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Este libro, escrito por una mujer, sobre el pensamiento de otras mujeres, da a conocer arduos temas filosóficos, hechos asequibles con claridad y coherencia. A través de sus páginas, nos acercamos a cuatro pensadoras fuera de lo normal, que se distinguen por su fuerte libertad ideológica, sin pertenencia a escuela o grupo. Pensar con el corazón parece contradictorio y lo es si consideramos que, en la cultura occidental, corazón y razón siempre se han imaginado como opuestos. Pero Arendt, Weil, Stein y Zambrano demostraron con su vida y sus escritos que se puede contribuir al pensamiento a partir del corazón, es decir, a partir de la responsabilidad sobre el mundo y la pasión. Sus voces se han hecho apreciar tanto por su rigor científico como por la sensibilidad cálida y humana que las llevó a acoger un problema y a pensar la solución con el corazón. Hannah Arendt, intelectual elegante y reservada, tomó parte relevante en los debates filosóficos y políticos en los años cincuenta y sesenta. Simone Weil, atormentada y áspera, encarnó el esfuerzo de participación personal en el sufrimiento provocado por el poder y la técnica. Edith Stein, destacada colaboradora de Husserl, pasó finalmente al Carmelo y murió en Auschwitz. María Zambrano, exiliada, poeta y soñadora, interpretó con rigor y sentido trágico la espiritualidad española. Cuatro mujeres imprescindibles del pensamiento femenino del siglo XX.
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Seitenzahl: 171
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Laura Boella
Hannah Arendt – Simone Weil Edith Stein – María Zambrano
NARCEA, S. A. DE EDICIONES
Prólogo a la edición española, de Mercedes Torrevejano Parra
Presentación
1. Hannah Arendt, 1906-1975
2. Simone Weil, 1909-1943
3. Edith Stein, 1891-1942
4. María Zambrano, 1904-1991
5. La pasión de la historia
6.Amor mundi
7. Bibliografía
El libro que nos ofrece Laura Boella denota un espíritu selectivo, que rastrea lo que no puede quedar en el trance de pasar desapercibido. En este sentido, ya solo el título, de lo que en primer lugar habla es de la autora ante un panorama de «cuori pensanti», de corazones pensantes; como si el título quisiera mostrar una rareza: una experiencia de actitudes donde se ha superado la distancia habitual con que la cabeza hace callar al corazón o el corazón hace callar a la cabeza; donde por fin queda liberada esa profunda estructura de la vida humana que promueve, como lo suyo propio, que el «aséptico» puro pensar —que más que pensar es visión de realidad— esté potenciado por el «inquieto» corazón, y viceversa.
Y sin embargo no se trata sólo de eso así entendido, sino de algo más radical: de la profunda realidad y sentido realizante de la palabra-pensamiento, cuando ha sido tocada por la llamada de la vida en com-pasión humana, es decir, vivida en lo humano. Cuando «la vida de los otros», y el espectáculo del mundo traspasa los sentidos y descentra del sí mismo el centro de gravedad, convirtiéndolo en roca vivificante. Cuando la propia vida se apropia de todas las aspiraciones, de todas las ansiedades que cercan la vida humana y que la impulsan a la huida egoísta: el dolor que la hiere, la oscuridad que la niega, la ignorancia que la anonada, la impiedad que la deshumaniza, la insolencia que la desnaturaliza, el desamor que la abisma.
Eso es lo que la autora del libro hace notar ya desde el título; porque es lo que sella y hace relevante las vidas que relata. En ese sentido la autora se muestra agudamente intérprete de los avatares del pensamiento moderno, de la experiencia del hombre del siglo XX, desorientado entre escisiones y polarizaciones desastrosas arrastradas a lo largo de la historia, seducido/aplastado de muchas maneras por totalitarismos de todo orden. En este sentido también estamos ante cuatro figuras inexplicables sin ese tiempo de convulsiones que ha sido el siglo XX que hemos dejado atrás1.
Pero el título tiene una segunda parte. Se trata de que el panorama que sirve a la autora está habitado por testigos de esa advertencia con nombres de mujer. Cuatro grandes mujeres llevadas de la pasión del pensamiento, de la reflexión filosófica, incardinadas en la vida académica, ante todas las ideas y sueños de transformaciones de la época; lúcidamente decididas a llegar al fondo de su experiencia; habiéndolo realizado con brillantez, cálculo exquisito, esfuerzo, libertad interior, sí, con inmensa libertad; pero sobre todo, en medio de todo el amargo sabor de todas las «noches oscuras» del alma y del cuerpo. Poniendo toda la vida en ello. Una efectiva conjunción de reflexión y vida es el sello que las une. La vida en las palabras pensadas: docencia, trabajo intelectual y obrero, opciones en sus situaciones públicas, exilio, cárcel… Estamos ante vidas en constante «emprendimiento» del propio camino, un camino en el que han visto lo más hondamente humano siempre esperando, más allá. Estamos ante María Zambrano, Hannah Arendt, Simone Weil, Edith Stein.
Las he enumerado en orden inverso al de su desaparición. Hannah Arendt ha sobrevivido 30 años a 1945. María Zambrano ha sobrevivido hasta 52 años tras el final de la guerra española. De alguna manera ambas tienen en común el haber tenido la oportunidad de recomponer, ponderar, y volver a entroncar su vida y su pensamiento en esa nueva época post-bélica, que tenía dentro de sí, abiertos, grandes desafíos a la cultura europea, liberada del experimento nazi, pero seducida en parte por el marxista, de mejor rostro, entonces, aunque nunca garante de mayor libertad.
En este punto Hannah Arendt, lúcida y activa siempre, ha recorrido su camino como pensadora política, desenmascaradora de las trampas de los totalitarismos todos y de la banalidad del mal. María Zambrano, por su parte, paciente en su contemplación de la larga andadura de un régimen autoritario en su propia patria, opta por la meditación silenciosa, compatible con una gran actividad en la vivencia compartida de lo que importa a la vida humana para serlo; celosa de que la filosofía, cuando se acerca a la vida, sólo puede convertirse en «confesión» y «transformación»; habiéndose convertido en una gran comunicadora, confidente de los amigos, viva entre quienes viven «despiertos» (como nos dice recordando a Ortega y Gasset), apoyando siempre las causas que apuntan a la hondura del sentido de la vida y renuncian a la «resignación». Lentamente, a medida que avanza su vida, su inicial impulso poético se irá trasuntando en místico.
En el otro extremo del tiempo, Edith Stein es la que muere en primer lugar, en el punto álgido del programa nazi de la «solución final». Edith Stein, la única nacida en la última década del XIX, santa hoy de la Iglesia católica, judía nacida en Breslav (Alemania, hoy Polonia), formada en la Universidad alemana, discípula de Husserl, convertida al catolicismo, que se hace monja carmelita, ligada profundamente a la espiritualidad mística de la mano de S. Juan de la Cruz, gaseada en un campo de concentración nazi, en 1942, resulta ser, a mi entender, una perfecta síntesis de todos lo nervios espirituales, humanos, intelectuales, sociales, políticos, que vibran en este plexo de mujeres grandes. Muere a los 51 años, habiendo tenido tiempo para recorrer un largo camino de activismo socio-intelectual-político, en el que le cupo antes de su muerte violenta, esa elección libre —entrega de la propia vida—, que ha significado siempre la consagración religiosa contemplativa en el seno del Cristianismo; digamos, además, que lo hizo en la vía de esa gran dinámica de espiritualidad abierta y humanísima que desencadenó Teresa de Ávila en España, en plena modernidad.
Entre los dos extremos se levanta la figura gratísima, amable, delicada, atravesada por el dolor de los débiles y marginados, temblorosa ante la grandeza del misterio y del espíritu, de Simone Weil, también judía, a la que yo llamaría en este cuarteto «la esencial». Su vida intensísima (1909-1943) y plena en trabajo, actividad, viajes, pensamiento, parece no haber estado herida por el tiempo. ¿Cómo pueden sólo 34 años haber encerrado esa vida? Conmueve en esta mujer su agilidad de espíritu, su resolución para ir y estar allí donde chispeaba un ideal, y al tiempo, su interna capacidad de recorrido largo, su inmensa capacidad de ponderación y de análisis, que la tuvieron siempre en una medida de las cosas rayana en la escrupulosidad. Todo se convertía en ella en vida interior, en búsqueda de las verdaderas raíces que ya no son nuestro yo mismo. Por eso es ella misma la que habla de la tentación de la «vida interior».
La autora del libro apunta cuidadosamente a la cuestión del sentido del yo, de la interioridad, del ámbito de los sentimientos en estos personajes; y lo hace para evitar que una mirada superficial vea reductos de un romanticismo sentimentalista en estas vidas. Lo hace para relevar en ellas la primacía de una posición situacional que las convierte, por así decir en pura respuesta a las cosas… que les tocan vivir. Respuesta activa y «facedora» de bien real, transformadora. Y lo hace para ofrecernos unas páginas verdaderamente monográficas que nos decantan, apoyada en los escritos de Hannah Arendt, lo que verdaderamente está en juego en la difícil posición existencial que mantiene el tesoro de la experiencia viva, la intensidad de la vida interior, la pasión del comprender y del pensar, sin que el yo se afirme fuertemente a sí mismo, sin que se desarraigue del propio tiempo, de la historia.
Es así, decantado el asunto, como podemos comprender el sentido de esa dimensión del corazón en los pensamientos: y es que esa posición existencial sólo se remite a lo que una y otra vez exige una «separación» cuidadosa y bien afinada respecto de un yo que quisiera convertirse en el centro de la vida. Es en ese «afinamiento» —nos dice la autora—, donde el sentir nos lleva al fondo, allí donde «alcanzamos la esencia de los otros y de las cosas»; a lo cual podremos llamar «Logos que recorre las entrañas», con María Zambrano, o «amor de Dios», con Simone Weil o Edith Stein, o el «amado mundo», donde habitan y aman los otros y las cosas, en Arendt.
A mi entender, si todo esto es así, lo que nos muestran esas dimensiones trascendentes obviamente espirituales y aun abiertamente religiosocristianas de estas vidas, no es sino la potencia integradora de su fuego interior, su capacidad para estar con su vida por encima y más allá de su posición de mujeres emancipadas, formadas, libres y hondamente entregadas a una profesión, es decir, su valor para estar por encima de roles convencionales. A este respecto, un comentario de Cioran sobre María Zambrano (Vid nota 2 del capítulo dedicado a ella), valdría para todas. Permitidme que lo generalice, resuma y exprese con mis propias palabras: como filósofas ninguna de ellas ha vendido el alma a la Idea; han puesto la experiencia del Misterio, de lo Insoluble por encima de la reflexión sobre ello; han ido más allá de la filosofía; en ellas… todo apunta a otra cosa, todo lleva a otro lugar más allá… todo.
MERCEDES TORREVEJANO PARRA
Catedrática de Filosofía
Universidad de Valencia
1 La filosofía moderna se ha visto envuelta en esa bipolaridad sin acabar de descifrarla. Polarizaciones que, como la de «la razón sólo es y puede ser esclava de las pasiones» —Hume dixit—, o la tematizada en términos de «razón pura», teórica y práctica a un tiempo, —por Kant, el gran «regiomontano», como decía alguno de mis antiguos profesores—, eclosionaron bien avanzado el siglo XIX en positivismos y reacciones antipositivistas, en reivindicaciones de la vida y programas totalitarios de transformaciones sociales.
Siento el orgullo de presentar este libro que es resultado de un pensamiento y de un estudio que se han encontrado con las emociones y la inteligencia.
Pensar con el corazón o Corazones pensantes es el título que felizmente sintetiza el hilo conductor del pensamiento de las autoras presentes en este libro: parece la unión de dos ideas contradictorias y lo es si pensamos que, en nuestra cultura, corazón y razón se imaginan siempre separados e incluso opuestos.
Hannah Arendt, Simone Weil, Edith Stein y María Zambrano demostraron con su vida y sus escritos que se puede hacer una contribución preciosa al pensamiento a partir del corazón, es decir, a partir de la responsabilidad hacia el mundo y de la pasión por comprenderlo.
Sus voces se levantan altas y se han hecho apreciar tanto por el rigor científico, indiscutible aunque poco conocido, como por la sensibilidad cálida y humana que las lleva a acoger un problema y a pensar su solución con el corazón.
Esta sensibilidad ha hecho que no se distinga el pensamiento abstracto de la experiencia concreta, de modo que las teorías siempre se han sometido a una crítica prolija del sufrimiento aceptado y vivido en primera persona.
Ésta es una lección de moralidad y de coherencia que habla de la rica contribución de la sensibilidad femenina al acercarse con entereza a los problemas concretos.
Agradezco a Laura Boella que haya hecho accesible a un público variado arduos temas filosóficos. Un afectuoso gracias a la amiga, generosa con su tiempo y su preparación.
ANNA GISELLA PERINI
De noche, mientras estaba encogida en mi litera… pensaba: «Vamos, déjate ser el corazón pensante de esta barraca…»
Etty Hillesum, Diario 1941-1943
Hannah Arendt es una pensadora muy conocida, sobre todo como teórica de la política. Tras el eclipse de la confianza en los grandes sistemas de interpretación económico-social, como el marxismo, el pensamiento de Hannah Arendt se muestra fuertemente anticipador de los problemas fundamentales de nuestro tiempo. Ella fue la primera en construir la noción del totalitarismo (Los orígenes del totalitarismo, 1951-1958) y la suya, la voz más fuerte para denunciar la reducción de la esfera práctica —la dimensión de experiencia que caracteriza la época moderna— a mero hacer productivo, finalizado en un objetivo, y la consiguiente pérdida del potencial de innovación y sobre todo de resistencia frente a la inercia de los mecanismos sociales propios de la acción entendida como presencia concreta de cada individuo en el mundo y en la relación con los semejantes (Vida activa, 1958).
Hannah Arendt habla intensamente a nuestra sociedad desilusionada de la política, al reclamar una idea del poder como capacidad de iniciativa, no de titularidad de un rol o de una autoridad para disponer de los destinos de los demás, y reclama también una idea de la política con una dimensión existencial, que atraviesa toda forma de actividad y de experiencia, que no es técnica de gobierno sino arte y placer de estar juntos, de intercambiar ideas y palabras.
Hannah Arendt hacia 1930
Estos primeros aspectos de Hannah Arendt, que señalan su fuerte presencia en el debate filosófico-político contemporáneo, se acompañan de otro elemento relevante. Junto a Simone Weil, María Zambrano y Edith Stein, Arendt es una de las más insignes exponentes de la tradición del pensamiento femenino del siglo XX: una tradición que no puede ser escondida, sino, al contrario, reconocida como uno de los aspectos más importantes y originales de nuestra época.
Hay un vínculo estrecho entre la originalidad e importancia de las ideas de Hannah Arendt y su existencia: una mujer emancipada, educada por su madre en la independencia y la autonomía, una vida marcada por los acontecimientos más terribles del siglo XX, la shoah, el nazismo, la emigración a los Estados Unidos.
La relación entre el pensamiento y la vida es esencial cuando nos aproximamos a ella. Pero es sorprendente el hecho de que esto no ocurra con pensadores que han vivido dramas e intereses análogos (basta pensar en los maestros de Arendt, Heidegger y Jasper, o en sus amigos Benjamin, Jonas y otros): la persecución antijudía, los efectos destructivos de la técnica, la adhesión al marxismo y el entusiasmo por la revolución. Para Hannah Arendt hay un vínculo esencial entre pensamiento y vida, que no debe entenderse como relación de elementos heterogéneos, según un estereotipo por el que, mientras los pensadores transforman en «competencias filosóficas» la experiencia de la historia y de la existencia o quizá sucumben bajo el peso de la contradicción entre vida y pensamiento o se mantienen fuera, aislándose en la tierra de nadie de la especulación, las pensadoras son más sensibles a la inserción de las emociones en las ideas, más abiertas y también más vulnerables a la presencia de las vivencias humanas, la vida, la muerte, el dolor.
A propósito de Hannah Arendt es indispensable hablar de su judaísmo y de su participación en los acontecimientos del siglo XX, de su postura antiprofesional en filosofía (no quería ser llamada filósofa, sino teórica de la política). Esto no significa hablar de otra cosa, introducir en el discurso elementos existenciales o biográficos. Significa sobre todo que en su pensamiento está inscrita la huella de una experiencia de vida, de una relación con la realidad que, para ella, se ha convertido primariamente en objeto de reflexión, ha estimulado el ejercicio de su pensamiento pero, al mismo tiempo, ha quedado separada del mismo, manteniéndolo abierto y vivo y, precisamente por esto, ha logrado la audacia y la originalidad, la independencia y el carácter anticipador.
¿Quién era Hannah Arendt?
«Tengo un sentimiento de superficialidad en todo lo que hago: todo me parece frívolo comparado con lo que hay en juego. Sé que tal sentimiento desaparece cuando me dejo caer en el vacío entre pasado y futuro, que es el lugar temporal propio del pensamiento. Esto no lo puedo hacer mientras enseño, porque ahí debo estar yo entera».
Así escribía Hannah Arendt a su amiga Mary McCarthy el 9 de febrero de 19681. Este fragmento refleja el meollo de su personalidad como pensadora: como veremos, se refiere a un tema fundamental de su reflexión, pero envuelto en la verdad de una experiencia existencial. En medio, está la revelación de sí misma a una amiga, cosa que hacía muy raramente. Hannah Arendt consideró siempre lo privado, la esfera de los sentimientos, como un ámbito secreto, que sólo la violencia de la exposición a los reflejos de la fama o de la brutalidad de un destino de persecución podría violar. La primera vez que la entrevistaron en televisión, hubiera querido que la enfocaran por la espalda. En su extrema reserva, esta actitud no era sino la preservación de una esfera de delicada intimidad sólo para ser compartida con personas reales: los hombres amados, las amigas, los amigos.
Consideremos otra, muy diferente, revelación de sí misma. Hannah Arendt habló de sí, en un áspero pasaje, en el contexto de uno de los más bellos ensayos que escribió: el discurso pronunciado en 1960 con ocasión de la concesión del Premio Lessing. Entonces reflexiona sobre la experiencia del prestigioso reconocimiento tributado a quienes, como ella, perseguida, obligada a emigrar, intelectual militante en las filas del sionismo, no habían logrado nunca una relación armoniosa con el mundo, al contrario, formada sobre textos de Heidegger, que condenaban duramente el conformismo y la homologación de las masas, no podía más que sospechar la aceptación y la fama. En medio de estas consideraciones, irrumpe imprevistamente y habla en primera persona:
«Si yo subrayo explícitamente mi pertenencia al grupo de los judíos perseguidos desde el principio en Alemania… no puedo pasar en silencio el hecho de que, durante muchos años, he considerado que la única respuesta adecuada a la pregunta: «¿quién eres?» sería: una judía… no hago sino reconocer un presente político, a través del cual mi pertenencia a ese grupo habría resuelto la cuestión de la identidad personal en el sentido del anonimato»2.
Las dos revelaciones de sí misma, tan diferentes, nos ponen ante la relación entre Hannah Arendt, su tiempo y ella misma, que no tiene nada del esquema convencional de la aventura o de la participación en los acontecimientos políticos que ponen en segundo plano o transforman la vida del individuo, dándole un sentido más alto, y menos aún con la reivindicación de una centralidad de la persona respecto a la violencia de la historia. Aquí no hay sumisión ni a la historia y la política, ni afirmación de los derechos del individuo.
Hannah Arendt pensó siempre que sería una maldición vivir en «tiempos interesantes»: el énfasis que su teoría política pone en la participación en la vida pública no impide que, como muestra la cita de la carta a Mary McCarthy, ella no fuera completamente un animal político. Al mismo tiempo, la quietud y concentración que parece sugerir su dejarse caer del lado del pensamiento, se acompaña de un fuerte impulso a hacer. Pero aquí no hay identidad personal, autoafirmación, sino anonimato, unido a un total compromiso.
A la pregunta: ¿Quién eres?, la respuesta es llamarse a sí misma judía, algo que indica una raíz de nacimiento, de cultura (o una función, como la enseñanza), pero no corresponde a una pertenencia, a una profesión, a una identidad de la que disponer, sino a la realidad de un acontecimiento de portada histórica mundial, como la persecución y el exterminio, o también el preciso cumplimiento de una función civil.
No estamos sólo ante la inquietud existencial de una mujer de gran inteligencia y de rara intensidad afectiva: estamos ante uno de los nudos teóricos fundamentales del pensamiento de Hannah Arendt, pensando, al mismo tiempo, en sí misma y en el mundo. Aquí está la raíz de su modo innovador de escribir la historia, más allá de su intención, con la reflexión filosófica, de describir experiencias, no de construir doctrinas.
Para ilustrar este tema, elijo un lugar muy importante y característico de la reflexión arendtiana: una imagen, una metáfora. Según Hannah Arendt, la metáfora es el mejor instrumento para crear un puente entre los problemas filosóficos fundamentales, que por definición están en una región lejana de la vida común, y la realidad sensible del mundo en el que todos, también los filósofos, vivimos y en donde tenemos necesidad de ver y de ser vistos, de hablar y de ser escuchados. Una metáfora a la que Arendt dedicó importantes y numerosas reflexiones, y que le venía de uno de sus autores favoritos, Kafka. En los Estados Unidos, Hannah Arendt preparó cuidadosamente la edición íntegra del Diario
