Novios de caramelo - Inés Lorena Ríos - E-Book

Novios de caramelo E-Book

Inés Lorena Ríos

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Beschreibung

¿Alguna vez te has preguntado si el amor romántico existe en realidad? Y si lo hace, ¿en qué momento uno puede saber que está enamorado? El amor… Cuántos escritos hay sobre su significado. Miles de poemas y canciones que nos hablan del amor romántico. Pero en realidad solo lo descubrimos cuando nos subimos a ese viaje y nos tomamos de la mano de ese ser con el que coincidimos en la vida, quien por algún motivo también nos ha elegido entre tantas personas. A través de momentos de encuentro y desencuentro, esta novela se adentra en preguntas fundamentales sobre el amor. Así, la historia de Lucía y Andrés te hará cuestionar y reevaluar tus propias creencias. ¿Es posible un amor sin dificultades, o es en los desafíos donde encontramos su verdadero valor?

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Seitenzahl: 97

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Ríos, Inés Lorena

Novios de caramelo / Inés Lorena Ríos. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2024.

90 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-631-306-155-6

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas Románticas. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2024. Ríos, Inés Lorena

© 2024. Tinta Libre Ediciones

El amor, cuántos escritos hay sobre su significado. Miles de poemas y canciones que nos hablan del amor romántico. Pero qué es el amor de este tipo, cómo es en realidad, creo que lo descubrimos cuando lo experimentamos. Cuando transitamos por ese camino. Cuando nos subimos a ese viaje y nos tomamos de la mano de ese ser con el que coincidimos en la vida, con ese ser que por algún motivo también nos ha elegido entre tantas personas.

Entonces, tal vez, el amor sea algo real.

Tal vez sea paciencia.

Tal vez el amor sea respeto.

Tal vez sea comprensión.

Tal vez el amor sea diálogo.

Tal vez sea fidelidad.

Tal vez el amor sea una elección diaria.

Tal vez sea cuidar; cuidarse, cuidarnos.

Tal vez el amor sea espera.

Quizás el amor haya nacido de un encuentro impensado.

Quizás se fue construyendo desde la amistad.

¿Existe una historia de amor en que todo sea fácil?

¿O será que para disfrutarlo se requiere de momentos duros, cargados de sufrimiento y situaciones complicadas?

¿Podrá ser, para algunos, color rosa?

¿Podrá el amor ser inocente?

¿Podrá ser dulce?

¿Podrá ser el amor tierno y confiable?

¿Podrá ser tan reconfortante?

¿Podrá sentirse cálido?

¿Podrá sentirse tan apacible

que se convierte en un hogar?

Yo creo que sí... ¿Y ustedes qué piensan?

Puede ser, entonces, que esta historia que hoy les cuento sea posiblemente real o realmente inverosímil.

Novios de caramelo

La zapatería

Era una mañana fría de invierno, cerca de las nueve. Ese día particularmente se había olvidado de llevar sus guantes de lana. Es que había salido a dar vueltas por el centro junto a unas amigas durante un recreo.

Ya habían pasado varios años desde la última vez que se habían visto. Fue una gran sorpresa para ella mirar a través de la vidriera de una zapatería y verlo justo ahí.

El corazón comenzó a latir con más fuerza, sentía que un calor le subía por los pies hasta llegar a su rostro. Podía percibir cómo ese calorcito se depositaba en sus mejillas, incluso puso sus manos frías sobre ellas para calmar el ardor.

Le temblaba el cuerpo, pero sabía que no era a causa del aire frío. Todo se detuvo en ese instante.

Sus amigas habían seguido camino y, al ver que ella seguía parada frente a la vidriera, volvieron a buscarla. Entre risas y chistes, seguían en vaya a saber qué charla. Ella, ausente, atrapada.

—¡Eh!, ¿vamos? —exclamó Leila.

—¿Che, cuál te gusta? —interrumpió Claudia.

—¿Pero qué pasa, amiga? —le dijo Ana.

Ella, disimulando, eligió una de las tantas zapatillas expuestas en la vidriera como para zafar del momento, no pensó en contarles qué era lo que en realidad estaba viendo. Y así se guardó esa imagen, como salida de un cuento.

Las cuatro siguieron el recorrido por algunas cuadras de la ciudad; no podían alejarse mucho de la escuela, solo tenían media hora libre porque la profesora de Química no asistiría ese día a trabajar.

La jornada de la escuela terminó, se despidió de sus amigas sin contarles nada de lo que pensaba. Comenzó a caminar hacia su casa, y de pronto, en automático, se dio cuenta de que estaba parada frente a la que había sido su escuela primaria. Se perdió en su mente por un momento, y como si un montón de recuerdos la invadieran, se sonrió, suspiró, y haciendo una mueca emprendió su camino nuevamente.

Durante el resto del día, no pudo sacarse la imagen de él de su cabeza. Se preguntaba muchas cosas.

Tenía la certeza de que él no se había dado cuenta de su presencia. Estaba muy entretenido en ese momento dialogando con otras personas.

Sería coincidencia que estuviese ese día en aquella zapatería. Pero, al pensarlo mejor, parecía que le ofrecía un par de tacos a esa señora. ¿Estaría trabajando allí?

Se propuso entonces averiguarlo; esa tarde no podría, tenía actividades extraescolares, sumado a una lección oral para la que, por estar sumida en esa imagen, casi no se había podido concentrar para estudiar. Pero internamente lo había decidido, al día siguiente volvería al centro, en la tarde, para poder verificar.

Esa noche fue una de las más largas para ella, no pudo dormir esperando que llegara la mañana. Tenía los ojos cerrados, casi apretándolos, simulando estar dormida, pero la mente no paraba de pensar en la llegada de ese nuevo amanecer, hasta que por fin sonó el despertador sobre su mesa de luz, como cada mañana; pero aquel día era distinto.

La campañilla del despertador a cuerda parecía que sonaba con fuerza, como las campanas que se suelen escuchar cuando hay una pelea de boxeo.

Rápidamente saltó de su cama directamente al baño, se duchó, se alistó como cada mañana para asistir al colegio. Camiseta blanca, pollera azul oscuro con tablas, cancán de nylon y medias tres cuartos azules, zapatos negros bien lustrados. Esta vez, abotonarse el guardapolvo en la espalda le resultó difícil, como si sus dedos se tropezaran entre sí de la manera más torpe. Faltaba el cinto, pero lo guardó en uno de los bolsillos. Por último, colocó en el cuello la corbata azul y la ajustó.

Se dirigió a la cocina; sobre la mesa, un plato con tostadas, mermelada y una taza de café con leche estaba lista como cada mañana. Pero no pudo desayunar, sentía algo en su estómago, y su cuerpo no paraba de temblar.

Salió de casa con la mochila, después de cepillarse los dientes, perfumarse y darse el último retoque en su peinado de cola alta; despidiéndose de sus padres, salió corriendo por temor a que se le pasara el colectivo. Nunca llegaba tan temprano a la parada; en realidad, casi siempre llegaba cinco minutos antes, casi rayando con la posibilidad de perderlo.

Estaba abrigada, pero temblaba como si el tapado largo y la bufanda no hicieran efecto; temblaba sin parar; sentía cierto nerviosismo y no podía controlar los movimientos de su cuerpo. No era el frío del invierno el culpable de su estado, casi no se había dado cuenta de la helada que había caído durante la noche. Miraba sin mirar los charcos congelados al lado de una acequia ubicada cerca de la parada. Esa mañana había menos personas esperando el colectivo, eso pudo notarlo en un momento. Pasó un instante, pero a ella le pareció eterna la espera; el autobús seguía sin aparecer.

El tiempo pasa lento y sus movimientos y acciones son rápidos, casi a la velocidad de la luz.

Por un momento pensó que lo había perdido; miró impacientemente su reloj pulsera y se dio cuenta de que había llegado casi veinte minutos antes. Se sonrió y exhaló, sintiendo un gran alivio.

Se metió en sus recuerdos, mientras sacaba con su mano derecha del bolsillo del guardapolvo el cinturón que no había logrado colocarse en casa. Se acomodó el guardapolvo blanco inmaculado y repasó con sus manos las tres tablas que su mamá, como siempre, había planchado perfectamente.

Se hacían cada vez más vivas en su cabeza las imágenes de sus recuerdos, esos que compartía con él, tanto era así que no se dio cuenta de que faltaba una cuadra y estaba llegando al colegio.

Bajó del colectivo y caminó apresurada rumbo a la puerta de ingreso, y de allí a su curso. Uno a uno fueron llegando sus compañeros y compañeras, y el día de clases comenzó. Entre materia y materia, recreo y charlas, ella estaba allí pero no su mente. Solo esperaba que llegara la tarde. Y faltaba mucho, el reloj de pared que estaba sobre el pizarrón se lo recordaba a cada segundo.

Mientras tanto, recreaba en su mente un sinfín de encuentros y diálogos posibles, pensaba qué podría decir, cómo lo diría, qué ropa se pondría para verlo.

Cada mediodía, salía de clases y regresaba caminando. Ese día, como siempre, se despidió contenta de sus amigas y emprendió su vuelta a casa. Ya faltaban menos horas para esa tarde; el sol calentaba su rostro, eso hacía más amena su caminata a pesar del aire frío de aquel miércoles de junio del año 1994.

Casi no almorzó, ese nudo en su estómago no la dejaba tener apetito. Ayudó a levantar la mesa, lavó los platos y comenzó a buscar su atuendo para esa tarde. Por lo general, el comercio abría a las 16:30 horas, pensó.

—Así que ya falta menos —dijo en voz alta y efectuando un profundo suspiro.

—¿Falta menos para qué? —dijo su madre, quien la había escuchado justo cuando le traía unas ropas recién planchadas.

—Para que abra la biblioteca, tengo que ir a buscar información sobre geografía —respondió casi sin dudarlo.

—Ah, qué bueno —dijo su madre—. Recordá venir temprano porque nos invitaron a cenar.

—Sí, ma. Voy un ratito.

Saliendo de esa conversación, se dispuso a prepararse.

Zapatillas blancas, jean, remera, campera de jean, se puso una de sus vinchas predilectas y perfume. No podía faltar la pulsera que él le había regalado.

Salió caminando, no era opción esperar el colectivo, además, el tiempo se pasaría más rápido si caminaba hasta el centro. Sería una de las primeras en llegar al local donde lo había visto el día anterior.

En efecto, miró por la vidriera hacia adentro de la zapatería. Desde allí podía ver a dos personas, una en el área del mostrador y otra agachada acomodando cajas. Tal vez era él, su corazón parecía que se iba a salir del pecho. Sus manos le sudaban. Tomó aire y entró.

La señora que se encontraba en el mostrador la recibió muy cordialmente, con una sonrisa en su rostro.

—Buenas tardes, ¿en qué te puedo ayudar?

—Buenas tardes —dijo ella—. Estoy buscando unas zapatillas tipo botitas que vi ayer en la vidriera.

—¡Ah, sí! Están geniales. El chico te puede mostrar.

Seguidamente, la señora, mirando a quien se encontraba agachado acomodando cajas, le solicitó:

-Alberto, ¿le mostrás las zapatillas que llegaron el lunes a la chica?

¿Dijo Alberto?, pensó ella, y mirando con desilusión, pudo verificar que no era él.

Se había equivocado, ¿cómo podía ser? No, no era posible, porque él era inconfundible. Esos ojos, sus labios, su rostro, ella lo conocía bien.

¿Entonces?

Esa tarde volvió a casa sin entender qué había pasado. Habría sido una ilusión, tal vez él no trabajaba en ese lugar y solamente había sido casualidad. Por ser un cliente.

De lo que tenía certeza era que ella no se había confundido. El paso de los años podría haberlo cambiado, pero no tanto.

El parque

Pasaron los días sin ninguna novedad, su rutina era la misma. Diariamente asistía a clases; por las tardes, día de por medio asistía a un gimnasio, y otros a un instituto de inglés. Se reunía con amigas en alguna de sus casas o juntas se disponían a tomar mates en el parque, o las plazas los días en que el sol se asomaba de entre las nubes y hacía cálidas las tardes de ese junio que pintaba que iba a traer un invierno cruel. Lo bueno era que se acercaba el mes de julio y con él, las vacaciones.