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A lo largo del siglo xx, los fascismos asolaron Europa y las dictaduras se multiplicaron en buena parte de América Latina. Hoy, en pleno siglo xxi, aquella bestia que creímos desterrada para siempre no solo ha resurgido, sino que, saltando fronteras, acecha esta vez el mundo entero. Se ha nutrido de las desigualdades traídas por una crisis interminable, ha crecido cada vez que los poderosos se han sentido fuertes y se han desligado de toda atadura democrática. La imposición aplastante de las políticas neoliberales le ha dado nuevo aliento, resucitado el espíritu de antaño, engendrado los neofascismos de hoy. ¿Qué diferencias cabe señalar entre las formaciones e ideologías fascistas y la ultraderecha actual? ¿Estamos transitando, aun con diferentes acentos y modulaciones, el mismo camino funesto que tomó Europa décadas atrás? ¿Hay paralelismos entre las prácticas de algunos gobiernos en América y las que parecen afianzarse en Europa? Los interrogantes se agolpan, pero hay una cuestión que determinará nuestro futuro: ¿cómo derrotar a la bestia de una vez por todas? Hoy, como ayer, es imprescindible instruirse, organizarse y resistir, pero más necesaria todavía es la elaboración de propuestas alternativas para no repetir la barbarie.
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Seitenzahl: 475
Veröffentlichungsjahr: 2019
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Siglo XXI / Serie Ciencias sociales
Adoración Guamán, Alfons Aragoneses y Sebastián Martín (dirs.)
Neofascismo
La bestia neoliberal
Prólogo: Isaac Rosa
A lo largo del siglo XX, los fascismos asolaron Europa y las dictaduras se multiplicaron en buena parte de América Latina. Hoy, en pleno siglo XXI, aquella bestia que creímos desterrada para siempre no solo ha resurgido, sino que, saltando fronteras, acecha esta vez el mundo entero. Se ha nutrido de las desigualdades traídas por una crisis interminable, ha crecido cada vez que los poderosos se han sentido fuertes y se han desligado de toda atadura democrática. La imposición aplastante de las políticas neoliberales le ha dado nuevo aliento, resucitado el espíritu de antaño, engendrado los neofascismos de hoy.
¿Qué diferencias cabe señalar entre las formaciones e ideologías fascistas y la ultraderecha actual? ¿Estamos transitando, aun con diferentes acentos y modulaciones, el mismo camino funesto que tomó Europa décadas atrás? ¿Hay paralelismos entre las prácticas de algunos gobiernos en América y las que parecen afianzarse en Europa? Los interrogantes se agolpan, pero hay una cuestión que determinará nuestro futuro: ¿cómo derrotar a la bestia de una vez por todas? Hoy, como ayer, es imprescindible instruirse, organizarse y resistir, pero más necesaria todavía es la elaboración de propuestas alternativas para no repetir la barbarie.
«Una brújula necesaria para no perderse en discusiones estériles cuando la bestia llama a tu puerta. Imprescindible para armarse intelectualmente ante los verdaderos peligros de la ola reaccionaria que acecha nuestro tiempo.» ANTONIO MAESTRE
«El neoliberalismo, además de causar estragos como la desigualdad o el empobrecimiento, ha preparado el terreno para que emerja un nuevo fascismo. Por eso, toda resistencia antifascista empieza por exigir cuentas al neoliberalismo.» Del prólogo de ISAAC ROSA
Adoración Guamán es profesora titular de Derecho del trabajo y de la Seguridad Social en la Universitat de València.
Alfons Aragoneses es profesor de Historia del Derecho en la Universitat Pompeu Fabra.
Sebastián Martín es profesor de Historia del Derecho en la Universidad de Sevilla.
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RAG
Motivo de cubierta
Antonio Huelva Guerrero
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© De los autores, 2019
© Siglo XXI de España Editores, S. A., 2019
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
www.sigloxxieditores.com
ISBN: 978-84-323-1969-3
PRÓLOGO
Isaac Rosa
«¿Otro libro sobre el fascismo?», arrugará alguien la nariz al ver este volumen en la librería.
Se acumulan estos días los títulos sobre las formas nuevas y no tan nuevas de fascismo. Como suele ocurrir con otros temas, el interés ciudadano llena las mesas de novedades, las editoriales se apresuran a rescatar títulos pasados, traducir inéditos, encargar nuevos ensayos, reunir obras colectivas. No falta el oportunismo comercial, por supuesto, pero la coincidencia de ensayos sobre el neofascismo apunta a que aquel interés es algo más: es inquietud, cuando no miedo, sentimiento que históricamente acompaña a todo fascismo: nace del miedo, provoca miedo.
Que estamos inquietos, incluso asustados, se vio en las pasadas elecciones generales, el 28 de abril: la ansiedad de los últimos días, la movilización política y emocional de la izquierda sociológica, la elevada participación y finalmente el alivio de la noche electoral al conocer los resultados, son muestra de esa inquietud, de ese miedo: le hemos visto las orejas al lobo, esta vez iba en serio.
Tanta fue la ansiedad, la movilización y el alivio, que no tardó en aparecer el triunfalismo: «España frena a la ultraderecha». ¿En serio? Después de cuarenta años de vida extraparlamentaria (o tranquilizadoramente inserta en el seno del Partido Popular), la ultraderecha pasó en solo unos meses de la insignificancia a más de dos millones de votos; y de no tener representación institucional alguna, a contar con un grupo parlamentario de veinticuatro diputados. Pero lo celebramos como una victoria de la democracia.
Y si solo fuesen las elecciones… El alivio de la noche electoral venía precedido por varios meses en los que partidos que se dicen democráticos habían hecho propia la agenda ultra en temas como inmigración, nacionalismo, seguridad, derechos sociales o valores, y se mostraban dispuestos a pactar gobiernos y hasta a ofrecer ministerios. Meses en que los medios prestaron espacio, abrieron sus micrófonos a cualquier portavoz, debatieron sus estrafalarias propuestas, legitimaron, blanquearon y hasta volvieron sexy a la ultraderecha. Pero nosotros celebramos el 28-A como un hito antifascista.
Y si solo se tratase de VOX y su agenda… Desde hace años, sin que el partido ultra tuviese voz alguna en el debate público, las políticas reaccionarias se vienen abriendo paso en España y en Europa, en derechos y libertades, en retrocesos democráticos, en el autoritarismo económico, en el creciente racismo; impregnando cambios legislativos y medidas políticas, pero también instituciones, el sistema judicial o, especialmente preocupante, las fuerzas de seguridad, donde aún no conocemos hasta qué profundidad está calando el nuevo pensamiento fascista, que ha sabido dirigir su mensaje a los funcionarios responsables del monopolio estatal de la violencia. Pero nosotros colocamos en el dormitorio el póster de «España frenó al fascismo el 28-A».
Y si solo fuese Europa… En todo el mundo se abren paso nuevos movimientos y líderes de carácter autoritario y práctica política asimilable a formas neofascistas. Empezando por la primera potencia del mundo, y siguiendo por una de las democracias más pobladas del planeta, Brasil. Con sus particularidades locales en cada caso, el giro reaccionario va ganando terreno. Pero tranquilos, que en España hemos derrotado en las urnas al fascismo.
Por eso necesitamos un libro como este, para acabar con esa confianza suicida. La confianza de que al fascismo se le vence votando. La confianza de que vivimos en democracias lo suficientemente consolidadas como para no ser arrolladas por los enemigos de las libertades y derechos. La confianza de que somos sociedades maduras y hemos aprendido las lecciones del pasado. La confianza de que la historia no se repite, de que el fascismo es un capítulo cerrado del pasado y no volverá.
Vuelvo a la frase inicial: ¿es este otro libro sobre el fascismo?
No, no lo es. Este es un libro que va más allá de la urgente actualidad, siendo un libro de urgencia, escrito en caliente. Un libro que evita la brocha gorda, que afina con precisión, sin por ello perder contundencia: todo lo contrario, refuerza nuestros argumentos para rebatir el discurso ultra. Es un libro que se quiere útil, y que lo consigue desplegando una variedad de enfoques y apuntando a aspectos del neofascismo que no solemos atender, o no tanto.
El primero, y más decisivo: la íntima conexión entre los nuevos fascismos y el neoliberalismo. Aunque la retórica populista, o algunas medidas puntuales de gobernantes como Trump o Bolsonaro, puedan hacer pensar lo contrario, los nuevos fascismos mantienen un fuerte vínculo con los mercados, el poder financiero y el capitalismo global.
Los estragos causados por el neoliberalismo (desigualdad, empobrecimiento, intemperie, miedo, resentimiento, desconfianza en la democracia) han preparado el terreno para que emerja un nuevo fascismo que, lejos de combatir al neoliberalismo causante, se ofrece a él para llevar su hegemonía aún más lejos. Un capitalismo que en su última fase no necesita ya la democracia puede funcionar sin ella. Un mercado que ha dado por liquidado el gran pacto social de postguerra, y cuyo dominio encuentra menos resistencia mediante el desguace de la democracia, optando por fórmulas autoritarias para asegurar ese dominio. Por eso, toda resistencia antifascista empieza por exigir cuentas al neoliberalismo por su responsabilidad en este resurgir.
Junto a ese aspecto, las y los autores apuntan a la complejidad del tema para desanudar esa complejidad y entender el momento histórico en que nos encontramos, las continuidades o diferencias con fascismos anteriores (de los que toman elementos reconocibles: racismo, xenofobia, liderazgos providenciales, ultranacionalismo, desprecio al Estado de derecho…), sus fundamentos ideológicos, las estrategias con las que gana terreno (empezando por las técnicas comunicativas, que hay que conocer bien), o el modelo de éxito del neofascismo francés de Marine Le Pen, que puede ser el camino que seguir por otras ultraderechas europeas, también la española en el futuro.
Entre la multitud de enfoques destaca un aspecto que me interesa especialmente, y al que no solemos prestar atención: los aspectos «laborales» del viejo y el nuevo fascismo, su discurso sobre el trabajo, fundamental en su construcción del enemigo. O la conexión, tampoco suficientemente atendida, entre algunos neofascismos y ciertos movimientos religiosos fundamentalistas.
Un libro cuya utilidad antifascista viene marcada por la fuerte convicción democrática desde la que escriben sus autores, y su conciencia compartida de que se avecinan tiempos en que ser demócrata equivale a ser antifascista. Y eso pasa por combatirlo más allá de las urnas, pero también por tener una agenda progresista, reconstruir la justicia social, la igualdad y la comunidad desde los escombros dejados por el neoliberalismo, cuidarnos colectivamente para evitar el «sálvese quien pueda» individualista, que nos acabe arrojando en brazos del líder providencial y su promesa de seguridad.
INTRODUCCIÓN
Adoración Guzmán, Alfons Aragoneses y Sebastián Martín
¿Pueden agruparse las nuevas tendencias de extrema derecha bajo la divisa del fascismo, del (neo) fascismo? ¿Qué diferencias existen entre las formaciones e ideologías de ultraderecha y las llamadas «fascistas»? ¿Estamos recorriendo, aun con diferentes acentos y modulaciones, la misma trayectoria que tomó Europa en las décadas de 1920 y 1930? ¿Hay paralelismos entre las dictaduras de los años setenta en América Latina y las prácticas, presentes o anunciadas, de algunos gobiernos en las Américas? ¿Es el neoautoritarismo de mercado un peldaño, un elemento intrínseco o una desviación de un posible (neo)fascismo? ¿Nos condenan nuevamente las circunstancias a revivir la barbarie de la exclusión, la persecución e incluso la aniquilación del disidente, en nombre de la pureza y el vigor de las naciones… o únicamente de una voluntad de recuperar la tasa de ganancia del capital?
Estos interrogantes y otros similares se plantean con recurrencia en la opinión pública europea desde hace años. El inesperado triunfo de Donald Trump, seguido del auge de otras agrupaciones nacionales de extrema derecha, los provoca. El estupor de los sectores progresistas ante el presente ascenso ultraderechista los hace más acuciantes, si cabe. Y, ante tanta incertidumbre acumulada, solo un indicio parece verosímil: la conexión del incremento neofascista con la crisis y recomposición del capitalismo financiero global, con el incremento de las dinámicas de acumulación por desposesión, de la violencia y el conservadurismo moral, con el machismo, la xenofobia, el racismo y con el malestar larvado en las sociedades tras su desencadenamiento, que explota de manera fragmentada y cada vez menos esporádica.
Como apuntó en una época oscura Walter Benjamin, no se puede abordar la cuestión del fascismo sin plantearse la del capitalismo. Sería como indagar en los efectos sin interrogarse sobre las causas, tal como indicaba, en ese mismo tiempo, Bertolt Brecht. Lo más evidente a este respecto es apreciar cómo, ayer igual que hoy, las desigualdades y la impotencia difusa a las que nos aboca el capitalismo desenfrenado son respondidas por parte de las elites, pero consiguiendo gran respaldo popular, con una reavivación del mito cohesivo y protector de la nación, mucho más cohesionada si se identifica en sus adentros o en el exterior la figura de un enemigo colectivo que sacrificar. Un enemigo que hoy apunta hacia las mujeres, las personas refugiadas, las personas pobres o racializadas.
Menos evidente aparece a nuestros ojos, aunque ya se reveló en época de entreguerras, cómo las vías de acumulación capitalista que resultan en situaciones de práctico monopolio terminan reclamando, para un gobierno eficaz de la economía, fórmulas autoritarias que exceden el Estado democrático y constitucional. El abandono desde la década de 1980 de las funciones democratizadoras típicas del Estado social, desde la desmercantilización de espacios sociales a la diversificación de la economía o el combate por la igualdad real, resucitó la dinámica inmanente al capitalismo desbocado, volviendo a colocarnos en un escenario de gobierno corporativo transnacional, un autoritarismo de mercado establecido por la nueva Lex Mercatoria, que necesita ser compensado o sostenido con prácticas autoritarias nacionales.
No cabe duda de que las soluciones políticas que ofrecen las formaciones ultraderechistas se anclan en profundas necesidades psicológicas de carácter colectivo. Entre ellas, sobresale la necesidad de comunidad, ante un marco de competitividad individualista descarnada. Pero también destaca la necesidad vital de sentirse partícipe activo de la comunidad en la que se vive. La gestión de la crisis financiera, presidida por la máxima del «No hay alternativa», puesta en práctica con toda virulencia en Grecia, ha sembrado en el ánimo colectivo una sensación de impotencia que comienza a reclamar, para sanarse, liderazgos autoritarios y ejecutivos, capaces de decidir haciendo estallar las mallas de la legalidad. En esta misma dirección apunta el sentimiento difuso de desafección provocado por la independización de los representantes públicos, traducida en muchas ocasiones en «cartelización» organizada para fines corruptos de enriquecimiento privado. La corrupción se convierte en el eje para justificar la necesidad de liderazgos autoritarios, que, como evidencia el caso de Brasil, acaban transmitiendo la idea de que los mecanismos de la democracia representativa resultan estériles para librarse del saqueo pilotado por las elites políticas. En ambos lados del Atlántico vuelve a extenderse en el alma colectiva la necesidad de liderazgos carismáticos que conecten en bloque con los ánimos de intervención inmediata, sin mediaciones ni contenciones jurídicas, en el terreno político.
Bajo el capitalismo salvaje, no solo se erosionan los mecanismos típicos de la representación y de la garantía del interés general. El incentivo público generalizado de que goza la cultura empresarial (del llamado «emprendimiento»), ajustándose sin roces a las necesidades de acumulación del capital, se adecua mal a los requerimientos culturales –pluralistas, igualitarios, horizontales– de una democracia. El culto a la individualidad triunfante y con capacidad de mando, que solo prospera por la obediencia disciplinada del conjunto, fomenta los valores autoritarios y jerárquicos cuando se traslada a la polis. Los principios morales que rigen en muchas escuelas de negocios, conducentes al éxito individual con desprecio de la cooperación colectiva y con necesidad de instrumentalizar, cosificándolos, a los semejantes, procuran un ecosistema inmejorable al fascismo rampante si terminan por convertirse, como ocurre en nuestros días, en una ética social.
Asistimos además, y de manera paralela, al auge de los discursos conservadores y violentos, reforzándose los tradicionales ejes de dominación colonial, eurocéntrica, racista y patriarcal sobre el trabajo, las y los migrantes y, muy en particular, sobre las mujeres. Utilizando la religión, los valores conservadores tradicionalistas, la difamación, el discurso del miedo al otro y la exacerbación del mandato de la masculinidad, se rearma un andamio ideológico / jurídico orientado a potenciar modelos de sumisión y explotación violenta de una mayoría de la población, con especial impacto de género, y sin duda necesarios para mantener los procesos de acumulación y de control social.
Así, la propia cultura que se extiende en nuestros modelos de sociedad propicia el abandono de los valores democráticos y el abrazo a las tácticas del fascismo. En su plena orientación hacia el futuro, tiende a relegar las exigencias instructivas de la memoria democrática, olvido agravado en aquellos países que transitaron a la democracia sin romper con las dictaduras que los habían oprimido. Conocer las dinámicas que condujeron a los fascismos y sus prácticas de exterminio y dominación no garantiza, es cierto, el no repetir la barbarie, pero sí introduce dispositivos de amortiguación y freno, que contribuyen a prevenirla.
En el imprescindible documental de Chris Marker sobre las izquierdas mundiales en las décadas de 1960 y 1970, El fondo del aire es rojo, se funden en planos consecutivos las manifestaciones de neonazis americanos y las de los ejecutivos de Wall Street, coincidentes en su agresivo belicismo y en su furibundo anticomunismo ante la Guerra del Vietnam. Liberalismo económico y fascismo político, frente a la tergiversación inducida durante décadas de corrección teórica demoliberal, terminan reclamándose mutuamente.
Con este escenario de fondo, el presente libro pretende indagar en los diferentes flancos de esa compenetración, tratando de resolver incógnitas fundamentales que flotan hoy en la esfera pública y de destapar complicidades que permanecen todavía ocultas a los ojos generales. Para tal fin, los diferentes trabajos se organizarán en dos grandes bloques temáticos. El primero atiende al aspecto general teórico e histórico del asunto, para anclar las posibilidades reales del mismo uso del término «neofascismo». Resulta fundamental conocer bien el ascenso de los fascismos en el mundo de entreguerras, y sus vínculos con el capitalismo, para trazar los paralelismos pertinentes, y también para prescindir de las comparativas más simplistas. Igualmente crucial nos parece la delimitación conceptual del fascismo, tanto en sus formas pasadas de expresión, cuanto en las que comienzan a emerger en la actualidad. Y habrá que atender también a las diferentes líneas de evolución que están desembocando en el auge de unas fuerzas que, si hoy se presentan como ultraderechistas, incuban ya, de forma inequívoca, la serpiente del fascismo futuro.
El segundo de los bloques consta de ensayos de tono empírico, centrados ya en el análisis de experiencias de dominación ancladas en los axiomas neofascistas. Su campo de pruebas lo proporcionan en ocasiones trayectorias estrictamente nacionales, y, en otras ocasiones, escenarios transnacionales que consienten la comparación de itinerarios y prácticas locales. Interesa en este apartado el examen de los ejes y dispositivos de dominación, que promueven la jerarquización social fascista o que se encuentran inspirados directamente en fórmulas neofascistas, en los ámbitos de la convivencia, el trabajo, la comunicación, la religión o el feminismo.
Para elaborar la proyectada obra colectiva hemos apostado por una aproximación pluridisciplinar e internacional, reuniendo a quince personas que tienen en común el hilo del pensamiento crítico. Las y los autores, procedentes de Ecuador, Colombia, Brasil, Argentina y España, cultivan materias como la filosofía política, el derecho, la sociología, la antropología, la teología, la comunicación o la historia. Desde la pluralidad epistemológica, los capítulos, en diálogo permanente entre los conceptos compartidos, se esfuerzan en entender y razonar sobre uno de los fenómenos más complejos, que afecta a todos los aspectos de la sociedad y que no es reducible a un solo plano.
El resultado de este trabajo colectivo, pluridisciplinar y transatlántico es un libro que aporta instrumentos al análisis de lo que acordamos denominar como «neofascismo», los cuales explican sus múltiples dimensiones y que desmontan lugares comunes y prejuicios generados muchas veces por los propios movimientos de extrema derecha, pero que se consolidan al ser repetidos por otros partidos y por los medios de comunicación.
Precisamente por lo que acabamos de explicar, el libro sirve de instrumento para combatir los discursos de la ultraderecha en un momento en el que estos son amplificados por muchos medios de comunicación, que los sitúan en el centro del debate, con propuestas que suponen amenazas para los derechos humanos y para la democracia. Este libro, escrito desde el rigor intelectual de sus autores y autoras, tiene una clara vocación de ser, ante todo, una herramienta útil en la lucha contra los neofascismos.
Quito, Barcelona, Sevilla, marzo de 2019
PRIMERA PARTE
Entender el fascismo hoy
Perspectivas históricas y marcos teóricos
I. LA PENDIENTE NEOLIBERAL: ¿NEO-FASCISMO, POSTFASCISMO, AUTORITARISMO LIBERTARIO?
Franklin Ramírez Gallegos
EL EMBROLLO
La elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos activó las sirenas de anuncio del fin del predominio neoliberal en los mismos centros del capitalismo financiarizado del siglo XXI. Se avistaba, así, la emergencia de un ciclo político de diverso signo. Cornel West (2016) lo vinculó, sin titubeos, con una «explosión neofascista» labrada con el material provisto por décadas de inseguridad económica y menosprecio de la clase dominante a los problemas reales de las capas medias y trabajadoras del país. El discurso de Trump acogió dicha zozobra en clave (de pantomima) antielitista y refuerzo de las representaciones xenófobas, las cuales hacen de las minorías y de los migrantes el chivo expiatorio del prolongado malestar de la «white working class» norteamericana.
El triunfo del multimillonario especulador fue leído, en tanto, como una más de una serie de insubordinaciones políticas a la hegemonía de las políticas promercado. Las urnas, más que las calles, fueron también el canal elegido por la ciudadanía para impugnar –apoyo al Brexit, rechazo de las reformas de Renzi, respaldo a las coaliciones antiausteridad (Syriza, Podemos, Sanders, crecimiento de la izquierda latinoamericana), etc.– la perversa confluencia de la austeridad fiscal, el libre comercio, el dominio de la deuda y el trabajo precarizado, con que el capitalismo neoliberal gobierna el planeta desde hace más de tres décadas. La peculiaridad del caso norteamericano radicaría, no obstante, en que la «explosión neofascista» prosigue al burbujeante dominio de una singular plataforma política que excede el poder de las finanzas. Nancy Fraser (2017) ha empleado la noción de neoliberalismo progresista para designarla. Se trata de una paradójica alianza entre corrientes clave de los nuevos movimientos sociales (feminismo, antirracismo, multiculturalismo, LGBTQ) y sectores de las finanzas, la alta industria cultural y de servicios (Silicon Valley, Hollywood, Wall Street): tal coalición puso codo con codo al campo progresista con las fuerzas del capitalismo cognitivo y, sobre todo, de la financiarización. Los ecos de semejante articulación también pudieron advertirse en los días de apogeo de la «Tercera Vía» de Tony Blair y Anthony Giddens.
Consagrado políticamente en los años de gobierno de Bill Clinton, e intocado por la promesa renovadora del también demócrata Barack Obama, tal neoliberalismo forjó un ideal cosmopolita y moderno de progreso, en que la celebración de la diversidad, el multiculturalismo y los derechos de las mujeres se abrazó con la entrega del poder económico a la banca, la desregulación de las finanzas y la liberalización del comercio. La clásica alianza demócrata con obreros sindicalizados, afroamericanos y clases medias urbanas se resquebró entonces para dar paso a una constelación sociopolítica en que empresarios, jóvenes suburbanitas y nuevos movimientos sociales aupaban el capitalismo flexible y la fiesta de la diferencia. Corrían los felices 90. Fueron los años en que se sembró la semilla de la destrucción, como subtitularía J. Stiglitz a su libro (2004), que daba cuenta de los espejismos de la economía norteamericana a fines de siglo.
Financiarización y libre comercio destruyeron, en efecto, la industria manufacturera y degradaron largamente las condiciones de vida de la clase trabajadora y los sectores medios del país. En tal entorno, y en medio del progresivo declive de la izquierda y de su crítica estructural a la creciente desigualdad social, los relatos progresistas se ilusionaron con las opciones que la «meritocracia» y la «no discriminación» abrían para el progreso social: «… con esos términos se equiparaba la emancipación con el ascenso de una pequeña elite de mujeres “talentosas”, minorías y gais en la jerarquía empresarial del quien-gana-se-queda-con-todo, en vez de con la abolición de esta última» (Fraser, 2017). La política emancipatoria anticapitalista, siempre sensible a la desigualdad de clase y al combate a las jerarquías, era sustituida por el alegato liberal del progreso en su compromiso con unas irrestrictas libertades individuales cuyo locus de realización no podía ser otro que los mercados desregulados.
Años después, y luego de más de cinco lustros de apogeo neoliberal, serían los trabajadores de tales territorios desindustrializados, así como las capas medias cercanas a dicho sector, quienes votarían en masa a favor de la promesa proteccionista de Donald Trump. Extensas zonas rurales y espacios de elevado desempleo se sumarían también al republicano. Dicho pronunciamiento no contenía meramente un rechazo de la globalización neoliberal y sus efectos perniciososo para el mundo del trabajo, sino, a la vez, un repudio de las elites progresistas y su culto de un liberalismo cosmopolita que ve con sorna las viejas demandas de seguridad, arraigo y trabajo de las grandes mayorías. Hillary Clinton sintetizaba a la perfección los dos sentidos de la impugnación política que abrió paso a la elección de Trump. Con la expresión de «Angry White Men», M. Kimmel (2015) alude, entre otros aspectos, al malestar identitario de los hombres blancos estadounidenses con el creciente poder de las mujeres en diversos ámbitos sociales. En medio del auge del feminismo, dicha «crisis de virilidad» habría apuntalado la opción por un falócrata confeso en tiempos de colapso de las seguridades sociales (Gazalé, 2017). El icono pop-feminista del siglo XXI, la cantante afroamericana Beyoncé, cerró uno de los actos de campaña de Clinton. Se reafirmaban así las suturas entre progresismo, industria cultural y multiculturalismo neoliberal, que tan poco entusiasmo provocan en los sectores vulnerados material y simbólicamente por muchas de sus políticas y su aire de superioridad (West, ibid.).
Tras años de corrección política y sermones sobre feminismo y antirracismo, ¿qué puede ser más humillante que la elección de alguien tan demonizado por feministas y antirracistas como Trump? (Bricmont, 2016).
El radical antiprogresismo de la campaña electoral de Jair Bolsonaro (Partido Social Liberal [PSL]), y de sus primeros cien días como presidente del Brasil, también se sitúa en la raíz de los debates sobre el alcance de sus formas fascistizantes de gobierno. Su embate contra el comunismo imaginado del Partido de los Trabajadores (PT) se articula con el desdén por las conquistas laborales, los derechos humanos y los avances –durante los años del lulismo (Singer, 2012)– en materia de reconocimiento y garantías para una gama de colectivos y «minorías» raciales, sexo-genéricas, o culturales. Las promesas securitarias de «mano dura», en una sociedad ya marcada por altos índices de violencia, completan el cuadro. Bolsonaro supo movilizar las fibras ultraconservadoras de amplios sectores sociales y, en especial, de segmentos vinculados a las iglesias pentecostales y a las fuerzas del orden (policías y militares activos y pasivos), que resintieron los avances progresistas como un agravio, financiado por el Estado, a sus particulares visiones del mundo. Las movilizaciones de junio de 2013 dieron a este «núcleo-ultra» un primer espacio de visibilidad, mientras que la crisis de 2015-2016 (caída del 7 por 100 del PIB entre ambos años) amplificó el rechazo al lulismo y su alegato antiderechos. La construcción mediático-judicial de escándalos de corrupción (en particular el Lava Jato) asociados a toda la clase política y al alto mundo empresarial, pero conducidos, en especial, contra Lula da Silva, radicalizaron aún más al anti-PTismo y consagraron el ascenso presidencial de una verdadera «revolución conservadora» aupada por los grupos de poder, pero anclada en la sociedad de la más grande potencia latinoamericana (Costa, 2018). De la mano de Bolsonaro emerge, así, una extrema derecha de base popular y comprometida con la restauración de los mundos de la tradición, la familia, la autoridad… y el «libre» mercado.
Bolsonaro es un hombre sin susceptibilidades o sentimentalismos baratos. Él representa el modelo de masculinidad que las feministas quieren destruir: hombre altivo, firme, con autoridad, padre de hijos criados por su familia y no adoctrinados desde el Estado, decente, monógamo, cristiano, defensor de la autodefensa y proveedor… Se levanta contra las pautas más fetichistas del movimiento feminista: aborto y cuotas de género. Al ser el primer y único candidato en declarar veto a los proyectos abortistas, se vuelve enemigo número uno de las mujeres de izquierda (Ana Campagnolo, Historiadora, Diputada PSL).
Según la alt right, tras la crisis del socialismo real la izquierda privilegió la crítica a los valores tradicionales e impulsó al feminismo y a otros movimientos sociales al centro de la esfera pública (Stefanoni, 2018). Dicha avanzada se juega en el terreno de la sociedad civil y demanda una abierta confrontación político-ideológica. Aunque dicha «guerra contra el marxismo cultural» coloca en similar frecuencia a los circuitos movilizados en torno a Trump, Bolsonaro y otras ascendentes figuras del campo reaccionario, sus respectivos relatos y decisiones sobre la agenda económica se prestan a mayores confusiones.
La mezcla de patriotismo político, proteccionismo tardío (rechazo explícito al TTIP y demás acuerdos comerciales) y anuncios de guerra comercial llegó a hacer afirmar, por ejemplo, al vicepresidente boliviano Álvaro García Linera (2016) que el acceso de Trump al poder –junto con el voto de la ciudadanía británica contra la permanencia del país en la Unión Europea– ponía fin a la globalización neoliberal. El escepticismo hacia los mercados liberalizados se ha acompañado, sin embargo, con medidas que reducen las opciones estatales para estimular la economía o salvaguardar a los sectores golpeados por años de aperturismo. La reforma tributaria (diciembre de 2017) del republicano fue celebrada por los poderosos como el más grande incentivo al mercado en los últimos treinta años: el impuesto de sociedades cae del 35 por 100 al 21 por 100 –el mayor desde Ronald Reagan–, mientras que el tramo máximo para las mayores rentas se reduce del 39 por 100 al 37 por 100. La desregulación económica también avanzó a paso firme.
Por su parte, aunque pone nerviosos a los militares desarrollistas que forman parte de su gabinete, los gestos nacionalistas de Bolsonaro se han ido evaporando a medida que se consolida su gobierno y se afirma la vía aperturista y desestatizadora de su súper ministro de Economía. Paulo Guedes avanza, en efecto, una línea ortodoxa de reformas promercado que pone por delante la austeridad fiscal, así como transformaciones estructurales (de claro signo antiobrero) en el sistema de previsión social y un inusitado abanico de privatizaciones. El presidente de Petrobras, y figura cercana a Guedes, señaló: «Como liberales, somos contrarios a las empresas estatales. Con excepción del Banco Central, todos los bancos públicos tendrían que ser vendidos. Petrobras también tendría que ser privatizada y el Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES) extinto. Ese sería mi sueño» (Castello Branco, 2019, en EFE). Las eventuales pulsiones intervencionistas de Bolsonaro –en marzo de 2019 frenó un alza del precio de los combustibles, estipulada por Guedes, para evitar una huelga de camioneros– no deben distraernos de su firme vínculo con los mercados.
La explosión neofascista no parece, entonces, haber puesto en crisis al neoliberalismo y más bien despeja cualquier duda sobre el escaso compromiso de este último con una versión fuerte de la democracia. El «rostro humano» que el maridaje con cierto progresismo supo conferir en su momento al proyecto neoliberal le permitió encumbrarse como orden hegemónico global, en que elementos consensuales y coercitivos podían convivir aún en precario equilibrio. Es dicha convivencia la que ha entrado en crisis con la multiplicación de plataformas de gobierno –mucho más allá de Trump o Bolsonaro– cuyas convicciones neoliberales se afirman extramuros de algún relato democrático que dé soporte a la sociedad de derechos. Las virtudes civilizatorias de la hipocresía democrática no requieren ya, siquiera, ser escenificadas en la lucha electoral para ganar el favor de votantes mil veces frustrados y resentidos. Ni la globalización, ni el neoliberalismo han colapsado. Fraser lleva razón. Estaríamos, más bien, frente a un nuevo ciclo histórico de alcance global, en que el imperativo neoliberal disuelve sus mínimas bases consensuales y se proyecta como forma pura de dominación, renuente a cualquier compromiso robusto con la democracia y los derechos de las mayorías. ¿Autoriza aquello a hablar del ascenso de un neofascismo neoliberal, como han sugerido West (2016), Fassin (2018) y otros autores? ¿Toma acaso formas postfascistas el neoliberalismo, tal como lo plantea Traverso (2016)? ¿O se trata, más bien, de la exacerbación de la intrínseca tendencia del neoliberalismo a desplegarse como forma autoritaria de gobierno (Dardot y Laval, 2018, 2006; Chamayou, 2018)? ¿Qué gana el pensamiento crítico denominando a dicha tendencia secular como «neofascismo»?
¿UNA HIPÓTESIS CONFUSA?
Que Trump, Bolsonaro, Salvini u Orbán destellan una comprensión fascista de las relaciones sociales apenas genera dudas. Su xenofobia, racismo, misoginia, sexismo, desprecio por los otros están a la vista de todo el mundo. Ahora bien, se preguntan Borón (2019) y Aronskind (2018), entre otros, ¿aquello autoriza a categorizar como fascistas a los sistemas políticos que se configuran bajo su mando? Su respuesta no se presta a ambivalencias: la personalidad o los rasgos psicopolíticos de determinados líderes no son el elemento fundamental para definir a un régimen político como fascista. El fascismo no es la cristalización estatal de personalidades desquiciadas. Semejante explicación, muy difundida en los años cuarenta, arrastraba consigo el objetivo de borrar del mapa las conexiones entre el capitalismo y las experiencias totalitarias europeas. Estas últimas quedaban así retratadas, apenas, como efecto de las tribulaciones mentales de líderes autoritarios que ganaron apoyo de poderosos sectores económicos.
Tampoco cabe hacer de las constelaciones protofascistas que rodean y sostienen tales liderazgos el puntal para definir a un régimen como fascista. El andamiaje teórico que autorizaría dicho ejercicio remite a condiciones históricas particulares –la Europa de los años treinta, cuarenta–, que muy difícilmente pueden observarse en los gobiernos ultraconservadores del siglo XXI: en tanto forma excepcional del Estado capitalista que irrumpe en medio de la crisis de dominación de la democracia burguesa, entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial, el fascismo asume características irrepetibles, pues las condiciones que hicieron posible su emergencia desaparecieron (Borón, 2019). Dichas condiciones pueden ser rastreadas, según tal autor, en relación con al menos cuatro aspectos. En primer término, el «fascismo originario» se materializó como un proyecto político de las burguesías nacionales, que resolvieron de modo despótico tanto la creciente movilización de las clases subalternas como las fracturas en el interior del bloque dominante hacia el final de la Primera Guerra Mundial. Hoy en día tal cosa como la burguesía nacional apenas si tiene existencia empírica en un mundo capitalista gobernado por megacorporaciones transnacionales y emporios financieros globalizados. A la vez, aunque Borón no insista en ello, no parece que las fuerzas populares contrahegemónicas del nuevo siglo –ya sea en sus expresiones globalizadas, como los Foros Sociales Mundiales o las batallas contra las cumbres de los ricos (G7 / G20), ya sea en sus explosiones nacionales– requieran de un procesamiento más brutal que aquel que ya despliegan habitualmente las democracias liberales, con sus sofisticados cuerpos de represión. ¿O acaso el vehemente despliegue represivo de Macron contra los gilets jaunes encauza una conversión fascistoide del poder político francés?
Un segundo elemento alude al carácter estatista del fascismo y a su enemistad declarada con la política liberal. Los fascismos realmente existentes activaron una voluminosa intervención estatal en los mercados, ampliaron el peso de las empresas públicas en la economía, regularon fuertemente el comercio exterior y protegieron las industrias nacionales. En los vigentes procesos de desarrollo, en países como Estados Unidos o Brasil, semejante protagonismo estatal aparece fuera de toda posibilidad histórico-política. La propia elección de Bolsonaro se da como reacción a los «excesos intervencionistas» del lulismo y gran parte de su promesa antiizquierdista radica en una acelerada desestatización de todos los flujos económicos y de las mismas prestaciones sociales. Una de las más insignes contiendas de Donald Trump, aunque a medias derrotada, ha sido el intento de desmantelar la política de salud de su sucesor (el Obamacare), acusada de estatizar el sistema, sobrerregular el mercado de seguros y generar excesivos costos a los ciudadanos. El golpe a las finanzas públicas con la reforma tributaria de 2017 no parece, a la vez, conectarse con ningún intento de relanzar mínimas dosis de keynesianismo en una economía que luce dinámica y cuenta con el visto bueno de las finanzas.
Un tercer aspecto alude al carácter movilizador de los fascismos europeos. Estos produjeron elaborados regímenes de organización de masas que se vertebraron desde el Estado como formas corporativizadas de participación política siempre subordinadas a los comandos de gobierno. El disciplinamiento de la vida social contribuía, al tiempo, a resquebrajar el tejido asociativo-sindical del combativo mundo del trabajo. Borón juzga poco probable que esto pueda reproducirse hoy en día bajo los influjos despolitizadores de un Bolsonaro, adepto, más bien, a la privatización de la vida pública. Quizá el politólogo argentino pasa muy rápido la página en este aspecto. Las huestes afines al presidente brasilero se revelan cada día como un ejército encuadrado e hipermovilizado en cada batalla que el «líder máximo» abre en las redes sociales. Las masas twitteras del siglo XXI exhiben capacidades de coordinación colectiva que las hacen operar como disciplinadas máquinas de producción de regímenes de postverdad que sirven al poder mientras esterilizan adversarios. A la vez, en medio de su calculada neutralidad ante sucesos como los de Charlottesville –donde un grupo suprematista de ultraderecha acosó con antorchas a defensores de derechos civiles, hasta provocar heridos y un muerto–, Trump atiza la recurrente expresividad de sus bases a través de furibundas y polémicas intervenciones en el debate público. Su execrable política migratoria ha sido interpretada, de hecho, como una fórmula política para explotar el fervor de sus bases y mantenerlas sintonizadas con su discurso. Las políticas migratorias de tolerancia cero, que han complicado aún más la crisis humanitaria en la frontera con México, no tienen objetivo mayor, entonces, que la permanente movilización de viejos y potenciales votantes. Claro está que en ninguno de los dos casos parece probable que una cuadratura corporativa entronque dicha movilización al estado, pero subestimar la capacidad de la (nueva) movilización popular de la ultraderecha subestima peligrosamente su potencial devastador. Los rasgos fascistoides de la movilización en curso hacen mucho más que socorrer al liberalismo en su atávica dificultad para interpelar al pueblo: procuran disolver con violencia, y sobre la base de un discurso fundamentalmente irracional, las bases del reformismo social que tienen una efectiva existencia en nuestra época (Aronskind).
Por último, la articulación europea entre fascismo y nacionalismo fue un rasgo nítido de la experiencia totalitaria de entreguerras. Dicha articulación hizo que, bajo el comando alemán, los Estados fascistas entraran en conflagración militar y comercial con las potencias entonces dominantes. Había que disputar el «reparto del mundo» y la expansión de los mercados. Nada de esto se encuentra en la proyección de Bolsonaro al poder. Al contrario. El orden neoliberal globalizado es aquel al que Brasil aspira integrarse bajo la égida geoestratégica de los Estados Unidos y la renuncia plena a cualquier proyecto soberano. Y ello demanda, de la mano de los procesos de desestatización y desregulación de la economía, el desmonte mismo de la idea de nación y de la aspiración a un desarrollo nacional más o menos independiente. En este sentido, las posibilidades históricas de la configuración nacional-fascista siempre estarán más allá de las potencias periféricas o semiperiféricas del planeta. De ahí los amplios temores a la exacerbación nacionalista en el discurso de Trump y a su reiterada sentencia «Make America Great Again». No obstante, a pesar de su elocuencia patriótica y de su entusiasmo por encarar guerras comerciales, luego de más de dos años de gobierno el presidente norteamericano no ha podido recomponer la producción de manufacturas y las exportaciones; es decir, relanzar al primer plano al sector de trabajadores que constituye(ro)n gran parte de su base política. Como explica Gary Hufbauer, del Peterson Institute for International Economics: «Las bajadas de impuestos dispararon la confianza de los consumidores y empresas, estimularon el consumo y la inversión privados, y llevaron el desempleo a mínimos históricos… la consecuencia de manera inevitable fue un aumento del déficit comercial, a pesar de los aranceles de Trump» (en Pardo, 2019). Así, el recorte de impuestos disparó el consumo y acrecentó el nivel de compras de bienes de consumo –fundamentalmente importados– producidos en el extranjero. El nacionalismo económico de Trump quedaba en entredicho:
El 2 de marzo de 2018 Trump proclamó en un tuit que «las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar. Un año más tarde, las cifras oficiales del Gobierno de Estados Unidos indicaban que el déficit comercial había crecido en un 12 por 100, hasta los 621.000 millones de dólares… El déficit en mercancías –es decir, donde Trump siempre prometió más exportaciones, para satisfacer a su base de trabajadores industriales– subió en un 10 por 100, hasta los 891.300 millones de dólares. Es la cifra más alta de la historia de Estados Unidos… Hay más motivos para el sarcasmo: los desequilibrios con China, México y la Unión Europea batieron récords (ibid.).
El escepticismo hacia la «hipótesis fascista» también ha sido claramente expresado por la filósofa estadounidense Wendy Brown (2018). Como Borón y Aronskind, entre otros, ella también alude a la experiencia europea de los años treinta para entender los contornos de la reemergencia reaccionaria del siglo XXI. Apenas encuentra trazos de continuidad. La novedad del presente, señala, queda más bien inadvertida a la luz de dicho contrapunto. ¿Cuál es exactamente esa novedad? El desarrollo neoliberal produjo un singular régimen de poder que enfatiza, a la vez, una libertad no democrática y una fuerte idea de autoridad. Dicha confluencia –«on both statism and the right to say, feel and do whatever one wants»– llevó a Trump al poder: «This is a peculiar political formation that we’ve not had before and that we should not reduce to or equate with older forms of authoritarianism, populism or fascism».
El autoritarismo libertario, heredero inadvertido de décadas de neoliberalismo progresista, emerge como efecto de la expansión de un régimen libertario de libertad («a libertarian order of freedom») abocado al desmonte del vínculo social, la solidaridad colectiva y el bienestar público. Una sociedad así desintegrada se priva de resguardar a los individuos, que pasan a demandar el despliegue de una autoridad fuerte que asegure el orden, refuerce los vínculos comunitarios (sobre todo familiares), blinde a las clases trabajadoras y medias frente a las incertidumbres de la experiencia social y los proteja de las amenazas de los «múltiples otros» (inmigrantes, minorías étnicas, refugiados, terroristas). Semejante formación es efecto de la pura racionalidad neoliberal y no se equipara con fascismo alguno.
Ciertamente, prosigue Brown, aunque las transformaciones del neoliberalismo desde los años ochenta pueden dar la impresión de una amalgama contradictoria de iniciativas, se trata de adecuaciones funcionales a un sistema de acumulación centrado en los poderosísimos intereses de la clase financiera global. Ello puede dar lugar, como estamos viendo, a la continuidad de los ejes básicos del proyecto neoliberal (privatizaciones, quiebre de las instituciones de bienestar, sistemas tributarios prorricos, etc.), en conjunción con políticas proteccionistas contra Europa, China o el propia NAFTA. La reconfiguración en marcha, real y efectiva, no se da contra el neoliberalismo, sino apenas contra algunos de sus efectos.
Así, aunque la reverberación de la hipótesis fascista no ayuda a entender con precisión las vigentes mutaciones del orden neoliberal, sí permite dar cuenta de uno de los inusitados efectos del neoliberalismo en las zonas prósperas del planeta: el suprematismo blanco desatado con Trump –pero con una historia de violencias anterior al pleno dominio de los mercados– tiene la boca llena de demandas de libertad contra agendas que promueven la igualdad, o contra políticas de acción afirmativa favorables a las mujeres, los negros, los refugiados, etc.; es decir, todos aquellos que no responden a su núcleo sexo-genérico-racial y que también han sido golpeados por años de políticas de austeridad. La gran paradoja reside en que la legitimación de la supremacía blanca, obrada con la elección de Trump, proviene directamente del ataque del neoliberalismo a lo social. La rabia del hombre blanco es una energía intensificada por la razón neoliberal.
[…] I’m saying that this rage erupts in the form of libertarian freedom to speak and enact the power of white male supremacy against principles of equality and policies of social justice that neoliberalism itself cast as illegitimate and, worse, totalitarian (W. Brown, 2018).
EL MOMENTO NEOFASCISTA
Si se admite que la combinación paradójica entre estatismo y desregulación –autoritarismo libertario– emerge como nueva forma política en el interior del neoliberalismo, cualquier referencia poco cuidadosa a la problemática fascista puede terminar por opacar dicha singularidad y hacer pasar, por ejemplo, el ambiguo proteccionismo de Trump como una política de reconstrucción estatal que pone en riesgo las libertades individuales. Nada más lejos que eso. La presidencia del republicano ha exacerbado el libertarianismo socioeconómico propio de una cierta racionalidad empresarial, que aquel pretende extender incluso hacia las arenas de la política exterior. ¿Cómo articular, entonces, la hipótesis fascista con una cabal comprensión de las particularidades del vigente momento neoliberal, en circunstancias en que una extrema derecha autoritaria asciende en todo el planeta? Tal es la cuestión que encara Eric Fassin a través de una lectura no ya del fascismo a secas, sino de la reconstrucción neofascista del neoliberalismo.
En efecto, con los ojos puestos en las recientes transformaciones postdemocráticas en los países de la Unión Europea, Fassin (2018) advierte de la necesidad política e intelectual de pensar la especificidad histórica del neoliberalismo en términos del ascenso de una de sus vertientes más expresivas, la neofascista, al centro del tablero político global. Semejante formulación no supone afirmar, en modo alguno, que el proyecto neoliberal esté condenado de modo inexorable al fascismo –el neoliberalismo progresista de Blair, Zapatero, Obama, etc., está ahí para desmentirlo–, pero sí enfatiza su muy endeble contribución histórica al fortalecimiento democrático. Han pasado ya los días en que la euforia liberal hizo creer al mundo que, tras la caída del muro de Berlín, solo quedaban por perfeccionarse los instrumentos de gestión de economías de mercado administradas bajo elecciones competitivas y un equilibrio de poderes. La entronización del poder de los mercados, por el contrario, está cada vez más reñida no solo con el gobierno popular de los destinos colectivos, sino con la posibilidad misma de dar cabida a sujetos políticamente autónomos y soberanos: «The neoliberal subject is granted no guarantee of life (on the contrary, in markets, some must die for others to live), and is so tethered to economic ends as to be potentially sacrificable to them» (Brown, 2015). Es esa imposiblidad democrática la que está en la base de la hipótesis radical de una composición neofascista del neoliberalismo contemporáneo.
Los trazos del desarrollo político europeo no se prestan a imágenes complacientes. Las tentaciones iliberales no están confinadas meramente a la extrema derecha nacionalista y se replican de igual modo en el cosmopolitismo de dirigentes europeístas que luego, sin rubor, exigen desembarcar con las carabelas democráticas en las Venezuelas del sur global. Además de las variantes europeas de xenofobia política y suprematismo étnico, de Viktor Orbán en Hungría a Matteo Salvini en Italia, Fassin constata el ascenso de «golpes institucionales» en que las decisiones de las tecnoburocracias financieras se imponen al pronunciamiento de las urnas (Grecia: los bancos contra las mayorías parlamentarias). La legitimación que las elites europeas confieren a tales giros postdemocráticos entra en consonancia, a la vez, con la cada vez menor incomodidad que generan los avances de la extrema derecha: «Mientras que en 2000 imponían sanciones a la Austria de Jörg Haider, en 2018 esta asume la presidencia europea con Sebastian Kurz… La Unión Europea, de hecho, no titubea en subcontratar a Turquía para la gestión de los migrantes, cerrando los ojos frente a la deriva dictatorial del régimen de Erdoğan –por no hablar de los acuerdos cerrados con una mafiosa Libia».
En el corazón del giro «iliberal del neoliberalismo» resuena la plácida acomodación de las fuerzas centristas –si cabe aún el término para designar lo que, grosso modo, aquí se ha etiquetado como neoliberalismo progresista– a una competencia política que aquellas solo ven venir de la extrema derecha. Languideciente la izquierda, el centro y el liberalismo realizan la apuesta estratégica de disputar votos y simpatías en los feudos de la derecha radicalizada. Esto conduce, progresivamente, a que internalicen en sus programas políticos los ejes discursivos y las problemáticas que esgrime, eufórica, la derecha autoritaria. Así, lo que emergía como una respuesta táctica a determinadas coyunturas electorales termina dando forma a una conversión identitaria en nombre de la necesidad civilizatoria de vencer a los enemigos de la democracia. Derrotados en las urnas, estos pueden ufanarse luego de haber formateado a su medida el campo de la lucha política. Poca gloria democrática tienen las victorias en que el precio que pagar es la mímesis con los autoritarios.
E. Macron es quizá quien mejor encarna hoy en día ese neoliberalismo iliberal «… qui prétend nous sauver de l’extrême droite en imitant sa politique» (Fassin). El Partido Popular de P. Casado parece también haber emprendido ya esa trayectoria ante las primeras avanzadas de VOX. El presidente francés, en cualquier caso, consolidó su vertiginoso ascenso al poder de la mano de un discurso que removía toda pertinencia histórica de la polaridad izquierda-derecha y que prometía, desde dicha plataforma postpolítica, culminar con un largo ciclo de reformas promercado, varias veces pospuestas en el país. Ya en el poder, el presidente-sin-partido se tornó en un «presidente absoluto» que no escatima en burlar al Parlamento en nombre de la celeridad de las reformas y la prestancia de su carisma: «Réformer le Code du travail par ordonnances le signifie aujourd’hui sans ambiguïté. La séparation des pouvoirs chère aux pères fondateurs de la pensée libérale a fini de s’effacer… Il n’est pas davantage question de négociation avec ce qu’on hésite à nommer encore des “partenaires sociaux”. Le Premier ministre le déclare sans ambages: “Nous avons concerté. Concerter ce n’est pas négocier”» (Fassin, 2017).
No se trata, sin embargo, de un decisionismo limitado a la agenda de reformas económicas. En materia de política migratoria también gobierna una lógica autoritaria afincada en el poder presidencial. La cacería de los migrantes, acogidas o no a demandas de asilo, llega a niveles históricos. Se complementa además, de forma aún más vigorosa que la que impusiera N. Sarkozy en las periferias parisinas, con la persecución a militantes solidarios con los migrantes. El caso de Cédric Herrou es emblemático al respecto: acusado por ayudar a quienes atraviesan de modo irregular la frontera entre Italia y Francia, donde reside, Herrou fue detenido junto con 156 personas, la mayoría sudaneses, a quienes pretendía ayudar a presentar demandas de asilo. Condenado a cuatro meses de prisión, el activista fue finalmente encuasado por el denominado «delito de solidaridad» –fijado en la endurecida ley migratoria que Macron hiciera aprobar en la Asamblea y que la extrema derecha calificara de blanda–, que criminaliza la empatía y generosidad con los recién llegados (Giliberti, 2018). Un año antes, la Italia del Partido Demócrata también querellaba en los tribunales a las ONG que habían rescatado a migrantes en el Mediterráneo. Europa veía el cielo. Ante la Unión Europea, en todo caso, el presidente francés se exhibe como defensor de la coordinación y la solidaridad regionales para gestionar los flujos migratorios, pero dentro de su país se muestra decidido a reducir, unilateralmente, las opciones para que los «migrantes económicos» puedan permanecer en el país.
Y si Emmanuel Macron considera que Donald Trump ha adoptado la decisión correcta al renunciar a separar a los migrantes de sus hijos, cabe señalar que los Estados Unidos se disponen a seguir de ahora en adelante el ejemplo francés… encerrándolos a todos juntos (Fassin, 2018).
Las confluencias con el fascismo histórico, concluye Fassin, son más de una y no cabe, por minucias intelectuales, dejar de llamar las cosas por su nombre. Racismo, xenofobia, difuminación de las fronteras izquierda / derecha, celebración de líderes providenciales, culto de la nación y del pueblo, apología de la violencia, menosprecio al Estado de derecho, etc., ¿no son acaso rasgos de un régimen político al que, hoy como ayer, cabe denominar fascista? Y agrega: ¿no tienen los tipos-ideales weberianos, precisamente, la función de condensar bajo una misma etiqueta casos extraídos de diversos entornos históricos? Ambas cuestiones entrañan una respuesta afirmativa. Hablar de neofascismo supone una invitación a pensar, en su singularidad histórica, «este momento fascista del neoliberalismo». Cualquier otro atajo intelectual, insiste Fassin, puede impedir la movilización urgente de un antifascismo que, lejos de procurar el sustento democrático de las políticas promercado, debe apuntar a exigir cuentas al neoliberalismo, como responsable de la acelerada reconstrucción fascista en curso.
ENTRE EL POSTFASCISMO Y EL LIBERALISMO AUTORITARIO
A medio camino entre la conservación de las claves neoliberales para pensar el avance global de las derechas autoritarias y la innovación teórica de reinterpretarlas a la luz de la hipótesis fascista, Enzo Traverso (2016) sugiere el concepto de «postfascismo» como forma de remarcar el carácter transicional de la vigente coyuntura y la vaguedad de sus posibles desenlaces. Se trata, a la vez, de resaltar las marcadas diferencias con el «fascismo histórico» y de iluminar las líneas de continuidad y transformación entre aquel y los procesos hoy en curso.
Entre las diferencias más sustantivas Traverso destaca –además de algunas ya mencionadas en la segunda parte de este texto– que aunque «ambos fascismos» se expanden en medio de crisis económicas más o menos profundas, en el primer tercio del siglo XX el riesgo de colapso del capitalismo era mucho más nítido que hoy en día. La recesión internacional abierta en 1929, en medio del auge de la alternativa socialista en la Unión Soviética, dejaba ver al capitalismo como un sistema en acelerado agotamiento. Desde la crisis financiera de 2008, por el contrario, si bien el sistema no termina de recuperar su previo vigor, tampoco luce paralizado ni acosado por alternativas viables. La expansión planetaria del neoliberalismo prosigue aún en medio del creciente malestar social por las profundas desigualdades que acarrea.
Por otra parte, si el fascismo histórico se acompañó del reforzamiento de las capacidades y poderes estatales, hoy en día la marca insigne del capitalismo neoliberal es transformar a las autoridades públicas y a las agencias estatales en correas de transmisión de decisiones emanadas, de modo coordinado a nivel global, desde el capital financiero que gobierna la economía-mundo. El «estado de excepción» conexo con el despliegue neoliberal no es, entonces, un estado fuerte, sino, por el contrario, una estructura política sometida al ejercicio del poder soberano de los mercados.
La serie de discontinuidades podría ampliarse. Si se asume el fascismo como una pura categoría histórica, el debate estaría ya saldado. No es ese el caso. Quienes asumen la pertinencia de problematizar el asunto en el contexto de la expansión de la «razón neoliberal» (Dardot y Laval, 2013) dejan claro que las formas posibles del fascismo en el siglo XXI no pueden ser la reproducción mecánica de los modelos disponibles en la Europa de entreguerras. El prefijo «post» atiende tal señalamiento. En entornos histórico-estructurales disímiles es posible asir líneas de continuidad, analogías y/o aires de familia entre los fascismos clásicos y sus configuraciones contemporáneas. Mientras la pura reiteración es improbable, la renovación no puede ser pensada sino a la luz de la comprensión que la experiencia colectiva y el lenguaje teórico ya han trazado. «Es la memoria colectiva la que establece el lazo entre un concepto y su uso público, más allá de su dimensión historiográfica» (Traverso, 2016). Vistas así las cosas, quizá se simplifica la tarea de dar cuenta de las continuidades y rupturas entre un momento y el otro. El postfascismo no designa, pues, ningún movimiento superador, o un más allá, sino la diferencia en la continuidad. El concepto adquiere, así, una proyección transhistórica: su uso excede el contexto que lo engendró, aun si no puede significarse sin aquel.
Desde tal perspectiva, Traverso destaca como arquetípico del momento transicional en curso que las derechas radicales tengan conciencia de sus orígenes fascistas –en la Europa del Este llegan incluso a reivindicar dicha herencia–, pero, por ello mismo, intenten «emanciparse de ese pesado legado y revestirse de una nueva piel, modificando profundamente su cultura y su ideología». El mundo postotalitario del nuevo siglo marca a fuego ese imperativo de puesta-al-día. La continuidad y ruptura entre los Le Pen –padre, hija y nieta– ejemplifica el asunto. Del original despliegue del patriarca (Jean Marie), autoritario, xenófobo, nacionalista, a la imagen más liberal-republicana de la hija (Marine) –que ya reconoce incluso la necesidad de la Unión Europea y aboga por cambios desde su interior– media un proceso de mutación que deja ver a las derechas radicales contemporáneas como un fenómeno heterogéneo, cambiante, e incluso inestable.
En Europa, sobre todo, el desplazamiento de las derechas desde un nacionalismo agresivo y con disposiciones al expansionismo militar hacia un tipo de xenofobia que se concentra básicamente en las minorías de origen postcolonial –y no ya en las de otras naciones– deja ver, en efecto, algún tipo de actualización de tales fuerzas (¿resignación?), más allá de la melancolía hacia el viejo mundo de los Estados-nacionales. No es que una marcada xenofobia haya dejado de ser un trazo común en todas las derechas postfascistas –incluso en sus expresiones moderadas– sino que el discurso racista ha cambiado de forma y de víctima. El inmigrante musulmán se coloca hoy en el centro de la construcción de una alteridad negativa que adopta la forma del enemigo interno de las naciones aun si las más de las veces se trata de individuos que desde hace tres generaciones son ya franceses, italianos, alemanes, etc. El contraste es grande, aunque no tanto, si se piensa que uno de los pilares del fascismo clásico era el antisemitismo (Traverso, ibid.).
Las transfiguraciones conciernen también a los mecanismos de la exclusión. Si, aun en medio del debilitamiento de los Estados, los movimientos postfascistas demandan un ejercicio fuerte del poder, tajantes respuestas seguritarias, leyes draconianas contra los migrantes, firmes decisiones contra las amenazas externas, etc., hoy en día lo hacen en nombre de ciertos derechos y libertades individuales. El racismo doctrinario es vivido ya como un lastre en la era de los derechos humanos y la ultraderecha procura ganar en respetabilidad. He ahí un rasgo del postfascismo: medirse en la vara de los colonialismos clásicos que se implantaron en nombre de la civilización, el progreso o el universalismo republicano. Así, su repulsión hacia el extranjero, hacia el islam, se enmarca hoy en la adhesión a los derechos humanos. El universalismo es cooptado por la xenofobia:
Le Front National [Le Pen] n’a plus besoin de dire que les immigrés nous volent notre travail… Il lui suffit de proclamer qu’ils ne sont pas laïques, qu’ils ne partagent pas nos valeurs, qu’ils sont communautaristes… Les grandes valeurs universalistes –laïcité, règles communes pour tout le monde, égalité homme-femme– sont devenues l’instrument d’une distinction entre «nous», qui adhérons à ces valeurs, et «eux», qui n’y adhèrent pas. Le FN peut économiser ses arguments xénophobes… (Rancière, 2015).
Naturalmente, tales mutaciones –¿una suerte de aggiornamento fascista?– conducen a articulaciones ideológicas muchas veces contradictorias, ambivalentes, gelatinosas. El postfascismo alude, como insiste Traverso, a algo que no termina de adquirir forma plena, que no acaba de cristalizarse, pero que se despliega desde una trayectoria previa. Si el Frente Nacional francés –ya mutado, no por casualidad, en Reagrupamiento Nacional
