Niñez de barro y sol - Any Reyna - E-Book

Niñez de barro y sol E-Book

Any Reyna

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Beschreibung

Una foto, un momento, un destino. La nevada de 1973 en Rosario se convirtió en el punto de partida para siete niños que, sin saberlo, estaban unidos por un hilo invisible. A través de sus historias ligadas a un objeto sincrónico, la foto, se encuentran una y otra vez en distintos momentos de sus vidas para transitar pérdidas, desencuentros, pasiones y desarraigos. ¿A qué se enfrentan?, ¿cuáles son sus sueños, sus propósitos? ¿Lograrán todo lo que desean? Desde Villa Manuelita, inmersos en la historia de un pueblo que ansiaba democracia, transitan una Rosario que sufre, un país con ciudadanos con ganas de ser libres, de expresar sus ideas y no morir en el intento. Algunos se quedan, otros se exilian o son exiliados; los escenarios se trasladan a Uruguay, Brasil, España. Cada personaje enfrenta un desafío: el amor, la guerra, la identidad, la soledad, la enfermedad y la muerte. ¿Abrimos el telón para verlos en acción?

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Seitenzahl: 261

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Producción editorial Tinta Libre Ediciones

Coordinación editorial Gastón Barrionuevo

Diseño de interior Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones

Diseño de tapa Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones

Reyna, Ana Claudia

Niñez de barro y sol / Ana Claudia Reyna. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2025. 250 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-631-306-457-1

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas Románticas. I. Título.CDD A860

Prohibida su reproducción, almacenamiento y distribución por cualquier medio, total o parcial, sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor. Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723 Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2025. Reyna, Ana Claudia© 2025. Tinta Libre Ediciones

Para las guerreras que acompañan mi camino: mi madre y mi hija.

Niñez de barro y sol

Any Reyna

Los hechos narrados, lugares y/o personajes obedecen a la imaginación que impulsa mi afán literario; me he tomado licencias a los fines de escribir esta novela, mixturando ficción y realidad; generando una atmósfera de lucha a través del relato de la vida de una jueza que busca incansablemente a los asesinos de su amiga de la infancia en Villa Manuelita y a un hermano/a nacido/a en los comienzos de los años 70, luego de la desaparición de sus padres. No tengo los recursos de un historiador, pero la novela puede servirle al lector para bucear e investigar si así lo desea.

Capítulo I

Superhéroes 1972

Soy Lena, he pintado cada etapa de mi vida con las acuarelas del universo.

Esta pintura tiene la propiedad de lavarse con el agua, de mutar, diluir, resaltar, o desaparecer en un diluvio de emociones.

Creo que por eso la elegí para perpetuar los paisajes de mi niñez, de mi amada tribu de Villa Manuelita y borrar tristezas.

En los años 70 tenía un grupo de amigos, éramos cómplices, soldados de guerras con naranjas y ruleros con globos, asiduos visitantes de la calle, salvajes descalzos descubriendo el mundo, iluminándolo con frascos llenos de luciérnagas.

Todo valía en ese juego de creer que siempre seríamos pequeños, jóvenes, que la gente vieja, era una raza a la que no íbamos a pertenecer jamás, fue un breve período de ensueño donde la vida nos guiñaba un ojo y nos invitaba a soñar.

Siete superhéroes de un barrio pobre, invisibles habitantes para la gente poderosa, ovejas de un gran rebaño, pero con ideas listas para ser lanzadas al espacio y hacerlas realidad. Esa era la fortaleza que ocultábamos, casi una religión, creer y crear jugando.

El viento amontonó los momentos como si fueran trapos mojados, luego los tendió en la soga del destino, y mientras se secaban al sol los recogí para armar este gran rompecabezas, estas vivencias desordenadas que habitan mi memoria de niña y mi certeza de adulta. Un largo camino que recorrimos con el fin de cumplir nuestras metas, lleno de trampas, desafíos y terribles pérdidas.

Juan quería ser astronauta, visitar planetas de todas las galaxias, absorber sabiduría universal y contárselo a los terrestres a través de ficciones fantásticas; Rulo, rockero como su tío, hacer recitales en todo el mundo; Tato, futbolista como el Pocho, como Kempes o el Trinche Carlovich; Cosoni solo quería un nombre, una mamá que le dijera te amo, reconocerse frente al espejo; Ricobeso, actriz famosa, esposa de un magnate; Chana bailarina, para vestir el tutú blanco del lago de los cisnes y bailar en el teatro El Círculo, yo quería tener superpoderes como los de Diana Prince, y convertirme en La Mujer maravilla para buscar la verdad y el equilibrio entre lo bueno y lo malo; lo llevaba en la sangre.

Capítulo II

Complicidad de niños

La hora de la siesta nos empujaba a la aventura, podíamos elegir entre cazar mariposas, explorar la vieja fábrica abandonada, o recolectar cartones y vidrios para vender en lo de Chivilcoy, viejo cartonero de Villa Manuelita, para el que hacíamos trabajos a cambio de billetes.

Juntábamos algunos mangos para ir al cine los sábados por la tarde, lujo que algunos pobres nos podíamos permitir.

Con suerte, también alcanzaba para los felipes, que eran panes ideales para comer rellenos con mortadela y queso; los comprábamos en lo de doña Miguelina, la italiana tenía de todo, y lo repetía sin cesar a sus clientes cuando le preguntaban sobre la mercadería que ofrecía en su granja.

—¿Miguelina, usted, tiene fideos moñito?

—¡Vendo ho tutto ricco ed economico!

—¿Y aceitunas negras en salmuera?

—¡Abbiamo tutto! —gritaba entre eufórica y enojada a la vez, pero era buenaza y siempre había yapa para los que la tratábamos con cariño.

Nosotros habíamos adoptado la frase para referirnos, con ironía, a cualquier cosa que abundara en el barrio, por ejemplo, bichos en el rancho, arañas, lauchas y cucarachas.

—¿Cómo digo tengo muchos piojos, doña Miguelina?

—¡Abbiamo molti pidocchi! —vociferaba risueña barriendo con energía para espantarnos de su vidriera.

—Abbiamo molti, piojos y ratas —repetíamos mezclando idiomas y entre risas, mientras nos retirábamos en medio de la polvareda y los escobazos.

La gaseosa era un lujo, pero si no podíamos juntar las monedas para comprarla, preparábamos un jugo dulce, con un poco de líquido de la damajuana de naranja que se acostumbraba a tener en casa y otro poco de agua. Rita lo pasaba escondido entre sus ropas holgadas junto a los sanguches.

Llegaba a la sala del cine América caminando lento, sosteniendo el tesoro que la hacía ver obesa. El Cosoni le aclaraba al hombre de la entrada para disimular.

—Mi amiga está gorda, casi no puede caminar, ¿vio?

Mientras, se pegaba a ella como estampilla, abrazándola para que no se le cayera nada. Entrábamos amontonados, sonriendo nerviosos, empujando. La travesura estaba presente en todo momento y, burlar al acomodador para esconder el botín debajo de la butaca, después de que Rita lograba sacar los víveres sin ser vista, nos llenaba de adrenalina. Juan adornaba con muchas palabras, halagos, preguntas, comentarios exagerados, distraía al pobre tipo, que, para no escucharlo, nos indicaba rápido donde debíamos sentarnos y seguía con su aburrido trabajo meneando la cabeza y murmurando.

—Pobre pibe, no tiene todos los patitos en línea.

Proyectaban dos films, y en el medio, un intervalo en el que la merienda era devorada, y atragantados, bebíamos todos del mismo pico sin miedo a ningún virus. Las películas eran inocentes, llenas de desopilantes aventuras, los actores que recuerdo eran Balá, Sandrini, Las Trillizas de oro, seguro que si me esfuerzo aparecen más, sonrío pensando en aquellos tiempos.

Una de aquellas tardes, el Rulo había llevado una cajita de cohetes fosforito, y arrastrándose por debajo de las filas de asientos, los iba haciendo explotar, la broma terminó mal, prendieron las luces y lo descubrieron.

—¡Mocoso de porquería, le voy a contar a tu tía para que te dé tu merecido!

El Rulo corría alrededor de las butacas y el pobre Cosme, viejo y sin aliento, se daba por vencido para ser atendido por la señora Gloria, viuda de Rodríguez y dama de la iglesia, que llevaba a su hija al cine para acercarse a él, asi que le vino de perlas.

—Tranquilo, don Cosme, que le va a dar un ataque, deje al pibe, ya me encargo yo en la misa de decirle al cura que le ponga penitencia, y al dueño del América que lo declare persona non grata.

Y lo hizo, porque el pequeño bombardero quedó excluido para entrar al cine por un mes, la tía lo corrió a chancletazos hasta alcanzarlo, cuando el estómago resfriado del Cosoni, lo contó sin darse cuenta camino a la escuela. Ese domingo, la vieja bruja se anticipó al horario de la celebración cristiana para contarle al padre Hernán sobre las travesuras de Rulo, y éste lo esperó especialmente para darle un castigo. Hoy en el edificio del cine, los evangelistas dan sermones a sus fieles, aunque el cartel de cemento, en lo alto del primer piso, sigue anunciando el nombre de nuestro refugio para reír con películas como El profesor Patagónico y El tío chiflado.

Cine América ¡Qué tiempos luminosos y llenos de dicha vivimos!

Pero no era lo único que nos ocupaba.

La imaginación era imprescindible para divertirnos, cualquier elemento, un palo, un tarro, una piedra, multiplicaba las sinapsis de nuestras jóvenes neuronas. En las tardes, las pibas y yo, jugábamos a ser Los ángeles de Charly

La serie comenzaba así:

“Había una vez, tres muchachitas que fueron a la academia de Policía. Les asignaron misiones muy peligrosas. Pero yo las aparté de todo aquello y ahora trabajan para mí; mi nombre es Charlie”.

Inventábamos una tarea bien arriesgada, asesinatos, robos, secuestros, y sin ningún elemento más que nuestro ingenio inagotable, enredadas en el laberinto del cañaveral, hacíamos variaciones de voces, improvisando diálogos temerarios entre policías y ladrones. Nos sentíamos heroínas peleando contra enemigos de historieta. Los personajes eran sacados de las revistas compradas o canjeadas en el kiosco de don Avelino, D’artagnan, El Tony y Mark entre otras.

Algunas veces, con los pelos debajo de las gorras, pudimos disfrutar siendo parte del equipo en los partidos de fútbol con los varones, jugar a la pelota o lo que pintara, sin divisiones sexistas, teníamos las rodillas percudidas y las uñas sucias por competir en los torneos de bolitas en las veredas de tierra.

También jugábamos a la escondida con el Cosoni, que era el más chico, su apodo respondía al hecho de que, obligados por la escuela, lo habían anotado tarde en el registro civil, siempre lo habían llamado El Coso y de ahí a Cosoni, como para darle jerarquía de apellido raro.

Se sumaban a la rayuela el Juan y la Ricobeso, ella, con apenas trece años, andaba enamorada todo el tiempo, por las noches, en la única pieza que compartía con su familia, se hacia la dormida para mirar con un ojo las escenas románticas de Rolando y Mónica en la tele con imagen en blanco y negro, deseaba un beso de novela como los de las producciones de Migré. Nosotros le habíamos puesto ese apodo y a ella le encantaba, pero se llamaba Rita.

Cada casillero hecho con tiza en el piso, era transitado por la curvilínea muchacha con el glamour de una vedette, tiraba la piedrita y se acercaba al cielo con la oportunidad de recibir aplausos y saludos de reina, su ídola, Ethel Rojo, y su novio de fantasía, el taxista, protagonista de la telenovela que convocaba a todas las familias, por lo menos, hasta que encontrara un novio de verdad; el Cosoni le cantaba el tango de la apertura y la invitaba a seguirlo, usando un palito como micrófono:

“Yira que te yira, por la piel de la ciudad, este taxi mío, me ha cantado la verdad, la ciudad es la selva que te ignora, que te seca el corazón o lo devora, selva de cemento, con semáforos en flor, jungla que atraviesan, diez mil ríos de furor, y una fauna triste que mastica, su costumbre de vivir o de morir”

Eran dos gallinas cacareando, nos causaba risa, pero nos enganchábamos en los coros, todos sabíamos la letra del tango cantado por Carlos Paiva.

El Tato era de Tablada, pero venía al potrero todos los días para hacer bailar la pelota, parecía que la tenía atada a la zurda, la gente se detenía a admirar, cómo un pibe tan chico lograba esas estrategias en la cancha, jamás conocimos contrincante capaz de robarle una jugada e impedir que llegara al arco para gritar a todo pulmón sus goles. Se rumoreaba que seguro terminaba en algún cuadro importante. El pibe era un prodigio, hijo de un gran jugador de otros tiempos, el Pocho, brillante wing izquierdo del rojinegro.

Rulo lo acompañaba, como arquero era un desastre, lo aturdía su sinfonía interna y lo distraía la mímica de la guitarra eléctrica con la que festejaba los triunfos, de modo que su equipo siempre perdía y terminaban a las trompadas; mi amigo prefería aprender negras y corcheas con su tío, un bohemio que viajaba por el mundo como mochilero acumulando experiencias. Sentíamos admiración por él, ya que nos hizo descubrir una música diferente, Abba, BruceSpringteen, James Taylor y el sublime Pink Floyd, había presenciado el festival de Woodstok en los años 60, se llamaba Carlos, pero el nombre artístico era Storm (tormenta) y andaba de boliche en boliche arrastrando guitarra, felicidad y talento, sabía esquivar las prohibiciones y componer canciones metaforizando situaciones sociales complicadas. Amaba a Charly y hasta lo imitaba un poco.

Con mami y la Chana, escuchábamos El expreso de Poli por LT8 de 13 a 15 horas, Amanda nos contaba que el tipo se la jugaba, era la década del setenta y en ese tiempo de silencio de la dictadura, Poli Román y Pily Ponce, tenían un programa que constituyó un hito musical y cultural para muchos jóvenes y adolescentes rosarinos.

No era fácil para quienes estaban en los medios de comunicación. Censura, presiones, tipos que bajaban línea y letra, recuerdo que anunciaba una canción y en realidad pasaba otra, eso a nosotras nos provocaba un sentimiento de libertad absoluta, palabras de mami. Regalaba a sus oyentes la música que él quería que escucháramos, anunciaba a Valeria Linch y ponía Papo Napolitano. Todo un transgresor.

Chana, con sus piernas largas y flacas, no perdía oportunidad para bailar, subida a las zapatillas de punta encontradas en una bolsa de ropa que habían donado a la capilla del padre Hernán donde merendábamos con la pibada.

Nosotras íbamos al catecismo para tomar la comunión, aunque no teníamos claro, eso de andar contando lo que hacíamos al cura, y nos asustaba un poco la loca idea de tener a ese señor del cielo observando nuestra vida todo el tiempo; entendíamos que había que temerle, porque el castigo era tremendo y nadie escapaba de su juicio.

La Chana suspendida en una atmósfera celestial, en el patio de la parroquia, parecía un ángel pelirrojo danzando, embelleciendo la fatal pobreza en la que vivíamos, yo la miraba y la quería más, cerraba los ojos y en silencio deseaba…

—Si existe de verdad ese Dios del que hablan, pido que la cuide para siempre.

Con los sopapos de la vida comprendí más tarde, que El Señor, no veía todo y tampoco nos cuidaba por más que rezáramos mil rosarios hincados de rodillas. Ese día pinté a la Chanita en una hoja de papel de estraza que mamá me había dado, la representé con alas de mariposa y los brazos elevados hacia las nubes. Ella sonrió al verme tan concentrada, y pidiéndome permiso, le agregó una inscripción debajo: El lago de los cisnes.

Envolvimos esos años con sueños de colores, con la esperanza de salir de la villa y cumplir nuestras metas. Confieso que a veces me escapo un rato a aquellos tiempos de barro y sol, donde el campito de la calle 24 y Esmeralda, con el terreno hundido en el medio, se llenaba con agua tras las lluvias para contenernos, chapoteando en patas y embarrados con el lujo de la risa, sin percibir peligro en nada. La tribu unida era poderosa, todos para uno y uno para todos, así de libres, así de felices.

Capitulo IlI

Ausencias

Natalia, mi Chana, desapareció cuando éramos chicos, aun así, nunca se fue de mi lado. La desgracia atropelló mi inocencia demasiado pronto; fue en una excursión al basural a buscar vidrio y cartón, la Chana y la Ricobeso debían cumplir con un mandado encargado por el padrastro, llevarle guita para comprar vino, y si no, cobraban, ellas sabían que no era promesa, los chancletazos o cintazos caían reales y certeros sobre sus espaldas, era lo común, tenían normalizado el castigo por cada travesura cometida.

La Tabela, madre de las dos pibas, en su tartamudeo fatal, solo sabía defender a su hombre, machista de mierda, que le arrimaba un plato de guiso, techo, y atenciones sexuales, ya estaba muy achacada por tanto laburar en la calle, pero aún se notaba, que a pesar de no tener dientes y haber engordado, había sido una hermosa mujer, pero sin alma.

La Ricobeso estaba desarrollando la misma voluptuosidad que la madre e intentaba esconder su feminidad con la ropa de hombre que conseguía en la parroquia, o mangueando por las casas, la mirada del viejo la inquietaba, sobre todo cuando estaba muy tomado y le daba por zamarrear a las pibas para despertarlas.

—¡Mové ese culo y prepárame unos mates! Dale, que tu vieja no está, vos, Chana, agarrá la escoba que no muerde.

La Chanita era una tablita flaca y quebradiza, color algarrobo, con grandes ojos verdosos y pelo colorado, vaya a saber la procedencia genética que cargaba, era la única de la familia con esas características, hasta pecas tenía, nosotras afirmábamos que como mi cara también estaba salpicada de ellas, ese detalle nos hermanaba.

El viejo abrazaba la guitarra criolla, la acariciaba como un vicioso, murmuraba palabrotas y masticaba brea como si fuera chicle, tenía la creencia de que así mantendría blancos, los pocos dientes que colgaban de sus encías.

Cuando estaba alcoholizado, hablaba con sus fantasmas del pasado, la gringa que lo traicionara con su mejor amigo, Martina Chapanay, mujer olvidada de la historia a quién admiraba por su audacia y bravura, y porque era recordada en su San Juan natal. Odiaba a la Tabela y sus achaques, a las chinitas desobedientes también.

La única santa para él era Eva Duarte, mantenía una vela encendida junto a la foto que apoyaba en una repisa, tan mugrienta como el rancho de fibra y ladrillos mal puestos que le servía como refugio, ni puerta tenía, y por los travesaños del techo, se paseaban las lauchas como en una avenida congestionada por el tránsito los domingos.

—Mirá, Chana, esa laucha flaca se parece a vos —gruñía el viejo.

—¡No soy una laucha! —protestaba la niña.

—Si sigue creciendo te va a devorar mientras dormís, te mira con hambre.

—No le hagás caso, se lo van a comer primero a él por maligno.

Aseguraba Ricobeso abrazando a su hermana; la Tabela no intervenía en la conversación, seguía su rutina de poner trampas y veneno por todos lados, a ella también la asustaba el roer sonoro de los animales en el silencio de la noche.

Nos habíamos hecho la chupina, la maestra aburría, con el Cosoni y el Juan, andábamos orillando el río al sol, canturreando y haciendo planes, Juancho tenía la cabeza llena de historias, cualquier pequeñez desataba su imaginación, en la escuela le iba muy mal, pero recuerdo que leía mucho, desaparecía, y al tocar la campana, la señorita María Estela, lo mandaba a buscar a la biblioteca con la portera o Cosoni, que ya tenía nombre, pero no le gustaba, y por eso, no quería ser nombrado con él.

Si hacía falta, yo oficiaba de abogada defensora y ponía a los chicos como testigos: —Que se demoró en el baño, que le dolía la panza, que estaba buscando esto o aquello. La sonrisa de Juan enamoraba, los dientes inmaculados y los hoyuelos junto a su boca eran encantadores ¿Quién podía regañarlo?

Miramos el cielo para orientarnos con el sol, y cerca del mediodía, comenzamos a volver a casa, teníamos el guardapolvo puesto y los cuadernos sin tocar dentro de las bolsas, seguros de que nadie notaría que no habíamos ido a clase. El comando estaba en el baldío, la mami corrió hacia mí, y mientras lloraba, me revisaba hasta las orejas, las tías del Cosoni y de Juan, gritaban.

—¡Que se lo lleven! ¡Asesino! ¡Borracho!

—¡Les pega a las hijas y a la mujer! ¡Viejo atorrante!

La policía tenía al viejo Flores, padrastro o padre de las pibas, esposado adentro del móvil, en el piso había un plástico negro tapando algo, y en la parte de atrás de una ambulancia, un médico limpiaba heridas en la cabeza y las rodillas de la Ricobeso. Se había lastimado mientras corrían llenas de terror, ella no se había dado cuenta de que su hermana no venía detrás.

Al darse vuelta, la buscó con la mirada, tropezó y cayó en una zanja, Chanita yacía a unos metros tirada en la tierra que se volvía roja con su sangre.

Rulo y Tato parecían estatuas de mármol adheridos a la pared del Kiosco de Avelino. No vi nada más. El llanto del viejo y sus ojos vidriosos me persiguieron todas las noches que siguieron a la muerte de mi amiga.

—Yo no fui, no fui, fue el fulano ese que rondaba el barrio preguntando por Amanda y Elena.

Nadie lo escuchaba, pero mamá me contó después que le había parecido verlo tambaleándose, con su botella en la mano, dudaba de que hubiera sido él, estaba muy borracho. La Tabela prendida a la ropa de Flores, gritaba como una gata loca y los policías la terminaron cagando a palos por imprudente y desacatada, eso vimos y escuchamos. Se la llevaron, y no volvimos a saber de ella.

A mi amiga, a mi hermana, no la quise ver, temblaba aferrada a la mano de mamá, ese momento, infectado de dolor, nos acompañaría como recordatorio de que no éramos superhéroes, nos sentimos derrotados, Papá Noel no existía, Los Reyes Magos tampoco, y ningún súper poder era capaz de protegernos de la tragedia inesperada, de la pobreza y de la falta de derechos.

¿Preguntar? ¿Averiguar? ¿Para qué?

El silencio se devoró las horas que siguieron a ese momento que forjó mi destino.

—¿Me buscaban a mí? ¿A vos, mami?¡Quiénes!, ¿Por qué? ¿Es mi culpa? ¿Qué voy a hacer sin Chanita?

No éramos personas, éramos cosas,Cosonis enterrados en Villa Manuelita.

Capítulo IV

El Coronel

Días más tarde, con los chicos de la tribu, comenzamos a visitar la choza de chapa del viejo Gerardo, le decían Coronel, porque entre sus múltiples sombreros, llevaba una vieja gorra de la Segunda Guerra Mundial, el dolor de todo lo que había perdido se reflejaba en una mirada oscura, llena de nubarrones. Solía decir:

—Soy un fracaso, lo fui contra los alemanes en la División Azul y después con mi familia.

Hablaba solo, desvariaba, pero su ternura con los niños conmovía, transformado en el abuelo de todos, disfrutábamos con sus anécdotas. Lo recuerdo un poco loco, envuelto en la bruma de los castillos, reyes y dragones de los cuentos que nos narraba alrededor del brasero conquistando nuestra atención. Después de lo de Chanita, había adoptado una actitud protectora.

—Ojo chavales que los vigilo desde el carajo de un barco pirata, alerta por posibles serpientes gigantes del océano de la vida.

Su voz sonaba gruesa, como un trueno, y la acompañaba con un vestuario extravagante de capas y bastones. Yo lo veía como un invisible más en nuestra niñez de barro y sol de Villa Manuelita. Le teníamos mucho respeto y cariño, además Amanda confiaba en él, disfrutaban juntos de charlas políticas filosóficas sobre la neutralidad de España durante la Segunda Guerra, Franco, y lo que pasaba en Argentina. Ella le insistía para que volviera a su patria y de esa manera recuperar su historia, su patrimonio, él respondía:

—Algún día, hay mucho por sanar aún.

El tipo, barbudo y desaliñado había aparecido en un abrir y cerrar de ojos, apropiándose de un terreno repleto de yuyos, para construir un rancho tan lleno de misterio, como de libros. La estructura era impermeable, hecha con latas de galletitas que le facilitaba el chatarrero Chivilcoy, eran cuadradas, de unos cincuenta centímetros de alto, él las desarmaba, ocupándolas de manera tal, que la cara que tenía el vidrio, servía como ventana circular, y las tapas, unidas con alambre, tornillos y maderas, formaban la puerta. Aparentaba un iglú un poco futurista, con el toque de color que le daban las marcas de las empresas de alimentos.

Resultaba incomprensible que un hombre de tamaña inteligencia eligiera vivir así, pero estaba atrapado en un tiempo sin relojes. Juan, fascinado con Gerardo, desobedecía a la tía para quedarse hablando durante horas con él. Ella lo perdonaba, mi amigo solía tener problemas con su salud y por eso era consentido por todos, además de ser un seductor nato. El coronel le narraba anécdotas de soldados, trazando posibles tácticas con un palito en la tierra.

—Por acá, los buenos, más allá los malos, hay que buscar aliados, así es en la vida chaval, tienes que aprender a pelearla, yo te voy a ayudar, no hay enemigos indestructibles, lo más importante son las estrategias, pero dame tiempo y te contaré todo lo que he aprendido.

Nosotros escuchábamos apenas la conversación.

—¿De qué hablan Rulo?

—No sé, estos perros aprovechan para ladrar como desesperados, es que la Rita les trajo huesos y se pelean como buitres.

—Creo que va ganando el Osito, míralo como se planta con los dientes afuera y el hueso en la boca —expresaba Cosoni.

—Claro que sí, es mi perro —declaraba Tato orgulloso—, nadie me saca la pelota en la cancha y a él tampoco lograrán sacarle su trofeo.

Mirar a los animales luchando por comer el pedazo de carne con caracú, se convertía en un espectáculo divertido y gratuito. En medio del bochinche que armaban, levantando las cejas, Rita aseguraba:

—Le enseña a hacer números, miren como guarda la libreta y se hace el otario.

— ¿Qué guardás ahí Juan? —le preguntaba yo.

Él, con reverencia y cara de periodista serio emulaba a Cacho Fontana en Video Show, teatral y gracioso vistiendo la capa del coronel, respondía que en esa pequeña libreta estaban los secretos del mundo, y tal vez así era.

—Queridos televidentes de la Máquina de Mirar, soy el gurú del mañana, ¿Qué más quieren saber?

El Cosoni se reía a carcajadas, lo sorprendía la chispa que Juan irradiaba en sus exageradas dramatizaciones, por otra parte, se le había pegado como garrapata a la Ricobeso, y ella, a falta de hermana lo había adoptado y no lo largaba.

—Cuando tenga dieciocho nos rajamos de acá —aseguraba acariciándole la cabeza siempre rapada para no juntar piojos.

—Ya vas a ver, voy a dejar que el pelo me crezca hasta las rodillas, rubio y brillante, lavado con el jabón Cadum de la propaganda de la Giménez.

Cosoni soñaba en voz alta diciendo:

— ¡Shock!

— ¡Te van a meter preso por hippy! —se burlaba ella.

—No seré hippy, quiero ser cantante, actriz… ¡Ya verán!

La ternura de los pobres es llana y torpe, Rita lo empujaba con un ademán de superada.

— ¡Salí boludo no seas cargoso! ¡Acá la actriz soy yo!

Con las plumas robadas del gallo pinto del Coronel, enzarzadas en la vincha, caminaba pavoneándose, mientras el mocoso rubio la seguía imitando cada paso que la diva exageraba. El viejo ermitaño nos observaba sonriendo con sus ojitos azules de chino, los labios eran una ausencia en ese rostro cubierto de pelos desprolijos. Se rascaba la cabeza diciendo para sí mismo:

—Pobre coronel, no tiene quien le escriba…

—¡Vamos don Gerardo que todos somos un poco sus nietos! ¿O no?

Él nos abrazaba, ese perfume a leña seca quemada con cáscara de limón que impregnaba sus ropas, quedó guardado en mis recuerdos de niña. Creo que, con nuestra alegría, le devolvimos las ganas de vivir. En España no tenía familia, estaba muy solo, por eso le pedíamos ayuda con las tareas de matemáticas, historia y geografía para acompañarlo.

De yapa nos regalaba la lectura de algún libro de Cervantes, GarcíaMárquez, Baldomero Fernández Moreno o Juana de Ibarbourou, con los que logramos volver mágicos los días y disfrutar de personajes como: Platero, Chico Carlo, Aureliano Buendía, Sancho Panza y el Caballero, todos entraban a nuestro mundo a través de sus narraciones.

Capítulo V

Más ausencias 1977 - 1978

Nos faltaba poco para terminar la primaria, y desde nuestra corta edad, entendíamos que la situación afectaba a la gente que exponía lo que pensaba, no se podía hablar de ciertas cosas, no se podía circular por la calle sin documentos, no se podían leer ciertos autores, todos parecían tener miedo de algo, y ese algo era monstruoso.

En Tablada, el barrio de Tato, La Vigil fue intervenida, detuvieron a miembros de la comisión y los trasladaron al Servicio de Informaciones. Mamá nos contaba que era un Centro Clandestino de Detención y Tortura, los padres de mi amigo estaban asustados, ellos también eran parte de la Asociación Civil de la Biblioteca y vendían las rifas.

La Vigil se había afianzado como un complejo cultural y educativo único en toda América Latina, pero en ese momento, con la intervención cívica militar, se perdieron años de trabajo comunitario. Después de aquella fecha de febrero del 77, no pudimos seguir yendo a buscar libros en la biblioteca de calle Alem, peor aún, se quemaron muchísimos ejemplares perdiéndose así gran parte del patrimonio cultural del barrio.

Cuando supimos que Carlos estaba preso en Buenos Aires, un frío conocido nos corrió por las venas y la palabra desaparecido volvió a rondar nuestras cabezas. Después de presentar su banda de Rock, en una fiesta de gente que Amanda despreciaba, todo terminó mal, una pelea de borrachos, un mal entendido, y lo de siempre, la falta de recursos de los pobres.

Lo acusaron de zurdo, la letra de la canción estaba cargada de verdades de esas que molestan a ciertos sectores de la sociedad y él lo sabía; había sido un acto heroico de protesta. La información que nos llegó fue que los organizadores y algunos espectadores se habían sentido ofendidos, los músicos le advirtieron que en ese lugar no debía cantarla, pero él era un idealista, y provocar con su verdad, era su deber.

La tía del Rulo, viajó de inmediato, iba todos los días a preguntar por su hermano a la comisaría, le habían dicho que la dejarían verlo, que estaba bien, aunque bien no estaba, porque una tarde volvió a Rosario llorando y se puso a quemar todas las partituras y letras de canciones que guardaba Carlos en su habitación. Los vecinos chusmeaban que lo habían trasladado a la ESMA, pero de eso no se hablaba.

—¿Dónde está Carlos mamá? ¿Volverá? ¿Qué es la ESMA?

—Una escuela —respondía con la voz estrangulada por el llanto.

—¿Qué le pasó? ¿Por qué afirman que es zurdo si lo vi escribir sus canciones con la mano derecha?

—¡Basta de preguntas, sos muy mocosa todavía!

Silencio…

Nos acostumbramos a escuchar las advertencias de los mayores sin adivinar el alcance de las mismas, pero con miedo, siempre con miedo.

—¡Ojo, no pateen paquetes raros en la calle!

—¡No se acerquen a ningún desconocido!

—¡No escuchen esa música!