Predicación del evangelio en las Indias - José de Acosta - E-Book

Predicación del evangelio en las Indias E-Book

José de Acosta

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Beschreibung

Jose de Acosta. En palabras del propio autor, declaran el modo completo y universal de ayudar al bien espiritual de los indios.(Medina del Campo 1540-Salamanca 1600) Jesuita, historiador y naturalista español. Rector del Colegio de Lima (1575) y autor de Historia natural y moral de las Indias (1590).

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Veröffentlichungsjahr: 2016

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Predicación del Evangelio en las Indias

José de Acosta

Preliminares

Dedicatoria

Al M. R. P. Everardo Mercuriano, PrepósitoGeneral de la Compañía de Jesús: Salud en elSeñor.

El opúsculo De Procuranda Indorum Salu-te, que el año pasado escribí comenzaba a trabajar, lo tengo ya terminado, y con la oportunidad que ofrece la ida del Procurador de esta Provincia no quiero diferir por más tiempo el enviártelo, Padre, cualquiera que sea su valor.

La causa principal que me movió a compo-nerlo fue ver que muchos tenían varias y opuestas opiniones sobre las cosas de Indias y que los más desconfiaban de la salvación de los indios, además de que ocurrían muchas cosas nuevas y difíciles, y contrarias a la verdad del evangelio, o que al menos lo parecían. Lo cual me hizo retraerme a pensar con gran diligencia en toda esta materia, e investigar ardientemente lo que hubiese de verdad, quitada toda parcialidad y afición a ninguno de los dos bandos.

Nunca pude venir conmigo en persuadirme que todas estas gentes innumerables de las Indias hubiesen sido en vano llamadas al evangelio, y que de balde hubiesen sido enviados a esta empresa otros muchos siervos de Dios, y ahora los de la Compañía, revolviendo en mi pensamiento la grandeza de la caridad divina, y las promesas de las sagradas Escrituras, y advirtiendo en mi, debo confesarlo, una singular confianza de su salvación, concebida muy de antiguo y superior a todas las dificultades, que nunca me abandonaba. Al fin llegué a la persuasión firme y cierta, de que nosotros por nuestra parte de-bíamos con todo esfuerzo, procurar la salvación de los indios, y que Dios no faltaría por la suya en llevar adelante y cumplir la obra comenzada.

Queriendo, pues, confiar a las letras esta mi opinión, he repartido toda la materia en seis libros que declaran el modo completo y universal de ayudar al bien espiritual de los indios. El Libro I explica de modo común y general la esperanza que hay de la salvación de los indios, las dificultades de ella y cómo hay que superarlas, y cuán grande sea el fruto del trabajo apostólico. Luego en el Libro II se trata de la entrada del evangelio a los bárbaros, y aquí del derecho o injusticia de la guerra, y del oficio del predicador evangélico.

Una vez que los bárbaros han cedido al evangelio, se sigue que los Gobernadores, así temporales como espirituales, conserven y promuevan su salvación y bien espiritual. Por lo cual el Libro III contiene lo que se refiere a la administración civil, qué derechos tienen sobre los indios los príncipes cristianos y los magistrados, qué pueden exigirles en cuanto a tributos y otros trabajos y servicios, y al contrario, qué deben prestarles respecto a la tutela y defensa, y al arreglo de su vida y costumbres. El Libro IV trata en especial de los ministros y superiores espirituales, quiénes deban ser y cuáles, y de qué maneras puedan y tengan obligación de mirar por la salvación de los indios. Y exponiendo aquí todo lo demás, se reservan dos auxilios principales, la doctrina y los sacramentos, para los dos últimos libros. El Libro V se ocupa del catecismo y modo de la catequesis. El Libro VI, de la administración de los sacramentos a los indios conforme a la disciplina eclesiástica, dejando aparte la costumbre poco conforme a ella, introducida en algunas partes del Nuevo Mundo.

Este es el orden manera con que de claro mi propósito. No sé sí será de alguna utilidad para los otros, sobre todo los de la Compañía.

Para mí, ciertamente, no ha sido inútil, porque despertó y espoleó mi atención y estudio a meditar las divinas Escrituras, y los dichos de los Santos Padres, aplicándolos con especial cuidado a las cosas de este Nuevo Mundo, y habiendo tenido que recorrer esta re-gión peruana en su mayor parte, por mandato de la obediencia, lo mismo que otras diversas tierras, me hizo consultar en varios lugares a varones muy doctos y experimentados en cosas de Indias, y leer ávidamente algunos escritos compuestos por ellos sobre esta materia con toda diligencia. Con estas ayudas, y con invocar frecuentemente el auxilio y luz de la divina sabiduría, veo haberse aumentado en mí de modo no común el conocimiento del asunto de las Indias, y juntamente la confianza como de cosa ya experimentada. Y doy gracias a la suavísima providencia de Dios, que con los mismos sucesos ha declarado copiosamente ser por su misericordia muy inferiores a la realidad, mis esperanzas acerca de la salvación de los indios. Porque ha acontecido tan grande mudanza de las cosas en estos dos años, y los indios peruanos se han comenzado a entregar tan a porfía al evangelio, favoreciendo Dios el trabajo de la Compañía, que hasta los mismos que antes miraban con malos ojos la causa de los indios, ahora le son grandemente favorables, y admiran el fervor de su fe, y no se recatan de proclamar en público que son superiores a nosotros en la piedad. A mí, en verdad, se me vienen a los labios aquellas palabras: «Mirad los que menospreciáis y admiraos, porque he aquí que yo hago en vuestros días una obra, que no la creeréis si alguno os la cuenta». Sea la gloria para siempre al que obra sobreabundantemente más de lo que pedimos ni entendemos.

Amén.

Aquí tienes, reverendo Padre, lo que he pretendido en este libro, A ti toca ahora enmendar lo que hallares dicho con menos esmero, y encomendarnos a nosotros, siervos inútiles, al Padre celestial en tus sacrificios y oraciones, y en los de la Compañía, que creo le son tan agradables.

Lima, 24 de febrero de 1577.

De tu Paternidad reverenda, hijo y siervoindigno,

JOSÉ DE ACOSTA.

Proemio

Cosa harto difícil es tratar con acierto del modo de procurar la salvación de las indios.

Porque, en primer lugar, son muy varias las naciones en que están divididos, y muy diferentes entre sí, tanto en el clima, habitación y vestidos, como en el ingenio y las costumbres; y establecer una norma común para someter al evangelio y juntamente educar y regir a gentes tan diversas, requiere un arte tan elevado y recóndito, que nosotros confesamos ingenuamente no haberlo, podido alcanzar. Además que las cosas de las Indias no duran mucho tiempo en un mismo ser, y cada día cambian de estado, de donde resulta que con frecuencia hay que reprobar en un punto como nocivo lo que poco antes era admitido como conveniente. Por lo cual es asunto arduo, y poco menos que imposible, establecer en esta materia normas fijas y durables; porque como es uno el vestido que conviene a la niñez, y otro el que requiere la juventud, así no es maravilla que, variando tanto la república de los indios en instituciones., religión y variedad d de gentes, los predicadores del evangelio apliquen muy diversos, modos y procedimientos de enseñar y convertir. Y ésta es la razón de que los escritores que antes de ahora han escrito de cosas de Indias con piedad y sabiduría, en nuestra edad apenas son leídos, porque se les juzga poco acomodados al tiempo presente; y no será mucho presumir, que los que ahora escriben de modo conveniente, no pase mucho tiempo sin que sean también relegados al olvido.

Bien entendemos que a los desconocedores de las cosas de Indias parecerá muchas veces que decimos cosas falsas y contradicto-rias, en los varios lugares en que tratamos de la condición de los indios, de sus costumbres y del progreso de la religión cristiana entre ellos; y por el contrario, los experimentados nos achacarán que no tratamos los asuntos con la debida amplitud y dignidad, y creerán que pueden ellos decir más y mejores cosas.

Pero a nosotros no nos preocupa demasiado lo que los doctos echen de menos, o los indoctos hallen reprensible en nuestro escrito.

Porque quien sea prudente, fácilmente comprenderá que un mismo asunto se puede tratar de manera no en absoluto idéntica, y esto no a impulsos de la pasión o el capricho, antes siguiendo el dictado de la verdad, de cuyas normas no se aparta el que en un argumento vario, para materias diversas dice cosas diversas, y que un mismo hombre difiere de sí mismo al alabar unas veces y otras vituperar sin mentira a una misma. ciudad y a una misma casa o familia. Porque pudo con verdad el apóstol San Pablo en una misma carta colmar de alabanzas a los de Corinto, llamándolos espirituales, sabios y acabados en toda gracia y don celestial, y juntamente reprenderlos notándolos de carnales, inflados e ineptos en las cosas del espíritu, si contra-decirse a sí mismo o ser olvidadizo; sino que, como dice el Crisóstomo, aplicó al común de todos lo que era verdad sólo en los particulares.5 Y muchas veces un mismo profeta condena a Israel, y Judá, llamándolos mala simiente, hijos de crimen, pueblo, de Gomorra y otras semejantes afrentas, y a veces en la misma página los llena de alabanzas, llamándolos pueblo, justo, hijos de Dios, heredad amada, gente santa y otros nombres de mucho honor. Mas aún, en la misma frase llama San Pablo a los romanos enemigos por sí conforme al Evangelio, y muy queridos por la elección de los padres. Pues ¿con cuánta mayor razón se ha de creer que podemos nosotros decir de las naciones de indios, tan varias y diversas, unas veces que son sumamente aptas para recibir el Evangelio, como en realidad lo son en su mayoría, otras que son refractarias a él, como sucede en algunas por los pecados de los hombres y la mala educación?

Es un error vulgar tomar las Indias por un campo o aldea, y como todas se llaman con un nombre, así creer que son también de una condición. Los que lean estas páginas verán que nosotros, con ánimo imparcial, decimos de igual manera lo bueno que lo malo, lo dulce que lo amargo. Porque Dios nos es testigo que no deseamos ni procuramos otra cosa que transmitir a los demás lo que tenemos bien averiguado, persuadidos que Dios no necesita de nuestros engaños. Y no tenemos por buena disposición para ir a estas gentes y trabajar por su eterna salvación, formarse en la mente ilusiones o vanas imaginaciones, antes, entonces creemos, estar bien dispuesto el ánimo, cuando no movido por falsos rumores, sino apoyado en una firme vocación divina, recapacita prudentemente dentro de sí la grandeza de la obra de Dios que toma entre manos.

Y por ser las naciones de indios innumerables, y cada una con sus ritos propios, y ne-cesitar ser instruida de modo distinto, y no sentirme yo con disposición para tanto, por serme desconocidas muchas de ellas, y aunque las conociera todas, sería trabajo interminable; por todo eso he preferido ceñirme principalmente a los indios del Perú, pensando así ser más útil a todos los demás. Y esto por dos razones: la una, por serme a mí más conocidas las gentes del Perú; la otra, porque siempre he creído que estos indios ocupan como un lugar intermedio, entre los otros, por donde con más facilidad se puede por ello hacer juicio de los demás. Pues aunque llamamos indios todos los bárbaros que en nuestra edad han sido descubiertos por los españoles y portugueses, los cuales todos están privados de la luz del evangelio y desconocen la policía humana; sin embargo, no todos son iguales, sino que va mucho de indios a indios, y hay unos que se aventajan mucho a los otros.

Los autores entienden comúnmente por bárbaros los que rechazan la recta razón y el modo común de vida de los hombres, y así tratan de la rudeza bárbara, salvajismo bárbaro, y aun de las riquezas bárbaras, queriendo dar a entender la condición de los hombres, que se apartan del uso común de los demás, y apenas tienen conocimiento de la sabiduría ni participan de la luz de la razón.

Y a estos del Nuevo Mundo, a todos se les ha llamado indios, según puede conjeturarse, porque los antiguos creyeron que la última y remotísima región que limitaba la tierra era la India, adonde llegaron Alejandro de Macedo-nia, y el César Trajano, y es muy celebrada de escritores sacros y profanos como el límite de la tierra; y a imitación suya los nuestros llamaron indios las gentes nuevamente por ellos descubiertas, si bien es cierto que al principio no llamaron indios, sino isleños o antillanos, a los bárbaros que hallaron en Occidente.

Siendo, pues, muchas las provincias, naciones y cualidades de estas gentes, sin embargo me ha parecido, después de larga y diligente consideración, que pueden reducirse a tres clases o categorías, entre sí muy diversas, y en las que pueden comprenderse todas las naciones bárbaras. La primera es la de aquellos que no se apartan demasiado de la recta razón y del uso común del género humano; y a ella pertenecen los que tienen república estable, leyes públicas, ciudades fortificadas, magistrados obedecidos y lo que más importa, uso y conocimiento de las letras, porque dondequiera que hay libros y monumentos escritos, la gente es más humana y política. A esta clase pertenecen, en primer lugar, los chinos, que tienen carac-teres de escritura parecidos a los siríacos, los cuales yo he visto, y se dice que han llegado a un gran florecimiento en abundancia de libros, esplendor de academias, autoridad de leyes y magistrados, y magnificencia de edificios y monumentos públicos. A ellos siguen los japoneses y otras muchas provincias de la India oriental, de los cuales no dudo que recibieron en tiempos antiguos la cultura euro-pea y asiática. Todas estas naciones, aunque en realidad son bárbaras y se apartan en muchas cosas de la recta razón, deben ser llamadas al evangelio de modo análogo a como los apóstoles predicaron a los griegos y a los romanos y a los demás pueblos de Europa y Asia. Porque son poderosas y no carecen de humana sabiduría, y por eso han de ser vencidas y sujetas al Evangelio por su misma razón, obrando Dios internamente con su gracia; y si se quiere someterlas a Cristo por la fuerza y con las armas, no se logrará otra cosa sino volverlas enemicísimas del nombre cristiano.

En la segunda clase incluyo los bárbaros, que aunque no llegaron a alcanzar el uso de la escritura, ni los conocimientos filosóficos o civiles, sin embargo tienen su república y magistrados ciertos, y asientos o poblaciones estables, donde guardan manera de policía, y orden de ejércitos y capitanes, y finalmente alguna forma solemne de culto religioso. De este género eran nuestros mejicanos y peruanos cuyos imperios y repúblicas, leyes e instituciones son verdaderamente dignos de admiración. Y en cuanto a la escritura, suplie-ron su falta con tanto ingenio y habilidad, que conservan la memoria de sus historias, leyes, vidas, y lo que más es, el cómputo de los tiempos, y las cuentas y números, con unos signos y monumentos inventados por ellos, a los que llaman quipos, con los que no van en zaga a los nuestros con las escrituras. No harán con más seguridad nuestros contado-res con números aritméticos sus cómputos, cuando hay algo que contar o dividir, que estos indios lo hacen con sus cordones y nudos; y es admirable. cómo conservan la memoria de cosas muy menudas por largo tiempo con la ayuda de los quipos. Sin embargo, descaecen mucho de la recta razón y del mo-do civil de los demás hombres. Ocupan esta clase de bárbaros grande extensión, porque primeramente forman imperios, como fue el de los Ingas, y después otros reinos y principados menores, cuales son comúnmente los de los caciques; y tienen públicos magistrados creados por la república, como son los de Araúco, Tucapel y los demás del reino de Chile. Todos tienen de común vivir en pueblos y aldeas, y no vagando al modo de fieras, y están sometidos a una cabeza y juez determinado que los mantiene en justicia. Mas porque guardan tanta monstruosidad de ritos, costumbres y leyes, y hay entre los súbditos tanta licencia de desmandarse, que si no son constreñidos por un poder superior, con dificultad recibirán la luz del evangelio, y tomarán costumbres dignas de hombres, y si lo hicieren, no se juzga que perseverarán en ellas; por eso la misma razón, y la autoridad de la Iglesia establecen, que los que entre ellos abracen el Evangelio, pasen a poder de príncipes y magistrados cristianos, pero con tal que no sean privados del libre uso de su fortuna y bienes, y se les mantengan las leyes y usos que no sean contrarios a la razón o al Evangelio.

Finalmente, a la tercera clase de bárbaros no es fácil decir las muchas gentes y naciones del Nuevo Mundo que pertenecen. En ella entran los salvajes semejantes a fieras, que apenas tienen sentimiento humano; sin ley, sin rey, sin pactos, sin magistrados ni repú-

blica, que mudan la habitación, o si la tienen fija, más se asemeja a cuevas de fieras o cercas de animales. Tales son primeramente los que los nuestros llaman Caribes, siempre sedientos de sangre, crueles con los extra-

ños, que devoran carne humana, andan desnudos o cubren apenas sus vergüenzas. De este género de bárbaros trató Aristóteles, cuando dijo que podían ser cazados como bestias y domados por la fuerza. Y en el Nuevo Mundo hay de ellos infinitas manadas: así son los Chunchos, los Chiriguanás, los Mojos, los Yscaycingas, que hemos conocido por vivir próximos a nuestras fronteras; así también la mayor parte de los del Brasil y la casi totalidad de las parcialidades de la Florida.

Pertenecen también a esta clase otros bárbaros, que, aunque no son sanguinarios como tigres o panteras, sin embargo, se diferencian poco de los animales: andan también desnudos, son tímidos y están entregados a los más vergonzosos delitos de lujuria y sodo-mía. Tales se dicen ser los que los nuestros llaman Moscas en el Nuevo Reino, los de la campiña de Cartagena y toda su costa, los que habitan en las costas del río Paraguay y los que pueblan las dilatadísimas regiones comprendidas entre los dos mares del Norte y del Sur todavía poco exploradas. En la India oriental se dice también que son semejantes a éstos los que viven en muchas de las islas, como los de las Molucas. A la misma clase se reduce, finalmente, otros bárbaros mansos, de muy corto entendimiento, aunque parecen superar algo a los anteriores, y tienen alguna sombra de república, pero son sus leyes o instituciones pueriles y como de burlas. Tales se refiere que son los innumerables que pueblan las islas de Salamón y el continente próximo. A todos éstos que apenas son hombres, o son hombres a medias, conviene en-señarles que aprendan a ser hombres e instruirles como a niños. Y si atrayéndolos con halagos se dejan voluntariamente enseñar, mejor sería; mas si resisten, no por eso hay que abandonarlos, sino que si se rebelan contra su bien y salvación, y se enfurecen contra los médicos y maestros, hay que conte-nerlos con fuerza y poder convenientes, y obligarles a que dejen la selva y se reúnan en poblaciones y, aun contra su voluntad en cierto modo, hacerles fuerza para que entren en el reino de los cielos.

No se deben señalar unas mismas normas para todas las naciones de indios, si no queremos errar gravemente. No hagamos, es verdad, a la codicia y tiranía maestra de la introducción del evangelio; o, lo que es menos dañoso, no antepongamos las ociosas cavilaciones de algunos inexpertos a la experiencia y verdad que enseñan. los hechos.

Cuando vuelvo mis ojos a estas gentes de la vasta superficie de la tierra que han perma-necido ocultas por tantos siglos, se me vienen a los labios aquellas palabras: «Según tu grandeza, multiplicaste los hijos de los hombres». Porque fue altísimo designio de Dios, y a nosotros por completo inescrutables, que se multiplicasen tantas gentes, y tuviesen por tan largos siglos cerrado el camino de su salvación. Y, sin embargo, en nuestra edad se ha dignado Dios llamarlas al evangelio, bien no concedido -a sus padres, e incorporarlos y hacerlos participantes del misterio de Cristo, y con tal arte y manera, y procediendo nuestros hombres de modo tan distinto que los antiguos, que con razón la mente humana se llena de espanto ante la alteza de los designios de Dios. Creemos, pues, con toda certeza y afirmamos que hay que procurar la salvación de todas estas gentes con la ayuda de Cristo, e intentamos, según nuestra pobreza, proponer cosas que puedan ayudar a los ministros del evangelio. El asunto es ciertamente en sí difícil, por lo nuevo y por lo vario, y nuestra capacidad, exigua. El que puede en-señar con lucidez y persuadir al alma lo que enseña, es solamente aquél que es maestro de todos, autor de la sabiduría y corrector de los sabios, en cuyas manos estamos nosotros y nuestros discursos, a quien sea dada la gloria ahora y para siempre. Amén.

Libro I

Capítulo I

Que no hay que desesperar de la salvaciónde los indios

Acerca de la salvación de los indios y propagación de la fe, creen los que están lejos y juzgan las cosas a medida de su deseo, que es asunto fácil y honroso, y de oír que en tan breve tiempo han entrado al redil de Cristo pueblos innumerables difundidos por todo el Nuevo Mundo, se prometen a sí mismos una mies copiosa y abundante, y sin mucho trabajo en este nuevo campo. Y así sucede que los que vienen a él a trabajar ya están pensando en las espigas y los graneros, cuando habían de preocuparse del arado y de la siembra. Al contrario, los que por experiencia ven y tratan las cosas de cerca encuentran tantas y tales dificultades que la mayor parte, por la rudeza del trabajo, llegan a punto de desesperación, y sostienen sin vacilar que los sudores son muchos y prolongados y el fruto ninguno o muy corto. A mí, si es que me es dado sentir algo mejor y más provechoso, me parece que ambas opiniones necesitan ser corregidas y moderadas.

Porque del modo que nadie tiene siempre al alcance, de su mano las cosas grandes y de reputación, así quien desconfía en las que Dios hizo necesarias al hombre, hace injuria a su providencia. No hay linaje de hombres que haya sido excluido de la participación de la fe y del evangelio, habiendo dicho Cristo a los apóstoles: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura»; y también:

«Que se predicase en su nombre la penitencia a todas las gentes, comenzando por Jerusalén»; y más claramente: «Me seréis testigos en Jerusalén y en toda Judea y Samaria, y hasta lo último de la tierra»; y en otro lugar: «Enseñad a todas las gentes». ¿Quién, pues, menospreciará la autoridad de un precepto tan insigne y tantas veces repetido?, o

¿quién creerá excluida a alguna nación, por fiera y ajena que sea a todo sentimiento humano, del beneficio de la fe y la penitencia, oyendo al Señor que manda a sus apóstoles esparcirse por todo el mundo y enseñar a todas las gentes? Y si bien es cierto que en-seña San Pablo que la fe no es de todos, esto no lo atribuye a la condición o nacimiento de los hombres, sino a perversidad y a una importuna obcecación. Ciertamente San Juan en el Apocalipsis, para que no solamente pensá-

ramos en la predicación del evangelio a todo el mundo, sino en el fruto insigne que en todas partes había de obtener, nos representó en aquella muchedumbre grande y bienaven-turada que sigue al cordero, a todos los pueblos, todas las tribus, todas las lenguas que hay debajo del cielo.

Más aún; a quien con atención escrutare las Sagradas Letras, quedará sin duda patente que no sin gran razón y profundo misterio el más alejado y abyecto linaje de los hombres es llamado de modo especial al bien del evangelio. «Etiopía, dicen, apresurará sus manos a Dios»¿Qué gente más despreciable que los que por su misma negrura y fealdad infunden horror? De ellos dice también Sofonías: «Enervará a todos los dioses de la tierra, y cada uno desde su lugar se inclinará a él, todas las islas de las gentes. Vosotros también los de Etiopía seréis muertos con mi espada; es, a saber, con aquella espada que Dios vino a traer a la tierra, que es la palabra de Dios, la cual penetra hasta la división del alma y del espíritu». Y el mismo profeta:

«Entonces purificaré los labios de las naciones, a fin de que todas ella invoquen el nombre del Señor y le sirvan debajo de un mismo yugo. Desde más allá de los ríos de Etiopía vendrán mis adoradores, los hijos del disper-sado pueblo mío, a presentarme sus dones.

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