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Novela de prosa pulcra y certera que embelesa a quienes se adentran en esta historia. Claudia, su protagonista, empieza a enfrentarse a la vida a través de varios encuentros con personajes dispares unidos por el amor, la ambición, el rencor y las ganas de exprimir el tiempo que les queda. La única arma con la que podrá contar Claudia es la más poderosa: la escritura. Con ecos de Antonio Gala y de Carmen Posadas, esta novela de Lucía Montojo sorprende como una auténtica revelación.
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Seitenzahl: 284
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Lucía Montojo
Saga
El callejón del beso
Copyright © 2004, 2022 Lucía Montojo and SAGA Egmont
All rights reserved
ISBN: 9788728374016
1st ebook edition
Format: EPUB 3.0
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A Amaro Gómez-Pablos, que donde quiera que esté sé que me escucha.
A mi hijo Andrés que me regala poesía en todos los rincones de este callejón.
A Lucía Maristany.
El doctor Bermejo continuaba sentado frente a la mesa de su despacho. Una mesa robusta de madera clásica en cuya superficie destacaban pequeños objetos que aludían a su profesión. Los adornos estaban colocados en armonía unos con otros proporcionando una sensación de equilibrio.
De las paredes, de color mantequilla, colgaban cuadros marinos, de esos que transmiten paz con sólo mirarlos. La alfombra granate sobre el parqué, otorgaba un ambiente cálido a la consulta.
El doctor estiró los brazos. Respiró profundamente como si acabara de desprenderse de una losa que no le dejaba actuar con libertad. Lo había conseguido.
Unas hojas blancas, situadas en el centro, acaparaban toda su atención. Debía redactar el informe para dar el alta a Claudia.
Las manos revolvían su cabeza tirando ligeramente del cabello canoso. Cerró los ojos tratando de recordar cada una de las sesiones que había mantenido con la joven. A pesar de haber tratado casos parecidos, en éste se había implicado más que en cualquier otro.
Se había prometido a sí mismo curarla. Claudia había despertado en el doctor la añorada sensación, que había quedado aletargada, de inquietud que le provocaba un reto. Llevaba muchos años trabajando sin que ningún caso supusiera un desafío para él.
A diferencia de sus muchos pacientes, Claudia deseaba curarse. No es que ella lo dijera explícitamente ya que no pronunciaba palabra desde hacía tiempo. Sin embargo, en sus ojos la vida todavía continuaba latente. Aún le quedaban un sinfín de inquietudes por las que luchar.
Recordó la primera vez que la vio. Tan delgada que daba la impresión de poder romperse. Su pelo claro largo y resquebrajado ocultaba parte del rostro que apoyaba sobre la almohada. Las manos atadas a la cama, la protegían de sí misma. Claudia yacía inmóvil sobre la cama del hospital. Sólo su respiración revelaba que seguía viva.
Hacía dos días que había ingerido una alta dosis de barbitúricos. Tras hacerle un lavado de estomago, se le administró un fuerte tranquilizante para calmar su estado de ansiedad.
Sus padres, con el rostro desencajado, no se apartaban de su lado.
Ahora, todo aquello parecía lejano.
Lo había logrado.
Tras 14 meses de un intenso tratamiento, la paciente, por vez primera, comenzaba a reaccionar. Su voz, que durante todos estos meses había quedado muda, volvía a escucharse.
Había sido duro. Incluso muchas veces no confiaba en su recuperación.
Llevaba veinte años en la medicina y nunca había errado con ningún paciente. Asimismo, desde que ejercía como catedrático de psiquiatría, tampoco había defraudado a sus alumnos, que le admiraban profundamente. Echó un vistazo a la pared donde colgaban varios títulos, como del mismo modo menciones honoríficas y premios, otorgados por las más prestigiosas universidades.
Era considerado una eminencia en psiquiatría.
Sus ensayos sobre la inteligencia humana, así como sus conocimientos de enfermedades mentales eran considerados básicos y primordiales para cualquier estudioso de la mente humana.
Pese a todo ello, hubo momentos en los que creyó que no iba a ser capaz de ayudarla. Lo más difícil es querer ayudar a quien no permite ser ayudado. Una impotencia que jamás había sentido con anterioridad se presentaba, en aquella época, cada día.
Se empeñaba en sacar a su paciente del pozo en el que se estaba ahogando. Claudia, sin embargo, a pesar de querer salir, no permitía que la rescataran.
Se había intentado suicidar en tres ocasiones y llegaron a ingresarla por representar una amenaza real para su vida. Por experiencia médica conocía perfectamente los muchos factores que pueden desencadenar una depresión. De igual manera, la depresión puede aparecer sin motivo alguno.
El doctor Bermejo no sabía con exactitud las circunstancias que se habían dado en la vida de la joven. Tan sólo conocía su historia por los padres de Claudia. Consideraba que había sufrido un revés duro en su vida que impedía su avance.
La paciente se negaba a hablar con nadie y permanecía encerrada en sí misma lamiendo las heridas del pasado. En un principio, el doctor le administró un tratamiento de choque a base de Trankimacín en vena para conceder un descanso a la mente. Más adelante, al ver que el tratamiento no daba los frutos esperados, añadió dos pastillas al día de Lexatín y una de Seroxat al tiempo que continuaba con Trankimacín. El doctor detestaba dopar a sus pacientes, pero en este caso no se podía hacer otra cosa. Estaba agotada. Era necesario dar un reposo a la cabeza para poder comenzar a trabajar en ella.
Claudia debía encontrar su propio equilibrio. Un equilibrio que le permitiría hallar los cimientos con los que reconstruir su vida.
El doctor se daba cuenta de que para lograr lo que quería debería pasar antes por donde no quería y debía trasmitirlo a la afectada.
La paciente tenía que sacar todo cuanto guardaba bajo llave en el complicado baúl de los sentimientos.
Todos los tratamientos habían fracasado. Ni medicamentos ni terapias conseguían sacar un poco a la joven de su ensimismamiento.
No obstante, no pensó jamás en abandonar el caso. Se encontraba frente a una niña de veinticinco años que había sido víctima de una serie de decepciones que le habían llevado a recogerse en sí misma para evitar ser nuevamente dañada. Una celda estrecha donde el recuerdo impedía su paz. Un conflicto interno lleno de miedos ejercía de cancerbero.
Estaba seguro de que existía alguna fórmula para su curación. Encontró lo que necesitaba gracias a la abuela de Claudia.
Casilda fue a la consulta del psiquiatra con un único propósito, el de ayudar a su “niña”.
Le confesó al doctor que quizás había algo que podría echar una mano a Claudia. No lo había hecho antes porque no se había percatado de la importancia que podía tener. Le entregó los cuentos que Claudia había escrito. Le reveló que su nieta reflejaba sus estados de ánimo en el papel desde que era muy niña. Llegó incluso a colaborar en revistas literarias.
–Escribir era la vida para ella. Decía que la tinta era su sangre. Sin ella moriría como mueren los que se desangran, lentamente y en silencio.
–¿Cuándo lo dejó? –preguntó el doctor intrigado.
No lo sé muy bien. Creo que a la muerte de mi hijo. Tal vez un poco después, cuando pasó todo... Ella le adoraba.
Hasta ese momento, el doctor desconocía la afición a escribir de su paciente. Puede que esa fuera la baza que estaba esperando encontrar.
En su mente, a ritmo acelerado, se estaba maquinando una idea. Un proyecto que nunca antes había utilizado con ningún paciente. Analizó profundamente las ventajas y desventajas de lo que tenía planeado hacer. No quedaba nada por perder. Claudia no reaccionaba ante los tratamientos. “Escribir era la vida para ella” había confesado su abuela.
Suponía que lo utilizaba como una vía de escape, un desahogo de todo cuanto le iba sucediendo.
Llamó a una enfermera para que trajera a Claudia. Normalmente no era la hora de la terapia, pero era importante. No dejaría pasar más tiempo.
–Claudia, ¿De verdad quieres curarte?
Claudia asintió con la cabeza.
–Debes poner algo de tu parte. Si no me enseñas cómo ayudarte, va a ser muy difícil.
–¿No lo entiendes? Tienes que intentarlo. Sacar fuerzas de dentro y escupir todo cuanto llevas guardado.
Claudia miraba al suelo tratando de refugiarse en lugar seguro, en ella misma.
–No tienes por qué tener miedo.
–Estás a salvo. Haz un esfuerzo, tú puedes conseguirlo.
Las palabras no parecían sacar a la paciente de la cueva que ella misma había creado.
–Antes escribías cada día. Escúchame– dijo el doctor Bermejo asiéndola por los brazos. Trata de volver a escribir. He leído cuentos tuyos. Son formidables. Piensas que la creación te ha abandonado. No es cierto. Eres tu quien le abandonó. Ella continua esperándote. Es ahora cuando ha llegado el momento. Agarra el bolígrafo y comienza a escribir de nuevo.
Claudia fijó la vista en sus manos y volvió a mover la cabeza en sentido negativo.
–La auto compasión no va a llevarte a recuperar tu vida. No estás sola. Tienes una vida que cuidar. Una vida que te llama por las noches y que te necesita más que tú a ti misma. No ves a tu hijo desde hace varios meses. Si bien es cierto que hasta ahora no era posible por el bien del niño, si...
Una lágrima comenzó a caer de los ojos de la joven. Al menos con ello, había provocado una reacción. Era la primera vez que la veía llorar en todos estos meses.
–Sé que deseas verle. Él a ti también. Por ello debes hacer un esfuerzo. Vas a escribir todo cuanto te ha pasado estos últimos años. Sé que tienes fragmentos de tu diario. Vuelve a escribirlo de nuevo.
Claudia, de nuevo, volvió a mover negativamente la cabeza.
–¡Por Dios! –gritó el doctor–. Debes hacerlo. ¿Quieres superar esta enfermedad?
La paciente hizo un gesto afirmativo con la cabeza. Situado en cuclillas frente a ella, esperaba con los ojos fijos en su mirada alguna reacción.
–Tu puedes conseguirlo. Debes de sacar cuanto está pudriéndote por dentro.
En uno de tus cuentos, el personaje principal dice textualmente: “El papel es mi refugio. Un mundo plano donde el sentimiento surge como un vómito de tinta”.
–Ha llegado el momento de que “vomites” cuanto te está matando –dijo el doctor mientras agarraba las manos de la joven–. Vamos a lograrlo.
Tras mirar fijamente los papeles en blanco, la paciente, temblando, recogió un paquete de hojas y un lápiz de manos del doctor.
Me amparaba en su pecho dejando a sus manos acoger mi tristeza. Pequeños surcos denunciaban un rostro que no sentía. Jaime, acariciándome me decía que todo saldría bien, que juntos podríamos superarlo todo. Con impotencia fijé la vista en sus ojos. Unos ojos que ya no podían calentar a un alma que moría de frío.
Entró en mi vida hace tres años, en una cena que mi prima Alejandra había organizado con motivo de las vacaciones estivales. La realidad era que estaba deseosa de que todos conociéramos a su novio, un “soseras” mexicano que se acobardada ante los impulsos amorosos de mi prima.
Alejandra y yo siempre habíamos estado muy unidas. Era hija única, y yo vivía rodeada de hermanos varones, con lo que crecimos, más que como primas lejanas, como hermanas.
Fui a la cena acompañada por el que era mi novio de entonces. La verdad era que ya no lo era el día de la velada, aunque él lo siguiera creyendo. Había sufrido una gran decepción, de esas que son imposibles de consolar.
Pedro, hijo de una de las más antiguas dinastías Europeas, se debatía entre la mujer que quería y la familia que no debía decepcionar.
Llevábamos juntos algo más de un año y aun no había sido presentada en su “histórica” casa porque carecía de los requisitos que sus padres esperaban que reuniera la novia de su hijo.
Pedro apareció en mi vida cuando acababa de cumplir veintidós años. Me encontraba perdida en un mundo que parecía no querer hacer otra cosa que ponerme a prueba. Un mundo que experimentaba conmigo sin concederme un descanso. Ensayos sobre los diferentes tipos de dolor y medir su intensidad.
Hacía tres años que mi cuerpo, junto al de mi hermano, había sufrido la brutalidad de un accidente automovilístico.
Estuvimos ingresados aproximadamente un mes en cuidados intensivos, completamente destrozados, y aunque logramos sobrevivir, las secuelas tanto físicas como psíquicas, se adueñaron de nosotros. Mi hermano Borja, siempre había sido un gran luchador y superó gracias a una enorme voluntad aquella cruel etapa de su vida. Cada mañana ejercitaba los músculos de sus piernas y rotaba con precaución sus pies reconstruidos. Lloraba de impotencia al no poder sentir parte de su mano izquierda y combatía el dolor a base de esperanza. Los diferentes traumatólogos que mis padres habían consultado no creían posible que volviera a caminar sin la ayuda de muletas o como poco, de un bastón.
No volvería a correr.
Sus pies rehechos, junto con sus rodillas destrozadas no podían soportar su peso y en cuanto cargara sobre ellos se romperían como finos cristales.
Se equivocaron.
Los especialistas no contaban con la voluntad de mi hermano. Creía en él mismo y consiguió en tres años eternos vencer las secuelas del accidente. A nivel mental, es el hombre más fuerte que he conocido.
Yo, por el contrario, cansada de pelear y de sangrar preguntas quedé recluida en los abismos de la depresión. Carecía de ilusión por nada y en cuanto escuchaba un grito o una contestación brusca comenzaba a sudar y un miedo incomprensible recorría su cuerpo.
Cada noche me despertaba con terroríficos terrores nocturnos. En mis sueños aparecía el rostro ensangrentado de mi hermano con la cara desencajada por la mandíbula rota. Trataba de alcanzarle pero una jaula de hierros impedía cualquier movimiento. Comenzaba a gritar por la rabia e impotencia que sentía y era en ese momento cuando dejaba el fatídico mundo onírico del sueño para regresar a la realidad.
Durante el tiempo que estuvimos encerrados en el coche no perdí la consciencia en ningún momento No recordaba nada del accidente porque, según me explicaron los médicos, en los traumas graves el organismo crea un mecanismo de defensa que impide revivir el trauma. Es como si se tratase de una laguna mental en la que la perdida memoria se convierte en única protagonista. Supongo que el subconsciente trataba de liberar lo vivido mediante los sueños.
Visité varios psiquiatras que me trataban como una disminuida psíquica y bloqueaban mi mente con drogas antidepresivas. Probé de todo, desde el Anafranil hasta el Seroxat, pasando por el Prozac, Vandral y no sé cuantos medicamentos más que no servían ni me ayudaban a salir de la jaula de hierros. No tenía pies destrozados, ni tampoco rodillas despedazadas. A nivel físico, una herida de veintidós centímetros en el hígado y un fémur roto. A nivel mental, mutilada.
Era como una muerta que sobrevivía en una vida que estaba muy lejos de ser mía.
Varios meses después del accidente, en Ibiza, conocí a un hombre que me enseñó a descubrir una sexualidad que aún no había experimentado. Si bien es cierto que había jugado, no me había adentrado en ella.
Me doblaba la edad. Las canas hacía tiempo que habían aparecido en su pelo y se observaba un nido de arrugas habitando en sus ojos vidriosos. Luis tenía cuarenta años y una vida en la que predominaban los ambientes nocturnos y negocios complicados que no podía entender.
Me encantaba acariciar la aspereza de su pelo y abrazar su cuerpo. Para él no era más que una niña, una niña que entre sus brazos se encontraba protegida.
Probablemente era una mezcla entre padre y amante. Necesitaba de sus brazos, de su seguridad. Con él nada malo podía sucederme. Lo sabía todo. Sin duda, mucho más que yo.
Hablaba constantemente de temas de trabajo. Materias de empresa y de estrategias, un poco ilegales –según decía– para “forrarse” de dinero. Dinero y sus derivados parecerían haber sido palabras creadas por él. Las empleaba continuamente. Sólo existían dos razas en el mundo humano. Los que siempre habían comido bien y aquellos que ni siquiera tenían alimentos con los que calmar su hambre.
Me explicaba todo cuanto se proponía. No podía ayudarle, todo era demasiado complejo para alguien que no había trabajado nunca, y los números no eran precisamente en lo que hubiese destacado en el colegio. Sin embargo el simple hecho de que ese hombre descargara sobre mí todo cuando le inquietaba me llenaba de gozo y satisfacción.
Existía, por el contrario, mucho romanticismo y amor entre nosotros. Recuerdo los numerosos besos tendidos en las hamacas de la playa, y cómo sus manos vivían acariciando mi cuerpo.
Fue el primer hombre que me hizo el amor.
No fue en absoluto como imaginaba. Creí que dos seres enamorados, unidos en uno solo, sería uno vivencia única y mágica.
Me equivoqué.
Al invocar ese momento me acuerdo de Luis encima de mí penetrando con una furia desconocida mi cuerpo. Cerraba los ojos por el dolor que me causaba e intentaba apartarle. Era inútil, Luis daba la sensación de estar enloquecido y no le importaba el daño que me estaba causando.
Aquello no duró más de unos pocos minutos, aunque para mí el tiempo transcurrido daba la sensación de eternidad.
No se acababa nunca. ¡Que mal me sentía!
Tras aquella escena, se levantó acariciándose el pelo y dirigiéndome una sonrisa vacía, marchó a ducharse.
Quedé acostada en la cama observando el charco de sangre que se había extendido por las sabanas. Me asusté y abrace mi cuerpo desnudo con fuerza. Luis apareció envuelto en un albornoz blanco y al ver mi expresión de pánico comenzó a reírse.
–Eres un bebé– dijo mientras me miraba con ojos burlones.
Acarició mis brazos, besó tiernamente mis labios y asegurándome que no pasaba nada grave cerró los ojos y, abrazándome, se quedó dormido.
Los meses que siguieron, ya en Madrid, fueron fantásticos. Dejaba que fuera Luis quien gobernara mi vida. Repetía que me quería y que algún día tendríamos niños, perros y todo lo que yo deseara. Le encantaba comprarme ropa interior. Prendas, que no me ponía, no por nada en especial, sino porque esa ropa nada tenía que ver conmigo. A veces pensaba que Luis estaba enamorado de otra mujer. Otra mujer con mi mismo cuerpo.
No se esforzaba en conocerme, pero eso para mí no era importante.
Cada mañana daba las gracias al cielo por cuanto me estaba pasando. No podía creer que un hombre como él se hubiese fijado en una niña cargada de estúpidos miedos y complejos. Miedos como a la soledad o al abandono, a la pérdida de control, a la oscuridad, al futuro. Y los complejos hacia mi escasez de fuerza y mi pronunciada cojera, secuelas directas del maldito accidente.
También le tenía miedo a él.
Ni siquiera me atrevía a ir al lavabo por la noche por miedo a despertarle. Detestaba cuando se enfadaba.
No lo hacía a menudo pero cuando así era se tornaba terrible.
Demasiado limitada aún por la cantidad de medicamentos que ingería, sus gritos me descolocaban por completo.
Quedaba quieta sin poder escapar de ellos.
Tras la gritería solía pedir perdón y repetir que me amaba.
Lo era todo para mí. Me entregué a Luis por completo. Él hacía lo mismo.
Le daba masajes cuando llegaba cansado, comía con sus jadeantes y aburridos amigos que no hablaban de otra cosa que de dinero o bien de complicados negocios.
Le encantaba ir a todas partes conmigo. Sobre todo a lugares donde debía encontrarse con otra gente. Decía que conmigo cerca se sentía más tranquilo.
Le defendía cuando mis padres, que no aceptaban la relación, le atacaban. Ellos jamás podrían comprender lo que sentíamos.
Me enamoré y deposité en él todas las ilusiones y sueños de una niña que creía ser mujer.
Lo que más me aterraba era el pensar que pudiera fijarse en cualquier otra. Eso era un motivo de angustia permanente. No es que Luis me diera motivos, pero yo veía escenas extrañas donde no las había. Celos mudos y quietos. Por el contrario, él bastante posesivo. se ponía como una furia cuando hablaba con otros hombres aunque sobre todo cuando lo hacía con Sandro, un marinero mallorquín que lo estaba pasando realmente mal.
Mis amigas me repetían que estaba loca y que debía dejar a ese “viejo gordinflón”. No se llevaban muy bien. Luis las trataba como si fueran “niñas de teta” y no tenían mucho que decirse. No hacíamos planes con ninguna de ellas. El desfase de edad e ideas, e incluso principios y maneras de ver la vida, hacían imposible la diversión conjunta
Daba lo mismo. Cada día trataba de agradarle llenando su vida de inesperados arrebatos románticos.
Le regalé mi más querido tesoro..., unos cuentos que llevaba escribiendo desde que mi cuerpo sufrió el accidente. En todos ellos la mar y cuanto habitaba cercana a ella adquirían un papel esencial y el protagonista de las diferentes historias estaba inspirado, en muchos casos, en el tío Sebastián. Para mí, el hombre más completo de la tierra. Su ternura. Nunca he conocido, ni creo que conozca a nadie con tanta ternura como él. Le adoraba.
Mi primera gran decepción llegó con los cuentos. Nunca tenía tiempo para leerlos. Probablemente eran relatos absurdos, unos cuentos de una soñadora que plasmaba mediante la tinta todo cuanto sentía.
Ellos eran mis secretos, aquello que no había compartido con nadie.
El ni siquiera los escuchó.
Hacíamos el amor, casi cada día. Seguía sin encontrar aquel placer que mis amigas narraban, pero cada vez iba mejor y estaba convencida que pronto alcanzaría ese gran gozo llamado orgasmo. De cualquier modo, tampoco me importaba y me bastaba con sentir a Luis. Cuando él me preguntaba, le mentía diciéndole lo mucho que había disfrutado y el gran placer que me proporcionaba. Para él era importante que yo disfrutara y sobre todo que se lo contara después.
Lo que no esperaba, fue lo que ocurrió en un mes terrible en el que sus llamadas escaseaban y nuestros encuentros eran cada vez mas fríos y distantes. Me engañaba a mí misma negándome a aceptar cuanto estaba sucediendo.
Una tarde, tras varios días sin vernos, comimos en un pueblo cercano a la ciudad.
–Ya no me quieres– me dijo.
–¿Cómo puedes pensar eso?– pregunté sorprendida. Pensé que eras tú quien no quería saber más de mí
–Pero, cosita –dijo riendo– ¿Cómo puedes pensar eso? Sabes que me vuelves loco.
–Llevas una semana tan distante
–Tengo mucho lío en la oficina... además si quieres que te diga la verdad, estoy cansado de que siempre te vayas de juerga con tus amigas. Me siento muy solo cuando te vas y no te quedas conmigo, eso es todo. No lo paso bien cuando a última hora cambias los planes porque lo pasas mejor con ellas.
Me resultaba increíble escuchar cuanto decía. Tan sólo había salido con ellas un par de fines de semana y Luis cada vez que lo hacía me aseguraba que no le importaba y que debía divertirme. Él también hacía lo mismo con sus amigos
–Luis, creí que no te importaba.
–Nunca piensas en lo terrible que es pasarse un fin de semana esperando que vengas sin hacer planes porque creo que te gustaría venir conmigo. Podrías pensar un poco en mí pero simplemente estas conmigo por diversión... No te importo nada –aseguró con una mueca ridícula en los labios
–No digas tonterías –le interrumpí
–¡Escúchame! –Luis se iba poniendo cada vez más violento. – Si estoy con alguien es porque quiero estar con esa persona y no puedo comprender que prefieras pasar las tres únicas noches que tenemos a la semana con tus amigas. Creo que deberías tomarte un tiempo para saber si realmente me quieres... Creo que estás con otro. Ese marinero de mierda del que tanto me hablas... Seguro que te acuestas con él
–No digas eso. No puedo estar sin ti. Lo siento–. Comencé a llorar y sentí los labios de Luis en mi cuello –te quiero– susurré
Al llegar a su casa hicimos el amor. Me sentía llena de dicha al enredarme en su cuerpo y escuchar sus gemidos de placer. Esta vez estábamos más llenos de pasión que nunca. Creí que de una vez por todas iba a sentir la culminación del placer.
Se apartó bruscamente.
–¿Qué pasa?, ¿Te encuentras bien?– pregunté
–Corre, ve a lavarte. Lo siento. No he podido aguantar... Date prisa – gritó– lávate bien.
Marché a hacer cuanto decía. Entendía que no había hecho la famosa “marcha atrás”. No estaba preocupada. No me encontraba en los días más fértiles y así se lo dije para tranquilizarle. Además sólo había sido un momento.
Durante las semanas siguientes no me llamó más que una vez y cuando era yo quien lo hacía se mostraba muy seco e irritable. Lo único que preguntaba era si me había venido la menstruación.
Era horrible lo lejos que se estaba marchando.
Quise creer que era debido a problemas en su trabajo. Según me había contado estaba ante una gran operación económica. Una operación que le podía tanto llevar a la cárcel como elevarlo a lo más alto, económicamente hablando.
Más tarde comprendí que era su preocupación por mi estado, la que agobiaba sus días.
Comencé a inquietarme al tener un retraso en la menstruación de quince días. Se lo comuniqué a Luis y este me dijo que no me alarmara. Me contó que había hablado con una ginecóloga amiga suya y ésta le había contado que era muy difícil, por no decir imposible, que quedara embarazada.
No acabé de creerle y marché junto a mi amiga de siempre a hacerme la temible prueba de embarazo. Debía de saber de una vez por todas si estaba embarazada o no. Recuperar a Luis y calmar la ansiedad.
Fátima y yo nos sentamos en el cuarto de baño de su casa a la espera de conocer el resultado. Fue ella quien compró el test de embarazo. Yo estaba muerta de vergüenza y preferí no entrar en la farmacia.
Mientras esperábamos, encerradas en el lavabo, el resultado, no dejábamos de hablar de cosas banales tratando de calmar el nerviosismo. Sobre todo Fátima. Recordábamos viejas aventuras que habíamos protagonizado.
Evocábamos nuestro primer beso en la adolescencia o bien hablábamos de los chicos que nos gustaban de niñas y nos horrorizaban ya crecidos. Reíamos, con una risa inquieta y excitada que delataba una ansiedad cada vez mayor.
En el recuadrito del test apareció un signo positivo. Estaba esperando un bebé. En un principio me asusté y pensé que no era posible. No podía ser cierto. El miedo me paralizó y mi amiga me abrazó mientras con un pañuelo iba secando, como siempre había hecho, cada lagrima que resbalaba por mi cara pálida.
Traté de respirar profundamente intentando tranquilizarme. Nada era grave. Era un fruto de amor. Era cierto que no lo deseaba, era demasiado pronto. Con todas las operaciones y medicamentos que seguía tomando, era peligroso quedarme en estado.
Luis. Debía contárselo todo. Él sabría lo que hacer.
Le encantaban los niños. Al menos los que tenían sus amigos.
Lo aceptaría bien. De eso estaba segura.
En realidad era yo quien estaba muerta de miedo. Miedo a la responsabilidad que supone criar a un hijo. No estaba preparada para el papel de madre.
Luis alejaría el terror que estaba sintiendo.
Debía saberlo. Corrí a contarle lo que para él sería un feliz suceso.
Exhausta por la carrera y los nervios, llegué a su casa donde le encontré, recién llegado de su trabajo, y dejé a mi corazón, mediante la voz, pronunciar la noticia.
Luis caminaba de un lado a otro del pasillo con una expresión sombría en el rostro. Movía constantemente las manos y su respiración se mostraba acelerada y nerviosa. Murmuraba palabras que no alcanzaba a entender. Una mirada fría, que no había conocido hasta el momento, me impulsaba a permanecer en silencio. Se sentó, no a mi lado como solía hacer, si no en un sillón enfrente de donde yo me había acurrucado. Un abismo repleto de despeñaderos entre nosotros.
¡Cuánto hubiera deseado una sonrisa de sus labios!
Tal vez una caricia o un “te quiero”. Eso jamás llegó. En su lugar una mueca sorprendida e inquieta. Nervioso, llegaba incluso a bromear consigo mismo acerca de cuanto estaba sucediendo.
–Bueno, Claudia... no pasa nada... Habrá que solucionarlo el próximo fin de semana... –Luis encendió un cigarrillo–. Lo haremos en Londres, que saben hacerlo muy bien y nadie puede enterarse. Estaré contigo, no te preocupes... no pasará nada. No duele y ni siquiera tendrás que dormir en el hospital. Son veinte minutos y se acabó... Te enseñaré la ciudad y haremos grandes compras... ¿A que te ha gustado el plan? –preguntó mientras gotas de sudor le caían por las sienes.
Luis buscaba mis ojos. Esperaba una respuesta.
Quedé atrapada en el silencio. No creía posible lo que estaba escuchando. Froté mis ojos tratando de despertar de un sueño desagradable. Al sentir mis lágrimas deslizándose por el rostro me percaté de que no era ninguna pesadilla lo que estaba viviendo sino una amarga realidad.
–No voy a abortar... –lo dije muy bajito, lo suficiente para que lo entendiera.
–¡No digas estupideces!... No seas niña... ¡Ahora todavía no es nada...! ...Para qué vas a arruinarte la vida con esto. Estaba furioso. Violento, gritaba cada vez más alto.
–¡Eres una zorra egoísta! –se levantó y sirviéndose una copa trataba de tranquilizarse–. Escucha cosita, tengo un buen negocio entre manos, esperemos unos años. Más adelante tendremos niños, perros o lo que quieras...
–No puedo hacerlo –suspiré.
Notaba que se iba poniendo cada vez peor. Quisiera haberle dicho algo, pero las palabras permanecían amarradas en puerto del silencio en espera de que amainara el temporal de sus palabras.
–Pero tú que quieres, ¿qué nos casemos? Escúchame. No estoy enamorado de ti –sus palabras me descuartizaban una y otra vez– ¡no te quiero! Nos lo hemos pasado bien. Hemos echado unos polvos cojonudos, pero no por ello tenemos que jodernos la existencia.
Se levantó y vino hacia mí. Sentí miedo e impotencia. Deseaba escapar, pero las piernas quedaban como paralizadas. Noté como me agarraba los brazos y zarandeaba mi cuerpo con rabia. Las lágrimas resbalaban más aprisa por mis mejillas
–...¡Eres tonta del culo! Ningún hombre se va a acercar a ti. No quieren problemas. Te vas a dar cuenta de que no tienes amigos... Todos te van a dar la espalda.... ¡No te quiero!, ¿Lo has oído, verdad?... Pero... ¿quién coño te crees que eres? .... ¡Seguro de que ese hijo no es mío! Puede que ni siquiera estés embarazada y todo esto no sea más que una puta mentira. ¡No vas a conseguir joderme la vida!
El pasillo estrecho de losas blancas y negras que llevaba a la salida daba la impresión de ser más largo que nunca. Desde donde estaba sentada no podía ver la puerta. Llamaron al teléfono. Luis contestó con total normalidad.
Logré escapar de aquella casa. Miraba constantemente hacia atrás para ver si me seguía. Me agazapé en un rincón de la calle.
Mis oídos pitaban con fuerza. ¿Qué estaba pasando? Me asqueaba de mí misma. El cuello cada vez más rígido y la cabeza, me presionaban y parecían querer estallar.
Noté como me quedaba sin fuerzas y numerosos puntos negros se amontonaban en los ojos. Me desmayé. Todo estaba sucediendo demasiado rápido. No entendía lo que estaba pasando. El dolor era tan grande que penetraba mi pecho provocando que mi cuerpo entero se retorciese en el suelo de mi habitación.
Conocía lo que significaba el sufrimiento físico, y sabía cómo luchar contra él. Pero la tortura que estaba padeciendo era el peor de los calvarios. Nunca me había sentido de aquel modo y no existía medicina para aliviar el tormento ni drogas para afrontarlo.
Un aborto. No podía hacerlo. Respetaba la decisión de muchas mujeres de matar a su hijo. Debe ser lo peor. ¿Cómo podían seguir con su vida sabiendo que han asesinado a quien no ha tenido culpa?
Intentaba vomitar las angustias sobre el papel en blanco.
Todavía guardo lo que escribí unos días después, tras decirme por teléfono qué no quería nada de mí, tras apalear por el auricular toda la fe de amor que había refugiado en él, al anunciarme que llevaba tiempo saliendo con otra chica, con dinero por supuesto, y pensaba casarse con ella.
Trato de escribir. Necesito aclarar las ideas. El bien o el mal.
Debo ser yo quien tiene toda la culpa No. Culpa ninguna. Se asustó... Las palabras. Sí. Fueron ellas, la maldad y crueldad que contenían, las que hacían que mi cuerpo sangrara de inocencia y estupidez. No puedo entender. Su voz deseaba asesinarme. No sé si lo ha conseguido. Creo que sí.
He sabido que le han dado una paliza ¿Por qué? No quiero que le hagan ningún daño. Quisiera ser yo quien recibiera los golpes.
Ayer corté mis venas. Observaba la sangre espesa resbalando por una muñeca cubierta de muerte. Sin él. No puedo. Suplico a Dios que no le hagan daño. Que le dejen tranquilo.
No entiendo por que todo ha tenido que ser así. Sólo le he querido todo.
Un hijo suyo crece en mis entrañas, soy portadora de una vida que no le importa. Tan solo ha deseado jugar conmigo. Le gustaba mostrarme como un trofeo ante sus amigos. Haber conquistado a una niña de 20 años suponía mucho para él. Diversión, pasatiempo, recreo... eso he sido yo.
Estúpida
Apenas sin esperanza de volver a brillar la muerte me arrastra como imán hacía una oscuridad que deja de asustarme. Estoy cansada. No tiene culpa ninguna. Fui yo quien cometió el error de una mala elección.
Me equivoqué.
Fue mi hermano Borja quien, alarmado por el tiempo que permanecía encerrada en el lavabo, rompió de una patada la puerta.
Me encontró tumbada en el suelo empapada por sangre oscura que caía de las muñecas muertas. Los párpados pesaban y, a duras penas, conseguía mantenerlos entreabiertos. Borja me recogió en sus brazos, ...llorando llamaba a mi madre.
Desperté
