Yo, Farfalla - Inés Lorena Ríos - E-Book

Yo, Farfalla E-Book

Inés Lorena Ríos

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Beschreibung

Yo, Farfalla es mucho más que un relato autobiográfico; es un viaje hacia la metamorfosis del alma. En las páginas de este conmovedor libro, la autora comparte su travesía a través de un profundo estado depresivo, explorando los motivos que la sumieron en esa situación y su lucha por encontrar su yo perdido. En un gesto valiente, la autora se dirige a sus seres queridos, especialmente a sus hijos, compartiendo sus sentimientos durante la depresión y la necesidad crucial de apoyo externo en tiempos oscuros. El libro se convierte así en una guía emotiva, dejando huellas bonitas y transmitiendo valiosas lecciones para las generaciones futuras. Más allá de su relato personal, Yo, Farfalla se erige como una voz empática y útil para aquellos que enfrentan la depresión y sus seres queridos que buscan comprender y acompañar. La autora desea que estas páginas sirvan como una herramienta para encontrar la luz que ilumine el camino para aquellos que enfrenten desafíos similares. Esta obra es un testimonio conmovedor, una invitación a la introspección y una brújula para aquellos que buscan la luz en medio de la oscuridad.

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Seitenzahl: 239

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Corrección: Lorena Mangieri

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Ríos, Inés Lorena

Yo, Farfalla : metamorfosis del alma / Inés Lorena Ríos. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2024.

234 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-824-760-1

1. Desarrollo Personal. 2. Relatos Personales. I. Título.

CDD 158.1

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2024. Ríos, Inés Lorena

© 2024. Tinta Libre Ediciones

Dedicatoria

A mis viejos, mi esencia, la base de mi todo. ¡Gracias por ser y por dar!

A mis hijos, que son la expresión viviente del amor, mis maravillosos seres de luz.

A mi esposo, por ser refugio y fuente del amor bonito.

A los artistas que son parte de mí.

A quien lo necesite, gracias por dejarme entrar en su vida.

A mí misma, gracias por encontrarme.

Lorena Ríos, 20/08/2023

Yo, Farfalla

En estas páginas comparto anécdotas y recuerdos personales que me sirvieron de salvavidas, como los denomino, para “superar” la depresión.

Comparto la búsqueda de mi “yo original” durante mi desborde emocional. El libro, por un lado, cuenta la depresión en primera persona y, por otro, habla sobre la conversión de mi espíritu.

Este escrito es mi forma de seguir adelante y dejar huellas amables y cálidas, más allá del tiempo.

Metamorfosis de mi alma

Comencé este libro con el fin de dar continuidad, de algún modo, a mi vida, más allá de lo físico de mi cuerpo. Como una suerte de guía para mis seres queridos, si alguna vez necesitaron entenderme, descifrarme. Quizás, puede que también este escrito les sirva de martillo para romper el cristal, si pasan por algún lugar parecido.

Tal vez, entiendan cómo miran mis ojos hoy; lo liviano de mi marcha y la tranquilidad de mis palabras. Tal vez, puedan entender lo que sentí al caer y cómo fue que pude levantarme.

Pienso que cuando uno se va haciendo adulto es cuando comienza a comprender aquello que decían nuestros padres. Porque, por ejemplo, fue después de haber sufrido pérdidas de momentos importantes, de perder personas amadas y de otras tantas experiencias que ha sido mucha la cosecha de aprendizaje que he logrado acumular con los años recorridos en este mundo.

Llegó un día en que hice clic, literalmente, como el sonido característico y reconocido por la humanidad; ese sonido al que asociamos y otorgamos significado universal; ese que hacían las máquinas fotográficas. Saben de lo que hablo, ¿no? Sí, juro que pude sentir ese sonido en mi cabeza, clic, y fue ahí que paré… Paré para mirar al detalle una foto. La foto.

Resulta que ese día, y en ese instante, me di cuenta de que estaba subida en un tren bala a mil kilómetros por segundo que me llevaba cada vez más lejos de mí… Y, cuando paré, al lograr bajar, descubrí que se me habían ido unos años sin mirar con atención con quién estaba viajando. Descubrí que mis hijos ya eran más grandes, que habían crecido mucho, y no supe cuándo.

Puedo recordar ese momento, fue justo cuando, una tarde de verano, le mostraba un álbum de fotos a la novia de mi hijo mayor. Una sensación de nostalgia y escalofrío recorrió mi cuerpo cuando tomé esa foto en mis manos. Las caritas de mis hijos, esos niños pequeños, ya se habían ido. Recuerdo que me pregunté en mi mente, al verlos en persona: “¿Y esto, cuándo paso?, ¿cuándo fue que crecieron tanto?”. Acaricié la cabeza de uno de ellos y me consolé contestándome mentalmente: “Aún conservan esos ojos picarones y la sonrisa traviesa”. Y sonreí nostálgicamente.

Al ver esa foto, miles de cosas pasaron en un segundo por mi cabeza, y ya no solo la nostalgia me invadía y me hacía sentir un nudo en el estómago y una punzada en el pecho.

Lo recuerdo y puedo sentir el sudor en mis manos también.

El trabajo y mi ser responsable venían hacía tiempo haciendo estragos en mí, y no me había dado cuenta de forma consciente hasta ese preciso instante en que acepté que me había puesto exigencias agobiantes en el trabajo y en casa, para brindar perfección absoluta en ambos lados, sumida en un círculo continuo que me absorbía la energía. Del trabajo a casa, de la presión del “laboro”, a la presión de los quehaceres del hogar, como si en esto también fuera la única responsable de mantener un espacio agradable, limpio y ordenado. En realidad, lo percibía como un lugar cómodo y confortable para todos, con el peso de uno solo.

Y ahí sentada, mientras el resto miraba los álbumes de fotos, con lindas sonrisas que iluminaban sus rostros, y me preguntaban sobre esos recortes de nuestra vida, me di cuenta de que, a pesar de que había puesto todo mi mayor esfuerzo, a pesar de haberme exigido y gastado horas y días libres con el afán de reparar infinidades de cosas que estaban fuera de mi deber laboral, pocas veces había sentido esa sensación de satisfacción.

Me di cuenta de que habían sido pocas las veces que había sentido disfrute por mi trabajo. Y ni hablar del reconocimiento laboral, casi nulo. Y mi hogar hacía tiempo que había dejado de ser mi mejor refugio. De pronto, sentí que una sensación de pesadez me recorrió el cuerpo y descansó en mis hombros, incluso me pregunté: “¿Será por esto que me duele tanto la espalda?”.

Mirando esa foto, pude recordar momentos de ausencia (sí, mucha), en casa, en actos escolares y demás. ¿Descanso? Ninguno, porque ambos mundos se habían mezclado y fusionado a tal punto que todo se volvió laboral, sobrecarga y cansancio.

Hartazgo, esa es la palabra que definía la sensación.

Me di cuenta de que en las mañanas, al sonar la alarma, ya no saltaba de la cama entusiasmada; que desde el comienzo de cada tarde solo esperaba la llegada de las agujas del reloj a las doce de la noche y soltaba la respiración, pues esto significaba que el día había terminado y que el mañana sería una nueva oportunidad. A pesar de ello, cada día era una pesadilla; me costaba abrir las puertas de ingreso a mi lugar de trabajo, ya no disfrutaba de mi profesión.

Llegué a olvidar por qué había elegido ser profesora de Educación Inicial en un principio y cuál había sido el motivo que me había hecho elegir ser directora.

¡Ah! Esa foto me mostró muchas cosas. Por esa foto, lo acepté de manera consciente, porque hasta el momento había visto señales, pero las había dejado pasar. Pero las personitas protagonistas de esa foto me despertaron con una sarcástica palmada en la cara y entonces vi que mi mundo laboral había consumido mi tiempo y tranquilidad, avasallándome con problemas que debían ser resueltos por otros, pero que en muchas oportunidades afronté por amor a mi profesión.

Sin darme cuenta, ese mundo me había quitado minutos fuera de mi refugio, me había sumido en el cansancio y me había conducido hacia el descuido de lo importante, mi familia.

No se equivoquen, no se trata de ser irresponsable y poco profesional. Evidentemente, algo dentro de mí ya venía gestándose, pero tampoco me había permitido aflojarme tanto como para que mi sentir de ser humano aflorara libremente.

Libre no, pero llegó el día en que explotó mi interior y salió como pudo. Es que tanta acumulación de sensaciones, en algún momento, tenía que erupcionar, y me sentí al igual que un volcán cuando todo sale, con esa magnitud incontrolable; todo se vuelve caos y destrucción, hasta que llega nuevamente la calma y la reconstrucción, y es cuando se comienzan a entender muchas cosas.

Se puede leer entrelíneas y elegir batallas, y lugares y personas. Aprendés a escuchar para entender. Escuchar a los otros sin dejar de escucharte, sin perder tu voz.

Aprendés que el trabajo es algo necesario, pero también que existen cosas importantes; aprendés que no es ayuda, sino que todos los que conviven en una casa son responsables del mantenimiento, la higiene y el orden. Aprendés a decir “No”: “No puedo”, “No quiero”, “Puede esperar”, “En este momento estoy ocupada”. Entonces, entendés que es fundamental el amor y bienestar propio para brindar amor a los otros.

Aprendés que la familia, los afectos, constituyen lo importante; y por más de que trabajes hasta el cansancio para brindar lo mejor para tu familia, resulta que lo material va y viene; los objetos se rompen y se gastan: algunos se reparan o se reemplazan, pero las personas no son eternas; los momentos, sean buenos o malos, se acaban y no se recuperan.

Con el paso de los años, aprendí que existen situaciones cuya solución no depende de uno; que solo nos llevamos las experiencias que hemos tenido, los momentos compartidos y sensaciones que hemos percibido. Entonces, los ojos cambian, la mirada se agudiza y, con ella, cada sentido de tu ser, y hacés todo lo que te hace sentir bien y dejás aquello que te lastima. Te volvés selectivo y te preparás para lo mejor, ¿y qué mejor que tratar de disfrutar al máximo cada instante, decir “te amo” y demostrar ese amor siempre? Nadie sabe cuánto tiempo tiene para transitar por el camino de la vida.

Así que, hoy, para mí lo más importante y urgente es abrazar fuertemente a mis afectos, decirles que los quiero todos los días; hacer actos de servicio para demostrarlo; tomar mate y conversar, escucharlos hablar; compartir una película, algunas series, un recital, la música que nos gusta a cada cual, y tratar de saber y acompañarlos en sus intereses. Desearles un buen descanso y bendecir sus sueños como cada despedida. Despedirnos con un beso, aunque los planes sean volver enseguida. Evitar los enojos al salir de casa o acostarnos enojados. Almuerzos y cenas preparados en cada detalle, pensados con cariño para los comensales, para generar momentos de encuentros y risas mientras disfrutamos cada bocado; agradecer al cocinero o a la cocinera de turno, por el esfuerzo y por el agasajo y, según la ocasión, reírnos juntos si el plato no salió como había sido pensado.

Con este escrito, quiero dejar en la vida de mis hijos y mis nietos o nietas huellas cálidas que los ayuden en días grises a poder mirar a su alrededor y valorar a las personas que tienen; que puedan sentirse afortunados por haber sido amados y por dar amor. Puede que resulte o suene un tanto presuntuoso y egoísta de mi parte, pero nada más lejos. Solamente quiero que quede en ellos algo de la esencia que heredé. Esos momentos compartidos que resultan, en ciertas situaciones de la adultez, una suerte de salvavidas.

Salvavidas, sí… Pues resulta que una vez, no hace muchos años, toqué fondo y, aunque debo confesar que todavía a veces siento que es difícil subir y mantenerse a flote, cada día, busco algo que me permita apreciar cada momento.

El tocar fondo no se trató de debilidad, porque no me considero una persona débil, a pesar de lo que pueda generar en quien lea esta historia. Ni tampoco se trató de falta de amor y cariño por mis seres queridos y familiares. Esto se trató de mí, y de ese conjunto de cosas o situaciones que me ocasionaron un daño en mi salud mental.

Todavía no logro explicar qué fue. Aunque puedo contar que, quizás, las causas hayan sido algunas experiencias laborales y algunas personales que influyeron en mi salud, a tal punto que me vi literalmente en un espejo y no pude reconocerme; me sentía vacía, ya no quería ser la fuerza de empuje en la rueda. Me invadió el cansancio, por primera vez dejé de ver el vaso medio lleno y me rendí; me perdí en el camino.

Literalmente, no sabía quién era, qué me gustaba hacer, qué me generaba placer y alegría.

Era tanto el dolor que me invadía el cuerpo una profunda angustia. Angustia que colmaba mis sentidos y hacía brotar lágrimas de mis ojos marrones, tornándolos de un rojo sangre. Todo era pesadumbre, agobio, cansancio. El cuerpo adormecido sobre la cama. No existía tiempo o se había detenido, no lo sé. Bocanadas de aire, entre sollozos, saciaban el hambre y la sed de mi cuerpo. En compañía, pero en una soledad absoluta, que dolía hasta en lo más profundo de mi ser.

Una imagen metafórica de esto sería la de estar sentada a oscuras en una caverna helada. Sin salida.

Aún hoy me pregunto por qué, cómo llegue hasta ahí, considerando que esto que sentía me pasó estando en un lugar diferente de mi carrera profesional. Resultó que físicamente me encontraba en mi primer edificio escolar de esta localidad, el lugar donde había venido a trabajar por primera vez. Para que entiendan, era como estar en mi casa, de vuelta, con la sensación de haber salido solamente por un instante. Si tuviera que describir este establecimiento, diría que se trataba de una hermosa playa con arena blanca, sol brillante y agua cristalina. Un lugar lleno de armonía y color, con gente amable y confiable. Entonces, ¿por qué…?

Durante este tiempo hubo quienes entendieron y me acompañaron, y quienes ponían más pesar en mi carga. Y, entonces, los días se tornaron más crueles y pesados.

En educación, el sistema es tan rígido y estructurado en su parte administrativa que no deja margen a lo humano. Sí, hay muchas licencias que se pueden tomar, pero, justo cuando lo necesité, no me las dieron. Entonces, con el apoyo de mi marido, pilar importante en mi vida, pude soltar por un tiempo mi responsabilidad laboral, pero sin ganancias monetarias.

Ese es otro aprendizaje, saber cuándo parar para recuperarte. Darse el permiso de decir: “Mi salud primero”.

La realidad es cruda, eso es algo que sabemos. Se vive en un mundo que se mueve con el dinero y, sin sueldo de mi parte y con los estragos que ocasionó la pandemia del 2020, se hizo difícil sostener un tratamiento psiquiátrico y psicológico. Tuve que luchar con esto por mí misma.

En ocasiones, mi mente creaba escenarios desesperados donde ideaba distintas formas para llegar a la salida. Una salida rápida; pero no lograba encontrar una lo suficientemente efectiva; una que no fallara y no me trajera de vuelta a ese dolor agobiante. Asimismo, en esos escenarios, aparecían mis seres queridos como personajes principales en ese cuento de horror y penumbras. No quería lastimarlos ni causarles sufrimiento…

Al final comprendí que en realidad, en esta historia, no había culpables, ni héroes, ni víctimas: solo éramos personas que tratábamos de sobrellevar eso que no lograba entender ni yo misma. Y lo hacíamos cada uno como podíamos, como sabíamos o habíamos aprendido.

Durante esta profunda oscuridad en la que me encontraba inmersa, entre los había, hubo, hubieras y hubiese que divagaban en mi mente, no sé cómo ni qué lo causó, pero, como un rayo de luz, ingresó a mi mente un recuerdo de la infancia, y ese flechazo inició mi viaje hacia el descubrimiento, de quién era Yo. Si me preguntaran por qué, no sabría qué contestar, pero para este viaje comencé a seleccionar recuerdos, como si fuesen objetos de equipaje. Decidí tomar los recuerdos que me daban alegría; de tristeza ya estaba llenita mi alma.

Fueron los momentos alegres los que se convirtieron en mis salvavidas.

Aprendí que uno puede elegir los momentos con los que quiere quedarse, experiencias vividas que puedes evocar para fortalecerse. No existe una receta puntual ni específica, cada uno sabrá cuáles recuerdos usar, según la circunstancia que se encuentre atravesando. En mi caso, y en esa oportunidad, me apoyé en los momentos lindos, placenteros y alegres, y traté de reconstruirme.

Entonces, vengo a contar cómo fue mi camino de reconstrucción.

La Infancia de Lelo

Mi madre me ha contado que nací un día frío de junio. La nieve caía y la banda de la policía de la localidad hacía sonar, desde cada instrumento musical, Aurora. Era el acto por el día de la Bandera Nacional Argentina.

Mi madre dejó siempre claro que, aunque tenerme fue, en primera instancia, su elección, soy el resultado del amor entre mi padre y ella. Esa mañana del 20 de junio, me recibió en sus brazos mi hermano Walter.

Detalle: mi madre había quedado viuda joven y del matrimonio en cuestión tenía tres hijos. Mis queridos hermanos, Miguel, Norberto y Walter. Con este último fue con quien más compartí mis días de niñez, a pesar de los catorce años de diferencia etaria que hay entre nosotros. Mis hermanos mayores estaban ya con sus vidas en marcha, fuera de casa y en otras provincias, pero siempre hubo ese algo que nos mantenía unidos y presentes.

Conservo recuerdos de momentos cargados de risas y alegría, tales como los almuerzos con mi hermano Walter. Aunque terminábamos la sopa, esta se enfriaba porque pasaba de su plato al mío y viceversa, mientras simulábamos distracciones para llevar adelante este cometido. “¡El primero que logre armar una palabra con los fideos de letras gana!”. Se valía ayudar para terminar el plato de sopa, o la estrategia de mami: “Una cucharada por el papi; otra por la mami; una por la tía…”. Y así seguía la lista hasta terminar. Terminar la sopa era importante, ya les contaré por qué.

En la siesta, era el momento ideal para poner en marcha mi peluquería: cuántas veces él se iba con una de mis hebillas en su cabello. Walter tenía una hermosa melena, llena de rulos; yo la amaba. Pasaba la tarde entre juegos y demás. Luego, a pesar de que el sueño me vencía, me dormía esperando el combate entre Karadagian y La Momia. Los juegos de los Titanes en el Ring en las madrugadas se daban paso todas las noches, hasta que mami intervenía.

Todavía pienso que mi hermano tiene el premio a la mejor interpretación de La Momia de la historia.

Tengo en mi memoria muchos recuerdos que evoco de aquella época con mi hermano y que me roban carcajadas y sonrisas. Son tesoros que guardo para mí y que no pienso escribir en estas páginas. Mejor se los seguiré contando en persona a mis hijos y algún día a mis nietos.

Miguel y Norberto estuvieron presentes también en mi infancia. Hubo momentos de cartas para acortar las distancias; vacaciones inolvidables, con mis sobrinos y sobrinas…

Con Miguel, mi hermano mayor, nos unimos mucho en mi adolescencia y adultez: para verlo seguido, en muchas ocasiones pasé por su lugar de trabajo. Compartía largas charlas, disfrutando de su compañía.

¡Qué cariño bonito he recibido de mis tres hermanos! ¡Qué fortuna la mía recibir tanto amor de cada uno de ellos! Me regalaron, cada vez que podíamos estar juntos, un ratito de su tiempo para convertirse en niños junto a mí y jugar a ser magos, cantantes, bailarines, saltadores de soga o del elástico. ¡Cuántos campeonatos de truco y chinchón!

Todavía me siento pequeña cuando siento el calor de sus abrazos. Era inevitable sonreír al escuchar las aventuras de Lingue, Toli y Pipa, ¿y qué decir de la alegría que me desbordaba el pecho cuando los escuchaba llamarme Lelo? Código para entendedores.

Mi papá, un gran contador de anécdotas de su vida. Siempre de buen humor, hacía chistes y payasadas. Gran bailarín de distintos estilos musicales, con sus propios pasos originales. Un vanguardista, sin dudas.

Cantante de tango y folclore, boleros y algún que otro estilo melódico. Disfrutaba de leer libros de historias sobre el lejano Oeste, historietas y el diario.

De oficio mecánico, el mejor para mí. Me gustaba pasar las tardes en su taller, mirando con qué detalle daba forma a pequeñas piezas o repuestos. Siempre paciente y metódico en lo que hacía. Yo jugaba a imitarlo y él me dejaba a disposición unos tarros con tornillos, tuercas de distintos tamaños, bolones y bolitas de acero, también algunas maderas.

El verano era mi época favorita: culminaba mi tarde de mecánica en una pileta. Me encantaba bañarme ahí, estaba justo debajo de una canilla.

En realidad, era una pequeña pileta de loza, casi del tamaño de una bañadera antigua de porcelana. Mi papá la usaba para lavar los motores y piezas de los autos que reparaba. Pero, cuando era mi turno de usarla, él la limpiaba en profundidad, y el agua era cristalina y se venía inmaculada, como si el negro de grasa y el aceite para auto nunca hubieran manchado sus paredes ni el fondo. Él tenía el poder de convertirla en la mejor bañadera del mundo o en una piscina, de acuerdo con lo que mi mente ideara en esa oportunidad.

Mi mamá, cantante aficionada de tango, principalmente, y de las canciones de la Pantoja (para quienes no la escucharon, se trata de una cantante española), con una hermosa voz. Mi madre era una gran bailarina de vals, de rock and roll, de tarantela y conocedora de algunos pasos de zapateo americano. Mi modista y peluquera personal. Gran anfitriona, cocinera, panadera, repostera, lavandera y demás; el corazón de la casa. Una habilidad impresionante en el cultivo de cualquier planta: todo florecía y se volvía frondoso al pasar por sus manos. Además, trabajaba fuera de casa. Y cada día, antes de salir, me dejaba una marca de sus labios en mi mano derecha y me decía: “Es para que te acompañe hasta que venga”; me daba su bendición y salía. Yo trataba de hacer todo con el mayor cuidado, para que no se saliera la marca de mi mano.

Cuando regresaba, llegaba con un muñeco que había hecho con tomates y con los tallos sobrantes. Yo los acumulaba hasta que se marchitaban totalmente, hasta que pasaban a tener arrugas en el rostro, como un anciano.

Había días que me encantaba cuando decía que me preparara, porque podía acompañarla a la fábrica: aprendí a armar cajas allí. En ese lugar, había una pecera llena de peces de colores. Mis preferidos eran unos con cola larga y de color azul. Cuando nadaban, parecía que cambiaban de color y por momentos eran de un azul brillante y fuerte y luego se volvían de un color verde azulado.

Mi papá y mi mamá sabían hacer de todo. No había nada que no pudieran arreglar. Eran un buen equipo y lo que más me gustaba era verlos bailar juntos o cocinar. Tengo la imagen viva de verlos sentados a la mesa, conversando en compañía de la pava y el mate o con un pocillo de café de por medio. Los recuerdo cerca de la estufa a leña… Los recuerdo riendo, compartiendo secretos y miradas picaronas entre sí.

No supe si me invadieron los recuerdos de mi infancia en el día o en la noche, pero, de pronto, todos los recuerdos bonitos habían venido a mi mente y brotaban entre lágrimas y risas. Y me sentí mejor. Eran tan vívidos y reales, eran tangibles… Tanto, que los olores y sonidos llegaban a mí como si estuviera en cada situación.

Mis abuelos y abuelas, mis tíos y tías, mis primos, mis amigos y amigas, mis mascotas: todo estaba ahí… Así me fui encontrando, amigándome con la nena que me habitaba y me reconocí… Lelo, esa soy yo.

Mis gustos

Lelo creció, es evidente, tengo un espejo. Hubo cambios que surgieron en mí.

Me pregunté, sin perder a esa nena, porque no quiero perderla nunca más, cómo había logrado llegar hasta aquí. Pero, ¿a qué me refería con esta pregunta?, ¿a cómo había llegado a ser adulto o a cómo había llegado a esta caverna helada en la que aún me encontraba?

Las subidas y bajadas se hicieron presentes durante este proceso de descubrimiento. Eran inevitables los cambios de ánimo. Un subibaja de emociones.

Ese día me encontraba en el baño, mirando sin mirar. Parada frente al espejo, pude ver a través de mí y, cuando regresé de mi mente en blanco, vi el toallón amarillo, colgando del perchero, y luego la puerta de la mampara entreabierta. Y nuevamente descubrí mi cara; me miré minuciosamente, recorriendo cada parte de mi rostro. La piel imperfecta, resequedad en los labios, los ojos húmedos, con lágrimas a punto de caer. La tristeza invadía mi ser. Y respiré profundamente, pero con completo desgano, y de un suspiro me perdí en mi mente una vez más.

De pronto, la voz de mi madre, diciendo: “¡Ya me estás chancleteando los zapatos!”. Y me sumí en esa imagen de cuando salía detrás de mí, corriendo, y me atrapaba, alzándome en sus brazos. Me besaba y así seguíamos por un rato con este juego. Eso, por un instante, me dibujó una sonrisa en el rostro.

Cada mañana, mi madre se levantaba y se arreglaba. Siempre estaba pintada y con un bonito peinado; uñas, collares, pulseras y aros que combinaban a la perfección. Me encantaba verla y, cuando tenía la oportunidad de ser parte del proceso de producción, aún más. Cada sábado iba a la peluquería y regresaba con un peinado diferente.

Mi madre es de altura baja, aunque yo la veía gigante, al igual que a mi papá. Pero ella usaba “tacos agujas”, si bien también usaba zuecos de suela de corcho, que me llamaban mucho la atención. Sé que sus preferidos eran los zapatos y sandalias que tenían esta característica, un taco finito. Y yo ¡los amaba! No había mejor juego que correr por la casa con esos tacos. Me adentraba en su mundo y me convertía en ella con sus vestidos y joyas y sus hermosos zapatos.

Este recuerdo me llevó a la ducha: dejé caer el agua caliente sobre mí, como tratando de sacar todo lo que dolía; esa imagen bonita que me hizo recordar lo que disfruto de bañarme, perfumarme y arreglarme. Así como mi mamá. Y me sequé y pude mimarme como hacía tiempo no podía.

Huellas de arte

Hasta este entonces, no recordaba ni me había percatado a consciencia de lo presente que habían estado en mi vida los distintos tipos de arte. Tal vez no fueron desarrollados en profundidad en mí para volverme una experta, pero sí estuvieron presentes en gran medida en mi vida.

La literatura, por ejemplo. En casa, tanto mi papá como mi madre me posibilitaban y generaban momentos de lectura y narración.

Cada día, mi papá compraba el diario para mantenerse actualizado. Recuerdo el recorrido: cuando pasaba por mí a la escuela, venía con el diario en el asiento del acompañante. Luego, pasábamos a comprar pan y continuábamos el camino hasta llegar a casa.

Algunas veces lo leía sentado en el sillón, cerca de la estufa a leña; otras veces, sentado en una silla al sol o en la punta de la mesa. Un lugar insólito para mí era el baño; a veces leía en el baño. Esta imagen me hizo sonreír.

A mi papá le gustaba leer mucho. Podía leerse un libro en una tarde sin dificultad. Se adentraba en ese mundo que le ofrecía el libro elegido, y podía verlo sonreír o fruncir el ceño, y hasta refunfuñar, según la situación que se encontraba atravesando su personaje favorito. Las historias de intriga y suspenso eran sus preferidas, como las novelas policiacas y los cuentos y novelas sobre el wéstern, es decir, del lejano Oeste. Pude leer varios libros sobre estos géneros en mi niñez y adolescencia.

Entre sus anécdotas, una de mis preferidas era escucharlo contar cómo fue que aprendió a leer. Lo hizo, según sus dichos, gracias a la desesperación que le generaba saber qué decían los personajes en la historieta del pato Donald.

Mi padre nació en una familia con pocos recursos económicos, por lo que el comprar libros o revistas de historietas era un lujo. Pero tenía un buen amigo que le prestaba estos tesoros inalcanzables y lo ayudó a saciar esta sed por aprender a leer rápidamente. Y así es que él disfrutaba en las noches, a la luz de una vela, de historias y novelas que lo introducían en el maravilloso mundo del personaje que había elegido como acompañante en esa ocasión en particular.

Mi madre, en cambio, fue dada por su familia biológica a una familia, como ella suele decir, con un buen pasar económico; su padre de crianza, de origen italiano. Un matrimonio que le enseñó modales y costumbres acordes a la vida de un “deber ser señorita”.

Ella prefería las novelas románticas. De ella aprendí el gusto por la lectura clásica. Con ella, además, conocí el gusto por la poesía, las fábulas, leyendas, los cuentos y novelas. Mi madre es una fanática de los libros de hechos de la historia romana y de la historia argentina y sus aborígenes.

Cada noche, antes de dormir o por la siesta, se recostaba a mi lado y me contaba un cuento o una leyenda y, aunque sabía el final, me gustaba escucharla cómo lo narraba. Hacía las voces de los personajes y los describía de una forma particular. Tenía varios preferidos y, aún hoy, le pido que los cuente (cada vez que la escucho, me remonta a ese lugar de la infancia que construía para mí con su cálida voz).

En la adolescencia, mamá me regaló mi primer diario y en él escribí notas, canciones, frases y poesías que me gustaban. En esas páginas habitaron algunos poemas que inventé. ¡Uf! ¡El día en que papá apareció con una sorpresa genial, un libro de Corín Tellado, una de mis autoras favoritas!

En mi niñez y adolescencia, respetar el horario de la siesta era sagrado, para el descanso de los adultos que trabajaban para dar sustento al hogar. Entonces, era obligatorio acostarse y evitar hacer ruido durante ese tiempo. Esta era una costumbre familiar que había sido brindada por mis abuelos.