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LA RECUPERACIÓN DE UN CLÁSICO MODERNO DEL PENSAMIENTO, HOY MÁS VIGENTE QUE NUNCA. *Premio Nobel de Literatura* Un examen profundo y estimulante de las razones por las que luchamos y las implicaciones de la guerra. Ante las consecuencias devastadoras de la Primera Guerra Mundial, el filósofo y matemático Bertrand Russell se propuso examinar los fundamentos psicológicos y sociológicos del conflicto. Su idea era encontrar una explicación a los numerosos factores que influyen a la humanidad en su decisión de luchar consigo misma. Russell sostiene en este texto que la guerra es el resultado de emociones primitivas e irracionales, y que la razón y la compasión pueden usarse para reducir las probabilidades de conflicto; considera las implicaciones éticas de la guerra y su potencial para prevenirla. ¿Por qué luchamos? nos sigue proporcionando hoy un recurso valiosísimo para comprender la compleja dinámica de los conflictos bélicos. Es una lectura esencial para cualquiera que busque una mayor comprensión de las motivaciones detrás de la guerra y de las posibilidades de evitarla.
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Seitenzahl: 339
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Título original inglés: Why Men Fight.
© Bertrand Russell Peace Foundation.
© del prólogo: Lino Camprubí Bueno y Javier Pérez Jara, 2024.
© de la traducción: María Dolores Crispín Sanchis, 2024.
Traducción autorizada de la edición inglesa publicada por Routledge, un sello del grupo Taylor & Francis.
© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S. L. U., 2024.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
rbalibros.com
Primera edición: octubre de 2024.
REF.: OBDO382
ISBN:978-84-1132-845-6
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Las creencias infundadas son el homenaje que el impulso rinde a la razón.
BERTRAND RUSSELL
RBA ha tenido la estupenda idea de reeditar el libro que consagró a Bertrand Russell como uno de los intelectuales públicos más relevantes de la época contemporánea: Principios de reconstrucción social, publicado en 1916 y titulado en Estados Unidos ¿Por qué luchamos? Un método para abolir el duelo internacional. La publicación de esta nueva traducción es una gran noticia: pese a haber sido escrito hace más de cien años por un autor desconocido para gran parte del público actual, este libro no solo es una de las piezas políticas más importantes del siglo XX, sino que también es de rabiosa actualidad.
Pero ¿quién fue Bertrand Russell?, ¿cómo llegó a convertirse en el que probablemente es el intelectual público occidental más destacado del siglo XX?, y ¿por qué debemos seguir leyéndolo a estas alturas del XXI? Bertrand Russell (1872-1970) fue un destacado profesor de la Universidad de Cambridge cuya fama académica como filósofo y lógico se cimentó tras la publicación de varios libros de lógica y filosofía de las matemáticas (en concreto, Los principios de las matemáticas de 1903 y los Principia Mathematica, escritos junto con Alfred North Whitehead y publicados en varios volúmenes entre 1910 y 1913). Posteriormente, Russell publicó varios de los ensayos sobre metafísica y teoría del conocimiento más importantes del siglo XX, convirtiéndose en uno de los padres de la llamada «filosofía analítica», movimiento cuya trascendencia sigue presente hasta día de hoy en innumerables departamentos de filosofía de universidades repartidas por todo el mundo.
A esta faceta como filósofo puro, hay que sumar la vertiente de Russell como intelectual público y activista social, que es precisamente la del libro que tenemos entre manos. A través de innumerables escritos, discursos y actuaciones políticas y sociales, la imagen de Russell quedó asociada con el compromiso político progresista desde bien temprano en su carrera. En su cruzada por la reforma moral y el progreso social en el Reino Unido primero, Russell luchó por la implantación del sufragio femenino, la despenalización de la homosexualidad, la transformación de la educación y la liberación sexual. No obstante, su compromiso activista que le reportaría más fama y eco social fue su pacifismo militante durante la Primera Guerra Mundial y la Guerra Fría, cuando Russell pasó de activista circunscrito a causas del Reino Unido a activista internacional, autoasumiendo a menudo la figura del salvador de la humanidad. El activismo político de Russell durante la Gran Guerra consolidó su fama y la Guerra Fría la internacionalizó. Russell tuvo que pagar importantes peajes en su ascenso como intelectual público; así, fue despedido de la Universidad de Cambridge, y aún más importante, fue encarcelado durante dos ocasiones, la última vez siendo anciano. Consagrado internacionalmente tras recibir el Premio Nobel en 1950, las labores de Russell por el desarme nuclear global a través del Manifiesto Einstein-Russell de 1955 fueron noticia mundial, apareciendo en los periódicos de las más variopintas regiones del mundo. En 1962, Russell ejerció como mediador entre Estados Unidos y la Unión Soviética durante la crisis de los misiles de Cuba, escribiendo personalmente al presidente Kennedy y a Khrushchev. A partir de 1963, la Fundación Bertrand Russell para la Paz proclamó como objetivo defender los derechos humanos y la paz a escala global. En 1966, Russell formó, junto con Jean-Paul Sartre y otros intelectuales progresistas, el Tribunal Internacional de Crímenes de Guerra. Dicho tribunal pronto comenzó a conocerse como el Tribunal Russell-Sartre, y más tarde, tras la ruptura con Sartre, únicamente como el Tribunal Russell. Finalmente, y pocos días antes de su muerte a los noventa y ocho años, Russell denunciaba los abusos y crímenes de guerra cometidos por el Estado de Israel contra los palestinos.
Si en su faceta de filósofo puro Russell cambió a menudo de postura, los giros de su filosofía política y su activismo fueron aún mayores. Su interpretación de la Gran Guerra le llevó a pasar del liberalismo patriótico al socialismo corporativo globalista. El pacifismo le llevó al socialismo, y en 1917 interpretó la Revolución Rusa como el anuncio de una sociedad nueva y más libre, aunque pronto se desencantó y pasó a denunciar la falta de libertades en la URSS.[1] De ser adalid del pacifismo internacional durante la Primera Guerra Mundial y albores de la Segunda, pasó a convertirse en punta de lanza de la propaganda belicista británica durante la Segunda Guerra Mundial y los primeros años de la Guerra Fría. Esto le llevó incluso a pedir a Estados Unidos el bombardeo nuclear preventivo de la Unión Soviética, aún a sabiendas de que esto causaría millones de muertos inocentes. Un precio que Russell estaba dispuesto a pagar con tal de evitar el hipotético apocalipsis que se desencadenaría cuando los soviéticos adquiriesen la tecnología nuclear. Una vez que la consiguieron, Russell puso su fama y su nombre al servicio de la causa antinuclear, junto con el físico Albert Einstein. Esto incrementó sus recelos contra Estados Unidos, de modo que en menos de dos décadas pasó de proponer a Estados Unidos como líder futuro de un Gobierno Mundial que salvaría a la humanidad a demonizar a sus élites, considerándolas más peligrosas que los nazis, a la vez que idealizaba la causa comunista del Viet Cong y Ho Chi Minh.
Lo fascinante de Russell es cómo supo defender cada uno de estos proyectos contradictorios entre sí con una pluma razonada y apasionada.[2]Desde nuestro punto de vista, además, hay un hilo conductor que comienza precisamente con la aparición de ¿Por qué luchamos? En todas sus etapas como activista, Russell se presenta como un profeta salvador, ofreciendo tanto un diagnóstico de los principales males que acechan a la humanidad como el camino para redimirlos.
En el contexto de la biografía intelectual y activista de Russell, este libro es de los más importantes de su extensa obra. ¿Por qué luchamos? tuvo desde el principio el éxito de un superventas, con decenas de reediciones tanto en el Reino Unido como en Estados Unidos. Fue la obra que consagró a Bertrand Russell como un intelectual público. Pero fue además la síntesis más completa de la filosofía política de Bertrand Russell, aunando sus teorías antropológicas, filosóficas y morales de regeneración de la sociedad victoriana en una explicación de las motivaciones profundas por las que los seres humanos, una y otra vez, se entregan a los horrores de la guerra. Desde los más tempranos registros fósiles del Paleolítico hasta nuestros días, los conflictos violentos se muestran con vehemencia como una de las constantes más significativas de la historia humana. Sin duda, el rico material antropológico, paleontológico e histórico nos muestra que hay momentos de mayor y menor intensidad bélica. Pero, como una temida plaga, la alargada sombra de las luchas armadas siempre vuelve, una y otra vez, en todas las sociedades humanas conocidas, prehistóricas o históricas.
Pero ¿por qué? Es decir, ¿por qué luchamos? Esta es la pregunta trascendental que Russell trata de contestar en el presente libro. Es la misma pregunta que nos hacemos frente al móvil, el periódico, o el televisor cuando recibimos noticias de Gaza, Ucrania y otras partes del mundo que reciben menos atención mediática. Es cierto que desde 1945 no ha vuelto a haber nuevas «guerras mundiales». Si hubiera una, ¡tal vez sería la última! El miedo al que Russell dedicó buena parte de su vida, la llamada Destrucción Mutua Asegurada (conocida internacionalmente por su acrónimo en inglés «MAD»), probablemente ha servido para evitar las grandes guerras. Los terrores de una etapa posapocalíptica de la humanidad se han plasmado en novelas y películas desde la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días. Pero esto no ha impedido desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días todo tipo de las llamadas «guerras proxis». Y no nos engañemos: estas llamadas guerras menores han dejado millones de civiles muertos e incontables ciudades reducidas a cenizas y escombros. ¿Por qué? La respuesta de Russell no es la única, ni seguramente la mejor posible hoy día, pero remueve cuestiones profundas que ayudarán a los lectores a avanzar en sus propias reflexiones.
La introducción a la versión inglesa de esta edición, escrita por el recientemente fallecido Richard Rempel, ofrece una visión muy completa de los orígenes y recepción de ¿Por qué luchamos? Aquí nos gustaría insistir en que, ya antes de que el Imperio británico declarara la guerra a Alemania, Russell organizó una petición, firmada por más de sesenta catedráticos de Cambridge, expresando «su convicción de la importancia suprema de preservar la neutralidad de Inglaterra», ya que «ningún interés vital de este país está en peligro como para justificar nuestra participación en una guerra». En ese momento estaba seguro de que la mayoría de los británicos se oponían a la guerra. Se equivocaba. Vio cómo sus amigos más cercanos mandaban gustosos a sus hijos hacia una muerte segura en nombre de la civilización. Y presenció las celebraciones de la muchedumbre al caer abatido un zepelín alemán en el centro de Londres. Se alegraban de la muerte de jóvenes cuyo único crimen era pertenecer al «enemigo». Pero, al comienzo de la guerra, Russell no había perdido por completo la esperanza de que «algún día emergeremos a un mundo más cuerdo». El pacifismo de Russell, él mismo lo enfatizaba, no era radical; por el contrario, Russell estaba dispuesto a justificar lo que él llamaba, con intenso aire colonialista, «las guerras de civilización»; pero entre las naciones civilizadas no había justificación posible para los conflictos armados.
Russell se vio forzado a navegar a través de las complejidades políticas, morales y sociales abiertas por la Primera Guerra Mundial en un precario estado de salud mental. «Cuando llegó la guerra —recordaba Russell años después—, sentí como si escuchara la voz de Dios». La Gran Guerra, continuaba Russell, lo cambió todo: «Dejé de ser académico y comencé a escribir un nuevo tipo de libros». La guerra fue mucho más larga y brutal de lo que nadie había previsto inicialmente. Esta circunstancia sumió a Russell en, usando sus propias palabras, una «negra desesperación», llegando incluso a considerar el suicidio. Russell difícilmente podía soportar el dolor existencial que le provocaba su interpretación apocalíptica y misántropa de la guerra: «Odio al mundo y a casi todas las personas que lo habitan», recordaría años después. Según su propio testimonio, hasta la Gran Guerra era un empedernido optimista antropológico cuya fe en el progreso global fomentado por la ciencia resultaba inquebrantable. La Ciencia, en mayúsculas, estaba destinada a traernos una futura Edad de Oro de progreso material, moral y estético ilimitado —añadiendo Russell, eso sí, que esta utópica situación solo ocurriría si la Ciencia derrotaba al dragón oscuro representado por la Religión—. No obstante, desde la Primera Guerra Mundial y los años inmediatamente posteriores, la visión del futuro de la humanidad promovida por Russell comenzó a hacerse progresivamente más y más lúgubre, hasta convertirse en uno de los más renombrados profetas del apocalipsis industrial.[3]
En 1915 Russell publicó un folleto titulado La política de la Entente, el cual era una respuesta pública al respaldo y justificación de la guerra por parte del filólogo e intelectual público Gilbert Murray. Dado el eco social del texto de apoyo a la guerra por parte de Murray, que fue distribuido en secreto por el gobierno entre los formadores de opinión del Reino Unido, la respuesta de Russell a Murray desencadenó un debate público que fomentó la fama de Russell más allá de los muros de la universidad. También marcó su ruptura pública con la línea oficial del Partido Liberal, que hasta entonces había apoyado. Con las ideas más claras y el apoyo de los socialistas antibelicistas, se lanzó al proyecto más ambicioso con la publicación de LosPrincipios, que fue el primer éxito de ventas de Russell. El propio Russell quedó tanto sorprendido por su éxito como complacido por los beneficios económicos que este éxito le reportó. Había nacido un intelectual público.
Russell capitalizó la popularidad de ¿Por qué luchamos? de diversos modos. Cuando Estados Unidos todavía era neutral, Russell escribió al presidente Wilson instándolo a «salvar al mundo» manteniéndose al margen de la guerra. La carta apareció en varios periódicos estadounidenses el 23 de diciembre de 1916. Decepcionado por la participación del presidente Wilson en la guerra, Russell predicó públicamente en contra del papel de Estados Unidos del lado del Reino Unido. En un editorial que escribió en enero para el Tribunal, Russell incluyó demasiados insultos explícitos contra los gobiernos británico y estadounidense. Esto llevó a un procesamiento que resultó en el encarcelamiento de Russell por traidor. Los seis meses de prisión aumentaron su prestigio y su popularidad como agitador público. Esenciales fueron también la participación de Russell en la No-Conscription Fellowship (NCF), vinculada al Partido Laborista Independiente y dedicada a combatir el reclutamiento de nuevos soldados y a fomentar el antibelicismo. Naturalmente, acuciados por la propaganda del gobierno y otros mecanismos sociales, una buena parte de la opinión pública británica veía a los objetores del servicio militar obligatorio como traidores. Pero también hubo público para el pacifismo. La Convención de Leeds de junio de 1917 reunió a más de mil pacifistas, la mayoría pertenecientes al Partido Laborista Independiente y al Partido Socialista. La convención obtuvo un gran eco social y la prensa internacional informó que Bertrand Russell, el conocido profesor de la Universidad de Cambridge, había predicado el espíritu pacifista junto con miembros destacados del Partido Laborista. «Para mi sorpresa —Russell recordaba años después—, cuando me levanté para hablar, me dieron la mayor ovación que nadie podía dar».
La creciente popularidad de Russell se cimentaba en buena medida en la progresiva polarización de la sociedad británica. Una parte importante de la opinión pública apoyó el papel del gobierno en la guerra desde el primer momento. Los intelectuales belicistas se unían a la corriente filosófica que veía en la guerra algo inevitable. Por ejemplo, Benjamin Kidd (que desempeñó un papel crucial en la formación de la sociología como disciplina académica), defendía que las guerras eran fundamentales para el progreso humano. Si en la Grecia clásica Heráclito de Éfeso había declarado que la lucha era la madre de todas las cosas y su fin llevaría a la parálisis de la realidad, siglos más tarde el filósofo alemán Hegel había vuelto a defender posturas similares, afirmando que periodos largos de paz debilitan a los pueblos. La justificación de la guerra como motor del progreso civilizatorio, o al menos como una suerte de mal menor necesario para dicho progreso de la civilización humana (entendida en términos del hombre blanco occidental), estaba respaldada por las élites dirigentes políticas, económicas, religiosas y educativas.
Contra esta postura, los movimientos socialistas radicales organizaron una oposición pacifista. Veían en el pacifismo una oportunidad inmejorable para poner fin al orden capitalista victoriano, y argumentaban que el capitalismo conducía de modo necesario a guerras imperialistas y nacionalistas. Al comienzo de la guerra, Russell le confesó por escrito a su amante Lady Ottoline que «los socialistas son la esperanza del mundo; han ganado importancia durante esta guerra. Me tragaría el socialismo por el bien de la paz». Estos movimientos socialistas encontraron apoyo en sectores izquierdistas de la esfera civil británica que también respaldaban el pacifismo. Pero otros sectores izquierdistas apoyaron la entrada del Reino Unido en la guerra con igual entusiasmo. Importantes intelectuales progresistas vieron la Gran Guerra como el mal menor necesario contra el imperialismo alemán, considerado a menudo como la encarnación más pura y destilada de la maldad humana. H. G. Wells, conocido socialista fabiano, tituló el conflicto «la guerra que pondría fin a todas las guerras» en un famoso artículo en el que apoyó con entusiasmo la declaración de guerra del Reino Unido. La idea detrás de Wells y otros era sencilla, aunque no por ello menos impactante: una victoria británica definitiva contra las fuerzas del Mal traería finalmente la paz más duradera que la humanidad habría de conocer. Frente a esta idea construyó Russell su argumentación. En ¿Por qué luchamos? Russell rechaza todo tipo de visión necesitarista o glorificadora de la guerra, proporcionando razones de cuño psicológico de por qué luchamos y expresando esperanza en una solución futura a través de la reeducación de la naturaleza humana.
En ¿Por qué luchamos?, Russell no se centra, salvo muy de pasada, en las causas históricas, políticas o diplomáticas específicas que condujeron a la Primera Guerra Mundial. A pesar del uso de ejemplos históricos a lo largo del texto, no se trata de un libro de historia. Es un libro de filosofía política que ofrece una concepción de la guerra apoyada en teorías psicológicas, antropológicas y morales. Estas causas profundas serían los fundamentos de la sociedad, la economía y la política, y sirven a Russell para explicar tanto la falta de entendimiento y cooperación entre naciones como las posibles vías de resolución y reconstrucción social. Por esto no debe sorprender que el índice de este libro, dedicado a la guerra, muestre temas tan variopintos como la propiedad, la educación, el matrimonio o la religión. La ambición de ¿Por qué luchamos? es construir una teoría de la acción humana general y ver cómo se concreta a través de instituciones sociales y políticas.
Teniendo siempre como trasfondo la Gran Guerra, Russell analiza el papel de los impulsos psicológicos y de las principales instituciones de su época en el fomento de la fiebre bélica, para proponer posteriormente lo que a su juicio son las necesarias vías de reconstrucción social y política después de la hecatombe armada. Esta dimensión prescriptiva queda recogida en el título original propuesto por Russell para la edición británica del libro: Principios de reconstrucción social. Es decir, tanto el título británico (Principios de reconstrucción social)como el estadounidense (¿Por qué luchamos?) recogen los dos aspectos esenciales de este ensayo.
Russell comienza el libro señalando que le parecen inadecuadas las dos grandes visiones de la Gran Guerra. La opinión más extendida en el Reino Unido consiste en explicar el conflicto como una consecuencia necesaria de la maldad de los alemanes. Por otra parte, y frente a esta visión, la mayoría de los pacifistas sitúan la causa de la guerra en un lamentable enredo diplomático fácilmente explicable por las ambiciones desmesuradas de los gobiernos en el contexto de una economía colonialista.
Estos extendidos puntos de vista, Russell dirá, son tristemente miopes; no se dan cuenta de hasta qué punto la guerra surge de la naturaleza humana ordinaria, y por tanto la génesis de la Primera Guerra Mundial no representa ninguna anomalía en la historia de la humanidad. Tanto los alemanes como los dirigentes de los gobiernos están hechos de la misma pasta que el resto de los seres humanos, impulsados por las mismas emociones que impulsan a los demás, y no se diferencian mucho del resto del mundo excepto en sus circunstancias. Se trata, por tanto, de describir la naturaleza humana, pero también de comprender los mecanismos para cambiarla.[4]
El análisis de la naturaleza humana que Russell esboza en ¿Por qué luchamos? se aleja del enfoque individualista propio del liberalismo tradicional y su defensa de la teoría de la elección racional como motor de la acción humana. El liberalismo, ideología otrora muy apreciada por Russell, se había convertido durante la guerra en la doctrina de los belicistas patrióticos. Russell nunca más volverá a defender los principios de transparencia y racionalidad de la naturaleza humana esgrimidos por el liberalismo británico clásico. En la teoría antropológica que Russell defiende desde la Primera Guerra Mundial, el alma humana aparece como algo opaco, contradictorio y tendente a la autodestrucción.
Russell trata de demostrar en ¿Por qué luchamos?que las acciones humanas, antes que de la razón, emanan de dos fuentes principales: el impulso y el deseo. Para Russell, mientras que el papel del deseo ha sido ampliamente reconocido y analizado, el impulso como motor de la actividad humana ha sido ninguneado, cuando no directamente ignorado. En el retrato que Russell hace de la naturaleza humana, el deseo no gobierna más que una parte de la actividad humana, y ni siquiera la más importante, «sino solo la más consciente, explícita y civilizada». La parte instintiva de la naturaleza humana está dominada por impulsos inconscientes ajenos a la actividad racional. Impulsos que, al contrario que los deseos, carecen de una meta clara y fija. En palabras del propio Russell:
En toda la parte más instintiva de nuestra naturaleza estamos dominados por impulsos por realizar determinados tipos de actividad, no por deseos para determinados fines. Los niños corren y gritan no porque esperen conseguir algo bueno, sino debido a un impulso directo de correr y gritar. Los perros aúllan a la luna, no porque consideren que vayan a obtener algo al hacerlo, sino porque sienten un impulso por ladrar. No hay ningún propósito, sino meramente un impulso, que anima a realizar acciones tales como comer, beber, hacer el amor, pelearse o alardear. (pp. 50-51)
Pese a este carácter inconsciente, instintivo e irracional, el impulso no es algo que haya que destruir para Russell. Una persona, por no decir una sociedad, que viviera sin impulsos, se encontraría totalmente zombificada. Para Russell, los impulsos pueden clasificarse en dos grandes tipos: por un lado, tenemos impulsos destructivos o posesivos, y por otro, constructivos o creativos. Por ello, en la antropología russelliana, el impulso ciego es tanto fuente de lo bueno como de lo malo del ser humano; tanto de la guerra y sus carnicerías como de las excelencias de la ciencia, el arte y el amor desinteresado. Por tanto, no se trata de mutilar la naturaleza «impulsiva» de los seres humanos, sino, por el contrario, de fomentar, a través de la reforma institucional política, económica, educativa y artística, los impulsos creativos, domesticando en la medida de lo posible los impulsos destructivos y posesivos. Para evitar el conflicto y la guerra, es la vida del impulso la que necesita ser cambiada, no solo la vida de pensamiento consciente. En este esquema russelliano, el control racional de los impulsos violentos y las pasiones guerreras es una condición necesaria pero no suficiente para conseguir la paz. Es decir, la razón, por sí sola, es impotente para frenar la fiebre bélica y antagónica del ser humano.
La Gran Guerra, sostiene Russell, demuestra de modo claro que los impulsos y los deseos oscuros son mucho más poderosos que los propósitos conscientes y racionales a la hora de desarrollar la vida humana. La guerra, desde un punto de vista puramente racional, es absurda. Es decir, a Russell le parece obvio que, sometidos a la balanza costes-beneficios, los espantosos costes humanos y materiales de las grandes guerras son mucho mayores que sus beneficios económicos o políticos. Movidas inconscientemente por sus impulsos más oscuros, las élites belicistas desean la guerra, y manipulan a las masas para su ferviente apoyo. Los grandes logros racionales humanos, como la producción industrial, acaban al servicio de estas incomprensibles y siniestras fuerzas humanas. Así, posibilitado por las nuevas tecnologías, el sistema político, económico, educativo, religioso y social, permite la fácil manipulación y opresión de las masas. El sistema económico capitalista se fundamenta en el impulso por la propiedad y la posesión como ideales supremos, convirtiendo la vida comunitaria en juegos competitivos de suma cero; el sistema educativo está diseñado por las élites económicas y políticas para convertir a los niños en dóciles ovejas propensas a seguir todo tipo de órdenes de las élites dirigentes, que a su vez caminan en tinieblas movidas inconscientemente por sus impulsos destructivos; la moralidad, eminentemente cristiana en la época, también está al servicio de las élites dominantes, y su objetivo es transformar a los ciudadanos en marionetas llenas de tabúes y miedos irracionales. Los sistema socioculturales y políticos de las naciones combatientes están diseñados para convertir a los hombres en productores y soldados, por un lado, y a las mujeres, prisioneras de la institución del matrimonio, en creadoras de futuros productores, soldados e infelices esposas, por otro. Igualmente, la religión ha destruido tanto la vida de la mente como la vida del espíritu, bloqueando cualquier atisbo de pensamiento crítico capaz de desafiar el perverso orden establecido.
Después de este sombrío análisis de la naturaleza humana y de las condiciones que han llevado a la Gran Guerra, Russell presenta su propuesta de salvación. Es lo que llamamos antes el lado prescriptivo recogido por el título original de este libro (Principios de reconstrucción social).Russell propone un kit de soluciones necesariamente generales, pues a su juicio las soluciones concretas dependen de qué clase de mundo nos dejará la guerra, algo que durante la escritura y confección del libro aún no podía saberse. Estas soluciones oscilan desde una reforma radical de la educación y el fomento del sindicalismo en la esfera laboral, hasta una transformación de la institución matrimonial que dé muchas más libertades a las mujeres, pasando por la creación de un Estado Mundial que nos salve del Juicio Final. La radicalización del proyecto de cooperación internacional en un futuro Estado mundial no era ninguna ocurrencia fortuita de Russell; por el contrario, dicho ideal era común en varias esferas de la intelectualidad británica, como la Sociedad Fabiana. No obstante, muy probablemente fue Russell el que con más ahínco lo defendió públicamente durante décadas, presentándolo una y otra vez como la panacea que salvaría a la humanidad de los peores males.
Russell fantaseó sobre cómo el Gobierno mundial, después de un inevitable periodo de implantación violenta, impondría un cambio completamente radical a nivel global, imposibilitando la competencia internacional bélica por los recursos finitos. La propuesta implicaba el mayor programa de ingeniería social jamás llevado a cabo, implantando un modelo de educación a nivel mundial que ayudara a los seres humanos a reprimir su dimensión impulsiva más destructiva y posesiva, aquella precisamente que explica por qué luchamos, en vez de destinar nuestras energías vitales a la cooperación, la creatividad y la armonía social. Todas las reformas institucionales y morales que Russell defiende están encaminadas a fomentar los impulsos creativos, y por tanto luminosos, de la naturaleza humana. Así, por ejemplo, la reforma educativa estimularía el pensamiento crítico y la inventiva, mientras que la reforma laboral, al permitir mayor tiempo de ocio, fomentaría el interés por actividades «no productivas», pero estimulantes de los impulsos constructivos y creativos humanos. La idea detrás de todas las reformas propuestas por Russell es simple: formando mejores personas a través del cambio institucional y social podríamos evitar por fin los conflictos bélicos que han asolado a los pueblos durante milenios.
¿Qué nos dicen todos estos análisis hoy en día, cien años después de su publicación? Es innegable que ciertos elementos de ¿Por qué luchamos? han envejecido mejor que otros. Algunos de los puntos más obsoletos de la teoría russelliana tendrían que ver con el cambio de condiciones materiales y contextos políticos, pues el mundo en que vivimos hoy día es muy diferente al de la Primera Guerra Mundial, ajena a Internet, la inteligencia artificial, la ONU o la OTAN. Sobre esto tan solo señalaremos que, a pesar de estos cambios, existen también continuidades que siguen haciendo atractivos varios de los análisis de Russell y que, algunas de las instituciones actuales, hunden sus raíces en las luchas coloniales de principios del siglo XX.
Otro tipo de elementos que hay que revisar son los relacionados con el cambio de valores y de paradigmas morales e ideológicos. Es inevitable que un libro escrito hace casi cien años no choque con muchas de las sensibilidades morales actuales. Russell, considerado hace décadas como uno de los progresistas de ideas más radicales de su tiempo, sería visto por muchos a día de hoy como un viejo reaccionario. Por ejemplo, Russell defiende la necesidad de la eugenesia, preocupado por el hecho de que los miembros más aptos de la sociedad europea no se estén reproduciendo tanto como los individuos menos favorables. Aterrorizado por lo que veía como el inexorable deterioro de la calidad biológica de la sociedad europea, Russell reconoce que sus propuestas podrían no ser aceptadas en Inglaterra debido a preocupaciones sobre la equidad. No obstante (¡atención!), especula con que un país como Alemania podría implementar medidas eugenésicas y, como resultado, obtener una ventaja sobre otros. Es cierto que las ideas eugenésicas estaban muy difundidas en las sociedades occidentales de la época y ni mucho menos fueron exclusivas de la Alemania nazi. Pero no por ello sorprenderá menos a los lectores encontrar en estas páginas afirmaciones como las siguientes:
Nuestro sistema actual despilfarra el material humano: por una parte, perjudicando la salud y la eficiencia de los trabajadores de la industria, especialmente cuando se emplea a mujeres y a niños; y por otra parte, por el hecho de que los mejores trabajadores tienden a tener familias pequeñas y las razas más civilizadas están en peligro de extinción gradual. Cada gran ciudad es un centro de deterioro de la raza. [...] las afirmaciones de Malthus sobre la cuestión de la población habían sido bastante acertadas hasta el momento en que las escribió. Siguen siendo ciertas de las razas bárbaras y a medio civilizar, y de los peores elementos entre las razas civilizadas. Pero han acabado siendo falsas respecto a la mitad más civilizada de la población de Europa occidental y Estados Unidos. (pp. 145-146 y 196)
Hay otras tesis políticas de este libro que no podemos aceptar, como la sugerencia de que el despotismo es fundamentalmente un fenómeno oriental y que, por tanto, el insoportable autoritarismo de las iglesias cristianas hay que rastrearlo en sus influencias orientales. La idea del origen oriental del despotismo fue defendida por ahínco por pensadores clásicos como Hegel, Marx o Engels. Y en nuestros días no es difícil encontrar intelectuales públicos conservadores que continúan coqueteando con ella, como Jordan Peterson o Ben Shapiro. Pero hay datos históricos y antropológicos suficientes como para rechazar esa visión como un producto del etnocentrismo europeo. Más que el origen del despotismo, lo que habría que rastrear en algunas partes de Asia, como Sumeria, Egipto o China, es el nacimiento de la civilización, con sus complejos sistemas de gobierno, instituciones y formas de escritura. Igual que pasaba con los valores obsoletos, es natural que tras cien años algunas tesis importantes del libro no sean compatibles con conocimientos actuales.
¿Y qué decir de la tesis central del libro acerca de la naturaleza humana y su papel en la guerra? Algunas ideas de Russell sobre la psique humana deben ser matizadas. A nuestro juicio, Russell acierta en su crítica a la visión transparente y «racionalista» de la mente humana. Esto hace su lectura imprescindible aún hoy en día. Sin embargo, desde hace varias décadas las investigaciones sobre percepción y cognición inconscientes arrojan una pintura de la psique humana aún más compleja que la elaborada por Russell. Igualmente, la psicología actual matizaría varias de las hipótesis de Russell sobre el aparato emocional y volitivo humano. De hecho, el propio Russell es menos simplista en escritos posteriores, como Análisis de la mente, de 1921. Además, es difícil aceptar el maniqueísmo de los impulsos defendido en ¿Por qué luchamos?, clasificados en destructivos/posesivos y constructivos/creadores. Incluso dentro de esta clasificación binaria, podríamos decir que la situación es aún más compleja, pues una persona puede tener el impulso, por ejemplo, de querer destruir una adicción tóxica o marcos mentales o de comportamiento que conducen a situaciones disfuncionales y miserables. A su vez, los impulsos «creativos» y «constructivos», aun con las mejores intenciones, pueden conducir a todo tipo de situaciones que consideramos deleznables, tanto a nivel individual como grupal y social.
Igualmente, aunque la dimensión psicológica es esencial a la hora de explicar cualquier fenómeno social y cultural en general, lo cierto es que el enfoque de Russell sobre la génesis de la guerra se nos muestra como decididamente reduccionista. El propio Russell matizó esto unos años después, haciendo más hincapié en las causas estructurales por las que la civilización industrial repartida en naciones-Estado tiene como producto inevitable la guerra.[5] El psicologismo de Russell, heredado del empirismo moderno y de otros pensadores como Ernst Mach o William James, es una constante en la mayoría de sus obras de contenido político, moral y social. Frente a este enfoque unidimensional, los enfoques interdisciplinares científicos y filosóficos actuales nos muestran que la guerra es un fenómeno multidimensional, y por tanto multicausal. Por tanto, contamos con buenos argumentos para sostener que la esfera psicológica, por importante que sea, no puede tratar de secuestrar el resto de esferas humanas, como la política, la económica o la militar.
Ahora bien, nuestra conclusión es la siguiente: pese a todos los puntos en que nos alejemos de las teorías de Russell, ¿Por qué luchamos? sigue siendo una lectura imprescindible. Y no solo para entender la historia del siglo XX (cosa que ya de por sí sería más que suficiente). El presente libro cuenta con múltiples tesis de actualidad, se esté de acuerdo o no con ellas. Estas tesis giran en torno a la exploración de vías de cooperación entre los Estados-nación en su feroz competencia por recursos finitos, la creación de organismos internacionales que regulen, hasta donde sea posible, los aspectos más siniestros de la competencia internacional, la importancia de las reformas educativas para fomentar la creatividad y el pensamiento crítico en vez de la obediencia ciega, la conciliación del mundo laboral con otras esferas de nuestra vida social y privada, la crítica al uso político-orwelliano de las religiones, el problema de la creciente baja natalidad en las naciones industrializadas o la actualización de la institución del matrimonio, que podía resultar tan opresiva en el pasado.
Además de todos estos provechosos puntos, queremos advertir algo de no poca importancia: leer a Russell es adictivo. Frente al estilo innecesariamente críptico y esotérico de tantos intelectuales y filósofos, la prosa de Russell es ágil y elegante; sus argumentos están expuestos de un modo claro, tratando de huir de innecesarias vaguedades y ambigüedades. Y, lo más importante, el material de análisis es siempre fascinante. Por nuestra parte, creemos que no podemos sino estar agradecidos por siempre a Russell por hacernos pensar en una de las cuestiones más trascendentales de la humanidad: ¿por qué luchamos?
JAVIER PÉREZ JARA y LINO CAMPRUBÍ,
profesores de Filosofía en la Universidad de Sevilla
y autores de Science and Apocalypse in Bertrand
Russell: A Cultural Sociology
(Lexington Books, 2022)
Le souffle, le rhythme, la vraie force populaire manqua à la réaction. Elle eut les rois, les trésors, les armées; elle écrasa les peuples, mais elle resta muette. Elle tua en silence; elle ne put parler qu’avec le canon sur ses horribles champs de bataille. [...] Tuer quinze millions d’hommes par la faim et l’épée, à la bonne heure, cela se peut. Mais faire un petit chant, un air aimé de tous, voilà ce que nulle machination ne donnera. [...] Don réservé, béni. [...] Ce chant peut-être à l’aube jaillira d’un cœur simple, ou l’alouette le trouvera en montant au soleil, de son sillon d’avril.
MICHELET
Tanto los especialistas como el gran público reconocen que este libro es la aportación más importante de Russell a la filosofía política. Escrito cuando las bajas de la Gran Guerra eran cada vez más espantosas, pretendía sustituir lo que desde 1914 era para Russell el anticuado liberalismo decimonónico de Jeremy Bentham y John Stuart Mill. A finales de 1915 y principios de 1916, Russell propuso una teoría política basada «en la creencia de que el impulso tiene más efecto que el propósito consciente en el moldeado de la vida de los hombres». La mayor parte de su vida se mantuvo fiel al ambicioso análisis desarrollado en los Principios, y solía afirmar que ese libro era la expresión «menos insatisfactoria» de su «propia religión personal».[1] Las ideas de Russell tomaron forma primero con una serie de conferencias en Londres a principios de 1916 sobre «Principios de reconstrucción social» y se publicaron como libro con el mismo título el 13 de noviembre de 1916. La edición británica se reimprimió trece veces hasta 1954, y luego apareció una segunda edición en 1960; de la segunda edición se realizaron cuatro reimpresiones, la última en 1989. En Estados Unidos, el libro se publicó por primera vez en enero de 1917 con el título Why Men Fight. En 1971, ya se habían lanzado ocho reimpresiones.
De las experiencias políticas de preguerra de Russell, poco le había preparado para el entusiasmo con el que sus compatriotas iban a la guerra y se hacían incluso más militantes a medida que el conflicto se intensificaba. Por lo tanto, a mediados de 1915, emprendió una completa revisión de la base teórica de la política analizando las raíces del comportamiento social, intelectual y emocional que, afirmaba, tenía su origen, o bien en impulsos destructivos o posesivos, o bien en impulsos constructivos o creativos. Para Russell, la clave para tener una sociedad sana estaba en crear relaciones familiares, formación académica e instituciones políticas que fomentaran el desarrollo de impulsos creativos.
Estos argumentos alejaron a Russell de sus valores políticos anteriores, ya que, hasta la declaración de las hostilidades, había sido un liberal con un fuerte componente de radicalismo mediovictoriano del que él se había empapado en Pembroke Lodge. Existen algunos indicios anteriores a la guerra que indican que Russell había pensado modificar el racionalismo de la tradición liberal en favor de una teoría psicológica del impulso. En particular, había quedado impresionado por dos escritos del filósofo estadounidense William James, que aparecieron en 1913 en una colección póstuma de sus ensayos y discursos. El primero fue su conocido ensayo «The Moral Equivalent of War [El equivalente moral de la guerra]» y el otro, una conferencia dada en Estados Unidos titulada «Remarks at the Peace Banquet [Comentarios en el Banquete por la Paz]». En ambos, se mantenía que la mayoría de la gente necesitaba un enemigo y deseaba la guerra como una forma de liberar su energía vital. Pero James razonaba que, puesto que el progreso exigía paz, era imprescindible que el enemigo no fuera humano. La guerra volvió a despertar el interés de Russell en James y en la cuestión de las raíces psicológicas de la agresión. De hecho, ya en octubre de 1914, la influencia jamesiana era evidente cuando Russell escribió su artículo «Why Nations Love War [Por qué las naciones aman la guerra]» para la publicación periódica de Norman Angell, War and Peace. Posteriormente, en Principios de reconstrucción social, Russell hizo directamente referencia a James:
Su exposición del problema no podría mejorarse; y hasta donde yo sé, es el único escritor que se ha enfrentado al problema de forma adecuada. Pero su solución no es la adecuada; tal vez no sea posible hallar una solución adecuada.[2]
Antes de 1914, Russell también había leído The Psychology of Insanity, de Bernard Hart, con su énfasis sobre los impulsos inconscientes. A pesar de ello, no parece que Russell hubiera leído ninguna de las obras de Freud antes del final de la guerra.
Russell expuso inicialmente sus ideas sobre la reconstrucción en una serie de ocho conferencias presentadas en el Caxton Hall de Londres entre el 18 de enero y el 7
