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SIEMPRE HA SIDO MIA
Don G me dio una orden: encontrar a su hija.
Hacerla entrar en razón. Traerla a casa.
Por supuesto, tomar a la princesa de la mafia de la mano será mi placer.
Pero no volverá a casa; se quedará conmigo.
Porque sin importar su contrato de matrimonio con otra familia,
Jenna Pachino siempre ha sido mía.
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Veröffentlichungsjahr: 2021
Jenna Pachino siempre ha sido mía
Capítulo uno
Capítulo dos
Capítulo tres
Capítulo cuatro
Capítulo cinco
Capítulo seis
Epílogo
Libro Gratis
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Acerca del Autor
Padre de la mafia
Por Renee Rose
Don G me dio una orden: encontrar a su hija.
Hacerla entrar en razón. Traerla a casa.
Por supuesto, tomar a la princesa de la mafia de la mano será mi placer.
Pero no volverá a casa; se quedará conmigo.
Porque sin importar su contrato de matrimonio con otra familia,
Jenna Jachino siempre ha sido mía.
Jenna
La música demasiado alta podría ser lo único que me mantiene de pie en este momento. Reboto y giro en la pista de baile al ritmo de DJ Sunshine, la DJ mujer con más onda de Ibiza. Es posible que tenga unos cuantos cosmos encima. La habitación se inclina y gira de forma alarmante cada vez que me detengo.
Creo que debería agradecerle al mafioso Nico Tacone por pagar la cuenta de este estilo de vida fiestera, pero me pasé toda la vida odiándolo, así que ser agradecida sería todo un ajuste. De todas formas, me liberó de nuestro contrato de matrimonio y me dio el dinero para escapar hasta que él resolviera las cosas con nuestras familias, así que no tengo ninguna queja acerca de él.
Me doy vuelta y me choco con una pared de exquisito traje italiano. El placer de la conocida esencia masculina me supera, y tiro los brazos alrededor del cuello del hombre antes de que mi cerebro registre lo que significa.
Me han encontrado. Atrapada.
—¡Alex! —respiro.
La mano derecha de mi padre. Su soldado, guardaespaldas, protegido; lo que sea que quieran llamarlo.
No quise tirarme encima de él, pero el control de mi cuerpo no está en su mejor momento. Ay, ¿a quién engaño? Quiero pegarme contra este hombre por completo.
Ha sido el objeto de mis enamoramientos de colegiala desde que tenía quince.
Fuerte, apuesto, poderoso, sensual. Italiano. Es todo lo que amo en un hombre. Y está fuera de mi alcance. O en vez de eso, como princesa de la mafia con un contrato de matrimonio con otra familia, yo he estado fuera de su alcance.
Lo que significó que sin importar cuánto coqueteara o intentara provocarlo, nunca mostró el menor interés por mí más allá del ardor del deseo que juro estaba grabado en su mirada. Pero tal vez les echara a todas las chicas esas miradas sofocantes porque estoy bastante segura de que es un gran seductor.
Sus brazos de hierro enroscan mi cintura, supuestamente para levantarme, porque no estoy haciendo un buen trabajo por mí misma, pero lo tomo como una invitación y levanto las piernas para envolver su cintura.
—Eso es, bambina.
Nunca antes me llamó bebé y el placer que me causa se expande en mi interior mientras él tuerce mi antebrazo bajo mi trasero, se gira y camina rápido hacia la puerta.
Para cuando mi cerebro entiende lo que está sucediendo, ya salimos de la pista de baile y casi estamos fuera de la discoteca.
—¡Espera!
Intento agacharme. Creo que cuando me colgué de él al saludarlo buscaba un baile sensual en la pista. Pero Alex solo piensa en los negocios, y si cree que me arrastrará de vuelta a Chicago para afrontar a mi padre, tendrá que una pelea en sus manos.
Pateo y me revuelco y de repente Yuri, el ruso gigante y tatuado que se sienta y mira a DJ Lucy todas las noches con cara de bobo, se para en frente de nosotros y bloquea a Alex.
—Baja a la chica.
Su acento es marcado como sus brazos musculosos.
Es imposible no amar a Yuri. Estoy noventa y nueve por ciento segura de que también estuvo en la mafia. O bratva, como sea que llamen a la mafiya rusa. Sus tatuajes muestran sus antecedentes y cuando no está mirando embobado a Lucy, su expresión promete la muerte a quien sea que se meta en su camino o que mire por mucho tiempo a su chica.
El cuerpo ya inmóvil de Alex se vuelve aún más rígido. Me baja de a poco hasta los pies, supongo que para tener las manos libres para pelear.
Empujo mi cuerpo entre ellos, pero sin mucho esfuerzo Alex me mueve hacia atrás de él.
—Está bien, Yuri. —Mierda, estoy arrastrando las palabras un poco. Toco el brazo bien vestido de Alex—. Es mío. Quiero decir, está conmigo. Estoy con él. Me puede llevar ahora.
Yuri se suena los nudillos.
—¿Conoces a este tipo? No es seguro.
Escucho a Alex gruñir, en serio, a mi lado.
—Es seguro para mí, —digo con rapidez—. No para otra gente. —Definitivamente no para ti. Tomo el brazo de Alex, ansiosa por salir de allí sin que corra sangre—. Déjanos pasar, Yuri.
Los párpados de Yuri se entrecierran, pero después de unos momentos, se hace a un lado.
Alex no deja de mirar al tipo de forma amenazante hasta que estamos lejos, luego me vuelve a levantar y me lleva como a una niña pequeña sobre su cadera.
—Esto es divertido. —Me siento más alto y pataleo como una niña feliz. Es una posición ridícula, pero me encanta.
—Te tiraría sobre mi maldito hombro, pero temo que me vomites los talones, —gruñe Alex.
Me río aniñada y enredo los dedos en su cabello grueso y oscuro. En alguna parte de mi mente, ya sé que mañana me avergonzaré por mi comportamiento, pero en este momento, es muy placentero estar tan cerca de Alex sin inhibiciones.
Parece que me ha estudiado porque camina una cuadra hasta mi hotel y va directo hasta mi suite, donde espera a que busque a tientas dentro del pequeño bolso cruzado hasta encontrar mi llave. Sin querer se me cae y solo entonces me baja.
Estoy borracha, así que es probable que invente cosas, pero me gusta pensar que disfrutó llevarme tanto como a mí me encantó montarme en su cintura. Por supuesto, me gustaría montar su cintura de otra forma por completo, pero es probable que eso no suceda.
—Por favor dime que mi papá no está aquí, —digo arrastrando las palabras mientras abre y empuja la puerta hacia mi suite de lujo en la que me he estado quedando.
—No, solo yo. —Su voz es tensa. Se quita la chaqueta de traje con un tirón impaciente.
—¿Por qué estás enojado?
Levanta una ceja, lo que resulta extremadamente sensual en él. En serio tengo una debilidad por los peces gordos italianos y enojados. Víctima por vivir en La Cosa Nostra, creo. Sus ojos se obsesionan conmigo, observan mi falda muy corta y mi pequeña camiseta con tirantes.
Bueno, estoy mostrando mucha más piel que cuando estaba en casa, pero estoy en una isla española.
—Estabas bailando en una discoteca, vestida así. Borracha. ¡Te podría haber pasado cualquier cosa, piccolina!
Niego con la cabeza, lo que hace que la habitación gire.
—Estaba a salvo, —digo arrastrando las palabras—. Viste cómo actuó Yuri.
Me detiene el hecho de que Alex sujete mi antebrazo, me dé vuelta, y empuje mi torso hacia abajo sobre la cama. Me río aniñada cuando su mano me golpea en el trasero, aunque en realidad sea insolente.
—No vuelvas a decir ese maldito nombre.
