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Tenía que hacer algo si no quería perder lo que más amaba... A Mark Cook no debería importarle que un actor hubiera llegado al rancho de su familia para aprender a ser cowboy, ni que la superestrella de Hollywood se estuviera acercando peligrosamente a Alyssa Halloway, la mejor amiga de Mark. Pero lo cierto era que los celos lo atormentaban cada vez que los veía juntos. Así que solo le quedaba la opción de competir con el guapo actor por el corazón de Alyssa y, para eso, iba a tener que emplearse muy a fondo...
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Seitenzahl: 149
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Avenida de Burgos 8B
Planta 18
28036 Madrid
© 2003 Molly Fader
© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
No puedo perderte, n.º 1405- agosto 2022
Título original: Cooking up Trouble
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1141-093-9
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Si te ha gustado este libro…
Alyssa Halloway vio por el rabillo del ojo a su mejor amigo, Mark Cook, que se dirigía a la puerta.
—Te pillé —murmuró dejando el trapo sobre la encimera y corriendo tras él.
Mark llevaba una semana ignorándola y comportándose como un cretino todo el mes y Alyssa quería saber qué estaba pasando.
Mark abrió la puerta de cristal y salió al gran porche del rancho Morning Glory, el hogar de su familia. Alyssa se coló tras él antes de que la puerta se hubiera cerrado.
—Fuera —le dijo Mark.
—No puedes huir de mí toda la vida —contestó ella.
Mark agarró la escalera que estaba apoyada contra el muro y bajó los escalones en dirección al jardín.
—Venga, Mark, llevas todo el día comportándote como un niño pequeño —gritó Alyssa siguiéndolo.
—De eso nada —dijo él con aquella calma que a Alyssa sacaba de quicio.
Mark abrió la escalera y se quedó mirando el tejado. Alyssa, tras él, se cruzó de brazos y esperó impaciente a que la mirara. Esperó sin éxito, ya que Mark solo tenía ojos para la escalera.
«¡Estúpido vaquero!», pensó Alyssa.
Mark fue hacia el porche para agarrar el letrero que Alyssa había pasado buena parte de la noche haciendo, pero ella se le adelantó y se lo puso a la espalda.
—Si lo quieres, vas a tener que hablar conmigo —le dijo con una ceja enarcada.
—La verdad es que no lo quiero —contestó Mark—. Eres tú la que quiere colgarlo.
Alyssa apretó los dientes, pero no le dio el letrero. De momento, había conseguido que le hiciera caso.
—Tienes razón. Quiero colgar el letrero y a ti también porque no sé qué te pasa últimamente.
—Tranquila, Lis —dijo Mark.
—¿Y bien? —insistió ella—. Llevas semanas pasando de todo mientras los demás nos matamos para tenerlo todo a punto. ¿Se puede saber qué te pasa?
—No me pasa nada. Simplemente, tengo cosas mejores que hacer que colgar letreros, mover muebles y sacar brillo a todos los objetos de la casa —contestó Mark molesto.
Alyssa observó con sorna que se estaba poniendo rojo. No pudo evitar sonreír porque era realmente raro verlo tan airado.
A Mark no le hizo ninguna gracia la sonrisa y, en un abrir y cerrar de ojos, le arrebató el letrero y se alejó de nuevo.
Alyssa se retiró un largo rizo de la cara y fue tras él.
—No es bueno que te lo guardes todo —le advirtió—. Deberías hablar de las cosas que te molestan y…
—Sujeta la escalera —dijo Mark sin mirarla.
Alyssa obedeció y Mark subió a colocar el letrero.
«Bueno, al menos, disfruto de la vista», pensó Alyssa sintiendo el familiar cosquilleo en la tripa.
Mark no era un tipo grande, como sus hermanos, pero estaba fuerte. Aunque no era mucho más alto que ella, había algo en él que la volvía loca. Durante muchos años había sido objeto de atención de muchas chicas porque, aparte de guapo, era considerado, no como sus hermanos Ethan y Billy.
A Alyssa también le parecía una buena persona y aquello le gustaba, pero para ella Mark era mucho más.
«Son sus ojos», pensó mientras observaba cómo se sacaba los clavos del bolsillo de la camisa. Tenía unos ojos azules claro que parecían atravesar con la mirada. Tenían una forma de mirar y de estudiar que asustaba. Eran unos ojos cautivadores y…
«Y mejor que dejes de pensar en ellos y en su dueño», se dijo Alyssa.
—No sé dónde está el problema —comentó—. A la izquierda —le indicó—. Al fin y al cabo, esto va a ser bueno para el rancho.
—¿Ah, sí? ¿Tú crees? A mí me parece que tener a una estrella del cine por aquí no es nada bueno…
—¡No es una estrella cualquiera, sino Dirk Mason! —exclamó Alyssa defendiendo a su actor preferido.
Mark la miró y parpadeó varias veces seguidas para burlarse de ella. Alyssa intentó no reírse, pero no pudo evitarlo.
—¿No estás exagerando un poco? —le preguntó—. Dirk Mason es una estrella internacional —añadió al ver que Mark no contestaba.
—¿Y eso qué quiere decir? —dijo él de forma despectiva.
—En Tailandia, la gente se muere por él.
—¿En Tailandia? Pero si allí ni hablan inglés. No es él lo que a la gente le gusta, sino su trasero —remarcó refiriéndose a sus continuos y gratuitos desnudos en pantalla.
Aquellos continuos y gratuitos desnudos eran uno de los pocos placeres de la vida de Alyssa.
—A mí me lo vas a decir —sonrió.
«Pobre, lo está llevando fatal», pensó de repente.
—No, en serio, Mark, ¿qué tienes contra Dirk Mason? También es tu actor favorito, ¿no?
—No es por él —contestó Mark— sino por el revuelo que hemos montado por su llegada.
—¿A qué te refieres?
—A que se ha interrumpido nuestra vida normal. Mira lo que no estamos haciendo por estar aquí colgando el cartel, por ejemplo —se quejó—. Mi familia se ha vuelto loca con este asunto. A mi madre le ha dado incluso por redecorar el salón.
—Le iba haciendo falta —le recordó Alyssa—. Era de los años cincuenta.
—Mi padre se ha comprado un coche nuevo —continuó Mark sin prestar atención—. ¿Para qué lo necesitamos?
—Supongo que no quería pasear a un actor en una ranchera que olía a estiércol.
—Billy no ha hecho más que montar a caballo para lucirse en el rodeo.
—Eso no ha cambiado mucho. No suele trabajar nunca.
—Y tú vas por ahí como una adolescente enamorada. La semana pasada se te quemó la cena y tuvimos que comer huevos revueltos.
—Que nos encantan a todos —se defendió Alyssa.
Se habría sentido avergonzada y hubiera sido ella la única en emocionarse por la llegada de Dirk Mason, pero, efectivamente, había sido toda la familia. Era cierto que el ritmo de trabajo había bajado, pero el Morning Glory sobreviviría. Sin embargo, no estaba tan segura de que Mark lo consiguiera.
—Y esto es solo para darle la bienvenida —añadió Mark—. ¡No me quiero ni imaginar cómo será cuando llegue!
—Mmmm —dijo Alyssa.
La tentación de tomarle el pelo era demasiado fuerte y, aunque se había propuesto tomarse en serio el enfado de Mark por la llegada del actor, no podía evitar reírse de él. Se había pasado casi toda la vida aguantando sus bromas y, ahora, le tocaba a ella.
—Imagínate a Dirk Mason sentado en mi cocina, bebiendo mi café en una de mis tazas, riéndose sobre alguna ocurrencia mía o, tal vez, montando a caballo. Tras un duro día reparando las vallas… —susurró.
—Reparar vallas no es tan duro —puntualizó Mark.
—Ya, pero llegará todo sudado —continuó Alyssa mordiéndose el labio inferior.
—Estamos en mayo. Si se descuida, le nieva encima…
—Se quitará la camisa… lentamente…
—Venga, Lis, no me intentes hacer creer que tienes ese tipo de fantasías.
—No podrá resistirse a mis atractivos, a mis encantos, a mis…
—¿Guisos de carne? —le espetó Mark—. Vuelve a la realidad, Lis. No eres más que un peón de rancho.
—Ay —susurró ella sonrojándose.
Como lo conocía desde hacía tanto tiempo no se podía enfadar por semejante comentario ya que sabía perfectamente a lo que se refería. Lo que Mark había querido decir era que era demasiado práctica para imaginarse a un actor sin camisa, demasiado cauta para imaginarse a un hombre sonriéndole. Los actores de cine no se enamoraban de una cocinera de rancho.
«Me pregunto con qué crees que fantaseo», pensó.
¿Se creería Mark que, como era cocinera, estaba todo el día pensando en recetas?
«¿Para qué sirven las alubias aparte de para cocinarlas?», bromeó para sí misma sonriendo.
Tal vez, como se había licenciado en Veterinaria en diciembre, ¿creía que se pasaba el día pensando en la peste porcina o en las infecciones derivadas del alambre de espino?
Tras veintiún años de amistad con Mark, tendría que estar acostumbrada ya a que la tratara como a otro peón o como a una hermana pequeña.
Claro que una cosa era estar acostumbrada y otra, que le gustara.
Se había pasado muchos años suspirando por él y que la tratara como a una hermana había sido una tortura.
Lo observó. Estaba sudando y secándose la frente con la manga. Sintió que el corazón le latía un poco más rápido. Solo un poquito. Como siempre. Como desde que lo conocía.
Se habían conocido el día en el que Alyssa se había escapado de casa y de la ira de su padre. Iba andando junto a la alambrada de espino que separaba los ranchos de las dos familias. Wes Halloway, su padre, no era tan buen ranchero como Mac Cook, el padre de Mark, y aquello lo reconcomía hasta hacerlo estallar de amargura.
Vio un animal atrapado en los alambres y creyó que era una ternera, pero, al acercarse, comprobó que se trataba de un perro gordo. Ya casi había conseguido liberarlo cuando apareció un chico rubio al que el perro recibió con gran algarabía y hacia el que corrió sin previo aviso. Así fue como Alyssa se vio metida entre los espinos, con la piel lacerada, y llorando desconsoladamente.
Cuando el muchacho rubio y de ojos azul pálido se acercó a ella e intentó reconfortarla, no pudo dejar de llorar y siguió haciéndolo mientras él la liberaba de la alambrada.
Era como si siempre hubiera sabido que aquel chico le iba a romper el corazón.
Su salvador le dio un caramelo y le presentó a su perro, Queenie.
—¿Por qué está tan gordo?
—Porque le gustan los Popsicles.
—A los perros no se les dan caramelos —lo habría reprendido Alyssa. Al hacerlo, se le había caído el suyo de la boca, pero ella, tras examinarlo y quitarle una hoja, se lo había vuelto a meter.
—No soy yo, sino mi madre —dijo Mark.
Para una niña que estaba acostumbrada a terribles silencios y a gritos, su voz era como un bálsamo.
—Deberías ponerlo a régimen.
—Ya…
—¿Y por qué se llama Queenie si es un chico?
—Porque todos los perros de casa, sean chicos o chicas, se llaman así. Mi padre dice que es más sencillo.
Alyssa se había quedado pensativa.
—Estás sangrando —apuntó el chico mirándole la camiseta desgarrada en la espalda.
Alyssa se había mirado también y había descubierto que el último moratón seguía allí, amarillo y violeta.
—¿Qué te ha pasado?
—Me caí —mintió.
Como no había empezado a ir todavía al colegio, no estaba acostumbrada ni a aquellas preguntas ni a mentir, así que no sonó muy convincente.
Mark se había quedado mirándola y ella se había dado cuenta de que no la había creído.
—Por favor, no se lo digas a nadie —le había pedido llorando de nuevo.
Alyssa no sabía si para que se callara o porque no se daba cuenta exactamente de lo que estaba haciendo, pero Mark le había jurado allí mismo que jamás lo contaría.
Pronto se hicieron inseparables.
La madre de Mark, Missy, no tardó en tomarla como si fuera su propia hija. Su propia madre lo había permitido, feliz de que alguien cuidara de su pequeña.
Solía cenar en el rancho todas las noches y se quedaba a dormir a menudo. Con el paso del tiempo, tuvo hasta su propia habitación.
Cuando Mark se sacó el carné de conducir, comenzó a llevarla a todas partes. Al colegio, a la ciudad, a diferentes actividades. En la cabina de su ranchera, Alyssa había empezado a sentir por él algo importante.
Durante el instituto, mientras todas sus amigas experimentaban con los chicos, ella se pasaba los días esperando a que Mark la besara. Había esperado y esperado y, en un abrir y cerrar de ojos, se le había pasado la vida.
Había confiado en que se le pasaría, en que sería un capricho, pero no había sido así.
Había ido a la universidad en Billings, lejos de Mark y de sus ojos azules. Sin embargo, como el Morning Glory era su hogar y el único hombre del mundo que hacía que se le acelerara el corazón estaba allí, volvía todos los veranos para ocuparse de la cocina.
«Eso era entonces, pero ahora es ahora», se dijo observando cómo Mark terminaba de colgar el letrero.
Ya no sentía nada por Mark Cook. Cuando llegara septiembre volvería a Billings porque le habían ofrecido un par de trabajos y había un chico muy guapo que vivía en el mismo edificio que ella y al que estaba decidida a conocer.
Había llegado el momento de dejar atrás los amores de niña y de encontrar a un hombre que viera en ella algo más que a aquella pequeña maltratada y bocazas.
«¿Dirk Mason, tal vez?», pensó sonriendo.
—Mark, se supone que lo tienes que colgar, no destrozarlo —dijo Billy, su hermano pequeño.
Mark no contestó y Alyssa puso los ojos en blanco.
—Pasas demasiado tiempo con Ethan y te estás volviendo de lo más maleducado.
Era cierto que su hermano mayor había sido la persona más hosca y desagradable del estado hasta que Cecelia Grady había entrado en su vida.
Ella lo había suavizado mucho y su hija recién nacida había hecho el resto del trabajo. Ahora era uno de los hombres más amables de Misisipi.
Alyssa observó a Mark y se dio cuenta de que los fuegos artificiales estaban a punto de estallar. Entre Billy y ella lo habían conseguido.
—¿Estás enfadado por algo, Mark? —le preguntó su hermano.
Mark dejó el martillo y Alyssa sonrió disimuladamente.
—¿Te haces una idea del incordio que va a ser ese hombre? —bramó.
—Es un actor, Mark, no un agente del gobierno, ni un agente de policía, ni un abogado, ni… —miró a Alyssa para que lo ayudara—. ¿De qué hacía en la última película?
—De cazador de extraterrestres.
—Eso es —sonrió Billy—. No es un cazador de extraterrestres tampoco…
—Es solo en el cine —apuntó Alyssa.
—Ya veo que seguís sin tomároslo en serio.
Billy miró confuso a Alyssa, que se encogió de hombros.
—No es para tanto, Mark. Dirk Mason viene a casa durante tres semanas para que le enseñemos a hacer de vaquero en su próxima película.
Alyssa no pudo evitar chocar las palmas y reírse. Lo hacía siempre que «Dirk Mason» y «vaquero» iban en la misma frase. Los hoyuelos de Dirk, a caballo al atardecer con unos vaqueros bien apretados. ¿Qué más se podía pedir?
—¿Por qué aquí? —se quejó Mark—. ¿Por qué ahora? Tengo mil caballos para domar. Ethan está muy ocupado con la niña y tú no haces nada.
Billy ignoró el insulto y, para deleite de Alyssa, siguió picando a su hermano.
—Es un favor que papá y mamá le hacen a un amigo de Samantha —contestó Billy refiriéndose a su hermana, que trabajaba como trabajadora social en Los Ángeles.
Hacía tres meses, Mac y Missy Cook había anunciado que, tras muchos ruegos y lloros por parte de la benjamina, habían decidido permitir que Dirk Mason pasara tres semanas en su casa aprendiéndolo todo de la vida de un vaquero.
—Mark, no creo que haga nada. Seguramente, se limitará a sentarse en el porche y a observar. Va a ser pan comido.
Mark gruñó algo y siguió martilleando el letrero, que se le resistía. Billy le guiñó el ojo a Alyssa y se subió al porche. Se puso bizco y se colocó ambas manos en las caderas.
—¿Me ignoras, hijo? —dijo imitando a la perfección al policía neoyorquino Joe Edge, interpretado por el que iba a ser su invitado—. Porque, si me estás ignorando, tengo algo para ti —añadió haciendo se sacaba una pistola del cinturón.
Alyssa vio que Mark intentaba no reírse, pero era su película preferida y Billy imitaba de maravilla los diálogos.
—¿Me sigues ignorando? —insistió—. Muy bien —añadió sacando otra supuesta pistola—. A ver si así te convenzo —dijo escupiendo.
Mark sacudió la cabeza y sonrió.
—¿Me vas a hacer caso antes de que te vuele los sesos? —concluyó Billy paseándose por el porche.
Alyssa decidió participar y ocupó su lugar. Bizqueó y comenzó a recitar su diálogo favorito de Por encima de la ley, un drama de abogados.
—Señorita —aulló—, me parece que tengo lo que está buscando, pero está un poquito más arriba.
Mark se rio y se le soltó el letrero.
—No soy ningún héroe —intervino Billy—. Solo me dedico a poner a los extraterrestres donde deben estar…
—A seis años luz de aquí —concluyeron Billy y Alyssa a la vez imitando al personaje de Dirk Mason en la última película del verano, Superpolicías galácticos.
Alyssa juntó las manos y parpadeó varias veces, como el personaje femenino de Amor en el último tren a Manhattan, la única comedia romántica que había interpretado Dirk.
—¿Adónde vamos? —susurró.
—Donde tú quieras, preciosa. Donde tú quieras —contestó Billy apoyándose en la escalera y levantándose el sombrero como hacía Dirk Mason.
