Nelo y Paula - Paula Alejandra Montiel - E-Book

Nelo y Paula E-Book

Paula Alejandra Montiel

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Beschreibung

Es difícil renunciar a quien se ama, pero el orgullo suele convertirse en el mejor verdugo de uno mismo. Llevaban dos años sin verse, intentando continuar con sus vidas. Para Nelo aquello era un sinsentido, porque estaba cada vez más convencido de que jamás podría dejar de amar a Paula. ¿Se atrevería a cruzar el río que los separaba alguna vez? Ella, en cambio, había perdido todas las ilusiones de volver a verlo y estaba decidida a olvidar, a fin de cuentas, la vida continuaba y Nelo ahora solo era un simple recuerdo, una historia idealizada del primer amor, ¿amor del que había dejado de creer? ¿Será capaz el destino de volverlos a poner frente a frente?

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Seitenzahl: 325

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Montiel, Paula Alejandra

Nelo y Paula : a destiempo / Paula Alejandra Montiel. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2024.

324 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-631-306-113-6

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas Románticas. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2024. Montiel, Paula Alejandra

© 2024. Tinta Libre Ediciones

El recuerdo que aún late en lo profundotiene por hábito merodear en las páginas de algún libro.

Paula Alejandra Montiel

En una sola cita podría decirte

cuánto te amé…

o quizás aún lo hago.

Mirarte a los ojos y sentir que vuelo

irremediablemente a la juventud

o quizás soñar con el pasado…

Café de por medio

y silencio.

Murmullos lejanos.

La vida entera

pasando frente a nosotros.

Apuro el sorbo y me voy…

Te vuelvo a dejar

y una vez más me dejas marchar…

Regreso hacia ti y te beso en los labios,

ya quisiera, pero no lo hago.

Nelo y Paula

A destiempo

Capítulo 1

—Aaah…

De repente, lanzó al aire un suspiro cansino, profundo y silencioso cuyo recorrido no era más que un intento absurdo de evitar la inmensidad que los separaba. Cada vez que se hallaba a la vera del río Uruguay, no podía evitar sentirse así. Llevaba dos años sin tener noticias suyas. De mil maneras hubiese querido atravesar aquella barrera de tiempo y distancia que los separaba, pero aquello, legalmente, era un asunto imposible. En definitiva, sus múltiples ideas rondaban entre fantasías excéntricas y estrategias incautamente inviables. El solo recordar cada una de aquellas desacertadas ideas le bastaba para sentir nostalgia y vergüenza…

Pensar en él era un triste viaje al pasado, significaba despertar entre recuerdos felices en un mundo olvidado, y aunque por momentos aquel sentimiento de platónico amor le resultaba inmanejable, había aprendido a vivir en armonía con aquellos pensamientos recónditos; sobre todo ahora, que en su vida se hallaba Ezequiel.

Ezequiel era un joven apuesto cuya nobleza era tan extraordinaria como la de un gran hidalgo de antaño; de aspecto alto y musculoso, poseedor de una mirada tan apacible que con su sola presencia aquietaba cualquier tormento. Portaba pequeños ojos de color almendra, la sonrisa de un galán, la timidez de un niño y los rulos renegridos más divertidos que alguien pudiera llevar.

Paula lo había conocido en la fiesta de cumpleaños de su amiga Magdalena. Ciertamente había sido ella quien insistiera en aquella relación, pidiéndole que le diera una oportunidad a aquel joven, al cual consideraba un excelente partido, además de recriminarle que no podía seguir esperando a Nelo toda su vida; era el momento oportuno para dar una vuelta de página a aquella vieja y malgastada historia de amor. Dócilmente, Paula lo había hecho, al menos en apariencia… Quizás por esa razón el inmenso amor que algún día había sentido por su primer novio se encontraba escondido en lo más profundo de su corazón, sentimiento intacto y disimulado bajo un débil manto de olvido, escapándose en ocasiones a modo de suspiro. Es que Nelo había dejado su corazón partido en mil fragmentos; el orgullo y la inocencia la habían cegado al punto de anteponer sus caprichos a sus sentimientos de mujer.

Sin embargo, aquello había quedado atrás, debía resignarse de todos modos. El tiempo le había hecho comprender que, al crecer, cuantiosas cosas van quedando en el camino. Detrás quedarían su querido colegio secundario, las salidas con sus amigas, incluso ya no practicaba baloncesto ni frecuentaba el club. Su vida se hallaba muy cambiada, de antes solo conservaba sus responsabilidades y la pobreza. Parecía haber extraviado el alma en lo que ahora era su nuevo mundo.

Asistía al Instituto del Profesorado de Lengua y Literatura, en un lugar lo suficientemente clasista para sentirse de prestado; podía hacerlo gracias al beneficio de una beca adquirida por sus buenas calificaciones, pero ahora dependía del ochenta por ciento de aprobación de las asignaturas correspondientes a cada nivel, y aunque estudiar nunca había sido un problema para ella, sí lo era, y en gran medida, conseguir la bibliografía solicitada.

En ocasiones deseaba dejar todo su presente de lado. Creía que en algún momento tomaría de nuevo las riendas de su vida, pero aquello no era posible; se repetía eso una y otra vez para convencerse de que era tiempo de crecer. La romántica y tonta chiquilla tendría que aprender a vivir en un mundo efectivamente hostil.

Lo innegable es que Ezequiel lograba sacarla de su tristeza, pero no podía, a su pesar, deshacer la aflicción en sus ojos negros. Él sabía que ella parecía conformarse con un amor tranquilo, asimismo comprendía que le costaba dejar de suspirar por aquel viejo noviecito que le había roto el corazón; de todas formas, estaba convencido de que con su amor lograría cicatrizar aquella herida profunda, era cuestión de tiempo. Además, ¿cómo culparla? Si para él «su gran amor» era Paula.

De vez en cuando también él suspiraba por ella, mas lo hacía en soledad.

Para Ezequiel, Paula representaba todo lo que había soñado desde hacía tiempo. Tenía unos trece años y ya sentía una gran atracción por ella, pero entonces la consideraba muy lejana… Un imposible.

La había visto por primera vez en el cumpleaños de Darío, al que había asistido porque compartía amigos en común con Leo, el hermano menor de Paula y, a la vez, primo de Darío. A partir de entonces había intentado acercarse a ella, pero nada había conseguido. Con total frustración y considerando la relación poco probable, con el correr de los meses había dejado de buscarla; de hecho, ya había renunciado a ella cuando, casi por casualidad, descubrió que Paula se había convertido en amiga de su amiga personal y vecina Magdalena. Aquello había sido un golpe de suerte, o el destino permitiéndole volver a soñar.

El resto había resultado más que sencillo. Le alcanzó con confesar lo que sentía por ella a Magda, con lo que le permitió convertirse en su celestina. Luego el tiempo hizo lo suyo, y ahora aquella chica infranqueable era su novia. No obstante, nada había resultado fácil. Ella lo quería, pero él sabía que llegar a su corazón era, sin lugar a dudas, otra cosa. La amaba. Amaba por los dos, para compensar la diferencia.

—¿Más tarde te llevo a la casa de Luly? —le preguntó Ezequiel con verdadera cordialidad.

—Sí, hace bastante que no nos vemos, Ian debe estar terrible. ¿Te vas al taller? —respondió Paula.

No es que le importara lo que su novio hiciera, simplemente preguntaba por costumbre. Llevaban más de un año saliendo y ambos se conocían lo suficiente como para anticipar la rutina. Una vuelta del perro por la costanera en moto, detenerse a la sombra de un árbol, compartir el mate, conversar sobre cosas completamente sencillas, compensar horarios y programar la vida, por momentos intercambiar besos y emprender el regreso: una rutina sin sobresaltos ni sorpresas.

Un rato después, Luly salió corriendo a recibirla apenas verla por la ventana de su casa. Una vez dentro, Paula recordó aquellas charlas en las que el tema central solía ser cómo debían ser sus novios, con descripciones detallistas sobre rostros conocidos, idealizaciones de una especie de hombre exagerada, que incluía en la oferta convertirse en amigas y cuñadas. Sonrió con nostalgia y besó a Ian, que jugaba en el suelo con pequeños autos de carrera y bloquecitos multicolores.

El tiempo seguía su curso, pero solía ocurrir que un segundo exacto en los recuerdos de Paula detonaba en ella la necesidad de pausar el tiempo, detenerlo y rebobinar su vida como si fuera aquella cinta de casete con su canción favorita tan gastada. Pero el tiempo no regresaría, tampoco volvería a verse en el reflejo inconmensurable de aquellos ojos verdes nunca más.

—¿Tomamos unos mates? ¡No sabes, preparé un budín de chocolate que me salió recopado! —comentó Luly, mientras inspeccionaba el serio rostro de su amiga.

Luly conocía muy bien aquella mirada. ¿Acaso no la había visto en el reflejo de sus propios ojos cuando su mundo entero se desmoronó? Algo no andaba bien, pero estaba segura de que su amiga no se lo contaría; debía averiguarlo con sutileza, no habría otra manera de hacerlo.

—La verdad, te pasaste, está muy bueno, delicioso —dijo Paula con la boca llena, a la vez que estiraba su mano devolviendo el mate—. No te tenía en el rol de repostera, ja, ja, ja.

—¿Viste? Yo tampoco, pero todo cambia. ¿Cómo te va con Ezequiel? —replicó cambiando el tema con absoluta intención de hacerlo.

—Bien, es un gran chico —respondió Paula con verdadero sentimiento.

—¿Peeero? —interrumpió Luly mirándola con ojos fijos que intentaban intimidar en pos de la verdad.

—Sin peros. Está regrande este niño —le respondió de inmediato Paula intentando dar por terminado el giro de la conversación, haciéndole morisquetas al pequeño, que ahora dejaba sus juguetes para solicitar upa, e ignorando la severidad de aquella mirada, no sin tragar un tanto de la amargura que sentía cuando se sabía expuesta.

—¿Y Nelo? ¿Supiste algo de él? —preguntó Luly al darse cuenta de que aún sufría por aquella vieja historia indeleble.

—No, nada… Supongo que continuó con su vida en Uruguay, dejando lo nuestro aquí totalmente desvalorizado y perdido en el olvido —le respondió con cierta indiferencia sintiendo tirar sus sentimientos a un inmundo cesto de residuos, a la vez que todo su cuerpo se estremecía inevitablemente.

—¡Ay, amiga! ¿Por qué no dejás de pensar en él? No quiero verte así… No vale la pena. Probablemente Nelo ya te olvidó, y Ezequiel, bueno, él te ama tanto… Deberías estar feliz, mira que la vida se lleva lo que no es para uno, si lo sabré yo… ¡Se las reee cobra!

—Gracias, amiga, sé que Ezequiel es un gran chico, de veras lo quiero, lo quiero mucho… Tal vez lo ame, a mi manera, con medio corazón o lo que me quedó después de todo, incluso podría enamorarme de él, algún día…

Aquella declaración era sincera, todo lo sincera que podía permitirse; estaba intentando continuar con su vida. Lentamente olvidaría. Debía arrancar a Nelo de una vez por todas de su corazón, de su mente, de sus labios. Debía hacerlo… Pero cuanto más lo intentaba, más se encontraba sumergida en un sin sentido y profundo río de lágrimas.

Capítulo 2

Aún continuaba de mal semblante. Aquella mañana había despertado con sus emociones ahogadas en los recuerdos, tenía la sensación de haber naufragado en sus remembranzas. Culpable o no, recordó sus besos, sus abrazos, su cintura y la forma en que ella lo hacía sentir… ¡Maldita sea!

Siempre era ella quien aparecía en su mente al abrir los ojos, odiaba eso, lo odiaba porque lo hacía pensar más de lo que deseaba hacerlo… Paula aún dominaba todo su ser, a pesar del tiempo y la distancia.

Aquello realmente le dolía, quizás porque tenía la certeza de haber estado jugando con fuego y haber terminado con quemaduras parciales. Se daba cuenta de que la había perdido para siempre. ¿Cómo había sido tan estúpido? ¿Y ella? Recorría su habitación de un sitio a otro a la vez que se decía en voz alta:

—Probablemente ella debió pensar que el amor entre nosotros solo fue un juego, un simple juego de niños. Se divirtió seguramente, ella jugaba conmigo, quizá se divirtió hasta que…

Necesitaba perdonarla, necesitaba creer en ella; en definitiva, la amaba, y nada haría cambiar ese sentimiento, incluso si se odiaba a sí mismo por aquello.

Decidió salir a caminar. Tal vez alejándose de sus pensamientos podría evitar la nostalgia. Llevaba dos años sin saber nada de ella, o pretendiendo no hacerlo. Al cabo de un rato, llegó a la costanera y se detuvo para contemplar las aguas profundas del río, que siempre habían sido su cobijo; aún no dejaba de extrañarla.

—Debo olvidarme de ella, ella ya no me ama, está con otro chabón —se dijo en voz alta como si al escuchar sus duras palabras ocurriese un efecto mágico de amnesia, como si no la echase de menos.

Repentinamente recordó las veces que había regresado a Argentina solo para verla un instante, preferentemente sin ser visto, porque evitarse se había vuelto moneda corriente entre ambos. Un tácito acuerdo en el que el destino poco interfería. A pesar de que, una nochecita, en el corso barrial, había ocurrido un breve encuentro. Nelo la había contemplado de lejos haciéndose el tonto, robándole a hurtadillas imágenes de su rostro, grabando en su alma los renegridos ojos profundos en los que solía dormirse noche a noche, y sus labios, aquellos labios gruesos color carmesí que no eran más que la invitación al crimen perfecto.

Ansiaba olvidarla y, sin embargo, no podía. Estaba más linda que nunca, pero no estaba sola. Resultaba imposible evitar la atracción entre ambos. Ella lo había visto también, lo habría notado de todos modos porque el mundo entero sobraba si estaban cerca, pero también pareció detenerse en un instante tras el vacío helado de sus rencores. Ahora Paula era inabordable, la frivolidad le sentaba de maravillas.

—¡No puedo entender en qué fallamos! —se dijo encolerizado—. ¿Cómo es que sus ojos se llenaron de…?

—Deja de pensar tanto, primo, ya te dije que deberías haber vuelto por ella a su tiempo —replicó a su espalda Romina, que había llegado en el momento justo en que Nelo alzaba la voz haciendo aquel gesto desconsolado que ella tan bien conocía—. Lamento decírtelo otra vez: ¡te lo dije, pero te has vuelto tan bobo!

—¡Mira quién habla! Qué gran película, ¿no? ¿Acaso tú le diste una segunda oportunidad a tu exnovio? —respondió tajante Nelo redireccionando su cólera.

—¡Pero lo mío es diferente, no te hagas el tonto! —respondió iracunda Romina—. ¡Mira qué golpe bajo! Con tus palabras, solo intentas lastimarme.

La historia de Romina había concluido hacía mucho tiempo. Lo cierto es que Nelo había llegado a su país en el momento exacto para convertirse en su pañuelo de lágrimas, cuando Romi, tras la ruptura de un largo noviazgo, hallaba pocas ganas de continuar su vida amorosa. Carlos, su exnovio, la había dejado con el corazón destrozado en busca de otras historias… La soledad, la decepción amorosa y el abandono habían sido parte de aquel encuentro entre primos; por ende, una gran amistad acompañaba el lazo sanguíneo, haciendo que ellos pudieran hablar de todo… Se conocían como si fueran una misma persona; de aquel modo, Romi sabía que el amor que Nelo sentía por Pauli nunca se podría desvanecer, y sospechaba que el de aquella joven tampoco.

—Aaah, nooo, no es lo que yo quería… Perdón… —intentó disculparse.

—¡Resultaste un botija, medio tarado y todo! Pauli está en otra historia y sigue con el chabón porque te fuiste como un zopenco —aceleró en protestar su prima—. No creo que él la merezca más que uno que estoy viendo con mis ojos en este preciso momento. Además, te digo con franqueza que yo no, no me creo eso de que te haya olvidado…

—O tal vez sí… —interrumpió Nelo sin fuerzas para discutir con su prima.

—Juraría que no… —arremetió Romina.

Ella hablaba con la seguridad de quien comprende y conoce el corazón femenino, tal vez porque deseaba que su primo fuera feliz. Además estaba al corriente de que, a pesar de haber intentado algunos romances con la intención de olvidarla, no lo había logrado.

Iba a continuar discutiendo, pero el balbuceo de su primo la enmudeció.

—A veces creo que ella… Siento que aún. No…, no creo. Quisiera, sueño, deseo, pero no… —intentaba explicar sin poder poner en palabras lo que en verdad pretendía decir, tal vez porque las dudas asaltaban su mente mientras que el recuerdo lo atormentaba.

—Dale… Intenta soltar la sopa que estoy contigo desde el principio, primo querido, y si no fuera por tus consejos, no estaría saliendo con Nelson.

—Okey, creo que… Bah, nada, es que me gustaría creer que el amor entre nosotros fue algo extraordinario que se desvaneció… —exponía gesticulando como si estuviera presentando una lección—. Pero a la vez pienso que tal vez nunca existió, que solo ocurrió en mi cabeza… No sé, no concibo entender por qué todavía pensar en Paula pone mi mundo patas arriba. Yo no lo sé. ¿Por qué es tan difícil de olvidar?, ¿por qué no dejo de sentirme absolutamente enamorado?

—Ay, Nelo… —Sufría Romina al empatizar con el dolor de su primo, un dolor que ella conocía de cerca.

—Tampoco tengo en claro qué fue lo que hizo que nos alejáramos así, tan peleados. No recuerdo si fueron sus celos o mi estupidez… Si tuviera una oportunidad para… Si yo hubiera… Ah, pero, bueno… No creo en las segundas oportunidades —dijo resoplando y sintiendo en cada letra que pronunciaba cómo la sangre le hervía de rabia y se congelaba con dolor.

En aquel momento, volvieron a arrojar juntos piedras de canto rodado al río, como cuando la confusión inundaba sus enamorados pensamientos con retóricas preguntas, formando un caos mental y aturdiendo sus sentimientos, salvo que ahora solo eran los demonios de Nelo y tal vez los de Paula cruzando el río a toda prisa.

—Una por ella y una por mí —decía Nelo haciendo con piedras los sapitos en el agua.

—Una por ella y otra por ti —repetía Romina.

Piedra a piedra, el destino sonreía tras haberles jugado una mala pasada. Un error tonto, casi infantil, los había separado. Estaba clarísimo que los dos habían sido inexpertos en el arte del amor; también quedaba a la vista que ambos habían sido víctimas de sus caprichos y orgullos, verdaderos protagonistas de aquel final apresurado y tonto.

Capítulo 3

El río Uruguay se erguía sin desviar su curso entre ambos países, ajeno a las vicisitudes de los amantes, acariciando las costas y las playas en ambas márgenes, ofreciendo los más bellos atardeceres. Sin embargo, en ocasiones, su monotonía y paz se veían interrumpidas, pues se convertía en un ruin traidor capaz de arrasar con todo a su paso sin pedir permiso, anegando sueños y dejando por consuelo que todo vuelve a su cauce. A pesar de todo el daño ocasionado y las pérdidas cuantiosas que conlleva su desastre natural, finalmente solo es cuestión de tiempo.

Así el amor sucede cuando talla profundo dos nombres en un latido inseparable.

Nelo sentía con profunda pena el paso del tiempo. Herido en su orgullo viril, estaba enojado tontamente con ella, enojo que se llenó de orgullo y kilómetros, que antepuso por muralla un puente que para Paula resultaba infranqueable.

Un puente que le permitía sentirse a salvo, o al menos era lo que pensaba. Tuvo la excéntrica ilusión de que aquello sería lo mejor; pero ahora, con el transcurso del tiempo, comenzaba a descubrir su errada manera de pensar y sentir. Entonces emergía el deber de reparar el daño causado con su partida; sin embargo, aún desconocía la manera.

El día había cedido ante la seductora luna. Recostado en su cama, deseoso de dormir, pensaba y pensaba en retornar para verla al menos una vez más.

Ella, forastera de aquel submundo de pensamientos, dormía apacible, soñando con un encuentro casual, furtivo, en el que con solo verse frente a frente bastara para continuar viviendo. Un suspiro flotó en el aire viajando travieso para posarse dulcemente en el rostro amado, mitigando el sueño reparador con misterioso secreto. Si el río Gualeguaychú puede verter sus aguas en el río Uruguay, es justo que un suspiro viaje sobrevolando las aguas con un enhiesto mensaje oculto.

La noche se volvió serena y calma, no todo estaba perdido…

Había un mañana.

Capítulo 4

Aún era temprano, el sol apenas se asomaba en la fría mañana cuando Paula se despertó. Estaba finalmente decidida a reconciliarse con la vida, tenía que ponerles punto final a sus palpitantes recuerdos, no tenía sentido vivir de ensueños. Magdalena le había dicho que Nelo solo representaba una idealización bastante exagerada del amor, un primer beso, pero nada más. Claro que, para ella, Ezequiel era el sinónimo de novio perfecto.

En conclusión, había ocasiones en que deseaba desdoblarse: una Paula se quedaría viviendo correctamente el maravilloso noviazgo, tal y como todos a su alrededor pretendían; la otra se subiría a un bote disfrazada de hombre; sería un gran plan…

—Los hombres no llaman la atención si andan solos en un bote… —se dijo a sí misma en voz alta mirándose en el espejo mientras se peinaba—. ¿Tendría que cortar mi cabello? —se preguntaba—. Es solo pelo, crece… —se respondía.

Su espíritu de estratégica aventura le daba paso a la habitual rutina haciendo callar sus instintos naturales para comportarse como pretendida dama. Era difícil sentirse dama, pero ahí estaba Ezequiel, recordándole el paso del tiempo, abrazando con todo su cariño el porvenir.

Terminó de vestirse y salió como todas las mañanas rumbo al trabajo, un trabajo inventado ante la necesidad económica de resistir. Cuaderno en mano, recorría las calles de la ciudad sabiendo dónde detenerse…

—¿Cómo estás, querida? —dijo doña Carmela, dueña de la despensa Dos Hermanos, mientras hacía un recuento de las empanadas que le quedaban en la campana de cristal sobre el mostrador—. Tráeme tres docenas de jamón y queso, y cuatro docenas de carne salada, pero bien picantes.

—Gracias, Carmelita. ¿Para las cinco de la tarde puede ser? Hoy entro a las seis a la facultad y salgo muy tarde…

—Sí, querida, no hay problema. ¿Cómo te está yendo?

—Bien, estudio bastante, veremos en los parciales. Hasta ahora voy aprobando los exámenes rendidos —respondió, sabiendo que Carmela no solo preguntaba al paso; ella solía leer en sus ojos cuando tenía preocupaciones o problemas. Sin duda, los nervios sobresalían a pesar de todo. ¿Estaba nerviosa? Sí, lo estaba, pero no sabía claramente el motivo.

—Adiós, querida…

—Adiós.

Varias calles después, tocó el timbre en el kiosco de Mario, quien también solía encargarle empanadas para revender.

—Dos docenas de carne dulce para hoy y una de carne salada para mañana, que todavía tengo algunas. ¿Te sientes bien?

—Sí, don Mario, solo un poco distraída. Perdón… —respondió con velocidad Paula empezando a preocuparse. ¿Qué le estaba sucediendo que evidentemente llamaba la atención?

Salió a toda prisa y continuó el camino destacado en su cuaderno, aún le faltaba por recorrer el almacén El Grillo y un par de bares más allá. Detestaba ir a los bares, allí nunca se sentía a salvo. Al principio le daba pánico entrar, pero con el tiempo se había acostumbrado a esas miradas perdidas y al acoso de algún desubicado. A fin de cuentas, con su orgullo y aparente indiferencia parecía haberse ganado el respeto de los clientes; incluso alguno la saludaba con una inclinación de cabeza y una mueca cortés y amigable, pero siempre alguno daba la nota. Lo único bueno era que le compraban siempre.

«Siete, Carmelita; dos, Mario; dos, Juan; tres, Betty; cuatro de El Grillo; cinco del barcito…», sumaba en su cabeza.

¡Había sido una buena mañana! Repentinamente recordó aquella primera vez que había salido a recorrer las calles con un viejo cuaderno, una birome azul y la esperanza de poder cumplirlo.

La venta de empanadas había sido un recurso usado por sus padres. Su papá las ofrecía en los negocios, levantando ventas a través de pedidos anticipados; luego su madre las preparaba y cocinaba; las entregaba su padre en moto. Les iba de maravillas; sin embargo, habían dejado de hacerlo, y por más que intentaba establecer el motivo, no lo recordaba… En ese tiempo, Paula tenía unos trece años y acompañaba a su padre en el reparto, entonces era un paseo divertido, sí que lo era.

Quizás por eso, en la pobreza, cuando la desesperación más cruel golpeó a su puerta, sin dudarlo se encontró repitiendo aquella historia, de alguna manera ocupando, sin querer, el lugar de su padre.

Regresó a su casa y volvió a salir con la bolsa grande para el supermercado, luego de despertar a sus hermanos, que aún dormían, poner la pava en el fuego y aprontar el mate al grito de «¡Levántense!».

¡Qué sensación de paz le daba dejarles servidas las tazas de yogurt junto al plato con galletitas!, pensaba mientras masticaba una de las Sonrisas de aquel paquete riendo feliz.

No solía pedirle mucho a la vida, se conformaba con sentir que las cosas marchaban mejor. De a poco su madre había recuperado su excepcional personalidad, por fin Ana volvía a ser una mujer fuerte y aguerrida. Se ocupaba de la casa, los niños y también de las empanadas. Se ponía de pie después de la depresión en la que había caído tras el abandono de su esposo, de quien nada se sabía…

También Leo, su hermano, marchaba viento en popa; había retomado sus estudios secundarios en una escuela vespertina. Para Paula era muy divertido verlo con su uniforme de camisa blanca y corbata marrón a tono con el pantalón de vestir y zapatos negros; aunque en ocasiones, quizás por rebeldía adolescente, lo usaba con zapatillas, escandalosas zapatillas con ribetes de colores flúor. Un verdadero espectáculo para el deleite adolescente y el horror del encolerizado preceptor de aquella institución. No era más que un quinceañero malcriado.

Eleonora había comenzado el secundario el año anterior y ahora solía estar siempre con sus nuevas amigas. Por lo general, pasaba mucho tiempo con Gabriela, una chica reservada y un tanto misteriosa, con quien salía a caminar por las calles de la ciudad y comenzaba a realizar sus primeras salidas nocturnas en pequeñas fiestas escolares y matinés.

Los pequeños, Alito y Melina, crecían juntos, como buenos niños mimados por sus hermanos, rodeados de juguetes y libros de cuentos; parecían hermanos mellizos. Todos se ocupaban de ellos, como si la ausencia del padre recayera en los jóvenes hombros.

Luego de la compra, Paula regresó a su casa, dejó ordenadamente la mercadería y la hoja del pedido pegada con un imán en la vieja heladera, no sin antes leerla en voz alta para su madre, que colgaba la ropa en la cuerda del patio.

Eran casi las doce cuando Paula se cambió de ropa y salió rumbo a la residencia de Magdalena, ya que habían convenido que almorzarían juntas.

Capítulo 5

—Bueno, se me hizo tarde, pero los sándwiches de mortadela y queso quedaron buenísimos, ¿o me lo vas a negar? —se justificó Magdalena dándole el último mordisco a su sándwich.

—Recopados, pero tus milanesas con puré y huevos rellenos quedan pendientes… —respondió con pícara malicia Paula.

—Entonces a las chicas las invitamos para el sábado. Les dices tú, obviamente, porque va a resultar difícil que Sandra no se entere si les digo yo… Además, si ella cree que es por tu aniversario de novia, no va sospechar absolutamente nada. Es un magnífico plan. Tiene que resultar —dijo relamiéndose como si sus palabras fueran un manjar de ideas, a la vez que frotaba las palmas de sus manos entre sí.

—No sé, Magda. Mira que ella sabe que me puse de novia en tu cumple, tonta no es… Además, ¿qué me tienes que meter a mí en tus bolazos?… No, no creo que funcione; es más, definitivamente esto NO va a funcionar… Yo te lo aseguro… —anunció Paula, decidida a no ser parte de tanta fanfarria—. ¿Por qué no inventas una mejor excusa? Por ejemplo, que es para tener la oportunidad de engancharte con Javier de una buena vez…

—Javier… Aaah… —suspiró exagerando, más de un modo burlesco que romántico—. ¡Ni loca! Es un tarado. Ni bolilla me da ese mamarracho a mí.

—Convengamos que lo vuelves loco al pobrecito… Cuando parece que se va a declarar, lo evades cobardemente. ¿O no?

—Bueno, tal vez… Es que es tan lindo el bobito ese… Aaah… —ahora suspiraba de verdad.

Paula lograba hacerla confesar, leía con facilidad los sentimientos de su amiga; quizás los comprendía mejor que sus propios sentimientos. Quitarle la máscara a su querida amiga resultaba una tarea sencilla. Muy diferente a lo que ocurría con ella, que, con admirable destreza, solía enmascarar el sentimiento que negaba. Solo Luly la lograba descubrir, pero podía, como siempre, confiar en su discreción.

Sin embargo, para Magdalena todo sería más factible, además podía contar con ella. Javier era un joven que ellas habían conocido en el boliche en una de las tantas noches de verano, junto con David y Rubén. Los tres eran buenos amigos entre sí y se habían vuelto grandes compañeros en las salidas estivales; en esos días de calor insoportable en los que su único anhelo era atravesar las calles y llegar a la orilla del río para refrescarse.

Magdalena había quedado hechizada con la mirada color cielo del joven Patita, que así sus amigos lo llamaban a Javier, un rubio pelilargo con angelical rostro… Podría decirse que era como un Luis Miguel encantador, salvo que un poco atorrante y, por supuesto, sin un mango en sus bolsillos.

Desde el minuto uno, hubo entre ellos una inmoderada tensión de índole histérica.

—¿Por qué, si te gusta tanto, no andan juntos? —le preguntó Paula con total inocencia, desconociendo la fama alcanzada por aquel jovencito.

—No sé… —respondió Magdalena.

Pero por supuesto que sabía, había cuantiosos motivos. Magdalena estaba segura de que sus padres no le darían permiso para salir con alguien que no fuera de su agrado, y Javier no lo era. Para sus padres, era un pibe que no estaba a su altura; se rumoreaba que tenía malas juntas, por lo que no lo querían cerca de su única hija. Una relación entre ellos era algo que no estaban dispuestos a permitir. Irónicamente, el corazón de su hija solo se había acelerado al conocer a Javi.

—Bueno, volviendo al tema, ¿qué excusa le vamos a poner a Sandra para el sábado? —preguntó Paula tratando de zafar de un posible falso aniversario con Ezequiel; estaba convencida de que eso no resultaría.

—¡Un compromiso! ¡Le digo a Eze que te lo pida! Fiesta sorpresa para ti… —Rio con entusiasmo al ver la atónita cara desencajada de su amiga—. Tranquila, Pau, es solo Sandra la que lo tiene que creer. Tampoco te desilusiones. Ustedes van bien, ¿no?

—Supongo que sí —le respondió sin dar detalles que aún ella misma no era capaz de diferenciar.

Porque Ezequiel podía ser un amor de persona, incluso era evidente que Paula lo quería lo suficiente, pero… Ese era el tema. Esos peros no eran más que pedazos rotos de su joven corazón que aún seguía latiendo por Nelo más allá de sus recuerdos.

—¿Cómo que «supongo»? —preguntó perpleja Magda. Y luego enojada agregó—: Si se porta mal contigo, se las va a ver conmigo, porque yo soy capaz de…

—Para la moto, Magdalena —la frenó tajante Paula sin dejarle terminar la frase—. ¡Bien sabes que el inconveniente no es él!

—Vaya, vaya… ¿Todavía? —preguntó confundida.

—Siempre.

—¡No lo puedo creer! Pero… si tú y Ezequiel hacen re linda pareja. Él te recontra ama, yo creo que tú también. ¡Qué bolazo! ¿Nelo? ¡Eso ya fue! Él no te merece, es muy poquita cosa para ti. Deberías sacarlo de tu cabeza de una vez por todas, ya no es normal… ¡Es un capricho estúpido! ¡Una obsesión tremenda! —dijo sin dejar de desmentir aquello que Paula intentaba confesar.

—¡Claro que no! —mintió; cada vez que alguien atacaba su sentir, sufría en soledad sin poder remediarlo.

—Es muy tonto ese chabón, Paula, pero Ezequiel es un divino, te sacaste la lotería realmente. Además ya sabes que es el novio perfecto para cualquier chica… En fin, si no lo quieres, habrá miles de chicas dispuestas a estar con él. Después no te vengas a quejar… Te lo advierto yo. —Ahora la retaba, sintiendo que, de esa manera, su amiga podría entender su probable equivocación al pensar en el pasado.

Para Magdalena, Ezequiel era el mejor joven que había conocido; lo consideraba un hermano mayor, debido a la cercanía de sus viviendas. Se habían criado juntos, compartiendo tardes de rayuelas y escondidas, de ring rajes y otras innumerables travesuras. Posiblemente por eso es que, ni bien supo del amor que Ezequiel concebía por su amiga, sin dudarlo se interpuso entre ambos. Consideraba a Paula lo suficientemente noble y buena para su amigo, y viceversa. Estaba ciegamente convencida de que, si alguien podía borrar las huellas del uruguayo —a quien no quería cerca de su amiga—, esa persona era Ezequiel.

Magdalena era así, impetuosa y porfiada. En su mente Paula y Ezequiel eran el uno para el otro, y punto final de un «felices por siempre». No había nada más que decir al respecto. ¿Qué tenía en contra de Nelo? Dos motivos fundamentales: primeramente, no debían estar juntos, porque a ella le gustaba estar cerca de su amiga y pasar el tiempo juntas, y él molestaba, estaba claramente de más, porque si Paula estaba con Nelo, se olvidaba del mundo entero. En segundo lugar, simplemente porque sí. No tenía motivos certeros, pero había decidido que lo odiaba profundamente, y con eso le bastaba.

Sin duda, hay amigos que sienten miedo de perder a alguien que consideran de su pertenencia por la influencia de un tercero, sin comprender que solo se trata de un ingrato sentimiento llamado celos.

Magdalena sabía que ocupaba un espacio enorme en el corazón de Paula, pero en realidad ese lugar no era el que ella pensaba.

Capítulo 6

El sábado había llegado a toda prisa, la noche fresca invitaba a salir. Finalmente, la fiesta de cumpleaños sorpresa organizada para Sandra había resultado un tanto confusa; los invitados no sabían objetivamente qué se celebraba, pero la casa estaba llena, y Sandra, más que satisfecha y feliz.

Magdalena podía ser pésima organizando fiestas, pero contaba con muchísimos contactos, así que había DJ, luces de colores, comida y hasta un clericó exquisito. Sus padres también eran grandes anfitriones, capaces de interactuar con todos los invitados y distinguir colados, así que resolvían los conflictos anticipadamente.

Fue una gran noche. Ezequiel había resultado ser uno de los principales cómplices de Magdalena, reía radiante. Todo había salido a la perfección. Cada tanto le guiñaba un ojo a su novia casi imperceptiblemente, como marcando territorio. Pero Paula bailaba ajena a tal situación; la música le recordaba sin querer sus primeros pasos, torpes y de avergonzados movimientos, casualmente dados con Hernán, como ahora mismo, que volvía a sentir sonrojadas sus mejillas…

En ocasiones pensaba que la vida se vivía como dentro de una película; repentinamente, le preocupaba desconocer quiénes serían los espectadores, porque si la protagonista era ella misma, sentía no estar dando una gran historia…

—¿Qué es de la vida de Esther? ¿Se siguen frecuentando? —le preguntó al pasar Hernán, quien sabía de aquella gran amistad entre las chicas.

—¿Qué es lo que quieres saber? Andar, anda bien, sigue de novia, pero… no sé hasta cuándo —dictaminó Paula sin dejar pasar aquella pregunta inocente, para dejar en claro, que de alguna manera, no era lo que esperaba… Intentó en vano que Hernán comprendiese la indirecta.

—¿Yo? No, solo eso. Mándale saludos.

Terminado el tema, Paula regresó con Ezequiel, que la observaba desde el pasillo, mientras ella iba pensando en su amiga y la pregunta de Hernán.

—Te dejó pensativa, hum… Parece que te gustó bailar con él —dijo Ezequiel sin ocultar su desagrado.

—¿Qué? —respondió velozmente Paula sintiéndose cuestionada—. ¡Nada que ver! Hablábamos de Esther… Te conté de ellos… ¿Te acuerdas?

—Sííí, claro, y por eso te sonreías tan dichosamente… No me gusta verte bailar con él.

Ezequiel empezaba a protagonizar situaciones en las que Paula no lograba descubrir si eran producto de los celos, de las inseguridades o mera manipulación. Lo cierto es que, fueran lo que fuesen, tampoco estaba dispuesta a entrar en ese territorio.

—Te dije que nada que ver… Punto final.

Ezequiel conocía muy bien aquellos puntos. Cuando su novia fruncía el ceño, no valía la pena insistir, nada ganaría llevándole la contra.

—Okey. Entonces… ¿bailamos? —preguntó con cálida voz y un ademán caballeresco.

—Dale —con irrisorio entusiasmo accedió, estirando su mano en señal de paz.

Llegaron a la pista tomados de la mano. Paula bailaba con la altanería propia de quien enfrenta la vida a pesar de todo, sonreía hacia afuera sin poder olvidarse de la fragilidad interna, recóndita e inexplicable. Comenzaba a sentir que la vida no era otra cosa que una gran comedia.

La música sonaba demasiado alta, lo suficiente para aturdir los pensamientos de los amantes, de fusionar la risa y la amistad, de alegrar el alma adolescente y palpitar al ritmo de las luces.

No muy lejos de aquella fiesta, en la pista de un boliche uruguayo, Nelo transaba con una chica que le había presentado su primo Washington; llevaban varios días saliendo juntos. Era tan femenina, delicada y divertida… Sus labios sabían a caramelo de miel. Y además tenían tanto en común que las charlas se volvían por demás entretenidas. Era fanática del rock, tan fan como él, incluso habían intercambiado canciones y postales de artistas… Le gustaba demasiado.

Días atrás habían decidido ser más que amigos y todo parecía marchar con el viento a favor. Flotaba en el aire una emoción genuina.

—Se pone genial, deberías conocerlo. Vayamos juntos, yo consigo entradas —dijo ella sin dejar de morder sus labios masculinos.

—Okey, pero no se me da bien el baile, te advierto; solo rock y lento americano… —Él coqueteaba dándose a desear; algo en ella le advertía que podía fácilmente enamorarse.

—¿Lento? Ja, ja, ja. Eso quiero verlo, fanfarrón.

Ella lo miraba entre risas festivas mientras los bailarines rodeaban la pista y se balanceaban al ritmo de la música. Él resultó no ser tan bueno como se proclamaba, pero aun así resultaba divertido. La noche cobraba sentido y ellos comenzaban a descubrir que un fuego de pasión los envolvía peligrosamente.

Dejaron de bailar y en la barra tomaron un poco, quizás demasiado… Tal vez por eso, cuando volvieron a la pista, ya no hubo vuelta atrás. Comenzaron los lentos… Entonces Nelo cometió un gravísimo error, un imperdonable desliz, una herida punzante para cualquier chica, sin importar nacionalidad.

—Vanesa es mi nombre, Va-ne-sa; no Paula. —Luego de sus palabras, le selló en la mejilla los cinco dedos de su pesada mano y emprendió la retirada sin mirar hacia atrás.

Debajo de las errantes luces de colores se quedó en un silencio infinito.

Un silencio de verdad que solo él podía oír.

Capítulo 7

«Ya es tiempo de volver y enfrentar todos los fantasmas», se repetía con el correr de los días. El frío se hacía notar, y con él, la soledad. Se sentía atormentado por los recuerdos y el miedo al rechazo, pero no podía ocultar más sus sentimientos. Había sucumbido a la idea de olvidarla, pero aquello no bastaba para adquirir la fuerza necesaria o el coraje de enfrentarla.

—Me carcome la idea de que ella pueda extrañarme… No sé, pienso que la amo demasiado, ya no quiero seguir intentando continuar viviendo así, no sin ella —repitió una vez más, como lo hacía tarde a tarde en la rivera.

—Ya sabes de memoria cómo pienso —respondió Romina, cansada de probar amenguar el dolor ante la dualidad de su primo. Ya no intentaba hacerlo entrar en razón porque, cuando finalmente parecía decidirse de una vez por todas, comenzaba otra vez con los peros…

—Sí, lo sé, y es tal cual dices siempre, pero… —No podía decir en voz alta lo que en verdad le preocupaba. Temía demasiado que ella ya no lo quisiera, al menos con la pasión que ambos habían experimentado, con las miradas cómplices de aquellos que no necesitan palabras, que saben hablar con los ojos. Pensar en ella de una forma diferente le hacía daño. Quería volver, pero el miedo de perder sus preciados recuerdos era aún más fuerte. Definitivamente no, no soportaría su desdén.

—¡Esto ya no tiene gollete! —enfurecida, Romina gritó de repente, firme, de pie y señalando con el dedo índice el horizonte detrás del río, con actitud parecida a como si echara un perro a la cucha, e imperativamente agregó—: ¡Ve por ella!

—¿Tú dices que…? —se atrevió Nelo a susurrar.

Antes de que Romina lo empujase al agua, habló Nelson, un poco cansado del mito sagrado de aquellos desafortunados amantes perdidos.

—Nelo, basta ya, deja de hacerte el salado. Tu prima tiene razón —dijo arrojando al aire un beso cómplice a Romina y agregando en voz baja—: Además, ¿qué te puede pasar si Paula te dice que no?

—¡Eso no va a ocurrir! —