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Este libro trata de las prácticas alienadoras familiares, una modalidad de maltrato infantil especialmente correosa y difícil de combatir, ya que se encuentra en la encrucijada entre la parentalidad y la relación conyugal. Cuando las tormentas que azotan a la relación de pareja alcanzan su mayor intensidad la protección de los hijos queda amenazada. El maltrato parento-filial es el más claro exponente del fracaso del amor como fenómeno relacional complejo propio de la condición humana. Este tipo de maltrato existió desde los orígenes de la especie, pero fue con la llamada revolución neolítica cuándo alcanzó una expansión significativa. La obra se compone de varios bloques temáticos que abordan la parte teórica, las bases para la definición de los fenómenos de alienación familiar, y una descripción de las Prácticas Alineadoras Familiares (PAF) como una alternativa al Síndrome de Alienación Parental (SAP). También se describen casos que ilustran algunas de las ideas centrales del libro y sus aplicaciones en España, Italia, Chile y Perú.
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Seitenzahl: 370
Veröffentlichungsjahr: 2015
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© 2015, Juan Luis Linares, Teresa Moratalla, Ana Pérez, Silvia Macassi, José Molero, Rosa Zayas, Octavio León, Virginia Inés Franch, Cristina Günther, Ana Vilaregut, Lia Mastropaolo, Regina Giraldo, Catalina Wild, Edén Castañeda, Sandro Giovanazzi, Silvia Reyes
© Del prólogo, Aldo Morrone, 2015
Primera edición: junio de 2015, Barcelona
Derechos reservados para todas las ediciones en castellano
© Editorial Gedisa, S.A.
Avenida del Tibidabo, 12 (3º)08022 Barcelona, EspañaTel. (+34) 93 253 09 [email protected]://www.gedisa.com
Preimpresión: Editor Service, S.L.
Diagonal 299, entresuelo 1ª
Tel. 93 457 50 65
08013 Barcelona
www.editorservice.net
eISBN: 978-84-9784-923-4
eDepósito legal: B.10.583-2015
Queda prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio de impresión, en forma idéntica, extractada o modificada, en castellano o en cualquier otro idioma.
A Clara, Manuel, Bruna
y Joan, cuatro soles que
iluminan mi vida
Índice
Prólogo
Primera parte
1 Introducción
2 El Síndrome de Alienación Parental: historia y política
3 Prácticas Alienadoras Familiares. Una visión relacional
4 Datos de una investigación
Segunda parte
5 El rol del padre en las Prácticas Alienadoras Familiares
6 El rol de la madre en las Prácticas Alienadoras Familiares
7 Estudio cuantitativo de una familia. El niño y las PAF
8 Estudio cualitativo de una familia. A imperios olvidados, puentes narrados
Tercera parte
9 Sobre las Prácticas Alienadoras Familiares en Italia
10 Alienación familiar: constitución y ruptura de la relación de pareja
11 Experiencia terapéutica con familias peruanas. El Centro Llibertat en Cajamarca
12 Percepción por los abogados y jueces del ámbito de familia en Chile del concepto de Síndrome de Alienación Parental, y sus consecuencias para su salud mental
13 Epílogo
Colaboradores
Bibliografía
Prólogo
Aldo Morrone1
(Traducción: Juan Luis Linares)
Diariamente seguimos las noticias a propósito del poder destructivo del adulto sobre el niño: manos de chiquillos para trabajar en fábricas de zapatos o armadas con fusiles en ejércitos en guerra. ¡Basta!, grita nuestro corazón. Y, sin embargo, es preciso hablar también del poder abusivo del adulto sobre el niño en nuestras casas, sobre todo cuando éstas sufren un terremoto de la intensidad del divorcio. Linares afronta sin equívocos el tema del maltrato por parte del adulto y declara, ya desde la primera página, que la alienación es un proceso de abuso psicológico infantil. La mesa está servida.
Desde la dedicatoria a sus hijos y a través de todo el libro, el escrito de Linares transpira amor por la infancia, en particular la que está sometida a rápidas mutaciones familiares. Más allá de todas las demás aportaciones clínicas, él nos propone un mensaje de esperanza y sobre todo del deber, de la obligación por parte de los adultos, profesionales y familiares, de implicarse más y de mejor manera. El libro constituye otro paso hacia la verdadera emancipación de la infancia: a través de las leyes y de los tribunales, pero, sobre todo, en lo que se refiere a los profesionales, a través del respeto a la persona del niño, a su palabra, a su concepción del mundo, a sus roles y, por qué no, a sus responsabilidades en el seno de la familia.
Linares escribe una verdadera relación enciclopédica sobre los desarrollos teóricos y prácticos de la sistémica y de la terapia familiar. El lector interesado encontrará respuestas varias a sus interrogantes sobre las difíciles relaciones en los campos de la conyugalidad y la parentalidad, tanto en general como en el ámbito de las evoluciones rápidas debidas al divorcio.
Desde principios de los años ochenta hasta hoy, durante mis años de práctica en materia de divorcio, he participado activamente en el desarrollo de una modalidad de intervención muy valorada, la mediación familiar. Al mismo tiempo, he tenido la oportunidad de observar los límites, no sólo de la mediación sino del conjunto del sistema de intervención psico-jurídica, a propósito de uno de los males más graves que surgen en situaciones de divorcio: el comúnmente llamado alienación. Al igual que la mediación, también este concepto se ha puesto de moda, con la diferencia de que la alienación ha dado origen a numerosas polémicas, tanto a propósito de la denominación de síndrome, como de las modalidades de intervención propuestas.
Este libro, en cierto sentido, entra en la polémica, pero proponiendo una mirada interesante, en una vía que conducirá a nuevas metas. Como también demuestran las contribuciones de sus diversos autores, el aporte más importante de esta obra consiste en ir más allá del discurso típico sobre la alienación, ofreciendo una visión posGardner de las dificultades familiares alienadoras. De tal manera, este documento prepara el terreno para una época nueva, que permitirá revisitar los conceptos y las prácticas profesionales en este campo.
El libro construye su argumento refiriéndose a investigaciones y publicaciones de varios especialistas que han estudiado estos fenómenos. Un recorrido que, inexorablemente, conduce a la propuesta crucial: un cambio de paradigma.2 Ir más allá de la noción de síndrome, ya demasiado cargada de connotaciones, es más bien hablar, en nuevos términos, de dinámicas complejas ligadas a los comportamientos y las relaciones descritas como Prácticas Alienadoras Familiares (PAF).
Sistemáticamente sistémico, Linares, por un lado, aporta alivio, reduciendo el impacto de un diagnóstico psiquiátrico. Por otro lado, abre la puerta a la potencialidad de las intervenciones sobre las relaciones y las comunicaciones, implicando al conjunto de los actores. La propuesta de intervención, en sus variantes para adecuarse a la situación, incluye, entre otras, la necesaria consideración de la familia extensa.
El abordaje Prácticas Alienadoras Familiares (PAF), se sirve, por tanto, de las visiones, las experiencias y los desarrollos continuos y fértiles de más de medio siglo de terapia sistémica y de las propuestas de tantos investigadores, terapeutas y filósofos. Hoy Linares tiene el mérito de sacar conclusiones adecuadas y nos sugiere abandonar dicotomías del tipo culpable/inocente, víctima/verdugo, moviéndose hacia la circularidad inherente a los sistemas de actores protagonistas, donde se entrecruzan triangulaciones relacionales, lealtades complejas y características varias de los roles paternos, maternos, terapéuticos y administrativos.
Linares ha sembrado sus ideas sobre las PAF a través del mundo, y el libro incluye capítulos relatando experiencias en varios países, lo cual aumenta en modo exponencial el interés para los lectores. También resulta interesante la idea de la Ecuación Alienadora, que nos impulsa a detenernos para atribuir a cada uno de los actores, sin olvidar a los propios profesionales activos en el sistema, el peso y las potencialidades de sus varios roles. Ya veo cómo este ejercicio generará debates en las mesas de discusión clínica.
El divorcio es el encuentro (¿el choque?) de los sistemas familiar, judicial y terapéutico, fundamentos de nuestra civilización occidental. Resulta, pues, muy interesante seguir a los autores que, más allá de la focalización habitual de la familia, desvelan también los roles y las responsabilidades de los actores del mundo jurídico. El sistema judicial, basado sobre las pruebas y la culpa, tendrá quizás cierta dificultad en aceptar la noción de PAF, aunque, probablemente, obtendrá mucho provecho de ella. Entre otras cosas, encontramos excelente la idea de incluir el capítulo sobre la visión de los abogados, que describe muy bien sus roles y límites, añadiendo un saludable cuestionamiento de sus prácticas.
El concepto de síndrome ha invadido durante una generación la esfera de los profesionales que trabajan con los divorcios difíciles. Espero que este libro ocupe un lugar en el escritorio de gran número de profesionales de los campos psicosociales, así como de abogados y jueces. Además, los numerosos ejemplos prácticos lo convierten en una lectura accesible y útil también para los padres. De esta forma, los diversos actores implicados, profesionales y familiares, pueden valerse de las nuevas ideas propuestas sobre las Prácticas Alienadoras Familiares(PAF), convirtiéndolas en un puente que los una en el camino hacia un futuro mejor.
Agradezco a Juan Luis Linares por haberme dado la oportunidad de acceder a una lectura privada de su obra y por haberme pedido este prólogo. Espero haber respondido adecuadamente al amigo que tengo en él, pero sobre todo al infatigable profesional, ejemplo de investigación continuada al servicio del bienestar de la familia en todas sus formas.
Notas:
1. Aldo Morrone es mediador familiar.
2. En un escrito de principios de la década de 2000 (Family Process, 2001), Linares, proponiendo una terapia familiar «ultramoderna», prefería hablar de encrucijada y no de cambio de paradigma. Yo me permito atribuirle un impacto menos modesto en el campo de las Prácticas Alienadoras Familiares, PAF.
Primera parte
1 Introducción
Juan Luis Linares
Los niños son el bien más precioso de cualquier sociedad, etnia o cultura, la última y más firme garantía de continuidad de la especie. Por eso nuestra diferenciación en tanto que humanos se ha caracterizado, precisamente, por la protección de mujeres y niños, superando la rígida jerarquía característica de las otras especies animales, basada en la fuerza bruta. Basta con ver cómo se alimenta un grupo de mamíferos superiores para apreciar la diferencia: primero come el macho dominante, luego los restantes machos, luego las hembras y, finalmente, las crías. La célebre frase del Titanic (y de tantas situaciones de emergencia menos conocidas) «las mujeres y los niños primero», lejos de representar una trasnochada expresión de machismo paternalista, es un símbolo cabal del éxito evolutivo humano.
Quizás por esa misma razón costó tanto reconocer la dolorosa realidad del maltrato infantil. Recordemos que, hasta fechas recientes, el psicoanálisis, siguiendo los pasos de Freud, atribuyó a la fantasía la narración por los pacientes de experiencias de abuso sexual familiar. Y, en cuanto a la población en general, simplemente cerraba los ojos ante tan perturbadoras evidencias. Por no hablar de las instituciones religiosas que tratan de encubrir con todos sus recursos la gravedad de los abusos perpetrados por algunos de sus miembros.
Este libro trata de lasPrácticas Alienadoras Familiares, una modalidad de maltrato infantil especialmente correosa y difícil de combatir, por cuanto se instala en la encrucijada de la parentalidad y la conyugalidad, allí donde las tormentas que azotan a la relación de pareja alcanzan tal intensidad que amenazan la protección de los hijos y, por tanto, el instinto de conservación de la especie.
El maltrato parento-filial es el más claro exponente del fracaso del amor como fenómeno relacional complejo definitorio de la condición humana. De forma más o menos esporádica existió, probablemente, desde los orígenes de la especie, pero fue con la llamada revolución neolítica cuando alcanzó una expansión significativa.
Efectivamente, existen argumentos fundados para defender el punto de vista según el cual, la condición humana está definida por el amor, y ello desde sus orígenes, que de forma más o menos arbitraria podemos identificar con la bipedestación. Aquellos avispados homínidos que, al percibir la negativa influencia de los cambios climáticos sobre la vegetación (transformación de la selva en sabana), bajaron de los árboles para explorar a pie el entorno, comenzaron a experimentar importantes modificaciones morfológicas que cambiarían profundamente su modo de vida. La bipedestación los hizo progresivamente más espigados y facilitó la expansión de su caja craneana pero, además, tuvo consecuencias decisivas sobre su actividad relacional.
Empezaron a practicar sexo cara a cara, en posición ventro-ventral, una postura que algunos dogmatismos han desacreditado (¡la denostada postura del misionero!), pero que supuso un evidente progreso evolutivo. La vista prevalecía por primera vez sobre el olfato para reconocer al partenaire y, en consecuencia, éste quedaba plenamente identificado y sus emociones diferenciadas. Fue el nacimiento de la pareja. Además, el padre dejó de ser un aleatorio proveedor de ADN para convertirse en una figura conocida y relacionalmente estable. Fue el nacimiento de la familia. Practicar el sexo se convertía en hacer el amor, y éste pasaba a presidir las relaciones más trascendentales.
A ello se debió que la especie humana se convirtiera en hegemónica, alcanzando un espectacular éxito evolutivo, a ese amor solidario que nos hace capaces de cualquier sacrificio en pro de la comunidad, y más aún de los hijos. Otras especies animales defienden a las crías, pero, cuando ven la batalla perdida, son capaces de dar media vuelta y desentenderse totalmente de ellas. Algo inconcebible entre los humanos, que resistirán hasta el último suspiro haciendo posible invertir la situación.
Ha habido descripciones tendenciosas de los orígenes de la humanidad, como la que se empeña en representarlos como una horda sanguinaria y caníbal, cuando cada vez existen más evidencias de que ni siquiera la caza era una actividad tan importante. Aquellos seres tan inteligentes como vulnerables que eran nuestros antepasados, preferían, siempre que les resultara posible, obtener sus proteínas animales del carroñeo, aprovechando el tuétano de los huesos de los grandes mamíferos muertos, que arriesgarse al violento enfrentamiento directo.
Y entonces llegó el neolítico y, con él, la civilización. Se inventaron la agricultura y la ganadería y los humanos dejaron de obsesionarse por la obtención cotidiana del alimento necesario para la supervivencia. Asentados de forma estable en poblados que irían convirtiéndose en ciudades, bastaba con darse una vuelta por el huerto o por el corral para conseguir comida. La inmensa liberación de fuerza de trabajo que ello supuso permitió reconducir ingentes energías a actividades mucho más sofisticadas y creativas. La cultura se enriqueció de forma espectacular.
Pero, por primera vez en la historia de la humanidad, sobraban bienes materiales. Los excedentes de producción se convirtieron en potentes incentivos para la apropiación, y las sociedades humanas se organizaron para llevarla a cabo. Nació el Estado y, con él, los ejércitos y las policías, pero, sobre todo, se produjo una expansión de las relaciones de poder, que alcanzaron a todos los ámbitos de la sociedad, convirtiéndose en la principal fuente de interferencia y bloqueo del amor. En las familias se instauraron el machismo y el maltrato, entre los estamentos y las clases sociales se establecieron relaciones de explotación y dominio, y los pueblos y naciones se entregaron a una serie sin fin de guerras de ocupación y conquista.
Desde entonces podemos afirmar que los humanos somos primariamente amorosos y secundariamente maltratadores. Como especie, seguimos definidos en primera instancia por el amor, que asegura nuestra supervivencia y se mantiene garante de nuestro éxito evolutivo. Pero el maltrato se ha introducido también en nuestra naturaleza, generando múltiples fenómenos destructivos que, eventualmente, pueden constituirse en amenazas de aniquilación. No es difícil ser conscientes de ello cuando se produce una confrontación internacional que activa el riesgo de recurso a las armas nucleares, pero es preciso entender que golpear a una mujer o abusar sexualmente de un niño son prácticas que se sitúan en el mismo horizonte catastrófico. Y con ello estamos haciendo referencia exclusivamente a la punta del iceberg del maltrato intrafamiliar.
Porque, contra la opinión trivializadora que suelen transmitir los medios, el verdadero problema no es el maltrato físico, con toda su inmensa crueldad, sino el maltrato psicológico que subyace a él y lo trasciende. Un hematoma o una erosión cutánea no dejarían de ser lesiones banales si no hubieran sido causadas por quien, debiendo apoyar y proteger, traiciona la confianza y se convierte en verdugo. Por no hablar de la nimiedad de los componentes lesionales de las más terribles agresiones sexuales, perpetradas en la que debería ser segurizante intimidad del hogar. O de la infinita capacidad destructiva de la identidad a que queda expuesto quien sufre la negligencia, vivencia de ser descuidado por quien debería cuidar y, por tanto, de no ser importante para aquéllos de quienes se depende.
El maltrato psicológico es la base relacional de la psicopatología. El proceso puede ser enunciado del siguiente modo: «Somos seres primariamente amorosos, y el amor propicia el desarrollo de nuestra personalidad madura y sana; pero, cuando el poder-dominio interfiere y bloquea el amor, nos convierte en secundariamente maltratantes: maltratamos físicamente, pero, sobre todo, psicológicamente, y así enfermamos y hacemos enfermar». Se trata de un proceso de extraordinaria complejidad, donde amor y poder distan de ser fenómenos simples. Por el contrario, su condición relacional los hace infinitamente variados en sus manifestaciones y aún más en su combinación. Vale la pena examinar el panorama con detenimiento.
La atmósfera relacional en una familia considerada «de origen», es decir, en cuyo seno viene al mundo un niño, puede ser definida por dos dimensiones independientes, aunque mutuamente influenciables: la conyugalidad y la parentalidad. Por conyugalidad se entiende la manera como se relacionan entre sí las figuras que ejercen las funciones parentales, mientras que la parentalidad es justamente la manera como esas funciones parentales son ejercidas. Hay infinitos modelos de familias de origen, aunque el más frecuente y representativo, y por ello aquél al que haremos referencia en primera instancia, es el creado por una pareja heterosexual, padre y madre.
En tales circunstancias, la conyugalidad equivale a la manera, armoniosa o disarmónica, en que la pareja parental elabora y resuelve sus conflictos, dando por sentado que éstos existen inevitablemente. Si se producen la separación y el divorcio, los antiguos cónyuges continúan unidos por vínculos relacionados con la gestión de los hijos, por lo que la conyugalidad no se disuelve totalmente, sino que se convierte en posconyugalidad. Ésta, al igual que aquélla, podrá ser armoniosa o disarmónica, condiciones que, en última instancia, no dependen del estado civil, si bien pueden revestir formas adaptadas al mismo. Por ejemplo, no es propio de una posconyugalidad armoniosa que haya sexo en la pareja parental, pero sí respeto y cordialidad. En cuanto a la posconyugalidad disarmónica, tiene una de sus manifestaciones más características en las prácticas alienadoras familiares a las que está consagrado este libro.
La parentalidad representa el ejercicio del amor parento-filial, que, en tanto que función relacional compleja, posee componentes cognitivos (reconocimiento y valoración, entre otros), emocionales (ternura y cariño) y pragmáticos (sociabilización y, dentro de ella, normatividad y protección). Más adelante veremos con detalle cómo estos distintos ingredientes amorosos, tributarios en su conjunto de la necesaria nutrición relacional, pueden interferirse y bloquearse de forma más o menos específica en diferentes situaciones disfuncionales. De momento, baste con adelantar que la parentalidad puede estar primariamente conservada o primariamente deteriorada, entendiéndose con esa primariedad su independencia de la suerte que corra la conyugalidad. Y que también se puede deteriorar secundariamente bajo el impacto de una conyugalidad o posconyugalidad disarmónica, siendo esto último lastimosamente frecuente en las prácticas alienadoras familiares (Linares, 2012).
El cuadro 1.1 muestra las principales modalidades de maltrato psicológico familiar, resultado de la combinación de las dos grandes dimensiones relacionales que son la conyugalidad y la parentalidad.
En el cuadrante superior izquierdo aparecen las deprivaciones, definidas por la combinación de una conyugalidad armoniosa y una parentalidad primariamente deteriorada. Los padres se llevan bien como pareja, pero fracasan en el ejercicio de las funciones parentales. Existen varias pautas deprivadoras, que, bajo ese común denominador, remiten a patologías diferentes. Por ejemplo, la superposición de un alto nivel de exigencia y una falta de valorización predispone a la depresión (Linares y Campo, 2000), ya que quien sufre esa situación relacional siente que debe dar de sí más de lo que está a su alcance, sin que se le reconozcan los esfuerzos que realiza. También puede ocurrir que un hijo experimente el rechazo de sus padres y, simultáneamente, una hiperprotección que le brinda mimos excesivos. Ello lo hará proclive a desarrollar un trastorno límite de personalidad, puesto que tendrá dificultades para mantener relaciones estables y significativas, a la vez que un notable rechazo de las normas sociales.
Las caotizaciones, que ocupan el cuadrante inferior izquierdo, surgen de la combinación de una conyugalidad disarmónica y una parentalidad primariamente deteriorada. El fracaso simultáneo de los vínculos conyugales y parentales genera una atmósfera relacional intensamente carencial, que, si se desarrolla plenamente, puede dar pie a las más inquietantes patologías, aquéllas que, como la personalidad antisocial, muestran un casi absoluto desconocimiento de la experiencia del amor. Sin embargo, y ya que el ecosistema tiende a generar recursos compensatorios allí donde detecta las más graves deficiencias, no es raro que se produzcan evoluciones paradójicamente más ricas desde el punto de vista de la nutrición relacional. Y ello, tanto en el interior del sistema familiar como desde el exterior. Una madre agobiada por el ingreso en prisión de su errático compañero, puede reaccionar buscándose un trabajo y disminuyendo el consumo de drogas para ocuparse más de los hijos. También una oportuna ayuda de unos vecinos solidarios puede salvar a unos niños de los peligros de la negligencia. Por todo ello, las familias multiproblemáticas que pueblan mayoritariamente este territorio de las caotizaciones, pueden no evolucionar por las pendientes más destructivas.
Por último, las triangulaciones son las situaciones de maltrato psicológico definidas por una conyugalidad disarmónica, cuyo impacto deteriora secundariamente una parentalidad primariamente preservada. Es decir, que unos padres mal avenidos, que inicialmente se interesaban de forma razonable por el bienestar de sus hijos, pueden sucumbir al deseo de implicarlos como aliados en su lucha por la supremacía en la resolución de los conflictos que los enfrentan. La complejidad y la gravedad de la triangulación pueden variar, correspondiéndose con trastornos tan diversos como las neurosis y las psicosis. En el caso de los trastornos neuróticos, la triangulación subyacente es la que llamamos manipulatoria, bastante clara por lo general en sus planteamientos de propuestas de alianzas, lo cual no impide que la ansiedad se instale como síntoma central en la respuesta a los mismos. Los trastornos psicóticos suelen construirse sobre triangulaciones desconfirmadoras, que incorporan un fracaso del reconocimiento, equivalente a la negación relacional de la existencia de quien las sufre.
Este universo de las triangulaciones es el que suele cobijar a las Prácticas Alienadoras Familiares, expresión, por lo general, de las más intensas y explícitas luchas por la «conquista» de los hijos. En los siguientes capítulos tendremos ocasión de profundizar en tan tenebrosos territorios de la condición humana, para explorar sus raíces, entender sus dinámicas y prever sus consecuencias. Vaya por delante la declaración de que, en nuestra opinión, se trata ciertamente de una de las más graves modalidades de maltrato familiar.
2 El Síndrome de Alienación Parental: historia y política
Juan Luis Linares
Teresa Moratalla
Ana Pérez
Con la generalización del divorcio y de las prácticas judiciales a él asociadas, en los últimos años se ha asistido en España, y seguramente en otros países culturalmente próximos, a un desplazamiento a esos ámbitos públicos de algunos de los conflictos que otrora se libraban en la discreta intimidad del hogar. Además, la tradicional supeditación de la mujer al hombre, que hasta no hace tanto tiempo hacía que, por ejemplo, bajo la legislación franquista, el marido debiera autorizar a la esposa a obtener el pasaporte, así como la intolerable violencia ejercida significativamente por los hombres contra las mujeres, provocó una reacción legislativa de signo contrario.
La ley del péndulo, que rige tantas transacciones sociales, se ha instaurado en el espacio donde se producen las relaciones públicas más relevantes entre los géneros, dando pie a que, en la actualidad, se pueda sostener con una cierta legitimidad la inferioridad, e incluso la eventual indefensión, de los hombres en determinadas situaciones conflictivas que les enfrentan a las mujeres. Sin que ello reste un ápice de realismo a los argumentos que continúan enfatizando la insoportable violencia doméstica, protagonizada por los hombres bajo las infames metáforas del bíceps y del falo.
Así las cosas, no es de extrañar la bipolarización existente ante cualquier situación concreta que evoque un desgarro conyugal o familiar definido por el género y, en particular, frente al polémico y controvertido Síndrome de Alienación Parental. El simple hecho de haber dirigido la primera tesis doctoral que se presentó en España sobre este tema (Bolaños, 2001), le ha valido al compilador de este libro no pocas interpelaciones por parte de hombres que, sintiéndose víctimas de confabulaciones contra su parentalidad, recababan su ayuda profesional:
«Doctor, mi hijo no me quiere ver, manipulado por su madre. Es un SAP de libro, como los de la tesis que usted dirigió. ¡Ayúdeme!»
Igualmente, las organizaciones de hombres separados, legítimamente preocupados por la sesgada situación legal que padecen, hacen del SAP bandera, a la que se aferran con ardor numantino. Ni qué decir tiene que, en la trinchera de enfrente, las asociaciones feministas niegan cualquier validez al SAP, al que definen como un instrumento al servicio de los espurios intereses de maltratadores y abusadores sexuales.
Pues bien, es frente a esa situación de auténtica confrontación política, que este libro pretende tomar partido, optando por una serena reflexión científica. Aunque, frente al empecinamiento reduccionista de lo que podemos definir como las políticas de género, la serenidad de nuestro discurso pueda revestir ocasionalmente formas más incisivas. Seremos muy críticos con la implementación social de tales políticas de género, que deforman los horizontes de tantas personas validando sus tendencias más inadecuadas en la íntima encrucijada de sus relaciones familiares. Y señalaremos sin vacilar dichas inadecuaciones, aunque en el ámbito terapéutico extrememos las precauciones para no herir sensibilidades individuales.
El título de este libro es suficientemente expresivo de lo que constituye el núcleo fundamental de nuestra filosofía: las Prácticas Alienadoras Familiaresexisten, pero la complejidad de sus causas y de sus mecanismos de implementación no autorizan a calificarlas como Síndrome de Alienación Parental, ni a asumir la sesgada simplificación con que Gardner (1985) lo describió. En este capítulo doloroso de la historia de las relaciones humanas, no existen buenos y malos al estilo de las peores películas de indios y vaqueros, sino que la bondad y la maldad, entendidas también de forma compleja, se distribuyen entre sus protagonistas de mil maneras diferentes.
En una cronología del SAP, necesariamente limitada, hay que remontarse como precursor al influyente artículo de Tucker y Cornwall (1977), en el que estos autores describieron un caso de locura compartida entre un niño de 10 años y su madre a raíz del divorcio de los padres. El pequeño intentó matar a su padre prendiéndole fuego a su casa. Desde entonces, varios autores han alegado la folie à deux como explicación diagnóstica de la morbosa alianza del hijo con el progenitor alienante (Wakefield y Underwager, 1990; Rogers, 1992).
No sorprende, pues, que sea en la Revista Americana de Psicología Forense donde Rand (1997) publica una de las más interesantes revisiones de la literatura sobre el SAP, en la que se hace evidente que, desde hace mucho tiempo, casi todo lo relevante en este dominio ha sido ya formulado. Incluyendo la rotunda afirmación de la citada autora: «tanto si se elige usar la terminología de Gardner como si no, el problema planteado por estos casos a las familias, a los profesionales y a los tribunales es bien real». Pero no es banal el dilema, puesto que usar la terminología de Gardner implica, en nuestra opinión, aceptar unas connotaciones ideológicas que condicionan la legitimidad de las propuestas.
Blush y Ross (1987) describieron lo que dieron en llamar el SAID, o «Síndrome de las Acusaciones Sexuales en el Divorcio», subrayando la frecuencia con que se vierten falsas acusaciones de abusos sexuales en las dinámicas conflictivas en torno a la separación. Proliferaron los «síndromes», sin un extraordinario rigor en su formulación, pero con una incisiva carga metafórica. Y, por cierto, algunos de sus autores, con Gardner al frente, se batieron para que sus propuestas obtuvieran el reconocimiento de la American Psychiatric Association y fueran incluidas en el DSM-IV.
Así, era inevitable llegar al «Síndrome de Medea»(Jacobs, 1988; Wallerstein y Blakeslee, 1989) y al «Síndrome de la Madre Maligna en Contextos de Divorcio» (Turkat, 1994, 1995). En ambos, se describe al progenitor custodio como ciego de rabia y dispuesto a realizar su venganza sobre el otro, aún a costa del sacrificio de los hijos. El «Síndrome de Munchausen por Poderes» ha sido también relacionado con el SAP por numerosos autores (Sinanan, 1986; Meadow, 1992; Bools, Neale y Meadow, 1993; Rand, 1993; Jones, Lund y Sullivan, 1996). La idea común es que los padres que arriesgan la maduración y la salud mental de sus hijos en aras del conflicto conyugal maligno, privándolos de su acceso al otro progenitor, pueden no dudar en someterlos también a las consecuencias de una medicalización forzada, con exploraciones y tratamientos lesivos y dolorosos, por tal de demostrar que ello se debe a la influencia maligna de éste.
Nosotros mismos (Giovanazzi y Linares, 2007) sucumbimos a la tentación de describir un supuesto «Síndrome del Juicio de Salomón», refiriéndonos a las situaciones, previas a la alienación propiamente dicha, en que el niño es tironeado por sus dos progenitores para arrastrarlo a una coalición sesgadamente unilateral. Un año más tarde apareció el libro de Barbero y Bilbao (2008) titulado El Síndrome de Salomón. El niño partido en dos, que focaliza la misma problemática. Nuestra actual posición, acorde con las críticas a la aplicabilidad del concepto médico de síndrome a estos fenómenos psico-relacionales, es que deben ser llamados de otra manera menos polémica y más adecuada. Proponemos la denominación de «Dinámicas del Juicio de Salomón».
A todo esto, Gardner nunca descuidó la actualización de sus propuestas, permaneciendo fiel a sus principales obsesiones. Así, en la 2ª edición de su obra (Gardner, 1998), definió el SAP de la siguiente manera: «Un trastorno que surge principalmente en el contexto de las disputas por la guardia y custodia de los niños. Su primera manifestación es una campaña de difamación contra uno de los padres por parte del niño, campaña que no tiene justificación. El fenómeno resulta de la combinación del sistemático adoctrinamiento de uno de los padres y de las propias contribuciones del niño dirigidas a la vilificación del progenitor objetivo de esta campaña denigratoria».
Una novedad importante que aparece en la Adenda de marzo del 2000 a la citada 2ª edición(Gardner, 2000),es que el autor defiende la paridad de géneros alcanzada por los inductores de SAP: ya habría tantos hombres como mujeres. También se anuncia el tratamiento, The Vicarious Deprogramming Procedure (traducible como «Procedimiento de desprogramación por poderes»), que debería aparecer en el próximo libro del autor, al que lamentablemente no hemos tenido acceso: Therapeutic Interventions for Children with Parental Alienation Syndrome (Gardner, 2001). Se trata de una intervención sobre el progenitor alienado, cuando el terapeuta sólo tiene acceso a él o ella.
Por lo demás, el tratamiento que propugna el citado autor sería el mismo que se aplica a los jóvenes seducidos por las sectas destructivas. Según él, las terapias convencionales no tienen ninguna posibilidad de ayudar.
Gardner rechaza el diagnóstico de Trastorno Límite de Personalidad para el progenitor alienante, y reivindica, en cambio, los de Trastorno Paranoide y Trastorno Antisocial de Personalidad para los casos más graves. Cuando el alienante es paranoide y el niño se alinea con él o ella, sugiere el diagnóstico de Trastorno Psicótico Compartido. Y, para el niño propiamente, Trastorno Disociativo, Trastorno del Comportamiento, Trastorno Oposicionista Desafiante, Trastorno de Conducta Disruptiva, Trastorno de Ansiedad de Separación y Trastorno Facticio.
Todo ello, a la espera de la ansiada (por él) inclusión del SAP en el DSM-V.
Valga decir que Gardner, que inicialmente proponía sacar a los hijos de casa del progenitor alienador y entregárselos al progenitor alienado, luego cambió de opinión, entendiendo que probablemente se escaparían y regresarían con el primero, y propuso «lugares de transición», como casas de amigos o familiares, hogares de acogida u hospitales.
Darnall (1998, 2008, 2010) realiza una revisión en profundidad de la obra de Gardner, introduciendo importantes matizaciones. A tal efecto, parte de la definición de SAP que da Gardner (1992) en la 2ª edición de su obra.
Darnall sugiere sustituir el SAP por la AP (Alienación Parental):
Cualquier constelación de comportamientos, sean conscientes o inconscientes, que puedan provocar una perturbación en la relación del niño con su otro progenitor.
Que la aportación de Darnall representa una notable suavización de las propuestas de Gardner, queda claro en algunas de sus ideas centrales, entre las que cabría destacar las siguientes:
• La alienación es un proceso dinámico en el que quedan atrapados ambos padres.
• Conviene centrarse más en el comportamiento parental y menos en el del niño.
• No es cuestión de un «malo» contra un «bueno». Los papeles cambian y el alienado de hoy puede ser el alienador de mañana.
• No se puede asumir que el padre víctima sea intachable. La alienación es un proceso, no una persona.
No hay duda de que estos fenómenos existen, como los medios se empeñan en recordarnos periódicamente (a veces en circunstancias trágicas), pero tampoco la hay de que el género activamente implicado no es solamente el femenino, como las denominaciones de algunos de estos supuestos síndromes parecen sugerir. En Estados Unidos existen estadísticas sobre casi todo, y, en lo tocante a esta cuestión, dicen que las falsas acusaciones de abuso sexual son formuladas en un 70% por mujeres, mientras que en los casos de secuestros de hijos se invierten las proporciones (Huntington, 1986). Hace más de 30 años, Wallerstein y Kelly (1980) todavía podían concluir que las madres se implicaban activamente en situaciones de SAP en razón doble que los padres, pero el paso del tiempo ha ido restando solidez a esa diferencia, y cada vez parece más claro que hombres y mujeres estamos igualmente dotados para ello.
Johnston (1993) encuentra una alta proporción de madres solteras («nunca casadas», dice la autora) entre los progenitores alienantes, y especula con la posibilidad de que el motivo de su conducta sea el despecho contra el antiguo partenaire, padre de sus hijos, que nunca las desposó. La misma autora (Johnston, 1988) afirma que, con frecuencia, es la nueva pareja del progenitor alienante quien desencadena la dinámica de alienación. Interesante dato que contradice la idea tan popular (y también apoyada en la experiencia) de que involucrarse en nuevas parejas tiende a disminuir la acritud de los conflictos previos.
En cualquier caso, Thoennes y Tjaden (1990) demostraron en un estudio promovido por la Unidad de Investigación de la Asociación de Familia y Juzgados de Conciliación de Estados Unidos, que solamente un 50% de las acusaciones de abuso sexual en las disputas de divorcio eran válidas. Y Clawar y Rivlin (1991), investigando para la Asociación Americana de Abogados, encuentran que en la mayoría de casos de divorcio en que hay animosidad y conflicto entre los padres, se produce algún grado de lavado de cerebro y «programación» de los hijos.
Cartwright (1993), otro autor muy citado entre los que se han ocupado de estas cuestiones, destaca ocho puntos sobre el SAP: 1. Las causas del SAP van más allá de los conflictos por la custodia de los niños, pudiendo alcanzar asuntos bastante triviales. 2. La alienación es un proceso gradual y consistente, relacionado directamente con la duración. 3. El tiempo juega a favor del alienador, que suele aplicar tácticas de retraso. 4. La lentitud de los procedimientos judiciales agrava el problema. 5. El alienador recurre a menudo a falsas («virtuales») acusaciones de abuso sexual. 6. Para contrarrestar la fuerza de la alienación se requieren sentencias claras y potentes. 7. Bajo alienaciones graves, los hijos pueden desarrollar trastornos mentales. 8. Apenas se comienzan a conocer las profundas consecuencias que, sobre los niños y otros miembros de la familia, pueden tener las alienaciones parentales exitosas.
Lund (1995) realiza una serie de interesantes aportaciones integrando el trabajo de Gardner y el de Johnston (1988, 1993). Afirma, por ejemplo, que las disposiciones judiciales pueden constituir la piedra angular del tratamiento, impidiendo que el niño desarrolle las reacciones fóbicas frente al progenitor rechazado, que suelen darse durante los largos y frustrantes procedimientos legales. Además, según esta autora, para mantener los casos manejables y mitigar la intensidad del SAP se requiere una combinación de estrategias legales e intervenciones terapéuticas. También focaliza factores evolutivos del niño, tales como las normales dificultades de separación en la edad pre-escolar o los comportamientos oposicionistas durante la pre-adolescencia y la adolescencia. El SAP puede desarrollarse cuando el estrés es demasiado alto en torno al divorcio contencioso y el niño, presa de pánico por ser cogido entre dos fuegos, huye alineándose con uno de los contendientes. Y, quizás aún más importante, señala que ciertos déficits en las capacidades parentales del progenitor no custodio pueden contribuir también al problema. Por ejemplo, un estilo distante, rígido o autoritario, en contraste con el más cálido e indulgente del progenitor custodio.
En Estados Unidos, la literatura pro-SAP ha vertido ríos de tinta sobre la personalidad de los progenitores alienantes. Así, Johnston (1988) comunica la frecuente existencia de rasgos narcisistas, en diverso grado de intensidad, en ambos cónyuges implicados en procesos de divorcio altamente conflictivos. Y es interesante comprobar que ya Reich (1949) aludió a este tipo de dinámicas cuando subrayó cómo algunos progenitores se defenderían de las heridas narcisistas recibidas durante el divorcio peleando por los hijos y denigrando al otro para hacerle perder el acceso a los mismos. También se ha destacado (Johnston, 1988) la vulnerabilidad ante la pérdida y frente a los conflictos relacionados con el apego y la separación.
Para Clawar y Rivlin (1991), la conducta alienante de algunos progenitores les serviría para ocultar o compensar sus carencias parentales, asociadas a problemáticas varias, tales como alcoholismo y otras adicciones, antecedentes de maltrato y negligencia, o incluso actividades criminales. Por no hablar del temor a aparecer como menos cariñoso y parentalmente eficiente que el otro, ni de la obvia necesidad de afirmar el control y el dominio en las relaciones con el excónyuge. En el ya citado estudio de Wakefield y Underwager (1990), los progenitores responsables de acusaciones falsas tenían altas probabilidades de ser diagnosticados de trastorno de personalidad histriónico, límite, paranoide, pasivo-agresivo, mixto o no especificado.
La polémica naturaleza del supuesto SAP ha provocado que, como decíamos, también haya habido múltiples posicionamientos críticos que, de forma más o menos explícita, lo han descalificado total o parcialmente. Dos autoras que llevan ocupándose del asunto muchos años en colaboración con otros, han realizado una de las aportaciones más serias a la revisión crítica del SAP (Kelly y Johnston, 2001) en un artículo de título revelador: «The Alienated Child. A Reformulation of Parental Alienation Syndrome» («El niño alienado. Una reformulación del Síndrome de Alienación Parental»). El primer punto débil que destacan es que Gardner sólo focalice al padre alienante como agente etiológico del problema. El segundo es el hecho de que, en su definición del SAP, Gardner incluye sus hipotéticos agentes etiológicos (por ejemplo, progenitor alienante e hijo receptivo), lo cual convierte a su teoría en indemostrable y tautológica. El tercero es que la ausencia de una verificación empírica de patogenia, curso, pautas familiares y tratamientos adecuados, impide la consideración del SAP como un síndrome diagnóstico con criterios de la American Psychiatric Association (1994). El cuarto es que el uso de terminología médica para explicar el funcionamiento de sistemas sociales familiares genera polémica y garantiza la no aceptación por muchos y la continuidad del debate. En quinto y último lugar, la relativa ausencia de investigación empírica y el hecho de que Gardner publicara él mismo sus trabajos, los privan del control de la comunidad científica, limitando su validez a argumentos basados en la «experiencia clínica» o en el «testimonio de expertos».
La reformulación que proponen las citadas autoras focaliza al niño alienado en vez de a la alienación parental. Por niño alienado entienden al que expresa, libre y persistentemente, creencias y sentimientos inadecuados y negativos (como enfado, odio, rechazo o miedo) hacia un progenitor, que resultan significativamente desproporcionados respecto de su experiencia real con el mismo.
En una reciente revisión muy crítica con el SAP, realizada en contextos profesionales contra la violencia doméstica y, por tanto, con un cierto sesgo feminista, Meier (2009) insiste en criterios similares a los de Kelly y Johnston, aunque realiza también algunas aportaciones interesantes.
Por una parte, enfatiza la importancia de priorizar la exploración de un posible maltrato. Y no es que ésa sea una propuesta cuestionable, pero cuando se filtran matices que sugieren su infalibilidad, la sospecha de parcialidad está fundamentada. Los profesionales que nos ocupamos de estos temas sabemos lo fáciles y frecuentes que son los falsos diagnósticos de maltrato, realizados por personas e instituciones que han hecho de su persecución un signo identitario. En los matices se percibe la verdadera posición de Meier (2009), cuando escribe entre comillas la posibilidad de «reformular» el SAP, que ni así elude su escepticismo, y cuando, aún reconociendo la realidad de los comportamientos alienantes, los carga en la cuenta, «en la mayoría de los casos, de progenitores maltratantes».
No obstante, Meier (2009) propone una guía para orientar a jueces, abogados y profesionales de atención al menor, que vale la pena transcribir, aunque sea muy resumidamente:
1. Lo primero, investigar la posible existencia de maltrato.
2. Exigir a los evaluadores que sean expertos, tanto en maltrato infantil como en violencia de género.
3. Si se confirma maltrato, no se deben tomar en consideración las reclamaciones de alienación por parte del progenitor maltratante.
4. La alienación no debe basarse en reclamaciones de maltrato no confirmado o de medidas de protección por parte del progenitor favorecido.
5. Las reclamaciones de alienación sólo deben ser tomadas en cuenta bajo dos condiciones: a) si el niño se muestra inadecuadamente hostil y resistente a los contactos con el otro progenitor; b) si hay conducta manifiestamente alienante por parte del progenitor aliado.
6. En los primeros (raros) casos, la evaluación debe intentar determinar la causa de la hostilidad inadecuada.
7. Un progenitor puede ser acusado de alienación sólo cuando su conducta es conscientemente alienante y se pueden identificar comportamientos específicos.
8. Los remedios para la alienación confirmada se limitan a curar la relación del niño con el progenitor alienado.
9. La investigación de Johnston confirma lo ya sabido: que los niños son resilientes y que no se dejan fácilmente lavar el cerebro para rechazar a un progenitor; al menos, no sin maltrato activo, coerción o terror.
Para terminar esta breve revisión de la literatura, ya clásica, sobre el SAP, vale añadir que la polémica, evidentemente, ha llegado a nuestras costas, existiendo ya en España ríos de tinta a favor y en contra del tan discutido concepto. Nos limitaremos a aportar algún ejemplo ilustrativo de ambas posturas.
Tejedor (2006), en un libro de divulgación titulado El Síndrome de Alienación Parental. Una forma de maltrato, toma decididamente partido por el SAP de Gardner, con quien, al parecer, la autora colaboró algún tiempo. Algunas de sus observaciones más interesantes, como el hecho de que la proporción de hombres y mujeres alienadores se acerque al 50% en algunos países, si bien los hombres se inclinan más al secuestro físico y las mujeres al control psicológico, son producto de una revisión bibliográfica.
En la orilla de enfrente, Escudero, Aguilar y de la Cruz (2008) se posicionan críticamente, con algunos aportes interesantes, como su cuestionamiento de la validez del concepto de síndrome. Según los autores, Gardner lo reivindica para que el conjunto constituya un paquete indivisible, frente al cual tenga sentido la única, en su opinión, respuesta terapéutica posible: «la terapia de la amenaza».
Los autores también ponen de manifiesto la inadecuación de una propuesta que acaba planteando invertir los términos y convertir al alienado en alienador y viceversa (un SAP añadido a otro SAP). Sin embargo, ya desde el abstract se evidencia la belicosidad de la crítica, cuando se habla de «falacias» y cuando se interpreta al SAP como una construcción contra las mujeres que sufren violencia de género. Luego, en las conclusiones, el mensaje se confirma, puesto que el argumento que acaba prevaleciendo es que el supuesto SAP puede beneficiar al progenitor alienado, que… es un maltratador.
3 Prácticas Alienadoras Familiares. Una visión relacional
Juan Luis Linares
PAFversusSAP
Bolaños (2001), realizó su tesis doctoral, dirigida por uno de nosotros (Juan L. Linares) sobre el siguiente tema: «Estudio descriptivo del Síndrome de Alienación Parental en procesos de Separación y Divorcio. Diseño y aplicación de un programa piloto de Mediación Familiar».
En ella, parte de la definición del Síndrome de Alienación Parental, propuesta inicialmente por Richard A. Gardner (1985) como «una alteración que ocurre en algunas rupturas conyugales muy conflictivas, en las cuales los hijos están preocupados en censurar, criticar y rechazar a uno de sus progenitores, descalificación que es injustificada y/o exagerada».
