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Encontrar el amor verdadero es un desafío para nuestra joven protagonista, quien sueña con grandes romances, sin descubrir que, en realidad, el amor verdadero ha llegado. Entre su círculo de amigos, Nelo se deslizará para robarle el corazón y el alma misma; llenará su vida de besos y caricias. Entre ellos nacerá un amor profundo; un amor que jamás podrá olvidarse.
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Seitenzahl: 137
Veröffentlichungsjahr: 2021
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Magdalena Gomez.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Montiel, Paula Alejandra
Nelo : más allá de un recuerdo / Paula Alejandra Montiel. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.
158 p. ; 21 x 14 cm.
ISBN 978-987-708-895-3
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas Románticas. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2021. Montiel, Paula Alejandra
© 2021. Tinta Libre Ediciones
Nelo, más allá de un recuerdo
Montiel Paula Alejandra
Tu silueta poco perceptible,
iluminándose apenas
tras la lumbre del cigarro
bajo un árbol, refugio, tímido cómplice,
en la noche ingenua,
espera trémula,
solo a media cuadra…
La felicidad plena
de envolverme en tus brazos,
suspiro interminable que paso a paso
recorre la distancia entre los dos.
Un te amo
que no acaba…
Un suspiro que perdura en el recuerdo…
Capítulo 1
Toda historia empieza de alguna manera, pues esta comienza una tarde cálida de verano, sentada en la vereda junto a Luly en un banco de cemento gris en el umbral de su casa, donde acostumbrábamos ver pasar las horas más tiernas concebidas, tomando unos mates de yerba, dulces y con yuyitos, en cuyos sorbos entretejíamos sueños e ilusiones acerca del futuro.
Futuro que nos ponía en las situaciones más absurdamente románticas, empalagosamente idealizadas y escasamente posibles. En ellas éramos bellas heroínas quinceañeras, propietarias del amor más puro que nunca jamás alguna otra persona haya podido tan solo alcanzar.
Soñábamos despiertas con grandiosas fiestas, interminables bailes y unos hermanos tan guapos como perfectos, capaces de perpetuar nuestra amistad a lo largo de nuestras vidas.
Inocentes mis ojos, de tanto en tanto aterrizaban en la realidad, permitiéndome sentir la brisa fresca del atardecer y con ella el parpadear del alumbrado público encendiéndose rítmicamente en la lejanía, el sonido de los vehículos en su andar y la televisión de fondo emergiendo de la ventana a nuestras espaldas.
Ventana por la que cada tanto nos espiaba la mamá de Luly, una mujer grotesca, de buenos modos y semblante amargado con la vida, alta y de hombros anchos, morocha de pelo corto y andar pesaroso, quien controlaba nuestros movimientos y oía, seguramente, nuestras tontas fantasías, tal vez recordando su propia vida.
Luly también era morocha, su pelo lacio era larguísimo y de perfecta caída que parecía jamás enredarse, sus ojos pequeños de rasgos orientales hacían concentrar aún más la vista en sus pupilas oscuras de ojos marrones, sus labios delgados y su sonrisa genuina se coronaban con dos hoyuelos traviesos, sus largas piernas y estrecha cintura anticipaban un gran cuerpo de mujer. Era bella, fina y delicada.
Nos habíamos conocido casi a mi llegada a la ciudad, dado que proveníamos de la capital y habíamos arribado aquí a principio del año pasado. Mis padres habían alquilado un antiguo caserón muy cerca de su casa, por lo que éramos vecinas y amigas.
Lo cierto es que el sentimiento glorioso del amor gobernaba nuestros discursos de príncipes inventados sobre rostros conocidos, repletos de historias inconclusas que jamás trascenderían al plano de lo real, o, al menos, nunca antes de las doce campanadas.
La noche caía precipitadamente, el mate ahora ya con sabor a nada empezaba a quedar de lado.
Era otra tarde de un día cualquiera, una tarde entre tantas parecidas. Sin embargo, algo, de repente, había llamado mi atención: la lumbre de un cigarrillo encendido casi hasta la colilla iluminando los labios masculinos más asombrosos que había visto en toda mi vida, y esa leve mueca de sonrisa provocando la mía.
Pasaba frente a mí…
—Toma —dijo Luly ofreciéndome el último mate—. ¡Listo, ahora te casas!
“¡Ahora te casas!” era una frase vulgar, un vaticinio nupcial, una clarividencia folclórica matrimonial atribuida a ese último mate, a veces dicha con cierta y pícara malicia del cebador o cebadora.
Aceleré el sorbo queriendo ahogar instintivamente junto al trago de mate lavado esa especie de inquietud ocasionada por el joven transeúnte, ocultando en vano la agitada respiración sin sentido.
—¡Hey! —dijo Luly, mirando hacia todos lados y volviendo a fijar su mirada en mí a la vez que preguntaba—: ¿Qué te pasó?
—¡Nada!… —respondí casi sin saber realmente la respuesta a su pregunta.
—¿Cómo que nada si tienes la cara blanca como el papel y de repente te quedaste muda, como hechizada?… Claro que nada… Nada común porque, a mi parecer, te acordaste de alguien y no me lo quieres contar… Vamos… Cuéntame, ¿qué te paso?
—¡Nada! Tengo que irme, ya es tarde… —respondí con prontitud.
—Bueno, está bien, hagamos como que nada ha pasado. Chau, amiga, que sueñes con nada y buen descanso —dijo Luly con irónica burla…
Burla que eludí llevando el equipo de mate a su cocina.
Nos despedimos como siempre y corrí a toda prisa la cuadra que separaba su casa de la mía, sentía que solo allí estaría a salvo, a salvo de mí misma…
«¿Qué ocurría? ¿Qué me ocurría?».
Entré a casa callada, sintiéndome un poco rara, tantas preguntas se amontonaban sin respuestas en mis pensamientos. Cené sin decir palabras, me acosté agradeciendo que en mi hogar nadie notara ese extraño silencio.
Deseaba dormir. Dormir y, a la vez, soñar con esa sonrisa de mueca atrevida y con esos ojos en los que me vi.
La noche, fiel compañera, cubrió mi sueño con su misterio.
Capítulo 2
Había pasado una semana, allí estábamos con Luly sentadas en el banco en la vereda de su casa. Ella platicaba de mellizos altos y rubios con ojos claros como el mar, nuestro eterno juego de matrimonio perfecto: un casamiento doble, hermanos y amigas del alma, un mismo apellido compartido, el anhelado deseo en el que yo, poco a poco, dejaba de verme. Luly soñaba en voz alta con la emoción emergiendo hasta la sensitiva piel en cada palabra articulada:
—… Por supuesto que nos invitaría a una gala en el campo, una fiesta súper lujosa, decorado todo con telas plateadas y muchas florecitas silvestres. —La oía decir exagerando con jocosa arrogancia—. Allí estaría su hermano con un coqueto traje blanco esperándote debajo de un árbol, con rosas en sus manos. Mapi, igual de elegante, pero obvio que mucho más guapo, bailaría solo conmigo, primero un vals y luego de todo un poco, esperando ansioso los lentos para declararme su infinito y puro amor. Al caer la tarde seríamos las novias más felices del universo… ¿Hey, me estas escuchando?
En su delirio onírico apenas respiraba, pero esta vez solo soñaba ella, ya no me apetecía ambicionar romances con el hermano rubio, ni con el morocho pelilargo, ni con el musculoso, tampoco con el de elegante traje de sastre y corbata dorada.
No podía imaginar noviazgos de pantalla grande, ya no podía ni quería hacerlo, temía que, al fantasear esas cosas, algo ocurriese de nuevo, había oído hablar del poder de la mente. Solo con pensarlo, tal vez, apareciera entre el humo del cigarrillo.
Luego de un rato, cambiamos de tema, teníamos que organizarnos para el fin de semana. Nos habían invitado a un asalto, era muy divertida la idea de asaltar el patio de la casa de Lorena, poner música, improvisar luces de colores, preparar jugo y algunos copetines.
Los asaltos de Lorena consistían en un gran encuentro de adolescentes y jóvenes del barrio, del colegio, del club, de la iglesia, de la vida, amigas y amigos de amigos, reunidos en su patio, para bailar como si fuese una discoteca. Era común que las chicas llevasen el copetín y los chicos la bebida. También muchos iniciaban allí su noviazgo.
Para nosotras el evento era algo extraordinario.
Al caer la tarde, ya habíamos acordado vestir minifaldas de jean, dado que ambas teníamos y nos quedaban bonitas, con unos tops y borceguíes. Claro que, a esa edad, con la frescura en la piel, evidentemente nos sentaba bien vestir a la moda.
—Ojalá vengan los dos esta vez, así el asalto se pone lindo —decía con ilusión colegial Luly—. Yo sé que les gustamos un poco aunque aún no nos conocen bien…
—Ja, ja, ja. —Reí con muchas ganas y poco disimulo.
—No te rías —respondía simulando unos tiernos pucheritos… —Ya vas a caer a sus pies, de eso estoy segura, Hopi te mira con insistencia y vos te haces la tímida… ja, ja, ja.
Ahora reíamos juntas, éramos unas tontas soñadoras.
—¿Pelo suelto o media cola? —me preguntó soltando su larga cabellera y sujetándolo hacia arriba.
—A mí me gusta suelto, pero te queda re bonito atado —respondí colocándole mi broche de costado—. Todo te queda lindo, tu pelo es hermoso.
Anochecía a mi espalda mientras se iban encendiendo las farolas del alumbrado público y apagándose tenuemente la silueta en mi memoria.
Llegué, abrí la puerta con mis propias llaves, era lindo tener las llaves de mi casa, significaba que ahora pertenecía al mundo de los grandes. Además, amaba esa vivienda antigua y colonial, de amplias piezas con techo alto y piso de parqué, ventanas colosales con postigos de madera pintadas de color verde oliva, la galería abierta y el viejo aljibe, lógicamente en desuso.
Solía pensar en sus primeros dueños, y las historias entretejidas en las tardes de tertulias.
A pesar de que solo era bonita para mis ojos, podía verse el paso del tiempo en el deterioro de los pisos y la humedad en las paredes cuya pintura se desprendía a diario dejando sus cascaritas y polvo sobre el suelo, lo precario de sus instalaciones eléctricas o la misma puerta de entrada de madera envejecida pesada y crujiente, la cual cerré suspirando, sin ver detrás.
Atrás, el mundo seguiría su propio ritmo muy ajeno a mis pensamientos.
La noche había cubierto el cielo azul con infinitas estrellas, lo vi por la ventana de mi amplio cuarto, aunque solo distinguí dos de ellas, dos intensas estrellas verdes que me miraban en medio de la inmensa oscuridad, supe entonces que estaba soñando y sonreí.
Capítulo 3
Era la mañana del sábado, desperté con miedo, llovía tempestuosamente y ahogaba las ganas de salir, el entusiasmo por la fiesta llegaba a su fin. Imaginaba que la desilusión debía replicarse en todos y cada uno de los invitados, la ropa dormiría en el clóset una semana más. El patio de la casa de Lorena era de tierra prolijamente barrida y llevar a cabo la fiesta dependía de que pare de llover y de que el sol asomara y sus rayos lo secaran. El asalto ahora estaba a merced del clima.
El pronóstico era poco favorable, el periódico anunciaba lluvias para toda la semana, mejorando hacia el domingo, pero, últimamente, erraba en sus predicciones, así que todo podía acontecer.
En lo personal, no me gustaban los días de lluvia, la ciudad quedaba inhóspita, desolada y gris. Cualquiera fuera la actividad se suspendía y, por ende, no había dónde ir, total monotonía. Para colmo, a mi edad, no me gustaba quedarme en casa.
En la residencia vivía con mis padres y mis hermanos menores. Con mi madre empezaba a llevarme un poco diferente, más distante: ella en su mundo y yo en el mío. Con mi padre charlaba a gusto, pero casi nunca estaba y, cuando estaba, pasaba interminables horas discutiendo con mi madre.
Se querían, eso lo sabía, pero se llevaban mal cada vez que en sus sendos bolsillos escatimaban el dinero, lo cual sucedía bastante seguido. Otro motivo para sus riñas era ocasionado cuando algún integrante de la familia, abuelas o tías, argumentaba tal o cual cosa.
Mi abuela Sara, madre de mi madre, era una gran mujer: solitaria, segura de sí misma, algo mandamás. La amaba considerablemente, pero no me gustaba que se metiera en la relación de mis padres…
Ellos podían pelearse solos, no necesitaban su ayuda.
Mi hermano Leo atravesaba la edad del pavo, a sus trece años era realmente irritante, bromeaba todo el día y podía llevarme al desquicio y mal humor con insubstancial facilidad. Portaba un rostro bellísimo cuasi angelical, por lo que siempre resultaba airoso de sus travesuras. Era los ojos de mi madre, todo un malcriado.
Mi papá era quien consentía a mi hermana Eleonora, la pequeña. A ella le gustaba jugar a las muñecas, tenía miles de muñecas en miniatura, pasaba sus tardes en su casita, como queriendo trazar el destino de su vida, armando la casa una y otra vez, en total perfección, un ejemplo de tesón y disciplina.
Su casa era una réplica total de cualquier casa de estilo real. De hecho, cualquier diseñador hubiese sentido envidia tan solo de ver la manera en la que ella combinaba los muebles. Tenía la capacidad de lograr los más exóticos ornamentos, resignificaba objetos con acertado gusto, por ejemplo, un dedal sobre la cocina lograba ser una olla de diseño indiscutible.
La blanquería toda de retazos elegidos con fino agrado y distinción hacía imposible jugar con ella, imposible arruinar su obra.
Yo me sentía mimada por mi abuela Sara. Mientras vivíamos en la capital, pasaba días enteros en su departamento, amaba esos días: mañanas de café con crema, tostadas con manteca y el sonido de la radio, seguido de tardes de excursiones, lecturas compartidas y juegos con letras, aunque los veranos de paseos nocturnos por la plaza eran mis favoritos.
En casa solía jugar a las muñecas, pero de tamaños estándares escuetos y comunes, bebotes y cocinitas. A medida que fui creciendo, cambié las muñecas dando lugar a miles de juegos de mesa, que prontamente dejé de lado al llegar a la ciudad y descubrir la bola anaranjada, que me sedujo hasta perder la razón.
Jugar al básquet era para mí más que un entretenimiento pasajero, era una pasión, era también algo más que compartíamos con Luly. De hecho, había entrenado en el club en el que nos conocimos y luego descubrí la cercanía de nuestros hogares.
Sábado a la tarde seguía lloviendo y yo sola en mi cuarto, botando el balón.
Capítulo 4
El asalto postergado se realizó un mes después. Con Luly bailamos, nos reímos y la pasamos genial. Un mes que transcurrió sin sorpresas ni sobresaltos.
El verano iba llegando a su fin y con él, las vacaciones. Pronto tendríamos poco tiempo para perdernos en el encanto de soñar. Lo cierto es que, a mi pesar, todo me daba igual, había perdido el rumbo de las locas fantasías, ya no podía seguir el entusiasmo ni el ritmo que antes tenía. No encontraba caballeros andantes ni príncipes de alto porte, solo imaginaba flacuchos de mediano porte y divertido andar.
A Luly no le agradaba el perfil escogido y rompía la magia con un fastidioso: “Ya está”.
Cambiábamos, entonces, el tópico de las charlas, y curioseábamos sobre portadas y artículos de revistas, con caras famosas y estilos de vida rodeados de lujos en abundancia, vidas deslumbrantes e inalcanzables, algunas veces fallidas, cuyo resultado significaba divorcios ruidosos y sensacionalismo de prensa amarilla, moda mundial, superflua información para acumular.
Otras veces escribíamos frases en cuadernos, cada una tenía el suyo, repleto de coplas y refranes, de poemas cortos de amor y anagramas con las palabras amistad y love. Se había puesto de moda dicha colección y nosotras no escapábamos a ello. De vez en cuando, inventábamos poemas con poco y nada de encanto…
“Te quiero porque te veo
y te veo porque te quiero”.
También habíamos comenzado a seguir varios programas de radio, con música nacional e internacional; sin embargo, nos divertía en especial un programa local, “La vereda del sol”, con juegos telefónicos y música pop.
Acostumbrábamos, también, a copiar las letras de las canciones que más nos gustaban… luego las cantábamos y bailábamos muy alegres y solazadas, pero, cuando sonaban los temas lentos, volvíamos a soñar casi sin darnos cuenta.
Ansiando hacer verdad el juego del amor, Luly desvariaba sagaz… tomando mi cintura entre sus manos fuertes, con todo su ser me diría te quiero, te quiero, te quiero y ¡zaz… el beso, cálido y dulce, llevándome con él por siempre!
Al parecer, yo tampoco me quedaba atrás… escondido entre las sombras va llenándome de luz, brillando entre palabras de amor, como un tierno enemigo aguardando el cortejo más romántico… con la sutileza noble de todo un caballero.
Hablar de chicos ya no nos ensamblaba, discrepábamos sin necesidad de pelear. Luly pensaba que el amor de su vida vendría por ella, que sería alto y mayor en edad, morocho y musculoso, que la amaría sin importar lo que fuera y entonces ella solo viviría para él.
Yo le decía que el amor no debía implicar renuncias y que tampoco debería rellenar un presupuesto establecido.
—A mí me gustan así: altos, grandotes y morochos. Los rubios son todos tuyos, te los regalo con moño y todo. Mapi es el único que tal vez, pero ya sabés, los morochos son míos… —me decía Luly con territorial gusto.
