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Debido a un percance inesperado, Fátima debe de abandonar su Madrid natal para pasar una temporada en Ibiza. A través de una serie de encuentros a cual más estrambóticos, nuestra protagonista empezará a cuestionarse su vida, su rutina y el sentido que la ha estado guiando hasta el presente. Una novela de descubrimiento impregnada de una sensibilidad inusual.
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Seitenzahl: 283
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Lucía Montojo
Saga
Pasaje de vuelta
Copyright © 2007, 2022 Lucía Montojo and SAGA Egmont
All rights reserved
ISBN: 9788728374566
1st ebook edition
Format: EPUB 3.0
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www.sagaegmont.com
Saga is a subsidiary of Egmont. Egmont is Denmark’s largest media company and fully owned by the Egmont Foundation, which donates almost 13,4 million euros annually to children in difficult circumstances.
A Flor, Ángela y Amaro, que cruzaron el puente
A mis padres
y como siempre, a mi hijo Andrés
Sí; yo no soy otra cosa que un viajero, un peregrino en el mundo.
¿Y tú? ¿Eres algo más?
Eso es todo. Me río de mi corazón, y hago todo lo que me manda.
Goethe
Hoy
una bruja vuela sobre mi habitación.
Es una bruja preciosa
se eleva sobre su escoba blanca
y me sonríe sin importarle quién soy.
No hace preguntas, pero me mira y escucha.
Y yo,
he querido huir con ella.
Escapar por fin
sin rumbo, sin nombre
... sin memoria
lejos de las cadenas azules de ayer.
Lucía Montojo
Estos meses me han pillado desprevenida. No tenía un horario tras el que esconderme ni una agenda llena de citas con las que cumplir. Durante dos años he permanecido oculta en un trabajo sin desear siquiera vacaciones, no porque disfrutara con él, sino porque constituía mi único refugio. Un refugio donde no existía el dolor ni la memoria.
Livia. Todo comenzó con su llamada. Si no hubiese telefoneado todo seguiría igual, sin cambios, con la tibia rutina como gobernadora de mi vida... pero lo hizo. Una llamada desesperada que rogaba mi ayuda. Si hubiera sido cualquier otra persona le hubiera respondido con una negativa. No estaba en el mejor momento para socorrer a nadie. Pero se trataba de Livia, mi hermana y amiga, la mujer a quien más admiraba en esta tierra. Lo que no imaginé es que ese viaje corto que me propuso por teléfono iba a cambiar toda mi vida.
Nuestra amistad se inició entre las paredes de un internado irlandés. Dos años mayor que yo, se erigía como mi firme protectora en el colegio interno donde crecimos. Un castillo neogótico de finales del siglo XIX, convertido en abadía de monjas benedictinas y... en claustrofóbico internado para señoritas.
El lugar fue construido por un millonario irlandés y naturalmente contaba, como todo castillo que se precie, con una extraña historia a su espalda: cada uno de los miembros de la familia que se atrevió a habitarlo había muerto en extrañas circunstancias: accidentes de caza, misteriosas enfermedades sin diagnóstico, caídas trágicas por la pendiente asesina de las escaleras y demasiados suicidios. Quizá por ello se decía que era una zona encantada en el que se aparecían espectros y podían escucharse el angustioso arrastre de cadenas en la oscuridad.
Y es que parecía un castillo sacado de un cuento. De enormes muros grises que se confundían con los lluviosos cielos irlandeses, localizado a modo de isla alejada de la civilización entre un bosque impenetrable y un insondable lago que reflejaba los cielos como si fuera un espejo rebelde, el lugar provocaba la admiración de quien lo observaba por vez primera... y temor a los que teníamos que vivir en él día tras día.
El colegio era gobernado por monjas estrictas cuya piel jamás recibió el calor de un rayo de sol, encargadas de nuestra formación y de castrar —su auténtica vocación— las ilusiones que todas las niñas teníamos, con la absurda rigidez de sus normas.
Cuando llegué al internado, contaba con doce años de edad y al ser la primera vez que me marchaba de mi casa, me encontraba como una huérfana en un mundo perdido. Los comienzos fueron difíciles debido a lo exagerado de mis lágrimas unido a mi aspecto de niña blandengue y sumisa; rápidamente me convertí en blanco fácil de las novatadas.
Echaba de menos la seguridad de mi hogar y el consuelo de mi madre. Comencé a mojar la cama casi todas las noches. Trataba de no hacerlo manteniéndome despierta, pero resultaba inútil. Al despertar, la temida mancha de orina formaba un círculo amarillo en las sábanas blancas. Una huella de miedo que la monja, al descubrirlo, no dudó en enseñar a las demás internas provocando su risa y su desprecio.
Aún hoy me escuece recordar la infantil vergüenza que sentía.
A partir de ese momento me rechazaron todavía más, ni siquiera las contadas hispanas del colegio me apoyaban; temían las represalias de las otras. Esa marginación no acabó con el calvario sino que al contrario, alentó su brutalidad; robaban mi comida y los productos de aseo, manchaban de tinta la poca pero cuidada ropa de calle que mi madre había colocado en la maleta, e incluso cortaban las fotografías de mi familia.
Una noche, las internas me encerraron en uno de los baños durante más de tres horas. Tres horas en las que el miedo me acorralaba impidiéndome respirar. Ahora, hasta recordarlo me provoca escalofríos. Encerrada en el lavabo me sentí como debía sentirse un secuestrado a merced de sus raptores. No podía gritar porque si lo hacía y alguna monja hubiese escuchado mis sollozos, las internas me hubiesen convertido en la chivata del colegio con peores represalias.
Tenía miedo. No podía apartar de la mente todas las historias de fantasmas que circulaban por el colegio. Cualquier ruido sonaba de una manera extraña y a cada sonido le acompañaba un estremecimiento mayor de mi cuerpo. Lloraba en silencio deseando despertar de un mal sueño.
Pero en esos momentos de un pánico atroz, nublada por las lágrimas, creí ver a una especie de ángel que abría la puerta y me tendía una mano.
—Tranquila, no pasa nada. Estás a salvo —instintivamente me abracé a ella—. Soy Livia —dijo acariciando mi cabeza— ya ha pasado todo.
No sé que hubiera sido de mí sin ella.
A partir de ese momento las demás chicas me dejaron tranquila. Todas tenían mucho respeto hacia esa niña solitaria que a veces se convertía, sin pretenderlo, en líder para las alumnas. Era de aquellas personas que no necesitaban hacer nada para suscitar admiración. Admiración a la vez que temor. Dueña de una aureola de autoridad se ganaba incluso el respeto de las monjas. Me atrevería a decir que sin quererlo, llegaba a intimidarlas.
Era una niña extraña. Nunca sabías por donde iba a salir ya que lo que tenía en la cabeza consistía en un misterio para todos. Le gustaba pasear por el bosque y abrazar a los árboles, acariciar las plantas y observar las estrellas, e incluso pasarse horas en una misma posición sin que nadie supiera lo que estaba tramando. Hablaba poco de sí misma y cuando lo hacía era por desear descargar un poco la locura de su cabeza. A veces llegaba a pensar que tanta fantasía como albergaba en su interior no era sana. Sin duda por las lecturas que devoraba de mitología y libros esotéricos, tenía frecuentes y raros sueños con viejos como protagonistas. Sueños de personas con caretas de animales y maestros que la proporcionaban consejos.
Me convertí en su sombra. Era tal la admiración que ejercía sobre mí que no podía dejar de seguirla a todas partes. A mi juicio, ella era como una de las divinidades de sus libros. Nos llamaban, en tono cariñoso, la maestra y su discípula. Entre las chicas se referían a ella como «la bruja» debido a que en muchas ocasiones lograba acertar lo que estaba sucediendo en la otra parte del colegio. Más tarde comprendí que no acertaba sino que lo veía.
A Livia el apodo no la importaba, es más, sonreía cuando se lo contaba. En realidad aunque sentía interés por todo, no le daba importancia a casi nada. Nada era lo suficiente grave para ella. Cuando algo le inquietaba, cosa que no sucedía a menudo, agarraba el colgante de su cuello y se marchaba al bosque. Un colgante de símbolos desconocidos del que no se desprendía nunca. Y del que jamás hablaba.
Mi protectora no estaba sola: su hermana también estaba en el colegio. Más bien una medio hermana ya que venían de diferente padre. Resultaba increíble que tuvieran algo que ver porque eran absolutamente contrarias. Tras tener a Livia, la madre se enamoró de otro señor dejando a mi amiga a cargo de su padre. Livia le adoraba y pasaban juntos la mayor parte del tiempo. Decía de él que era un filósofo en búsqueda constante de sabiduría. Todos los cuentos que me narraba por las tardes trataban de él y, aunque imaginaba que no eran ciertos, me encantaba escucharlos.
Sin embargo, la repentina muerte del padre cuando mi amiga sólo tenía nueve años truncó toda su infancia. La madre había rehecho su vida desentendiéndose de ella. Por ello, cuando debió de hacerse cargo de su hija mayor no supo como hacerlo. Parecía como si no quisiera saber nada de su vida pasada y la presencia de Livia fuera un incómodo recuerdo. Ahí comenzó el pulular de mi amiga por diferentes internados.
Las vacaciones escolares las pasaba en campamentos, y cuando no tenía más remedio que volver a su casa se sentía ignorada por completo. Su madre había tenido otra hija, tres años después del nacimiento de Livia, a la que tampoco hacía demasiado caso. —«Hay mujeres que no han nacido para ser madre»—, repetía mi amiga. Por ello, lo lógico hubiese sido una fuerte unión entre las dos hermanas.
Pero un horrible muro de celos las separaba.
La ruptura total de las dos llegaría años más tarde, tras haber dejado el colegio. Por aquel entonces Livia había abandonado un poco sus rarezas al darse cuenta del miedo que nos provocaba y, especialmente, al haberse enamorado de un agnóstico sin ninguna curiosidad por el mundo invisible
Nunca entenderé como pudo sentirse atraída por un personaje semejante; una burbuja que al igual que una pompa de jabón, carecía de contenido al encontrarse con algo sólido; un perro callejero que escapaba de los problemas dándose a la fuga sin importar a quien dejaba herido.
A menudo me he preguntado por esa relación y, a día de hoy, sigo sin comprender como Livia pudo abrir la puerta a un ser tan vacío. Quisiera suponer que se engañó a sí misma creyendo los espejismos románticos que Pedro creaba; mentiras disfrazadas de verdades sublimes que, aunque pudieran confundir a los tontos, estaba convencida de que no lo hacían con ella. Y sin embargo, se entregó a él.
A veces pienso que fue el sentimiento maternal hacia quien se camuflaba bajo el disfraz de un vagabundo de emociones lo que sedujo a mi amiga. Se lo insinué varias veces, pero simplemente contestaba que era un hombre que estaba rogando un poco de estabilidad. Y así, como si fuera una rescatadora de almas perdidas, fue construyéndose una historia de amor. Tal vez era lo que necesitaba. Livia, enredaba continuamente su cabeza de preguntas y sin duda, se refugiaba en la frivolidad del otro para así dejar de pensar. Y lo cierto es, que a pesar de las diferencias parecían formar un equipo sólido.
Pedro muy emprendedor, arrastraba a Livia en negocios que mayormente acababan por ser un desastre. No importaba demasiado ya que Pedro tenía el dinero suficiente para permitirse ciertos descalabros, pero aún así resultaba chocante todo cuanto construía y posteriormente destruía en poco tiempo. Detestaba aburrirse y creía desperdiciar la vida si no estaba en continuo movimiento. Tal vez se refugiaba en la acción para huir de su propia desesperación, pero eso no lo sabré nunca.
Se embarcaron en un sin fin de proyectos... un laboratorio fotográfico, una tienda de camisetas, un bar y una discoteca. Todo en apenas tres años. Ninguno de los negocios llegó a funcionar muy bien pero cubrían gastos y para Pedro eso ya constituía un éxito.
Livia, mucho más calmada, seguía estudiando su carrera en Bellas Artes y se retorcía de risa ante los nuevos proyectos que le proponía. Y aunque los negocios no le interesaban en absoluto, le ayudaba llegando incluso a trabajar en ellos. Constituían una pareja extraña, extraña no porque vinieran de mundos opuestos; tampoco porque hicieran planes anormales, si no más bien se trataba de las antagonistas personalidades de cada uno: Pedro era exterior, sociable y activo y Livia interior, callada y serena.
Por ello mismo, quise convencerme de que estaba equivocada, que quizá él era la persona adecuada para Livia, pero por más que trataba de persuadirme con estas ideas no podía evitar tener la impresión de estar ante un teatro en el que un gran actor protagonizaba la escena. Un teatro lleno de máscaras y payasos en el que mi amiga ejercía como espectadora.
Solían salir casi todos las noches a cenar a restaurantes magníficos ya que él era un apasionado de la buena cocina y del vino... y mi amiga no era precisamente un gran chef. Muchos días salían acompañados de Paula, la hermana de Livia. Era la menor de las dos y aunque continuaban llevándose mal, ella sentía que debía ocuparse de ella. —«No tiene a nadie»—, me decía.
De cualquier manera, los celos y rivalidad de la una por la otra hacían imposible una amistad profunda. Visto desde fuera resultaba un poco absurdo ya que físicamente no tenían nada que ver, a pesar de compartir la misma madre. Livia era alta y delgada, de manos grandes y más bien huesudas. Una melena morena y ondulada se arrastraba hasta la mitad de su espalda. Cabellos que rara vez se movían sin permiso ya que la mayor parte de las veces un pasador los unía evitando su libertad. El rostro más bien alargado de un color tostado en el que destacaba una mandíbula sobresaliente. Todos los rasgos de su cara denotaban fuerza: profundos ojos oscuros muy expresivos, la boca grande de labios más bien finos y una nariz alargada otorgaban una expresión de dureza a su rostro. Una apariencia que a veces no permitía ver la dulzura que habitaba tras ella.
Por el contrario, Paula era rubia, no muy alta y de rasgos armoniosos. Nada era grande en su cuerpo. Unos ojos oscuros y rasgados, junto con una boca sugerente siempre sonriente y una nariz pequeña y ligeramente respingona, le proporcionaban una expresión alegre y vivaracha. Su piel pálida normalmente, había adquirido un tono dorado por las constantes sesiones de rayos ultravioleta a las que se sometía. Y es que Paula era así, una mujer divertida y sin demasiadas inquietudes que concedía mucha importancia a su imagen.
Las dos eran mujeres muy guapas, cada una con su estilo. Una, seria y responsable muy estudiosa desde pequeña, y la otra un desastre en los estudios, cambiando continuamente de centros escolares por mala estudiante.
En realidad, Livia sentía una secreta admiración por ella. Su capacidad de no dar ninguna importancia a aquello que no tuviera que ver consigo misma y su constante diversión, provocaba su sorpresa y posterior fascinación. Le hubiera encantado ser un poco más frívola, no preocuparse tanto por todo y a veces desentenderse de responsabilidades.
Paula de igual manera sentía celos de Livia. Unos celos enfermizos que la llevaban a ser despiadada con ella. Le encantaba ridiculizarla delante de la gente y sobretodo buscaba la confrontación cuando Pedro estaba presente. Lo cierto era que envidiaba la vida de su hermana. Una existencia organizada y en constante equilibrio, donde nunca había pasajes llenos de suciedad como en la suya. Lo tenía todo. Incluso un novio rico que se había convertido en el pilar de su vida.
Por el contrario, Paula no tenía nada ni tampoco podía contar con nadie. Cuando se miraba a sí misma tan sólo veía una vida caótica, sin orden. Contaba con muchos amigos pero eran compañeros de fiestas. Compañeros de burlas y de risas.
Ella sólo deseaba una cosa. La vida de su hermana. Al menos la vida que su hermana había construido con Pedro durante tres años.
La ruptura entre las dos hermanas llegó con la enfermedad Livia. Una enfermedad que le provocó enfrentarse a la muerte y al dolor. Una enfermedad que transformó su personalidad.
Llevaba varios días encontrándose agotada y sin fuerzas; sentía dolor en el vientre y la espalda y lo que era peor: apenas ingería algo de comer.
En esos días tuve que irme de viaje por trabajo, por lo que no pude estar con ella. Llamé nada más regresar para ver cómo se encontraba.
—Hola Pedro, acabo de llegar. ¿Cómo se encuentra la enferma?
—Menos mal que has llamado. La verdad es que no sé que hacer con Livia, está de lo más quejica. Dice que le duele mucho la cabeza y la verdad no me extraña. Me parece que tiene un poco de fiebre. A mí también me está empezando a doler la cabeza, espero que no me haya contagiado.
—¿Has llamado al médico?
—Claro, vino anteayer un médico jovencito amigo de Paula. Sólo es un gripazo que por lo visto este año está pegando fuerte. Le recetó Gelocatil, pero no parece hacerle mucho efecto. Yo, por si acaso, he empezado con un anti gripal. Lo que más me extraña es que tiene el cuello muy rígido, pero tranquila, que mañana estará mejor.
—Pedro, ¡por Dios!, llama a un médico de verdad, llévala al hospital.
—¿A quién? Yo no tengo ni idea de médicos. Tu mejor que nadie sabes la alergia que me producen los hospitales
—Eres un inútil Pedro. Voy para allá.
Cuando fui a buscarla, me asusté. Sus 25 años se habían transformado en 40 por lo menos. Su aspecto era terrible. Blanca como un fantasma, tenía los labios morados y sentía escalofríos continuos.
Se apretaba la cabeza con las manos reflejando un dolor insoportable. Cuando entró en el coche se desmayó. Pedro comenzó a ponerse nervioso.
La llevé directamente a urgencias.
Los minutos se transformaban en losas de cemento que pesaban en nuestras cabezas. Nadie nos decía nada, con lo que cada vez nos íbamos poniendo más nerviosos. Nuestros pies caminaban de un lado a otro por los interminables pasillos del hospital. Al principio eran pasos rápidos y enérgicos como si de esa manera pudiéramos sacar un poco esa angustia que nos ahogaba el pecho, sin embargo, a medida que transcurría el tiempo los pasos se iban haciendo cada vez más lentos, tanto que, los pies parecían arrastrarse con esfuerzo.
—Voy a llamar a Paula —dijo Pedro—, creo que debería de estar aquí.
—Pero ¡qué dices! Deja de decir chorradas. ¿Para qué vas a llamarla? Sabes divinamente que no se pueden ni ver.
—Estaba muy preocupada. Es su hermana. Fátima, hay que avisarla. El otro día cuando vino a casa se le notaba inquieta y pendiente de su hermana. ...
—Estaría actuando como hace siempre. Además, no entiendo por qué ahora aparece tanto por vuestra casa.
—No seas tan dura. Te aseguro que no estaba engañando a nadie. Estaba muy preocupada. Es una buena chica.
—Como tú, ¿no? ¿Qué pasa Pedro? ¿Por qué no la trajiste antes al hospital? Y si Paula estaba tan nerviosa ¿por qué no la trajo ella?
—No creímos que estaba tan mal —respondió el egoísta.
—Espero no tenerte demasiado cerca cuando esté enferma.
Enseguida me arrepentí de habérselo dicho pero la realidad era que estaba furiosa. No me cabía en la cabeza que no hubiera hecho nada para quitar el dolor a mi amiga. La imagen del hombre frívolo regresaba a mi cabeza acompañada de la palabra cobardía. Llamar a Paula y que su novio de turno visitara a la enferma... ¡Qué gilipollez!
Repetía lo mucho que la amaba cada día, lo hacía a todas horas, tanto que ya ni se escuchaba. ¿Qué clase de amor es el suyo que hubiera dejado morir a Livia por su cobardía de llevarla al hospital? Sólo existía una respuesta; una respuesta que se colaba por mi cuerpo arañando mi garganta. De eso se trataba su amor, de una mentira de él mismo.
Tras angustiosas horas eternas nos dejaron visitarla. Tuvimos que ponernos batas verdes y un gorro para el pelo; en los pies, una especie de calcetín de plástico que cubría los zapatos. Pedro sudaba y en cuanto vio a Livia le entró una especie de pánico.
Conectada a un sin fin de aparatos médicos tenía un tubo estrecho que se introducía por la nariz y uno más grueso en la boca que le ayudaba a respirar. Costaba reconocerla ya que el rostro estaba brutalmente hinchado.
Pedro no pudo resistir la imagen y salió apresuradamente de la sala de la U.C.I donde se encontraba su novia. Ni siquiera tuvo tiempo de coger su mano o besarla en la frente, la angustia le hizo huir de la sala antes de que pudiese hacerlo.
Cuando fui a reunirme con él, le encontré llorando. Lloraba abrazado a Paula. Me quedé sorprendida, no tanto por el hecho de que estuviera en el hospital sino por la confianza entre ambos cuando la relación de las hermanas era más bien fría y distante.
El Doctor Santos me hablaba despacio con un tono de voz tranquilo y suave. Era un hombre de mediana edad y a juzgar por su acento debía de ser sudamericano.
—¿Es usted su hermana?
—Sí doctor —mentí— ¿Cómo está?
—La analítica de sangre demuestra un número de Leucocitos muy elevado eso quiere decir que tiene una infección bastante grande, una infección que aún no hemos localizado. Le estamos dando antibióticos y calmantes para que desaparezca el dolor. Tiene las meninges muy inflamadas.
—¿Meningitis?
—No lo sabemos todavía. Saldremos de dudas dentro de unas horas.
Salí a pasear. No me apetecía dar explicaciones a Pedro y a Paula de lo que me había dicho el médico. Las hojas amarillas cubrían el suelo. Podía escuchar el sonido que provocaban las pisadas de mis pies sobre ellas. Estaba furiosa. Una mezcla de angustia y enojo. ¿Qué le estaba pasando a Pedro? Su novia estaba gravísima y él ni siquiera había sido capaz de coger su mano. Y... ¡¿qué pasa con Paula?! Se han visto poquísimo y ahora de repente parecen adorarse. No lo sé. Sólo espero que no se haya producido lo que estoy imaginando. Sería demasiado cruel.
El ruido del teléfono me rescató de mis pensamientos.
—Fátima...
—¿Qué pasa Pedro? —contesté
—Ha entrado en coma —balbuceó
Me quedé en silencio sin saber que hacer. Livia en coma. Esa mujer llena de vida yacía ahora inmóvil en la cama de un hospital. ¡Maldito Pedro!
Fueron tres días terribles en los que mi amiga luchaba por quedarse con nosotros. No salí del hospital en 72 horas. Paula y Pedro inseparables, me traían comida y periódicos. Parecían sentirse culpables de algo pero aún así no se quedaban demasiado tiempo. Pedro odiaba los hospitales y Paula tenía citas que le era imposible anular. Citas sin duda relacionadas con su estética, mucho más importantes que la vida de su hermana. Trató de localizar a su madre, pero como era habitual, no se sabía dónde estaba.
Tras días interminables en los que el tiempo arrastraba segundos, Livia salió del coma. Las posibles secuelas, que podía haberlas, no se sabrían hasta el cabo de cierto tiempo. Por fortuna no se trataba de meningitis. Había sido contagiada por un virus extraño y severo y, al no llevarla antes al hospital, éste había infectado el cuerpo.
Gracias a los antibióticos, mejoró rápidamente y a los pocos días, la trasladaron a una habitación en planta. El susto había pasado. Cuando entré a verla, la encontré más extraña que nunca. Deseosa de contarme cuanto había visto cuando estaba en coma, hablaba de una cuerda entre su cuerpo y ella. Excitada, decía que nos había visto a todos desde arriba, mientas volaba.
Sonriendo, le dije que estaba perdiendo el poco juicio que le quedaba, al tiempo que trataba de tranquilizarla afirmando que los calmantes mezclados con los antibióticos debían de ser los culpables de las alucinaciones.
No me contestó.
Al salir de la habitación me encontré con Pedro y con Paula —los cuales no habían vuelto al hospital desde que Livia había salido del coma— que traían un oso de peluche a la enferma. No hacía falta que llegaran de la mano ni que se concedieran mimos o besos para saber lo que era evidente: que estaban juntos.
—Ya era hora de que aparecieras por aquí.
—No me mires así, Fátima, te dije que tenía que marcharme dos días a Mallorca por trabajo.
—¿Un trabajo nuevo? A mí no hace falta que me mientas.
—No aguantaba todo esto Fátima. Tú eres mucho más fuerte.
—Déjalo Pedro, lo importante es que ahora está mejor.
—Te dije que se pondría bien... mala hierba nunca muere —bromeó nervioso.
Paula rió de manera un poco desconcertada. Yo no le encontraba la gracia. El semblante de Pedro se fue tornando más serio. Me miró y luego hizo lo mismo con Paula.
—Ahora me gustaría quedarme solo con Livia. Tengo que hablar con ella.
—¡Pedro! —dije con voz ahogada—... ¡Está todavía muy débil!
—Hace poco me llamaste cobarde. Yo ya no puedo seguir con esta situación
—¿Qué vas a decirle? —pregunté llorando
Pero yo ya sabía lo que iba a decirle. Iba a machacarla. Como en sus negocios, odiaba aburrirse y Livia ya había cubierto el cupo. Se había cansado como se cansa de todo lo que no es él. Dirigí una mirada hiriente a Paula.
—¿Por qué le haces esto? ¿Tanto la odias?
—No lo entiendes. ¿Cómo puedes pensar que la odio? Simplemente ha ocurrido sin que ninguno de los dos planeáramos nada. No podemos evitar habernos enamorado. ¿Acaso es un crimen? Ella no le ha comprendido nunca, ni le quiere como Pedro necesita que le quieran.
—¡Esto es increíble! ¿Desde cuando has encontrado el amor? —pregunté con ironía, al tener la certeza de que esa mujer era incapaz de amar a nadie, incluida ella misma
—Hace dos meses, pero no es lo que imaginas... Nos amam...
—Eres una zorra —interrumpí.
Marché a la cafetería a tomarme algo. En realidad apenas había comido nada desde que ingresó en el hospital. En mi cabeza no paraban de pasar imágenes contradictorias. ¿Cómo se lo tomaría Livia? No estaba muy segura. Traté de visualizar la escena para mandarle energía tal como ella me había intentado enseñar, pero no sé si porque no acababa de creerme todo lo que mi amiga me mostraba, o porque carezco de la fuerza para lograrlo, pero el hecho es que no conseguía trasladar mi pensamiento hacia ella.
Cuando entré en la habitación mi amiga estaba en pie y apoyaba su cuerpo, más delgado que nunca, en la ventana. No sabía bien si acercarme a ella o si por el contrario podía invadir lo que ella siempre definía como su espacio.
—Tranquila, estoy bien.
Me inquietó verla tan sosegada porque a pesar de las lágrimas, estaba en calma. Como en otro mundo. Un lugar lejos de la habitación en la que estábamos.
—Menudo hijo de Puta —dije mientras me acercaba a ella asiéndole la mano.
—Era necesario —contestó, mientras lágrimas silenciosas descendían por su mejilla.
—No sabes como siento lo que te han hecho.
—No pasa nada... en realidad lo sabía, les vi en mi viaje —dijo sonriendo— déjame sola por favor. Necesito aclarar mi cabeza. Descansa, estoy bien.
Nunca ha vuelto a hablarme de Pedro. Sé que lo pasó mal, pero quería hacerlo sola. De eso hace ya cinco años. Cinco años en los que Livia transformó su vida como entendería más tarde.
* * *
Un martes sentada entre la soledad de un sin fin de papeles que ordenar, recibí su llamada.
Hacía ocho meses que residía en Ibiza con motivo de preparar una gran exposición de pintura. Se trataba de una exposición de varios autores contemporáneos españoles muy consolidados en el mundo del arte. Cuando le propusieron el proyecto Livia estaba trabajando para una galería, pero no dudó en embarcarse en la idea.
Era la oportunidad de establecerse por su cuenta en el mundo pictórico que tanto le gustaba.
Sus llamadas siempre me provocaban atisbos de alegría. Su voz, tan llena de energía, retaba la monotonía del momento y me trasladaba lejos de las paredes de la oficina. Nuestra relación seguía siendo la misma aunque ya no nos veíamos tan a menudo. Es más, nos veíamos bastante poco, ya que Livia pasaba largas temporadas fuera de España, tratando de encontrar nuevos talentos de la pintura.
—Fátima, tengo que pedirte algo —me dijo.
—Claro. Dime ¿qué tal por las Baleares? Supongo que echas de menos Madrid, ¿verdad?
—Una barbaridad. Cada tarde cuando veo como el sol se acuesta en el mar, me pregunto por lo que estoy haciendo en una isla en la que en la que no hay más que belleza y magia. Por aquí todo huele a sal y a manzanilla; a romero y a sabina. Los ibicencos son gente increíble: sencillos con una gran dignidad, se toman la vida con mucha calma. En fin que no sabes como echo de menos el ruido de Madrid, el humo de los coches, los atascos y sobretodo las caras estresadas.
—Vale, vale. Que esto tampoco está tan mal. En el fondo debes de aburrirte —sabía que eso era imposible ya que esa palabra no había sido creada para ella.
—¡Ja! Te lo digo en serio, esta isla tiene algo que te atrapa. Quizás es porque está regida por el signo de Escorpio o porque es una Diosa Lunar, Tanit, la divinidad que protege esta tierra; pero tiene algo diferente. Aquí no flotas entre sentimientos sino que te empapas de ellos.
—¿A quien has conocido aparte de la Diosa? —pregunté riendo.
—A gente interesante. Todos con historias apasionantes a su espalda. Son fantásticos: creen en la vida y en el equilibrio; en que todos formamos parte de un todo y crecemos en él.
—Déjate de chifladuras y dime que es eso que quieres pedirme.
—Que vengas. Tienes que ayudarme, la exposición es dentro de dos semanas y no voy a poder con ella.
—Eso son los nervios de la inauguración, faltan todavía 15 días, así que tómatelo con calma. Además, ¿Ayudarte? —era la primera vez que me pedía ayuda— ¿Cómo?
—Organizando todo este cacao. Para mí es importante. No puedo hacerlo sola, tengo a varios autores conocidos y tengo que sacar esto adelante.
—Venga Livia, eso lo puedes hacer tú. Iré algún fin de semana, esta vez estás más cerca.
—¿No lo entiendes? ¡No puedo hacer nada! Hace tres días tuve un accidente. Tengo los ligamentos y la rótula de la pierna derecha rotos. Necesito tu ayuda. La oportunidad que me han dado no se volverá a repetir.
—Pero ¡¿Por qué no me llamaste?!
—Sabes muy bien que no me gusta dar malas noticias; total, no podías hacer nada. Tienes que venir, ahora sí te necesito.
—Para mí es difícil. Tengo mucho trabajo y sabes lo que me cuesta dejar esto
—Estás mintiendo. Llevas años encerrada en esas paredes. Durante todo este tiempo no has cogido ni un día de vacaciones y no te he dicho nada. ¿Hasta cuando vas a seguir así? Tienes que trascender... Nunca te he pedido nada... Y esto es importante. ¿Vas a dejar colgada a quien te necesita?
—No te pongas así, veré que puedo hacer.
—Dime que vendrás.
—Lo intentaré. Te lo prometo.
—No basta Fátima.
—Esta bien, pero odio que me pongas en una encrucijada. No me parece justo.
—¿Qué es lo que no te parece justo? Que una amiga ruegue tu ayuda, ¿no te parece justo?
—Iré —interrumpí. Sabía bien lo que me iba a decir.
En cuanto colgué el teléfono empecé a arrepentirme. La facilidad con la que los demás me convencían a pesar de mis reticencias provocaba un sentimiento de reproche hacia mi misma. Debía de ayudar a mi amiga, eso era cierto, pero ¿a qué precio? Había pasado por una época terrible y ahora que estaba en paz y tranquila debía irme. Marcharme de la realidad en la que tan segura me sentía.
A pesar de que sólo serían unos días, suponía la primera vez que me alejaría de mi núcleo de control. De mis reglas.
¿Que iba a hacer en Ibiza? Ahora, en Septiembre había mucho trabajo. Era cierto que durante los dos años que llevaba en la empresa no había faltado ni un sólo día, pero en cierto modo, les pertenecía.
El dueño de la empresa me había ayudado cuando dos años atrás las circunstancias me hundieron. Me había dado tiempo para recuperarme del trauma sufrido y lo más importante, me proporcionó un lugar donde sentirme a salvo.
Cuando comencé a trabajar en la empresa creí que sería inútil, que nada podría mitigar el dolor, pero estaba equivocada. Mi jefe, que había sido amigo de mi novio, me apoyó en todo momento. Me inundaba de trabajo para evitar de esa manera, que pensara en otra cosa. Incluso los temidos fines de semana, esos dos días en los que no había nada que hacer más que recluirme en las telarañas del recuerdo, él los organizaba de tal manera para que no tuviese apenas tiempo para mí misma.
Ahora que me sentía un poco mejor gracias a él, Livia pretendía que le dejase tirado.
A veces resultaba una egoísta a la que no importaba dejar colgada a la gente. Yo no puedo ser como ella; no me atrevo a salir de la seguridad que me otorgan estas paredes.
Para ella es fácil. No le teme a nada porque nada puede con ella. Cuando le ocurrió lo de Pedro en vez de regodearse en cuanto le había pasado, lo convirtió en aliciente para cambiar su vida. Comenzó a viajar y a hacer nuevos amigos; a ocuparse de sí misma y a bucear en los temas esotéricos que tanto le habían atraído desde niña.. Quizá fuera una huída, una manera de escapar; de cortar con todo y empezar de nuevo.
Es una mujer fuerte que no se achanta ante circunstancias adversas.
Me gustaría ser así, como ella, libre. Libre de ataduras y de jaulas mentales que obliguen a permanecer encerrada e inmóvil. A veces tengo la impresión de estar atada a gruesas cadenas azules; cadenas que impiden mi movimiento y provocan que me estanque como se estancan los zapatos en los barrizales.
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Estaba inquieta. Mi gran amiga rogaba mi ayuda y yo no podía hacerlo. Aún era pronto para desprenderme de lo que ahora constituía mi vida. Comencé a encontrarme mareada con lo que me tumbé en el sofá del salón y tratando de dejar mi mente en blanco, quise relajarme. Sin desearlo, imágenes dolorosas se amontonaban en la oscuridad de unos ojos cerrados. Imágenes que aunque no se habían marchado durante los dos últimos años, si habían ido remitiendo. Ahora volvían a aparecer, crueles, cargadas de culpabilidad y tormento.
Dicen que el tiempo lo cura todo, pero es otra mentira propia de los tópicos.
Las imágenes envasadas en el sueño no permitían mi descanso.
Fernando a mi lado hablando sin parar de cuanto había aprendido en el viaje con Livia. Me
