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GRAN BRETAÑA. LA CONQUISTA NORMANDA NUNCA SUCEDIÓ. Londres, siglo XXI. La conquista normanda de 1066 nunca ocurrió. Todavía existe una alianza inestable entre los descendientes de las antiguas tribus sajonas y celtas, y en general reina cierta paz. LAS ANTIGUAS TRIBUS AÚN SOBREVIVEN. Hasta que una serie de brutales asesinatos, en particular el de una importante figura celta, vienen a remover rencores del pasado. Aedith y Drustan, capitana sajona de la policía e inspector celta, tendrán que dejar atrás las tensiones para intentar resolver el caso siguiendo las pistas de Fengyr, un asesino en serie conocido por decapitar a hombres poderosos implicados en casos de corrupción o abusos. Y TODAVÍA QUEDAN ASESINATOS POR RESOLVER.
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Seitenzahl: 622
Veröffentlichungsjahr: 2026
Índice
Listado de personajes
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Cinco
Seis
Siete
Ocho
Nueve
Diez
Once
Doce
Trece
Catorce
Quince
Dieciséis
Diecisiete
Dieciocho
Diecinueve
Veinte
Veintiuno
Veintidós
Veintitrés
Veinticuatro
Veinticinco
Veintiséis
Veintisiete
Veintiocho
Veintinueve
Treinta
Treinta y uno
Treinta y dos
Treinta y tres
Treinta y cuatro
Treinta y cinco
Treinta y seis
Treinta y siete
Treinta y ocho
Treinta y nueve
Cuarenta
Cuarenta y uno
Cuarenta y dos
Cuarenta y tres
Cuarenta y cuatro
Cuarenta y cinco
Cuarenta y seis
Cuarenta y siete
Cuarenta y ocho
Cuarenta y nueve
Cincuenta
Cincuenta y uno
Cincuenta y dos
Cincuenta y tres
Cincuenta y cuatro
Cincuenta y cinco
Cincuenta y seis
Cincuenta y siete
Cincuenta y ocho
Cincuenta y nueve
Sesenta
Sesenta y uno
Sesenta y dos
Sesenta y tres
Sesenta y cuatro
Sesenta y cinco
Sesenta y seis
Sesenta y siete
Sesenta y ocho
Sesenta y nueve
Setenta
Setenta y uno
Setenta y dos
Glosario
Agradecimientos
Bibliografía
Lecturas adicionales
Título original inglés: Pagans.
© del texto: James Alistair Henry, 2025.
Esta traducción ha sido publicada gracias a un acuerdo con James Alistair Henry.
© de la traducción: Antonio Padilla Esteban, 2026.
© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S. L. U., 2026.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
rbalibros.com
Primera edición: febrero de 2026.
ref.: obfi581
isbn: 978-84-1098-476-9
depósito legal: b. 2.085-2026
el taller del llibre • preimpresión
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PARA RICHARD Y JULIA.
Y PARA MI FAMILIA, POR LA PACIENCIA QUE TUVO.
AEDITH MERCIA: Capitana del cuerpo de policía de Londres, asignada a la brigada de homicidios de la comisaría de Woden’s Cross. Hija del influyente político Lod Mercia, hermana de Edric y madre adoptiva de Coram.
CONDE LOD MERCIA: Político y jefe del clan de la región de Mercia (véase Glosario). Padre de Aedith y Edric, marido de Sweterun.
coram mercia: Hijo adoptivo de Aedith Mercia, estudiante.
EDRIC MERCIA: Hermano de Aedith, hijo de Lod y Sweterun.
SWETERUN MERCIA: Mujer de Lod, madre de Aedith.
CHEOL AGAPOS: Sargento del cuerpo de policía de Londres en la comisaría de Woden’s Cross, subalterno de Aedith Mercia.
AVA NAEKU: Agente del cuerpo de policía de Londres en la comisaría de Woden’s Cross.
BEOCCA TANCRED: Mayor del cuerpo de policía de Londres (Sección Especial).
ODDA HENGIST: Comandante del cuerpo de policía de Londres en la comisaría de Woden’s Cross.
DAEGLAF ADAMU: Teniente coronel del cuerpo de policía de Londres en la comisaría de Woden’s Cross.
«PADRE» OSWIN: Maestro en el hospicio de Rowan Berry.
WIGMUND: Guardés del hospicio de Rowan Berry.
HILDRED EMOR: Propietaria de una empresa.
STITHULF HATT: Guardia de seguridad.
EAWYNN WETTIN: Funcionaria administrativa asignada a la Cumbre de Unificación.
GIF DENBY: Tatuador.
DRYER, FALSO TÍO DE AEDITH MERCIA: Asesor y mediador que trabaja por cuenta propia.
DRUSTAN DE DUMNONIA: Inspector jefe de la policía tribal de Dumnonia.
DEEDRA KESAIR: Jerarca tribal, jefa de clan, influencer mediática.
GORSEDD ANGWIN: Diplomático tribal, antiguo miembro de un grupo terrorista.
ANDRASTE MAOL NUADAT: Mujer de negocios.
FAIRGUS BLAENU: Delincuente de poca monta.
CONWENNA PENNPRAS: Terapeuta y asesora, esposa de Drustan.
BANBA GODWIN: Especialista en tecnologías de la información, asignada a la comisaría de Woden’s Cross.
Extracto procedente de: Servicios de Inteligencia Colectivos Panafricanos, Ficha de País: Britania
Esta nación en desarrollo, ubicada justo frente al Califato Islámico del Sur de Europa, está habitada por una inestable alianza de tres naciones Estado con diferentes religiones, culturas e idiomas: los celtas de las Tierras Tribales del Oeste y Gales, los sajones ingleses del Este, y los nórdicos de la República Democrática de Escocia Septentrional, separados por una frontera fuertemente militarizada conocida como el Muro.
De estas tres naciones, los nórdicos son los más prósperos, con Eidenhaugr (Edimburgo) como la capital financiera de la gran Unión Económica Nórdica, mientras que la Inglaterra sajona tiene dificultades para seguirles el paso y las Tierras Tribales del Oeste sufren las consecuencias de la represión y el saqueo de sus recursos nacionales al que fueron sometidas por sus vecinos durante años.
Extracto procedente de Lagos Economist: Índice Global Anual, última edición
Como ha ocurrido durante los dos últimos siglos, los Estados Unificados Panafricanos siguen siendo la superpotencia mundial hegemónica, seguida de cerca por el Imperio Mugal de la India y el Califato Islámico Europeo.
Mientras tanto, la Unión Económica Nórdica (integrada por la República Democrática de Escocia, Islenska, las Tierras Danesas, el Protectorado Sápmi/Nynorsk/Suomi y el Reino de Sverrland) prefiere centrarse en las actividades financieras, al tiempo que hace las veces de muro de contención por si se diera el caso de que las naciones reñidas entre sí que forman el Conglomerado Zarista pusieran fin a sus disputas y trataran de expandirse al oeste.
Más al este, los Han siguen estando en situación de ventaja sobre las dinastías rivales, sin dejar de formar vínculos con diversos países débiles noreuropeos, con intención de establecer puntos de apoyo fuera de sus fronteras. Su deseo de asumir el control de determinados puertos en zonas de aguas frías no ha pasado desapercibido por los panafricanos.
Varias superpotencias tienen intereses sobre los vastos recursos naturales de las llanuras, praderas y riquezas minerales de las Norteaméricas, y una serie de tratados con los pueblos indígenas de la Primera Nación han llevado al establecimiento de un frágil equilibrio de poderes, sin permitir que ninguno de los actores se haga con el control generalizado.
Oladele llevaba largo tiempo soñando con ver uno de esos grandes bosques ingleses en otoño. Tayo, su novio —mejor dicho, su marido, debía acostumbrarse a llamarlo así—, no estaba tan entusiasmado. Pocos días antes de reservar la luna de miel, seguía mostrándole fotos de playas soleadas, palmeras, incluso de vacaciones en veleros, pero Oladele se había mantenido firme, así que ahora allí estaban, al otro lado del mundo, caminando bajo cielos grises y atravesando bosques primitivos. Ese año el verano se había prolongado más de lo habitual, y aunque la estación en principio ya se había acabado, las hojas aún no comenzaban a caer y menos aún a virar a los vistosos rojos y anaranjados que les habían asegurado que podían esperar.
Tayo le había suplicado a Oladele que por lo menos contrataran a un guía local. Dos colegas que trabajaban con él en la oficina habían viajado a Inglaterra con un vuelo económico para una despedida de soltero unos años atrás, y hablaban maravillas del guía que habían contratado. El hombre les dio a probar licores y brebajes del lugar, los acompañó a contemplar un ritual druídico y hasta les consiguió otro coche de alquiler cuando al todoterreno que conducían se le rompió el eje delantero. Pero Oladele se negó.
—Podemos explorar el país por nuestra cuenta —argumentó—. No tengo ganas de que un hombre disfrazado de nativo nos lleve a las atracciones turísticas y que luego se largue por la tarde a su autocaravana con conexión wifi. Vayamos por nuestra cuenta en busca de aventura. Aquí no estamos en Lagos, Tayo. ¡Esto es un país salvaje!
Así que alquilaron una cabaña situada en pleno bosque, con un asistente que les dejaba las cenas preparadas y la nevera llena de comidas típicas, que cada tarde reemplazaba las hubieran consumido o no. Por fortuna, los puerros hervidos con los que se toparon el primer día no volvieron a entrar en el menú.
—Parece mentira que estemos solo a quince kilómetros de Londres —se maravilló Oladele mientras atravesaban el enésimo claro en la espesura. Tayo murmuró una respuesta, aunque estaba más ocupado observando los árboles a su alrededor con cierto nerviosismo. Oladele suspiró, pues tenía claro que su marido estaba obsesionado con los lobos. Y mira que había tratado de convencerlo de que en Inglaterra no quedaban lobos, a lo que él siempre respondía que si había olvidado que tenían previsto reintroducir la especie, ¿o eran los osos?
—Ojalá hubiera traído un abrigo más grueso —respondió él.
Oladele puso los ojos en blanco —y al momento cayó en la cuenta, no sin remordimiento, de que había estado haciendo ese gesto en demasiadas ocasiones durante la luna de miel— y acto seguido se abrió paso con determinación entre los zarzales (había traído consigo unos guantes gruesos para ese propósito concreto) hasta llegar al siguiente claro —¿o se trataba de un pequeño valle?—, una amplia depresión circular con forma de plato y un roble fuerte y solitario en su centro.
Ya había alguien más allí. Un hombre blanco con un bigote de morsa —pero muy, muy blanco, como si estuviera anémico—, con la espalda apoyada en el ancho tronco del árbol. Llevaba solo unos pantalones raídos, y tenía el pecho cubierto de tatuajes, mayoritariamente negros, pero con algunos dibujos zigzagueantes de color granate. Tenía los brazos tendidos al frente, la cabeza ladeada y los pies juntos. La postura resultaba bastante curiosa. Como tantos otros nativos, el desconocido llevaba un torques metálico en torno al cuello, hecho con alambre trenzado de forma cuidadosa. Los británicos no tenían mucho, pero eran unos grandes artesanos.
—Creo que es algo de tipo religioso —indicó Tayo, llevándose una mano a modo de visera sobre los ojos—. Lo mejor es que no lo molestemos.
Pero Oladele ya estaba dando un paso al frente con el teléfono móvil en la mano. Por supuesto, primero pediría permiso para tomarle una foto: era importante mostrarse respetuosos con otras culturas. Si el hombre le decía que no, se metería el móvil en el bolsillo, pero quizá podrían charlar un poco. A esas alturas no le vendría mal un poco de sabiduría ancestral, y aquel nativo tenía pinta de saber alguna que otra cosa.
—¿Hola? —dijo, pero el hombre no levantó la vista.
Al acercarse más, advirtió que los destellos plateados en sus muñecas y tobillos no eran joyas, como había pensado en un primer momento, sino clavos, clavados al árbol atravesando la carne y los huesos. También le habían rajado la garganta. Lo que Oladele había creído que era un tatuaje serpenteante de color rojo oscuro, en realidad eran regueros de sangre reseca.
Oladele bajó el móvil hacia el suelo justo cuando Tayo se detenía de forma abrupta a su lado.
—Vaya —dijo él, tras un largo silencio—. ¿Tú crees que van a devolvernos algo del dinero del viaje?
Oladele empezó a buscar un lugar donde el móvil tuviera señal para comunicarse con el cuerpo de policía local, al tiempo que intentaba ignorar una sospecha creciente, la de que su matrimonio no estaba destinado a perdurar.
El sedán negro se detuvo con brusquedad mientras la ambulancia pasó de largo a toda velocidad con las sirenas ululando. La perdió de vista en un segundo, convertida en un borrón verdoso y blanco, el tan familiar color verde manzana que las caracteriza, y se perdió en el tráfico de Londres. El coche se puso en marcha otra vez soltando un leve gemido de motor eléctrico.
Aedith detestaba aquel sedán, pero su padre había insistido, así que en un pequeño gesto de desafío le había dado la noche libre al chofer para conducirlo ella misma. De haberse enterado, Coram hubiera realizado con el dedo la runa de «me importa una mierda», pero Aedith lo había dejado haciendo los deberes de matemáticas bajo la tutela de Hilde. Ahora mismo empezaba a envidiarlo. Las calles estaban repletas y la línea que separa la acera de la calzada, ya poco respetada en general, ahora era totalmente hipotética.
Normalmente, Aedith hubiera conectado las luces y la sirena de emergencia para seguir la estela de la ambulancia, como si estuviera escoltándola, pero, por inexplicable que resultara, el espacioso sedán no contaba con ninguna. Lo que sí tenía eran cristales a prueba de balas, pero eso tan solo suponía que no se podían bajar las ventanillas para gritarle a los peatones. O para acribillarlos a tiros.
Se detuvo en un semáforo y, al momento, un hombre estampó un puñetazo contra el cristal. Una mano mugrienta, aunque no tanto como el atuendo mal combinado que llevaba puesto. Un rostro tatuado, ebrio e indignado escudriñó a Aedith. Ella reconoció el tatuaje: un diseño abstracto de Wayland el Herrero, un dibujo con líneas entrelazadas a modo de circuito que ascendía por la cara del desconocido hasta donde comenzaba el pelo. En su día, como una década atrás, los diseños de Wayland hicieron furor entre los empleados de los departamentos de informática, pero hoy habían pasado de moda. El hombre seguramente se quedó sin empleo en el momento en que el Imperio Mugal irrumpió como un vendaval y compró casi todo cuanto quedaba de la industria local de telecomunicaciones.
Al verla, su expresión fue de sorpresa, ya que seguramente esperaba que el ocupante de ese cochazo fuera un dignatario extranjero o una celebridad de las redes sociales, y no una mujer sajona de treinta años, con el cabello rubio recogido en dos trenzas, brazaletes de plata en ambos brazos y un vestido moderno y costoso de corte clásico. El tipo se recobró de su asombro rápidamente y empezó a gritarle obscenidades. Hasta que dejó de hacerlo, pues Aedith sacó su arma de la guantera, que ella misma le puso el nombre de «Lungpiercer», y le dio unos toquecitos al cristal con el cañón del arma. El del tatuaje reculó a toda prisa y fue a mezclarse entre un corrillo de otros como él.
El semáforo se puso en verde. Aedith rodeó con el sedán a un bigotudo anciano celta vestido con túnica tradicional que conducía su buey por la calle, giró el morro del vehículo hacia el West End y pisó el acelerador a fondo. Cuanto antes llegara a su destino, antes podría largarse. Aedith detestaba las fiestas.
Situado a tiro de piedra del Puente de Londres y a un corto paseo desde el Palacio Real, el Meadow estaba considerado como el mejor hotel de la capital. Para Aedith había sido el escenario de incontables reuniones familiares desde la niñez. Por eso lo aborrecía tanto. Tuvo que esforzarse a fondo para meter la Lungpiercer en la guantera antes de cederle el sedán al aparcacoches. Hizo lo posible por aplacar a su irritado espíritu animal (su psicólogo una vez le dijo que se trataba de un halcón, pero Aedith estaba segura de que su única intención era halagarla, para estar a buenas con su padre, por lo que no tardó en despedirlo) con el razonamiento de que estaba a punto de entrar en una batalla de corte dialéctico, no en una de plano físico, lo que conllevaba el recurso a unas armas por completo distintas. Sin embargo, su espíritu animal seguía revolviéndose en su interior mientras Aedith mostraba su tarjeta de identidad en la puerta, así que respiró hondo y entró en la fiesta.
—¿Quién es el imbécil que te ha hecho ese peinado? —preguntó Deedra Kesair—. Tendrías que haberlo liquidado.
Deedra vestía un elegante vestido negro. Tal vez de Lombardian, pensó Aedith, aunque la alta costura en realidad no le interesaba demasiado. Llevaba el cabello castaño tirando a rojizo firmemente sujeto en lo alto, y el torques que le rodeaba el cuello estaba tan primorosamente confeccionado que, más que en un objeto en sí, llevaba a pensar en la sugerencia de una identidad espiritual. Tenía el lado izquierdo de la cara enteramente cubierto por unos serpenteantes tatuajes negros que se estrechaban al descender por el cuello hasta donde alcanzaba la vista, que en su caso era bastante abajo (la elegancia estaba reñida con la funcionalidad), en torno a uno de sus pechos.
—¡Has engordado! —indicó Aedith, abrazándose a ella con una evidente alegría—. Te queda bien. Así gordita me gustas más.
Deedra la apartó de un empujón y sonrió. Los dientes disparejos que Aedith recordaba del colegio habían sido corregidos después de que Deedra visitara a un experto dentista de la Morería. Sin embargo, contrariamente a lo que podría esperarse, su expresión era ahora más montaraz y asilvestrada, aunque no sabría decir el motivo.
—Dime la verdad —repuso—. Si tuvieras que detener a tres personas en este lugar, ¿a quiénes escogerías?
—Ahora que me acuerdo —dijo Aedith—. Sonríe como si fuera a hacerte una foto. Por supuesto, no voy a hacértela, pues esos estrafalarios tatuajes medio indígenas que llevas me llenarían el teléfono de malware, pero necesito que me cubras.
Dicho lo cual, sacó el teléfono del bolsillo oculto en su vestido y apuntó con el dispositivo en la dirección de Deedra, aunque no a ella exactamente. Con expresión malévola, su interlocutora se puso a imitar poses de famosos, mientras Aedith escudriñaba a cada uno de los presentes con discreción.
—Tu padre está en el rincón, departiendo con un escocés —dijo Deedra, con expresión de quien acaba de ver a alguien a quien conocía bien, lo que seguramente era el caso—. Está echando un trago con delegados de por allí arriba.
El teléfono de Aedith poco menos que echaba humo, pues no cesaba de compilar caras, lo cual le proporcionaba la información de sus nombres y ocupaciones profesionales, demasiada información para procesarla en el momento. Pero eso daba igual, porque, como buena policía, nunca estaba de más acotar el mayor número posible de identidades en un momento y lugar precisos cada vez que surgía ocasión de hacerlo. Por supuesto, los únicos que permitían que sus propios dispositivos proporcionaran esa información a todo el mundo eran aquellos que no tenían intención de cometer delito alguno. O bien aquellos lo bastante poderosos para salirse de rositas en caso de cometerlo. Pero una nunca sabía cuándo podía resultar útil una información de ese tipo.
El hotel Meadow era conocido por su fusión del elegante estilo nórdico con una sencilla interpretación que los ingleses hacían del mundo de ultratumba: suelos de piedra clara con columnas de madera tallada de modo elaborado, tanta vegetación y guirnaldas luminosas como fuese posible colgar del techo y música de arpa constante. Las habitaciones del hotel eran más de lo mismo, con auténticas urnas funerarias situadas de forma rompedora en cada una de las hornacinas situadas apuntando al noreste. Cuando era niña, a Aedith le dijeron que aquellas urnas contenían las cenizas de personas muertas. Su hermano Edric una vez volcó una de ellas, haciendo caso omiso de los chillidos de su hermana, para ver qué era lo que de verdad contenía. Una cajetilla de cigarrillos vacía, un arrugado recibo del servicio de habitaciones (arroz con pollo al estilo nigeriano) y el cadáver de una polilla.
Aedith nunca se lo dijo a Edric, pero estaba convencida de que lo sucedido aquel día provocó dos cambios de importancia en su forma de interpretar el mundo: estaba casi segura de que la religión era una pura patraña, y a partir de ese día se apasionó por el intento de reconstruir la existencia de una persona a partir de los retazos de información dejados a su paso. Iban a pasar doce años hasta su ingreso en la policía, pero mentalmente se convirtió en una fiel candidata en ese preciso momento.
«conde elector lod (mercia)», indicaba el teléfono de Aedith tras pasar por encima del rostro barbado de un hombre robusto de cincuenta y tantos años, cuyo traje negro le constreñía el ancho pecho. Lod dejó el vaso vacío en la bandeja de un camarero que pasaba y se encaminó hacia Aedith, sin darle tiempo a que pudiese fingir que no estaba catalogando a los asistentes a un evento social principalmente organizado en beneficio del aristócrata.
—Ha sido un placer, querida —dijo Deedra al momento, esbozando un beso con los labios antes de salir pitando hacia la otra punta de la sala.
—No puedes seguir limitándote a relacionarte con los amigos del colegio —refunfuñó Lod mientras besaba en la mejilla a Aedith con aquella delicadeza que tanto le sorprendía en él—. Porque eso no es relacionarse. Lo que tienes que hacer es conocer a gente nueva.
Haciendo abstracción del traje, Lod bien podría ser uno de los patriarcas de la familia Mercia durante los últimos dos milenios. Aedith los había visto en los grabados: con la mirada furibunda y el ceño fruncido, con barbas enmarañadas y el pelo largo y suelto, con los tatuajes ascendiendo por el cuello y los dedos adornados con anillos de plata. Por su parte, la tradición requería que las mujeres apareciesen bordadas en tapices, circunstancia sobre la que Aedith ya había expresado su clara opinión. En todo caso, cuando a Lod le llegara el día, Aedith haría lo posible para que el artesano en el que recayera el honor de tallar su imagen en madera incluyese en su obra un teléfono móvil y una tablet electrónica con multitud de hojas de cálculo: dos de las armas que Lod había usado para mantener a los mercios en la cúspide social sajona, o al menos no muy por debajo de ella, mucho después de que las lanzas y las hachas cayeran en desuso.
—Todos los días me encuentro con gente nueva, papá. Por lo general, suelen estar junto a un cadáver, negando todos los hechos, pero no por eso dejan de ser nuevas.
Una amplia sonrisa se dibujó en el rostro de Lod. La mitad de sus dientes eran de plata, procedente del mismo lugar que la de los anillos. Cuando muriese —si algún día llegaba a pasar—, solo habría que arrancárselos y fundirlos para que pasaran a engrosar la fortuna familiar.
—¿Cómo está el chico?
—El día que salga de su cuarto, ya te avisaré.
—Vaya —dijo Lod, con una pícara mirada—. Adolescentes.
Aedith abrió la boca y luego la cerró.
—Claro —dijo finalmente—. ¿A qué esperas para darme el paseíllo y mostrarme ante tus invitados para vanagloriarte de que tu hija tiene un empleo de verdad? Está claro que para ti es sumamente importante.
—Tonterías. Lo único que quiero es presentarte a algunas personas. Y, por favor, ni se te ocurra detener a cualquiera que tenga más de tres guardaespaldas alrededor. Lo digo porque podría resultar complicado.
—Yo no... —fue a protestar Aedith.
Pero Lod ya estaba llevándola hacia una mujer panafricana de unos cincuenta años, elegantemente ataviada y ocupada en tomarse un cóctel a sorbitos. A su lado, un hombre con un porte no menos distinguido rodeaba su talle con el brazo.
—La senadora Legat, de la delegación congoleña —indicó Lod. La mujer asintió con la cabeza y sonrió de un modo que Aedith encontró sincero y cálido—. Y su marido, Fabrice. Mi hija, Aedith.
—Creo que ya nos hemos visto antes —repuso Aedith—. Su marido y yo, quiero decir. —La sonrisa de Legat se hizo más amplia. Fabrice se mantuvo inexpresivo.
—Mi esposo viene a visitar su hermoso país varias veces al año —dijo Legat—. Principalmente, para asistir a galas benéficas y eventos similares. —La expresión de Fabrice seguía siendo impasible.
—Será por eso —dijo Aedith.
—¿Y su hija a qué se dedica? —preguntó Legat.
—Es funcionaria del Estado —respondió Lod al momento. Saludó con la cabeza y se llevó a Aedith de allí.
—El año pasado saqué a ese hombre de un burdel en Porpoise Square —reveló Aedith en voz baja, mientras se acercaban a una mesa que hacía honor a la tradición culinaria del país anfitrión: galletas de cebada con especias, rodajas de manzana fritas, callos espolvoreados con vete tú a saber qué. Casi nadie había tocado ninguno de los platos—. En la habitación de al lado habían matado a golpes a un pobre chaval. No creo que el señor Legat estuviera envuelto en el asunto, pero los de la Sección Especial se lo llevaron y lo pusieron a salvo antes de que pudiera interrogarlo.
—Interesante —dijo Lod—. ¿Y a Legat le iban los niños o las niñas?
—Si no recuerdo mal —respondió Aedith mientras cogía una galleta de cebada—, el hombre no le hace ascos a nada. ¿Es la razón por la que querías que viniese? Doy por sentado que estás al corriente de los trapos sucios de la mayoría de los invitados.
—Los panafricanos aprecian que les presentes a la familia —explicó Lod—. Pero es entendible que no haya traído a Edric, ¿verdad?
—Por supuesto que es entendible. Primero tendrías que concederle la libertad.
Lod se encogió de hombros.
—Tiene que pagar por lo que hizo, y él lo sabe. Ya saldrá cuando sea pertinente. Pero a decir verdad sí que tengo otro motivo... Necesito que realices una lectura.
Con un amplio gesto de la mano, abarcó la sala entera. Allí habría por lo menos ciento cincuenta personas, incluyendo camareros y arpistas.
—¿Una lectura? ¡Pero...! Sería mejor utilizar un dron.
—No es cuestión de tecnología, que ya sabes que poseo. Lo que quiero es tu intuición.
—Ya te vale... —soltó Aedith—. El chantaje del halago.
Sin embargo, no pudo evitar echar un vistazo alrededor.
Mientras, Lod mordisqueaba una de las galletas de cebada.
—Pues oye, están buenísimas —le indicó a una camarera, que se ruborizó y reculó, con la vista fija en el suelo.
Lod esbozó una sonrisa pícara y añadió:
—Quien tuvo retuvo, está claro.
—Papá, cállate, anda —masculló Aedith.
Lod le hizo caso. Engulló el resto de la galleta y se mantuvo a la espera.
—Vamos a ver —dijo Aedith—. Dos de los camareros trabajan para los mugal. El fulano aquel que está allí parece ser sajón, pero lleva un micrófono de muñeca y de hecho es de raza mestiza, pero con la piel muy, muy clara, por lo que voy a ponerme racista y dar por sentado que está al servicio de los panafricanos. Los demás seguramente trabajan todos para ti. Los nórdicos no son muy duchos en el uso de tecnología para llevar en el propio cuerpo, por lo que supongo que han escondido micrófonos en las columnas, o hasta es posible que hayan situado a uno de los suyos en el edificio de enfrente con uno de esos dispositivos de largo alcance que recoge las vibraciones en los cristales de las ventanas. Y diría que los celtas no cuentan con agentes o tecnología en el lugar, pero sí que los veo algo inquietos, aunque desconozco la razón. Y veo que se mantienen a distancia de Deedra, lo que me causa cierto interés. Oye, ¿y cuál se supone que es la excusa para celebrar esta fiesta?
Lod se mesó la barba, un gesto que, como Aedith sabía desde hacía años, denotaba que algo lo divertía.
—Hay una teoría que dice que si Inglaterra, los diversos Territorios Tribales del Oeste y nuestros vecinos nórdicos del otro lado del Muro unieran sus fuerzas y formasen un solo Estado nación, entonces quizá podríamos por fin llegar a ser alguien. Ahora que lo pienso, me lo habrás oído mencionar alguna que otra vez. Pero bueno, las nuevas negociaciones en la Cumbre se inician dentro de tres días.
—Ya —dijo Aedith—. Se trata de eso. Ahora entiendo por qué a mi brigada le han llegado órdenes de desalojar los barrios de chabolas. Y por qué las putas están subiendo sus tarifas.
Cada cinco años aproximadamente tenía lugar una nueva Cumbre para la Unificación, que posiblemente se trataba de la misma Cumbre que simplemente sobrevivía, más o menos, y se limitaba a asomar la cabeza de vez en cuando. El asunto llevaba en marcha desde antes del nacimiento de Aedith, quien daba por sentado que seguiría exactamente igual después de su muerte. De hecho, se había convertido en toda una industria, no siempre lícita en todos sus aspectos, como Aedith estaba en situación de indicar.
—¿No te importa en absoluto el futuro de tu país? —preguntó Lod.
Aedith puso los ojos en blanco, a sabiendas de que cada encuentro con su padre venía a ser un retroceso a los años de su adolescencia, un período de su vida que ella no dudaba en describir como «la época en la que todavía no llevaba un arma encima».
—Papá, es simple: somos Tres Reinos que nos ha tocado compartir una misma isla —dijo finalmente—. Viene a ser como uno de esos viejos chistes de «un tribal, un sajón y un nórdico entran en un bar y...». Tan pronto como una facción decide que puede obtener un beneficio unificándose con una de las otras dos, la tercera se opone por principio. Los tribales tienen tierras, pero carecen de dinero; los nórdicos tienen dinero, pero no tantas tierras como desearían, y nosotros apenas tenemos lo justo de lo uno y de lo otro, por lo que no es cuestión de correr riesgos y ponerlo todo en peligro. Por no hablar de esa otra isla que tenemos al lado.
Las tribus irlandesas fueron invitadas a la primera Cumbre, unos treinta años atrás. El encuentro no salió del todo bien, y a partir de entonces los irlandeses se asociaron con una de las principales dinastías chinas, con la promesa de que tendrían carreteras y aeropuertos nuevos siempre y cuando se mantuvieran alejados de sus díscolos vecinos que estaban siempre a la greña, lo cual les pareció perfecto.
El teléfono de Aedith vibró.
—Hora de volver al trabajo. Me alegro de volver a verte. Le diré a Coram que preguntaste por él. Dile a mamá que la quiero.
Lod soltó un gruñido y levantó una segunda galleta de cebada a modo de despedida, pero Aedith parecía repentinamente inmovilizada con el teléfono pegado al oído.
—Espera un segundo. Papá, ¿tú sabes por qué aquellos tribales se muestran tan nerviosos?
Aedith señaló con la cabeza. En un rincón, un corrillo de delegados estaba debatiendo algo con inquietud. Casi todos iban bien vestidos y los torques en sus cuellos reflejaban las luces de los teléfonos que de pronto estaban mirando con suma atención. Los de mayor edad seguían llevando los largos mostachos que tan anticuados resultaban para los más jóvenes, que preferían ir bien afeitados, a la moda panafricana, mientras escuchaban temas de Speed Beat a un volumen posiblemente perjudicial para los oídos. Las mujeres, por su parte, se atenían al estilo favorecido por Deedra, con el cabello peinado hacia arriba, para que se viese bien en qué lado de la cara llevaban los tatuajes. ¿Tenía algún significado el hecho de llevar un lado tatuado y el otro no? Probablemente era una referencia a la fase lunar en la que la persona había nacido o algo por el estilo. Aedith se decía que un día de estos tenía que preguntárselo.
—Si de verdad tuviera nueva información sobre nuestros queridos vecinos y aliados de las naciones célticas —dijo Lod, al parecer sin ironía—, sospecho que diría que están preocupados porque su principal negociador no haya llegado aún, lo cual sin duda los deja en una muy mala posición en la mesa de negociación.
—¿Y tú sabes algo sobre ese negociador que no ha podido llegar aún?
—Pues no —respondió Lod, que ya se había dejado de acariciar la barba—. ¿Por qué lo preguntas?
—Pues... —empezó a decir Aedith—, porque acaba de aparecer. Muerto. Clavado en un árbol en el bosque de Epping.
Al principio, Drustan creyó haber dado esquinazo a los puestos de control establecidos por los sajones en dirección al Este, hacia Londres. Con un gesto, el corpulento alguacil rubio con la pistola ametralladora y el cuchillo ajustados junto al muslo indicó que el autocar podía pasar. Y eso que sus hombres estaban registrando otros tres autobuses a conciencia, mientras los celtas vestidos con chándal tiritaban de frío alienados en la cuneta y los perros adiestrados olisqueaban sus escasas pertenencias. Drustan no dejó de mirar al frente mientras el vetusto vehículo se estremecía, volvía a ponerse en marcha y se dirigía a la autovía, eructando volutas de humo negruzco mientras los coches eléctricos de fabricación panafricana lo adelantaban con una facilidad pasmosa.
Pero ahora llevaban ya más de media hora parados en la estación de autobuses, y las puertas del vehículo seguían estando firmemente cerradas. No habría supuesto ninguna diferencia si Drustan hubiese venido desde los Territorios Tribales situados por encima del canal de Bristol, haciéndose pasar por uno de los montañeses de por allí. La frontera no estaba tan vigilada como antes bajo el reinado del último Rey Supremo, pero había demasiada implicación emocional e inversión corporativa en la parafernalia de la seguridad fronteriza como para abandonar dicha actividad. Al menos hasta ese momento.
La vieja mujer sajona sentada junto a Drustan llevaba un pollo en el regazo. De vez en cuando, el hombre y el ave se encontraban las miradas y seguían mirándose obstinadamente. Ambos eran conscientes de que sus destinos respectivos estaban en manos ajenas. Entretanto, los demás sajones en el autobús mataban el rato charlando con felicidad. Dado que ahora se encontraban al otro lado de la frontera, ya no tenían mucho que temer.
—Swa þonne se ealda cyning cwilþ...
—Gehyrest ðu þæt unwyrþan sweg hie forþiað on þæm drylican soncræfte-boxe...?
—Heo suþe gesoden bleat leac agen...
Drustan cerró los ojos y llevó la punta de un dedo a su torques. Lo ayudaba a pensar, a concentrar la mente en una nueva dirección, a pensar en sajón, o en una versión de esa lengua que lo ayudase a seguir con vida en la ciudad.
—Así que el viejo Rey Supremo está muriéndose...
—Pero ¿tú has oído qué música más horrorosa ponen en la radio últimamente...?
—La parienta me ha hecho otra vez una maldita fiambrera con puerros hervidos...
—¿Me quiere comprar el pollo?
La vieja sajona levantó el ave en su dirección. El ave cloqueó débilmente.
—No, gracias —dijo Drustan.
—Los puñeteros celtas del carajo, más agarrados que un puño —murmuró la anciana con el ceño fruncido.
En ese momento subieron al autocar dos policías, uno ancho y cuadrado, el otro alto y desgarbado. Iban vestidos con ropas de paisano —de paisano pobre, para ser más exactos, pues llevaban unos trajes tan grisáceos como raídos—, pero llevaban las placas bien visibles, colgadas de cadenillas de plata.
—Queremos aprovechar la oportunidad de darles la bienvenida a Londres, Capital del Este, Asiento del Rey Supremo —dijo el larguirucho.
—Aunque tampoco es que dejemos entrar a cualquiera —matizó el cuadrado—. Así que tengan los papeles a punto.
La anciana sentada junto a Drustan rebuscó en el interior del bolso.
—Usted no, señora —dijo el desgalichado—. Con usted no hay problema.
La mujer asintió con la cabeza y se marchó del autobús con el pollo bien sujeto. Los demás sajones fueron siguiéndola al exterior. Ninguno de los celtas se movió del asiento.
El policía cuadrado los escudriñó con ojos siniestros.
—Chusma de la peor calaña —sentenció.
Al cabo de un rato, después de comprobar su documentación, practicar unos registros corporales ligeros y efectuar unas cuantas llamadas de radio por completo innecesarias, permitieron salir del autobús a los celtas también. Drustan veía claramente cuál era la situación. La policía ya había cubierto las cuotas de detenciones asignadas para aquella jornada, y el sistema, cuyo funcionamiento era deficiente, ya no daba mucho más de sí ni permitía la agregación de unos cuantos indeseables más al listado del día. Todo aquel filtro burocrático no había pasado de ser una representación, una demostración de fuerza destinada a recordar a los visitantes del Oeste en qué terreno se encontraban ahora. Drustan había experimentado esa misma situación muchas veces, y sabía lo que hacer en tales casos: hacerse el remolón, quedarse rezagado, dejar que los demás bajasen primero. Si tenía que producirse un incidente, mejor que no hubiera testigos.
—Bueno, pues aquí tenemos al último de entre los últimos —dijo el agente larguirucho, percatándose de la presencia de Drustan por primera vez—. Los papeles, si es tan amable.
Drustan llevó la mano a la repisa sobre el asiento y cogió el abrigo y la maltrecha bolsa de viaje. Echó a andar hacia la puerta del vehículo, donde los dos policías lo estaban aguardando. Llevaba los documentos de viaje en la mano, pero el larguirucho hizo caso omiso de ellos y fijó la vista en su traje.
—Para ser un indígena de tres al cuarto, no anda mal vestido del todo, ¿verdad, Flad?
—Y que lo digas, Eadwulf. Vaya un traje guapo que nos lleva.
La verdad era que el traje era de los buenos, el único que Drustan tenía, confeccionado con una tela negra y tupida. Un tanto arrugado ahora mismo, pero resistente y fácil de limpiar. Un sastre había insistido en pagarle un favor por un trabajo en el Oeste. La hija del sastre había desaparecido, y Drustan la trajo de vuelta, tras asegurarse de que efectivamente quería regresar. Drustan no podía aceptar dinero de aquel hombre, pero su traje de siempre se había desgarrado por un par de sitios —gajes del oficio—, así que el sastre se ofreció a hacerle uno nuevo.
—Uno nuevo igualito al otro, favor por favor —dijo. Y Drustan no veía por qué tenía que negarse a ello.
Llevaba una camisa blanca con el cuello abierto bajo el traje, de manera que el torques asomaba un poquito por el cuello. Ningún celta que se preciase llevaba corbata.
Drustan mantuvo la vista al frente mientras Eadwulf revisaba sus documentos.
—¿Es la primera vez que sales de la reserva?
En ese momento, Drustan no se acordaba del recorrido preciso que constaba en la documentación de viaje. Seguramente no era muy de fiar, y ya estaba harto de tanto viaje.
—Mire de una vez los papeles, por el amor de los dioses —indicó.
Los policías se miraron el uno al otro, y lo siguiente que pasó fue que Eadwulf puso la punta de su seax en la garganta de Drustan, que quedó impresionado. Ni siquiera había visto que el larguirucho se hiciese con la larga daga típicamente sajona. Quizá la llevaba en una funda con resorte de liberación rápida, amarrada a la espalda. A los sajones les encantaban los juguetitos, como todo el mundo sabía.
—Más te vale demostrar un poco de respeto a la policía, amigo mío. —Eadwulf lo dijo sin levantar la voz, en un tono suave. Como quien da unas indicaciones a un conductor. Flad bostezó de manera ostentosa—. Creo que voy a necesitar otros documentos de identidad más —agregó Eadwulf—. Estos no terminan de convencerme, mira tú por dónde.
—Cómo no, agente —dijo Drustan.
De forma lenta y medida, se llevó la mano al bolsillo interior del abrigo y sacó una billetera de plástico. La abrió, sonriendo cortésmente. Eadwulf ni miró, pues seguía fulminándolo con la vista.
—Espero por tu bien que no estés tratando de quedarte conmigo.
—Eadwulf... —advirtió el otro policía, sin que su compañero le hiciese el menor caso.
—Lo digo por tu bien, amigo —repitió Eadwulf—. Aquí en el Este andamos sobrados de sentido del humor, y eso todo el mundo lo sabe. Pero de vez en cuando no estamos para bromas.
—Colega... —dijo Flad, tosiendo con discreción.
Drustan levantó la billetera hacia el larguirucho, para que dejara de llamarse a engaño. Sobre un reluciente cuño plateado, unas palabras estaban más que claras: «inspector jefe».
—Hostia —dijo Eadwulf, apresurándose a guardar el seax—. Mis más sentidas disculpas, señor. Pero es que estos días nos estamos encontrando con muchos indeseables todos los días. Tribales, pero también sajones, ojo.
Drustan pasó por delante de él, bajó del autobús, se llevó la bolsa de viaje al hombro. Se giró hacia ellos y se quedó mirando cómo entraban en tensión.
—¿Por dónde se llega al bosque de Epping?
Era pasada la medianoche cuando el sargento Agapos condujo a Aedith hasta el punto más interior del bosque al que se podía acceder por la pista en mal estado. Estacionó junto a los demás vehículos oficiales. Iluminado por los arcos voltaicos, un paramédico sajón estaba sentado en un tocón de árbol, fumando un cigarrillo electrónico con aire aburrido. El vapor con aroma a cereza acababa perdiéndose entre los árboles, fundiéndose con la niebla que estaba formándose en el frío aire de la noche.
Unos focos dispuestos en torno al solitario roble en el claro apuntaban al cadáver, que relucía blanquecino, como si en vez de estar siendo iluminado, fuera él la fuente de luz. Vestidos con monos blancos, los del equipo forense estaban ocupados en clavar unas estacas numeradas en el suelo, mientras debatían entre ellos en voz baja e iban tomando fotografías con un flash muy brillante, como si fuesen espíritus convocados desde el bosque ejecutando extraños rituales.
Aedith se calzó las botas de goma, y Agapos le pasó un grueso abrigo que siempre llevaba doblado en el maletero.
—Me gusta ese vestido que llevas —dijo. Y seguramente lo decía con sinceridad.
Al igual que la cuarta parte de los integrantes de la policía metropolitana, Agapos tenía la piel oscura y las facciones anchas. Descendientes de los marinos africanos llegados a las orillas del Támesis unos cuantos siglos atrás, los ancestros de Agapos fueron reclutados por un señor de la guerra como mercenarios a su servicio. Más tarde, después de que por el canal de la Mancha se colara el novedoso concepto de un cuerpo civil destinado al mantenimiento del orden público, se reconvirtieron en agentes de la policía local. A estas alturas, muchos de ellos eran más sajones que los propios sajones. Aedith había reparado en la moneda bendita que Agapos llevaba prendida al cuello justo por debajo del chaleco de protección antipuñaladas, una ofrenda de matrimonio de la que le hizo entrega el actual marido del agente, un funcionario de aduanas con la misma complexión y una altura similar que Agapos, si bien situado en el otro extremo de la paleta de colores, pues era un nórdico que se había trasladado al sur en busca de inviernos no tan fríos. El rostro en aquella moneda tan solo tenía un ojo, y la nariz era más ancha que en las representaciones al uso. El otro lado mostraba inscrito un nombre: «woden».
—Gorsedd Angwin —informó Agapos—. Celta, soltero, de casi cuarenta años, apreciado por todos, o por lo menos respetado, según coinciden todos los interrogados. Lo vieron por última vez ayer por la noche, bebiendo con los demás delegados, aunque sin pasarse. Recibió una llamada hacia las diez, momento en que salió del bar, y ya nadie volvió a verlo. Hasta que esa pareja de turistas se tropezó con él esta tarde. Están en su luna de miel, nada menos. Yo mismo les tomé declaración. La mujer fue de mucha ayuda, pero el marido me pareció un capullo, un pichafría.
—¿Siguen por aquí esos dos?
Agapos negó con la cabeza.
—Por decirlo en pocas palabras: están viajando de regreso a su país. Yo los hubiera retenido, pero... Son panafricanos.
Aedith no dijo palabra. La legislación inglesa raras veces llegaba a obligar a los visitantes de otros países a prestar ayuda en una investigación. Y si eso sucedía, bastaba con sobornar a algún pez medio gordo para librarse del engorro y salir del país volando.
—Tendré que enviar a la mayor parte de la brigada a dedicarse a otros menesteres este fin de semana —apuntó Agapos—. Porque alguien tendrá que desalojar esos campamentos de los sin techo.
Aedith no podía quejarse. Cada cual estaba obligado a dedicarse a lo suyo. Y lo suyo en este momento era una víctima que llevaba por lo menos cuatro horas muerta. Probablemente más tiempo. Era casi seguro que habían acabado con el tipo en ese mismo lugar. La corteza del árbol estaba negra de sangre, que también se veía en la tierra bajo los pies cruzados. Llevaba un mes sin llover, por lo que el suelo estaba resquebrajado y sediento. No era de esperar que diesen con alguna pisada. Aedith se agachó para estudiar los clavos que atravesaban los tobillos del muerto.
—Clavos de mampostería —informó Agapos—. Los mismos que en las muñecas. De venta libre en cualquier almacén de ferretería. Seguramente disparados con una pistola de clavos, un artilugio que también puedes alquilar en la tienda. Yo mismo alquilé una cuando tuve que reparar el porche el verano pasado.
Aedith asintió con la cabeza y revolvió el pequeño montón de broza ensangrentada bajo los pies de aquel hombre. Nunca se sabía lo que podías encontrar en esos casos. Era posible que algo se hubiera caído de un bolsillo: un billete de tren, un recibo arrugado, hasta un carnet de identidad. Ella nunca había tenido la suerte de encontrar nada, pero siempre miraba por si acaso. Pero, obviamente, ahí no había nada. Se levantó, dio un paso atrás.
—Eres corpulento y estás en buena forma. ¿Crees que podrías hacerlo tú solo?
Agapos se rascó el mentón, pensativo.
—Tal vez. Pero primero lo hubiera drogado. —Dirigió su mirada hacia los árboles. Lo meditó y dijo—: Después lo habría transportado desde el bosque, lo hubiera puesto de espaldas contra el árbol, le hubiera clavado una muñeca, luego la otra y luego los tobillos. Y lo de rajarle el cuello al final. Sí, sí que hubiera podido hacerlo yo solito.
—Vaya —dijo Aedith impresionada—. Más me vale ser puntual con el papeleo de tu pensión cada final de mes. En fin, a ver si el análisis de toxicología indica consumo de drogas. Pero ¿por qué tanto interés en dejar el cadáver a la vista de todos?
—¿Quién sabe? A lo mejor tenían previsto escarmentarlo con una buena paliza y a alguien se le fue de las manos. Por cuestión de deudas, quizá. —Ahora Agapos estaba estudiando los tatuajes del cadáver—. Algunos de estos dibujos tribales me suenan; no veo tatus que denoten pertenencia a una banda criminal. ¿Me has dicho que se trataba de un diplomático?
—Un diplomático de alto nivel, por lo visto. Esos celtas bigotudos seguramente tienen dificultad en encontrar candidatos para ocupar altos cargos, pero yo creo que si te presentas cubierto con tatus de los Hijos de Lugh u otra pandilla semejante, de la primera entrevista no pasas. Eso podría llevarnos a la religión. No he podido dejar de fijarme.
—¿Religión? —Agapos la miró con perplejidad—. ¿Un crimen motivado por el odio, quieres decir?
Aedith asintió con la cabeza.
—¿Te acuerdas de lo sucedido hace unos años con aquellos fanáticos, los Herederos de Woden? Los que colgaban a sus víctimas de torres de telefonía con alambre de espino, sin dejar de grabarlo todo con detalle, diciéndose que los dioses no tardarían en recompensar dichas ofrendas con algo de su sabiduría.
Unas grabaciones que en el juicio constituyeron unas pruebas inmejorables, como Aedith recordaba. La prensa sensacionalista estaba encantada con todo el caso, y como la mayoría de las víctimas eran adictos o delincuentes, los plumillas solían hablar del tema con menciones a una «justicia divina» que nadie reprobaba del todo.
—Sí, me acuerdo. Los colgaban de los tobillos —indicó Agapos con expresión de disgusto. Aedith nunca terminaba de estar segura de hasta qué punto el sargento era un tipo religioso. No era de los que, cuando empezabas a tener problemas, enseguida te invitaban al templo de su predilección o de los que se indignaba si celebrabas el solsticio de invierno sin una cabeza de jabalí auténtica expuesta sobre el fuego del hogar, pero nunca se sabe—. Por lo menos, aquellos tipos estaban al corriente de los procedimientos religiosos que debían seguir. Lo digo porque, en teoría, este señor de aquí debería estar boca abajo.
Aedith asintió con aire distraído. Por la razón que fuese, lo que menos le gustaba de todo era que tuviera los brazos abiertos.
—¿Se supone que su cuerpo está formando una T? ¿Tiene eso algún significado especial entre los mostachudos?
Aedith no alcanzaba a imaginar a un tribal lo bastante robusto y corpulento como para cargar con otro hombre, llevarlo a un bosque y clavarlo a un árbol por su cuenta. Los celtas, por lo general, eran tirando a flacuchos, y ya lo eran incluso antes de que la pobreza y la mala alimentación hicieran de las suyas. Aunque era posible que hubiera algún que otro celta grandullón.
—Y bien —musitó Agapos de repente, con un desconcierto que era raro en él—. Seguramente se lo puedes preguntar a ese que viene por ahí, ¿no crees?
Un celta delgado y barbado, vestido con traje y abrigo, acababa de aparecer entre los árboles, encaminándose hacia donde estaban.
Un par de agentes uniformados fueron corriendo hacia él, en el mismo momento que enseñaba su placa de policía. Retrocedieron. Los del equipo forense se miraron unos a otros sin entender, mientras el recién llegado se acercaba, pero estaba claro que el celta sabía cuáles eran los procedimientos que seguir, pues al llegar frente a la cinta extendida entre los árboles procedió a rodearla en dirección a Aedith y Agapos, con la mano en alto, mientras la luz de los focos iluminaba su cara de lleno. Llevaba el vello facial recortado, el pelo largo y parcialmente trenzado, recogido en la nuca sobre el cuello del abrigo. Su torques era de tonalidad mate, plomiza.
—Inspector jefe Drunstan —se presentó—. Me han indicado que la capitana Aedith Mercia es la que lleva el caso.
Agapos estaba mirándolo boquiabierto.
—Pero ¿de dónde diablos ha salido usted?
—¿Es usted la capitana Mercia?
Aedith levantó la mano.
—Ya —dijo Drunstan—. Mis disculpas.
Se estrecharon las manos un segundo. Agapos seguía mirándolo fijamente.
—El sargento seguramente estará pensando que ha estado usted echando las runas y se ha transportado hasta aquí siguiendo campos de energía o algo así —explicó Aedith.
—Me dieron las coordenadas de GPS —contestó Drustan, levantando su teléfono—. He venido en un taxi que me ha dejado donde ha podido y he seguido caminando hasta ver la luz entre los árboles. ¿Podemos hablar?
—¿Quiere llevar este caso? —preguntó Aedith diez minutos después, mientras le pasaba un café a Drustan—. Pues adelante, ahí lo tiene. Me vendría bien tomarme un respiro y dejar de seguir engrosando mis estadísticas.
Drustan sonrió y dijo:
—Mis disculpas por haberle dado falsas esperanzas. Tan solo vengo como asesor. —Bebió un sorbo del vaso de papel y arqueó una ceja—. Buen café. ¿Es de la Morería?
—Los del equipo forense ya no tomarían otra cosa —indicó Aedith—. Mi familia tiene cierta relación con Iberia, de manera que importé una de las mejores máquinas para ganarme su favor.
—De donde procedo seguimos bebiendo un mejunje hecho con bellotas molidas —indicó Drustan—. La familia a la que se refiere es la del conde Lod, ¿no? —Lo dijo sin apenas mirarla.
—Y usted se ha presentado fingiendo no saber quién de nosotros dos era la capitana Mercia —lo reprendió Aedith con humor—. Y no, la familia que tiene lazos con Iberia es la familia de mi madre.
Drustan volvió a fijar la vista en Aedith, con una media sonrisa, en parte con cierto remordimiento, pero también se adivinaba otra mueca. Tenía los ojos muy oscuros. Quizá, como tantos otros varones celtas, se los había pintado un poco de kohl.
—A los ancianos tribales les inquieta la posibilidad de que esta muerte se deba a motivaciones políticas —indicó.
—¿Esta muerte? —repitió ella—. Una palabra demasiado cortés. Por nuestra parte estamos investigando un asesinato. Y no conozco bien la cultura tribal, pero me parece que aquí no estamos hablando de una aventura sexual que acabó mal. A no ser que ya fuera realmente mal mucho antes de acabar en ese bosque.
—Estoy de acuerdo —repuso Drustan con calma.
Aedith liquidó su café.
—A sus ancianos les inquieta la posibilidad de que el asesinato de este diplomático pueda beneficiar a mi padre de una forma u otra, y que por eso me han asignado el caso, para encubrir lo sucedido —dijo—. Y han echado mano de sus influencias para enviarlo a Londres, a fin de vigilarme de cerca y asegurarse de que no me salgo con la mía.
—Los sajones son conocidos por hablar sin pelos en la lengua —observó Drustan, sin dejar de beber café con tranquilidad—. Pero tendrá que disculparme. Mi gente es proclive a las ambigüedades, a las tonalidades del gris. Siempre necesito un poco de tiempo para ajustarme al nuevo entorno. El hecho es que nadie ha mencionado nada sobre que su padre esté involucrado en todo esto, pero me han pedido que haga acto de presencia y ofrezca mis conocimientos y contactos entre la comunidad celta para ayudar en la investigación. Y también, lo reconozco, para que nadie pueda decir que la investigación está siendo mediatizada. Su comandante, Hengist, se ha mostrado más que dispuesto a colaborar, lo que no deja de sorprenderme. Me ha ofrecido alojamiento y el apoyo de la policía sajona al completo hasta que el caso se dé por cerrado.
—Magnífico —añadió Aedith—. ¿Quiere echar un vistazo al cadáver antes de que lo desclavemos del árbol?
—Se lo agradecería mucho —respondió Drustan, y parecía hablar en serio.
—¿Lo conoce usted de algo? —preguntó ella. Drustan, que ya llevaba bastante rato estudiando el cadáver, negó con la cabeza—. ¿Qué me dice de esos tatuajes? Estamos al corriente de los símbolos y dibujos propios de los principales grupos criminales entre los mostachu... —Aedith advirtió demasiado tarde que acababa de usar el término despectivo que designaba a los celtas. Hizo una mueca y agregó—: Mis disculpas... Bueno, el hecho es que estos tatuajes no los identificamos.
Drustan no pareció prestar mayor atención al término racista.
—Por lo que veo, sobre todo son de tipo religioso y académico. Algunos de ellos tienen que ver con el deporte. Se ve que el hombre era entusiasta del hurling. Son los tatuajes acostumbrados entre las clases proletarias y medias. Aunque no termino de distinguir bien...
Drustan señaló el inicio de un tatuaje inscrito en el lado izquierdo del pecho del muerto, por encima del corazón, medio cubierto por la sangre reseca. Aedith se acercó a mirar. ¿El dibujo de unos dedos? Los forenses estaban recogiendo sus cosas, quitándose las mascarillas y los monos de trabajo, transformándose en humanos terrenales otra vez. Una imagen que no sabía por qué, pero ella siempre encontraba algo decepcionante.
—¿Nos pueden dar algo para limpiarlo un poquito?
Uno de ellos vino y le entregó un trapo y una botella con un líquido violáceo. Aedith humedeció el trapo y lo acercó al pecho del muerto, deteniéndose al advertir que Drustan suspiraba con vehemencia.
—¿Hay algún problema de tipo religioso?
El otro hizo una mueca.
—Lo más indicado sería que la primera persona en tocar el cadáver fuese de su misma tribu. O al menos cercana.
Aedith se encogió de hombros y le pasó los elementos. Drustan se puso a frotar en el centro del pecho y fue despojándolo de sangre reseca, con unos movimientos lentos y deliberados, mientras murmuraba algo al hacerlo. Unas palabras que Aedith no llegó a captar, y que tampoco hubiera entendido en caso de hacerlo.
El otro terminó por dejar al descubierto una mano tatuada. Una simple silueta sin más, como si alguien en su día hubiera tratado de apartar a la víctima de un manotazo y hubiera dejado su huella sobre la zona del corazón.
—Yo había visto esto antes —dijo Aedith.
El celta apartó el trapo del cuerpo, como si estuviera contaminado. Aedith también había visto antes aquella misma expresión en el rostro de otro hombre. Durante sus primeros tiempos en el cuerpo de policía, una vez la enviaron a la escena de un crimen sectario, con una motivación religiosa: un tejo sagrado al que luego le habían pegado fuego en Cheapside. Al llegar se encontró con que el sacerdote de la localidad estaba sentado en la acera entre las cenizas, con los ojos vacíos, balanceando el cuerpo adelante y atrás mientras toqueteaba nerviosamente las conchas de cauri del collar que llevaba colgando del cuello, sin hacer caso a los insistentes timbrazos del teléfono en su bolsillo. Su expresión era la de un hombre que acababa de encontrarse ante la más profunda de las blasfemias.
—Este hombre formaba parte del Fomóir —informó Drustan sin levantar la voz.
—Mierda —dijo ella.
Agapos condujo a Aedith a casa. La capitana podría recoger el sedán en comisaría por la mañana. A cualquier hora de la mañana. No era de esperar que alguien lo moviese de donde estaba, pues todos sabían lo que las placas diplomáticas significaban.
—Entonces, nos encontramos ante un caso de terrorismo, ¿no es así, señora? —preguntó él. Agapos tan solo empleaba la palabra «señora» cuando algo le preocupaba.
—El Fomóir lleva ya veinte años inactivo —dijo Aedith. De pronto le vino el recuerdo de los líderes comunitarios tribales en las noticias, con sus voces dobladas por actores; de los guardaespaldas de su padre, que todas las mañanas comprobaban si había algo debajo del coche antes de llevarlos a la escuela. Hasta que un buen día, los tribales volvieron a hablar con sus voces de siempre y los guardaespaldas dejaron de hacer comprobaciones—. Pero sí, antes no estábamos ante un caso político, ahora sí que lo estamos. Lo que resulta irritante. ¿Qué te parece ese inspector jefe Drustan?
Un agente de uniforme se avino a llevarlo a la academia de formación, donde Hengist le había ofrecido un alojamiento temporal. Varios centenares de cadetes de policía se iban a llevar una buena sorpresa por la mañana, pues iban a encontrarse con un inspector jefe tribal entre sus filas. Tampoco les vendría mal un poco de formación en diversidad.
Agapos se encogió de hombros.
—Con los celtas nunca sabes a qué atenerte. Este es más callado que la mayoría de los que he conocido, cosa que me gusta. Ya lo dice el refrán: oveja que bala, bocado que pierde.
—Claro —dijo Aedith, asimilando lo que el otro quería decir—. Bueno. Nos vemos en comisaría.
Se dio el gusto de dar un fuerte portazo al salir del coche. Aunque fuesen las dos de la madrugada, podía sentir cómo sus vecinos se escandalizaban. Parecían estar convencidos de que sus casas bajaban de valor cada vez que un vehículo policial pasaba por su calle, y quizá estaban en lo cierto. Ahora había aplicaciones que te indicaban esas cosas.
Le llevó cuatro minutos más franquear la seguridad de la puerta, pues tuvo que rebuscar en lo más profundo de los bolsillos del abrigo para encontrar el papelucho arrugado donde había anotado el código. Su padre había insistido en instalar el nuevo sistema la primavera anterior, y de nada valieron las protestas de Aedith. En el fondo sabía que él tenía razón, pero no dio su brazo a torcer hasta que su madre intervino.
—No lo hacemos únicamente por ti. —Sweterun tenía uno de sus días buenos, lo cual quería decir que podía levantarse del sillón, salir al jardín y sentarse bajo los manzanos todavía en flor—. También lo hacemos por el chico. Aún no tiene edad para protegerse a sí mismo.
—Tiene trece años —observó Lod. Raras veces se sentaba con ellas en el jardín. Prefería darles la espalda y observarlo todo con atención: que los montones de compost no llegaran a mezclarse con la leña apilada para servir de combustible cuando llegase el frío, comprobar si hacía falta vaciar el gran cubo donde se apilaban las hojas muertas—. Ya casi es un hombre. Y pronto tendrá que aprender a defenderse por su cuenta.
—¿De verdad crees en lo que acabas de decir? —preguntó Aedith, tras beber un sorbito de infusión de menta—. ¿O más bien te sientes obligado a decirlo?
Sweterun frunció los labios a modo de reproche, pero Lod se giró, le dedicó una sonrisa y respondió:
—Una generación distinta. —Un amago de disculpa que no llegaba a serlo del todo—. Tú educa a tu hijo como creas más conveniente. Nosotros no vamos a entrometernos. Excepto en lo tocante a la seguridad, claro está.
