Nunca es tarde - Leanna Wilson - E-Book

Nunca es tarde E-Book

LEANNA WILSON

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Beschreibung

Luke Crandall sabía cómo tratar a una mujer, pero no tenía ni idea de qué hacer con la adorable cosita que lloraba a grito pelado en sus brazos. Así que necesitaba a alguien que lo ayudase. En la encantadora Sydney Reede encontró una mina de oro. Era capaz de cambiar un pañal en sólo dos segundos y hacer callar a la pequeña llorona. Y mientras las tareas de hacer mimos y cambiar pañales empezaban a convertirlos en una familia, los días de soltero de Luke pasaron a ser un lejano recuerdo. Pero una vez que ya se desenvolvía en el mundo infantil, ¿no había llegado el momento de probar el mundo del matrimonio...?

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Seitenzahl: 163

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos 8B

Planta 18

28036 Madrid

 

© 1999 Leanna Ellis

© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Nunca es tarde, n.º 1074- abril 2022

Título original: Babies, Rattles and Cribs... Oh, My!

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-1105-767-7

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

BEBÉS, sonajeros, cunas…

¡Ay, Dios! Sydney Reede se apretó el puente de la nariz. Tenía un dolor de cabeza insoportable. Se daría golpes contra la pared por haberse metido en ese lío. ¿Qué demonios hacía ella organizando esa fiesta pre-mamá?

Mientras se bajaba de su práctico Ford sedán, Sydney pensó que todo había sido culpa de Roxie. Si Roxie no se hubiera quedado embarazada… Si Roxie no se hubiese portado tan bien con ella cuando se trasladó a Dallas, entonces Sydney no se sentiría obligada a darle la fiesta. Si Roxie no fuese a dejar su puesto de trabajo libre cuando tuviese a su bebé, Sydney no estaría intentando hacer méritos para ascender un peldaño del escalafón de la empresa y así ocupar el puesto de su amiga. ¡Y no estaría yendo a casa de un extraño a clases de cocina!

¿Se había vuelto loca?

—A mí me encanta el baklava. Considéralo para la fiesta de Roxie. Es un maravilloso postre de tradición familiar —la mirada de Ellen, habitualmente dura, se había suavizado—. Mi madre solía hacerlo para las ocasiones especiales.

Sydney siguió la receta de un libro de cocina, con la esperanza de satisfacer el paladar de su jefa y que le ofreciese el puesto de Roxie.

Pero su confianza se había desinflado como un mal soufflé cuando sacó del horno su primer baklava. Parecía una erupción volcánica, dura como una piedra, y sabía a ceniza.

Su jefa no era la única que había hecho peticiones especiales. Roxie, la futura mamá, había optado por un soufflé de chocolate, y la vicepresidenta de la empresa había sugerido una crème brûlée.

Después de malgastar un fin de semana entero probando una receta tras otra, haciendo una chapuza, Sydney se había arrancado el delantal lleno de harina y había llamado por teléfono a Roxie. Ella había empezado aquello, así que tendría que sacarla del apuro.

El calor achicharrante de Texas le rizaba el cabello en la nuca, y Sydney se alisó con la mano la corta melena que se había dejado hacía un año, tras su divorcio. Cerrando el coche de un portazo, se colgó una bolsa llena de libros del hombro y se encaminó hacia la casa de ladrillo de la esquina. El calor parecía ahogar cualquier ruido en el barrio, donde los altos robles formaban una bóveda sobre la calle. Sydney se preguntó qué clase de hombre vivía en una zona tan pintoresca. No sabía nada de Luke Crandall, excepto que había ganado varios premios por sus habilidades culinarias, y que era propietario de un restaurante en Dallas. Había aceptado ir a verlo sólo por desesperación. Recordaba el hormigueo que su voz ronca y grave le había producido en la piel cuando habían fijado la hora para su clase de cocina.

Cuando llegó a la puerta, dejó la pesada bolsa a sus pies, irguió los hombros y respiró hondo para calmar sus nervios. Buscó el timbre, esperando que Luke Crandall pudiera ayudarla.

Antes de llegar a apretar el botón, la puerta se abrió de golpe. Sobresaltada, Sydney ahogó un grito y retrocedió. El hombre que había en el umbral de la puerta la había dejado literalmente sin respiración.

—No toques el timbre.

Su voz sonó baja, apremiante, casi desesperada. Sus ojos parecían enloquecidos. A Sydney casi se le detuvo el corazón.

Ése no podía ser el hombre al que Roxie la había enviado. Parecía capaz de todo, incluido el asesinato, menos de preparar un delicado postre francés. Sus manos eran demasiado grandes y fuertes, más propias de manejar un hacha que un cubierto.

—¿Señor Crandall? —preguntó Sydney, parpadeando ante la intensidad de sus ojos enrojecidos, que le quemaban la piel como una llama.

—Luke —dijo él con la voz baja y áspera.

Una chispa de algo que ella no quería reconocer le recorrió la espalda. No se había equivocado de hombre. Pero eso no la tranquilizaba.

Tal vez porque no encajaba en lo que ella se había imaginado. Un chef demasiado gordo de tanto probar salsas, como un entrañable oso de peluche. Ese hombre parecía más un oso pardo, con una barba incipiente que acentuaba su poderosa mandíbula cuadrada. Su pelo castaño ondulado estaba completamente alborotado como si acabase de luchar con un león. Sus fuertes músculos se estiraban y flexionaban con el más ligero movimiento bajo una simple camiseta que le hacía parecer demasiado sexy para un chef… y demasiado peligroso para ella.

Con mirada cautelosa, Sydney recorrió su cuerpo, desde esos anchos hombros hasta la estrecha cintura y las caderas. Los pantalones vaqueros desteñidos que llevaba estaban deshilachados por abajo, donde rozaban sus pies descalzos. Fue tal la impresión que le causó, que se tambaleó sobre sus zapatos de tacón.

—¿Señorita Reede?

Ella se apresuró a levantar la mirada, tragando saliva, y asintió con la cabeza.

—Sydney —dijo con un pitido en la voz—. ¿He llegado en un mal momento? Pensaba que habíamos dicho a las dos.

—¿Ya son las dos? —dijo él, frotándose la mejilla con la mano.

—Sí.

—Me he despertado al oír la puerta de un coche. Cuando he visto que te aproximabas a la casa, he pensado que… —la miró de arriba abajo, y ella se estremeció—. Por tu aspecto, he pensado que vendías algo.

—No exactamente —dijo ella, estirándose el traje de chaqueta y retrocediendo inconscientemente—. Si quiere, puedo volver más tarde…

—No, ahora está bien —él volvió a bajar la voz—. No suelo dormir a estas horas, pero esta noche casi no he dormido —se encogió de hombros como si eso explicase todo—. Vamos, pasa.

Él abrió la puerta de par en par.

Sydney no se movió. Había algo que no cuadraba allí. Ese hombre era amigo de Roxie, pero su instinto femenino le advertía que Luke Crandall era más peligroso de lo que podía imaginar.

—¿Cerró ayer muy tarde el restaurante?

—No. Emily no me ha dejado dormir —frunció el ceño—. Una vez más.

Sydney apretó los labios. Roxie no había mencionado ninguna esposa o novia, pero a ella no le importaba su vida privada.

—Tal vez sea mejor que vuelva luego.

—No.

La agarró por la muñeca como una tenaza de acero, y a Sydney se le aceleró el corazón al sentir el contacto de sus dedos en la piel.

—Suélteme —dijo ella, intentando que su voz sonase más fuerte de lo que le permitían sus temblorosas rodillas.

—Te necesito.

Su voz quebrada derrumbó las defensas de Sydney. Miró sus ojos oscuros, casi negros y sintió como si se la tragasen. Una cálida calma la invadió y, cuando la soltó, ella se quedó inmóvil. Su mirada la había embelesado.

Él parpadeó y retrocedió, como si de pronto se hubiese dado cuenta de lo que había hecho.

—Lo siento. Roxie me dijo que podrías ayudarme.

—No con su vida personal. Soy contable, no consejera.

Una vez más, la recorrió con una mirada que la abrasó.

—No pareces un contable.

Ella se cruzó de brazos.

—Las apariencias engañan. Usted tampoco parece un chef.

—¿Qué esperabas? ¿Que llevase gorro y delantal?

Si Sydney había pensado antes que ese hombre era sexy, se había equivocado. Cuando sonrió, su rostro se iluminó y sus ojos brillaron con una calidez que traspasó el escudo que ella había levantado en torno a su corazón. Sus dientes blancos resplandecieron en contraste con la incipiente barba que cubría su mandíbula. Tenía una boca ancha y generosa que la hizo pensar en besos robados, y se ruborizó.

Él se rió, con una risa sonora que retumbó en el techo de la entrada. De pronto encorvó los hombros como si el sonido le hubiese hecho daño, y maldijo algo entre dientes.

—Ahí viene. Uno —sacó un dedo hacia ella—. Dos —añadió otro dedo—. Tres —cerró los ojos, apretándolos.

Se oyó un llanto en alguna parte de la casa, el llanto de un bebé que cada vez se hacía más agudo, destrozándole los nervios a Sydney.

—Pasa —dijo él, retrocediendo, hasta que echó a correr—. Vuelvo enseguida.

Desapareció en la oscuridad de su casa, aporreando el suelo de madera con sus pies descalzos.

Atónita, Sydney se quedó en el porche. El llanto del bebé llenaba su mente, perforando las paredes de su corazón. Creía que había dejado todo aquello atrás.

Había aprendido la dura lección de que sólo en el trabajo le cuadraban las cuentas. En la vida real, su saldo deudor excedía en mucho a su saldo acreedor. Para una contable eso era inaceptable. Para su corazón de mujer la vida le parecía injusta. Decidida a cuadrar las cuentas, había iniciado una nueva vida. Había decidido tener lo que la mayoría de las mujeres con familia e hijos no podía: una carrera profesional. Iba a ascender por el escalafón de la empresa hasta donde llegase. Nada la detendría.

Sintiéndose más calmada, vio a Luke que aparecía por la esquina, con un bebé regordete en los brazos. La pequeña, vestida con un pichi floreado, tenía los calculadores ojos oscuros de su padre y el mismo cabello castaño ondulado. Había dejado de llorar, y gorjeaba de placer. Al ver a ese hombre gigante pasarse al inquieto bebé de un hombro a otro, con una sonrisa de felicidad que se reflejaba en sus ojos, Sydney sintió un dolor en el corazón tan intenso que casi le flaquearon las piernas.

—Ésta es Emily. Roxie me dijo que podrías darme algunos consejos sobre niños si yo te ayudaba con la cocina.

A Sydney se le hizo un nudo en la garganta, y tragó saliva.

—¿Eso dijo?

—Creía que te lo había explicado todo.

Recogiendo la bolsa de libros de cocina, Sydney dijo en un tono formal y cortante:

—Lo siento, señor Crandall, ha habido un mal entendido —se sentía completamente atontada—. No puedo ayudarle con su bebé.

Él frunció el ceño, y dejó de sonreír.

—¿No ayudaste a criar a tus hermanos pequeños? Roxie dijo que…

—Mire, señor Crandall…

—Luke —dijo él, moviendo a su hija en los brazos de arriba abajo—. Y no me llames de usted, por favor.

—Luke —le tembló la voz—. No… no sé lo que te habrá contado Roxie, pero…

—Me dijo que conocías a los niños.

—En el pasado, sí. Pe… pero hace mucho tiempo de eso.

Sydney recordó el dulce aroma de su hermanita cuando la tenía en brazos, y los cariñosos abrazos de sus hermanos pequeños, y le flaqueó la determinación.

—Mis hermanos ya son mayores.

—¿No puedes ayudarme? ¿Qué voy a hacer ahora?

La desesperación de su voz y el dolor de su mirada, minaron los intentos de Sydney por reafirmar su postura. Además, si no lo ayudaba, él tampoco la ayudaría a ella. Y no le quedaba mucho tiempo.

Dio un paso adelante con decisión. Haría lo que tuviese que hacer y después volvería a su vida de siempre… sola.

—Veré lo que puedo hacer.

 

 

Luke Crandall sintió como si un caballero llegase a su rescate. El alivio lo invadió.

Balanceando en sus hombros a Emily, que emitía cantarines ruiditos, hizo pasar a Sydney a su casa, que parecía arrasada por un tornado.

—¿Y no te contó Roxie nada sobre Emily?

Luke miró a la mujer intentando ignorar el gesto tentador de sus labios rosas. Pero lo que no pudo ignorar fue cómo se le aceleró el pulso. En sus grandes ojos azules, tan azules como el cielo de Texas un día de verano, vio una cálida determinación que lo sedujo como el calor del sol.

—No —la voz de Sydney se había suavizado—. ¿Qué se suponía que tenía que contarme?

—Nada realmente. Pensé que te había explicado esta… emergencia.

—Yo no soy una niñera —dijo ella con naturalidad.

—No, no es eso —aclaró él—. Verás, la madre de Emily… Sheila… mi ex-novia… bueno, no estamos casados. Tuvo a Emily hace diez meses.

—Eso no constituye una emergencia hoy en día, señor…

—Luke. La emergencia es… que yo no sabía nada de la niña. Hasta la semana pasada. Sheila decidió tener el bebé sola.

—¿Por qué? —preguntó Sydney.

Él se encogió de hombros. Como hijo de un hogar roto, sabía lo importante que era la familia. Sabía lo doloroso que era no tener padre, y una madre demasiado absorta en sí misma. Sheila nunca había estado interesada en el matrimonio. La había conocido en Dallas, en un viaje de negocios. A ella le gustaba su independencia, y sobretodo la distancia.

Posó la mirada en Sydney, con su traje de lino color crudo y su blusa formal, y le pareció del mismo tipo.

—La madre de Emily es una mujer de carrera, como tú. En continuo ascenso. Yo mismo estoy sorprendido de que tuviese el bebé.

—Lo que quiero decir —dijo Sydney lentamente mientras sus ojos azules se tornaban fríos como un cielo invernal—, es por qué no contactó con… el padre.

—Te estás preguntando cómo sé que Em es mía —dijo él con una sonrisa de complicidad—. A parte de que Sheila es una de las personas más honestas que conozco, Em se parece demasiado a mí como para negarlo —giró a la niña en su hombro y acercó su mejilla a la carita de su hija con orgullo de padre—. ¿No crees?

Algo ensombreció los ojos de Sydney.

—Sí.

—Y mira esto.

Luke se giró sobre sus talones descalzos y tomó una pequeña fotografía en blanco y negro de la repisa de la chimenea. El parecido era asombroso.

Sydney asintió con la cabeza.

—Supongo que ése es tu trasero al aire.

Él se sintió abochornado, y vulnerable.

—Bueno —dijo como si nada—, si te ofreces a cambiar el pañal de Em, puedes comprobar el parecido tú misma.

—Cambiar pañales es una de las obligaciones de un padre —dijo ella en un tono formal—. Necesitas practicar.

La boca de Sydney se curvó en una media sonrisa deliciosa que suscitó en Luke el pensamiento de besos tiernos y lentos, que endurecieron su cuerpo.

Emily chilló, y se reprendió a sí mismo por desatender a su hija con esos pensamientos.

Enganchándola por la cintura con el brazo, se la puso sobre la cadera y le acarició la naricita con el dedo índice.

—Físicamente puede parecerse a mí —dejó la fotografía sobre la repisa de la chimenea—, pero me temo que en lo demás es como su madre. Le gusta pasarse media noche despierta y despertarse al amanecer. Y es muy melindrosa con la comida. En eso no es como yo en absoluto.

—Creía que los chefs eran muy particulares con lo que comían —le cuestionó Sydney.

—Me gusta la comida —dijo él, poniendo barreras rápidamente contra ella, por el bien de su hija—. Toda clase de comida. A Em sólo le gusta el queso y las ciruelas.

—¿No te habló nada su madre de eso?

—Sí, se toma un biberón dos veces al día, pero odia los cereales, y no come la mitad de las cosas que Sheila me dijo. Le he hecho un pastel de manzana, que es la especialidad de mi restaurante, pero me lo ha despreciado.

—Probablemente esté un poco desorientada —le explicó Sydney—. Su mundo se ha trastocado totalmente. Es cuestión de tiempo.

—Claro, tienes razón —dijo él, sentándose en el brazo del sofá y poniendo a la niña sobre su muslo, que empezó a dar pataditas en el aire con regocijo—. Sheila no dedicó mucho tiempo a explicarme las cosas. Casi se fue en el mismo avión en el que vino.

—Eso es terrible.

Él se encogió de hombros.

—Me tocaba a mí. Dijo que ella ya había hecho su parte. Y me dejó a Emily con los papeles de la custodia firmados y sellados.

—¿Nunca pensaste en la posibilidad de casarte? —preguntó ella.

Sorprendido de su comentario, él sacudió la cabeza.

—No con alguien a quien no amo. Sheila siente lo mismo. Un matrimonio sin amor no merece la pena.

Un leve movimiento de las cejas de Sydney reflejó su desaprobación, pero la expresión de su rostro se mantuvo inalterable. Luke no sabía si se trataba de su cara en forma de corazón, el brillo de su pelo que acentuaba sus delicadas facciones o sus vivos ojos azules que relucían como zafiros… pero había algo en ella que le agarrotaba el estómago.

La mirada de Sydney se posó en su hija, y algo en sus ojos se oscureció.

—¿Cuánto hace que tienes a Emily?

—Una semana.

Cuando la niña gorjeaba, él la mecía de arriba abajo como había visto en las películas. La sonrisa de su hija hacía que se le derritiese el corazón. Su hija. Jamás se había imaginado que pudiese sentir esa protectora conexión con alguien. Podía pasar horas mirando sus deditos enroscados en los suyos, su boquita chupando un biberón. Por un momento, el peso de la responsabilidad desapareció y dejó volar su corazón.

—Parece sana y feliz. ¿Qué más puedes pedir?

Sydney apretaba la bolsa contra su estómago, con los nudillos blancos, y retrocedió como dirigiéndose a la puerta. A Luke se le aceleró el pulso. Dejó a Emily en el corralito y, pasándose los dedos por el pelo, bloqueó la posible ruta de escape de Sydney.

—Necesito ayuda, Sydney —dijo él honestamente, desesperadamente—. No sé qué estoy haciendo. No estoy preparado para cambiar pañales, o dar biberones a media noche. ¡Tengo treinta y cinco años, por todos los santos! Estoy demasiado hecho a mis hábitos, y siempre he sido un irresponsable —la miró de reojo—. Eso me han dicho siempre las chicas con las que he salido.

—Pero no la madre de Emily, ¿verdad?

Luke se apretó los ojos con la base de las manos, y deseó poder volver a la cama. No había podido dormir una noche entera desde que llegó Emily.

Como por acto reflejo, su hija empezó a llorar, agitando sus puñitos en el aire. El dolor de cabeza volvió a hacer acto de presencia, minando su paciencia.

—¿Cómo demonios se supone que debo aprender esto? No sé lo que quiere… o lo que necesita. ¡Si pudiese hablar!

—Quiere su cordero —dijo ella, sonriendo.

Él se quedó mirándola, estupefacto.

Sydney se agachó, tomó un cordero de peluche del suelo y se lo puso a Emily en los brazos.

—¿Lo ves? Ya está contenta.

—Sabía que Roxie tenía razón. Conoces a los niños.

Ella entornó los ojos.

—Eso no requería mucho conocimiento.

—Pero criaste a tus hermanos, ¿no es cierto?

—Ayudé a criarlos —Sydney miró a Emily de soslayo—. Tenía nueve años cuando murió mi madre. Mi hermana, Jennie, era más pequeña que tu hija. Y mis traviesos hermanos todavía llevaban pantalones cortos.

Luke deseó haber tenido hermanos. No sabía nada de bebés.