Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
La autora nos ofrece en esta obra un concepto innovador en educación, lo que ella denomina: 'pedagogía homeopática'. Una terapia homeopática ayuda a flexibilizar la actitud del profesor para promover e incluso crear 'microsistemas', similares a los que son familiares a cada alumno. El educador será, como en la medicina homeopática, quien irá suministrando en terapias sucesivas, las 'dosis' necesarias hasta una total inmunidad que lo libere del problema original. Isabel Agüera reflexiona aquí, en profundidad, sobre su largo paso por las aulas y nos ofrece, a través de más de veinte 'historias de vida', que son otros tantos 'estudios de casos', sus experiencias y el fruto de su incansable actitud investigadora en el terreno educativo.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 188
Veröffentlichungsjahr: 2023
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
PARA UNA ESCUELA HUMANIZADORA, LÚDICA, ALEGRE…
Isabel Agüera Espejo-Saavedra
NARCEA, S. A. DE EDICIONES MADRID
A modo de prólogo
1. Homeopatía, creatividad y pedagogía
Homeopatía y creatividad, argumentación sobre ambos términos
¿Qué es la homeopatía?
Homeopatía y pedagogía
Terapia de identificación
Terapia homeopática
¿Qué es la creatividad?
Una escuela creativa
2. Panorama actual de la educación
3. Historias de vida y estudio de casos
Mi querida Zora
«Don Juan»
Niños visionarios
Mi querido Toni
Alumnos pasivos: historia de Merche y de Cora
Niños por sorteo
Alias «Murillo»
Mi Julianillo
Un alumno maltratado: Mario
Alumnos perdidos: José
Una historia de amor: Rosa
Luis, una estrella apagada
Un alumno díscolo: Pedro
Alumnos especiales: Carlos y José Antonio
Un aula de auténtica locura
Óscar: Un alumno desquiciado
Un alumno insufrible: Charli
Un ratón en el aula
Un alumno piloto
El alumno ciclista
La alumna que aspiraba a ser caballista
4. Resumiendo: algunas reflexiones generales
…Y terminando por el principio
A mi padre, maestro excepcional, al que debo el más importante legado que he recibido: mi inquietud por la cultura, en el convencimiento de que el saber tiene sombras, pero muchas, muchas más luces.
No es sólo pozo el brocal, la garrucha, la soga, y el cubo.
Es, sobre todo pozo, la profundidad que alberga el manantial de donde brota incesantemente el más alto nivel de sus aguas.
Pero se precisa brocal, garrucha, soga, cubo… para extraerla, para que el pozo sea pozo.
I. Agüera
—«No mola, seño, la escuela no mola. ¿Usted se cree? ¡Tres años repitiendo curso! Mi viejo que… ¡el Graduado ése, o como se llame! Y no me llame Miguel, seño; yo soy el Míchel, y lo sabe todo el colegio y… ¡Míchel es más guapo! ¡Ah!, una cosa; en este colé hay muchos boquillas, ¡pelotas, vaya! Paso, seño, paso, pero el «diré» le come el coco a mi vieja; que si me ligo a las chávalas, que si escribo tacos en las paredes, que si fumo, que… ¡na, seño, que la tiene tomá conmigo! Como mi padre es del Partido… ¿Y por qué me sienta a su lao? Mi sitio ha sio siempre el rincón o la galería, y to por na… No mola, seño, la escuela no mola…».
Invierno: niebla, frío, humos de una fábrica cercana a mi ventana, humos que, a bocanadas, emergen de tres chimeneas gigantes: humos negros, humos blancos…
El atrio de la iglesia, frente a mi terraza, parece la meta, el destino final donde se estrellarán mis esperanzas, mis esfuerzos, mis escasos medios… No obstante, playa en calma que abraza a este río profundo que durante tantos años, sigue alimentando mis sueños.
¡El Míchel! ¡Qué chaval! Torrente de precoz adolescencia, todo gestos, todo nervios; todo Míchel: el ocurrente, el culpable, el incordio, el violador, el Gadafi, el Reegan…
—«¡Venga ya!, Miguel es más guapo, ¿no? Aquí, en esta clase, para todos, Miguel a secas. Ése es tu nombre ¿no?».
¡Tantos años! ¡Tantos alumnos! Por casualidad, Miguel cayó en mi vida: un proyecto, una responsabilidad, una urgencia, un reto…
—«Seño, si no hago el Lenguaje, ¿me pone un cero? Si no hago las Mate, ¿me suspende? ¡Qué rollo, seño, qué rollo! ¡La escuela no mola! ¡Si yo lo que quiero es ser camionero…! Y no me llame Miguel; soy el Míchel. Miguel es mi viejo que siempre está cabreao por cosas del Partido, y las paga con mi madre, y luego… ¡los dos a la discoteca como si na! ¡No te digo!, y yo, por ser el más grande, a cuidar de los cagones de mis hermanos. ¡No te jo! Perdone, seño, quería decir, jorobe».
Aquel muchacho tenía el color del olvido. Era como ardiente explosión de reivindicaciones que le salían a flor de mirada, a flor de boca sin exigencias: familia, escuela, tiempo… No era necesario husmear por su pasado: él lo llevaba en la mirada, los gestos, las palabras.
Era un universo de estrellas apagadas que, de vez en cuando, rutilaban por instantes en la espontaneidad y candidez de sus reproches: imaginación, creatividad, gracia, talento…
Tenía el olor del abandono. Era el primer punto de un agujero negro, el primer paso de una maratón sin retorno, la primera marca de una herida que empezaba a hacerse crónica… Tenía el sabor de lágrimas amargas.
—«Toma y pega; toma y recorta; toma y ordena; toma y arregla… Baja a la portera; baja al director; vacía la papelera; sacude el borrador… Escribe algo; lo que quieras; lo que se te ocurra; lo que más te guste; lo que más coraje te dé, pero escribe… ¿Palabrotas? ¡Vale!; lo que quieras… No, no te pongo cero, pero escribe».
El atrio, la mañana, los años… ¡aquel chaval!
¿Maestra? Amiga, camino, fuente, caudal, zahorí incansable de talentos ocultos… No podría aguantar el mirarme y verme transformada en pavesas de tantos sueños abrasados por la indiferencia.
Amiga, sí, de sonrisas compartidas; amiga, sí, de vuelos y esperanzas, de brisas cálidas que fermentan y generan eternidades…
¿Palabras? Palabrotas sonoras que escucho en un recuerdo, hoy, punto final de lo que pudo ser una bonita historia.
Escribía:
—«Caballo, chocolate, chute, ciego, camello, mono, talego, heroína… ¿De verdad no me va a poner un cero? ¿De verdad, seño, que no se lo va a llevar al director? ¡Hey, qué chachü: mierda, maricón, cabrón, hijo de puta, gili…gilipo… gilipollas… Para mí, seño, que esto es más chulo que el rollo ése del lenguaje. ¡Si mi viejo me oyera! ¡Ajú, ajú lo que podía liar! ¡Y anda que el diré! Pero me fío, porque usted es una seño muy enrrollá, y la escuela no mola… ¡pues no es na como tos, tos los maestros la tienen tomá conmigo…! ¡hasta en el recreo tengo yo la culpa de to, to lo que pasa malo…! Y es la mala fama, seño, porque yo no hago na… bueno, algunas veces, sí, pero son bromas, seño».
Miguel era manzana de discordia. Con él, una de cal y otra de arena. Maestro de picardía, consciente y hábil ejecutor de sus armas: simpatía, sonrisa tierna, tristeza que, a veces, le hacía transparente el alma.
Una semana, el aula estuvo vacía sin Miguel.
—«Está enfermo, seño; le dan ataques. Dicen que se ha vuelto majaron y no habla…».
Fui a verlo. Aquel piso era olor fuerte a leche pegada, y era como una mala hora para todo, y era una mujer pizpireta cargada de reproches: «Mi niño es muy noble. Nervioso, eso sí, pero la otra maestra lo echó a pique: en la galería, en el rincón, en la última fila, en el despacho… Como el padre es del Partido… ¿Usted me entiende? Usted, que es buena mujer, ya sabe…».
A los pocos días, Miguel volvió a clase:
—«Si le digo una cosa, seño, ¿me guarda el secreto? ¡Ocho porros, seño, ocho! Por eso me puse malo. El médico no se enteró porque yo no se lo dije. La culpa fue del "Mellao", que está metió en los veinte, que me llevó a la escalerilla… ¿La escalerilla? ¡Pues qué va a ser, seño! ¡La escalerilla! Ahí, cerca de su bloque, donde van los colgaos… los colegas, los que no se chivan… Me quedé ciego. ¡No veía na, na, na! El "Mellao" me llevó a mi casa, y mi madre: ¿Qué te pasa, Miguelín? ¿Te han hecho algo?, y yo callao. En Reina Sofía: "¿Has fumao, chaval? ¿Has bebió?", y yo callao. Mi viejo, un taco mosqueao: "Miguel, hijo, te he dicho mil veces que andes con cuidao con los amigos y que vayas a lo tuyo: al estudio". Y yo callao».
Ocho de la mañana. Es como si la hora cero se hubiese entronizado en mi tiempo. No encuentro pasos grandes en mis caminos. A nadie le ha interesado mi panal, mi universo…
Soy, de solemnidad, pobre; nada tengo, nada quiero, nada-Quise, quiero, una escuela, horizonte blanco, siempre vida, amor, alegría. Quise, quiero, una escuela de realidades y sueños en la que una lluvia de primavera descargara cada día.
Quise, quiero, una escuela para todos, sin miedos, sin fracasos, sin paredes…
—«No me llame Miguel, seño; soy el Míchel. Miguel es mi viejo…¿Qué quiere que escriba? ¿Cuentos…? ¿Si le escribo secretos se enfada? ¿Se lo enseñará al director? ¿Palabrita? Bueno, seño, no ponga esa cara; de usted me fío». «Un día, y muchos días, bueno, cuando se nos acaban los cigarros, o cuando queremos una litrona, el "Mellao", que está metió en los veinte, yo y otros chavales más, vamos a la tienda de la sorda y, mientras ella entra al frigorífico, tiramos del cajón y nos llevamos el dinero. Esta es la historia. FIN. El Míchel».
Miguel se aficionó a escribir historias, duras picardías de su vida, río revuelto en trasnochados vientos de una infancia desgraciada.
****
«Mi historia de hoy es un ligue, una chávala de veinte años. Una para mí y otra para el "Mellao". Por la catedral. Extranjeras. Nos llevan a su piso y se ponen en cueros. Esta es la historia. FIN El Míchel».
****
«Yo y el "Mellao" hemos robao gasolina a unas pocas de motos y se la vendemos a chavales que están colgaos, y les pasamos chocolate, y el "Mellao", que está metió en los veinte, le da tirones a los bolsos de las viejas, y ya conozco al camello que viene a la puerta de este colegio, pero no lo digo a nadie. Esta es la historia. FIN El Míchel».
****
«Mis viejos se han peleao porque mi viejo se gasta el dinero en las máquinas. A lo mejor se divorcian. Eso es chungo, pero como a mi vieja se le meta en la chola… Yo quiero ser camionero y dormir en las carreteras, y quiero tener una novia, pero… ¿quién me va a querer con esta cara? Yo creo que sólo me quiere usted, seño. Esta es la historia. FIN El Míchel».
****
«Yo soy alias Míchel, y to el colegio lo sabe, y los nenes se cagan na más los miro, menos los chicos que les doy caramelos que le quito a la sorda para ellos que son mis amigos. Na más me ven en el recreo, me llaman: ¡Mícheeeell…, Mícheeelll…!».
Un día, asumiendo gestos, aspavientos, e inseguridades del «Míchel», lo intenté:
—«¿Por qué no escribes una historia, un chiste, un cuento, algo fantástico? ¡Venga! Me lo dedicas a mí, pero escribe un cuento como si fuera para esos niños pequeños, tus amigos… No, los cuentos no son cosas de nenes chicos. Los cuentos los escriben, sobre todo, los mayores. ¿No ves cuántos cuentos escribo yo? Todos los que os leo en la clase los he escrito yo. Verás, piensa en un personaje que te guste y, después, inventa una historia sobre él, pero, aunque sólo sea por una vez, olvídate del «Mellao», de los camellos… Tú ya sabes… ¡Venga! Por probar no vas a perder nada…».
—«Bueno, seño; no se ponga así. Le voy a escribir un cuento, yo sé, pero eso es un poco chungo. Usted sí sabe; usted tiene mente; usted… ¡Para qué, si el «Mellao» se entera de que escribo cuentos! ¡Ah! ¿Si le escribo, cuando salgamos, me da un cigarrillo? Sólo uno, ¿eh? ¿Me promete que mi cuento no se lo va a enseñar a nadie? Si se enteran los colegas, ¡ya me puedo despedir de la escalerilla! Pero le voy a dar gusto, seño, que usted es la maestra más enrollá que hay, y yo, menos aquí, siempre he sio el último, porque no me gusta estudiar, porque yo quiero ser camionero…».
Y éste es el cuento:
TÍTULO: LA CARTERA CON VIDA
Esto era una vez una cartera que no podía tirar del peso que llevaba encima. Tan cansada estaba que no quería ir a la escuela; estaba muerta. Siempre vivía en un rincón, pensando que lo que más le gustaba era ser una cartera camionera. Un día llegó a la casa una niña que no tenía cartera. Le dio lástima y se la llevó. Le sacó todos los libros y todos los cuadernos. Se la colgó a la espalda y corrió a la escuela. Desde aquel día, la cartera no fue más una cartera sin vida, sino una cartera con vida.
Este es el cuento que dedico a mi seño.
FIN Miguel.
Como siempre que he narrado esta experiencia, noto, una vez más, cómo lágrimas incontrolables acuden a mis ojos, porque, a partir de aquel día, el orgulloso, el potente, el insoportable «Míchel» comenzó a ser, por primera vez «Miguel».
Por fin empezaba a ser auténtico protagonista de algo: de un maravilloso cuento, resumen, no obstante, de su corta existencia. Siempre sentado junto a mí, simultaneaba sus espontaneidades con las actividades de clase. ¡Hasta frases largas llegó a escribirme en inglés!
Se empezó a interesar por conocer mis libros, por leerlos… Recuerdo cuánta gracia le hacía el personaje de Quisco, el chaval discapacitado psíquico de mi novela «Quisco, mi amigo». ¡Hasta en la fila, a veces, lo observaba cómo leía y sonreía! Después me comentaba:
—«¡Qué gracioso el Quisco, y qué joío! Se lo pasaba de puta madre… ¿ y es de verdad, seño? ¿Y usted es la maestra de este libro…? ¡Si yo lo sabía que usted tenía talento pa escribir estas cosas…!».
Sobre todo, comenzó a destacar en dibujo por un sentido original del color, de las formas, etc. Cada vez que dibujaba algo, con el rostro radiante de felicidad, exclamaba:
—«¡Hey, qué chulo! Se lo regalo, seño. Si lo quiere poner por las paredes de la clase… ¡Mi viejo sólo piensa en el Graduado ése! ¿Mi vieja? ¡Pchs! Cuando dibujo en mi casa, me tira los dibujos. Ella dice que no quiere papeles por medio».
Un día se presentó con un escudo dibujado en papel cuadriculado:
—«Seño, ¡sorpresa, sorpresa! ¿A que no sabe lo que le traigo…? ¡Mi escudo, seño, mi escudo! Anoche, mientras cuidaba a los cagones de mis hermanos, lo hice, porque ¡es guapo tener un escudo! Si quiere le hago uno…».
Para mí, aquel alumno estaba ya salvado: su autoestima apuntaba en gestos y palabras que evidenciaban la admiración que empezaba a sentir por sus propias creaciones.
Su integración, paso a paso, si bien con algún que otro retroceso, al fin tenía tintes de ser una realidad.
Algo pasó en el Centro durante una corta baja mía por enfermedad. Alguien señaló fatídicamente a Miguel Rumores que me implicaban, que me comprometían…
Cuando me incorporé Miguel no estaba.
—«Me lo llevo, señorita. Parecía un milagro, pero, ¿usted me entiende? Usted no es tonta. Usted ya sabe por dónde voy. Me lo llevo por mi voluntad. ¿ Usted comprende? ¡Si parecía un milagro!, porque mi niño, ahora, estaba contento en el colegio, y a usted la quiere y ¡cuenta cada cosa de su seño…! Que no se entere el padre de la verdad; ya me las ingeniaré yo para… ¿y ahora qué hacemos con él! ¡Si sólo tiene trece años! ¡Si es un niño! ¡Tanto batallar para que le gustara la escuela y ahora!».
Vísperas de Navidad. El colegio, una eclosión de vacaciones. El boletín de notas de Miguel, con todo por primera vez aprobado, aguardaba en mi cajón, pero él no estaba allí.
Han pasado ya bastantes años. Tu cuento, querido chaval, me lo sé de memoria. Desde aquel día —tú nunca lo sabrás— te convertiste para mí en Miguel.
Por fin eras, en verdad, protagonista de la historia triste de tu corta vida.
Por la tarde, cuando me quedé sola en aquella clase, restos de fiesta, tú, torrente de precoz adolescencia, como rey destronado, mezcla de ternura y picardía, fuiste a recoger tu «cartera con vida». Nervioso, con el boletín entre las manos y unas lágrimas cristalizando tu mirada, te despediste exclamando:
—«Le juro, seño, y yo a usted no le miento, que yo no he sío, pero me echan, seño. La culpa la tiene… Bueno, me callo. ¡Si siempre la han tenío tomá conmigo. ¿No se lo decía yo? ¡Qué mala pata! ¡Ahora que empezaba a gustarme el rollo éste!, pero se lo juro; yo no he sío, y yo a usted no la engaño, usted me ha sabio enseñar, usted…».
Un atardecer de aquel invierno, Miguel llamó a la puerta de mi casa:
—«Me he escapao… Ya estoy harto de mis viejos, y el Mellao que le lleve dinero o na. Si llama a mis viejos, me voy; si se va a chivar, le juro que no me ve más…».
—«No, no voy a chivarme, no voy a decir dónde estás, pero tus padres tienen que estar tranquilos de que no te ha pasado nada. De lo contrario llamarán a la policía, ¿no comprendes?».
—«Vale. Llame, pero que yo la oiga hablar… me escapo, seño si les dice dónde estoy».
La mañana. Casi que no puedo reintegrarme al mundo. La historia de Miguel, una vez más, me deja exhausta. Lo dejé de ver tras aquella noche que durmió en el sofá de mi casa. Lo perdí en el R.I.P. de la droga. Lo encontré en la cárcel y después…
Han pasado, exactamente, trece años.
Una carta de por medio:
Querida maestra:
Tengo SIDA, y no ponga esa cara, que parece que la estoy viendo. Di malos pasos, y ya ve a dónde he llegao. Aquí se pasa chungo. La comida, regular, y los compañeros… ¡de to hay! Me acuerdo de la escuela, pero sólo de usted que me sabía enseñar cosas guay. A lo mejor pronto me mandan a mi casa por lo de la enfermedad y… ¡no ponga esa cara! Si quiere, me puede escribir, pero le tiene que dar la carta a mi madre que va a venir pronto, y, si puede, un paquete de fortuna; me veo loco para conseguir un cigarrillo, etc, etc..
****
Y un testimonio, que me honra; puro azar de una mañana del invierno de 2001.
Desayuno en mi cafetería habitual. Súbitamente aparece un apuesto joven que dirigiéndose a mí, lanza la consabida pregunta:
—¿Me conoce? ¿Me recuerda?
Ni un instante dudo en contestarle:
—¡Cómo no! ¡Eres Paco Cortés!
Hacía unos quince años que no veía a Paco. Se había convertido en un hombre resuelto, de finos modales y seductor encanto. Había hecho Empresariales y Económicas y gozaba de una situación laboral de privilegio.
No obstante el tiempo transcurrido aquellos rasgos eran inconfundibles: ya de alumno destacaba por su finura, inteligencia y excelente comportamiento.
Como por mi cabeza rondaba la escritura de este libro, se me ocurrió sugerirle que, con toda objetividad, me definiera como maestra, tal y como él me recordaba.
Paco titubeó unos instantes y luego resuelto exclamó:
—Yo no la recuerdo como maestra; la recuerdo, y la llevo aquí —dijo, colocándose la mano en el corazón— como la persona que era. Usted investigaba siempre. Sus clases eran creativas, divertidas… distintas. No enseñaba la maestra; enseñaba la persona y sabía cómo hacerlo con cada uno. Era como si Isabel fuera cada uno de nosotros… ¿Se acuerda del Míchel? ¡Qué chaval! ¿Que sería de él? No era mala persona, pero estaba en otro mundo… No lo he visto más… A usted la quería, usted lo entendía, etc.
Un compañero y sobre todo amigo, Ginés Muñoz, director durante muchos años de un colegio privado y excelente maestro, con insistencia, y durante mucho tiempo, me urgía a que escribiera un libro donde, de forma sencilla, amena y práctica, diera a conocer los principios pedagógicos que han prevalecido en mi práctica diaria en las aulas.
Durante tiempo me he resistido, dado que, si bien, mis experiencias las he expuesto infinidad de veces en cursos, congresos, libros… había un matiz especial, no coincidente, sobre todo en la resolución de conflictos. Ya el lector ha podido intuir algo en la historia de Miguel, que narro en el prólogo. Efectivamente, existe un matiz en todo lo por mí estudiado e investigado —que por cierto ha sido bastante—, acerca de métodos, estrategias, teorías, etc.
Quería, era más bien pura necesidad personal y profesional, encontrar una base médica, psicológica… que identificara mi pedagogía y por la cual yo me pudiera sentir satisfecha, en la certeza de que mis procedimientos —insólitos a veces— tenían nombre propio.
De ahí tan sólo una breve introducción para justificar dos palabras: homeopatía y creatividad, en las que estoy convencida, he basado mis muchos años de enseñanza, siempre, como decía mi alumno Paco, «tratando de dar a todos en general, y a cada uno en particular, el tratamiento que, como persona, consideraba más adecuado a sus necesidades más básicas y elementales».
Si bien es verdad que comencé en una decidida vocación de cambio con respecto al panorama educativo que se me ofertó, tengo que reconocer que aquella precoz urgencia que intuía en las aulas, si bien era mi decidido propósito, tuvieron que pasar años, siempre buscando, investigando… hasta madurar en mis reiteradas intenciones de hacer una pedagogía innovadora que, globalmente, abarcara al alumno en particular y al ambiente de la clase en general.
Una educación humanística, más por pura intuición que por conocimiento exhaustivo de la misma, fue desde el principio, la tónica dominante de mis primeras actuaciones como maestra, convencida de que la finalidad primaria de la educación es conseguir la plenitud de la persona, de cada alumno o alumna, mediante el cultivo de los valores más genuinamente humanos, creando contextos de amor y aceptación y entendiendo el estilo que el profesor Ibáñez Martín define como propio de la educación humanística: «incitar al individuo a tomar una posición personal en su existencia, a base del esfuerzo, de tal modo que ame la libertad, la armonía y la cultura».
En la concepción que desde niña tenía acerca de lo que debía ser un maestro, jamás hubo lugar para una primacía de la instrucción académica, relegando los problemas de los alumnos a otros ámbitos. Me imaginaba y me veía ayudando siempre, pero sobre todo, investigando y gestionando estrategias para integrar a los alumnos conflictivos, marginados… fracasados.
De ahí que, apoyada en esta concepción humanística de la educación, pero en un decidido intento de llegar aún más lejos, mis objetivos prioritarios se redujeran a dos:
Hacer del aula un lugar de encuentro feliz para todos, conjugando por igual libertad, afectividad, armonía y cultura en una concepción de la totalidad del individuo.
Buscar fórmulas integradoras para aquellos alumnos que resultaban ser conflictivos en algún aspecto y para los cuales me urgían métodos de resolución de sus problemas que fueran más allá del afecto, atención y refuerzos tradicionales.
De ambos objetivos y de cómo hice para alcanzarlos, trataré en las siguientes páginas, pero, ante todo, quiero justificar esta terminología en la que fundamenté mi pedagogía, muy especialmente en la resolución de conflictos: homeopatía y creatividad,
