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Hay mensajes que llegan demasiado tarde. O eso creemos. Bruno acaba de perder a Sara, su compañera de vida. El mundo ha dejado de tener sentido, las rutinas se convierten en escombros, y el silencio pesa como una losa en cada rincón de la casa. Mientras sus amigos intentan animarlo con consejos que no ha pedido —haz deporte, distrae la mente, pasa página—, Bruno solo quiere una cosa: sobrevivir al vacío. Pero entonces ocurre lo inexplicable. Un mensaje de WhatsApp de Sara. ¿Un error? ¿Una broma macabra? ¿O algo más? Mientras la lógica se desmorona, Bruno inicia un viaje inesperado. Lo que empieza como una grieta en su realidad se transforma en un abismo que lo obliga a cuestionar todo: su relación, sus recuerdos, sus creencias, su propia cordura. Sara parece seguir presente, no solo en los objetos que dejó atrás, sino en los lugares menos esperados. En el teléfono. En los silencios. En lo nunca dicho. Nos falta un muerto es una novela sorprendente, llena de giros inesperados y al tiempo profundamente humana, que con humor e intriga se vuelve cada vez más inquietante. Iván de Cristóbal firma una historia adictiva, que no te suelta, que nos enfrenta a la pérdida con inteligencia y ternura, y que demuestra que el verdadero misterio no es la muerte, sino todo lo que dejamos pendiente con los que amamos.
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Seitenzahl: 430
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Iván de Cristóbal Miras nació en Barcelona en 1972. En la actualidad dirige una agencia de publicidad que trabaja con marcas líderes de sectores como el deportivo, el tecnológico o el energético. Economista licenciado por la Universidad de Barcelona y la Copenhaguen Business School, Iván es también profesor de comunicación en la Universidad de la Salle desde hace diez años y ha escrito artículos sobre estrategia de marca en diferentes medios de comunicación, así como varios guiones de cortometrajes de ficción, algunos premiados en diversos festivales independientes. Esta es su segunda novela, después de publicar Sala de espera en 2023, también en la editorial Alrevés.
Hay mensajes que llegan demasiado tarde. O eso creemos.
Bruno acaba de perder a Sara, su compañera de vida. El mundo ha dejado de tener sentido, las rutinas se convierten en escombros, y el silencio pesa como una losa en cada rincón de la casa. Mientras sus amigos intentan animarlo con consejos que no ha pedido —haz deporte, distrae la mente, pasa página—, Bruno solo quiere una cosa: sobrevivir al vacío.
Pero entonces ocurre lo inexplicable. Un mensaje de WhatsApp de Sara. ¿Un error? ¿Una broma macabra? ¿O algo más?
Mientras la lógica se desmorona, Bruno inicia un viaje inesperado. Lo que empieza como una grieta en su realidad se transforma en un abismo que lo obliga a cuestionar todo: su relación, sus recuerdos, sus creencias, su propia cordura. Sara parece seguir presente, no solo en los objetos que dejó atrás, sino en los lugares menos esperados. En el teléfono. En los silencios. En lo nunca dicho.
Nos falta un muerto es una novela sorprendente, llena de giros inesperados y al tiempo profundamente humana, que con humor e intriga se vuelve cada vez más inquietante. Iván de Cristóbal firma una historia adictiva, que no te suelta, que nos enfrenta a la pérdida con inteligencia y ternura, y que demuestra que el verdadero misterio no es la muerte, sino todo lo que dejamos pendiente con los que amamos.
Para Josep Forment, siempre con nosotros
Publicado por:
EDITORIAL ALREVÉS, S.L.
C/ de la Perla, 22
08012 Barcelona
www.alreveseditorial.com
© 2025, Iván de Cristóbal Miras
© de la presente edición, 2025, Editorial Alrevés, S.L.
© de la ilustración de portada, Sergio Mora
ISBN: 978-84-10455-48-1
Producción del ePub: booqlab
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A Silvia y a Javier.No habéis necesitado compartir toda una vida juntospara convertiros en leyenda.
Negación
Lo más doloroso no es perder a alguien,sino recordar que nunca lo volverás a ver.
Gabriel García Márquez
Would you know my nameif I saw you in heaven?
Eric Clapton,«Tears in Heaven»
«Esto no me puede estar pasando» es la frase que mejor describe el primer paso del duelo desarrollado por la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross. La negación es el muro de mentiras que levantamos para protegernos de un dolor que intuimos será devastador. Pero la realidad es muy tozuda y más pronto que tarde conseguirá derrumbar la barrera que hemos creado y, así, forzarnos a aceptar la pérdida. Es posible reconocer a quienes transitan por esta primera etapa porque se comportan con total normalidad. Son activos, funcionales y están tranquilos. Comportamiento que podemos confundir con entereza o frialdad, cuando en realidad son sonámbulos temporales, turistas en un mundo paralelo donde nada malo ha ocurrido, todavía.
Bruno es un desastre. No hay mañana que mi marido no tenga que regresar a nuestro piso para recoger apresurado cualquier cosa absolutamente vital que se ha dejado olvidada al salir a trabajar.
Cuando esa cosa fue su calcetín derecho le pregunté cómo era capaz de calzarse con un pie desnudo y el otro no, y, con gesto extrañado, como a quien le preguntan por qué sale el sol todos los días, me respondió que en el instante en que se estaba vistiendo le llegó la respuesta al final de su siguiente novela y, cuando la inspiración llama a la puerta, uno no puede estar pensando en calcetines.
Bruno es gallina y yo soy búho. Él es de madrugar y a mí me gusta trasnochar, él se levanta de la cama a las siete de la mañana de un salto mortal, como dice la canción, y yo no saldría a la calle hasta que no estén allí todos los demás. Es un tema de biorritmos. Pero cuando empezamos a vivir juntos programaba hasta tres alarmas en el móvil para poder abrir los ojos antes de que él se fuera a trabajar. De esta manera podía estar lo suficientemente despierta para darle un beso y, sobre todo, comprobar que Bruno salía de casa con la cabeza encima de sus hombros. Podrías llamarlo amor, y quizá tengas razón, pero si no eres de madrugar y te molesta el concierto de trompetas conducido por tu esposo en el baño —¿por qué los hombres son siempre tan ruidosos?—, imagina lo molesto que puede llegar a ser el pitido del interfono pulsado por quien se acaba de dar cuenta de que se ha dejado el móvil, las llaves del coche, o el calcetín derecho.
Bruno lo tiene todo controlado hasta que el ataúd de su esposa entra en escena. Lo arrastran dos hombres vestidos de traje oscuro, con la expresión solemne, entrenada para ocultar la indiferencia de quien ya lleva ese día tres féretros de paseo sin importarle demasiado si en su interior hay un ser querido o la momia de Nefertiti.
Apoyado en el atril para no caerse redondo y delante de un micrófono negro y ciento veinte personas, fija su mirada en la enorme caja de madera de pino que no recuerda haber escogido. Ha ensayado el discurso a conciencia, una mezcla de tonos entre el de alegría por todo lo vivido juntos y el de tristeza por todo lo que dejarán de vivir. Un alegato sentido, sazonado por un par de momentos divertidos que ha calculado serán el contrapunto perfecto a un clímax emocionante. El elogio que ella hubiera aprobado, e incluso aplaudido. Pero ahora no es capaz de pensar más que en esa enorme caja marrón que contiene los restos de Sara. Si existe algo más triste que los restos de algo, son los restos de alguien. Bruno no entiende por qué esos señores tan expertos en la organización de despedidas de seres queridos tienen a bien exponer sus restos ahí delante, a la vista de todos, frente a sus propias narices. Observa el papel que agarra con su mano derecha sudada y temblorosa y vuelve a depositar su mirada en la caja fúnebre, símbolo mayúsculo del despropósito. En la sala no se escucha un solo sonido, ni un sollozo, ni un gemido, ni el crepitar de la madera de un banco. «Están aguantando la respiración esperando a que arranque —piensa angustiado—. Debería hacerlo o se me morirá alguien más».
—Sara no está aquí.
Todos agradecen que Bruno, con esas primeras palabras, haya puesto punto y final a un silencio demasiado largo, aunque todos malinterpretan el significado de estas.
—Lo cierto es que no sé dónde está Sara. No soy una persona espiritual. No sé si está en el cielo, en el infierno, en el cuerpo de algún recién nacido o en el de un ratón. Pero si algo sé —señalando el féretro—, es que ella no está ahí dentro.
Los dos trabajadores de la funeraria se miran un segundo y telepáticamente acuerdan la mejor decisión posible; no hacer nada.
—Quien quiera meter a Sara en esa caja, debería meter también su bicicleta, todas las novelas de Saramago, su colección de vinilos, el camino de Ronda, las plantas de nuestro jardín de la Costa Brava, y todas las ganas de vivir que podáis imaginar. Y en esa caja no cabe una mierda.
Bruno imagina lo poco apropiado que debe de ser soltar palabrotas en un funeral, aunque entiende que si ese funeral es el de tu esposa, debes gozar de algún tipo de indulgencia y está convencido de que si Sara le está escuchando, habrá disfrutado más esa palabra malsonante que todo el tributo ñoño que tenía preparado. «¿Qué pasaría si me largo de aquí? —piensa—. Ahora mismo. Sin despedirme. Salgo por esa puerta y desaparezco. Estoy seguro de que nadie reaccionaría. Todos están demasiado ocupados en hacer lo correcto, en decir lo correcto, sin saber muy bien qué es lo correcto. El primo Carlos, siempre tan elegante, está distraído mirando el móvil. Seguro que comprueba su perfil de Tinder. ¿Y si se lo recrimino ahora? Menuda faena, aunque puede ser tan divertido observar la cara que pone… Los del grupo de la bici se han sentado juntos, como si estuvieran en un pelotón. Van vestidos igual, como si tuvieran veinte años menos, no sé por qué no se han puesto el casco. A esa del fondo no la conozco, ni entiendo por qué toma notas. Igual lleva un ranking de los mejores discursos para funerales. Debe de ser una compañera de trabajo de Sara, y muy atractiva. ¿Qué hago observando a otras mujeres en el funeral de la mía? Bruno, céntrate en el discurso. Vas drogado hasta las cejas».
—No tuvimos mucho tiempo para despedirnos. El cáncer la devoró con el mismo apetito que ella devoraba la vida. Tengo la sensación de que todavía no lo hemos hecho y temo que se me han acabado las oportunidades para hacerlo. Ahora observo esta caja y me cuesta creer que la persona más vital que he conocido, la que nunca alcanzarías en un puerto de montaña, la que no se apuntaba a una carrera si no era para llegar la primera, esté metida ahí dentro. Si al menos estos señores le hubieran puesto ruedas…
Tímidas risas se mezclan con muecas de desaprobación por quienes desaprueban el humor negro en los funerales. Principalmente por aquellos que no conocen a Bruno y solo ven a un gilipollas al que gustosamente sacarían del atril para meterlo dentro de la caja en lugar de la fallecida. No saben que si él hubiera podido escoger, lo hubiera hecho sin pensarlo ni un segundo.
«Bruno no puede quedarse solo» es el mantra que se escucha a la salida del tanatorio, el contubernio sellado por todos los amigos del matrimonio.
«Que haga cosas».
«Que se distraiga».
«Que alguien esté siempre a su lado».
Cuando Bruno hace su aparición en el acceso exterior del Tanatorio de Sant Gervasi de Barcelona, un enjambre de groupies del dolor se abalanza a su alrededor para darle el pésame en todas las maneras posibles; besos, abrazos y miradas de consuelo acompañadas de silencios que se le antojan eternos. Bruno se alegra de no estar al otro lado y tener que ser él quien dé el pésame, no sabría qué decir y seguro que se le escaparía la risa. No se considera mala persona, solo alguien que no sabe controlar unos actos reflejos que están ahí para dejarlo sin amigos. Cuando todos ya han manifestado su pesar por una pérdida tan temprana e injusta, las dos palabras más repetidas del día, llegan los amigos y sus planes de futuro. «Vamos a comer al Velódromo. Sé que quieres estar solo, pero te irá bien un poco de compañía. Coge la bici. Sal a correr. Haz deporte. Organicemos una escapada a uno de esos lugares que siempre quisimos visitar. ¿Sabías que hay grupos de apoyo para viudos? Yo te puedo conseguir el número de uno. ¿Y si te matriculas en la universidad a distancia? Siempre quisiste estudiar Historia del Arte. Lo mejor es tener la mente ocupada. Medita. Practica el mindfulness. Escribe un libro. Tus memorias. Las de ella…».
«Escribir un libro, ¿por qué no?», se pregunta Bruno con sarcasmo. «Cuando enviudas pierdes a tu mujer, no ganas superpoderes», se mofa en silencio mientras asiente obediente con cada consejo, manteniendo a raya la mordacidad que crece en su interior. «¿Por qué esa obsesión por la productividad?», se dice.
«Lo primero que tienes que hacer es tirar a la basura toda su ropa», le aconseja la nueva pareja de uno de sus amigos con quien nunca había intercambiado una frase. «Tírate tú a la basura, hija de la gran puta», quiere responder, pero declina. Esa grotesca mujer, con bótox hasta las cejas, podría traer buenas intenciones, pero cuesta encontrarlas. «Sé que es doloroso…», arranca el miembro más místico del grupo de la bici —lo llaman así porque con casi sesenta años lleva viviendo del dinero de sus padres toda su vida, y eso, o lo vistes con una cierta espiritualidad o te pegas un tiro—. «Sé que es doloroso… —continúa—, pero tienes que deshacerte de todo lo que te recuerde a ella. Fotos, libros, cuadros, sus cereales. Al menos hasta que estés preparado para reconectar con Sara en un plano más equilibrado. Tienes que buscar tu yo sin ella. Seguir adelante. Pasar página».
Pasar página.
Donde antes veía confidentes, ahora Bruno ve cretinos, y entiende que debe de ser un problema suyo, pero no entiende esa maldita manía que tienen todos de que pase página. «¿A qué otra página tengo que pasar? —se pregunta—, ¿a una donde exista un yo sin ella? Eso, simplemente, no existe».
Hace un par de años me di cuenta de que lo de despertarme cada mañana para comprobar que mi marido salía con los calcetines puestos acabaría matándome algún día. Así que decidí cambiar de estrategia y, como soy la última en acostarse, le escribí una nota en un pósit verde que sobró de un ejercicio grupal de la empresa donde trabajo, y lo pegué en el espejo vertical de la parte interior de la puerta de nuestro armario ropero.
Recuerdo perfectamente esa nota: «Llama a tu madre», escribí junto al dibujo de una cara risueña con corazones en lugar de ojos.
No seré yo quien diga que los hijos quieren menos a sus madres que las hijas, pero a la vista está que hacen por ellas bastante menos que nosotras. Nunca he considerado una obligación llamar a mis padres o visitarlos una vez a la semana, y no creo que mis padres me cuenten historias más fascinantes que lo que debe de contarle a Bruno su madre. Al final son pobres jubilados sin planes de futuro que quieren distraerse y solo pueden tirar del fondo de armario que somos nosotros, pero, al fin y al cabo, son nuestros padres. Igual el culpable es esa manía que tienen los hombres por la dichosa productividad, de no perder el tiempo en cosas que no les aporte valor como planchar, coser, hacerse la cama, quitar del espejo del baño las motas de dentífrico, o hablar con sus madres. «Esto ya me lo has contado, mamá», «Acelera que tengo una reunión». Ella no pudo acelerar el parto, ni poner a doble velocidad el momento en el que te cagabas encima o llegabas berreando a casa porque en el colegio te llamaban «mocosete».
Releo lo escrito y me suena todo un poco feminista, pero si quiero que esto salga bien no voy a ahorrarte nada de lo que siento, de lo que soy, pero, sobre todo, de lo que somos como pareja.
Volviendo a aquella noche, cuando escribí la nota, no era la víspera del cumpleaños de su madre, ni su santo, ni ningún aniversario relevante, pero recordé los días que habían pasado desde la última vez que se vieron y, viuda como es, estaba segura de que se sentía muy sola.
Esa fue la primera nota, y recuerdo que al día siguiente, cuando volví a casa después del trabajo, el pósit seguía allí, adherido en la parte superior del espejo. Incluso me dio la impresión de que el papel estaba mejor fijado en la superficie del espejo, como si, una vez leído, en vez de extraerlo del cristal, lo hubiera asegurado bien para que se mantuviera allí el máximo tiempo posible.
No sé si llamó a su madre o no. Nunca se lo pregunté, pero debió de hacerlo porque ese mismo fin de semana fuimos invitados por mi suegra a comer en uno de los mejores restaurantes de Barcelona.
La cuestión es que a la noche siguiente del primer pósit, coloqué un segundo, no junto al primero, pero sí en el mismo cristal del espejo: «Le toca la pipeta a Lola». Otra nota que quedó adherida para la posteridad. Y luego vino una tercera: «Desayuna fruta»; y una cuarta: «Coge mi paraguas»; y una quinta: «Te quiero infinito»; y una sexta: «Vayamos a Egipto»; y una séptima: «Hoy vas a triunfar»; y una octava: «Tira las camisas que antes eran blancas, y ya no»; y una novena: «Dame un beso antes de salir o no vuelvas»…, y así hasta que no quedó un centímetro de espejo.
—¿Marina?
—Hola, Bruno, ¿cómo estás?
Desde el otro lado de la línea, la voz de Marina, la asistenta del hogar del matrimonio, refleja la incomodidad propia de hablar con la víctima de una catástrofe.
—¿Has pasado por casa?
—¿Cuándo?
—Hoy.
—Hoy no. —Marina hace una pausa para tragar saliva—. Ayer pasé un momento a regar las plantas de la terraza y plancharle la camisa para el funeral. Creo que estaba en el velatorio.
—¿Has tirado los pósits?
—¿Qué es eso?
—Las notitas pegadas en el espejo de la puerta del armario ropero.
—No he tirado nada. Igual se han caído.
—Estos no, son superadherentes y, en cualquier caso, en el suelo tampoco están.
—Pues yo no los he cogido. —Su voz suena inquieta.
—Pues alguien lo habrá hecho.
—Yo no —contesta Marina con firmeza.
—Vale, Marina, disculpa que te haya llamado.
—Cualquier cosa que necesite…
—Gracias.
Bruno cuelga la llamada y deja caer el móvil sobre la cama. Hacía meses que no veía su imagen de cuerpo entero reflejada en el espejo del dormitorio, sin una de esas notas multicolor que todas las mañanas conquistaban unos centímetros más de cristal. Sin una de esas hebras que formaban la vinculación íntima que tenía con su mujer.
De forma instintiva, baja la mirada hasta el suelo con la esperanza de que, al fallecer Sara, los pósits hubieran caído todos a la vez cual hojas caducas de un manzano, pero eso solo ocurre en las películas de fantasmas y el parquet está impoluto.
Bruno observa el dormitorio, buscando alguna pista que le arroje luz a la misteriosa desaparición de las notas. Trata de recordar si fue la propia Sara quien las retiró del espejo, pero no consigue adivinar la motivación por la que su mujer haría algo así. No tiene ningún sentido ponerse a redecorar la casa cuando uno se está muriendo de dolor, o muriendo en general. Súbitamente le asalta una idea perturbadora: ¿es posible que alguien hubiera entrado en su casa, además de Marina, la asistenta? Apremiado por la duda, y con una gota de sudor en la frente, Bruno comienza la búsqueda de indicios de un posible allanamiento en el resto de estancias, solo para corroborar que el único indicio es el de su exmujer presente en cada rincón de la vivienda. En la librería con los libros que ella escogía para los dos. En el cuarto de las bicis con su Orbea de montaña apoyada en la de Bruno. En la cama de matrimonio con restos de su crema facial en la almohada. En la pica del baño, en el toallero, en todas las habitaciones está Sara, y él comprende que, independientemente de lo que digan las escrituras de compraventa, ese piso antes era de los dos y ahora no tiene dueño.
No ha pasado ni una semana desde el funeral cuando Spiderman, el mejor amigo de Bruno desde que los pusieron juntos en la guardería, lo llama al móvil para proponerle una salida en bici. Spiderman es el apodo que se ganó Fer por su manía de contar a todas horas y a todo el mundo sus conquistas amorosas y la capacidad, según él única en Barcelona, de dar placer a cualquier mujer solo con dos dedos de su mano derecha. Una vez declaró provocar hasta cinco orgasmos seguidos a su acompañante en el trayecto en coche desde Sabadell hasta Badalona. Es una tarea imposible para cualquiera de sus amigos no sucumbir a la tentación de revisar esos cálculos de forma mental cada vez que pasan en coche por la C-58.
—No acepto un no por respuesta —lo anima Fer con un tono más jovial del que le toca por su edad—. En quince minutos me planto delante de tu portal.
A Bruno le da una pereza extrema inventar una excusa plausible y decide que lo más rápido es aceptar la propuesta de su amigo, y si su objetivo es que los días pasen lo más rápidamente posible, no es una mala opción que lo hagan estando él al aire libre montado sobre su querida bicicleta.
Así que mira su reloj de pulsera y se pone en marcha con un entusiasmo tan exageradamente desbordante que despierta la atención de su caniche Lola, que arranca el movimiento de cola vinculado a la promesa de un paseo. Bruno, ajeno al frenesí de la perra, saca su Orbea Orca full carbono y comprueba la presión de ambas ruedas, se asegura de que los frenos funcionan a la perfección, engrasa la cadena sin evitar manchar el parquet, verifica que las luces delanteras y traseras están cargadas y funcionando, y que los reflectores se encuentran en perfectas condiciones, y de forma espontánea, sin pensarlo ni un segundo, exclama en voz alta: «¡Por mi parte, todo OK!».
Y, por primera vez, no obtiene respuesta.
El silencio más sepulcral es interrumpido por el ruido de las pisadas de Lola llegando a su lado y el ruido de todo su cuerpo peludo dejándose caer en el parquet mientras observa a su amo con los ojos tristes de quien tiene el superpoder canino de percibir la tristeza ajena.
Bruno tiene la bicicleta revisada y en perfectas condiciones. Es su responsabilidad como siempre lo había sido cuando salían los dos a pedalear, pero eso es solo la mitad del proceso de preparación; a Sara le tocaban el resto de las tareas. Y ahora mismo no es capaz de recordar una sola de ellas.
Bruno se queda paralizado frente a su Orbea un tiempo indefinido, pero suficientemente largo, para que el interfono rompa el silencio del piso y despierte a Lola de su minisiesta. Tras varios intentos, su amigo abandona y el interfono deja de bramar.
Durante todo ese tiempo, Bruno trata de recordar una sola de las tareas que formaban el listado responsabilidad de Sara. Una sola será suficiente para comprender que no se ha vuelto loco, necesita una sola para saber que no está perdido. Llora, primero con un sollozo contenido y silencioso que rápidamente se transforma en un llanto desgarrador. Llora, con un torrente de lágrimas que amenaza dejarle tan seco el cuerpo como vacío el corazón. Llora porque no es capaz de hacer otra cosa. Porque ya no quiere hacer otra cosa.
Llora por todas las veces que no lo ha hecho: ni cuando los primeros marcadores negativos de esos análisis de urgencia, ni cuando esa primera tos tan desagradable, ni con la mirada huidiza del oncólogo, ni cuando su bici se llenó de polvo y a ella le dio igual, ni durante la tercera quimio, ni con los paliativos, ni cuando la miró a los ojos y fue la muerte en forma de iris amarillo quien le devolvió la mirada, ni durante la organización del sepelio, ni siquiera delante de la caja de madera.
Llora por Sara, pero sobre todo por él mismo. Porque, sin ella a su lado, también está muerto, pero sin la posibilidad de descansar en paz.
Y, de repente, Bruno escucha un pitido. Es el pitido de un móvil. El suyo.
Como quien recibe la palabra pactada con su hipnotizador para salir del letargo al que lo han inducido, Bruno se seca las lágrimas con la manga de su maillot y se dirige a la mesilla del dormitorio, lugar donde recuerda haber dejado su iPhone por última vez.
Acaba de recibir un mensaje de WhatsApp que reza:
No te dejes la crema solar o te quemarás la calvorota, cocoliso.
La emisora del mensaje es un contacto conocido. Es «AA Sara», su mujer.
Recuerdo el día en que Bruno me preguntó si lo seguiría queriendo aunque se volviera calvo. «Yo soy estéril, supera eso», le contesté. «No digas eso, tú eres maravillosa», y me besó. Qué tontos se ponen los hombres cuando sueltas una verdad de forma descarnada, pero es que no sé soltarlas de otra manera. Yo soy así. Directa como un inspector de Hacienda, como el oncólogo de un hospital, como la muerte. Me he desviado del guion y vuelvo a hablar de mí. Lo siento.
El padre de Bruno era calvo, su abuelo era calvo, y aunque ha llegado a rezar para que fuera de otra manera, él, adoptado no es.
«Eres un calvorotas, asúmelo, y como te dé por comprarte un peluquín de esos que se hacen con el pelo del culo, te lo meto por el mismo sitio por donde sacaron la materia prima».
«¿Por qué siempre tienes que ser tan animal?», me recrimina con frecuencia, «Eres más tío que mis amigos»; a lo que siempre le digo: «Reconoce que te pone que me comporte como un camionero. Y a tus amigotes más aún. Porque, en el fondo, a los tíos os gustan los hombres. Sois todos un poquito gais. Seguro que si os dejásemos hacer vuestras excursiones en bici solos, acabaríais como los vaqueros de la peli esa Brokeback Mountain, retozando en vuestras tiendas de campaña con esos maillots sexis y esos culotes desparramados por la hierba».
«Pero qué zorra eres».
«Quítate la ropa y vamos a la cama, cocoliso».
Bruno permanece varios segundos releyendo una y otra vez el mensaje de WhatsApp recibido, sujetando su móvil con ambas manos, como si el dispositivo pesara cien veces más de lo que realmente pesa.
«No te dejes la crema solar o te quemarás la calvorota, cocoliso».
«Calvorota».
«Cocoliso».
Entra en el perfil del destinatario: «AA Sara», su esposa.
Estado: «Fumándome un puro».
Hora del mensaje: a las doce y diez.
«Hace tres minutos».
«No puede ser».
«Es imposible».
«¿Qué clase de broma es esta?».
Deja el móvil en la mesilla, se levanta con determinación y rodea la cama de matrimonio para llegar a la cómoda de madera de teca situada enfrente. Abre el cajón superior cargado de camisetas interiores, medias, pañuelos, fulares y lencería. Sin ningún tipo de miramientos, introduce la mano entre la maraña de prendas de Sara, con la urgencia de un aprendiz de ladrón con pánico a que lo descubran. Extrae un dispositivo móvil de entre las prendas, de la misma marca que el suyo pero de un modelo bastante inferior y con una funda protectora de color magenta. Está apagado. Le inquieta no recordar las claves de acceso de su mujer. Presiona con fuerza el botón de encendido, pero la pantalla del móvil no emite ninguna señal. Frustrado, lanza el móvil a la cama para buscar un cargador entre la ropa de ella. Saca un cinturón que deja caer en el suelo, vuelve a introducir la mano, y esta vez lo que rescata entre las telas es el collar con la caracola de oro que le regaló cuando ella salió de la quimio. Fue durante su primer cáncer juntos, fue hace siglos y en ese momento ambos estaban seguros de que sería la última vez que pondrían los pies en aquella sala de ese horrible hospital.
Maldice en voz alta y al tercer intento consigue que sus manos extraigan el preciado botín. Conecta un extremo del cargador al móvil y el otro extremo al enchufe de pared junto a la mesita de noche y espera impaciente a que la pantalla cobre vida. La sal de una gota de sudor le quema la córnea y se da cuenta de que tiene la frente empapada. En la pantalla del móvil aparece el símbolo universal de una batería moribunda. «Estamos a principios de mayo y no hace calor. Sudar tanto no es normal», se dice en silencio. Le resbala el móvil entre las manos y está a punto de caer al suelo. «Me va a coger un parraque. Aquí mismo. Tranquilízate, Bruno, tranquilízate», se autoexige, mientras trata de concentrarse en su respiración, controlando el ritmo de esta para reducir el de su corazón. Aparece en pantalla la manzana mordida. Siente cómo las pulsaciones vuelven a acelerarse y no precisamente por la imagen de una marca que aborrece tanto como cree necesitar. Desde la calle, la alarma de un coche desvía la atención de Bruno hacia la ventana. El cielo se siente pesado, gris, como si estuviera a punto de arrojar la tormenta del siglo. «Los cristales dan asco», pronuncia entre susurros.
Lola sube de un salto a la cama. Bruno ni la había oído llegar al dormitorio y trata de recordar cuándo fue la última vez que le puso comida. La foto del salvapantallas del móvil de Sara hace su aparición. Son ellos dos durante la presentación del primer libro de Bruno. Dos personas maduras, ya cuarentonas, con mucho pasado a sus espaldas y, aun así, con un nuevo futuro por delante. No hace tanto. Realmente hace muy poco, y de esa sensación de júbilo continuo solo queda el recuerdo. Y esa foto. Él no estaba tan nervioso como lo está ahora. El caniche Lola se acurruca a su lado, buscando atención o dando consuelo. Tiene la cola inmóvil, será lo segundo.
«Introduzca el código de desbloqueo», le exige la pantalla del móvil.
Bruno conoce el código. Sabe perfectamente que lo conoce. Se lo ha preguntado a su mujer muchas veces. Cuando él se quedaba sin batería en su móvil, cuando necesitaba una linterna para buscar una lentilla perdida en el suelo, cuando quería poner música romántica durante la cena, o para seducirla y su móvil era el único dispositivo vinculado a los altavoces del dormitorio, cuando se mandaba a sí mismo las fotos que ella sabía hacer mucho mejor que él. Y, todas esas veces, ella le había compartido su código de acceso, de forma natural, como quien te dice la hora. Esos cuatro números que Bruno no es capaz de recordar ahora.
«Introduzca el código de desbloqueo», vuelve a leer Bruno, que cierra los ojos para emprender un viaje al pasado más reciente, al lugar y al momento exacto donde extraer ese pedacito de información que necesitamos llevarnos de vuelta al presente.
—Amor, ¿has metido la toallas en la maleta? —escucha su propia voz.
A veces, el destino al que llegamos no es el más amable. Dista mucho de ser el que hubiéramos elegido.
—Sara, ¿me estás escuchando?
A veces, nuestro viaje nos lleva a lugares y momentos que hubiéramos preferido borrar de nuestra memoria.
—Bruno… —La voz de Sara llega frágil y angustiada—. Coge mi móvil, por favor.
Bruno retrocede justo una semana antes. En el preciso momento en que deja de preparar el equipaje para la escapada que habían planificado los dos y, de forma apresurada, se dirige al dormitorio. El tono quebradizo de su mujer le hace temer lo peor. Cuando llega, Sara yace en el suelo boca abajo, con el brazo alzado, tratando de alcanzar algo. Su piel es de un amarillo pálido, traslúcido, desagradable.
—¿Qué te pasa, cariño?
—Llama a urgencias —le suplica llorando mientras trata de incorporarse sin lograrlo.
Él la coge en brazos y ella levanta la mirada hacia él, aunque realmente sus pupilas opacas y vidriosas miran al vacío, atravesando a un marido inmóvil como un muñeco, tan asustado como inútil.
—¿Qué tienes?
—Coge mi móvil, por favor, y llama a urgencias.
Bruno escanea con la vista la habitación buscando el móvil, aunque está tan nervioso que no logra centrar su mirada en nada en concreto. «Este tenía que ser nuestro último viaje juntos».
—¿Dónde está? —le pregunta a su mujer mientras la lleva a la cama.
—Encima de la cómoda —responde buscando la posición. Bruno coloca una almohada bajo la nuca de Sara y, una vez se asegura que está más cómoda, se dirige al mueble de delante de la cama para coger el móvil y toparse con los cuatro dígitos de la clave de acceso. «Dios mío, no me quites este viaje», se repite una y otra vez.
—Cariño, no soy capaz de recordar tu password.
Ella ha dejado de prestarle atención mientras dirige su mirada a la ventana.
—Cariño —insiste controlando el volumen de su angustiada voz—, no logro recordar tu contraseña.
—Los cristales dan asco —responde ella entre susurros.
—¿Cómo? —Bruno se gira hacia Sara. Los labios de su esposa están secos y agrietados. Un hilillo de saliva cuelga desde su comisura derecha y Bruno rompe a llorar. El fatídico momento que estaban esperando no ocurrirá el próximo mes, o la próxima semana, o después de su fin de semana en la Costa Brava. Ha llegado. Maldice en silencio a un Dios al que nunca prestó demasiada atención mientras sujeta el móvil con la foto de los dos en la pantalla.
—La clave es la clave —le contesta ella.
—No te entiendo, de verdad…
Y de pronto sí entiende. Sara se refiere a la clave de cuatro dígitos que resolvería el primer caso del inspector Sancha, el protagonista de su primera novela. «Cuánto de mí hay en ella», se pregunta, y «qué quedará de mí cuando ella no esté». Bruno sabe que la respuesta le llegará muy pronto.
Introduzca el código de desbloqueo.
Quedan tres intentos.
Bruno teclea los cuatro dígitos del código de desbloqueo y el móvil de su esposa cobra vida. Se sorprende al descubrir la cantidad de aplicaciones que su mujer se ha instalado, «Si nunca llevabas el móvil encima», se dice mientras sus labios dibujan una sonrisa. Una avalancha de notificaciones se suceden a un ritmo frenético y expresiones como «Nos alegra que estés de vuelta», «Hace una semana que no sabemos de ti» o «¡Te echamos de menos!» inundan la pantalla atropellándose unas a otras.
Afortunadamente el icono de WhatsApp está en la barra inferior de destacados. Bruno lo pulsa para abrir la aplicación y comprobar que en la relación de chats recientes está el que acaba de recibir. No hay duda: el último mensaje enviado por Sara es de hoy mismo. A la misma hora en que fue recibido, al mismo destinatario al que fue enviado: a él.
«La están pirateando», sentencia, «debería haber dado de baja su línea de teléfono», se lamenta, y de pronto Bruno es consciente de todas las cosas que debería haber dado de baja tras la partida de su mujer —Instagram, Facebook, Twitter, su cuenta de e-mail, su cuenta de Amazon, la suscripción del antivirus, la suscripción de la nube, la cuenta bancaria, el Candy Crush, el sudoku online, el seguro de la bici…— y todo el peso de la vida moderna cae encima de su cabeza.
Aparta el móvil a un lado y se deja caer de espaldas sobre la cama. Advierte una pequeña humedad en el techo, justo encima de su cabeza. «La han pirateado», repite en silencio. «Alguien que quiere joderme». Y de forma repentina le vienen a la mente las palabras de su editor: «En este sector, en cuando te haces famoso ganas más enemigos que dinero. Los españoles somos envidiosos, está en nuestro ADN latino». «Pero si no gano dinero. Tú lo sabes mejor que nadie». «Yo lo sé, pero el resto del mundo no».
«¿Quién querría hacerme daño?», se pregunta Bruno. «Y de esta manera tan cruel. ¿Un lector insatisfecho? ¿Una admiradora no correspondida? ¡Pero qué digo!, ¿te has visto últimamente en el espejo? No tengo enemigos. No se me ocurre ninguno».
«Pero ella no ha podido mandar el mensaje. Eso está claro».
«¿Por qué no?».
«Porque está…».
«Cocoliso».
«Cocoliso».
«Cocoliso».
Bruno se incorpora. Confía en que si adopta una postura más correcta podrá pensar con mayor claridad. Trata de recordar los momentos en los que ella pudiera haberle llamado «cocoliso» delante de otras personas. Aquella cena con los amigos del Ateneo cuando acabaron bromeando con una escapada a Turquía para hacerse un implante de pelo. En aquel aburrido cóctel de presentación de su último libro, el que cerraba la trilogía del inspector Sancha, cuando delante de casi cincuenta personas un invitado aseveró que los calvos son más productivos solo por el tiempo que se ahorran no pensando en su pelo. A Bruno se le ocurren varias oportunidades más que rechaza de forma sistemática por la simple razón de que un mote tan cursi no hubiera salido de la boca de Sara en público. Hay apodos cariñosos y expresiones empalagosas que deben permanecer dentro de la relación, y este es uno de ellos.
«¿Y si alguien ha accedido a nuestros mensajes o nuestros correos?», se pregunta. «¿Y si lleva haciéndolo años? Pero… ¿por qué?».
Bruno siente que su cabeza va a explotar. Debe afrontar la realidad. No sabe qué está pasando, pero, sobre todo, no tiene ni idea de qué hacer. ¿Debería cerrar todas las cuentas de Sara? Sería como asesinar su identidad digital. Lo único que queda de ella. La parte de Sara que sigue viva para el resto del mundo. La Sara que él no puede sentir, ni abrazar, ni tocar.
«Te echamos de menos».
Lola salta de la cama y camina de forma pesada hasta la alfombra de forma ovalada delante de la cama. Baja unos milímetros la tripa y echa una gran meada. Es hora de sacar a la perra, y de paso, buscar soluciones fuera de estas cuatro paredes.
La tecnología y Bruno no son amigos. Nunca lo han sido. A Bruno le importan muy poco los avances tecnológicos y la tecnología ha correspondido a tanto desdén provocándole un cúmulo de infortunios. Algunos proclaman de forma infantil que la tecnología les tiene manía. En el caso de Bruno puedo asegurar que es así. Es como si a ese ente omnipresente, principal responsable del progreso de la humanidad, le molestara que una persona tan interesante como es Bruno lo ningunee de esa manera.
Con los años, y según el mundo evolucionaba, mi marido también lo hacía, pero en sentido contrario, hasta convertirse en un cascarrabias, un tecnocretino de manual. Si era esa su meta desde el principio, lo desconozco. Cada vez que le cuento un nuevo logro tecnológico —confieso que lo hago a menudo, solo para tocar las narices—, él me recita los problemas reales de la humanidad: los alimentos procesados, el transporte público, el tóner de la impresora. Para Bruno, las impresoras domésticas representan el gran fracaso de la raza humana: «Antes de gastar tanto dinero en llegar a Marte —manifestaba— podrían inventar un tóner que funcione durante más de una semana»; para luego añadir: «En Marte no encontrarán más que arena y piedras y yo tengo un manuscrito que imprimir y revisar antes de mañana». Es su proclama favorita que me comparte un par de veces al año, y siempre con los dedos pringados de tinta.
Cuando entré a trabajar en Aurelia, la farmacéutica más pionera del país, era consciente de que tendría que inventarme una vida paralela, una que pudiera compartir con Bruno, o todas nuestras cenas acabarían en bronca. Omitiría los detalles que pudieran irritarle, e inventaría otros para cubrir los espacios en blanco. Al principio no lo identifiqué como un problema, aunque no sea una escritora de éxito como él, imaginación no me falta. Ahora me siento acorralada. Una vez que he decidido tomar el camino que ya conoces, esos espacios en blanco han empezado a crecer hasta convertirse en agujeros negros, capaces de engullir cualquier ápice de honestidad, y hambrientos de falsedades cada vez más elaboradas que puedan ocultar su existencia. Recuerdo cuando eran solo pequeños embustes, traviesas anécdotas sin importancia que nacían de mi cabeza; ahora comparto jornadas enteras que nunca existieron, tejiendo una red de mentiras —cómo me cuesta escribir esta palabra— tan sofisticada y compleja que ha convertido nuestra relación de pareja en una auténtica farsa.
No quiero dejar este mundo, no quiero dejarlo a él, sin que antes sepa toda la verdad, pero no veo el modo de compartirle lo que estoy haciendo sin echarlo todo a perder.
Tampoco sé por qué te estoy contando esto.
Si Bruno tuviera que describir a Matías como un personaje de una de sus novelas, lo definiría como un hombre pequeño, con un trabajo pequeño, aspiraciones pequeñas y, en definitiva, con una vida pequeña. De hecho, a Bruno no se le ocurriría incluir a un individuo como Matías en ninguno de sus relatos. Ese tipo de sujetos no aportan nada interesante a la historia. La vida está a punto de demostrarle lo contrario.
Matías trabaja en la cuarta planta de El Corte Inglés, en la sección de telefonía, y está a punto de conocer a Bruno porque fue él quien, hace siete meses, vendió el móvil a la mujer del escritor.
—¿En qué puedo ayudarle?
—No tenía claro si venir aquí o ir directo a la Policía.
Hay personas a los que nunca les pasa nada porque salen por patas ante la primera señal de aventura. A otras nunca les llega la oportunidad. Matías es del segundo grupo. Ávido lector, siempre ha soñado con convertirse en el protagonista de una novela de Dan Brown, pero cuando eres el responsable del área de telefonía de El Corte Inglés, trabajo que desempeñasdesde hace veinte años, en un centro comercial a dos manzanas de la casa que heredaste de tu madre, la misma donde resides desde que naciste, es complicado que llegue un agente secreto y te invite a que lo ayudes a encontrar una bomba nuclear a punto de ser detonada. De ahí que, cuando Matías escucha la palabra «Policía», cada fibra de su menudo cuerpo vibra al unísono. Puede que este no sea otro día más en la oficina.
—Si es tan amable… —Matías hace un gesto a Bruno para que se acomode en una de las dos sillas situadas delante de su mesa, único mobiliario que conforma su estand de atención al público.
Bruno se sienta y extrae del bolsillo de su cazadora de piel el móvil de Sara, que deja en la mesa del comercial.
—Me gustaría que comprobase si han hackeado el móvil de mi mujer —le pide Bruno en un tono pausado y sereno, tratando de no parecer un demente.
Matías se inclina para ver mejor el dispositivo, y Bruno se da cuenta del enorme problema de psoriasis que tiene el empleado del centro comercial. Tiene el cuero cabelludo salpicado de parches rojizos y escamosos y un conjunto de pequeñas y desagradables erupciones detrás de ambas orejas, lo que le genera a Bruno una sensación de asco mezclada con una profunda compasión por ese hombrecilloque acaba de conocer.
—¿Me permite? —le insta Matías con gentileza, acercando su mano hacia el dispositivo.
Bruno asiente con la cabeza y Matías coge el móvil como si fuera el mecanismo de un explosivo. Voltea el aparato un par de veces para examinarlo en detalle. Vuelve la mirada a Bruno, sin mediar palabra, construyendo una sensación de ridícula gravedad.
—¿Sabe el código? —le pregunta al escritor, que, tras un breve momento de desconcierto, dicta los cuatro dígitos para que el comercial los marque en la pantalla táctil.
La foto de la pareja aparece en pantalla.
—¿Dice que el móvil es de su esposa?
—Así es.
—¿Y por qué no ha venido ella?
—Porque ha fallecido.
Matías, que no lleva bien la gestión de los momentos incómodos, mantiene la vista fija en el dispositivo evitando cualquier cruce de miradas con su nuevo cliente.
—Entiendo.
Vuelve a depositar el móvil en la mesa.
—¿Por qué sospecha que lo han hackeado?
—Ayer recibí de este móvil un mensaje de mi esposa.
—¿Por qué canal?
—¿A qué se refiere?
—El mensaje que recibió… ¿le llegó por correo, por SMS, por WhatsApp, Telegram…?
—Fue por WhatsApp.
—¿Y por qué cree que fue desde este móvil?
—Porque lo encendí y el mensaje también estaba en su WhatsApp.
—Si dice que lo encendió, deduzco que cuando usted recibió el mensaje este móvil estaba apagado.
—Sí, totalmente.
—¿Apagado o en reposo?
—Apagado y sin batería.
—Entiendo.
—¿Qué entiende?
—¿Cómo dice?
—Usted dice «entiendo», lo ha dicho ya dos veces, pero soy yo quien quiere entender.
—Entiendo.
—Lo ha vuelto a decir.
Matías se da cuenta de lo nervioso que está su interlocutor y reconoce que buena parte de la culpa es suya. Es consciente de esa manía suya de querer aparentar más de lo que es, de darle una pátina de misterio a todo lo que hace para que su vida parezca más relevante que la de un cuarentón que vive en casa de sus padres y vende cacharros y tarjetas sim. Para empezar, no le ha preguntado ni el nombre.
—Disculpe mi falta de modales —se disculpa el comercial, dejando el dispositivo en su escritorio—. Mi nombre es Matías Gallego, ¿podría decirme su nombre para dirigirme a usted?
—Bruno —le extiende la mano a Matías—, y no hace falta que me trate de usted.
—Usted lo está haciendo.
—¿El qué?
—Tratarme de usted.
—¿Si le tuteo usted hará lo mismo?
—Me parece justo, pero improbable. Trabajo en El Corte Inglés.
—Pues ahora que sabemos nuestros nombres, ¿podríamos seguir con el tema del móvil?
—Por supuesto. —Matías vuelve a coger el dispositivo con ambas manos—. Lo que trataba de decir es que el mensaje que has recibido no tiene por qué haber salido de este móvil. Es más, apostaría mi trabajo a que ha salido de otro sitio.
—Entonces, ¿sí me han hackeado?
—No en el sentido que le está dando.
—¿Cómo que no?
—Es muy fácil.
—Te aseguro que no para mí.
—Le explico. WhatsApp opera en la nube.
—Ya empezamos.
—Me refiero a que todo funciona en unos servidores, en unas enormes máquinas externas.
—¿Y por qué lo llamas «nube»?
—Porque suena mejor.
—Ya veo.
—Decía que todo está controlado por estos servidores, de forma que un usuario, usted o yo, podemos enviar y recibir mensajes a nuestras cuentas desde cualquier dispositivo que elijamos para hacerlo. Por ejemplo desde un ordenador, una tablet, o lo que sea. Por ejemplo, si su esposa tenía configurado WhatsApp en el escritorio del ordenador de la oficina, que desconozco si su esposa trabajaba en una oficina, pero es para que usted me entienda.
—Trabajaba en un despacho, sí.
—En ese caso su mujer podría haber enviado ese mensaje desde el ordenador de su oficina.
—Pero ese mensaje lo recibí ayer y mi mujer lleva tres días muerta.
«Muerta».
La palabra sorprende a Bruno mucho más de lo que incomoda a Matías. Su mujer está muerta; el más definitivo de los estadios posibles, el colorín colorado de todos los cuentos. No hay término más irrevocable o expresión más contundente que «muerte». Solo un mal guionista de culebrones puede sortear a la muerte, pero para que ocurra tienes que estar en un culebrón y que este sea muy cutre.
—En ese caso… —continúa Matías, tratando de esconder la sensación de inquietud que le invade—, imagino que alguien ha podido entrar en el ordenador de su mujer y enviar el mensaje.
—¿Se puede hacer eso?
—Si tienen acceso a su ordenador, sí. Solo con que su mujer lo haya dejado encendido al salir, cualquiera puede acceder al WhatsApp de escritorio y mandar el mensaje.
—Habrá que ir a comprobarlo.
—No hace falta. Podría comprobarlo desde aquí… —Matías vacila si completar la frase, pero las ganas le pueden—, con un programa espía.
Bruno mira a su alrededor: aparatos de cocina, ventiladores, aires acondicionados, máquinas de café, carcasas de móvil, auriculares de todos los tamaños, dispositivos rectangulares con antena que no sabe lo que son… No parece el lugar más adecuado para hablar de programas espía. No obstante, su necesidad por llegar a la verdad es mayor que su escepticismo.
—¿Tenéis programas espía en El Corte Inglés?
Matías se incorpora en la mesa para poder acercarse a Bruno, imprimiendo en el ambiente un aura de intriga propio de la novela negra.
—En El Corte Inglés no, pero yo tengo uno que puede servirnos.
«¿Que puede servirnos?, ¿qué somos ahora, el Club de los Cinco?», se pregunta Bruno a sí mismo mientras empieza a sospechar que Matías está más motivado de lo que le gustaría.
—¿Qué es un programa espía?
Bruno puede ver el entusiasmo provocado por su pregunta en los ojos de Matías. No pueden ser más distintos.
—Es un programa que rastrea el origen de cualquier mensaje malintencionado. Lo utiliza la Policía para combatir el cibercrimen aunque su código es abierto y todo el mundo que sepa un poco puede utilizarlo sin vulnerar ninguna ley.
—¿Y nos ayudaría a…?
—… a descubrir desde dónde se escribió el mensaje. Si, por ejemplo, salió de su domicilio, es que probablemente se quedó «encallado» y lo que usted leyó era un mensaje escrito semanas atrás.
—Eso es imposible.
—¿Por qué es imposible? Ocurre muchas veces.
—Porque el mensaje era demasiado… oportuno.
—¿Oportuno? ¿Podría darme más detalles?
—Me llegó en un momento que… —Bruno calibra bien sus palabras, no tanto para hacerse entender como para no parecer un loco— tenía sentido que lo recibiera. —Y se reclina en el respaldo de la silla, dejando caer los hombros como señal de fatiga—. También se me ocurrió lo del mensaje «encallado», como dices. Soy inútil hasta cierto punto. Y he regresado a cada uno de los días que pasamos juntos desde su último mensaje. No fueron tantos, el deterioro de mi mujer fue demasiado rápido. Y, por mucho que me devano los sesos, soy incapaz de encontrar un solo momento en el que enviar este mensaje tuviera algún sentido más que cuando lo recibí.
Ambos guardan silencio por unos segundos.
—Entiendo.
Bruno levanta una ceja.
—Disculpe.
—No pasa nada.
Matías se retrepa en su silla y presiona el puente de la nariz con los dedos de su mano mientras cierra los ojos en señal de reflexión profunda. Bruno lo observa en silencio, esperando que deje de hacerse el interesante para poder avanzar. Tras unos segundos, Matías abre los ojos dirigiendo su mirada al infinito, o lo que es lo mismo, al estand de freidoras que este mes están de oferta.
—Lo que me cuenta cambia las cosas —pronuncia el comercial con tono solemne—. Le otorga al caso una nueva perspectiva.
—¿A qué te refieres?
—Déjeme preguntarle una cosa —interrumpe Matías—. Cuando dice que el momento en que recibió el mensaje fue conveniente, ¿se refiere a que era una fecha señalada?, ¿un aniversario, quizá?, ¿o es que estaba haciendo algo concreto?
—Estaba haciendo algo concreto.
—¿Dónde?
—En mi piso.
—¿Y estaba usted solo?
—Estaba con Lola.
—¿Lola?
—Mi caniche.
—Entiendo.
Y Bruno también entendió. Entendió que quizá no estaba tan solo, y que si alguien lo quería extorsionar, lo estaba haciendo a lo grande.
