¿Por qué la resiliencia? -  - E-Book

¿Por qué la resiliencia? E-Book

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Durante milenios, la condición humana no ha pensado la psicología. Se explicaban los padecimientos mentales recurriendo a la posesión diabólica o la degenerescencia. Fue necesario esperar hasta el siglo XIX para empezar a hablar de trauma. Y solamente desde los años 1980 se trabaja sobre la idea de resiliencia, la posibilidad de volver a la vida después de una agonía psíquica traumática o en condiciones adversas. La definición de resiliencia es simple y ampliamente aceptada, pero lo que resulta más difícil de descubrir son las condiciones que permiten iniciar un nuevo desarrollo después del trauma. Ninguna especialidad puede, por sí sola, explicar el retorno a la vida. Hace falta, por tanto, asociar a los investigadores de disciplinas diferentes y reunir sus datos con la perspectiva de descubrir los factores, heterogéneos pero no obstante integrados, que hacen posible un proceso de neodesarrollo. Este libro nace del fruto del Primer Congreso Mundial de Resiliencia celebrado en el año 2012, del cual Boris Cyrulnik y Marie Arnaut fueron los responsables de coordinar los contenidos de este libro que publica la primera parte y donde participan: Ana Arribillaga, Nadine Demogeot, Jesús M. Jiménez, Esperanza León, José María Madariaga, Irati Novella, Hélène Romano, Pierre Rousseau, Cristina Villalba y María Isabel Zavala.

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Seitenzahl: 147

Veröffentlichungsjahr: 2016

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Boris Cyrulnik y Marie Anaut(Coords.)

¿Por qué la resiliencia?

Colección

Psicología / Resiliencia

Otros títulos deBoris Cyrulnik

publicados en Gedisa:

Los patitos feos

La resiliencia: una infancia infeliz no determina la vida

De cuerpo y alma

Neuronas y afectos: la conquista del bienestar

Bajo el signo del vínculo

Una historia natural del apego

Del gesto a la palabra

La etología de la comunicación en los seres vivos

Me acuerdo...

El exilio de la infancia

El murmullo de los fantasmas

Volver a la vida después de un trauma

Autobiografía de un espantapájaros

Testimonios de resiliencia: el retorno a la vida

Las almas heridas

Las huellas de la infancia, la necesidad del relato y los mecanismos de la memoria

¿Por qué la resiliencia?

Lo que nos permite reanudar la vida

Boris Cyrulnik y Marie Anaut (Coords.)

Título original en francés:

Résilience. De la recherche à la pratique

© 2014 Odile Jacob

© De la traducción: Alfonso Díez, 2016

Corrección: Rosa Rodríguez Herranz

Cubierta: Equipo Gedisa, 2016

Primera edición: abril de 2016, Barcelona

Derechos reservados para todas las ediciones en castellano

© Editorial Gedisa, S.A.

Avda. Tibidabo, 12, 3º

08022 Barcelona (España)

Tel. 93 253 09 04

Correo electrónico: [email protected]

http://www.gedisa.com

Preimpresión:

Moelmo, S.C.P.

Girona, 53, principal – 08009 Barcelona

www.moelmo.com

eISBN: 978-84-9784-955-5

Queda prohibida la reproducción total o parcial por cualquier

medio de impresión, en forma idéntica, extractada o modificada,

en castellano o en cualquier otro idioma.

Índice

Prólogo

Boris Cyrulnik

¿Por qué la resiliencia?

Boris Cyrulnik

Nacimiento, trauma, apego y resiliencia

Pierre Rousseau

Interacciones precoces y nicho sensorial

Boris Cyrulnik

¿Cuáles son las fuentes de resiliencia para bebés y niños pequeños en duelo por la muerte de un ser querido?

Hélène Romano

El apego seguro: un factor de resiliencia al servicio de la capacidad de pensar

Nadine Demogeot

Adaptación y resiliencia en adolescentes adoptados por una familia de acogida emparentada

Cristina Villalba, Esperanza León, Alicia Muñoz, Jesús M. Jiménez, Isabel Zavala

Resiliencia y funcionalidad familiar

José Madariaga, Irati Novella, Ana Arriballaga

Sobre los autores

Prólogo

1. Resultó muy difícil pensar el trauma en una época en que el alma inmaterial estaba separada del cuerpo; de modo que pensar la resiliencia (la reanudación del desarrollo tras una agonía psíquica) costó mucho más aún. Hoy día se sabe que un trauma emocional inhibe el funcionamiento cerebral y que reorganizando el medio se puede ayudar a iniciar un nuevo desarrollo.

2. Mediante un método etológico, Pierre Rousseau filma y convierte en observable el modo en que se tejen, alrededor del nacimiento, los primeros nudos del vínculo de apego. Cuando el recién nacido pasa del medio acuático del útero al medio aéreo del nacimiento, ya reconoce las bajas frecuencias de la voz materna, así como el olor del líquido amniótico, pero ahora es la primera vez que puede ver a su madre. El encuentro mediante la mirada es pues para el bebé —igual que para la madre— un acontecimiento fundante. Cuando, a pesar de la conmoción del nacimiento, este encuentro se produce espontáneamente, el vínculo se irá tejiendo. Pero cuando la conmoción del nacimiento impide el encuentro, habrá que estar atentos a este pequeño indicio para aportar seguridad a los partenaires de la interacción y ayudarles a rehacer el vínculo.

3. ¿Cómo entender que el mundo de la madre pueda influir en el desarrollo biológico del niño? La visión occidental, que escinde la condición humana en un cuerpo separado del espíritu, únicamente puede dar a esta pregunta una respuesta mágica. Pero si nos entrenamos para razonar en términos sistémicos, se comprende sin dificultad que el ser humano no está hecho de pedazos. Cuando la madre es infeliz debido a una enfermedad, una relación conyugal violenta, una historia traumatizada o su precariedad social, el nicho sensorial con el que rodea a su hijo está estructurado por esa desgracia. Las estimulaciones sensoriales se apagan o quedan deformadas por el trauma, de tal modo que las adquisiciones comportamentales y fisiológicas del bebé quedan alteradas.

4. La muerte o el sufrimiento de una persona cercana desorganiza el nicho preverbal. En este estadio precoz de los primeros meses de la existencia, cuando las neuronas cerebrales están en ebullición para entrar en contacto y establecer circuitos en el cerebro, la menor carencia ambiental organiza otro circuito, menos funcional. La muerte del padre, al apagar la afectividad de la madre, desquicia el nicho sensorial y detiene el tejido del víncu­lo. Esta carencia precoz provoca la adquisición de una vulnerabilidad neuroemocional que más adelante perturbará las interacciones sociales. Paradójicamente, cuando la muerte de la madre es compensada por un sustituto afectivo que sirve de tutor de resiliencia, el fracaso emocional será más fácil de resiliar.

5. El apego seguro es la regla, está presente en un 70% de los casos entre los recién nacidos. Es posible detectarlo clínicamente en una expresión de las emociones que el cuidador descodifica con facilidad, lo cual le permite responder armoniosamente. Muy pronto, el niño seguro aprende a superar el alejamiento de su figura de apego, que sustituye por un objeto que la representa (trapo, peluche o un ruido familiar). De este modo, se puede comprobar la adquisición de factores de protección —no de resiliencia, puesto que no ha habido trauma—. El niño afrontará mejor las inevitables dificultades de la existencia, ya que dispone de recursos o puede buscar un apoyo afectivo que le aporte seguridad.

6. Adaptación y resiliencia van necesariamente unidas. Cuando el medio es inerte, no aporta seguridad y estímulos y el niño se adapta aumentando sus comportamientos autocentrados porque no hay alteridad. Esta patología es una adaptación a un medio enfermo. Felizmente, la mayoría de las familias de acogida están llenas de vida y motivación, lo que les permite devolver el calor a un niño congelado por una carencia afectiva precoz. Los aislamientos precoces son los que más deterioran el cerebro, la afectividad, las interacciones sociales y el dominio de la palabra. Cuanto antes tomen la decisión de una acogida aquéllos a quienes les corresponde hacerlo, más fácil será resolver los desperfectos mediante la resiliencia.

7. No es tanto la estructura familiar lo que organiza el nicho afectivo capaz de tutorizar los desarrollos de un niño, sino su modo de funcionamiento. Cuando el padre y la madre se asocian para coordinarse en torno al bebé, el niño aprende con facilidad a sincronizarse con las dos figuras de apego. Pero cuando la madre acapara al niño para compensar su propia carencia afectiva, o cuando los padres rivalizan, el niño descodifica mal esos mensajes confusos y ello altera sus propias relaciones afectivas.

BORIS CYRULNIK

¿Por qué la resiliencia?

Boris Cyrulnik

Durante milenios, la especie humana no ha pensado la psicología. Se explicaban los padecimientos mentales recurriendo a la posesión diabólica o la degeneración. Fue necesario esperar hasta el siglo XIX para empezar a hablar de trauma. Y solamente desde los años 1980 se trabaja sobre la idea de resiliencia, la posibilidad de volver a la vida después de una agonía psíquica traumática o en condiciones adversas.

La definición de resiliencia es simple y está ampliamenteaceptada, pero las que resultan más difíciles de descubrir son las condiciones que permiten iniciar un nuevo desarrollo después del trauma. Ninguna especialidad puede, por sí sola, explicar el retorno a la vida. Hace falta, por tanto, asociar a los investigadores de disciplinas diferentes y reunir sus datos con la perspectiva de descubrir los factores, heterogéneos pero no obstante integrados, que hacen posible un proceso de neodesarrollo. Un razonamiento sistémico nos permite abordar este problema: el sistema respiratorio se alimenta del oxígeno del aire que atraviesa la pared sólida de los alveolos pulmonares y es recogido en la concavidad de los glóbulos rojos que flotan en el líquido plasmático. Los elementos de este sistema son heterogéneos y, sin embargo, funcionan juntos para hacer posible la respiración.

Así razonaremos para intentar entender el porvenir de la resiliencia.

Genética y resiliencia

Toda vida parte de la genética, pero los genetistas, al trabajar en los procesos que permiten un desarrollo resiliente, han cambiado de punto de vista respecto a la genética. No hablan de programa genético, puesto que ningún gen puede existir fuera de su medio. Ahora bien, las presiones ambientales pueden modificar la expresión de una secuencia de ADN. Partiendo de un mismo alfabeto genético, el medio orienta miles de relatos diferentes. La mayoría de genetistas trabajan en desarrollos epigenéticos que permiten, actuando sobre el medio, modificar la expresión de una enfermedad genética (Bustany, 2012). Hace 20 años, las personas con síndrome de Down morían muy jóvenes, de modo que se podían socializar muy poco. Desde que los educadores ofrecen a los niños aquejados de esta anomalía cromosómica un medio más conveniente, se escolarizan y pueden vivir 70 años. Algo parecido pasa con la fenilcetonuria: a pesar de una fuerte determinante genética, desde que los biólogos esquivan la enfermedad proponiendo un régimen sin fenilalanina, estos niños manifiestan un apego seguro y una vida intelectual cotidiana superior a la población en general (Evrard, 1999), porque, debido a su enfermedad, han sido mejor apoyados por su entorno.

El mismo fenómeno se observa respecto a los grandes trastornos desarrollo-neuronales. La OMS censa un 1% de esquizofrénicos, con independencia de la cultura en la que viven. Esta cifra, que aboga por un determinismo genético, no excluye la estructura cultural, ya que en las poblaciones de inmigrantes se detecta de un 3% a un 5% de esquizofrénicos según sea la cultura de acogida (Sam y Berry, 2006).

El hecho de que un trastorno psiquiátrico esté determinado genéticamente no excluye que se actúe sobre las condiciones educativas y culturales para disminuir su expresión psiquiátrica.

Resiliencia neuronal

Los más recientes descubrimientos sobre la epigénesis nos permiten entender que no es posible observar un cerebro como si éste estuviera separado de su medio ecológico y de sus interacciones humanas. Todo niño necesita de un nicho sensorial que haga posible su desarrollo. Cuando este nicho que rodea al niño se ve alterado, el desarrollo de su cerebro corre el riesgo de ser encaminado en direcciones disarmónicas.

Durante el estadio fetal, la sinaptización es enorme (200.000 sinapsis por minuto). Durante este estadio, la estructura del medio y el más mínimo acontecimiento deja su huella en la efervescencia sináptica. Deja una huella duradera. Cuando la madre sufre un trauma existencial, cuando su historia, su familia o su contexto social le producen estrés, cuando consume drogas que traspasan la barrera de la placenta, el cerebro del pequeño queda marcado (Toussaint, Gauce y de Noose, 2013).

Los circuitos tóxicos que se producen son resiliables, pero habrá que evitar el aislamiento y la repetición de las huellas (Cyrulnik, 2012). En este estadio del desarrollo, la resiliencia neuronal es fácil, teniendo en cuenta la gran plasticidad cerebral, con la condición de reorganizar el nicho sensorial que rodea al lactante.

El enanismo afectivo de los niños abandonados fue durantemucho tiempo un misterio. El electroencefalograma muestraun adelanto del sueño paradójico de todos los niños inseguros.Este adelanto altera las fases lentas precedentes que estimulan eldiencéfalo y las secreciones de hormonas sexuales y del crecimiento. Desde la primera noche en que el bebé se encuentra enunos brazos que le proporcionan seguridad, la arquitectura de susueño vuelve a ser la normal para su edad y las secreciones neu­ro­endocrinas reanudan su trabajo de construcción del cuerpo.

Cada bebé reacciona a su manera: una misma privación no altera de la misma forma a todos los niños. Una misma reorganización del medio no produce la misma reanudación del desarrollo. Pero, teniendo en cuenta al conjunto de la población, un nicho seguro desencadena un gran número de procesos de re­siliencia.

Luchando contra todo aquello que empobrece el nicho sensorial de los primeros meses, se asegura al niño y se estimulan todos sus desarrollos. Las causas del empobrecimiento son numerosas, heterogéneas, pero desembocan todas en una misma estructura del nicho. La muerte de la madre, la depresión materna sea cual sea su origen, su propia historia, un trauma no resuelto, una familia disfuncional, violencia conyugal, precariedad social, una guerra o el colapso cultural son fuentes distintas que contribuyen al establecimiento de un nicho pobre en torno al niño.

En cuanto se puede actuar sobre lo que ha provocado el malestar de los padres, se posibilita la resiliencia. El tutor de la re­siliencia será a veces un tutor explícito, un psicólogo, un educador, pero a menudo es una decisión política lo que estructura el nicho. Los países del norte de Europa han establecido un períodode vacaciones paternas de un año, han propuesto una formación común para los profesionales de la infancia, han retrasado la entrada en el sistema escolar y las calificaciones. El rendimiento de esta inversión es enorme. En diez años, se ha visto una disminución del 40% en los suicidios, una fuerte atenuación de los trastornos psicopatológicos y los mejores resultados mundiales en las evaluaciones de competencias escolares; el informe del Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes (PISA), realizado por la Unesco.

Resiliencia afectiva

Cuando ciertos psicoanalistas empezaron a describir las «carencias en los cuidados maternos» desde 1946 (Bowlby, 1958), provocaron la hostilidad de los antropólogos que consideraban que estas descripciones clínicas culpabilizaban a las madres. Un razonamiento sistémico permite entender que el culpable no es la madre, sino aquello que causa su malestar (marido, familia, colapso social). Para aportar al niño un factor de resiliencia, hay que suprimir la causa del malestar de la madre, lo cual no siempre es posible.

Si no tiene lugar una intervención, el nicho empobrecido no conecta las sinapsis de los lóbulos prefrontales, soportes neurológicos de la anticipación y de la inhibición de las amígdalas del rinencéfalo.

De esta forma el niño adquiere una vulnerabilidad neuroemocional, que dificulta las relaciones y altera su socialización.

El apego es, pues, una adquisición afectiva impregnada en la memoria de los primeros meses. Este aprendizaje proporciona un estilo afectivo que gobierna las relaciones ulteriores. Hacia el décimo o al duodécimo mes, una población de niños ha aprendido a amar con un estilo propio:

un 66% han adquirido un apego seguro: el placer de dirigirse a los otros, de pedir ayuda en caso de sufrimiento y de situarse ellos mismos en la disposición espacial de aprender a hablar;un 20% han adquirido un apego con evitación: una distancia afectiva, una retracción que hace que se vuelvan periféricos (Guedeney y Guedeney, 2010);un 15% establecen relaciones ambivalentes: agreden a aquellos a quienes aman —en este grupo encontramos a más niños cuyos padres no recibieron apoyo después del trauma del que ellos mismos fueron víctimas—;un 5% están confundidos, desorientados, son imprevisibles; sus padres sufren a menudo.

Lo que mejor protege al niño es un sistema familiar con apegos múltiples (Bowlby, 1978). «Hace falta toda una aldea para criar a los niños», dicen los africanos.

Este determinante está fuertemente estructurado por la historia de los padres y por la evolución técnica y la cultura. Las mujeres cuyo nivel sociocultural es poco elevado, sin oficio y sin familia, se encuentran a menudo en situaciones de empobrecimiento sensorial. La adquisición de un factor de resiliencia para sus hijos deberá provenir de una mejor educación de los medios pobres y de una socialización de las mujeres aisladas.

La tecnología también tiene un papel importante en la estructuración de las familias. En la época en que los hombres trabajaban de 12 a 15 horas al día, la pareja constituía la unidad social más pequeña. El sexo servía sólo para la creación de bienes sagrados (traer un alma al mundo) y bienes sociales (traer al mundo a un niño para que vaya a la mina, vaya a la guerra y asegure el retiro de los padres). En un contexto tecnocultural como ése, el amor no tenía nada que ver con el matrimonio, pero los niños estaban rodeados de un sistema familiar dotado de apegos múltiples.

Desde la explosión de los oficios técnicos, el nicho sensorial ha sufrido una metamorfosis. La aldea ha sido sustituida por un hogar donde se alternan el esprint y el aislamiento sensorial. Las pantallas y los frigoríficos ejercen de cuidadores, la escuela y los oficios desexualizados del sector de los servicios provocan un sedentarismo que hace inútil la fuerza muscular.

En un contexto así, es necesario desarrollar los oficios de la infancia y las actividades culturales perifamiliares, con el objetivo de ofrecer a los niños el equivalente de la aldea.

Resiliencia psicológica

El psicoanálisis ofrece una herramienta para entender mejorcómo puede quedar paralizado el mundo interior de un sujetotraumatizado, en agonía psíquica, y luego volver a la vida. El estupor psíquico es frecuente cuando un acontecimiento nos acerca a la realidad de la muerte (Lighezzolo y de Tichey, 2004).

La vida se reanuda cuando el herido, una vez recobrada su seguridad, consigue de nuevo mentalizar. Cuando soporta la representación del horror que le ha acaecido, ponerlo en imágenes y palabras para entender el trauma e ir a ver a una persona de confianza a quien dirigir su relato con el fin de sentirse apoyado (Rimé, 2005).

Los mecanismos de defensa ayudan a describir el mundo íntimo de un sujeto herido (Vaillant, 1993). Ciertas defensas impiden la resiliencia: el estupor y la indiferencia que permitensufrir menos impiden afrontar el problema. La cólera, la agresividad, la búsqueda del chivo expiatorio provocan problemas relacionales que agravan la situación y a veces llevan al aislamiento, que constituye a su vez el principal factor de antiresiliencia. La regresión conlleva el efecto tranquilizador de la renuncia, pero altera la confianza en sí mismo necesaria para la resiliencia.

Dos mecanismos de defensa son momentáneamente aceptables: la negación, que permite evitar la reiteración dolorosa, pero impide la mentalización, y la escisión, que constituye la adaptación más frecuente. El herido sólo comparte con su entorno lo que es capaz de escuchar. Otra parte de su mundo íntimo, no compartible, sufre en secreto, lo cual explica a veces las explosiones o las depresiones que sorprenden a quienes le rodean.