmente útil para todas las ramas de la estética (véase Sigmund Freud (1905), Jokes and their Relation to the Unconscious, Londres, Routledge).

6.En un claro ejemplo más de la Teoría del otro generalizado, de George Herbert Mead. Para una explicación de las ideas de Mead, especialmente la distinción de “yo” y del “mí” para el desarrollo del denominado self, consúltese www.teoria-sociologica-dashia.blogspot.com.es/ (G. Herbert Mead (2015), Mind, Self and Society, Chicago, Chicago University Press. En realidad, este ver al otro en el self, y al self propio en el otro está más relacionado con la literatura que con la arquitectura (Neil Leach, Institute for Advanced Architecture of Catalonia, Barcelona), pero depende fundamentalmente de los valores sociales vigentes en cada momento que puedan incidir en cada disciplina. Tal y como muestra el citado autor en sus conferencias, en este momento se trata fundamentalmente de imágenes más o menos sugerentes. Tan sólo queda algo del ensimismamiento de la venustas Vitruviana, pero más bien nada de la utilitas o la firmitas. Es decir, poco espacio y emoción; desde luego, menos interés por la construcción.

7.Turchin, Peter (2013), War, Space, and the Evolution of Old World Complex Societies, Charles S. Spencer (ed.), Nueva York, American Museum of Natural History.

8.Mumford, Lewis (2012 [1961]), La Ciudad en la Historia: sus orígenes transformaciones y perspectivas, La Rioja, Pepitas de Calabaza.

9.“La Naturaleza crea similitudes… la mayor capacidad para producir similitudes es sin embargo propia del ser humano” (Walter Benjamin (1986), Reflections. Essays, Aphorisms, Autobiographical Writings, Nueva York, Peter Demetz, p. 332).

10.Sirva como ejemplo primitivo el color azul con el que los pictos pintaban sus caras con el fin de amedrentar a sus enemigos, pero no para pasar desapercibidos sino con el objeto de contrastar con el entorno. O las casacas rojas sobre pantalón blanco de los soldados ingleses, a juego con su bandera. También en la antigüedad cabe recordar las palabras de Julio César en La Guerra de las Galias (siglo I a.C.), cuando escribe: “Los celtas pintan sus cuerpos con tintura de glasto para parecer más terribles. Llevan el pelo largo y los cuerpos afeitados, a excepción del labio superior y la cabeza”.

11.La historia convertida en leyenda del Barón Rojo, Manfred Albrecht Freiherr von Richthofen (1892-1918), el mayor as de la aviación de la Primera Guerra Mundial, así llamado por pilotar un avión pintado en color rojo. No está demostrado que utilizara dicho color por evitar cualquier camuflaje que denotara cobardía, pero sí es cierto que comandó, entre otros, el escuadrón Jasta 11, conocido como “circo volante” por los llamativos colores de sus catorce aviones. Al ser fácil su identificación, y debido al respeto y prestigio con los que contaba entre sus enemigos, el color rojo actuaba sin embargo como temible arma psicológica. Esto es un claro ejemplo de lo que podríamos denominar anticamuflaje. También es interesante recordar que el segundo as de la misma guerra, Ernst Udet, personalizó del mismo modo su Fokker D.VII en rojo brillante con bandas y letras blancas muy brillantes, con una llamativa decoración sobre el fondo de camuflaje arlequinado que quedaba relegado a la parte superior del fuselaje, haciéndolo prácticamente inservible.

12.La administración de Estados Unidos incrementó el número de ataques y bombardeos con aviones no tripulados (drones) en Afganistán, al menos en un 72% durante 2012, respecto al año anterior. Se prevé que este porcentaje irá subiendo en años venideros (Telesur, 20 de febrero, 2013). La guerra en Ucrania ha consolidado definitivamente esta tendencia.

13.A base de un acondicionamiento pasivo basado en el uso inteligente de materiales de proximidad y soluciones constructivas depuradas a lo largo de la historia.

14.Un análisis ejemplar en este sentido es el desarrollado por el filósofo marxista Frederic Jameson (1984) a tenor de su crítica del posmodernismo. De acuerdo con los postulados de su profesor, Erich Auerbach, y los análisis de Theodor Adorno sobre la cultura de la época industrial, Jameson critica la falta de “historicidad” que no de referencias históricas del posmodernismo en las distintas manifestaciones artísticas visuales, entre ellas la arquitectura. Esto augura la imposición del pastiche que suplanta al discurso de la realidad.

16.Según el relato de Vitruvio (véase cap. I del libro IV, Los diez libros de Arquitectura, Madrid, Alianza, 2009).

17.Para un estudio de La cabaña primitiva como expresión de las leyes inmutables de la arquitectura véase Marc Antoine Laugier (1999 [1753]), Ensayo sobre la arquitectura, L. Maure (trad.), Madrid, Akal.

18.Desde las históricas entradas al Metro de París diseñadas por Hector Guimard hacia 1900, hasta las grandes estructuras arborescentes de la arquitectura, como pueden ser las diseñadas por Antonio Gaudí, Frei Otto o Santiago Calatrava.

19.También, y dentro de esta intención, podemos señalar los edificios reflectantes, cuyas fachadas especulares reflejan su contexto exterior manifestándose como inexistentes. Por ejemplo, el Willis Faber and Dumas Headquarters (1971-1975) en Ipswich, Inglaterra, uno de los primeros y más rompedores edificios del arquitecto Norman Foster.

20.Kubler, George (1988 [1962]), La configuración del tiempo, Nerea.

LA ECOPOÉTICA DE LOS ENTORNOS URBANOS HABITABLES Y DEL PAISAJE NATURAL DE LAS CIUDADES

ARANTXA QUINTANA