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Un paisaje adolescente: moteles de carretera, playback en la ikastola, llamadas perdidas, bajar al Moro, subir al velódromo en moto, los pasillos del instituto, un accidente. De pequeñas Jone y Polly eran inseparables; hoy, si se cruzan, ni se miran. Impulsada por la rabia que fermenta con los años, Jone se dirige a Polly, la vecina con la que se morreaba palma con palma, la boca tapada. Lo que empieza como ajuste de cuentas se convierte en una declaración que ni siquiera admite ante sí misma, una confesión inacabada, un relato con fisuras. Pleibak es una novela iniciática, donde cada recuerdo adolescente pesa como una piedra. Ambientada en la Euskal Herria de los noventa y principios de los dosmil, retrata un mundo atravesado por la amistad, la traición, el deseo y la política.
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Seitenzahl: 175
Veröffentlichungsjahr: 2025
«¿Será por la habilidad con la que la escritora maneja la lengua, será porque la historia me mantuvo en vilo, será porque he visto nuestro retrato de juventud en la crónica de época que traza esta novela? Puede ser una combinación de todo eso, pero el libro es la hostia, me ha gustado a saco». –Ainhoa Aldazabal Gallastegui, Argia
«Es una historia sobre nosotras, sobre la primera generación milenial, sobre las mujeres que llegaron a la adolescencia a principios de la década del dos mil, pero sobre todo es una narración sobre relaciones universales». –Aiora Sampedro, El Diario Vasco
«Dicho queda que estilo asociado a la oralidad me ha llamado la atención. Le otorga velocidad y ritmo a la obra, resulta una especie de trampolín para leer una frase tras otra, un capítulo tras otro».
–Joxe Aldasoro, Deia
«En cierta medida, diría que la escritora le ha echado un pulso al euskera más estándar al que estamos acostumbradas, y muestra que esa también puede ser una de las realidades de nuestra lengua, que, de hecho, lo es, testimonio de un euskera que se utiliza y utilizamos». –Nagore Fernandez, Berria
«La palabra que mejor describe el carácter de Pleibak es la de la suciedad. Porque en el ámbito rural supuestamente idílico la gente está muy viva, y lleva a los caseríos bucólicos de antaño la fiesta –las drogas– y la lucha». –Jon Jimenez, Gara
Pleibak
Miren Amuriza Plaza. Berriz (Bizkaia), 1990. Filóloga de formación, es bertsolari y escritora. Gracias al premio Igartza, publicó su primera novela, Basa (Elkar, 2019, publicada en castellano por consonni en 2021). La segunda es Pleibak (Susa, 2024, publicada en castellano por consonni en 2025). Ha sido colaboradora en diversos medios de comunicación y ha escrito varios libros dirigidos a lxs más pequeñxs, entre otros, los álbumes ilustrados Bainera bete itsaso (Elkar, 2016) y Anastasini zirkua (Denonartean, 2024).
Miren Amuriza
Traducción de Danele Sarriugarte
Autoría Miren Amuriza Plaza
Traducción del euskera Danele Sarriugarte
Corrección Sonia Berger y Beatriz Morales Bastos
Imagen de cubierta Mar Sáez
Bookwire
Edición consonni
C/ Conde Mirasol 13-LJ1D
48003 Bilbao
www.consonni.org
Primera edición en español:
octubre de 2025, Bilbao
Segunda impresión:
noviembre de 2025, Bilbao
ISBN: 978-84-19490-69-8
Depósito legal: BI 01074-2025
Edición original en euskera: Pleibak, Susa, 2024
Esta obra está sujeta a la licencia Creative Commons CC Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada
4.0 Internacional CC BY-NC-ND 4.0.
Los textos, edición, traducciones e imágenes pertenecen a sus autoras/es.
Esta obra ha recibido una ayuda a la producción editorial literaria del Departamento de Cultura y Política Lingüística del Gobierno Vasco.
La traducción de esta obra ha recibido una ayuda del
Ministerio de Cultura de España, a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura
consonni es una editorial interdependiente con un espacio cultural en el barrio bilbaíno de San Francisco. Desde 1996 producimos cultura crítica y en la actualidad apostamos por la palabra escrita y también susurrada, oída, silenciada, declamada; la palabra hecha acción, hecha cuerpo. Ambicionamos afectar el mundo que habitamos y afectarnos por él. Escrito en minúscula y en constante mutación, consonni es una criatura andrógina y policéfala, con los feminismos y la escucha como superpoderes. Nos la jugamos en las distancias cortas.
• I
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• II
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- 21
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• III
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• IV
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- 40
Traducción e imagen de cubierta
Colección
No sabría decirte cuándo comenzó todo esto. Veo nuestras versiones infantiles lanzando huesos de yegua a la fosa de Arremiñe; tú esparciendo un puñado de polvo de tierra por encima del montón y yo colgando el cráneo de la rama de un pino. Pero no sabría decirte cuándo ni cómo comenzó.
Si piensas escribir un libro algún día, tú empieza por el verano en que bajé al Moro, así, directamente, sin enrollarte con presentaciones ni mierdas. Y pon que tenía dieciséis años y que iba de copiloto: es más imponente que decir que fui en el no-maletero de un coche viejo. Yo encima de las mochilas, medio agachada para no darme golpes en la cabeza, Olabe y Adri en el asiento de atrás con las piernas bien abiertas, y
delante, el chófer, sujetando el volante con una mano y con la otra la jaula de pollos que llevaba en lugar del copiloto. Pero tú pon que iba delante. Y que era de noche. Viajábamos a plena luz del día, pero tú pon que era de noche. Y que me dejaron tirada al borde de la carretera. Eso es verdad. Y también que cuando salí del taxi se me acumularon de golpe todas las ganas de hacer pis que llevaba aguantándome desde sexto de primaria.
Imagínatelo: yo meando en cuclillas en los matorrales, ellos arrancando y alejándose cuesta arriba; yo corriendo, hostiaputa, hostiaputa, y ellos reduciendo la velocidad con la superioridad del canijo que deja que su hermana pequeña le gane un pulso. Pero eso no tienes por qué ponerlo; pon que los alcancé yo. Porque para entonces ya me olía que aquella escapada no se iba a parecer en nada a la travesía iniciática de mis fantasías, pero me agarré a ella como un gato a una cortina; iba dispuesta a comerme cualquier cosa. Comer, me refiero a comer.
La intención era bajar al Rif para cuatro o cinco días y traernos unas huevas; guardarme lo que necesitara y, después, vender el resto y reunir algo de dinero para cuando me fuera de casa a los dieciocho. Era un planazo; cuando te lo conté me miraste como Marge Simpson miró a Homer el día en que se compró la quitanieves, pero era un planazo, no hay duda. No todas éramos como tú ni nos íbamos de vacaciones a sitios donde se hablaba francés, guapa. Yo no, al menos.
Yo, como mucho, llegaría a La Rioja o a Cantabria en alguna de aquellas excursiones que les pagaba la Agraria a la abuela y a sus amigas para que se pusieran chándal y zapatillas una vez al año. Hotel Buenavista. Hostal Arnedillo. Pensión Las Palomas. De vez en cuando nos juntábamos en una habitación con otras tres mujeres, y juega en la bañera, me decían, tú juega en la bañera.
Saco la cabeza del agua y las escucho lanzar grititos, cuatro lecheras hirviendo según les sube la espuma. Quiero saber. Saber. Saber. Saber. Y cuando consigo abrir un poco más la puerta con la punta de los dedos mojados, me quedo con la barbilla pegada al borde de la bañera mirando el Dragon Khan: Karmen la de Betzuen y Mertxe sentadas encima de la cama sirviéndose Moscato la una a la otra, con la abuela y Pili a cada lado. En la pared, una pequeña televisión, y en la televisión, una peli porno noventera de Canal Plus, muteada; las Rural Golden Girls alzan los brazos chillando cada vez que aparece un pene, y yo sumerjo la cabeza.
Y, de repente, tenía quince años y dejaba atrás Chauen con tres farloperos: te has dormido. ¿Qué? Que te has dormido. Adri hablándome. Yo mirando a Olabe. Olabe intercambiando las tarjetas de los móviles.
Parecía uno de esos hombretones desproporcionados que dibujabas de pequeña con su cuerpo rectangular y su cabeza-cenicero cuadrada, unas gafas de sol con cristal amarillo en la frente y un tribal taleguero tatuado en el brazo. La puerta se me ha puesto chula, decía, cada vez que aparecía con los nudillos marcados; o el armario me ha levantao la voz; la pared no me quería dejar pasar. Nunca se le ocurría nada bueno al cabrón.
Aquel verano ató una cabra a la arboleda del velódromo y cada vez que iban de puestón tentaba a sus colegas para que le dieran por detrás con cualquier cosa que tuvieran a mano. A la cabra, no a él. Pero era una leyenda urbana. Para ti era un bestia y para mí el putoamo desde que me sacó a Marruecos con un pasaporte falso; cuando llegamos a Bab Taza lo recibieron como si fuera un jeque, joder. Fue él quien nos llevó al casoplón de Jamiro, fue él quien me pasó mi primera cachimba, fue él quien me señaló, encima de la mesilla de aquella especie de salón, eso es hachís, eso es coca, eso es un bollicao.
Ahora lo pienso, y me digo: puta lerda. Porque nada más llegar nos cobraron lo que íbamos a comprar más lo que comeríamos, beberíamos y fumaríamos mientras estuviéramos en la casa, y luego dejaron nuestra pasta medio tirada por el suelo; veo mis ahorros, todos mis ahorros, caídos al borde de la alfombra como envoltorios de magdalena arrugados.
Esa es la clase de detalle que te gustaría, lo de los envoltorios de magdalena. Para el libro, me refiero. Eso, y la tensión telenovelesca que se hizo en la cocina de Agarre los días que estuve fuera. Beda de pie, Largo sentado; Beda tiñendo el pelo de Largo: ¿y si la han secuestrao? ¡Qué la van a secuestrar! Largo agarrando con los dedos las puntas de la toalla que tiene en el pecho y bajando la cabeza como un buey hacia el abrevadero, Beda pasando un peine mojado por la nuca de Largo: ¿y si está tirada en una cuneta? Beda buscando en el listín el número de la comisaría de Durango y Largo diciéndole a Beda que yo iba a volver por donde me había ido. Veo a la abuela con los ojos enrojecidos por el amoniaco, veo al abuelo con la tinta corriéndole por las sienes. Beda y Largo. Largo y Beda. Los viernes, los sábados y los domingos, los julios y agostos de mi niñez.
Les había avisado de que me iba fuera algunos días. Pero no te dieron permiso, me dirías. Pero les había avisado.
La cuestión es que no estaba en una cuneta, como sospechaba la abuela, aún no; estaba tumbada con Adri en la orilla de un arroyo de nombre impronunciable, él panza arriba y yo boca abajo, haciéndonos dedos y pajas mutuas mientras nos secábamos al sol. O tratando de hacérnoslas. Porque Olabe nos espiaba desde el agua y yo no me corría: dile que deje de mirar, hostia. Pero Adri seguía a lo suyo y yo… Qué quieres que te diga.
Hoy es el día en que sigo sin poder hablar de Adri, porque de hacerlo lo haría contigo, y tú casi ni me saludas. Pero a mí me salta el piloto automático cada vez que tú y yo nos cruzamos y empiezo a ver lo nuestro como si estuviera rebobinando una cinta VHS, con la velocidad acelerada y las imágenes divididas por una franja blanquecina: yo quitando el cráneo de la rama de pino y el polvo de tierra volviendo a tu mano de abajo hacia arriba; los huesos de yegua volando de la fosa a nuestros brazos y de ellos al tractor de Largo, tú y yo subiendo al tractor de espaldas y Largo atravesando el pinar marcha atrás; Largo aparcando frente a la tejavana de Agarre; nosotras bajando de espaldas del remolque y llevando de espaldas las costillas y vértebras que nos lanzan al zaguán de una en una.
PAUSE. Nos quedamos mirando los restos a nuestros pies: no sabemos a qué parte del cuerpo pertenecen; no nos ponemos de acuerdo. Tú quieres seguir jugando a las arqueólogas con el montón de huesos que Largo ha desenterrado en la campa de debajo de casa, y yo los quiero tirar ya.
Siempre he sido de hacer las cosas en caliente: pim, pam, toma Lacasitos.
A mí me das medio kilo de huevas y me lo trago con cuatro o cinco yogures sin pensármelo dos veces. Veo a Adri y a Olabe recogiendo y chupando con la punta de los dedos los restos de tiros que quedan sobre la mesa, y les digo: a que me como lo que habéis dejao vosotros. A mí me dicen, no tienes huevos, y abro el sexto yogur; cuando casi no llegaba a los estantes más altos del frigorífico, agitaba yoplaits de dos en dos para bebérmelos después de hacerles un agujero por debajo. Qué os creéis.
Tú no. Tú te los comías con cuchara y me corregías cuando decía «yogur de natural»; eso no viene a cuento, pero para que veas el tipo de detalle recuerdo yo. Porque lo que quiero saber es qué hubieras hecho si la cipayada1 me hubiera pillado cargada hasta los dientes de hachís. ¿O todavía crees que eres la única que ha estado a punto de caer?
Pongamos que subíamos desde Tarifa en autobús y que hicimos una parada. Pongamos que no me aguantaba la cagalera. Pongamos que me guardé en el sujetador las huevas que recuperé de la taza del váter. Pongamos que los picoletos entran al bus. Con un pastor holandés, pongamos. Que me hacen bajar del autobús y me cachean. Que me llevan a comisaría. ¿Qué harías, pegatas con mi jeta? JONE ETXERA2. ¿O pintadas en nuestro portal con la silueta de un camello? Dímelo. Porque no me queda nada claro.
Por eso mismo rebobino todo el rato nuestras idas y venidas, desde hoy hasta aquellas tardes en las que recogíamos moras y plumas en el bosque: a veces porque te metería los dedos en los ojos igual que hice con el cráneo de la yegua, y otras porque me siento culpable. Pero, sobre todo, porque todo esto no me entra en la cabeza, joder, este cruzarnos como si solo nos conociéramos de vista; este andar arrancando los pelos de la cabeza de la otra despacio y con rabia hasta dejarla calva, como hacíamos con aquella Barbie que odiamábamos. Y pienso que lo mejor, lo mejor de verdad,sería no saludarnos siquiera. Pero, al mismo tiempo, a veces tengo la sensación de que me vas a dar conversación en el momento menos pensado: me he sacao las oposiciones y me han dao la plaza en el insti de Ermua. Y yo: ¿ah, sí? Y tú: sí. Y yo: enhorabuena. Y tú: ¿y tú por dónde andas? Y yo: he vuelto a ETB, de eventual, pero bastante bien. Esa clase de conversación, Polly. Porque tú y yo somos tú y yo, coño. O al menos lo fuimos. ¿No?
Quiero decir: que tú te sabías mi número aparte del de tus padres y el de una tía, y que yo siempre tenía el tuyo entre las últimas tres llamadas; tú me llamaste a mí cuando te bajó la regla por primera vez y yo te llamé a ti cuando, después de volver de Marruecos, me encontré con que habían cambiado la cerradura de casa: mi madre me ha dicho que me manda al caserío, y yo, que no flipe. Y ella, que la que va a flipar soy yo si no entro en razón. Y yo, que gracias, que echándome de casa me ayuda mogollón. Y ella, que ya no sabe qué hacer conmigo. Y yo, que podría haber abortao. Y ella, que mira, que igual sí. Y yo encerrada en el baño mordiendo el albornoz que cuelga detrás de la puerta como un pitbull a un gato mojado, y ella cargando en el coche dos viejas maletas llenas de mi ropa de putón y mis bisuterías, y subiendo a Andikoa.
Lo de la ropa de putón y las bisuterías lo dijo ella, no yo.
Vamos, que tendrías suficiente material para escribir un libro sobre nosotras, Polly Pocket: la vecinita del chalet relatando las digievoluciones de los especímenes del caserío. Incluso se me ha ocurrido la foto perfecta para la portada, una que te gustaría mucho: mi madre tiene veinticuatro años, lleva puesta la camiseta blanca de la pescadería y parece Oliver de Oliver y Benji agarrando el balón con los brazos estirados. El balón soy yo, a la edad eléctrica de un año y medio, sentada encima de un cerdo moreno al que agarro por las orejas.
Tú te lo pierdes.
Y yo, ¿yo cuándo voy a aparecer?, dirás. Tú el Día de Gansos, Polly, en la marquesina de Bizkaibus de la carretera general: tres Vicentas cargadas de sombrillas, hamacas y sacos de playa de Veranoski, sentadas bajo el sol abrasador, las de la cuadrilla de Irati Barrainkua dándose crema en la cara unas a otras, y yo, mientras tanto, más tensa que los irlandeses del sótano del Titanic haciendo cola para entrar en los botes salvavidas. Yo alargando el cogote. Yo a ver cuándo viene el bus. Yo esperándote.
El modo en que te entregaban tus padres me ponía nerviosa. Muy nerviosa. Te traían en coche hasta la parada, y se retiraban de tus pies igual que nosotras retirábamos de debajo del folio las plantillas de rayas que utilizábamos para escribir recto. Y tú siempre aparecías encima de aquellos renglones como pasada a limpio: camiseta blanca, vaqueros pirata y unas Salomon de monte, el arrano beltza3 de arcilla al cuello, el flequillo corregido con regla y una franja de un centímetro de tus bragas, esto calculado con un subrayador fucsia, justo por encima de la cadera: qué guapa vienes, capulla. Y tú te ruborizas.
Yo era más de tinta corrida: llevaba los tirantes de silicona mierder del sujetador medio colgando y siempre me pisaba los bajos de los pantalones campana con las botas Art, o los zuecos, o las sandalias.
Era de esperar.
Tenemos siete y ocho años en un agosto diáfano de los noventa: tú llevas una visera de los 101 Dálmatas y yo una verde bien fea de la BBK. Estamos sentadas, con las piernas abiertas, bajo los pimientos choriceros del zaguán de Agarre, chupando dos petisuis congelados con la cuchara dentro. Me acerco al abrevadero, me quito la gorra, la lleno de agua y me la pongo en la cabeza sacando la lengua hasta la barbilla. Soy una cachorra excitada. Me faltan las palabras. Y te ofrezco un eructo. Tú me sonríes y, una vez terminado el helado, conuna mano metes la cuchara en el abrevadero, y con la otra te limpias la boca de pajarito: yo no me voy a mojar la visera, me dices, que se le borran los dibujos.
Diez años después yo aún no me había secado del todo, Polly.
Me veo como un chicle masticado, pegada a la marquesina, y veo una mano, la tuya, tirando de mi piel de goma: ¿hasta cuándo te vas a quedar en Agarre? No lo sé. Un mes, dos, tres… según. Según qué. Según cuando se le pase la chinada a mi madre. Algo te imaginarías. Sabía que tendríamos bronca, pero, hostia, tanto como pa echarme de casa. Ya, sí. Como los urbanitas a los perros: cuando se hartan, los dejan en medio del bosque, y fin. Qué exagerada. Exagerada lo serás tú. Y la tortilla de patatas que te puso tu padre en un túper: pero si comías menos que un polluelo. Yo llevaba un bocata de aceitunas y una bolsa llena de palmeritas de bollo. Una tortilla hecha por tu padre vs. aceitunas y palmeritas; encuentra las siete diferencias.
Total, que por fin llegó el Bizkaibus, y estaba petao, y ni siquiera paró. Vamos a dedo, tía. Pero tú, que no. Y yo, que sí, que las dos en la parte de atrás. Te he dicho que no. O tú en la parte de atrás y yo de copiloto… Y te enseñé la navajita customizada de Arrate Racing que solía llevar en el bolsillo. Menuda flipada. Yo. La navaja no era para tanto.
Se la robé a Adri. Una vez que volvía de la playa, el hombre que me recogió en su coche, me sobó las tetas y me dije: nunca mais. No recuerdo la cara del cabrón; llevaba anillo de casado y estaba escuchando a Benito Lertxundi, de eso me acuerdo. Y también recuerdo que pensé: si-habla-euskera-será-majo. Qué idiota era, tío. Pero también era espabilada, y le mordí el brazo. Al final me dejó en Trabakua y me vine andando hasta Berriz.
Eso no me lo contaste, me dirías. No. Creía que me contabas todo. Todo no, Polly. Yo no.
Lo de Trabakua, por ejemplo, más que por ahorrarte un nuevo tipo de fobia, me lo guardé por mí; porque, si no, no conseguiría volver a meterte en un coche nunca más. Y llega el Día de Gansos, y el Bizkaibus hasta arriba, y qué vamos a hacer, ¿echar a perder la mañana esperando al siguiente? Pues no. Lo que tenemos que hacer es ir a dedo. Y ahora no empieces con que te obligué y tal, porque yo no te puse una pistola en la nuca y tú no dijiste que no cuando cuatro canijos de Iurreta se pararon frente a nosotras con su ForFi abollado.
Y ahí vamos, yo detrás del chófer y tú en mi regazo; las vértebras de tu espalda parecen bolas de pulsera que se marcan redondas debajo de tu camiseta. Un nudo por arriba, otro por debajo, y volvemos a tener ocho años: ¿las vendemos en el cruce? Una pulsera, 100 ptas. Pulsera + collar, 200 ptas. Yo con un cartel de cartón hecho de cajas de leche parada en medio del camino y tú arrodillada en la cuneta ordenando monedas: de las más brillantes a las más oxidadas. Cuatrocientas pesetas, quinientas, seiscientas, y vuelves a estar sentada en mi regazo en un ForFi abollado. Si hubiera sabido cómo terminaríamos, te hubiera pinchado en la nuca y hubiera tirado del hilo para ver cómo te descomponías al tiempo que las bolas de hueso, clan, clan, clan, caían al suelo. Pero no lo sabía.
