Nuestra asignatura pendiente - Brianna Callum - E-Book

Nuestra asignatura pendiente E-Book

Brianna Callum

0,0
5,99 €

Beschreibung

Emily cree que el amor no tiene cabida fuera de los libros. Para ella, las historias que la llevaron a la fama son pura fantasía. Entonces decide emprender un viaje para reencontrarse con sus raíces a través de la historia de su abuela y descubre que ambas renunciaron a todo por amor, pero de un modo completamente distinto: Malak se fue de su país para poder casarse, Emily levantó muros a su alrededor para que nunca más le rompieran el corazón. Los aromas, los sabores y los paisajes de Marruecos la harán reencontrarse consigo misma y desenterrar un amor que llevaba años dormido.

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB
MOBI

Seitenzahl: 466

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0



 

 

 

 

 

 

Primera edición: junio de 2021

Revisión y adaptación: Judit Abelló

 

© Brianna Callum, 2019

© VR Europa, un sello de Editorial Entremares, S.L., 2021

c/ Vergós, 26, 08017 Barcelona - www.vreuropa.es

 

Todos los derechos reservados.

 

ISBN: 978-84-124074-0-2

Depósito legal: B-3.597-2021

Maquetación: Leda Rensin – Diseño de cubierta: Carolina Marando

Armado de ebook: Tomás Caramella

 

Este libro se ha impreso en papel procedente de bosques gestionados de forma

sostenible y que ha seguido un proceso de fabricación totalmente libre de cloro.

1

Londres, Reino Unido

Lunes, 30 de julio de 2018

Algunas rodajas de tomate, varias lonchas de beicon, cuatro salchichas y huevos revueltos chisporroteaban en una sartén. Kyle cogió dos tazas del armario y las puso sobre la bandeja en la que ya había dejado una tetera llena de English Breakfast, su té preferido. Poco después, añadió la azucarera y una jarrita con leche fría al conjunto.

Mientras vigilaba que el desayuno no se quemase, solo podía pensar en el trabajo. Acababa de adquirir un magnífico lote de piezas de plata para su tienda de antigüedades. Se había fijado particularmente en un candelero que, por las características de su marca de contraste, la cabeza de un leopardo coronado, supo que se trataba de una pieza fabricada en Londres en 1592. Se moría de ganas de estudiarlo con minuciosidad. Kyle sabía que había tenido mucha suerte: los candeleros y candelabros de materiales preciosos resultaban difíciles de encontrar porque, durante las múltiples guerras que ha padecido la humanidad, los ganadores los fundían para que resultaran más fáciles de transportar, así que la mayoría se habían perdido con el tiempo.

Aún no había acabado de emplatar cuando una risa espontánea y melodiosa, seguida de un profundo suspiro, lo distrajo. Se giró para ver de dónde provenía. Cualquier pensamiento acerca del candelero del siglo xvi o relacionado con su trabajo se disipó y se centró en la escena que tenía delante.

Su hija estaba con las piernas flexionadas, los pies sobre el taburete y un libro apoyado sobre las rodillas. Leía con absoluta concentración. Las cortinas de gasa estaban recogidas a ambos lados de la ventana que daba al jardín trasero, permitiendo que entrase la luz; no obstante, no era el sol matutino lo que le iluminaba el rostro, sino la lectura. La boca se le curvaba un poco hacia arriba en un atisbo de sonrisa y parecía dispuesta a volver a exhalar un suspiro soñador en cualquier momento. No pudo evitar contagiarse, así que sonrió.

—¿Qué lees? —le preguntó, intrigado.

—¿Mmm...? —respondió Bethany, aunque solo fue para ganar tiempo y poder leer un párrafo más. Se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja, lo que demostraba que ya no se encontraba totalmente abstraída en la lectura como estaba minutos antes.

Kyle volvió a sonreír. La vida no había sido fácil, pero podía mirar a su hija con orgullo y decir que la había criado bien, cosa que, por increíble que pudiera parecerle, había hecho solo. Era lo mejor que tenía, la recompensa a todos los dolores del pasado.

—Te he preguntado qué lees. Parece interesante —comentó mientras llevaba la bandeja del desayuno hasta la mesa.

Bethany lo miró, aunque antes marcó el punto en el que se había quedado con el dedo.

—Es un libro de relatos románticos en el que participa mi escritora favorita, entre otros autores. Allyssa también se lo está leyendo y le está encantando.

—¿Y cómo va el libro hasta ahora? —se interesó su padre. A su hija le encantaba leer, tenía la habitación repleta de estantes con libros. Kyle le alcanzó una taza de Imagine Dragons a la quinceañera.

Bethany se la había comprado en el concierto que la banda estadounidense había dado en el O2 Arena de Londres el 28 de febrero, justamente el día que cumplía quince años. Había sigo uno de sus regalos y la adolescente había disfrutado muchísimo de la experiencia. Kyle no podía evitar emocionarse cada vez que lo recordaba. Si tuviese que hacer una lista de los días más felices que habían vivido juntos, este la encabezaría.

—Por ahora todos los relatos son geniales, pero ella es única, ¡escribe tan bien, papá, nunca defrauda! —respondió con entusiasmo. Después volvió a abrir el libro—. Este relato… no sé cómo explicarlo, tiene algo especial —dijo acariciando las letras. Volvió a alzar la vista hacia su padre. Tenía la mirada llena de luz—. ¿Quieres que te lea algunos párrafos?

—¡Claro! —exclamó Kyle mientras sonreía—. Estás tan entusiasmada con esa autora que me muero de curiosidad.

Bethany sonrió. Le encantaba sumergirse en un libro y dejar volar la imaginación, enamorarse de cada letra y de cada coma, experimentar un sinfín de sensaciones… la lectura le provocaba todo eso y mucho más. Giró la página para leer una escena desde el principio.

Paseábamos por Holland Park. Habíamos visitado los bosques de azaleas, y en ese momento recorríamos el jardín japonés del parque. El paisaje fuera de lo común, con sus colores impresionantes e inmensa tranquilidad, me tenía maravillada. Me sentía la protagonista de un cuento de hadas y, sin necesidad de esforzarme demasiado, podía llegar a imaginar que un inmenso dragón de escamas tornasoladas alzaba el vuelo desde la majestuosa cascada.

Mientras no paraba de darle vueltas a esa historia, muy parecida a las que me gustaba inventarme y compartir contigo, rodeamos un estanque en el que algunos patos nadaban indiferentes a nuestras miradas. En la orilla, un grupo de pavos reales, que se deslizaban sobre piedras grises redondeadas o paseaban entre los arbustos y las flores, contribuían a aumentar la belleza del lugar.

Al cruzar el puente que se encontraba al lado de la cascada, un banco de carpas se acercó para ver si les dábamos algo de comer.

—Lo siento, pequeños, pero no tenemos ni una miga de pan —les dijiste mientras te encogías de hombros—. A menos que… —te detuviste a media frase para dejar entrever que planeabas alguna fechoría. Me pasaste un brazo por la cintura y otro por las costillas para simular que me tirabas al agua mientras decías—: queráis comeros a esta chica.

—¡Suéltame y deja de hacer el tonto! —te regañé en broma. A decir verdad, esos juegos y roces que nos acompañaban desde niños habían empezado a generar un efecto diferente: me provocaban mariposas en el estómago y anhelos que no sabía ni qué significaban.

Me soltaste, aunque al hacerlo, nuestras miradas se cruzaron durante un segundo. Nos conocíamos los ojos de memoria, pero ese día descubrí cierto matiz que no conseguí identificar. Entonces me pregunté cómo verías tú los míos… ¿Delatarían lo que sentía últimamente? ¿Te darías cuenta de que ya no te quería de la misma manera que cuando éramos niños y que la palabra amistad se me había quedado pequeña? ¿Te revelarían que ya no quería ser solo tu amiga?

Volvimos a mirar hacia delante y seguimos caminando.

El agua se convirtió en un espejo que reflejaba la postal en la que estábamos inmersos, y se volvía más brillante en los puntos donde los rayos de sol conseguían filtrarse entre las ramas de los árboles. Más allá, sobre un claro circular, un grupo de personas con ropa holgada de color blanco practicaba taichí. Desde donde nos encontrábamos podíamos oír su música tranquila, aunque quedaba ahogada por el sonido de las risas y alguna que otra palabra suelta. El entorno desprendía paz y armonía. Era como estar sumido en una dimensión diferente, aunque solo estábamos a unas pocas manzanas del caos de la ciudad.

Y nosotros, que formábamos parte de ese entorno y, al mismo tiempo, de nuestro propio mundo, caminábamos. Caminábamos y fingíamos indiferencia cuando nuestras manos se rozaban. Entonces contenía la respiración durante un segundo, aunque después la soltaba despacito para no delatar la emoción que me provocaba sentir tu piel contra la mía.

Te miré de reojo mientras hablabas. Teníamos que hacer un cartel para el instituto, así que exponías todas las ideas que se te pasaban por la cabeza. Diseñar se te daba bien: siempre dabas con alguna ocurrencia que te hacía destacar entre los demás. De hecho, el paseo por el parque formaba parte del proyecto.

Comenté algo y volví a mirarte. Seguías concentrado en tu discurso; y yo, en tu perfil. Nunca llegarías a participar en un concurso de belleza, pero yo tampoco. Aunque, para mí, hacía años que te habías convertido en el chico más guapo de todos: con tu pelo oscuro, corto pero alborotado, y tus ojos marrones, que lo miraban todo intensamente. La nariz recta acababa de perfilar el rostro, que siempre tenía una expresión amable, y una boca que me moría por besar. Me preguntaba si conocías mis deseos.

Me obligué a apartar la mirada para no quedar en evidencia, aunque me pareció que, durante una fracción de segundo, eras tú quien me miraba. Sentí como los nervios me nacían en la boca del estómago y tuve miedo de hablar por si tartamudeaba. ¿Cuántas veces había soñado despierta, amparada por la soledad de mi habitación, imaginando que tú sentías lo mismo? ¡Ya había perdido la cuenta! El simple hecho de pensarlo mientras estabas a mi lado fue como si un terremoto desestabilizase la tierra y, con fuerza descomunal, me hiciese perder el equilibrio.

Quería mirarte otra vez, pero no me atrevía.

Después de la excursión, y ya fuera del parque, nos dirigimos a Notting Hill para acabar el trabajo en tu casa. Durante el camino, la tentación nos llevó a atravesar el mercadillo de Portobello, que hervía de actividad por el centenar de tiendas y puestos variados que lo formaban.

Se nos acercó una mujer de mediana edad, que se interpuso en nuestro camino para impedirnos seguir avanzando. Llevaba una cesta repleta de flores colgada del brazo y algunos ramos en la mano.

—¿No quiere comprarle rosas blancas a su novia, joven? —te preguntó mientras te ponía un ramo delante de la cara.

Me puse roja como un tomate ante la confusión de la señora, pero tú solo parpadeaste.

—Ella no es… —empezaste a decir, pero no acabaste la frase. Me miraste, y esta vez anticipé que algo cambiaría entre nosotros. Lo que pasó después fue extraño e increíblemente poderoso, como si una onda eléctrica nos atravesara. El nudo que tenía en la boca del estómago se intensificó; y no quiero ni imaginarme cómo debía tener las mejillas. El tiempo se detuvo, aunque solo para nosotros, y quise creer que sentías lo mismo que yo. Volviste a mirar a la mujer, tanto las rosas blancas que llevaba en la mano como las flores de la cesta—. Rosas no, fresias —dijiste.

La mujer asintió, mostrándose conforme. Cogió un ramito multicolor y te lo entregó a cambio del dinero que ya le ofrecías. Después de darte las gracias, se alejó canturreando en busca de otros clientes, aprovechando que varias personas se encontraban cerca.

Con una tranquilidad envidiable, alargaste el brazo y me diste las flores. Yo era un manojo de nervios.

—Para ti —pronunciaste con un tono casi solemne; después retomaste la marcha porque la vendedora por fin había dejado el camino libre.

—¿Cómo has sabido que me gustan las fresias? —te pregunté cuando te alcancé. Me miraste y sonreíste, dedicándome esa sonrisa que te llegaba a los ojos y que me encandilaba. Enterré la cara en las flores para que no pudieras ver que me había vuelto a poner roja. El perfume dulce me embriagó, era delicioso. ¿O me sentía embriagada por el simple hecho de estar a tu lado?

Te paraste otra vez y te giraste para quedar uno frente al otro. Te acercaste y me cogiste la cara con las manos, entonces me atravesaste el alma con la mirada.

—Lo he sabido porque al mirarte veo que eres policromática. Y no se trata de tu ropa, no. Es algo que te envuelve. ¿Tu aura? No lo sé. Solo sé que es como una luz que te rodea…

—Y esa luz tiene mil matices. Eres primavera, colores, alegría… No, rosas blancas, no. Contigo van más las fresias.

—¡Papá! —gritó Bethany—. ¿Por qué no me has dicho que ya te lo has leído?

Kyle parpadeó. No se había dado cuenta de que había hablado en voz alta. Se sentía raro. Confundido. Tanto, que se miró las manos, pero las tenía vacías. Si su hija no hubiese estado delante, se hubiese echado a llorar como un niño. Sentía un nudo en la garganta.

—Es que no lo he leído —balbuceó, todavía inmerso en la historia.

—¿Cómo qué no? ¡Si lo has dicho tal cual está en el libro! ¡Mira! —exclamó molesta, y señaló con el dedo el párrafo que acababa de recitar.

Kyle leyó en voz alta:

—Lo he sabido porque al mirarte veo que eres policromática. Y no se trata de tu ropa, no. Es algo que te envuelve. ¿Tu aura? No lo sé. Solo sé que es como una luz que te rodea y esa luz tiene mil matices. Eres primavera, colores, alegría… No, rosas blancas, no. Contigo van más las fresias.

—¿Ves? Justo cómo has dicho. ¡Te conoces el texto de memoria! ¿Cómo lo has hecho?

—No lo sé, Bethany —mintió, sintiéndose incómodo—. Por favor, come o el desayuno se enfriará —intentó cambiar de tema, pero ni siquiera cuando su hija le obedeció fue capaz de evadirse. Al cabo de varios minutos, la curiosidad lo venció, necesitaba esclarecer lo que estaba pasando—. Y… eh, ¿quién es el autor del libro?

—Es una antología, papá, ya te lo he dicho. Cada relato es de un autor diferente.

—Ah… bueno... Pero, ¿quién ha escrito ese que has leído?

—No me lo he leído entero, papá, solo una escena y ni siquiera la he podido acabar porque me has interrumpido. Estoy segura de que estaban a punto de besarse.

Kyle tragó saliva. Sí, estaban a punto de hacerlo. Lo recordaba tan claramente que el corazón le iba a mil por hora, del mismo modo que cuando lo había vivido.

—Bethany, déjate de tecnicismos. ¿Me dirás quién lo ha escrito?

—Miranda Darcy —dijo por fin.

—¿Miranda Darcy? —clamó entre confundido y ofuscado cuando su hija no pronunció el nombre que estaba seguro que diría. Le quitó el libro de las manos y buscó entre las páginas de información sobre la autora, aunque la concebía como una usurpadora de historias—. ¿Quién cojones es Miranda Darcy? —masculló.

—La autora de ese relato, papá; ¡mi escritora favorita! —indicó con una entonación que daba a entender que la respuesta era más que obvia—. ¿No recuerdas que tengo todas las novelas que ha escrito? ¡Pero si me has regalado unas cuantas! ¿Por qué te pones así? ¿Qué pasa con Miranda Darcy?

—Nada... Nada —repitió, intentando tranquilizarse. No podía quedar como un idiota delante de su hija. Sonrió y, cuando volvió a hablar, intentó que la voz le sonase indiferente—. Solo es curiosidad.

—Mmm, vale... —acotó la joven encogiéndose un poco de hombros, gesto que había heredado de Kyle. Después de mirar la hora, Bethany acabó de desayunar a toda velocidad.

—Si comes así te sentará mal —señaló él.

—Es que tengo que irme, papá. Llegaré tarde a baile, pero tampoco quería irme con el estómago vacío —se levantó con el libro en la mano, aunque enseguida volvió a dejarlo sobre la mesa. Kyle siguió con minuciosidad cada uno de sus movimientos—. No me llevaré el libro, por si quieres saber cómo acaba la historia. Y, por cierto, puedes encontrar información sobre Miranda en su página web.

Bethany no era tonta e intuía que su padre le ocultaba algo porque la curiosidad que había mostrado por conocer el nombre de la autora del relato no era normal. Y, a pesar de que se moría de ganas por saber la verdad que se escondía tras la historia de la chica policromática, lo conocía lo suficientemente bien como para saber que no le diría nada. Ya se encargaría de averiguarlo más adelante.

Se inclinó para darle un beso en la mejilla a su padre antes de alejarse tarareando Thunder ybailando al compás. Desde el concierto, se había convertido en una de sus canciones favoritas de Imagine Dragons y no podía sacársela de la cabeza.

Kyle esperó hasta oír el sonido de la puerta de entrada antes de coger el libro y buscar el relato correcto. Lo leyó entero y sintió como cada palabra lo transportaba dieciséis años atrás. Cerró el libro y se recostó en la silla, con un brazo sobre la mesa y el otro sobre la pierna. Tenía la mirada fija en la portada, como si ese simple gesto pudiera hacer que la autora cobrara vida ante sus ojos.

No había lugar a dudas: Miranda Darcy era su seudónimo… el de su chica policromática, la representación en carne y hueso de la primavera, de la felicidad misma. Reflexionó y se reprochó el hecho de que podrían haber estado juntos para siempre; sin embargo, su destino había acabado siendo uno muy diferente porque, a causa de una estupidez, ella se había alejado.

Nunca imaginó que volvería a saber algo de Milly, así que ahora no sabía qué hacer. Supuso que habría continuado con su vida, seguramente estaba casada y tenía hijos. Se le formó un nudo en el estómago.

Hacía dieciséis años, cuando todavía eran demasiado jóvenes y no sabían nada de la vida, la situación los había desbordado y no le había quedado otra opción que resignarse y dejarla ir. En cambio, ahora que, de alguna manera y casi de milagro, Milly volvía a su vida a través de su propia historia plasmada en un libro, no podía dejar de sentir que le pertenecía.

Se levantó dispuesto a investigar todo lo que pudiese. Se fue a la habitación a buscar el portátil y volvió a sentarse en la mesa de la cocina. Su intento de mantener la calma no estaba dando resultados, de hecho, los poco segundos que tardó el ordenador en encenderse le provocaron mucha ansiedad.

A Kyle siempre le había costado horrores comportarse como el típico señor inglés y, en ese momento, su parte impaciente e impulsiva estaba a punto de ganar la batalla una vez más. Sin lugar a dudas, había heredado el temperamento italiano de su madre.

Delante de la pantalla iluminada, escribió el nombre de Miranda Darcy en el buscador. Respiró hondo, preso de la adrenalina, cuando aparecieron varios resultados. Y, como si abriera pequeños cofres del tesoro, fue seleccionando los enlaces uno a uno y leyendo el contenido.

Internet no le proporcionó demasiada información personal acerca de la autora, solo su lugar de residencia, Camden Town, y sus redes sociales. En cambio, lo supo todo sobre su carrera: Miranda Darcy era una escritora de éxito con más de una docena de novelas publicadas; Bethany las tenía todas. Este relato era su publicación más reciente y actualmente se encontraba en la etapa de producción de una novela inspirada en la vida de su abuela materna, una mujer de origen marroquí. También descubrió que la antología apenas llevaba un mes en el mercado, que el dinero recaudado iba dirigido a una ONG y que los autores iban haciendo presentaciones del libro en diversas librerías de Londres. El fin de semana siguiente lo harían en Daunt Books, en el barrio de Hampstead, y estaba decidido a ir.

Kyle supo que debía verla. Esa necesidad se le había anclado en los huesos sin piedad y no se iría hasta que no la satisficiera. Se sentía eufórico. Decidido a asistir, apuntó en el calendario del móvil el sitio, la fecha y la hora del evento literario. Le inquietaba pensar que aún faltaban algunos días para el sábado y no sabía cómo lo soportaría. Por un momento, contempló la posibilidad de enviarle un mensaje por alguna red social, pero la descartó de inmediato porque le parecía más sensato hablarlo en persona.

Solo estaba seguro de una cosa: los días que quedaban hasta el sábado se le harían eternos. Entonces, siendo honesto consigo mismo, se dijo que quizá era un castigo justo por todo el daño que le había hecho en el pasado.

2

Sábado, 4 de agosto de 2018

Kyle llegó a la librería media hora antes, pero no se animó a entrar. Al intentar buscar a Emily a través del escaparate, captó movimiento dentro de la librería: un montón de sillas ocupadas, aunque las de los escritores estaban vacías.

En un arrebato, no sabía si de cordura o de cobardía, se dirigió a Polly’s, una cafetería cercana. Una vez dentro, ya que no se atrevió a sentarse en la terraza, se pasó cuarenta eternos minutos preguntándose una y otra vez si debía volver a la presentación o si sería mejor marcharse. Cuando se decidió, el evento ya había empezado y la encargada de la tienda daba la bienvenida al público.

Kyle entró en Daunt Books intentando no llamar la atención, aunque se sintió un poco estúpido. Un poco más de lo que ya se sentía por haber ido hasta allí en busca de… ¿qué?

«¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Qué he venido a buscar? ¿Un amor que dejé escapar hace dieciséis años? ¿De verdad espero que corra hacia mis brazos y actúe como si nada hubiese pasado cuando me vea?»

Se sentó. El café que acababa de beberse le estaba provocando acidez, o quizá solo era la situación absurda en la que se había metido y que su razón le recriminaba.

Inspiró hondo y dejó la mente en blanco para centrarse en la presentación. Una coordinadora presentaba a los autores uno a uno, los cuales iban subiendo al escenario y sentándose en su sitio. Hasta ese momento no había prestado atención, centrado como estaba en encontrar una cara conocida mientras divagaba sin parar.

Observó el panel, donde había tres mujeres y dos hombres, aunque ninguna era a quién esperaba ver. Se inquietó aún más. No había prestado atención al nombre de esos autores, así que empezó a preguntarse si se habría equivocado y si ese relato que había leído no estaba basado en su historia, sino que simplemente se trataba de una extraña coincidencia.

«¡No! ¡No puede ser!», se dijo. «Los hechos que se relatan en el libro son exactamente como los recuerdo, y las palabras… No puede tratarse de una coincidencia».

Frustrado y enfadado consigo mismo por su absurdo comportamiento, decidió que ya era hora de irse y acabar de una vez por todas con ese asunto, pero entonces la coordinadora anunció a Miranda Darcy.

La adrenalina le recorrió el cuerpo con la fuerza de un tsunami.

Kyle se quedó quieto, con la mirada fija hacia delante. Lo primero que vio fue su espalda. Con un andar delicado y envuelta en un vestido vaporoso de color salmón que llevaba ajustado a la cintura con un fino cinturón marrón y dorado, se dirigió hacia el escenario. El pelo le caía en cascada sobre los hombros. Kyle quería verle la cara, pero no llegaba a hacerlo desde donde estaba, en la última hilera de sillas. La ansiedad se apoderó de él durante unos segundos hasta que, como si la escena se desarrollara a cámara lenta, consiguió distinguirle el perfil y, finalmente, la cara cuando se giró hacia el público y se sentó en la mesa con los demás autores. Entonces, Kyle sintió que la librería se llenaba de luz y colores.

La escritora, con las mejillas encendidas, dio un sorbo al vaso de agua mientras la moderadora daba la charla por iniciada. La primera pregunta fue para ella.

Miranda notó que le temblaba un poco el pulso; aunque siempre le pasaba en los segundos previos a una presentación. Respiró hondo e impostó la voz para responder. Enseguida se tranquilizó y empezó a disfrutar del evento.

Kyle percibió el nerviosismo inicial de Miranda, aunque al cabo de unos segundos pareció tranquilizarse y, mientras hablaba de un tema que se notaba que la apasionaba, un aura mágica la rodeó y arrastró a Kyle sin piedad.

Recordó cuando, de pequeños, Milly le relataba historias fantásticas que se inventaba en el momento, propiciadas por cualquier impulso que le pusiera en marcha la imaginación. Y se sintió inmensamente feliz al descubrir que no había dejado morir ese don maravilloso con el que había nacido y que se había convertido en los cimientos de una exitosa carrera. Se la notaba radiante, plena.

Al volver a verla, tenerla tan cerca y respirar su poderosa energía, Kyle cayó en la cuenta de que dieciséis años no habían sido suficientes para olvidarla. Su cuerpo, su mente y su corazón la habían reconocido de inmediato, y ahora reaccionaban ante su presencia. La reclamaban como si el tiempo no hubiese pasado, como si sus errores no se hubiesen interpuesto entre los dos.

«¿Qué voy a hacer con todos estos sentimientos?», se preguntó, con cierta angustia. Durante los cuarenta y tantos minutos que duró la presentación, Kyle no pudo apartar los ojos de Emily. Reafirmó que conservaba esa aura luminosa y radiante que lo había cautivado de pequeño, así como que seguía teniendo la sonrisa más bonita que había visto nunca. Aún era ella, su Milly, aunque ahora utilizaba otro nombre.

Cuando la presentación acabó, el público acudió en masa a la mesa donde los autores firmaban ejemplares de la antología. Kyle compró uno de manera mecánica y se puso en la fila. No estaba seguro de qué le diría a Emily, pero la espera lo había envalentonado y no se iría de allí sin hablar con ella.

Cuando apenas quedaban un par de personas en la tienda, le llegó el turno. Dejó el libro sobre la mesa y lo empujó hacia adelante con suavidad mientras Miranda respondía a una lectora, la cual le había hecho un comentario mientras su compañera le firmaba el ejemplar.

—Me he reconocido en el protagonista —señaló Kyle con la voz ronca cuando la otra mujer se alejó.

Miranda alzó la vista durante unos segundos, aunque no reparó en las facciones del hombre. La sonrisa le iluminaba el rostro.

—¿Te refieres a que te has sentido identificado? —le preguntó. Volvió a bajar la vista mientras abría el libro con la intención de firmarlo.

Kyle le cogió la mano que tenía sobre la cubierta para captar su atención. La reacción fue inmediata, justo como esperaba, porque alzó la cabeza, sorprendida, y lo miró fijamente.

—No. Me he reconocido en él.

—¿Có… cómo? —preguntó, aunque al estudiarle las facciones empezó a sospechar cuál sería la respuesta. Se le formó un nudo en el estómago y empezó a quedarse sin aire. Recordaba esos ojos oscuros, los había descrito con precisión en su relato. Nunca imaginó que él llegaría a leerlo.

—Soy Kyle Cameron, el protagonista. Todo lo que has contado en el relato forma parte de mi historia —declaró sin darle tregua con la mirada—. Y ella eres tú, aunque ahora te hagas llamar Miranda Darcy.

Emily tragó saliva cuando, después de confirmar su suposición, el pasado la arrolló con una vorágine de imágenes que se sobreponían entre sí sin seguir ningún tipo de orden cronológico. Esos flashbacks correspondían a fragmentos de su vida que habían dejado un rastro de felicidad, dolor, ilusión, decepción… los recuerdos la atenazaban y le costaba respirar.

—Kyle… —susurró.

—¿Cómo estás, Milly?

Se quedaron unos segundos en silencio.

—Bien —respondió, por fin, y después sonrió por lo ridícula que le resultaba la escena. Se saludaron como si fueran dos amigos que se acababan de encontrar por la calle un día cualquiera de una semana cualquiera. Sin embargo, la situación distaba un abismo de ser rutinaria, además de que ya no eran amigos; al menos ya no—. ¿Qué haces aquí, Kyle? —le preguntó con voz cansada.

—Cuando lo leí… —explicó señalando el libro—, retrocedí dieciséis años. Nos vi en Holland Park, en el jardín japonés de Kyoto y en el mercadillo de Portobello. Recordé la conexión que había entre nosotros, lo que sentíamos… todo. Reviví lo nuestro, Milly.

—Kyle, nunca hubo un «lo nuestro» —lo interrumpió con firmeza y minimizando adrede media vida de amistad—. Podría haber pasado algo entre nosotros, pero acabó antes de que le diera tiempo a empezar —completó haciendo referencia al breve romance que habían compartido.

—Aunque digas que no le dio tiempo a empezar, te aseguro que sí lo hizo, Emily, y fue precioso —replicó ignorando sus palabras—. Hace dieciséis años me resigné a perderte y, durante todo este tiempo, he vivido como anestesiado. Pero tu relato me ha hecho despertar de golpe y me he dado cuenta de que podríamos haber resuelto las cosas de otra manera. ¿Por qué tuvimos que distanciarnos?

Emily dejó ir un resoplido, incrédula.

—¿Justamente tú vienes a preguntarme por qué nos distanciamos? —inquirió entre dientes, esforzándose para no gritarle. Negó con la cabeza—. Esto es demasiado. Además, no me parece que sea ni el momento ni el lugar apropiado para mantener esta conversación.

Kyle echó un vistazo a su alrededor. Solo quedaban tres o cuatro lectores alrededor de la mesa, pero tenían el personal de la librería a poca distancia. Asintió con un gesto.

—Tienes razón, este no es el lugar adecuado. Lo siento, pero esta historia, nuestra historia, ha despertado muchos sentimientos en mí… —hizo una pausa a propósito para que la razón le ganase el pulso a los sentimientos. El intento fue un fracaso, así que, cuando volvió a abrir la boca, las palabras le salieron sin filtro—. Echo de menos lo que había entre nosotros, Milly. Ni te imaginas hasta qué punto quiero recuperarlo…

—Te voy a ser sincera, Kyle, no sé si lo dices en broma o si estás tan loco como para decirlo en serio —dudó. Desde donde estaba, Emily miró a su alrededor para comprobar que era el último de la fila. Los pocos lectores que quedaban delante de la mesa estaban distraídos con los demás escritores.

—Lo he dicho porque realmente lo siento —se detuvo de manera abrupta al contemplar una posibilidad que esperaba que no fuese cierta—. ¿Estás enamorada de otra persona?

—No —respondió rotundamente—, pero eso no significa que correré a tus brazos. Esto es un sinsentido y lo sabes.

—Lo único que sé es que quiero que me des otra oportunidad. Para mí fue importante, y resulta evidente que para ti también, si no, lo habrías olvidado. Y no intentes negarlo porque la historia que has escrito me da la razón. Recuerdas cada momento, cada escena, cada palabra… Lo que sentíamos a flor de piel y en el alma. Cada párrafo que has escrito atesora nuestra historia.

—Excepto el final, Kyle. «Nuestra historia» no acabó como en el relato —murmuró con un deje de tristeza en la voz. Por el rabillo del ojo, vio que los últimos lectores se alejaban de la mesa.

—Nuestra historia quedó inconclusa, pero podemos continuarla justo como has descrito en el libro. Estar juntos, tener esa felicidad imperecedera. Es nuestra asignatura pendiente, Milly. Hagamos realidad la parte de la historia que nos falta. Nuestro amor, que era perfecto, lo vale.

—Ese es el problema, Kyle: no lo era. Al quedar inconcluso, ha acabado siendo más platónico que real; poético. Todos estos años que hemos pasado separados han hecho que lo veamos precioso y perfecto, que obviáramos las aristas dolorosas. No pretendas opacarlo intentando algo que estoy segura de que no prosperará. Lo que pudo ser quedó en un punto lejano en el tiempo y hoy permanece idealizado en la memoria. Déjalo como está.

—No puedo. No quiero hacerlo, Emily.

—Es que la simple idea de iniciar una relación es absurda. ¿No te das cuenta de que ya no somos las mismas personas? Hemos crecido y cada uno tiene su propia vida. Nada sería igual a cómo lo recuerdas —negó con la cabeza—. Estoy segura de que no funcionaría.

—No puedes saberlo con certeza —replicó. A modo de respuesta, ella bajó la mirada y empezó a dedicarle el libro. No quería seguir hablando del tema—. Milly… Al menos dame la oportunidad de intentarlo —susurró Kyle. No soportaba el silencio que se había apoderado de todo.

Ella negó con la cabeza.

—No, Kyle. Prefiero regalarte algo mucho mejor —terminó de escribir la dedicatoria, cerró el libro y, sin mirarlo, se lo entregó—. Adiós —susurró, dando la charla por terminada.

Se quedó unos segundos mirándola; sin embargo, Emily se obligó a sí misma a no devolverle la mirada. Al final Kyle asintió y, cabizbajo, abandonó la librería. Cuando estuvo en el exterior y fuera del alcance de la vista, abrió el libro y leyó:

Este es mi regalo para ti, Kyle: un amor imperecedero, puro, luminoso. Incorruptible. Una historia con mil finales, todos los que puedas imaginar; y todos perfectos. Solo en nuestra imaginación podré ser tu chica policromática para siempre.

3

Sábado, 4 de agosto de 2018

Emily esperó a que Kyle se fuera, entonces respiró hondo e intentó volver a la realidad. Comprobó otra vez que ya no quedaban lectores que quisieran una firma, de hecho, los otros autores ya recogían sus cosas para irse. Se sintió aliviada al ver que su discusión había pasado desapercibida.

Sin embargo, la escritora que aún quedaba sentada a su lado, y que había sido testigo del intercambio de palabras que había mantenido con Kyle, le dedicó una mirada llena de pena. Emily le sonrió a modo de respuesta, aunque no pudo evitar que el gesto se tiñera de melancolía. Suspiró y, mientras guardaba el bolígrafo en el bolso y recogía el resto de sus cosas, no pudo evitar echar la vista atrás. No paraba de volver a su adolescencia, a sus sueños juveniles, a su gran amor...

Escribir el relato había sido su respuesta a la necesidad de inmortalizar aquella etapa de su vida y su breve, pero trascendental, relación romántica con Kyle. Lo había querido de manera sincera, con el corazón y la inocencia de la adolescencia. Después, el paso del tiempo le había permitido enaltecer el recuerdo, limar las aristas dolorosas y borrar la decepción. Había preferido quedarse con los momentos felices. De este modo, había conseguido que el recuerdo de ese romance fuera perfecto. Esa era su teoría, y se la había presentado a Kyle.

No obstante, a lo largo de los años, ¿cuántas veces había fantaseado con un reencuentro? Eran tantas que había perdido la cuenta. Pero nunca creyó que volverían a verse. Entonces, cuando lo tuvo delante, en vez de en su imaginación, tuvo miedo de perder la perfección que había creado en su mente. Porque la realidad era muy diferente, no tenía nada que ver con las novelas románticas que escribía, llenas de fantasía e ilusión. En la vida real, los sueños y las risas debían convivir con el dolor, la traición, los corazones rotos y las almas hechas trizas.

Su intención había sido preservar ese recuerdo tan bonito de cuando aún estaban juntos, pero ahora que lo había perdido otra vez, ya no podía recordar su relación con la perfección con la que la había decorado. La realidad, cruel y con la memoria viva, había penetrado en la fantasía. «¿O es que quizá he perdido la única oportunidad de que la fantasía se vuelva realidad?», pensó. Suspiró ante lo que parecía la peor paradoja del destino.

—Creo que acabas de hacer una tontería —apostilló su colega sin que ella le pidiera su opinión, aunque respondiendo a lo que estaba pensando.

Emily la miró durante un momento mientras le daba vueltas a lo que acababa de decirle, que se le mezclaba en la mente con el pasado y el presente, donde hacía tiempo que había decidido que el amor no tenía cabida.

—No. He hecho lo correcto —aseguró.

«¿Realmente lo crees?», le preguntó una molesta vocecita que acalló de inmediato.

Unos veinte minutos después, Emily recogió sus cosas, se despidió de los editores, compañeros y libreros, y salió a la calle. No le dio tiempo ni a dar dos pasos cuando un niño de unos siete u ocho años se interpuso en su camino.

—Tome —le dijo el niño, y le dio un ramo de flores.

—Fresias… —susurró Milly con la voz ahogada y el corazón a mil por hora. De pronto, experimentaba lo mismo que había sentido Kyle al leer su escrito—. ¿Y esto? —preguntó cuando vio la tarjeta que asomaba entre las flores.

El regalo que me has hecho es precioso, pero no te quiero en mi mente. No quiero recordarte. Te quiero en mi realidad: tangible, palpable. Te quiero en mi vida, a mi lado.

Tienes razón, quizá esto no funcione; pero no puedo resignarme a que ni siquiera lo intentemos. Te pido perdón otra vez, porque hace dieciséis años no fui capaz de proteger lo que teníamos. Pero te juro que, si me das otra oportunidad, lucharé por lo nuestro con mi vida. Fuiste mi felicidad, mi primavera… mi gran amor. Vuelve a serlo, Milly. Vuelve a mi vida.

Emily levantó la vista hacia el niño, pero ya no estaba allí. En cambio, entre las lágrimas que le empañaban la mirada, consiguió ver como una figura alta y masculina se acercaba.

—Kyle…

—No pude irme sin ti —susurró con voz ronca—. No quiero resignarme a perderte otra vez.

Emily sonrió de esa manera que Kyle adoraba y que parecía iluminarlo todo. Era como si una luz incandescente y mágica la rodeara. Era felicidad pura, reconoció Kyle con el corazón en un puño a causa de la emoción.

—Me alegro de que no lo hicieras —respondió. Kyle dio un paso hacia delante; aunque ella levantó la mano para que parase—. Sin embargo, no puedo darte lo que me pides.

—Te prometo que haré las cosas bien —aseguró él.

—No es tan sencillo. Si te soy sincera, en este momento de mi vida no busco una relación de pareja. No tengo tiempo para pensar en el amor.

—El amor no se piensa, Milly, se siente.

—Da igual. En mi vida no hay tiempo ni lugar para esas cosas.

Kyle, que sentía que había avanzado un paso, no podía permitirse retroceder. Aunque Emily se resistía a la idea de tener una relación, sabía que se había emocionado con las flores y le había dicho que se alegraba de que no se hubiera ido. No podía pasar esas cosas por alto, aunque decidió actuar con premura.

—Déjame invitarte a un café, así podremos hablar tranquilamente —le pidió mientras le extendía la mano derecha con la palma hacia arriba.

—Siempre fuiste muy perseverante, veo que no has perdido esa virtud —acotó ella con una sonrisa, y aceptó la invitación con un asentimiento de cabeza.

—Sería muy tonto si no lo fuera contigo.

Al entrar en la cafetería Polly’s, vieron algunas mesas vacías delante del mostrador, pero pasaron de largo y se dirigieron al fondo. Habían pintado las paredes con colores claros y las habían decorado con cuadros de distintas temáticas, algunos en relieve, y lámparas que apenas iluminaban, por lo que el ambiente resultaba muy acogedor.

Al final se decantaron por una mesa que quedaba apartada, rodeada por tres paredes, las cuales estaban decoradas con un espejo y cuatro cuadros de jarrones. Un pasamanos de madera delimitaba ese sector de la cafetería, que quedaba alejado de la entrada y resultaba bastante tranquilo e íntimo al quedar fuera del ir y venir de la gente.

Una camarera les tomó nota: té Earl Grey para Emily, English Breakfast para Kyle. Después de que les sirvieran lo que habían pedido se vieron obligados a dejar de dilatar la charla, ya no les quedaban más excusas. Fue él quien rompió el silencio y lo hizo con contundencia.

—Hace dieciséis años las cosas entre nosotros no acabaron de la mejor manera.

—No podían acabar de otra manera teniendo en cuenta las decisiones que tomó cada uno —Emily acentuó sus palabras al arquear una ceja. La mirada inquisitiva que le dirigió y el tono de voz cortante daban a entender más cosas de las que había expuesto de manera explícita.

—Insisto en que la forma no fue justa para nuestra relación.

Milly respiró hondo para no replicar con un exabrupto.

—¿Y cuál crees que hubiese sido la mejor forma? ¿De verdad piensas que había alguna opción mejor?

—Sí, Milly, pero solo he sido capaz de verlo con el paso del tiempo, cuando la vida me ha hecho madurar. Por aquel entonces era un adolescente insensato que no supo valorar lo que tenía, y te juro que lo pagué con creces. Yo te quería de verdad. Y haciendo referencia a tus preguntas, esas que has escrito en el relato, ¡sí! Sentía lo mismo que tú, ¡y desde hacía bastante tiempo! Me gustabas. Mejor dicho, ¡me encantabas! Cuando entrabas en cualquier habitación, esta se llenaba de colores y de magia.

—Sin embargo, no dudaste a la hora de traicionarme —lo interrumpió ella, porque sus palabras la atravesaban como un puñal, haciendo que el engaño fuera aún más doloroso. No fue capaz de contenerse y el dolor amordazó a la razón—. ¡Pero claro, tú eres el primero que dice que el amor no se piensa, se siente! Ya veo que tampoco pensaste esa noche en Brighton —le reprochó con tono irónico.

—No, no pensé, ahí tengo que darte la razón. Pero no tuvo nada que ver con el amor, te lo juro. Fui un irresponsable, un estúpido, y lo acepto. Y te pediría perdón de rodillas si supiera que al hacerlo sería capaz de borrar el dolor que vi en tus ojos ese día, y el que veo ahora mismo.

—No te pediré que te pongas de rodillas, pero tampoco esperes que olvide el pasado y sus consecuencias. Aunque intentes excusarte diciendo que eras joven y no sabías nada de la vida, recuerda que teníamos la misma edad y que en ningún momento se me cruzó por la cabeza engañarte. Tú lo hiciste —le recriminó, y Kyle tuvo que aceptar que lo que decía era verdad.

Hacía dieciséis años, después de ese paseo por Holland Park y de su beso en el mercadillo de Portobello, Kyle y Emily habían empezado a salir. Se conocían desde parvulario, y la complicidad que habían desarrollado a lo largo de toda la vida no hizo más que crecer. El cariño que sentían el uno por el otro enseguida se transformó en un sentimiento más profundo y romántico. Idílico.

Desde entonces, y durante los siguientes dos meses, se vieron cada día y su relación no hizo más que afianzarse. Buscaban cualquier excusa para verse: trabajos del instituto, el estreno de una película que querían ver, el concierto de la banda o artista que les gustaba, algún mensaje para sus padres… Y cuando no tenían ninguna excusa, se la inventaban. Disfrutaban hablando todo el rato, y después disfrutaron de los besos y las caricias furtivas. También acabó llegando el mayor acto de amor, confianza e intimidad que dos personas pueden compartir, donde demostraron con el cuerpo todo lo que sentía el corazón.

Los dos creían que la vida no era más que ilusiones y sueños. Vivían encerrados en una burbuja de perfección, de idílico romanticismo, hasta que ocurrió el desastre...

Había llegado mayo y, con ese mes, las vacaciones del tercer trimestre. Kyle se fue de viaje a Brighton con su familia. Tenía muchos amigos allí porque iba todos los veranos y siempre que tenía vacaciones; además de tener a sus primos ahí. Fueron ellos quienes lo llevaron a esa fiesta en la playa.

Esa noche solo había imperado la irresponsabilidad: varios cubatas de más, música, el estado de euforia que llevó al grupo a meterse en el mar, así como las risas junto a la hoguera para paliar el frío. Al ver que Kyle tiritaba, se le acercó una chica un par de años mayor que, con la sensual promesa de hacerlo entrar en calor, lo alejó del grupo. La excitación le hizo perder la cordura, que ya se encontraba bastante nublada por culpa del alcohol, y, sin oponer demasiada resistencia, Kyle se entregó al placer del momento.

El resultado de la ecuación estaba cantado: nueve meses después, Kyle era padre de un bebé precioso, la luz de sus ojos y único consuelo que le había dado su locura juvenil, porque había perdido a Emily y cualquier posibilidad de tener una relación con ella.

—Te aseguro que ya no queda nada de ese chico irresponsable. La vida me obligó a madurar de golpe.

—Me lo imagino. Ser padre es algo muy serio —reconoció ella. Le dio un sorbo al té, que había empezado a enfriarse, y observó a Kyle durante unos segundos.

Había sido el gran amor de su vida, pero también el artífice de su mayor decepción. El único, a decir verdad, ya que Emily se había negado a volver a enamorarse. En consecuencia, ninguna de sus relaciones posteriores había llegado a buen puerto. No había querido involucrarse demasiado con nadie, se había cerrado emocionalmente y había evitado hacer planes de futuro en los que hubiese alguien más que ella. Tampoco había esperado nada de las parejas que había tenido. Con el tiempo llegó a la conclusión de que estaba mejor sola, porque así nadie podría herirla. Además, su carrera no le dejaba tiempo para nada más y escribir era lo único que la hacía sentir plena.

—Es difícil, no te lo voy a negar —respondió Kyle al comentario que le había hecho—. Aunque el principio fue lo más duro —no pudo evitar sonreír ante el recuerdo—. No sabía qué hacer. Todavía era un niño, pero de pronto me encontré solo, criando un bebé.

Milly frunció el ceño.

—¿Solo? ¿Y la madre de tu hija? Deduzco que a día de hoy no estáis juntos, de lo contrario, no hubieses venido a buscarme —se apresuró a aclarar—. Pero todo este tiempo… Creía que vivíais los tres juntos.

—Pauline se quedó en casa de sus padres hasta que nació la niña, después, por sugerencia de los míos, nos fuimos a vivir juntos —negó con la cabeza—. Fue lo peor que pudimos hacer. Esa relación llevaba impresa la palabra fracaso desde el principio. Ella siempre fue una mujer muy independiente, demasiado como para atarse a un chico al que no quería y a una niña pequeña, aunque fuera su propia hija. Convivimos durante unos meses, hasta que hizo las maletas y se fue de casa sin mirar atrás. Desapareció para siempre.

La sorpresa hizo que Milly se enderezara en la silla. No podía creerse todo lo que acababa de contarle.

—¡Kyle! ¿Pauline os dejó? ¿Abandonó a su hija?

—Así es. Bethany ni siquiera gateaba, así que ya puedes imaginarte lo pequeña que era —sonrió, perdido en el recuerdo. Después se encogió de hombros mientras suspiraba, intentando quitarle hierro al asunto, ya que había pasado mucho tiempo y no podían hacer nada al respecto. Levantó la cabeza para mirar a Emily a los ojos y le confesó—: Te juro que no me creía capaz de conseguirlo. ¿Criar solo a un bebé cuando ni siquiera tenía veinte años?

—Pero lo hiciste, ¿verdad? —lo dijo como una afirmación, aunque al final agregó la pregunta.

—Lo hice —respondió él con una enorme sonrisa de satisfacción—. Todavía no sé cómo, pero lo hice.

Debido a la gran amistad que habían tenido, pero sobre todo al amor que habían sentido el uno por el otro, Emily se sintió muy orgullosa de él. Tanto que se le formó un nudo en la garganta. Asintió y se sirvió un poco más de té, el cual se bebió antes de formular otra pregunta.

—Me intriga saber cómo compaginaste el papel de padre con los estudios… Recuerdo que querías estudiar diseño gráfico y publicitario.

—Lo recuerdas bien, pero no, la verdad es que no pude hacer una carrera. Cuando acabé el instituto, tuve que ponerme a trabajar. Mis padres fueron muy claros: criar a Bethany era mi responsabilidad.

—Claro… entiendo su postura.

—No puedo culparlos. Pero no creas que no me ayudaron, siempre han estado presentes. De hecho, me dejaron trabajar en el anticuario de mi padre y me lo dejaron en herencia. Incluso dividieron la casa por la mitad y nos dieron una parte. En fin… no puedo quejarme: ahora tengo mi propia tienda, un hogar que ya he terminado de pagar y una hija de quince años que, por cierto, es tu fan número uno —ese fue su intento de encubrir lo que le faltaba: el amor de la mujer que tenía sentada delante.

—¿Así es cómo el libro llegó a tus manos? —quiso saber la escritora.

—Pues sí —confirmó él—. Bethany lo leía con tanto entusiasmo que le pregunté de qué iba. Ni te imaginas lo que sentí cuando leyó mi historia… nuestra historia. Creía que el corazón se me iba a salir del pecho.

Emily miró hacia abajo, suspiró y, poco después, alzó la cabeza para sostenerle la mirada. Mentiría si dijera que no le afectaba su presencia. Aunque lejanos, habían compartido muchos años que la habían marcado profundamente, para bien y para mal; habían dejado huella en el alma y contribuido a convertirla en la persona que era.

—No me sorprendí al descubrir que te habías convertido en una escritora de éxito, de hecho, me alegré muchísimo. ¡Naciste con el talento de crear otros mundos! ¿Cómo olvidar que, cuando éramos pequeños, me hablabas de personajes que vivían en tu cabeza, de hadas y duendes, de universos fantásticos…? Con el tiempo dejaste de hacerlo, aunque intuyo que nunca dejaste de crear.

—Intuyes bien. Desde que tengo uso de razón, mi cabeza siempre ha sido un hervidero de historias que convivían con la realidad, aunque no siempre me he animado a compartirlas con los demás. Un poco de locos, si lo piensas bien —bromeó.

—Una maravilla —aseguró él—. Tienes un don increíble, Milly. No sé si eres consciente de que tienes el poder de emocionar, de llegar al alma de la gente. Lo he sentido en mi propia piel, pero también he visto el efecto que tienes en mi hija.

Sin darse cuenta, después de decir todo lo que se habían guardado durante tantos años, se relajaron. La conversación fluía de manera natural, del mismo modo que cuando se veían cada día. Y es que media vida juntos no podía borrarse tan fácilmente.

—También es una gran responsabilidad… Me conformo con entretener a mis lectores, por esa razón escribo fantasía.

—Escribes sobre el amor —la corrigió.

—Lo que he dicho: escribo fantasía —repitió ella, desafiándolo con la mirada a que la contradijera.

Kyle prefirió pasar por alto el comentario. Era consciente de que la decepción que se había llevado por su culpa cuando era adolescente podía ser la culpable de que Emily afirmara con tanto convencimiento que el amor era solo una fantasía. Se odiaba por ello y se juró que haría todo lo que estuviera en sus manos para reparar el daño o, al menos, compensarlo.

—Me he enterado por tus redes sociales… Sí, admito que te busqué —se apresuró a confesar, avergonzado, cuando vio que ella alzaba una ceja—, pero en ese momento no me pareció correcto enviarte una solicitud de amistad o seguirte…

Emily se rio.

—¿Y ahora lo harás?

—Solo si te parece bien —respondió con seriedad.

Milly no respondió, solo sonrió mientras negaba con la cabeza, aunque no era una negativa a su petición de tener contacto a través de las redes sociales.

—Ibas a decirme algo —lo alentó a continuar.

—Sí, claro. Al buscarte por redes sociales —le guiñó un ojo para acompañar sus palabras y mantener el clima de cierta complicidad que habían logrado—, he descubierto que estás escribiendo una novela basada en la vida de tu abuela materna. Es un tema muy interesante y me alegro de que lo hagas. Tu abuela fue muy buena mujer y su historia, si no recuerdo mal, da para mucho.

—Es mi proyecto más ambicioso. El nombre de Malak le iba como anillo al dedo porque era un ángel, y me influyó muchísimo. Era tan dulce y tan sabia... Mi intención es rescatar las historias de su pueblo, sobre sus costumbres y cultura, las que me contaba cuando era pequeña. No quiero que se pierdan porque forman parte de mí; son mis raíces.

—¡Claro, Milly, es maravilloso! La recuerdo con mucho cariño. Cada vez que la visitábamos nos llenaba de dulces… ¿Cómo se llamaban esos que nos gustaban tanto? Los que sabían a almendras, que además iban bañados en miel y llevaban semillas de sésamo por encima.

Con una nitidez asombrosa, se acordó de cuando solían asaltar la bandeja plateada en la que su abuela Malak les servía la bollería. Siempre acababan con la cara y los dedos pegajosos por la miel. Sonrió de oreja a oreja.

—Se llamaba Chabbakia. Chebbakiya si lo dices en plural.

—¡Chabbakia, eso es! Recuerdo que tú también sabías hacerlos...

Emily asintió. Cuando estaba viva, su abuela siempre preparaba platos típicos, tanto dulces como salados, y le había enseñado varias recetas y secretos de la gastronomía marroquí. Antes de morir, consciente de que su nieta había mostrado gran interés por la cocina y que, además, había resultado ser una gran cocinera, le regaló un libro con todas esas recetas ancestrales. Era uno de sus mayores tesoros.

—Creo que deberíamos ir pidiendo la cuenta —señaló la escritora. La hora se les había pasado volando y, por el movimiento de los empleados, resultaba evidente que la cafetería estaba a punto de cerrar.

—Tienes razón —ratificó Kyle con pesar al comprobar la hora que era: casi las seis. Le hizo señas a una camarera antes de volver a centrarse en Emily—. ¿Podemos quedar otro día?

—Kyle…

—Milly, por favor. ¿Tan malo ha sido volver a verme?

—No es eso —murmuró desviando la mirada.

—¿Entonces?

Emily respiró hondo antes de responder.

—Solo voy a aceptar volver a verte si tienes claro que no es con fines románticos. No quiero que te crees falsas expectativas.

—¿Seríamos amigos?

—Solo amigos —expuso de forma rotunda.

—Acepto. No quiero perderte otra vez.

—¿Quieres darme tu número de teléfono y te apuntas el mío? —le preguntó ella, que se había puesto nerviosa de pronto. No lo admitiría nunca, pero sintió un leve cosquilleo en el estómago ante la perspectiva de retomar el contacto.

—¡Desde luego! —asintió él. Se sacó el móvil del bolsillo y abrió la agenda para añadir un nuevo contacto. Bajo el nombre «Milly», y con el corazón latiéndole a mil por hora, fue apuntando los números que ella le dictaba. Al terminar, levantó la cabeza para mirarla a los ojos—. Gracias —le dijo con extrema humildad. Sabía que ese acto tan simple, el de darle su número de teléfono, era su manera de decirle que le perdonaba todo el daño que le había hecho en el pasado.

Ella no fue capaz de responder. La intensidad con la que la miraba Kyle había despertado emociones pasadas y, al mismo tiempo, generado otras nuevas. Prefería no pensar en estas últimas. Fingiendo tranquilidad, sacó una libreta del bolso, la cual estaba llena de apuntes sobre su nueva novela. Abrió la cubierta colorida y buscó una página en blanco, donde se apuntó el número de Kyle. Mientras escribía las cuatro letras que formaban su nombre, creyó que el pulso no le respondería con firmeza. Por dentro, temblaba. Se dio prisa y lo volvió a guardar todo en el bolso.

Casi al mismo tiempo que Milly guardaba sus pertenencias, se acercó la camarera con la cuenta. Kyle lo pagó todo, aunque ella insistió en pagar su parte. Después, se levantaron y salieron fuera.

—Te llamo un día de estos —le dejó claras sus intenciones.

—De acuerdo —concedió ella—. Bueno… adiós.

—Adiós.

Se miraron una fracción de segundo. Kyle se acercó y, titubeantes y algo torpes, se despidieron con un beso en la mejilla. Cada uno se fue en una dirección diferente, aunque los dos lo hicieron pensando en el beso que acababan de darse.

4

Lunes, 6 de agosto de 2018

D