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Pablo Diablo ha inventado una máquina del tiempo.Y su hermano pequeño, Roberto el niño perfecto, quiere jugar con él a viajar al futuro. ¿La curiosidad no puede ser en algunas ocasiones "peligrosa"? Una novela dividida en cuatro divertídismos relatos que demuestran la importancia de la imaginación y la creatividad.
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Seitenzahl: 45
Veröffentlichungsjahr: 2014
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Francesca Simon
Ilustraciones de Tony Ross
Traducción de Miguel Azaola
Para mi hermana, Anne Simon,
1
Pablo Diablo miró por la ventana. ¡PUUAAAAAJJJJ! Hacía un día precioso. Brillaba el sol. Trinaban los pájaros. Soplaba la brisa. En el cielo luminoso flotaban unas nubecillas de algodón.
¡Qué mal!
¿Por qué no llovía? ¿O granizaba?
¿O nevaba?
En cualquier momento, en cualquier segundo... iban a sonar las palabras que había estado temiendo, las palabras que daría cualquier cosa por no escuchar, las palabras…
—¡Pablo! ¡Roberto! ¡Es hora de salir de paseo! –llamó su madre.
—¡Yupiii! –gritó Roberto, el niño perfecto–. ¡Podré llevar mis nuevas botas de goma amarillas!
—¡NO! –aulló Pablo Diablo.
¡Salir de paseo! ¡¡¡Salir de paseo!!!¡Como si él no caminara ya más que de sobra! Iba andando al colegio. Iba andando a ver la tele. Iba andando hasta su ordenador. Iba andando hasta el tarro de los caramelos y encima volvía andando al supercómodo sillón negro.
Pablo Diablo caminaba un montón.¡Sí señor! Y lo último que necesitaba era todavía más caminatas. Más chocolate, de acuerdo. Más bolsas de patatas fritas, vale. Pero ¿andar más? ¡De eso nada!
¿Pero por qué no podrían sus padresdecir alguna vez: «Pablo, ¡es hora de jugar con el ordenador!», o «Pablo, deja de hacer tus deberes ahora mismo, que ya es hora de que pongas la tele»?
Pues no. Por alguna razón, sus mezquinos y espantosos padres opinaban que pasaba demasiado tiempo metido en casa. Llevaban semanas amenazándole con hacerle participar en un paseo familiar. Y había llegado el momento temido. Su precioso fin de semana había quedado en ruinas.
Pablo Diablo odiaba la naturaleza.Pablo Diablo odiaba el aire fresco. ¿Acaso había algo más aburrido que andar por las calles de un lado a otro, contemplandolas farolas? ¿O que chapotear sobre el barro de algún parque absurdo?La naturaleza apestaba. ¡Puajj! Preferiría mil veces quedarse en casa viendo la tele.
Su madre entró a grandes pasos en el cuarto de estar.
—¡Pablo! ¿Es que no me has oído llamaros?
—No –mintió Pablo.
—Ponte tus botas de goma; nos vamos–dijo su padre–. ¡Qué día tan espléndido!
—No quiero ir a pasear –dijo Pablo–. Quiero ver El Gladiador Exterminador contra el Luchador Desintegrador.
—Pero, Pablo –dijo Roberto, el niño perfecto–, el ejercicio y el aire fresco te sentarán muy bien.
—¡Me importa un rábano! –chilló Pablo.
Pablo Diablo salió dando patadones en el suelo y abrió la puerta de la casa de par en par. Inspiró profundamente, dio un salto a la pata coja y volvióa cerrar la puerta.
—¡Listo! Ya está. Aire frescoy ejercicio –gruñó.
—Pablo, nos vamos –dijo su madre–.Entra en el coche.
A Pablo se le aguzó de pronto el oído.
—¿En el coche? –preguntó–. Creí que íbamos de paseo.
—Precisamente –dijo su madre–.Un paseo por el campo.
—¡Hurra! –dijo Roberto, el niño perfecto–. Un buen paseo bien largo.
—¡NOOOOO! –aulló Pablo. Arrastrar los pies por el aburrido parque de siempre ya era bastante penoso, con sus hojas mohosas, sus cacas de perro y sus árboles encanijados. Por lo menos, el parque no era muy grande. ¡Pero el campo!
¡El campo era enorme! Se pasarían andando horas, días, semanas enteras, hasta que se les cayeran los pies y sus piernas se convirtieran en muñones. ¡Y el campo era tan peligroso! Pablo Diablo estaba seguro de que se lo tragarían las arenas movedizas o sería pisoteado hasta morir por una bandada de pollos salvajes.
—¡Vivo en la ciudad! –chilló Pablo–.¡Y no quiero ir al campo!
—Pues ya va siendo hora de que lo hagas –repuso su padre.
—¡Pero mirad esas nubes! –gimió Pablo, señalando uno de los jironcillos algodonosos–. Nos vamos a empapar.
—Un poco de agua no le hace daño a nadie –dijo su madre.
¿Ah, sí? Ya lo sentirían, ya, cuando se muriera de una pulmonía.
—¡He dicho que me quedo aquí y se acabó! –gritó Pablo.
—Pablo, estamos esperando –insistió su madre.
—Pues muy bien –replicó Pablo.
—Mamá, yo ya estoy listo –dijo Roberto.
—Voy a empezar a descontarte dinero de tu paga –amenazó su padre–:cinco céntimos…, diez céntimos…, quince céntimos…, veinte céntimos…
Pablo Diablo se puso sus botas de goma, cruzó la puerta pateando el suelo con fuerza y se metió en el coche dando elportazo más fuerte que pudo. ¡No había derecho! ¿Por qué él nunca podía hacer lo que quería? Iba a perderse la primera ocasión en que el Gladiador Exterminador se enfrentaría al Luchador Desintegrador. Y todo porque tenía que participar en una larga, aburrida, agotadora y asquerosa caminata. Se sentía tan deprimido que ni siquiera le quedaban energías para pegarle una patada a Roberto.
—¿No podríamos dar solo una vuelta a la manzana? –gimió Pablo.
—La ene con la o, no –dijo su padre–.Vamos a dar un magnífico paseo por el campo y no hay más que hablar.
Pablo Diablo se encogió desanimado en su asiento. Loque iban a arrepentirse cuando lo devoraran las cabras...
«Aayyy, si no nos hubiéramos arriesgado a daraquel paseo por tierras inexploradas», gemiría su madre; «Pablo tenía razón, debimos hacerle caso», sollozaría su padre;«Cómo echo de menos a Pablo», berrearía Roberto. «Nunca volveré a comer queso de cabra». «¡Y ahora es ya demasiado tarde!», se lamentarían todos a coro.
«Ojalá», pensó Pablo: «así aprenderían».
Su madre no tardó mucho en dirigirse hacia un aparcamiento, en la linde de un bosquecillo.
—¡Huuyy! –dijo Roberto, el niño perfecto–: Mira qué árboles tan bonitos.
