Tres besos - Leanna Wilson - E-Book
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Tres besos E-Book

LEANNA WILSON

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Beschreibung

Cuando Matt Cutter, el soltero más cotizado de Texas, le pidió a Brooke que se casara con él, esta aceptó. Aunque Brooke nunca había pensado que realizaría un matrimonio de conveniencia, la promesa de Matt de donar un millón de dólares al orfanato en que trabajaba resultó demasiado tentadora. La abuela de Matt descansaría en paz sabiendo que su nieto iba a casarse. Además, actuar como una mujer enamorada de Matt resultaba sorprendentemente fácil... Pero, de algún modo, su simulado cortejo llegó a convertirse en una auténtica relación cargada de emociones y ternura. Sin embargo, casarse por los motivos equivocados podía estropearlo todo...

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Seitenzahl: 192

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2000 Leanna Ellis

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Tres besos, n.º 1189- marzo 2021

Título original: The Third Kiss

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.:978-84-1375-133-7

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

PIENSAS alguna vez en cuánto te facilitaría la vida encontrar a tu Príncipe Azul? —preguntó Peggy mientras rozaba distraídamente la acera con la suela de su bota.

—No —contestó Brooke Watson, sin el más mínimo asomo de duda—. Pero no me vendría mal un hada madrina y un poco de su magia —no para encontrar un marido, sino para conseguir un milagro para uno de sus pequeños pacientes. Hacía años que había decidido que los hombres solo servían para complicarle la vida.

Había visto demasiados matrimonios con problemas durante el ejercicio de su profesión como psicólogo infantil. Por no mencionar la afición de su madre por coleccionar maridos tal y como sus jóvenes clientes coleccionaban e intercambiaban cromos.

—A mí tampoco me vendría mal un poco de magia para terminar de pagar mis créditos. ¡Oh, mira! ¡Otras rebajas! —Peggy tomó a su amiga del brazo y tiró de ella hacia Cutter’s Western Wear.

Era la tienda de ropa vaquera más antigua de San Antonio. La historia de la familia Cutter se remontaba hasta los tiempos del Álamo. Su apellido aparecía constantemente tanto en las páginas de negocios como en las crónicas de sociedad de periódicos y revistas, sobre todo en relación con el atractivo heredero y director ejecutivo de la empresa familiar. Brooke no recordaba cómo se llamaba, ni quería hacerlo. No sentía el más mínimo interés por los hombres ricos y mal criados. Tenía cosas más importantes de las que ocuparse.

—Última parada —dijo con firmeza antes de seguir a su amiga al interior de la tienda—. Luego tengo que volver a casa.

—¿A trabajar? —protestó Peggy.

No se trataba tan solo de trabajo. Brooke estaba comprometida a ayudar a los niños que tenía bajo su cuidado.

Una mujer pasó junto a ella sin ningún miramiento y la golpeó con el codo. Brooke movió la cabeza con gesto paciente. En aquellas rebajas debía haber auténticas gangas, pensó.

Peggy la miró por encima del hombro.

—Puede que encuentres unos nuevos vaqueros.

—¿Qué tienen de malo los míos? —Brooke miró sus gastados Wrangler. Algunos de sus pacientes ni siquiera tenían ropa propia—. He tardado varios años en ablandar estos.

Pasó al interior de la tienda y, de pronto, se creó una auténtica conmoción a su alrededor. Un montón de sirenas se pusieron a ulular a la vez que una banda de mariachis con sus estridentes trompetas rompía a interpretar una animada melodía. ¿Qué diablos estaba pasando allí?

Brooke titubeó un momento, pero siguió avanzando, empujada por la multitud. Un coro de gritos de ánimo y aplausos surgió de la multitud que abarrotaba la tienda. Brooke vio un montón de globos de colores y confeti cayendo a su alrededor. Los escaparates y los techos estaban adornados con guirnaldas y colgantes de brillantes colores.

Parpadeó, desconcertada. ¿Qué era aquello? ¿Una fiesta sorpresa? ¿Habría entrado tras ella el invitado de honor? Debía tratarse de alguien famoso. Tal vez del propio director de las empresas Cutter.

Se volvió para mirar, pero no vio a nadie conocido. Decidiendo que había llegado el momento de irse, buscó con la mirada a Peggy.

Su amiga se hallaba a unos metros de ella. Había dejado caer al suelo los paquetes de las compras que había hecho y la miraba con una expresión mezcla de sorpresa y satisfacción.

—¡Lo has hecho! ¡Eres la elegida, Brooke!

—¿Qué he hecho? —¿habría hecho saltar involuntariamente alguna nueva y sofisticada alarma? Pero ni siquiera había podido comprar nada todavía.

Como si se tratara del mar rojo, la multitud que la rodeaba se apartó a los lados. Un hombre alto, con un Stetson negro que sombreaba sus ojos, de un color azul oscuro intenso, avanzó en su dirección. Brooke reconoció al instante al famoso Cutter.

Había visto su foto a menudo en la televisión y en los periódicos desde que se había hecho cargo de la empresa familiar. Era el orgullo de la familia, el Príncipe Azul de San Antonio, la fantasía secreta de toda mujer.

Excepto de ella, por supuesto.

Pero debía reconocer que era incluso más sexy y viril en persona que en las fotos. La intensa energía que emanaba de él atraía la atención de todo el mundo, incluyendo la de ella.

De pronto, Brooke notó que su penetrante e inquietante mirada estaba enfocada en ella. Se detuvo a un metro escaso de distancia, le dedicó una sonrisa demoledora, se quitó el sombrero, dejando expuesto un pelo negro y ondulado… ¡y alargó su mano hacia ella!

—Bienvenida a Cutter’s —su voz sonó tan profunda y rica como sus acaudalados bolsillos—. Soy Matt Cutter.

Aturdida por el sonido de la música y por el caos que la rodeaba, el cerebro de Booker empezó a funcionar con el piloto automático. Estrechó la mano que le ofrecía. Pero no hubo nada mecánico o vulgar en la calidez de la palma de la mano de Matt Cutter presionada contra la suya, en la fuerza de los dedos que la rodeaban ni en la descarga eléctrica que la hizo salir de su trance. Sus sentidos se agudizaron y bloquearon el ruido y la confusión que la envolvía. Confiado y seguro de sí mismo, Matt Cutter ocupó el centro de la escena sin el más mínimo titubeo. Su mirada era tan intensa como un foco.

El pulso de Brooke se aceleró locamente en respuesta. Se fijó en el modo en que su camisa vaquera y sus pantalones acentuaban sus anchos hombros, su esbelto torso, sus estrechas caderas y sus largas y musculosas piernas. Por un instante, su cerebro registró que los vaqueros que vestía estaban ligeramente desteñidos y que la costura de su bragueta estaba ligeramente deshilachada. Una intensa conciencia de sí misma le hizo ruborizarse.

—¿Suele dar la bienvenida a todos sus clientes con tanta fanfarria? —preguntó.

—Normalmente no —dijo él—, pero hoy hemos decidido hacer una excepción por usted.

La forma en que enfatizó la última palabra hizo que su explicación resultara especialmente íntima, y el estómago de Brooke se encogió. Casi estuvo a punto de creer que la había estado esperando.

«¡Has perdido la cabeza, Brooke!¡Esta vez la has perdido del todo»!

Apoyó una mano en su estómago y agitó la cabeza para librarse del extraño influjo que ejercía aquel hombre sobre ella. Podía resistirlo. Como a todos los hombres que había conocido. El Príncipe Azul solo era un mito, una fantasía femenina creada para compensar la impotencia que tan a menudo solían sentir las mujeres. Pero ella no se sentía impotente.

Además, el Príncipe Azul nunca había llevado un Stetson.

—Es nuestra cliente un millón —dijo Matt Cutter mientras un montón de cámaras destellaban a su alrededor—. Felicidades.

—Pero no he comprado nada —protestó Brooke, deseando que apareciera de pronto su hada madrina, moviera su varita mágica y la hiciera desaparecer. La repentina atención a la que se estaba viendo sometida le estaba haciendo retorcerse por dentro. Aunque también era posible que aquella sensación se debiera a la presencia de Matt Cutter. Pero se negaba a aceptar aquella posibilidad.

—No hace falta que compre nada. Es la millonésima cliente que entra en nuestra tienda.

Brooke sintió que el rostro le ardía como solía hacerlo cuando su madre le hacía asistir siendo una adolescente a aquellos absurdos bailes de debutante.

La multitud parecía estar mirándola directamente. O envidiándola, pensó, mientras veía cómo se empujaban algunas mujeres para ver más de cerca a Matt Cutter. Trató de ignorar su propia reacción ante sus carismáticos ojos y marcadas facciones.

—Pero se supone que un cliente debe comprar algo —protestó—. Yo no tenía intención de…

—No hacía falta —interrumpió él, acercándose aún más.

—¿Por qué no elige a alguna otra persona?

Decenas de manos se alzaron al instante en el aire y las mujeres que los rodeaban se pusieron a gritar.

—¡A mí! ¡A mí! ¡Elígeme a mí!

Matt negó con la cabeza.

—Usted es la elegida.

—No quiero ser la elegida —¡ni la de él, ni la de nadie!

—No tenemos alternativa —la mirada de Matt adquirió un matiz levemente cortante, y Brooke tuvo la sensación de que habría preferido elegir a cualquier otra clienta. Ella no era la clase de mujer adecuada para aparecer en las portadas de las revistas. Era una chica normal y corriente, sencilla… y difícil.

Peggy tiró de su brazo.

—¡Tu madre va a alucinar!

—Lo único que haría feliz a mi madre sería que me presentara a verla con un marido. Supongo que no tiene ningún marido en venta, ¿no, señor Cutter?

—Puede que su madre también se quede impresionada con otros premios —dijo Matt, y enlazó su brazo con el de ella. Cuando la atrajo hacia su costado, Brooke se sintió tan caliente como una oleada de aire de Texas.

Aquel hombre le hacía sentirse débil, frágil e increíblemente femenina. Se reveló contra aquel pensamiento y trató de apartarse de él, pero no lo logró.

—No discuta —susurró Matt en tono imperativo. Sonrió en dirección a las cámaras mientras subía con Brooke unas escaleras que llevaban a una plataforma que se hallaba en medio de la tienda—. Es la ganadora, y punto.

Pero ella no quería ganar. No necesitaba nada. No cuando otros necesitaban tanto. Los rostros de los niños con los que había trabajado a lo largo de los años invadieron su mente.

—Vamos —dijo él, en un tono que no admitía réplica, y se volvió hacia la audiencia sin soltar a Brooke, como si temiera que fuera a escapar en cualquier momento.

Irritada, ella decidió en aquel instante que Matt Cutter podía ser atractivo y sexy, pero también era un hombre arrogante, dominante y avasallador.

—¡Buenas tardes! —Matt habló frente al micrófono y su poderosa voz resonó por toda la tienda—. Cutter’s Western Wear está orgullosa de anunciar que acaba de recibir a su cliente número un millón.

La multitud volvió a gritar de entusiasmo y las cámaras volvieron a destellar ante Brooke.

Matt volvió la mirada hacia ella.

—Díganos su nombre, señorita…

Brooke se planteó la posibilidad de dar otro nombre. Tal vez incluso el de Peggy. No podía imaginar qué pensarían sus pacientes de algo así. Su psicóloga apareciendo en los titulares de periódicos y revistas. Pero, si no otra cosa, era una persona sincera, de manera que contestó:

—Brooke. Brooke Watson.

—Bien, Brooke —dijo Matt Cutter, a la vez que pasaba una mano en torno a su cintura y la atraía hacia sí con firmeza—. Hoy es su día de suerte.

Brooke se preguntó si realmente tendría un hada madrina que se había excedido con su magia.

 

 

¡Matt Cutter nunca había conocido a una mujer más exasperante!

Reconocía que Brooke Watson tenía unos cálidos ojos marrones y un cuerpo que podía poner en órbita las hormonas de cualquier hombre al que le circulara sangre por las venas, pero, ¿qué clase de mujer podía resistirse a todo lo que él… o, más bien, su tienda, tenía que ofrecer? Esperaba que su clienta número un millón se deshiciera en palabras de agradecimiento, que se ruborizara, tal vez incluso que se arrojara entre sus brazos. Pero no esperaba la fría reticencia y la testaruda resistencia de aquella mujer.

Y, desde luego, no esperaba sentirse atraído por ella.

—No puedo aceptarlo —repitió Brooke, y se apartó de él y del micrófono.

Matt frunció el ceño. Tal vez no le había entendido.

—Es un suministro de vaqueros para toda la vida.

—No necesito vaqueros. Me gustan los que tengo.

Matt tuvo que admitir que los vaqueros que llevaba le daban un aspecto muy sexy. Ceñían sus caderas y muslos en un íntimo abrazo, acariciando cada una de sus femeninas curvas. Deslizó una mirada apreciativa por la esbelta morena.

—Pero esos no le durarán siempre.

Brooke se encogió de hombros.

—Durarán más que algunas cosas.

Matt se preguntó qué diablos habría querido decir con eso.

—Si no le queda más remedio que regalar un suministro de vaqueros para toda la vida —continuó ella—, me gustaría elegir a quién quiero dárselo.

Deslizó la mirada por la multitud. Todos se volvieron locos, gritando y saltando, moviendo la mano para llamar su atención. Entonces Brooke sonrió, sonrió de verdad por primera vez desde que Matt la había conocido. Y su sonrisa le produjo una extraña sensación en el estómago.

—El surtido de vaqueros va para… esa mujer que está ahí delante. Peggy Simmons.

La pelirroja alzó los brazos como Rocky tras ganar el campeonato y giró sobre sí misma, alborozada.

Matt apretó los dientes. ¿Qué iba a hacer? Brooke se había desprendido de su regalo como si estuviera limpiando su armario de ropa vieja. ¿Qué le sucedía? ¿Qué mujer rechazaba un regalo de ropa? Era posible que no usara vaqueros lo suficiente como para justificar un surtido para toda la vida. De acuerdo. Pero no podría resistirse al siguiente regalo.

—Ha sido un detalle muy generoso por su parte, Brooke —dijo junto al micrófono, consciente de las cámaras y de las grabadoras de los reporteros. Tal vez, el ambiente de circo generado por Brooke serviría para unos buenos titulares—. Y ahora, para el siguiente regalo tendrá que sentarse aquí.

—Pero yo no…

—Siéntese —ordenó Matt, como si estuviera hablando con su perro Dodger, y colocó el micrófono a su espalda.

Brooke cerró la boca y le dedicó una mirada iracunda.

Tal vez aquel no era el modo adecuado de abordar a aquella mujer. Matt le tocó el brazo con delicadeza, a pesar de que quería agarrárselo con fuerza.

—No nos llevará mucho tiempo, y no voy a hacerle daño —dijo, con toda la suavidad de que fue capaz—. Lo prometo.

—No le tengo ningún miedo.

Matt apretó los dientes y se acercó a ella, retándola a atreverse a no dar un paso hacia la silla.

—Eso es, señorita Watson. Tiene que sentarse ahí.

—Doctora —corrigió Brooke, secamente—. Doctora Watson.

De manera que era doctora. Se notaba. Percibía muchas cosas en aquella mujer, y algunas no le gustaban especialmente. Pero veía otras que sí, como el tono rosa intenso de sus labios, su nariz ligeramente respingona, la expresión desafiante de sus ojos castaños. Y le gustaba sobre todo su modo de no echarse atrás. Se mantenía firme en su terreno, no como tantas otras mujeres que había conocido y que habrían estado dispuestas a hacer cualquier cosa por satisfacerlo. Tal vez eso era lo que lo atraía de ella. ¡Pero eso era absurdo! Porque aquella fastidiosa mujer lo sacaba de quicio.

Se mantenía firme y quieta frente a él. De hecho, sus pechos rozaban levemente el suyo y le estaba costando verdaderos esfuerzos ignorar el modo en que aquel roce le estaba afectando. Tratando de no pensarlo, siguió avanzando. Ella cedió un centímetro, luego otro.

Caminaron así por la plataforma hasta que Brooke topó de espaldas con la silla y cayó en ella.

—Perfecto —Matt suspiró, aliviado al verse libre del contacto con aquel cuerpo tentador y de las imágenes que empezaba a tener de sí mismo abrazándolo. Pero no podía permitir que escapara. No hasta haber acabado con ella. Hasta haberle dado todo lo que se merecía. Todos los regalos que le correspondían por ser la cliente número un millón de la tienda. Sin retirar la mano de su brazo, miró por encima del hombro a su secretaria para que le llevara el siguiente regalo.

—Este es un regalo muy codiciado, doctora Watson —dijo, indicándole sutilmente con su tono de voz que no toleraría que se desprendiera de él como del anterior. Alzó el micrófono y anunció—: El siguiente regalo para nuestra valiosa clienta consiste en un par de exclusivas botas fabricadas aquí, en Cutter’s.

Un satisfactorio «aaah» surgió de la multitud. Matt se arrodilló junto a la silla, guiñó un ojo a Brooke y a continuación le quitó una de las zapatillas de deportes que calzaba. La tiró despreocupadamente por encima de su hombro y aterrizó con un golpe seco sobre la plataforma.

—¡Hey! Devuélvame mi zapato —Brooke alargó una mano para recogerlo y él se la sujetó.

—Voy a darle algo mejor que esa vieja zapatilla, doctora —Matt dejó el micrófono en el suelo para que no se les oyera y a continuación apoyó el pie descalzo de Brooke contra su muslo.

Ella abrió sus ojos de par en par. Él sintió que su interior se incendiaba. Un sorprendente calor pareció fundirlos. O tal vez era solo su imaginación. Tal vez se debía a los destellos de las cámaras. Tal vez la multitud estaba demasiado cerca.

Evidentemente, tocar a Brooke había sido un error.

—Me gusta mi zapatilla —dijo ella entre dientes—. Suélteme el pie.

—Solo voy a medirlo.

—Pues mida el de otra. Deje que elija…

—No —espetó Matt, irritado.

¿Por qué había tenido que tocarle a ella ser la cliente un millón? Brooke trató de retirar el pie, pero él lo retuvo con firmeza hasta que ella hizo una mueca de dolor. Entonces Matt se sintió culpable. Rodeó con ambas manos el pie y acarició la parte dañada. Sintió sus delicados huesos bajo el calcetín, su calidez. Ella se relajó lentamente. Las pupilas de sus ojos se dilataron.

—Lo siento —Matt tuvo que hacer un esfuerzo para dejar de masajearle el pie y seguir adelante con la ceremonia—. Y ahora estese quieta. Esto solo nos llevará un momento —a continuación deslizó la cuña de medir entre la planta del pie de Brooke y su muslo—. Un treinta y ocho justo, pero muy estrecho —midió la longitud desde el tobillo hasta lo alto de la pantorrilla. Sintió que ella temblaba—. Sus botas estarán listas en seis semanas, señorita… doctora. ¿De qué color le gustaría que fueran? ¿Blancas, para ir a juego con su bata de doctora?

—No soy esa clase de doctora.

Matt alzó una ceja.

—¿Es profesora en alguna universidad?

—Soy psicóloga.

Problemas seguros.

—En ese caso, ¿qué tal el negro para combinar con las almas atribuladas?

—O para el ojo morado que va a tener de aquí a un rato si no me suelta el pie de una vez.

Matt rio. No había duda de que aquella mujer era toda una guerrera. Le soltó bruscamente el pie y se levantó.

Aunque temía sacar el gran premio, no le quedaba otro remedio que hacerlo. Todo había sido organizado al milímetro, y ya era demasiado tarde para cambiar las cosas. Al ver que ya se acercaba hacia ellos como una carroza en un desfile, tomó de nuevo el micrófono.

—Y ahora, señoras y señores, aquí llega el gran premio —Matt miró a Brooke mientras sacaba unas llaves del bolsillo de su chaqueta—. ¡Un deportivo descapotable!

La multitud enloqueció mientras el coche de dos plazas avanzaba hacia el frente de la plataforma. Brooke dejó caer su zapatilla y se quedó boquiabierta, mirándolo.

—¡Seguro que tampoco quieres el coche! —gritó alguien—. ¡Dámelo a mí!

—¡Mejor a mí! —exclamó un hombre desde el fondo—. Sería un auténtico imán para conseguir citas con chicas guapas.

Matt entrecerró los ojos, irritado. Tomó una mano de Brooke y depositó en ella las llaves.

—El coche es suyo, ¿comprendido?

Ella lo miró a los ojos y él sintió una descarga eléctrica en el centro del pecho, como si le hubiera aplicado un hierro de marcar ganado.

—¿Podría darme una furgoneta en lugar de ese deportivo? —preguntó.

Matt se quedó anonadado.

—¿Qué?

—Ya sabe. De esas que tienen puertas deslizantes a ambos lados.

Matt sabía que se arrepentiría, pero no pudo evitar preguntarle:

—¿Por qué?

En esa ocasión fue Brooke la que se inclinó hacia el micrófono.

—Voy a donar este coche… o esta furgoneta… a un orfanato de la ciudad.

La multitud enmudeció al instante.

—¿A un orfanato? —repitió Matt.

Brooke asintió.

—Necesitan un vehículo para llevar a los niños a sus citas con los médicos y a otras muchas cosas. Así que, si no le importa…

Devolvió las llaves a Matt, dejándolo anonadado.

Un débil aplauso que fue creciendo por instantes surgió de entre la multitud, y la actitud de Matt hacia Brooke cambió al instante. Un orfanato. ¿Cuántas personas habrían hecho algo así? No muchas. Le dedicó un gesto de aprobación.

—Cutter estará encantado de cambiar este vehículo por otro que le sea útil al orfanato.

Finalmente, Brooke le dedicó una sonrisa que disolvió definitivamente el cinismo que rodeaba su corazón. Aquella mujer lo asombraba y lo confundía. Y eso suponía problemas.

—¿Qué más regalos hay? —preguntó Brooke. Afortunadamente, su voz no llegó al micrófono.

¿Qué más regalos? Matt se preguntó si se habría equivocado respecto a ella. Tal vez había querido creer que al menos había una persona desinteresada a su alrededor.

—¿Qué más quiere? —preguntó.

—¿No hay un cartel en la ventana que dice algo sobre un millón de centavos?

Matt lo había olvidado. Aquella mujer lo distraía, hacía que se liaran sus pensamientos y lo desconcertaba.

—¿Acaso piensa quedárselos?

Brooke alzó la barbilla con gesto retador.

—¿Por qué no trata de averiguarlo?

Capítulo 2

 

 

 

 

 

SUFICIENTES celebraciones por un día.

Suficiente Brooke Watson… o doctora Brooke Watson… para siempre.

Matt avanzó por el pasillo del hospital, decidido a olvidar su irritación por el desastre del cliente un millón. Tenía cosas más importantes en que pensar.