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A principios de la década de 1990, la neurociencia, la psicología y la economía unieron fuerzas para estudiar la toma de decisiones en el ámbito de la economía. En este libro veremos los caminos que ha abierto esta nueva ciencia.
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Veröffentlichungsjahr: 2019
Neuroeconomía
Neuroeconomía
Neurociencia, psicología y economía: tres disciplinas en colaboración
Elena Ortiz Terán y Joaquín López Pascual
Neuroeconomía
© Elena Ortiz Terán y Joaquín López Pascual, 2019
© de esta edición, EMSE Publishing, 2019
Realización editorial: Bonalletra Alcompas, S.L.
Diseño e ilustración de cubierta: Pau Taverna
Diseño: Kira Riera
Maquetación papel: Manel López (GRAFCO)
Composición ebook: Víctor Sabaté (Iglú de libros)
© Ilustraciones: Todas las ilustraciones de este libro han sido creadas por los autores de la obra, excepto las de págs. 33, 86, 89 (basada en Levy y Glimcher, 2012) y 109 (versionada de De Martino et al., 2006), cuyo autor es Jordi Dacs.
© Fotografías: pág. 33 (CC BY-SA 3.0); pág. 53 (Programa Brain Games); pág. 99A (captura de Youtube); pág. 99B (Shutterstock); pág. 101 (Banksy: fotograma del Youtube del artista); pág. 124 (ilustración de KAL); pág. 127 (Shutterstock); pág. 128 (D. P. y CC BY-SA 3.0).
ISBN: 978-84-17811-54-9
Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento y su distribución mediante alquiler o préstamo públicos.
El mundo cambia y con él, la ciencia. No siempre lo hacen a la misma velocidad, ni de la misma manera. Mientras que algunas personas no ven la necesidad del cambio, otras, sin embargo, se esfuerzan por que se produzca.
En las escuelas de negocios, un ejemplo que se utiliza para ilustrar nuestro comportamiento en un mundo cambiante y proponer modelos de actuación es el que John Kotter y Holger Rathgeber exponen en su libro Nuestro iceberg se derrite.
Esta fábula sobre una colonia de pingüinos emperador y su iceberg reproduce situaciones que vivimos en el día a día, incluso casi sin darnos cuenta, y trata de mostrarnos cómo debemos actuar en un entorno en constante cambio.
Sin desvelar muchos detalles para no diluir la emoción de aquellos que decidan leerlo, diremos que Kotter y Rathgeber nos explican cómo está transformándose el mundo y hasta qué punto podemos adaptarnos a ello y aprovechar una tras otra las nuevas coyunturas. La fábula trata determinados obstáculos que aparecen cuando nos enfrentamos al cambio, como las dificultades para percibirlo o la resistencia al mismo, y resalta los problemas más desafiantes y las soluciones más ingeniosas para superarlos, con el objetivo de que al final las personas alcancen unas condiciones mejores que aquellas de las que partían.
Todo comienza con un pingüino muy curioso llamado Fred, que empieza a advertir que algo no va bien. El iceberg en el que han vivido generaciones y generaciones de pingüinos no está entero: ha desaparecido un trozo. Empieza a investigar qué es lo que está pasando y descubre pruebas que indican que el iceberg se está derritiendo: de hecho ya ha aparecido una gran grieta en su interior, justo ahora que el crudo invierno se está acercando. Si no se hace nada, las consecuencias serán catastróficas. ¿Pero cómo actuar? Fred no es jefe, ni tiene autoridad alguna o poder de mando dentro de la colonia; sus predicciones del tiempo no gozan de credibilidad y el resto de los pingüinos no quieren escuchar a alguien que se preocupa constantemente. Solo añadiremos que Fred, por fortuna, no se queda de brazos cruzados.
Esta historia se estudia en las escuelas de negocios con el objetivo de lograr que las personas sean más competentes a la hora de manejar el cambio. Asimismo, induce a la acción, pues no deja indiferente a nadie, y cualquiera que lo lea se verá reflejado en alguno o algunos de sus personajes. Pues bien, esta enseñanza no es exclusiva del mundo empresarial. Se puede extrapolar a otros campos, como el científico. En el de la economía, en el último medio siglo, hemos presenciado el nacimiento y desarrollo de la economía conductual (behavioral economics), en la que se han unido la psicología y la economía para comprender mejor los factores que influyen en la toma de decisión económica, incluyendo aquellos elementos irracionales que forman parte del proceso de decidir y que dificultan la predicción del comportamiento económico. Más recientemente, y gracias a los avances científicos, sobre todo en las técnicas de neuroimagen, hemos vivido un cambio similar con la aparición de la neuroeconomía, que es la suma de la economía, la neurociencia y la psicología, tres disciplinas combinadas para dar respuesta a cuestiones de índole económica desde una perspectiva nueva, y que integra los conocimientos aportados por cada una de ellas.
En este volumen queremos explicar las modificaciones que se han producido en el estudio de la economía desde sus inicios como ciencia hasta llegar a lo que hoy conocemos con el nombre de «neuroeconomía».
Entender el comportamiento humano —cómo y por qué tomamos las decisiones que tomamos— ha sido un objetivo clave en muchas disciplinas, como la psicología o la neurociencia. Sin embargo, en el campo de la economía, lograr este propósito sería como encontrar el Santo Grial. ¿Por qué decimos esto? Muy sencillo: la economía ha pretendido, aunque sin demasiado éxito, estudiar la toma de decisiones de las personas con la principal finalidad de predecir su conducta en situaciones de incertidumbre, pues conocer los procesos que hay detrás de una decisión tendría unas implicaciones, en términos económicos, incalculables. Imaginemos que Apple supiese cómo nos vamos a comportar en un futuro cercano: podría desarrollar de inmediato otro dispositivo tecnológico adaptado que volviese a cambiar nuestra forma de comunicarnos; o que Zara conociese con antelación qué prendas se van a vender y en qué cantidades: tendría la posibilidad de planear mejor sus gastos y eliminar stocks innecesarios, lo cual supondría para la empresa un gran beneficio. ¿Y qué ocurriría si pudiésemos saber y anticipar cómo se van a comportar los inversores, y en definitiva la sociedad, desde una perspectiva económica o financiera? Sin duda esto nos proporcionaría un mecanismo para prevenir crisis como la de 2007 en los Estados Unidos. Si alguien hubiera podido predecir las «burbujas inmobiliarias» o el efecto final de las conocidas «hipotecas subprime», que suponían la concesión de créditos hipotecarios sin las suficientes garantías de pago, además del uso generalizado de la titulización, lo cual generó una de las mayores crisis de la historia, es muy probable que ciertas decisiones financieras no se hubieran adoptado nunca. Lamentablemente, esta posibilidad no pasa de ser una mera utopía, dado que no somos capaces ni de entender ni de predecir nuestro comportamiento.
El nacimiento de la economía como ciencia se remonta a finales del siglo xviii, cuando Adam Smith escribió La riqueza de las naciones, obra que inauguró lo que se conoce como período clásico de la teoría económica. La idea principal que subyace en el texto de Smith es que la economía tiende por sí sola al equilibrio sin necesidad de intervención o regulación por parte del Estado, lo que se conoce como laissez faire, laissez passer (‘dejar hacer, dejar pasar’). Esta teoría defiende la libre competencia, ya que los agentes económicos privados, al buscar satisfacer sus propios intereses, logran incrementar el bien común gracias a la «mano invisible» del mercado, que se encarga de asignar los recursos eficientemente para responder a las necesidades de los consumidores.
Tras esta, se formularon diversas teorías económicas, como las del marxismo, la escuela neoclásica o la escuela keynesiana, entre otras. La principal figura del marxismo es Karl Marx, y su obra El capital, donde expone la continua lucha de clases entre capitalistas y asalariados, es fundamental. Su teoría del valor-trabajo se basa en que el valor de los productos viene determinado por la cantidad de trabajo que se incorpora a la producción, y que solo una mínima parte de dicho valor es la que llega a los trabajadores en forma de salario. De este modo, la implementación de sistemas de producción de bienes y servicios intensivos en capital llevaría a la concentración de este en unas pocas manos y provocaría una revolución social que culminaría con la implantación de un sistema comunista.
La escuela neoclásica, surgida a mediados del siglo xix, afirma que para determinar el valor de los bienes hay que fijarse en el consumidor y no en el esfuerzo que se realiza en la producción, de manera que son aspectos psicológicos como el deseo subjetivo o el entusiasmo instantáneo los que determinan el precio mediante el juego de la oferta y la demanda.
Por el contrario, a finales del siglo xix, la escuela keynesiana, con John Maynard Keynes, y su obra Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, a la cabeza, se aleja del pensamiento económico clásico y neoclásico y aboga por la intervención del Estado en la actividad económica, ya que el mercado no es perfecto y su funcionamiento tiene fallos. Keynes propuso una fórmula a través de la cual la política económica puede actuar como una herramienta clave para combatir los dos problemas más graves de cualquier país, que son el desempleo y la inflación. Así, Keynes se convirtió en el precursor del sistema de economía mixta y del Estado del bienestar.
Cada escuela de pensamiento económico intenta aportar una idea principal y un nuevo método de análisis para estudiar la economía en su conjunto y a los individuos en particular. Por lo tanto, cada corriente económica surge porque la anterior no da respuesta a todos los interrogantes. Al final, de lo que se trata es de entender el comportamiento humano para prevenir problemas económicos y buscar soluciones a los ya existentes. Con este objetivo, a comienzos de 1930, un grupo de economistas empezaron a investigar el comportamiento del consumidor en los mercados empleando modelos matemáticos. En lugar de explicar cómo deciden las personas y de qué modo funcionan los mercados, se centraron en crear modelos de decisiones basados en preferencias que, unidas de manera coherente, formarían lo que en economía se conoce como «función de utilidad», que no es otra cosa que una función en la que se mide el beneficio o la satisfacción que obtiene un consumidor al adquirir un producto.
La teoría de la utilidad esperada, planteada en el siglo xviii por el matemático holandés Daniel Bernoulli e incorporada a la economía a finales de la década de 1920 por John von Neumann y Oskar Morgenstern en la teoría de juegos y comportamiento económico, muestra que las personas tienen preferencias sobre el riesgo al tomar decisiones en situaciones de incertidumbre, eligiendo aquella opción cuya utilidad esperada sea la más alta. Por otro lado, en la década de 1950, el economista estadounidense Paul Samuelson desarrolló la teoría de la preferencia revelada, en la que se pueden extraer las preferencias del consumidor en base a su decisión final, como modo de estudiar empíricamente el comportamiento del consumidor. Por ejemplo, si una persona elige A frente a B, está demostrando que prefiere A y que dicha preferencia se mantendrá en todos los casos (axioma débil de preferencia revelada). Sin embargo, la preferencia también puede ser revelada indirectamente: si dicha persona se queda con B en lugar de con C, podemos deducir que preferirá A frente a C (axioma fuerte de preferencia revelada).
Por su parte, el economista estadounidense Harry Markowitz desarrolló, a finales del siglo xx, otra teoría clásica en el mundo de las finanzas: la teoría de la selección de carteras, según la cual el principal objetivo del inversor es la maximización del beneficio y la minimización del riesgo. La fuente de riesgo es la incertidumbre, pues existe una probabilidad de perder todo o parte de lo que se invierte debido a que no se puede saber con exactitud qué sucederá en el futuro. Esta teoría analiza el comportamiento del inversor que desea optimizar sus decisiones en los mercados de capitales teniendo en cuenta su tolerancia al riesgo, tolerancia que lo llevará en cada situación a optar por una determinada relación de «ganancia-riesgo» en función de sus preferencias personales.
Al final, lo que pretende la ciencia es crear modelos apropiados que ayuden a predecir el comportamiento humano. Persiguiendo este objetivo, en 1953, el economista estadounidense Milton Friedman escribió un ensayo titulado La metodología de la economía positiva, donde argumenta que no es necesario que los supuestos de partida sean acertados, sino que lo importante es el poder de predicción que alcancen. Esta forma de teorizar acabó extendiéndose a ámbitos aparentemente alejados de la economía, como el arte o la política, principalmente de la mano del economista estadounidense Gary Becker. Pero también dio licencia a los economistas para ignorar las evidencias que demostraban que había comportamientos no racionales en la toma de decisiones, por ejemplo, el incumplimiento de los preceptos de la teoría de la utilidad demostrado con la paradoja de Allais, planteada en el mismo año de 1953 por el economista Maurice Allais, o la de Ellsberg, fenómeno también conocido como la «teoría de la decisión» y formulada por Daniel Ellsberg en 1961. Veamos, por ejemplo, la de Allais. Para ilustrarla, vamos a tomar un caso propuesto por Daniel Kahneman.
En el juego 1 nos encontramos frente a dos opciones, A y B, y debemos escoger una. Si elegimos la opción A, tenemos un 61% de probabilidades de ganar 520 000 euros y un 39% de irnos con las manos vacías. En cambio, si elegimos la opción B, las probabilidades de ganar aumentan hasta el 63%, pero ganaríamos un poco menos de dinero, 500 000 euros. Por el contrario, en el juego 2, la opción A muestra que nos encontramos con un 98% de probabilidades de ganar 520 000 euros, mientras que si elegimos la opción B ganaríamos de forma segura 500 000 euros. Según la teoría de la utilidad esperada, a la hora de decidir deberíamos multiplicar cada uno de los posibles resultados por sus correspondientes probabilidades dentro de cada opción y escoger aquella cuya utilidad esperada sea mayor (los resultados aparecen en blanco en el gráfico inferior de la figura 1). En el caso del juego 1, escogeríamos la opción A, porque 317 200 es mayor que 315 000. De esta forma, si la teoría de la utilidad esperada es correcta, en el juego 2 deberíamos quedarnos con la opción A por la misma razón (509 600 > 500 000). Sin embargo, cuando estamos en el juego 2, la mayoría de nosotros preferimos la opción B, que es la que mayor seguridad ofrece, en lugar de aquella cuya utilidad esperada es superior.
