Optimismo realista - Ángel Alcalá - E-Book

Optimismo realista E-Book

Ángel Alcalá

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Beschreibung

En un mundo cada vez más ruidoso y retador, se hace necesario desarrollar herramientas para enfrentarnos al día a día de una manera positiva y entusiasta, que nos permita ser agentes de cambio en la vida propia y en nuestro entorno. Con Optimismo Realista, Ángel Alcalá nos presenta una forma de ver la vida para ejercitar la resiliencia, ser capaces de sobreponernos a los inevitables imprevistos y situaciones que nos resultan desagradables y salir airosos, centrados y agradecidos de ellas. Educar y reprogramar nuestro pensamiento es el secreto para desarrollar una perspectiva optimista pero realista, pues más influye en la salud mental la percepción que tenemos de un hecho que el hecho en sí. Ángel Alcalá es psicólogo y especialista en Programación Neurolingüística. Creador del "Posicionamiento Vital", una terapia para evolucionar y crecer en armonía.

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Seitenzahl: 85

Veröffentlichungsjahr: 2022

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© Plutón Ediciones X, s. l., 2022

Diseño de cubierta y maquetación: Saul Rojas

Edita: Plutón Ediciones X, s. l.,

E-mail: [email protected]

http://www.plutonediciones.com

Impreso en España / Printed in Spain

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del «Copyright», bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos.

I.S.B.N: 978-84-19087-59-1

Introducción

Soy psiquiatra desde hace muchos años. Conocí hace muchos años a Ángel Alcalá, psicólogo y autor de este libro que va usted a comenzar a leer. Fuimos compañeros de trabajo en un gabinete psicológico. Con el tiempo me alegra decir que nos hicimos buenos amigos, tanto por afinidades profesionales como por empatía personal.

Ángel me ha pedido que prologue este libro, y yo estoy encantado de hacerlo.

Una buena forma de empezar un libro es conocer un poco al autor, en este caso en cuanto a su perspectiva sobre el tema del que trata el libro.

Ángel nunca fue, aparentemente, una persona a la que se pueda catalogar en una primera visión superficial como optimista. Vital, sin duda, apasionado por el ser humano también, pero no optimista.

Su “realismo” siempre fue “brutal” (en la acepción más positiva del término). Desde que le conocí, hace más de veinte años, siempre le recuerdo intentando hacer equilibrios entre la realidad más descarnada que el paciente debe enfrentar y una percepción clara y sincera de que el ser humano tiene algo de valor inconmensurable dentro de sí mismo, algo que pugna por salir, algo, diría yo, casi divino.

De esta esperanza, fundamentada en la observación de muchos pacientes, de que el ser humano es más de lo que parece ser y el reconocimiento más científico y realista de la vida y las situaciones que enfrentamos en ella, no podía sino surgir un enfoque como el que recoge en este libro.

¿Qué adjetivos utilizar para describir el enfoque del autor sobre el tema del optimismo? Yo prefiero, honestamente, que los ponga cada lector.

Por mi parte, y sin querer influir en el juicio de nadie, lo calificaría como: Aclaratorio, reflexivo, realista, esperanzado y práctico.

Ángel siempre ha estado centrado y convencido de la acción por parte de cada persona para enfrentar la vida y transitarla con sentido. Como a veces le he oído decir: “Nadie te puede dar nada que tú no poseas ya, pero tienes más de lo que crees que tienes”.

Disfruten del libro y tómenlo como manual de acción y de aclaración.

Gustavo Román Martín

Capítulo 1: El poder de la subjetividad

Subjetivos somos todos por más que Goethe escribiese “prometo ser objetivo, pero no imparcial”.

Si Goethe hubiese sido realmente objetivo, por supuesto que habría sido imparcial, pero como seres humanos no podemos sino percibir el mundo a través de nuestra subjetividad.

El principio de indeterminación de Heisenberg, aceptado en una ciencia tan “objetiva” como es la física, explica que, incluso a nivel subatómico, lo observado es modificado por el observador. Esto que es aplicado al mundo subatómico de la física cuántica también ocurre en el mundo que percibimos todos los días. Hace ya tiempo que Carl Gustav Jung escribió que “lo real es lo que es psicológicamente real para el individuo”, esto es una aseveración clara de que la subjetividad, en todos los planos, está indisolublemente ligada a lo que conocemos como realidad, y la única realidad existente para nosotros es aquella que percibimos como tal, y que percibimos, por supuesto, subjetivamente.

El caso es que las personas no compartimos la misma interpretación del mundo en el que vivimos, cada uno ve las cosas de un modo diferente y las explicamos —a los otros y a nosotros mismos— a nuestra manera, una manera en gran medida no elegida por nosotros.

A la hora de describir el mundo, sin embargo, nos encontramos con el hecho de que las cosas no son igualmente “subjetivables”. Por ejemplo los objetos tienen un significado literal, o denotativo, si queremos ser más precisos; es decir, una mesa es siempre una mesa por muy subjetivos que seamos respecto a ella. Sí, la mesa puede ser brillante o no, bonita o fea —según personales juicios estéticos—, pequeña o grande, áspera al tacto o suave… pero sigue siendo una mesa, y eso no admite matices.

Sin embrago, si hablamos de significados connotativos, la historia es muy diferente. Una connotación es un significado no directo sobre un objeto o hecho, sino asociado a algo. Un ejemplo: una cicatriz tiene distinto significado para su portador si fue producida por un accidente fortuito jugando de niño o si fue resultado de una agresión con un cuchillo. Pueden ser cicatrices iguales pero en nuestra mente evocan sentimientos muy diferentes y se perciben con distinta carga emocional. El caso es que cada persona da un significado propio a los sucesos que vive y por ello dos personas reaccionan de distinta manera a dos sucesos iguales.

Hace un par de semanas, antes de escribir este capítulo, una lagartija apareció en la cocina de mi casa. A causa de los ruidos extraños que se escuchaban allí desde hacía algunos días, había una sospecha compartida de que algo rondaba por la cocina. Mi hijo pequeño, de diez años, hacía conjeturas fantásticas de qué podría ser lo que causaba el ruido; finalmente, una tarde el intruso se dejó ver, mi hijo entró en alborozo y se divirtió mucho persiguiendo la lagartija con un recipiente de plástico para capturarla y tenerla como mascota. Entretanto, la señorita que hace las labores de la casa entró en pánico, gritaba y le arrojaba objetos al “bicho”.

Ambos vieron la lagartija, pero su reacción al hecho fue completamente diferente.

Lo de la lagartija no reviste más importancia, a nivel humano, que la que tiene una pequeña anécdota familiar, pero si las reacciones tan distintas ante un mismo hecho las trasladamos a algo más importante, como puede ser la reacción ante una bandera, una religión o un partido político, las cosas pueden tomar un cariz mucho más serio.

Ante un reto algunas personas pueden entusiasmarse, pensar que el reto les pone a prueba y que les sirve para conocerse mejor, mejorarse y conseguir una recompensa de algún tipo si lo superan. Otro tipo de personas, por el contrario, percibirán el reto como un obstáculo en sus vidas y les hará saber que son incapaces de enfrentarse a problemas y superarlos con éxito. El reto es el mismo, la percepción y la consecuente reacción, no.

Evidentemente las personas del primer tipo se esforzarán, crecerán ante el reto, se implicarán y tendrán más posibilidades de conseguir superarlo y, en el caso de no lograrlo, volverán a intentarlo o tendrán la conciencia tranquila por haber hecho todo lo posible; y creedme cuando os digo que la culpa es uno de los sentimientos más dañinos y resistentes que puede experimentar el ser humano.

¿Qué ocurrirá en el caso del segundo tipo de personas, aquellos que enfocaban el reto como una condena en vez de como una aventura? Evidente, se esforzarán poco o nada. ¡Cómo no, si parten de la premisa de que es algo que excede sus fuerzas! Sobredimensionarán la magnitud de la tarea y la darán por perdida antes de haberla empezado o cuando surjan las primeras dificultades en el transcurso de su ejecución.

¿Y la culpa? La culpa hará de las suyas, pues le susurrará insistentemente al oído algo que ya saben: que no han hecho el esfuerzo, que han rehuido su responsabilidad, que se han falseado a sí mismos. Entonces, con muchas probabilidades, el individuo que se encuentra en esta situación frustrante inventará mil excusas para engañarse a sí mismo, excusas que tarde o temprano le resultarán huecas, sin peso, vacías. Sabrá que se está engañando, habrá aprendido un poco más a tirar la toalla. Cada vez le será más fácil no hacer nada y más difícil enfrentar la vida. La amargura, tal vez la depresión, está servida.

Pero este es un libro sobre optimismo y de eso vamos a tratar. Se puede revertir esa tendencia al pesimismo, se puede ser optimista con todas las ventajas que ello conlleva (más evidentes aún en los momentos difíciles). Para aprender a ser optimista “solo” hace falta comportarse como un optimista, esto cambiará una subjetividad negativa ante los hechos por otra positiva. ¿Cómo hacerlo? Paciencia, estamos aún al comienzo del libro.

La subjetividad es responsable de muchas cosas más. Por ejemplo, moldea inconscientemente nuestra interpretación de lo que está pasando. Todos necesitamos explicarnos las cosas importantes que nos ocurren, es una característica del ser humano. Por eso hay momentos, por ejemplo, al acostarnos, en los que no podemos conciliar el sueño debido a que no sabemos lo que quería decir nuestro jefe cuando nos llamó hoy al despacho, o no sabemos el motivo por el cual nuestro hijo lleva un par de días triste y apagado. No aceptamos los hechos sin más, buscamos un significado preciso que los justifique.

Este impulso, que nos lleva a achacar nuestras emociones o sucesos experimentados a algún motivo que se nos escapa, es extraordinariamente potente. Por ejemplo, el niño se levanta enfadado por la mañana, sin ser algo habitual en él, y buscamos el motivo. ¡Tiene que haber alguno! Y es que quizás no lo hay, simplemente se ha “levantado con el pie izquierdo”.

Esta subjetividad, por una parte, y esta necesidad de buscar una causa explicativa a cualquier suceso, es un tándem de gran peso en la formación de nuestra personalidad.

Esas percepciones subjetivas son las que conforman las distintas personalidades o “modos de ser”.

Distingamos un poco, a modo aclaratorio, la diferencia entre personalidad y carácter, ya que son términos que no significan, ni mucho menos, lo mismo, aunque a veces se usen indistintamente.

El carácter viene programado, en su mayor parte, por los genes que nos han tocado en suerte. Ya en las salas de maternidad pueden observarse bebés que son especialmente activos, inquietos y curiosos, mientras que otros son mucho más tranquilos y menos interesados en el entorno.

Es cierto que existen genes que regulan la absorción y transporte de serotonina, neurotransmisor encargado de modular las emociones. Las personas que poseen una versión más corta de este gen son más influenciados por los estímulos del entorno y por el estado de ánimo de quienes les rodean que quienes son portadores de la versión más larga del gen; es decir, las emociones del primer grupo dependen en mayor medida de lo que les rodea que las opiniones del segundo, que poseen más control e independencia propia de las emociones.