Oficio - Serguéi Dovlátov - E-Book

Oficio E-Book

Serguéi Dovlátov

0,0

Beschreibung

A finales de los años setenta, una "heroica francesa" logra sacar de la URSS, oculto en un microfilm, el germen de la novela que acabará siendo Oficio. Dovlátov retrata con su habitual socarronería la censura oficial del aparato soviético y la oficiosa de las decenas de editoriales y publicaciones que rechazan sistemáticamente sus escritos. Ante el veto para ejercer el deseado oficio de novelista, Dovlátov abraza con pasión el de periodista, primero en Tallin y, tras su emigración, en Nueva York, donde deja pasar los días tirado en un sofá y trata de poner en pie un semanario para judíos, mientras alcanza por fin reconocimiento internacional como literato. El escritor pasa revista, indulgente pero incisivo, conciso y atendiendo a la música de las palabras, a todo un abanico de personajes y situaciones aberrantes, tanto en Rusia como en su patria adoptiva, sin olvidarse jamás de hacer mofa de sí mismo, su mejor personaje.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 291

Veröffentlichungsjahr: 2020

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Título original:

Ремесло: Повесть в двух частях – Remeslo: Povest’ v dvukh chastyakh

©1977-1985 Serguéi Dovlátov

All rights reserved

© 2017 Tania Mikhelson y Alfonso Martínez Galilea

por la traducción y las notas

©2017 José Jajaja por las ilustraciones de cubierta

©1980 Nina Alovert por el retrato del autor

© 2017 Fulgencio Pimentel por la presente edición

www.fulgenciopimentel.com

Primera edición: septiembre de 2017

Director editorial: César Sánchez

Editores: Joana Carro y Alberto Gª Marcos

Esta obra ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte.

ISBN de la edición en papel: 978-84-16167-74-6

ISBN de la edición digital: 9788417617639

Índice

Primera parte

Segunda parte

apéndice

Aunque en la narrativa de Dovlátov suele ser innecesario el conocimiento detallado de las circunstancias reales de los personajes, el lector interesado puede consultar un minucioso índice de nombres al final de este libro.

En memoria de Carl

Primera parte

el libro invisible

prefacio

Me pongo a la tarea lleno de inquietud. ¿A quién pueden interesar las confidencias de un literato fracasado? ¿Qué puede haber de instructivo en sus confesiones?

Porque, por añadidura, no hay en mi vida el menor viso de tragedia. Estoy completamente sano. Tengo una familia que me quiere. Siempre ha habido alguien dispuesto a proporcionarme un trabajo que garantizase mi subsistencia biológica.

Disfruto, incluso, de ciertas ventajas. No me resulta difícil caer bien a mis semejantes. He cometido decenas de actos punibles que han quedado sin castigo.

He estado casado dos veces, en ambos casos felizmente.

Por último, tengo una perra, lo que parece a todas luces un exceso.

Entonces ¿por qué me encuentro al borde de la catástrofe física? ¿A qué obedece esta sensación de irremediable ineptitud vital?

¿Cuál es la causa de mi angustia?

Quisiera aclararlo. No pienso en otra cosa. Tengo el anhelo, la esperanza de poder convocar el fantasma de la felicidad…

Lamento haber utilizado esta palabra. Las asociaciones que suscita son tan inagotables como la misma nada.

Conocí a uno que aseguraba muy en serio que sería completamente feliz cuando los servicios municipales le cambiaran las cañerías del desagüe…

Me molesta pasar por vanidoso. Que se interprete todo esto como el lamento de uno más que se tiene por genio incomprendido.

¡Y no es eso! ¡No tiene nada que ver! He escuchado cientos, miles de comentarios sobre mis relatos. Y jamás, ni una sola vez, ni en la compañía petersburguesa más delirante o vulgar, me ha considerado nadie un genio. Incluso cuando se tenía por tales a Goretski y a Jaritónenko.

(Me explico: Goretski es autor de una novela compuesta por nueve hojas de papel fotográfico velado, mientras que el personaje principal de la novela más acabada de Jaritónenko es un preservativo).

Me puse a la tarea hace trece años. He escrito una novela, siete novelas cortas y cuatrocientas piezas breves. ¡Así, al peso, parecen más que las de Gógol! Estoy convencido de que Gógol y yo, en tanto que autores, disfrutamos de idénticos derechos. (Nuestros deberes, por contra, difieren en lo esencial). Los dos tenemos, como mínimo, un derecho inalienable: el de publicar lo escrito.

Los dos tenemos derecho a la inmortalidad o al fracaso.

Y si es así, ¡¿por qué una inclinación corriente, honesta, mi única inclinación, en realidad, ha de ser perseguida por los innumerables organismos, personalidades e instituciones de este gran Estado?!

Tengo que llegar a entenderlo.

No voy a tomarme la molestia de componer algo demasiado elaborado. Intentaré relatar mi «biografía artística» de manera confusa, prolija e inarticulada. La integrarán las aventuras de mis manuscritos. Los retratos de mis conocidos. Los documentos…

¿Cómo cabría llamar a esto? ¿Memorias de un literato?¿Composición de tema libre? ¿El expediente?…

Y qué puede importar eso, si se trata de un libro invisible…

A través de la ventana contemplo los tejados de Leningrado, las antenas, un cielo pálido. Katia está haciendo los deberes. La fox terrier Glafira, que parece un tronquito de abedul, está sentada a los pies de mi hija, pensando en mí.

Tengo delante una hoja de papel. Y atravieso esa blanca llanura nevada, solo.

¡Fortuna y maldición de la hoja en blanco! Página en blanco, penitencia mía…

Mientras tanto, el prefacio se alarga demasiado. Vamos a ello. Empecemos de una vez. Empecemos aunque sea con esto.

el primer crítico

Antes de la revolución, Agnia Frántsevna Mau había sido venereóloga de la corte. Sesenta años habían transcurrido desde entonces, pero Agnia Frántsevna conservaba su rectitud clínica y el orgulloso aplomo de una mujer de palacio. Fue Mau quien plantó cara al coronel Tijomírov —nuestro vividelegado vecinal1, que acababa de pisar la patita de su bichón maltés— y le dijo:

—¡Es usted un perfecto mierda, mon colonel, dispénseme!…

Tijomírov vivía justo enfrente, acorralado en una asquerosa vivienda comunitaria con el desinterés propio de todo un miembro del Partido. Ambicionaba el poder y odiaba a Mau por su origen aristocrático. (En cuanto a él mismo, no tenía origen alguno. Lo engendraron las directivas).

—¡Bruja! —tronaba Tijomírov—. ¡Fascista! ¡No me sentaría a tu lado ni para cagar!…

La vieja elevaba la frente tan bruscamente que su minúsculo medallón de oro también alzaba el vuelo.

—¡¿No irá a privarme, señor mío, de la satisfacción de cagar a la vera de usted?!

Las plumas deslucidas de su sombrero temblaban de ira…

Para Tijomírov, yo era demasiado sofisticado. Para Mau, desesperadamente vulgar. Pero siempre dispuse de un arma poderosa que oponer a Agnia Frántsevna: la cortesía. A Tijomírov la cortesía lo ponía en guardia; sabía que su principal utilidad consiste en disimular los vicios.

Una vez me hallaba yo charlando por el teléfono comunitario. La conversación estaba sacando de quicio a Tijomírov, seguramente por su exuberante profusión conceptual.

Diez veces recorrió el estrecho pasillo. Entró al retrete otras tres. Se preparó un té. Lustró sus botas, carentes de individualidad alguna, hasta dotarlas de un brillo polar. Incluso, por alguna extraña razón, llevó su motocicleta a la cocina y la trajo de vuelta después.

Mientras, yo seguía a lo mío. Decía que León Tolstói, al fin y al cabo, era un filisteo. Que Dostoyevski estaba emparentado con el postimpresionismo. Que la apercepción de Balzac era inorgánica. Que Liuda Fedoséyenko había tenido que abortar. Que a la prosa estadounidense le faltaba fermento cosmopolita…

Tijomírov no pudo soportarlo más.

Pasó a mi lado metiendo barriga y me empujó deliberadamente, gruñendo:

—¡Escritor!… ¡Menudo escritor! ¡Escritor, escritor!… ¿Qué pasa con el escritor?… ¡A escritores como este habría que fusilarlos a todos!…

Ojalá hubiera sabido comprender entonces que el berrido de aquel delegado vecinal sometido a sobrecarga intelectual determinaría mi vida durante muchos años.

«¡… Habría que fusilarlos a todos!».

Pero quizá ande algo errado. Quizá sea precisa alguna coherencia en el relato. La cronológica, por ejemplo.

El primer impulso literario, empezaremos por ahí.

Octubre de 1941. Bashkiria, Ufá, la evacuación… Tengo tres semanas.

Ya he referido en otra ocasión aquel acontecimiento…

el destino

Mi padre era director de un teatro. Mi madre era actriz en ese teatro. Ni siquiera la guerra pudo separarlos. Se dijeron adiós mucho después, cuando las cosas habían vuelto a la calma…

Nací en la evacuación, un cuatro de octubre. Habían pasado tres semanas. Mi madre iba con el cochecito por un bulevar. Allí la detuvo un desconocido.

Mi madre decía que tenía una cara fea y triste. Y lo que es más importante, que se trataba de una cara común y corriente, como la de cualquier aldeano. Supongo que también imponía un poco. No sin razón mamá se acordó de aquello toda la vida.

Aquel civil desconocido parecía bastante saludable.

—Disculpe —dijo, resuelto pero algo turbado—, me gustaría dar un pellizco a este chiquitín.

Aquello indignó a mamá.

—Muy ocurrente . Y luego querrá usted pellizcarme a mí.

—No lo veo probable… —la tranquilizó el desconocido. Y añadió—: Aunque hace solo unos minutos me lo habría pensado antes de responderle…

—Hay una guerra —observó mi madre, algo más tranquila—. Una guerra sagrada… Los hombres de verdad mueren en el frente. Y mientras tanto otros se pasean por el bulevar haciendo preguntas raras.

—Así es —asintió el desconocido con amargura—. Hay una guerra. La hay en el alma de cada uno de nosotros. Adiós.

Luego añadió:

—Me parte usted el corazón…

Han pasado treinta y dos años. Leo un artículo sobre Andréi Platónov. Resulta que Platónov residió en Ufá. Muy poco tiempo, en realidad. El mes de octubre del año cuarenta y uno. Pero hay algo más, le sobrevino allí una terrible calamidad: la maleta que contenía todos sus manuscritos desapareció.

El hombre que quiso pellizcarme era Andréi Platónov.

Relaté el encuentro a mis amigos. Los muy listillos me aclararon que no tenía por qué tratarse de Platónov. ¡Con la de tipos misteriosos que habría merodeando por aquellos bulevares!…

¡Qué disparate! ¡Yo mismo soy una figura indubitable del relato! ¡¿Qué sentido tiene, entonces, poner en entredicho la presencia de Platónov?!…

Pienso a menudo en el ladrón que le robó la maleta con sus manuscritos. Probablemente se hizo grandes ilusiones al ver la voluminosa maleta de Platónov. Quizá pensó que dentro encontraría una cantimplora de etanol, un abrigo de cheviot y una pieza grande de vacuno. Lo que había allí era más fuerte que el etanol, más valioso que un abrigo de cheviot y más caro que toda la carne de vacuno del planeta. Pero el ladrón ignoraba todo eso. Tenía, por lo visto, vocación de perdedor crónico. Quería hacerse rico y acabó siendo propietario de una maleta vacía. ¿Puede haber algo más lamentable?

El ratero debió de arrojar los manuscritos a una zanja, y allí se perdieron para siempre. Un manuscrito, arrojado a una zanja o al cajón de una mesa, no se diferencia en nada de unos periódicos atrasados.

No creo que Andréi Platónov sintiera una pena inmensa por la pérdida. En estos casos los verdaderos escritores razonan así: «Me alegro de ver desaparecer al fin los viejos manuscritos, tan llenos de imperfecciones. Ahora estoy obligado a volver a escribir todos esos relatos y ten por seguro que serán mucho mejores…».

Todo esto… ¿ocurrió realmente de este modo? ¿Importa, acaso?… Me temo que habremos de pasar sin un notario. Mi espíritu exige que ese encuentro se produjera. Por alguna razón, he soñado con la literatura desde niño. Y ahora trato de encontrar las palabras…

los comienzos

Debo referir algunos detalles biográficos, si no muchas cosas no se entenderían. No voy a extenderme, solo unos apuntes.

Un chico gordo y tímido… La pobreza… Mi madre, siempre tan autocrítica, ha abandonado el teatro y trabaja de correctora…

La escuela… Mi amistad con Aliosha Lavréntiyev, al que llevan a casa en un Ford… Aliosha es travieso, me han encargado que lo eduque… Me llevarán a su casa de campo… Me convierto en su joven preceptor… Soy más inteligente y he leído más… Y sé cómo complacer a los adultos…

Patios negros… Una naciente inclinación por la plebe… Sueños de fuerza y arrojo… El entierro de una gata muerta detrás de las leñeras… Y mi discurso fúnebre, que hizo llorar a Zhana, la hija del electricista… Se me da bien hablar, contar cosas…

Los infinitos suspensos… La indiferencia ante las ciencias exactas… La educación mixta… Las chicas… Ala Gorshkova… Mi larga lengua… Los torpes epigramas… La pesada carga de la inocencia sexual…

Año 1952. Envío al periódico La Chispa Leninista, cuatro poemas. Uno, por supuesto, sobre Stalin; los otros tres, sobre animales…

Primeros cuentos. Son publicados en la revista infantil La Hoguera2. Parecen las más infelices creaciones de un profesional mediocre…

Abandono la poesía para siempre. También la inocencia…

El título de bachillerato… Años de trabajo… Experiencias laborales… La tipografía Volodarski… Cigarrillos, vino y conversaciones entre hombres… Una creciente inclinación por la plebe… (Es decir, literalmente: ni un solo joven bien educado entre mis amigos).

La Universidad Zhdánov («Universidad Al Capone» sonaría igual de mal)… La facultad de Filología… Los novillos… Los ejercicios literarios estudiantiles…

Las infinitas recuperaciones… Un amor infeliz que termina en boda… Mi encuentro con los jóvenes poetas leningradenses: Rein, Naiman, Brodski… El personaje más popular en esa época era Serguéi Volf.

el abuelo de las letras rusas

Nos presentaron en un restaurante. Volf parecía el desempleado estadounidense de un cartel de propaganda antiamericana. Vaqueros, jersey, una arrugada chaqueta a cuadros.

Estaba bebiendo vodka. Le pedí que saliésemos al vestíbulo y me expliqué confusamente, sin testigos. Quería que Volf leyera mis relatos.

Volf se mostró impaciente. Solo después caí en la cuenta de que el vodka se le debía de estar calentando.

—¿Escritores de cabecera? —preguntó lacónicamente.

Cité a Hemingway, a Böll, a los clásicos rusos…

—Lástima —replicó, pensativo—. Es una lástima, sí… Una verdadera lástima…

Se despidió y se fue. Me quedé algo desconcertado. Zhenia Rein me lo explicó más tarde.

—Debería usted haberlo mencionado a él, y le habría invitado a una copa. Los verdaderos escritores solo están interesados en ellos mismos…

Rein, como siempre, tenía razón…

Solo de Underwood

Una vez se hallaba en mi casa Veselov, un viejo aviador.Peroraba con entusiasmo sobre la aviación. Decía:

—Los aviones se elevan sobre las nubes más altas… Las alondras se meten en las toberas… Los motores se paran… Los aviones caen… La gente muere… Las alondras se meten en las toberas… La gente muere…

Frente a él estaba sentado Zhenia Rein.

—Los aviones se estrellan —gritaba Veselov—, los motores se paran… En las toberas se meten las alondras… La gente muere… Muere…

Entonces Rein gritó, irritado:

—¡¿Y qué pasa con las alondras? ¿Sobreviven o qué?!…

Volf y yo también nos llevamos muy bien. A propósito de él tengo escrito esto:

Solo de Underwood

Volf y Dlugolenski se fueron de pesca. Volf sacó una lucioperca gigantesca. Se la entregó a su patrona y le dijo:

—Cocínela y nos la cenaremos juntos.

Eso hicieron. Cenaron, bebieron y Volf y Dlugolenski subieron a la buhardilla. Malhumorado, Volf se dirigió a Dlugolenski:

—¿Tienes lápiz y papel?

—Tengo.

—Dámelos.

Volf se pasó un par de minutos dibujando. Luego exclamó:

—¡Será zorra! ¡No nos ha servido la lucioperca entera! Mira… Esta cuesta estaba… Esta pendiente también… ¡Pero este desfiladero no estaba! ¡Hay un hueco evidente en la trayectoria de la lucioperca!…

después

1960. Nuevo avance artístico. Relatos, de una vulgaridad extrema. El tema es la soledad. El marco: invariablemente, una fiesta. Esto es un ejemplo aproximado de la factura:

—¡Mira que eres buen chico!

—¿De veras?

—¡Sí, eres muy buen chico!

—Diferente, quizá.

—No, eres muy buen chico. Casi perfecto.

—¿Me quieres?

—No…

El abultado costillar del subtexto al descubierto. Hemingway como ideal literario y humano…

Unas fugaces clases de boxeo… El divorcio, festejado con una borrachera de tres días… La pereza… Una citación del comisariado militar…

¡Alto! Estaba a punto de saltar a la etapa decisiva de mi biografía literaria. Y he vuelto a leer lo escrito. Aquí falta algo, algo importante y marchito, que ya no recuerdo. Los sucesos escamoteados frenan mi carromato autobiográfico.

Ya he dicho que había conocido a Brodski. Tras desplazar a Hemingway, se convirtió en mi ídolo literario para siempre.

Nos presentó mi exmujer, Asya. Antes de eso, Asya me había dicho muchas veces:

—¡Hay personas con grandes objetivos en la vida!

Solo de Underwood

Venía con Brodski de alguna parte. Era de noche. Bajamos al metro: cerrado. Una verja de hierro fundido desde el suelo hasta el techo. Tras la verja, se paseaba de arriba abajo un miliciano.

Iósif se acercó. Luego gritó con bastante energía:

—¡Eh, tú!

El miliciano se puso en guardia y volvió la cabeza.

—¡Qué maravilloso espectáculo! —dijo Brodski, dirigiéndose a él—. Es la primera vez que veo a un madero entre rejas…

Conocí a Brodski, a Naiman, a Rein. Más adelante los conocería mejor. Es decir, en los años que siguieron a mi servicio militar, cuando intimamos de verdad. Antes no podía valorar adecuadamente su singularidad artística y personal. Es más, en mi actitud hacia ese grupo de poetas podía adivinarse cierto escepticismo. Aparte de la literatura, me interesaba el deporte; el fútbol, en concreto. Yo gustaba mayormente a las muchachas de los institutos técnicos. La literatura no se había convertido aún en mi única ocupación. A Yevtushenko, mira tú por dónde, sí lo respetaba.

¿Por qué es tan importante que me refiera a ese grupo? Por aquel entonces yo ya sabía de la existencia de una literatura no oficial. De la existencia de la, así llamada, «escena cultural paralela». Una escena que, al cabo de algunos años, se convertiría en la única realmente ­existente…

La citación del comisariado militar. Tres meses antes había abandonado la universidad.

Más adelante me referiría a los motivos que me llevaron a abandonarla, pero de forma vaga. Aludiendo a confusas motivaciones políticas.

De hecho, todo había sido más simple. Repetí el examen de alemán cuatro veces. Y en cada una de ellas suspendí.

No conocía el idioma en lo más mínimo. Ni una palabra. Salvo los nombres de los líderes del proletariado mundial. Finalmente, me echaron. Aunque adquirí la costumbre de aludir al asunto como a una especie de represalia.

Luego me reclutaron para la mili. Me tocó ser guardia en el servicio de vigilancia penitenciaria. Aparentemente, estaba predestinado a pasar una temporada en el infierno…

la zona

No voy a explicar aquí lo que es la Vojra, la Vigilancia Militar Peninteciaria. Ni cómo funciona hoy el campo de internamiento de Ust-Vim. Las situaciones más dramáticas están reflejadas en mi manuscrito La zona. Creo que permite hacerse una idea acerca de cómo viví aquellos años. Conservo todavía dos copias de La zona. La tercera fue llevada felizmente a Nueva York. Una cuarta copia está en manos del KGB estonio. (Me referiré al asunto más adelante).

La zona son las memorias de un guardián del servicio de vigilancia penitenciario, un ciclo de cuentos carcelarios.

Como pueden ver, empecé describiendo las costumbres del envés de la vida. Un debut bastante común (Bábel, Gorki, Hemingway). El exotismo del material biográfico es un estímulo literario de importancia. Aunque los detalles más monstruosos y chocantes de la vida del campo los he, como quien dice, omitido. No me apetecía reproducirlos. Habría parecido que les sacaba partido. El efecto no habría dependido del entramado artístico de la obra, sino del propio material. Así que procuré dejar de lado las experiencias extremas, tratando de no violar las limitaciones estéticas ordinarias.

¿Cuáles son las ideas esenciales de La zona?

La literatura carcelaria mundial reconoce dos sistemas de valores. Dos puntos de vista morales.

1. El presidiario es una víctima, un héroe, una distinguida especie de mártir. Las valoraciones morales se distribuyen respectivamente entre una y otra posición. Y así los funcionarios del régimen son vistos como un poder negativo, maligno.

2. El presidiario es un monstruo, un malvado. Y, respectivamente, todo lo contrario: el carcelero, el policía, el comisario, el miliciano son figuras nobles y heroicas.

Por mi parte, y para mi sorpresa, descubrí un tercer punto de vista. Los policías y los ladrones se parecen extraordinariamente. La semejanza entre los presos en régimen especial y sus guardianes es enorme. Su lenguaje, su manera de pensar, su folclore, sus cánones estéticos, sus reglas morales. Tal es el resultado de la mutua influencia. A ambos lados de la alambrada se halla el mundo, cruel y único. Eso es lo que traté de expresar.

Hay, supongo, otro rasgo sustantivo en mi legado con relación al campo. Un punto de vista relativamente nuevo en el contexto de la literatura mundial.

El presidio ha sido descrito principalmente desde el punto de vista de la víctima. Muchos, por desgracia, se hicieron literatos en el presidio. Y de entre los guardianes del gulag no había surgido ningún maestro de las letras. Por eso mi «diario de carcelero» supuso una especie de novedad.

Total, que en el otoño del 64 reaparecí por Leningrado. Dentro de mi liviana mochila iba La zona. Las perspectivas eran de lo más oscuras.

Daba comienzo una etapa importantísima en mi vida…

la etapa

Me encontré con antiguos compañeros. Se nos hizo difícil el trato. Cierta barricada psicológica se interpuso.

Los amigos estaban terminando la universidad, se dedicaban ya en serio a la filología. Mecidos por el viento templado de los sesenta, habían florecido intelectualmente.

Yo, entre tanto, me quedé angustiosamente rezagado. Parecía un combatiente que regresa del frente y se encuentra con que todos sus amigos han prosperado en la retaguardia. Mis medallas tintineaban como los cascabeles de un bufón.

Estuve en algunos festejos estudiantiles. Contaba historias terribles del campo. Me escuchaban con educación y rápidamente volvían a los asuntos literarios de actualidad: Proust, Burroughs, Nabókov…

A mí todo aquello me resultaba asombrosamente inane. Estaba obsesionado con las heroicas memorias del campo. Brindaba a la salud de los escoltas de convoy asesinados. Relataba horrores que, de puro excesivos, carecían de verosimilitud. Aburrí a todo el que se me puso a tiro.

Ahora sé por qué Turguénev se mofaba de Dostoyevski, al poco de ser este excarcelado.

Por aquel entonces, mi mujer se había enamorado de un famoso literato capitalino. Me embronqué definitivamente y reñí con todo el mundo.

Había que buscar trabajo. En aquella época tenía la convicción de que periodismo y literatura eran parientes cercanos. Así qué me coloqué en el boletín de una fábrica. El periodismo continúa siendo mi principal medio de subsistencia. Ahora las redacciones me aburren, pero entonces estaba lleno de fervor.

Suele decirse que el periodismo es una actividad nefasta para un literato. Nunca lo noté. En cada caso, funcionan diferentes sectores del encéfalo. Hasta la letra me cambia, cuando escribo para un periódico.

En resumen, que me coloqué en el boletín de una fábrica. Al mismo tiempo escribía cuentos. El montón era cada vez más grande. No cabían ya ni en una carpeta gruesa de cuarenta cópecs. Aún no me lo tomaba suficientemente en serio.

Solo de Underwood

Una vez, mi primo me preguntó:

—¿No estarás escribiendo una novela?

—En ello estoy.

—¡Yo también! —dijo mi primo, muy contento—. ¿Qué te parece? ¿Nos las cambiamos?

Necesitaba enseñar a alguien mis manuscritos. ¿Pero a quién? Mis compañeros de la facultad de Filología no me inspiraban confianza. No conocía a ningún literato. Solo a los no oficiales…

un descendiente de d’artagnan

Por el bulevar, junto a los bancos amarillos, esquivando las urnas de yeso para las basuras, camina un hombre de corta estatura. Se llama Anatoli Naiman.

Sus veloces piernas van embutidas en unos vaqueros continentales claros. Su elegante manera de moverse recuerda la de un joven príncipe.

Naiman es un cowboy intelectual. Aprieta el gatillo más rápidamente que cualquier oponente. Sus bromas trazadoras son venenosas.

Solo de Underwood

En el tranvía, una mujer le dice a Naiman:

—¡Oiga usted! ¡No me toque!

—Pierda cuidado, mujer. Ya me lavaré las manos después…

Aparte de todo, Naiman escribe versos admirables, es amigo de Ajmátova y maestro de Brodski.

Lo temo.

Nos encontramos en la calle Pravda. Naiman me echó una ojeada, entre excitado y curioso. ¡Tener a tiro un animal tan grande debía de ser muy excitante para él! Pronto adquiriría la certeza de que lo que tenía delante era un mamífero. Aunque aquello no parecía una buena pieza, sino una especie de morsa varada. Un blanco demasiado fácil. Algo a lo que apetece poco pegarle un tiro. Pero en ese momento…

—Nos conocemos, ¿verdad? ¿Se ha licenciado, dice? Muy bien… Conque escribe usted… Bien, léame tres líneas… Ah, se trata de… cuentos… Pues tráigamelos. Vivo aquí cerca…

Naiman lee mis cuentos.

Me llama.

Damos un corto paseo por los alrededores del teatro Pushkin.

—En un año habrá llegado usted a ser un «joven autor progresista». Si tiene bastante con eso, obviamente…

Solo de Underwood

—Tolia —propuse a Naiman—, vamos a casa de Liova Riskin.

—No voy a ir. Ese individuo es un soviético.

—¿Cómo que soviético? ¡Está usted muy equivocado!

—Vale, un antisoviético. ¿Qué diferencia hay?

Naiman tiene prisa. Lo acompaño. No quiero más que hablar de los cuentos. No hay necesidad alguna de que sean publicados. Carece de importancia. Más adelante, tal vez… Ojalá acabe por escribir algo digno.

Naiman cabecea distraído. Es indiferente incluso a la constelación de moscovitas de izquierdas. Conoce los misterios literarios del pasado y los del futuro. En su opinión, la literatura contemporánea en su totalidad es un triste pasadizo, lleno de trastos inútiles, entre pretérito y futuro…

Nos encontramos en una zona del ensanche. Intento caerle simpático:

—¡Me parece que Tolstói se hubiera negado a vivir en este barrio tan aburrido!

—¡Tolstói se hubiera negado a vivir en este… año!

Nos vemos bastante a menudo. Le llevo nuevos relatos. Tolia, indulgente, los aprueba. Lera, su mujer, suele decir:

—¡Serguéi, es usted un sin Dios! ¡Un idólatra!

No sé qué soy. Escribo cuentos… Tengo conciencia, es cierto. Puedo sentir su dolorosa actividad. Me apena que en el futuro nuestro planeta se congele.

Envidio a Naiman. Envidio su ingenio, su seguridad y su mala uva.

Solo de Underwood

Una amiga llama a Naiman:

—¡Tolia! Ven a comer con nosotros… Oye, de camino coge unas sardinas de esas importadas, de las de Marruecos… Y algún bote de mermelada… Y si no te preocupa el gasto, te haces cargo.

—El gasto no me preocupa en absoluto. Porque no voy a comprar ni una cosa ni la otra…

Deseo tanto caerle bien a Naiman. Podría decirse que le hago la rosca.

Solo de Underwood

Pregunto a Naiman:

—¿Conoce a Abram Katsenelenbogen?

Abram Katsenelenbogen es un lingüista de mucho talento. Una persona brillante y popular. Tolia debería conocerlo. Yo mismo conozco a Abram Katsenelenbogen. Tenemos amigos en común, quiero decir. Lo que significa que estamos al mismo nivel…

Naiman responde:

—¿Abram Katsenelenbogen? Me suena… Me suena el nombre, Abram. Pero el apellido Katsenelenbogen es la primera vez que lo oigo…

Cada semana le llevo tres relatos.

—Los he leído con gusto. Unos relatos admirables. Malos, pero admirables. Se está usted convirtiendo en un joven autor progresista. Hay un club literario en la calle Vóinov. Allí se juntan los jóvenes autores progresistas. ¿Quiere que le enseñe sus relatos a Ígor Yefímov?

—¿Quién es Ígor Yefímov?

—Un joven autor progresista…

los ciudadanos

Así fue como mis relatos acabaron en manos de Ígor Yefímov. Yefímov los leyó y dio su aprobación a alguno. Gracias a él conocí a Borís Vajtín, a Maramzín y a Gubin. Cuatro escritores de talento, fundadores del grupo Ciudadanos. Contrarios, como su misma denominación ponía de manifiesto, a la «prosa campesina» que por aquel entonces iba ganando fama.

La jefatura efectiva de aquella alianza entre iguales la ostentaba Vajtín. Enérgico y varonil, Borís estaba dotado de un excepcional atractivo.

La excesiva teatralidad de su estilo movía a risa alguna vez. Pero a risa secreta. Nadie se atrevía a burlarse de él abiertamente. Incluso el mordaz Naiman criticaba a Borís con mucha cautela.

Más tarde percibí que Vajtín conocía perfectamente sus puntos débiles. Que a menudo ironizaba respecto de sí mismo. Y eso es prueba innegable de inteligencia.

Como casi todas las personas agresivas, exhibía su poderío ante personas agresivas como él. En relación con la gente sin pretensiones se comportaba con gran moderación. En esa época yo era un tipo sin pretensiones.

Es conocido que Vajtín llevó a cabo bastantes actos de altruismo relacionados con problemas del día a día. Continuamente lo importunaban ciertas esposas, reclamándole la pensión alimenticia de sus maridos. Los discapacitados lo acosaban, exigiendo asistencia financiera. Las víctimas de cualquier arbitrariedad acudían a él.

Aparte de eso, me fascinaban sus aires de señorito holgazán. Su permanente disposición a tirar de la caja. O sea, literalmente, a pagar las facturas de todo el mundo…

Gubin era una persona de diferente temperamento. Inventor, pícaro, cuentista, sus comienzos fueron veloces y exitosos. Sin embargo, pronto lo calaron. Siguió a eso un prolongado y lamentable deterioro. Y Gubin, por lo que parece, se rindió. Abandonó sus tentativas literarias. Dotado de una impecable educación, bondadoso y bienhumorado, ejerce ahora de funcionario en el Lengas, la empresa estatal de suministro de gas de Leningrado. Tras de todo eso se intuye algún drama.

Suele decir que no ha dejado de escribir. Me gustaría creerlo. No obstante, pienso que Gubin ha traspasado ese límite a partir del cual la soledad deja de ser beneficiosa. Aunque suene frívolo, el ambiente literario es imprescindible para un escritor.

Un escritor no puede abandonar su oficio. Eso conduce inevitablemente al deterioro de su personalidad.

Tengo la esperanza de que a Gubin le vaya bien, pero me preocupa.

La única entrada que le dedico en mis cuadernos dice así:

Solo de Underwood

Volodia Gubin no es lo que se dice un hombre mundano.

—¡Qué hermosas son —dice— las mujeres de mis compañeros! Es algo maravilloso… ¡La de Vajtín, hermosa! ¡La de Yefímov, muy hermosa! Y la de Dovlátov… ¡hermosísima! ¡No se ven mujeres tan bellas ni… ni en el metro!

Gubin dice de sí mismo:

—Es cierto, no me muevo por las editoriales. No sirve de nada. Pero escribo. Escribo por la noche. ¡Y alcanzo cimas que nunca soñé alcanzar!…

Me gustaría creerlo, repito. Pero me parece difícil creer en esos destellos crepusculares de lucidez. La noche es un mundo peligroso. Es fácil perder el norte en la oscuridad.

El destino de Gubin es otro crimen de nuestra policía penitenciaria literaria…

Maramzín es ahora una persona conocida; vive en París y es el editor de Eco3.

Cuando nos conocimos ya arrastraba una escandalosa fama. Osado, calculador y lleno de talento, Maramzín, estoy seguro, llevaba tiempo rondando lo que ambicionaba.

Su prosa, admirable aunque algo amanerada, se engalana a veces con oasis repentinos de claridad y pureza:

«No pido libertad. ¿Para qué iba a querer libertad? Es más, sospecho que ya la tengo…».

Quiero observarles que esto lo escribió antes de tener que emigrar.

En su temperamento, con una consistente inconsistencia, se fundían una infinita ortodoxia y una enorme tolerancia. Sus actitudes tajantes podían sacarte de quicio. Su propensión a llegar a las manos hacía la comunicación más difícil todavía.

Tras una historia que acabó a puñetazos, procuré mantenerme a distancia de Maramzín…

Es difícil escribir sobre Yefímov. Ígor se ha empeñado mucho en dificultar cualquier conversación sobre su figura. Cuando uno se refiere a él, es imposible no someterlo a un tipo de caracterización… burocrática:

«Honesto, probo, moralmente equilibrado… Y tiene autoridad…».

Solo de Underwood

Se celebraban las elecciones al gobierno de la Unión. (De la Unión de Escritores, por supuesto). Se votaba por listas. Había que tachar la candidatura indeseable.

Yefímov se topó en el pasillo con Minchkovski. Apestando a vino, este último se arrojó sobre Ígor proclamando enérgicamente:

—¡Vamos a votar!

El siempre preciso Yefímov murmuró:

—A tacharnos unos a otros, es a lo que vamos…

Yefímov no es un dechado de franqueza. Ni sus libros, ni tampoco sus manuscritos dan cuenta entera de su carácter.

Me gustaría escribir: es una persona complicada… Pero si realmente lo fuera, no tendría sentido escribir nada al respecto. Es lo mismo que cuando en las novelas traducidas, con total falta de pertinencia, se apunta: «En el original hay un juego de palabras intraducible…».

Creo que Yefímov es el personaje con más futuro de todo Leningrado. Si exceptuamos a Brodski…

el pelirrojo

Entre mis conocidos predominaban personalidades fuera de lo común. Principalmente, autores primerizos e impertinentes, artistas rebeldes y músicos revolucionarios.

Brodski destacaba incluso en aquella sediciosa compañía…

Niels Bohr decía:

«Hay verdades claras y verdades profundas. A una verdad clara se le opone una falsedad. A una verdad profunda se le opone otra verdad, igualmente profunda…».

Mis amigos eran adictos a las verdades claras. Hablábamos de libertad de creación, de derecho a la ­información, de respeto por la dignidad humana. Nos dominaba el escepticismo con respecto al Estado.

Nuestro ateísmo era espontáneo, fisiológico. Nos habían educado así. Si alguna vez nos referíamos a Dios era por pura pose, por coquetería, por ganas de provocar. Dios era para nosotros un pretencioso signo de originalidad. Un emblema de excelencia estética de la más alta categoría. Lo que lo convertía en una especie de héroe literario positivo…

A Brodski le interesaban las verdades profundas. El concepto de «alma» ocupaba una posición central en su literatura y en su vida cotidiana.

Percibía en la monotonía de nuestro estado la agonía de un cuerpo, cuando el alma lo abandona. O la apatía de un mundo adormilado, en el que solo la poesía permanece en vela…

Al lado de Brodski, los demás literatos inconformistas parecían individuos dedicados a otra profesión.

Brodski creó un insólito modelo de conducta. No vivía en el estado proletario, sino en el monasterio de su propio espíritu.

No luchaba contra el régimen. No lo percibía. Ni siquiera tenía noción cierta de que existiera.

Su ignorancia de todo lo relacionado con la vida soviética resultaba inverosímil. Estaba, por ejemplo, convencido de que Dzerzhinski seguía vivo. Y de que «Komintern» era el nombre de un grupo musical.

No identificaba a los miembros del Politburó. Cuando en la fachada de su casa colgaron un retrato de seis ­metros de Mzhavanadze, el Primer Secretario del Comité Central de Georgia en esa época, Brodski dijo:

—¿Quién es ése? Me recuerda a William Blake…

Su modo de conducirse quebrantaba algún no explícito precepto de gran importancia. Y lo desterraron a la provincia de Arjángelsk.

El poder soviético es una dama muy susceptible. Mal le irá al que la ofenda. Pero le irá peor aún a quien no le haga caso…

Quizá podría recordar algo malo de toda esta gente. Pero no tengo ganas de hacer nada semejante, bajo ningún concepto. No me apetece ser objetivo. Quiero a mis compañeros…

Los Ciudadanos fueron tolerantes conmigo. Pretendiendo restituir sus rasgos clásicos a la literatura, insistían en destacar la importancia de la técnica literaria. Hasta el riguroso Yefímov se entretenía con toda suerte de ornamentalismos.

Borís Vajtín proclamaba:

—¡Déjate de épocas históricas y de cataclismos! ¡Déjate de pasiones y de locomotoras! ¡Escribe con letras, idiota! ¡A, b, c…!

Fui admitido entre los Ciudadanos por unanimidad. Pero entonces se manifestó un rasgo característico de mi biografía: mi habilidad para llegar siempre a los postres. En cuanto adquiero algo a crédito, la cosa se deprecia de inmediato. Y luego me tiro dos años pagándola.

El tema del campo de prisioneros y yo llegamos con un par de años de retraso.

Resumiendo, justo cuando me invitaron a unirme a ellos, la alianza se disolvió. Yefímov se retiró. Abandonó sus escarceos estilísticos y escribió una novela convencional, Los espectáculos.

Sin su presencia, el grupo perdió solidez. De todos nosotros, era el único afiliado a la Unión de Escritores…

En resumen, muchos no llegaron a enterarse siquiera de que fui el «quinto ciudadano».

al lado de heine

Mis escritos corrían de mano en mano. Pude conocer así a Bítov, a Maya Danini, a Rid Grachov, a Voskobóinikov, a Leónov, a Arró… Todos me trataron con afecto. Entre los literatos de la vieja generación mostraron interés por mis relatos Métter, Gor y Bakinski.

Granin, todo un clásico de nuestra literatura, también los leyó. Luego me invitó a su dacha. Charlamos junto a la cocina de gas.

—No está mal, no está mal… —repetía Daniíl Aleksándrovich, hojeando mi manuscrito.

Tras la pared se oía ruido de pasos.

Granin se quedó pensativo un rato, y luego dijo:

—Pero no es publicable, claro.

—Posiblemente no lo sea —repuse—. No sé de dónde sacan sus temas los escritores soviéticos. Yo no veo nada publicable, mire a donde mire…

Solo de Underwood

En Tbilisi tuvo lugar un congreso: «El optimismo en la literatura soviética».

Participaba, entre otros, el poeta Narovchátov. Estuvo perorando largamente sobre el incombustible optimismo de la literatura soviética.

Tras él, subió a la tribuna Kemoklidze, escritor georgiano, que se expresaba en ruso con alguna dificultad:

—Quisiera hacer una pregunta… al orador que me ha precedido.

—Diga usted… —respondió Narovchátov.

—Tengo una duda con respecto a Byron… ¿Era joven?

—Sí —replicó, sorprendido, Narovchátov—, murió relativamente joven… ¿Por qué me pregunta eso?

Kemoklidze continuó:

—Otra pregunta respecto a Byron. ¿Era buen mozo?

—Así es. Tenía una pinta formidable. Es sabido.

—Una pregunta más, también sobre Byron. ¿Tenía un buen… pasar?

—Realmente…, sí… Era lord. Tenía un castillo… ¡Por Dios, qué preguntas tan raras hace usted!…

—Y la última pregunta. Respecto a Byron. ¿Tenía talento?

—¡Byron es el más grande poeta de Inglaterra! ¡No le entiendo! ¡¿A dónde quiere usted ir a parar?!

—¡Ahora te vas a enterar!… Fíjate en Byron: joven, guapo, rico y lleno de talento… Y era pesimista. Tú, en cambio, que eres viejo, indigente, feo y cerril…, ¡eres optimista!…

Granin me dijo:

—Exagera usted. Un literato tiene la obligación de publicar. Desde luego, sin abjurar de su talento. Entre lo decente y lo inmoral hay un hueco. Hay que incrustarse en ese hueco.

Me armé de valor y le contesté:

—Me parece a mí que lo que hay en ese hueco es un cepo para lobos.

Siguió a eso un incómodo silencio.

Me despedí y me fui.

Pasaron dos semanas. Supe que se discutiría acerca de mis relatos en la Unión de Escritores. Imprimieron un anuncio en el programa mensual de la Casa Mayakovski. Nueve años después, todavía hojeo con emoción aquel cuadernillo azul.

13 de diciembre de 1967

Nuestros apellidos estaban impresos con caracteres del mismo tamaño. Los admiradores de Heine se reunieron en la primera planta. Los míos, en la segunda. Los míos eran muchos más, lo juro…