Paradise Garden - Elena Fischer - E-Book

Paradise Garden E-Book

Elena Fischer

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Beschreibung

Billie, de catorce años, no suele cruzar la frontera del complejo de altos bloques de viviendas en el que vive. A finales de mes, el dinero apenas llega para pasta con kétchup, pero su madre, Marika, alegra su existencia con su imaginación y su gran corazón. Un día, sin embargo, reciben una visita inoportuna de su abuela húngara y Billie pierde mucho más que el vitalista día a día que compartía con su madre. Ahora que ya no puede hacer más preguntas a Marika, Billie se pone al volante de su viejo Nissan, dispuesta a encontrar al padre que nunca conoció y a averiguar por qué no deja de soñar con el mar, a pesar de que nunca ha puesto el pie en él. "Todo empezó el último día de las vacaciones de verano. Todo empezó con una canción en la radio. Todo empezó con unos grandes planes".

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Veröffentlichungsjahr: 2024

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1

Mi madre murió este verano.

La música en la radio pasó a ser solo ruido, no una invitación a cantar aunque ninguna de las dos nos supiéramos la letra. Un aguacero pasó a ser un fenómeno meteorológico, no la oportunidad de salir a correr y a chapotear descalzas en un charco.

Puede que suene poético, pero solo lo es sobre el papel. Catorce años es una edad de mierda para perder a tu madre. La pena viene y va como la marea, pero siempre está ahí.

A mi madre la enterraron el día más caluroso del año. Los pájaros revoloteaban por el cielo blanco y las lagartijas se cobijaban a la sombra de las lápidas. Al borde del camino florecían los rosales y el viento arrastraba su aroma dulzón hasta la tumba. El calor dilataba el tiempo y ralentizaba los movimientos.

Me limpié en el vestido las manos húmedas de sudor y me quedé mirando el hoyo a mis pies. Allí abajo yacía el ataúd, cubierto de girasoles, y en el interior yacía mi madre. Los bucles oscuros enmarcando su rostro, los labios rojos sonriendo burlones, los pies calzados en sus botas vaqueras blancas: así me la imaginaba.

También imaginaba que de pronto aparecía a mi lado y me salvaba. Se alisaba la falda y se pasaba la mano por el pelo. Luego decía algo del tipo: «¡No pongas esa cara, que no hay quien lo aguante!». Luego me besaba la coronilla, me daba la mano y las dos salíamos pitando, como tantas otras veces.

Mi madre, claro está, no vino.

Lo que me vino fue la primera regla.

El cura arrojó un puñado de tierra sobre el ataúd. «De la tierra saliste y a la tierra vuelves, pero el Señor te dará la vida eterna», pronunció con un sonsonete extraño, y la sangre manó, cálida y viva, de mi cuerpo. Por un segundo pensé que también iba a morirme allí mismo y, de haber podido elegir, me habría tumbado con mi madre. Que justo en ese instante me bajara la regla me pareció una traición por parte de mi cuerpo. Ni me moví. Cerré los ojos y deseé con todas mis fuerzas volverme invisible. Deseé que nadie se percatara de que me acababa de convertir en mujer.

Quería obligar a la sangre a regresar a mi cuerpo, pero no podía luchar contra la gravedad. La sangre corría lenta por la pierna abajo. Todo desciende en dirección a la tierra. Apreté un muslo contra otro y me estropeé el vestido de verano amarillo.

Si mi abuela hubiera estado presente, habría apretado los labios, formando dos finas líneas cuyos extremos se curvarían hacia abajo. Y habría llorado sin parar. Mi abuela parecía esconder un depósito de agua en el cuerpo que surtía sus ríos de lágrimas. Tal vez tuviera el rostro tan lleno de arrugas por toda aquella agua que fluía sin control y no dejaba tras de sí más que sequía.

El día que murió mi madre, me desintegré. Solo quedó la secuencia de letras que una vez había formado mi nombre.

Mi madre me llamaba Billie. B-i-l-l-i-e.

Para pronunciarlo, los labios apenas se juntaban un instante. Mi nombre de verdad lo oí por primera vez cuando tenía siete años. El primer día de cole, la maestra pasó lista. Al final solo quedaba yo, junto con un nombre que me resultaba ajeno.

—Billie es el diminutivo de Erzsébet —dijo mi madre. Su pronunciación fue perfecta. Y yo entendía el húngaro, pero lo único que oí fue Ärschebett.1

—¿Por qué no me bautizaron Billie?

—Tu abuela se negó —suspiró mi madre.

Yo no conocía a mi abuela, pero ya había descubierto que no le parecía bien nada de lo que le gustaba a mi madre.

—¿Por qué? —quise saber.

—El nombre de Billie no sale en la Biblia —respondió.

—¿Y Marika sí sale en la Biblia?

Negó con la cabeza. Luego añadió:

—No como tal. Pero Marika significa «regalo de Dios». Bueno, ese es uno de los significados.

—Entonces, ¿hay más?

A mi madre se le dibujó una sonrisa tan ancha que pude verle la muela de oro.

—«La ingobernable». Pero ese significado a tu abuela no se le pasó por la cabeza.

1 Literalmente «cama de culos». (N. de la T.)

2

Pero volvamos al principio. Todo empezó el último día de las vacaciones de verano.

Todo empezó con una canción en la radio.

Todo empezó con unos grandes planes.

Puede que todo empezara a la vez.

El caso es que volví del colegio justo a tiempo para poder participar en el concurso. Mi madre y yo estábamos como locas con él.

—Baja el volumen —le dije cuando entré en el cuarto de estar.

Había oído al presentador desde el corredor exterior y era probable que también lo hubieran oído el resto de los vecinos.

—Shhh —respondió mi madre, llevándose un dedo a los labios. En la otra mano sostenía el teléfono. Yo sabía que ya tenía marcado el número. Lo habíamos hecho mil veces.

Estaba sentada en el sofá. No paraba de mover la pierna y tenía la frente perlada de sudor. Aquella tarde hacía un calor agobiante. Había abierto todas las ventanas del apartamento, pero en el cuarto de estar seguía sin moverse el aire.

Apenas me había sentado a su lado cuando empezó todo.

—Tres, dos, uno —anunció el presentador; entonces sonaron las primeras notas.

—¡«Wicked Game»! —gritó mi madre.

—Pero ¿qué dices? —respondí. Yo ya había reconocido la canción—. ¡Es «All My Tears»!

—¿Estás segura? —me preguntó.

—¡Sí, venga, llama!

Una cosa era reconocer la canción y otra que te cogieran el teléfono. Lo que más me molestaba era cuando se lo cogían a alguien y se equivocaba con el título. Mi madre pulsó el botón verde y se pegó el auricular a la oreja.

Para nosotras, ganar dinero era superimportante.

Donde vivíamos, la mayoría de la gente hacía mucho que había borrado la palabra «ganar» de su vocabulario.

Allí, en el extrarradio, nadie vivía por gusto. Nuestro bloque era el más alto de cinco edificios de viviendas que, dispuestos en semicírculo, formaban una pequeña y vistosa ciudad. Cada uno estaba pintado de un color; el nuestro, de un amarillo desvaído.

Cuando dábamos la dirección, por ejemplo para una entrevista de trabajo, la gente lo detectaba al instante. «Muchas gracias por su interés; el siguiente, por favor». Mi madre se sabía la canción de memoria.

Aguanté la respiración y conté cuatro tonos. Al cuarto, de repente, estábamos en el aire.

Mi madre y yo nos pusimos tan nerviosas que nos pisábamos la una a la otra al hablar. Ella no paraba de saltar del alemán al húngaro y viceversa, como siempre que estaba nerviosa. Pero el hombre de la radio nos entendió igual. Al final dijo que debíamos esperar sin colgar. Casi no nos creíamos la suerte que habíamos tenido.

—Espero que la gente de la cola no nos levante el premio —dijo mi madre. Encendió el altavoz y se frotó la oreja derecha. La tenía roja.

Nos tuvieron esperando cinco minutos. Entonces nos felicitó una mujer y le pidió a mi madre el número de cuenta. Ella le leyó los números de la tarjeta. Era como si pronunciara una oración sabiendo de antemano que iba a ser escuchada.

Cuando colgó, dijo:

—¡Este verano nos vamos de vacaciones!

—¿Vacaciones de verdad? —pregunté. Ya veía las palmeras meciéndose al viento, una playa de arena y, por supuesto, el mar.

—Vacaciones de verdad —respondió. Entonces se levantó para prepararse e irse a trabajar.

Yo me tumbé en el sofá. El calor me amodorraba. Cerré los ojos y oí correr el agua de la ducha. En un momento dado, mi madre entró en el cuarto de estar con su ropa de «puedo con todo». El top de lentejuelas resplandecía con la luz del sol; los vaqueros se le ceñían como una segunda piel. También llevaba las botas vaqueras blancas con cerezas bordadas. Se despidió con un beso y se fue en autobús al centro, a su trabajo nocturno.

Mi madre tenía dos trabajos.

Por la mañana trabajaba en una enorme caja de cristal que estaba formada por muchas cajas de cristal más pequeñas. Limpiaba para los trabajadores de traje caro y corbata. Además, les llevaba clips, sobres o subrayadores, y a veces alguna bolsa de hielo. No era raro que alguien se chocara contra una puerta o una pared. Por las noches era camarera en un bar.

—El trabajo en el bar nos sirve para mantenernos de buen humor —decía mientras contaba las propinas, una vez acabado el turno—, y el de limpieza, para mantenernos a flote.

En la empresa para la que trabajaba, mi madre era testigo de las cosas más absurdas. Era porque nadie la veía. Cuando se movía por los pasillos con sus vaqueros y su bata, cuando rellenaba las impresoras con papel o limpiaba los retretes, era invisible. A lo largo de los años, la gente se había acostumbrado a su presencia igual que si fuera una cajonera o una lámpara. Hasta que no volvía a casa, se cambiaba de ropa, se soltaba el pelo y se pintaba los labios de rojo, no volvía a convertirse en la persona que en realidad quería ser.

Una vez por turno, mi madre hacía una ronda por todas las oficinas para vaciar las papeleras.

«El verdadero carácter de las personas se conoce al ver cómo tratan lo que ya no quieren», decía.

El hombre del final del pasillo tiraba de todo a la papelera: restos de comida, un vaso de cartón medio lleno de café, cedés, zapatos. Mi madre una vez se encontró un pañuelo ensangrentado. Esa papelera no podía volcarla sin más; siempre tenía que cogerla con las dos manos y sacudirla. Media vida le vació de la papelera.

Aquella noche, cuando volvió de trabajar en el bar, yo seguía despierta.

—Muévete un poco —me dijo antes de tumbarse a mi lado en la cama. Entonces se giró hacia mí para que quedásemos frente a frente.

—¿Podemos ir al mar con el dinero? —le pregunté.

—Claro, ¿a cuál? —respondió con una sonrisa de oreja a oreja.

—Al Atlántico. O al Caribe.

Cuando pensaba en el mar, nunca me resultaba aburrido. Estaba embravecido o de color turquesa, como en los pósteres de los escaparates de las agencias de viajes. En ambos casos me atraía. A veces, ese anhelo era como una picadura de mosquito en un lugar del cuerpo al que no llegaba para rascarme.

—Quiero ir a Florida —dijo mi madre—. Desayunaré tortitas en la playa todas las mañanas.

—Está claro —asentí, y las tripas empezaron a sonarme.

Mi madre estaba loca con Florida desde que vio una película. En ella, una niña vivía con su madre en una caravana. Y no pasaba nada. «¿Por qué la gente hace pelis en las que no pasa nada?», quise saber. Cuando yo escribía cuentos, siempre pasaban un montón de cosas. «Mientras no pase nada, todo es posible», me había respondido y, en cierto modo, tenía razón.

Mi madre se levantó.

—Voy a preparar unas pocas —anunció.

Entonces desapareció en la cocina.

Las tortitas de mi madre eran las mejores que hubiera comido nunca. Las preparaba siempre que teníamos algo que celebrar. Y siempre encontrábamos un montón de ocasiones. Estaban, por ejemplo, los cumpleaños. No solo los nuestros, sino los de todos los niños que vivían en nuestro bloque. Y eran mogollón.

Mi madre trajo un plato a rebosar a la cama y me preguntó.

—¿Es que no te salen ya por la nariz?

Siempre me decía lo mismo.

—Se dice «por las orejas» —respondí antes de meter el dedo en el sirope de arce y chupármelo.

A mi madre le seguían costando las frases hechas. Hacía las cosas «a tontas y a bobas»; cuando algo iba mal, se iba «al trasto», y solía decir: «A ese idiota le iba a contar yo los cuarenta».

Se sentó en el borde de la cama.

—Con el tiempo todo termina cansando.

—Las canciones, por ejemplo —respondí.

A veces oía tantas veces seguidas la misma canción que, después de un tiempo, ya ni sabía por qué me gustaba al principio.

—Sí, por ejemplo. O las personas —dijo—. Pero tú no. Tú no cansas nunca —concluyó, rodeándome con los brazos con tanta fuerza que el plato estuvo a punto de acabar en el suelo.

Más tarde, cuando ella ya llevaba un buen rato durmiendo en el cuarto de estar, me levanté. Abrí de par en par la ventana de mi cuarto y me asomé al cálido aire veraniego.

Vivíamos casi en lo más alto. En la decimoséptima planta. Desde allí se habría podido ver el mar si hubiera habido un mar que ver. Pero lo único que había era una autopista. La autopista atravesaba sinuosa la reserva natural y partía la vegetación en dos. El ruido de los coches estaba siempre ahí, así que ya casi ni lo oíamos. Antes, su murmullo me arrullaba a la hora de dormir. «Escucha, ¿sientes el rumor del mar?», me susurraba entonces mi madre.

En vacaciones, el tráfico era más denso. A veces, mi madre llenaba unos vasos altos de zumo de fruta con cubitos de hielo y los adornaba con pajitas y sombrillas rosas. Me ponía los cócteles en la mano, cogía dos tumbonas y las colocaba fuera, en el corredor, entre la puerta de casa y el antepecho; la pintura se estaba desconchando en muchos puntos.

Entonces jugábamos a las vacaciones.

Nos sentábamos una al lado de la otra, ella con un bikini blanco, yo en bañador, y dejábamos que el sol nos calentara la barriga. Nos alegrábamos de estar ya ahí mientras los demás seguían encerrados en el coche.

Me quedé de pie junto a la ventana y agucé el oído.

Solo en ese momento fui consciente de la verdad. La verdad, claro, era que nos habíamos estado engañando. Nos habría encantado estar metidas en un coche e ir camino de Italia, Francia o España.

3

Me senté en el corredor exterior y empecé a hojear los catálogos de viajes. Eran gruesos, con la cubierta de papel brillante.

El hombre de la agencia de viajes me había preguntado adónde quería ir, pero tampoco es que yo lo tuviera claro. Lo único que sabía era que quería sorprender a mi madre con una buena idea.

—¡Al mar! —dije.

—¿Europa? —preguntó el hombre, y yo asentí—. ¿Portugal, España, Francia, Italia, Grecia?

—Justo —respondí—. ¿Y podría darme un catálogo de Hungría también?

—Pero Hungría no tiene mar —señaló antes de meter una pila de catálogos en una bolsa.

Claro que sabía que Hungría no tiene mar, igual que sabía que mi madre nunca querría ir. Pero a mí me gustaba ver las fotografías.

Ya estaba en la puerta cuando caí en la cuenta de algo.

—¿No tendrá también un catálogo de Florida?

Un rato después, mi mirada alternaba entre el cielo azul en lo alto y una carretera que atravesaba unas aguas turquesa. Contemplaba palmeras en playas de arena fina y hoteles de color rosa con piscinas gigantescas, terrazas con mecedoras de ratán y jardines de plantas con flores del tamaño de un balón de fútbol.

Entonces vi los precios.

Eran tan altos que no podríamos permitirnos ni el vuelo de ida. No habríamos podido pagar un billete ni aunque nos hubieran dejado compartir asiento.

Aparté el catálogo de Florida y cerré los ojos. El sol brillaba en lo alto y teñía de rojo la oscuridad tras los párpados. Tenía todo el corredor para mí, pero sabía que por poco tiempo. Mi madre y yo no éramos las únicas que sacaban la vida fuera en cuanto hacía calor. Compartíamos el corredor con los vecinos, quienes, al igual que nosotras, tampoco tenían balcón.

Estaba, por ejemplo, Luna. Luna era mayor que yo, pero menor que mi madre. Su edad exacta no la sabíamos. A veces decía que veintitrés; otras, que treinta y dos. La verdad jugaba al escondite entre ambas cifras. Para Luna, la edad dependía de cómo se sintiera. Trabajaba muy cerca, en el salón de bronceado Sunset. Cuando alguien le caía bien, le dejaba usar gratis la cama de bronceado. Siempre llevaba en el bolsillo de los vaqueros una o dos fichas de las que se insertaban en la ranura en lugar de monedas. Luna nos caía bien, y nosotras a ella. Pero tampoco es que sirviera de nada. Yo era demasiado pequeña para ir a darme rayos. Solo se permitía la entrada a partir de los dieciséis. Intentaba convencerla una y otra vez, pero ella negaba con la cabeza, haciendo ondear su pelo rosa. A mi madre no le hacía falta broncearse en un salón. En invierno, cuando a la mayoría de nosotros la piel se nos ponía del color de una salchicha cruda, ella seguía morena. «Es la sangre romaní», decía con un suspiro. Ni por asomo habría dejado pasar la oportunidad de disfrutar de algo sin tener que pagar.

Abrí el siguiente catálogo. Italia. Italia no era Florida, claro, pero también había playas bonitas, además de buena pizza. Y eso ya es un montón. Comparé hoteles y campings. Pasaba las páginas adelante y atrás y otra vez adelante. No tardé en darme cuenta de que con el premio no nos llegaría. Puede que diera para comprar un colchón nuevo o un par de excursiones a un parque de atracciones de los grandes. También daría para un pase anual para la piscina. Quizá hasta para viajar a Italia con nuestro Nissan. Pero ¿y luego?

—¿Os vais este verano? —preguntó de pronto una voz a mi lado.

Era Ahmed. Le colgaba del hombro una bolsa de deporte y, de esta, un par de guantes de boxeo. La piel le brillaba por el sudor, pero con el tiempo que hacía era imposible saber si alguien iba de camino a entrenar o venía de vuelta. Ahmed era aún más moreno que mi madre. Oficialmente era israelí, aunque en realidad era palestino. Yo no entendía cómo era posible, pero la verdad era que me daba igual.

Me quedé pensando un momento si contarle lo del premio, pero decidí dejarlo estar. No quería entristecerlo. Ahmed había venido a Alemania a estudiar química, pero por algún motivo no conseguía avanzar. Al principio, cuando mi madre le preguntaba cómo le iba, siempre se reía y nos respondía: «¡Bien, bien!». Pero en los últimos tiempos se callaba. Yo sabía que se había quedado sin su trabajo de repartidor de publicidad.

—Queríamos ir al mar —respondí—, pero es probable que nos quedemos aquí. —Dejé el catálogo de Italia en el suelo—. Todo es demasiado caro.

—Pues id al mar del Norte. No está tan lejos y tengo entendido que es muy bonito.

Ahmed abrió la puerta de su piso. Vivía justo al lado nuestro. Cuando necesitábamos ayuda con algo, acudíamos a él. Era muy fuerte y tenías las manos grandes, así que podía abrir cualquier tarro de mermelada. A mí me caía bien. Olía a jabón y a pipa de agua, y tenía las pestañas más largas que hubiera visto nunca. Además, se le ocurrían buenas ideas.

Me levanté. Lo mejor habría sido ir derecha a la agencia de viajes y hacerme con un catálogo de Alemania. Pero por las tardes estaba cerrada, así que saqué del apartamento mi atlas escolar, papel, boli y una calculadora. Lo abrí y busqué un mapa general. De nuestra ciudad salía más de una autopista hacia el norte. Como es lógico, ninguna llegaba hasta el mar. Nadie quería sentarse en la playa y que por detrás pasaran coches a toda velocidad. Pero había bastantes carreteras secundarias. Busqué el camino más corto. Entonces me apunté el nombre del lugar y empecé a hacer cálculos. Teníamos dinero suficiente para pagar la gasolina. Quizá podríamos hasta pasar una noche en un hotel.

Al final dibujé el sol, una playa y el mar en el papel y escribí «Mar del Norte» en lo alto.

—¿Qué haces? —preguntó mi madre a mis espaldas.

Hacía diez minutos que había vuelto de trabajar. No me hacía falta darme la vuelta para saber que había dejado los vaqueros y la camiseta en el suelo del recibidor. Cuando salía de la oficina, dejaba tirada la ropa sin más. Luego metía la comida en el microondas.

Se apoyó en el respaldo de mi tumbona con una porción de lasaña humeante.

—¿Tú no estabas de vacaciones? —me dijo, observando el atlas.

—Estoy organizándolas.

Cogí el plato y lo dejé al lado, en el suelo. Mi madre acercó la segunda tumbona a la mía.

—A ver —dijo.

Al cabo de tres segundos me devolvió las notas.

—No. Ni de broma. ¿Cómo se te ocurre? —Mi madre se cruzó de brazos.

—¿Por qué no? —quise saber.

—¿Qué se nos ha perdido en el mar del Norte? —preguntó—. ¿Es que queremos congelarnos en la playa? Además, no nos gusta el viento, ¿se te ha olvidado?

—Estamos a mil grados. No nos vamos a congelar.

—Vámonos a Francia —dijo antes de recostarse en la tumbona.

—Francia es demasiado caro —respondí—. No podríamos permitirnos más que el viaje. ¿Dónde íbamos a dormir?

—Ya se nos ocurrirá algo —repuso, y le dio un sorbo a mi refresco de cola.

—Ah, ¿sí? ¿El qué?

—Hace calor. Podemos dormir fuera.

—¿Y si llueve?

—Dormiremos en el coche. —Cuando me vio la cara, añadió—: ¿Sabías que hay personas que viven en el coche? Me apuesto algo a que cada año le hacen algún retoque para darle nuevos aires.

A mí me gustaba nuestro Nissan, ese no era el problema. Era el único lujo que nos permitíamos. Normalmente nos movíamos en autobús. A veces hasta comprábamos los billetes. Solo de vez en cuando, a primeros de mes, íbamos al centro con el coche.

El problema era que hacía un año que ya no tenía la ITV. Además, la puerta del acompañante no cerraba bien. Pero mi madre era creativa: la había fijado al marco con un trozo de cuerda gruesa. Aun así, en las curvas tenía que agarrarla como a un ser querido que está a punto de caer por un precipicio.

«Imagínate lo fanático que tiene que ser un policía para tocarte las narices por algo así en lugar de ir por los delincuentes de verdad», había dicho una vez.

Pero no iba a rendirme tan rápido.

—El mar del Norte es bonito.

—¿Y eso cómo lo sabes? —preguntó.

—Me lo ha dicho Ahmed. ¿Cómo sabes tú que no lo es?

—Hay cosas que sé y punto.

Ni idea de qué tendría mi madre contra el mar del Norte. Me levanté, cogí la pila de catálogos y los dejé caer al suelo.

—Oye, ¿y todo esto?

—Me los han dado gratis, que lo sepas.

Mi madre se quedó mirando los catálogos. En la foto del de arriba del todo aparecía un flamenco.

—¿Es Florida?

Yo asentí.

Ella se subió las gafas de sol hasta el pelo.

—¿Lo has cogido aposta para mí?

—Sí —respondí.

Entonces, me envolvió entre sus brazos. Yo, claro, le devolví el abrazo. Cuando solo se son dos, es mejor hacer las paces rápido.

—Oye, pero ¿qué os pasa?

Luna acababa de salir. Sus pisadas sobre las baldosas hacían chof, chof por las chanclas. No se las quitaba en todo el verano. Había descubierto en internet que un par no valía más que una bola de helado. Pero, como el envío era cuatro veces más caro, había pedido una montaña entera. Ahora tenía chanclas de todos los colores del universo. Venían de China y eran de plástico. Mi madre decía que le iba a salir cáncer en los pies. Solo era cuestión de tiempo.

Mi madre y yo deshicimos el abrazo.

—Nos vamos de vacaciones —respondió mi madre.

Luna cogió los catálogos y se sentó entre las dos en el suelo. Entonces mi madre le contó que habíamos ganado el concurso. Al terminar, dijo:

—Billie quiere ir al mar del Norte, pero yo quiero ir a Francia.

—¡Francia! —exclamó, volviéndose hacia mí—. Piensa en los cruasanes. ¿Y no hace mejor tiempo por allí?

¿Pero qué coño les pasaba con el tiempo? Cuando estaba a punto de responder, Luna prosiguió:

—Además, los franceses llevan un estilo de vida muy guay. ¿Cómo se dice?

—¿Savoir vivre? —pregunté.

—No, otra cosa.

—¿Laisser-faire?

—Eso es —respondió.

Mi madre me miró y sonrió. Comprendí que ya no tenía nada que hacer. Me acababa de vencer alguien que, en el fondo, no tenía ni derecho a voto. Suspiré. Cuando se le metía algo en la cabeza, no había forma de hacerla cambiar de opinión. Y Luna tenía razón en lo de los cruasanes.

Luna se sacó del bolsillo del pantalón corto un frasco de pintaúñas. Lo dejó caer en el regazo de mi madre y se rio como si alguien hubiera contado un chiste.

A menudo se reía sin motivo. Tal vez tuviera que ver con que era al mismo tiempo la persona más alegre y más triste que conocía.

Luna soñaba más de día que yo de noche. Su mayor sueño era casarse con un hombre que saldara sus deudas.

«Ya puede esperar sentada», había dicho una vez mi madre.

Abrió el frasco y le tomó la mano a Luna. A menudo se pintaban las uñas la una a la otra. Luna le pintaba a mi madre la mano derecha, porque era diestra, y ella le pintaba la izquierda, porque Luna era zurda.

El pintaúñas parecía helado de vainilla derretido.

—¿Cuándo me va a llegar por fin una postal de Hollywood? —le preguntó mi madre.

Mientras Luna esperaba al hombre perfecto, trataba de abrirse camino como actriz. Ese era su segundo sueño. Se pasaba el día aprendiéndose textos: abajo donde las lavadoras, en la cola del supermercado de descuento y cuando desinfectaba las camas de bronceado. Esperaba que alguien la descubriera.

—Pronto —respondió—. Entonces me compraré una megacasa en la que podremos vivir juntas.

A Luna siempre se le ocurrían ideas de esas. Yo pensé que ya vivíamos en una megacasa, pared con pared incluso, pero no dije nada.

—¿Y tú? ¿Cuál es tu sueño? —le preguntó a mi madre.

Ella se quedó callada antes de responder:

—Un aire acondicionado.

Luna rio.

—Vale. Y ahora en serio.

—Francia. A partir de hoy, mi sueño es Francia. —Mi madre se echó hacia atrás y cerró los ojos.

—¿Y el tuyo? —me preguntó Luna.

No tenía que pensármelo mucho.

—Quiero ser escritora.

—Cuidado con lo que dices —le advirtió mi madre a Luna—. Se pasa el día entero escribiendo cosas en su cuaderno.

Más tarde llenamos de palomitas dulces un cuenco de plástico y lo dejamos en la mesa del cuarto de estar con una botella de Coca-Cola y unos vasos. Luna trajo patatas fritas.

—Dulce y salado —dijo antes de meterse un puñado de palomitas y patatas en la boca—. Si tuvierais que elegir… ¿qué preferiríais?

—Dulce —respondió mi madre.

—Salado —respondí yo.

Encendimos la tele y esperamos a que saliera Luna. Mientras tanto, sentía en todo momento el aroma de su pelo recién lavado en la nariz. Olía a coco.

—¡Ahí! ¡Detrás! —exclamó mi madre de pronto.

Luna estaba sentada en un vagón de tren y le tendía el billete al revisor. Debimos de rebobinar setenta y ocho veces.

Nos gustaba dejarnos contagiar por lo que Luna llamaba su «glamurosa vida».

4

Un par de días más tarde, mi madre libró. Eso era bueno. Lo otro bueno era que estábamos a principios de mes. Un nuevo mes era una nueva vida. Con cada principio de mes, mi madre intentaba compensar el fin de mes anterior. Siempre decía: «Hagamos algo nuevo».

Presté atención al ruido quedo procedente del cuarto de estar. Mi madre acababa de despertarse. Dio algunas vueltas sobre el gran colchón de aire. Por las noches lo hinchaba y por las mañanas lo deshinchaba y lo doblaba hasta convertir su cama en un paquete que guardaba detrás del sofá.

Luego la oí moverse descalza por la cocina. Llenó el calentador de agua, abrió el horno, sacó una bandeja, volvió a meterla y lo cerró de nuevo.

Yo seguía tumbada en mi cama, soñando con nuestras vacaciones. En los últimos días no había parado de comparar las fotos del mar del Norte con las de Francia. Como era de esperar, también había conseguido un catálogo del mar del Norte. Cuando llegué a casa con él en la mano, mi madre enarcó las cejas, pero no dijo nada.

Entonces pasó algo raro. Cuanto más miraba las fotos de Francia, más sosas me parecían las del mar del Norte. Cuando más contemplaba los infinitos paseos marítimos punteados de palmeras, las coloridas ciudades viejas, los colosales yates en los puertos deportivos y las crepes con chocolate, más ganas tenía de ir a Francia. Al final ya ni estaba segura de si quedarse en Alemania contaría como vacaciones de verdad.

Y cuando, aquella mañana, mi madre entró en mi habitación con cruasanes calientes y un café con leche, ya estaba convencida.

—En Francia todo sabe mil veces mejor —dijo.

—Pues nada, ¡nos vamos a Francia! —respondí con la boca llena.

Mi madre se marcó un bailecito y luego me hizo una reverencia.

—Merci, madame !

Imagino que eran las únicas palabras en francés que se sabía. Aparte de croissant y crêpe, claro.

Entonces dijo:

—Hagamos algo. Vayamos en coche al centro. Puedes comprarte un vestido nuevo.

Dejamos el Nissan en un aparcamiento subterráneo junto al río. Desde allí se tardaba diez minutos andando hasta el centro, pero merecía la pena. El aparcamiento era el más barato de todos. Además, se iba paseando por la ribera.

El río partía nuestra ciudad en dos. En nuestro lado había una zona en la que se podían encender barbacoas. Cuando hacía calor, se reunían familias enteras ahí.

Las familias eran tan grandes que ya no se sabía quién era el padre de quién, o el tío, o la hermana o la prima. Pero daba igual, porque todos eran de todos. Las mujeres se sentaban en mantas de colores, los hombres jugaban a la petanca o al frisbi. Después asaban unos pinchos gigantes a la barbacoa. Los niños correteaban y, a veces, se peleaban entre ellos. Pero entonces simplemente buscaban a alguien más con quien jugar.

Algunas veces, después de clase, Lea y yo nos tumbábamos en la hierba junto al río. Lea era mi mejor amiga. Nos poníamos en la orilla y hacíamos los deberes. O, más bien, los hacía yo. Mientras tanto, ella comentaba la ropa de la gente que pasaba a nuestro lado. Lea tenía un don para la ropa. La dividía en: tener dinero como para ir a la playa en avión, y además en primera; como para pedir un menú de tres platos sin tener hambre, y como para ir de compras sin que la ropa vieja estuviera estropeada.

Cuando llegamos al centro, yo me encaminé a la tienda de segunda mano, pero mi madre me agarró del brazo.

—No, hoy te compras algo nuevo.

—Pero… —respondí, pero ella se llevó el dedo a los labios.

Así que nos pasamos toda la tarde en un probador de los grandes almacenes más importantes de la ciudad. Mi madre me traía un vestido tras otro. Yo me los iba probando todos, pero con todos me veía rara. No tenía ganas de flores lilas ni de rayas de colores.

—Pues seguimos buscando —dijo.

Pero no nos hizo falta.

Mi vestido no estaba colgado con los demás. Estaba escondido con los vaqueros. Supe al instante que había encontrado el vestido perfecto. Fue como si llevara mi nombre. Era amarillo limón y me quedaba tan bien que parecía confeccionado a medida. Los tirantes tenían dos dedos de ancho y eran de doble capa. A ambos lados, el largo podía ajustarse con un botón. Y, lo mejor: los botones tenían forma de girasol.

—¿Y? ¿Qué te parece? —pregunté al salir del probador.

—¡Ay, los botones! —exclamó mi madre—. ¡Qué bonitos son! ¿Son de cerámica?

A mi madre le encantaban los girasoles. Muy cerca de donde vivíamos crecían miles de ellos. A veces, cuando necesitaba consuelo, decía: «¡Oye, Billie, vamos donde los girasoles!». Nos quedábamos allí hasta que los pétalos amarillos brillaban al sol poniente. «Son muy listos —decía—. Siempre buscan la luz». Jamás había cortado un girasol para ponerlo en un jarrón. «La violencia tiene muchas caras —decía— y cortar flores es una de ellas».

La dependienta envolvió el vestido en papel de seda rosa y a continuación lo metió en una caja de cartón blanca. Luego metió la caja en una bolsa blanca. En aquel momento supe que jamás tiraría el embalaje.

Mi madre y yo salimos de los grandes almacenes de la mano. Mientras paseábamos al sol, me preguntó:

—¿Te apetece un helado?

Fuimos a la cafetería Venezia y me dejó pedir el Paradise Garden, la copa de helado más grande que tenían.

—Tú no comes, tú pintas —dijo sonriendo al verme mezclar fresa, maracuyá y coco para conseguir un nuevo sabor, que bauticé como «flamenco».

Después de que hubiera terminado de sorber con la pajita aquella masa espesa, mi madre pidió la cuenta. Dejó una propina generosa. Entonces dijo:

—Hoy vamos a saltar desde el trampolín de diez metros. Es un buen día para hacerlo.

Yo conocía esa mirada. Era la que ponía cuando se sorprendía a sí misma. La espontaneidad era para mi madre lo que para otros la rutina: le daba sostén.

Por las noches solía soñar que saltaba. Pero siempre, justo antes de zambullirme en el agua, salía volando. Al despertar, el corazón me latía con fuerza en el pecho.

Poco antes de llegar a la piscina empezó a llover y, a lo lejos, restalló un trueno. La taquillera ya no quería dejarnos entrar.

—La caja cierra una hora antes de que acabe el horario de baño —nos dijo a través de la ventanilla enrejada al tiempo que apoyaba los dedos rollizos de uñas pintadas de rojo y sortijas baratas en la superficie del mostrador. A su lado tenía un paquete de cigarrillos. Estaba abierto y sobresalía uno. Estaba claro que en breve se iba a tomar un descanso para fumar.

—Podríamos colarnos —le susurré a mi madre al oído, pero negó con la cabeza y chasqueó la lengua como hacía siempre que le parecía que había dicho alguna bobada. Entonces se volvió hacia la taquillera.

—Esta jovencita… —dijo mi madre señalándome—, tiene que hacer una cosa. Y quedan… —añadió mientras miraba con teatralidad su reloj de pulsera— sesenta y dos minutos para que acabe el horario de baño.

Mi madre se cruzó de brazos. A pesar de lo menuda que era, el gesto funcionó.

Ya no quedaban más que un par de nadadores. Dejamos las bolsas en la hierba y nos desvestimos hasta quedarnos en ropa interior. Por suerte, ese día llevaba unas bragas normales y no las de «he quedado y tengo que estar estupenda».

Primero saltó ella. Se encaminó, con la vista al frente, hasta el borde de la plataforma y se quedó inmóvil un instante. Luego extendió los brazos hacia arriba, como si quisiera tocar el cielo con la punta de los dedos, y juntó las manos. Su cuerpo se tensó como un arco y, al fin, se zambulló en el agua casi sin hacer ruido. Un clavado perfecto.

—Ahora tú —dijo con una sonrisa mientras se alzaba sobre el borde de la piscina y se escurría el agua del pelo—. No se trata de lucirse. Se trata de tener confianza en una misma.

Mi madre siempre daba con las palabras perfectas.

Subí por la escalerilla de metal. Desde allí, mi madre parecía cada vez más pequeña; la superficie azul, más amenazante. Imaginé que el trampolín era un acantilado, y la piscina, el mar.

Imaginé que yo era una sirena, y el mar, mi hogar.

Entonces salté. Al salir del agua, con las piernas temblando, mi madre se sacó un paquetito del bolsillo.

—Para la chica más valiente que conozco —dijo.

Acaricié con las manos el papel de regalo. Crujía. Dentro había un bañador rojo. El delantero tenía estampada una aleta de tiburón y debajo ponía beware of the shark! Era el bañador más chulo que hubiera visto nunca.

—¿De dónde lo has sacado? —pregunté.

Mi madre rio.

—De los grandes almacenes. Tardabas tanto que me habría dado tiempo a comprar diez cosas más.

La rodeé con los brazos.

—¿Y cómo sabías que iba a saltar?

Se encogió de hombros.

—Soy tu madre.

Aquel fue el mejor regalo de no cumpleaños que me hubieran hecho nunca.

Una vez en casa, esperamos a que llegara la tormenta, pero no pasó nada. Habíamos abierto la puerta del piso y todas las ventanas. Esperábamos que entrase una brisa fresca, pero seguía haciendo un calor bochornoso. Entonces el cielo se abrió sin más y el agua se fue evaporando del suelo y de las hojas de los árboles.

Mi madre y yo nos sentamos en el sofá y comimos sandía.

El sofá era nuestro lugar favorito. Mi madre lo había rescatado hacía años de la basura. Ahmed la había ayudado, y fue a él a quien se le ocurrió lo del detergente para alfombras. Él lo usó para limpiar sus alfombrillas de oración, que puso a secar al sol delante de nuestro piso; mi madre limpió la tapicería de terciopelo azul, que estaba bastante manchada en algunos puntos.

Había algo de mágico en nuestro sofá, de eso estaba segura.

Hacía hablar a mi madre. Yo no sabía casi nada de su pasado. Ni siquiera sabía quién era mi padre. Pero a veces me enteraba de algo.

Me enteré, por ejemplo, de que se había criado cerca de Budapest, en el campo. Su padre había construido la casa con sus propias manos.

Tenía tres dormitorios para niños, pero solo se había usado uno. Los otros estaban destinados a los hermanos de mi madre.

—Jamás llegaron a nacer. Todos murieron antes.

—¿Por qué? —pregunté.

—No lo sé.

Alrededor de la casa había un jardín y establos. De niña, mi madre jugaba con gatos, gallinas y cabras. En nuestro cuarto de estar colgaba una foto suya sentada sobre un cerdo gigantesco y sonriendo a la cámara. En aquel entonces había mucho que hacer, pero no había un padre. El cáncer, mes a mes, se lo había ido arrebatando a mi madre. Cuando tenía diez años se sentó al borde de su cama y le cogió la mano.

—Tenía la piel casi transparente —me contó mi madre.

Tuvo que prometerle que siempre se las apañaría sola.

Murió aquel mismo día.

—¿Qué fue lo peor de perder a tu padre? —le pregunté.

—Quedarme sola con mi madre —respondió cortante—. Tenía la mano más rápida que la boca.

Era probable, pensé, que aquel fuera el motivo por el que nunca habíamos ido a Hungría a visitarla.

Di un mordisco enorme a la sandía. El jugo me cayó barbilla abajo y goteó en la hoja que tenía sobre los muslos.

—Crema solar, sombrero para el sol, gafas de sol —me iba dictando mi madre, y al mismo tiempo iba alegrándose de que todo lo que decía tuviera que ver con el sol. Estaba de un humor genial. No sé si se debía al espumoso que había añadido al zumo de frutas o a lo de Francia.

Queríamos irnos cuanto antes. Ella todavía tenía que pedir permiso en el trabajo.

Al cabo de media hora habíamos acabado la lista.

Entonces me di cuenta de algo.

—No tenemos maletas, ¿verdad?

Mi madre se me quedó mirando un momento, como procesando lo que acababa de decir. Entonces rompió a reír. La carcajada brotó como la lava de un volcán y seguro que la oyó todo el mundo en nuestra planta. Cuando se hubo calmado, se encogió de hombros y respondió:

—Lo echamos todo al coche y listo.

Esa noche me acurruqué junto a ella en el colchón de aire. En un momento dado me desperté porque había tenido una pesadilla. Al principio atravesaba coloridos mundos submarinos a lomos de un caballito de mar, descansaba en gigantescas caracolas y trepaba por las algas rumbo a la superficie del agua, donde brillaba el sol. Entonces, de pronto, todo se oscurecía a mi alrededor. Cuanto más oscuro se volvía, menos aire era capaz de inspirar. Cuando desperté, el corazón me latía desbocado.

—He vuelto a soñar con el mar —dije.

—¿Cómo? —preguntó adormilada mi madre.

—¿Alguna vez hemos vivido junto al mar? —le pregunté.

—Puede que en otra vida —respondió antes de volver a quedarse dormida.

5

Durante los días siguientes, mi madre y yo fuimos recogiendo por todo el piso las cosas que nos queríamos llevar. En la cocina las fuimos dejando sobre la mesa; en el cuarto de estar, en un sillón; en el cuarto de baño, en la balda bajo el espejo, y en mi habitación, en el suelo. Lo único que faltaba era la ropa. Era evidente que no podíamos guardarla hasta poco antes de marcharnos. No teníamos prendas suficientes para dejarlas en el suelo sin usar varios días. Aunque no sabíamos con exactitud cuándo nos iríamos, sí sabíamos que sería pronto y queríamos estar preparadas.

A mi madre le quedaban casi todas las vacaciones por disfrutar. Donde trabajaba no era habitual cogerse más de dos semanas seguidas. Pero, por suerte, se llevaba bien con el jefe.

Y, una tarde, al volver a casa, me dijo con una sonrisa de oreja a oreja:

—¡Apaga la tele y enciende la lavadora!

—¿Cuándo empiezas las vacaciones? —le pregunté.

—¡Mañana!

Mi madre dijo: «Mañaaanaaa» y se puso a bailar al ritmo de sus propias palabras. Luego desapareció en la cocina. Le oí sacar una magdalena de la bolsa de plástico. Desde que decidimos que nos íbamos a Francia, no hacía más que comer cosas francesas.

—¿Cuánto tiempo? —le grité desde el cuarto de estar.

—¡Cuatro semanas!

—¡¿Cuatro semanas?!

No me podía creer que fuera a pasar dos tercios de mis vacaciones de verano, un mes entero, treinta días, en Francia.

Se lo tenía que contar de inmediato a Lea. Siempre que había novedades, ella era la primera en enterarse. Me sabía su número de teléfono de memoria desde que había llegado a nuestra clase el curso anterior. Al principio creí que sus padres se habían mudado y por eso había cambiado de colegio. Pero luego se dejó caer en el único sitio libre, justo a mi lado. Olía a tabaco, perfume y chicle. Me dijo:

—Me han largado.

—¿De dónde? —quise saber.

—Del colegio.

—Ah. ¿Y eso?

—Me pillaron con las manos en la masa.

Entonces hizo un gesto de desdén. Yo no seguí preguntando. No estaba segura de querer saber lo que había pasado. Lea irradiaba una mezcla de irreflexión y energía que me desconcertaba.

—¿Quedamos en el centro? —me preguntó cuando la llamé para contarle que nos íbamos de vacaciones—. Tengo una cosa para ti.

Me pasé todo el camino pensando qué querría regalarme, pero no se me ocurrió nada.

Nos encontramos junto a la fuente.

Lea me abrazó y se quitó la mochila. En lo alto sobresalía algo lila de plástico o goma, no sabía exactamente el qué.

—¿Qué es? —pregunté.

—Para ti —respondió con una amplia sonrisa. Entonces lo sacó de la mochila y me lo tendió.

—¿Aletas? —Entonces lo entendí. No eran simples aletas de natación—. ¿Una aleta de sirena?

Casi pegué un chillido. Abracé a Lea con tanta fuerza que estuvo a un tris de perder el equilibrio.

—Se llama monoaleta —respondió al tiempo que la dejaba en el borde de la fuente—. ¿Te gusta?

Ya me había quitado las zapatillas y me la había puesto. A continuación me di la vuelta y metí los pies pisciformes en el agua de la fuente. Lea también se descalzó y se subió las perneras de los vaqueros.

—¿De dónde la has sacado tan rápido? —pregunté mientras mecía la aleta en el agua.

—Me la regaló mi madre hace tiempo —respondió—. Se me ha ocurrido mientras me contabas que te vas al mar.

—Te la puedo devolver después.

—Anda ya.

Estaba tan contenta que de inmediato quise tener un detalle bonito con ella. Reflexioné un momento y enseguida me vino la idea. Busqué una moneda en el pantalón.

—Pide un deseo —dije, levantándola en el aire, entre el pulgar y el índice.

Lea me miró con escepticismo.

—Pero ¿tú crees en esas cosas?

—Ni creo ni dejo de creer —respondí—. Venga, pide un deseo. Pero tiene que ser algo que no se pueda comprar.

Lea se lo pensó un instante.

—¿Puedo decirlo en alto?

—Por supuesto. No puedes, ¡debes!