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¿Qué sucede cuando, al pasar lista en clase y pronunciar un nombre, la respuesta «¡presente!» se convierte en un gesto de adhesión decidida y valiente a la vida? Que la existencia de quien responde se pone de nuevo en marcha. Esto es lo que cree Omero Romeo, quien a sus 45 años, cinco después de haberse quedado ciego y abandonar la docencia, es admitido en un instituto como profesor suplente de Ciencias del último curso de Bachillerato, en una clase en la que han sido reunidos los diez «casos perdidos» de la escuela. El desafío parece imposible para él. Inventa una nueva forma de pasar lista, convencido de que, para salvar el mundo, hay que salvar cada nombre. Diez años después del libro revelación Blanca como la nieve, roja como la sangre, Alessandro D'Avenia vuelve a narrarnos una historia sobre el amor, la escuela y los jóvenes como solo sabe hacerlo alguien que vive ese mundo en primera persona. Una novela sobre lo que no se ve, porque quizá para ver de verdad es mejor cerrar los ojos y usar otros sentidos... La historia de Omero y sus muchachos destila la esencia de la relación entre un maestro y sus discípulos, una relación que les lleva a mirar el mundo con ojos nuevos y que puede ser el comienzo de un giro radical en sus vidas.
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Seitenzahl: 501
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Alessandro D’Avenia
¡Presente!
Traducción de Isabel Almería Sebastián
Título en idioma original: L’appello
© Mondadori Libri S.p.A., Milán 2020
© Ediciones Encuentro, S.A., Madrid 2022
© Diseño de cubierta: Marta D’Avenia
Traducción de Isabel Almería Sebastián
Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.
Fotocomposición: Encuentro-Madrid
ISBN EPUB: 978-84-1339-438-1
Depósito Legal: M-8439-2022
Printed in Spain
Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a:
Redacción de Ediciones Encuentro
Conde de Aranda 20, Bajo B - 28001 Madrid - Tel. 915322607
www.edicionesencuentro.com
A Giulio y Beatrice.
A todos los alumnos que, durante todos estos años, me han abierto los ojos a fragmentos de mundo que no conseguía ver.
A todos los niños y niñas y a todos los chicos y chicas sin nombre.
Dinos tu nombre, por el que solían llamarte tu madre y tu padre y los demás que habitaban en tu ciudad y las tierras vecinas. Pues ningún ser humano vive del todo sin nombre, sea noble o humilde, apenas ha nacido, porque a todos se lo imponen sus padres, tras darles la vida.
Homero, Odisea, VIII 550
Ella estaba allí —lo intuía— para comprender la demente belleza de la tierra y llamar a cada cosa por su nombre y, si las fuerzas no le bastaban, entonces para engendrar, en nombre del amor, la vida, a sucesores que lo hicieran por ella.
B. Pasternak, El doctor Zhivago
En la ciencia actual de la naturaleza, todo hecho físico real contiene rasgos objetivos y subjetivos. El mundo objetivo de las ciencias naturales fue en el siglo pasado, como sabemos, un concepto ideal del límite, pero no de la realidad. Es necesario admitir que, en todo contacto con la realidad, también en el futuro, deben separarse el lado objetivo y el lado subjetivo, debe establecerse un hiato entre ambos aspectos. Pero la posición exacta de este corte puede depender del talante que adopta el que reflexiona, puede determinarse, hasta cierto punto, voluntariamente.
W. Heisemberg, Más allá de la física
Las letras de nuestro nombre tienen un terrible poder mágico, como si el mundo estuviera hecho de ellas.
E. Canetti, La provincia del hombre
Preámbulo
La vida es el tiempo que transcurre desde el momento en que deciden qué nombre ponerte hasta que ese mismo nombre es solo una inscripción en una lápida. Ni en un caso ni en el otro tomas tú la iniciativa, esas letras son todo lo que tienes para salir a la luz e intentar permanecer en ella. Quizá por eso los antiguos decían que el destino está en el nombre: te guste o no, estás obligado a responder a esa llamada. Ese es mi caso. Me llamo Omero, en griego «el que no ve» y hace cinco años me quedé ciego. Omero, de apellido Romeo. 45 años, con la herencia genética de mi padre, por un lado, profesor universitario de Astrofísica, apasionado de la música clásica y de su mujer, iniciado en el misterio de la vida y ahora precipitado en el de la demencia senil; por el otro lado, de madre profesora de Griego y Latín, apasionada de Omero (fue ella quien eligió mi nombre, mi padre había propuesto un simple Alberto, en honor a Einstein) y de la enigmística (mi nombre es también el anagrama de mi apellido). He tratado de mezclar lo mejor posible este excesivo patri-matri-monio genético, con resultados en proceso de verificación. Licenciado en Química, una sólida fe en la tabla periódica y en el misterio; apasionado del cosmos y de Dios; seducido cada día por mi mujer y entrenado para la existencia por dos hijos; amigo imaginario de Einstein y nuevo profesor de Ciencias de una clase abandonada por la profesora anterior a causa de su muerte repentina, ocurrida el 12 de septiembre. La fuerza de gravedad la reclamó con violencia en las escaleras de su casa, debido a un traspiés con el único afecto que le quedaba, un gato que había recogido de la calle, ironías de la suerte o de la muerte, y demostración de lo que siempre he pensado: los gatos, aparte de dormir 16 horas al día, son animales sin escrúpulos. El único gato que me gusta es el de la paradoja de Schrödinger, vivo y muerto en el mismo instante. Y así me he convertido de repente en el director de una orquesta a la que el caos y la probabilidad, con estudiada ironía, han dado forma.
Pero, si bien es cierto que todas las clases felices se parecen entre ellas, es aún más cierto que cada clase infeliz es infeliz a su modo. El segundo de bachillerato que he heredado justo el año en que me he decidido a retomar la enseñanza desde que perdí totalmente la vista, canta una infelicidad coral, a la que cada uno aporta su timbre inconfundible. Emerge un sufrimiento polifónico, en el que cada dolor se liga a otro, lo enriquece por afinidad o lo exalta por contrapunto, en una inesperada armonía. Si solo escuchas la partitura de un instrumento en una sinfonía, este puede llegar a sonar incluso desafinado y, sin embargo, esa línea musical es necesaria para el conjunto. Diezmados, en sentido literal —han quedado diez—, por las intemperies del colegio, pero más aún por las de la vida, no han querido redistribuirlos, para que su peste no contagiara a otros. Era más conveniente mantenerlos aislados y esperar a que su infelicidad se autodestruyera. Ellos, precisamente, me han tocado a mí, que he dejado de enseñar hacía cinco años y que quiero volver a hacerlo: necesito saber si aún estoy vivo. Einstein dijo que Dios no juega a los dados con el universo, pero el sustituto ciego me parece una fea jugada. Un guía frágil de alma y cuerpo para los frágiles de cuerpo y alma. Se trata de una comedia o de una tragedia, no hay término medio. O simplemente, es el primer episodio de Perdidos.
Lo que sí es verdad es que, desde que me quedé ciego, mi vida se ha hecho épica, como la de los héroes antiguos, una ocupación a jornada completa, sin pausas. Tengo que estar siempre ahí, presente. No puedo esconderme, solo puedo abandonarme y arriesgar. Vivo al descubierto y la vida me golpea la cara, como el viento. Un día hermoso ya no es un día de luz, sino de viento sobre la piel, en los oídos y en las narices, porque el viento, que lleva polvo, sonidos y olores, cuenta lo que ha ido recogiendo a lo largo de su viaje. Para mí, las cosas y las personas no son, suceden. La física del siglo XX lo confirma: la realidad es un tejido de historias en movimiento y vivir es aprender a escuchar, porque las cosas y las personas solo se revelan cuando les das el tiempo que necesitan para contarse, el tiempo necesario para desnudarse sin sentir vergüenza. «¿Dónde estás?» fue la primera pregunta que Dios le dirigió a Adán, después de que comiera del fruto que le tendría que haber vuelto divino. Pero él, que no se había convertido en dios, se había descubierto vergonzosamente mortal: «estaba desnudo y me escondí». Perdemos la mayor parte de nuestro tiempo y nuestras energías escondiéndonos, pero, en el fondo, queremos salir a la luz. Hemos sido hechos para nacer, no para morir. Y un nombre bien pronunciado da luz y da a luz a cada rincón del alma y del cuerpo, porque por desgracia todos ocultamos aquello por lo que queremos que nos amen. Este es el poder de un nombre propio: que puede detener la rueda incesante del tiempo y empezar de nuevo la historia de alguien que ya ha visto todo. Este es el milagro que sucede cuando se pasa lista como es debido.
SEPTIEMBRE
—No sabía que fuera ciego, ¿está seguro de que quiere aceptar el puesto por un año?
Es lo que me ha preguntado el director del colegio el primer día de clase del nuevo curso, nada más sentarme frente a él y quitarme las gafas de sol. Solo podía imaginar su rostro consternado, alterado por alguna forma de compasión.
Es demasiado pronto para tener una percepción clara de las masas, pero la suya sin duda es densa y huele a colonia y naftalina aunque está inmersa en el olor a moho y lejía del despacho. Su voz es seca, sin eco, corta las vocales finales de inmediato, como alguien acostumbrado a ir al grano. Siento el espacio que ocupan los objetos, su olor, su consistencia, su miedo y, a veces, su hambre. De los objetos emerge la cantidad exacta de vida que sus propietarios les transmiten, por los objetos puedes saber si las personas siguen vivas.
—Corren tiempos oscuros para nosotros, los profesores.
Silencio. No ha entendido la broma. Me pasa a menudo con las metáforas visuales que uso para restarle importancia a mi condición, quizá porque aún tengo miedo. Continúo:
—No volvería a dar clase si no estuviera convencido.
—¿Volver?
—Lo había dejado.
—Ya, pues no le ha tocado la mejor clase para un regreso.
—También yo soy algo inoportuno. Uno más o menos.
—Quedaron solo nueve. Después se ha incorporado una chica que está repitiendo. Hemos preferido mantenerlos juntos y no distribuirlos en las otras clases.
—¡Eso es! Como se hace con un virus, se le aísla.
—Como se hace con los grupos difíciles. Es un milagro que hayan llegado al año de la madurez1.
—¡La madurez lo es todo, decía el rey!
—¿Quién?
—¡Lear, Shakespeare! «El hombre ha de sufrir /el dejar este mundo igual que el haber venido. /La madurez lo es todo». Ripeness is all. Lo repetía siempre mi profesora de inglés de bachillerato y nos explicaba que, en inglés, ripeness significa tanto «madurez» como «estar preparados».
—Pero usted, ¿cómo va a dar la clase?
—La vista está sobrevalorada.
—No le sigo.
—Desde la época de los griegos no hemos dejado de pensar que la vista es el sentido más noble.
—¿Y no lo es?
—¿Usted qué cree?
—Bueno, nuestro conocimiento empieza siempre con la vista.
—Un poco después de haber salido del seno materno. Pero durante esos nueve meses que pasamos en la oscuridad usamos otros sentidos.
—¿Cuáles?
—El olfato, el oído, pero, sobre todo, el tacto. El sentido más importante es el tacto. Cuando aún no veíamos nada, tocábamos todo y éramos tocados por todo. El destino del hombre está en sus manos.
—Claro, a nosotros nos toca decidir qué hacemos con nuestra vida, pero ¿qué tiene eso que ver?
—Debe tomarlo al pie de la letra: en las manos, en estas manos. Las manos dan forma al mundo en el que nos gustaría vivir. Con el uso que hacemos de nuestras manos, construimos la vida. Cuando nuestras manos empezaron a construir casas y tumbas, decidimos que el mundo sería o una casa o un cementerio.
—Lo que sea. Usted era el último profesor de la lista para el puesto. ¿Acepta la suplencia?
—Si no, no hubiera estado en esa maldita lista.
—Quizá se lo ha pensado mejor. Ya sabe cómo va esto, no todos los que buscan trabajo aceptan cuando se les explica la situación.
—Acepto, pero con dos condiciones.
—Los nuevos no pueden tener muchas pretensiones, pero a lo mejor en su caso…
—Gracias por su compasión, pero no soy ningún niño. Solo necesitaría tener las primeras horas y alguien que me acompañe para llegar a la clase.
—Haré lo posible. Tocar el horario de un colegio es como pisar una serpiente venenosa. Pero, ¿qué hará con las pruebas y los exámenes?
—Basta con escucharlos.
—Me refiero a los exámenes escritos.
—Como siempre: yo hago las preguntas y ellos escriben las respuestas.
—¿Y cómo va a corregir?, ¿o a ver si copian?, ¿o si en las preguntas orales están leyendo?
—Nadie le roba las monedas a un ciego a menos que esté desesperado, y en ese caso, es mejor dejarle. Haré que ellos me lean las respuestas. Esté tranquilo. No habrá ningún problema.
—Eso espero. En esta clase ya ha habido suficientes. El año pasado, una suplente joven que les dio clase durante un mes, vino llorando y me dijo que se había equivocado de profesión. Nuestro único objetivo es llevarles a la madurez.
—El mejor objetivo, ¿no cree?
—Se lo acabo de decir.
—La naturaleza ya se ocupará de que crezcan, pero nosotros tenemos que ocuparnos de que maduren… Ah, escuche, ¿puedo pedirle una última cosa?
—¿Otra más?
—¿Puedo tocarle la cara?
—¿Qué?
—Me gustaría hacerme una idea más precisa de usted. Es mi nuevo jefe y es importante que lo conozca.
—Ya nos hemos conocido.
—Entiendo su apuro, pero yo veo con los dedos.
—¿Es necesario?
—Sí.
Tras una pausa de algunos segundos, siento el movimiento de su cuerpo que se acerca tímidamente hacia mí. Me levanto porque hay un escritorio en medio y extiendo con delicadeza las manos hacia sus hombros. Asciendo por su gordo cuello y las poso en su cara con mucho tacto. Advierto la contracción de los músculos de la mandíbula y la piel blanda de sus mejillas bien afeitadas. Las orejas son pequeñas, con los lóbulos pegados a la base. La nariz es blanda y un par de bigotes espesos enmarcan sus labios cerrados. Las ojeras pronunciadas, la frente arrugada se extiende sin límites. Está calvo y la cabeza tiene una irregularidad en el lado izquierdo, como si tuviera un chichón. Los rostros son como mapas, contienen la geografía del alma, lugares a los que hay que dar un nombre y una historia. El dolor, el cansancio, los miedos, el mal, el bien, la lluvia, los bofetones, las caricias, el viento, las plantas, el sueño, la felicidad: todo, día tras día, gesto tras gesto, esculpe y transforma la carne. La vista no puede percibir con precisión las imperfecciones y los detalles, porque tiene prisa por hacer inmediatamente una síntesis. Yo, por el contrario, analizo todos los detalles por separado, como un geógrafo, y solo después intento juntarlos. He llegado a la conclusión de que el tacto es más honesto que la vista, porque está libre de los prejuicios que tenemos en los ojos. Es paradójico, pero no vemos lo que tenemos delante. Puede que sea porque, por lo general, no queremos ver de verdad, sino más bien obtener una confirmación para lo que creemos ya saber y seguir ciegos ante lo que no nos conviene saber.
Su piel se impregna de sudor y yo detengo mis dedos, los mantengo inmóviles en las mejillas, como hace una madre con su hijo: un rostro se desnuda solo cuando lo tocas durante mucho tiempo. Nada nos da más miedo que ser tocados por lo desconocido.
Llaman a la puerta y el director se zafa de mí rápidamente.
—¡Adelante! —grita.
—Le he traído el café.
—Gracias —responde seco y circunspecto.
Siento el movimiento de un cuerpo no demasiado ágil, en cuyo paso se mezclan el olor del café recién hecho y un perfume de hombre con toques marinos en la superficie y geranio y limón en el fondo. Desde que soy ciego tengo también un olfato infalible.
—Le presento al profesor Romeo, el nuevo de Ciencias.
Lanzo la mano hacia adelante, más o menos hacia el lugar en el que me parece que se ha detenido. Me he vuelto a poner las gafas de sol, así que no sabe que soy ciego.
—Buenos días, profesor. Yo soy Patricia, la levadura y la sal de este colegio. No se me ve, pero sin mí, todo sería anodino e insípido. Mi café es conocido en todos los pisos, despierta de los sueños más duros y prepara para las batallas más difíciles contra el aburrimiento y la ignorancia. Cuando quiera podrá tomar el suyo —me aprieta la mano. La suya es suave, pero marcada, al mismo tiempo, por algún callo, típico de quien repite siempre los mismos gestos.
—Un placer, Romeo. «El nuevo».
—¿Es usted quien se va a hacer cargo de mis chicos preferidos? Pobre profesora… qué desgracia.
—¿Sus preferidos?
—Sí, son chicos con tantos problemas que es imposible no quererlos. Los adoro. Necesitará un poco de paciencia al principio, pero solo hay que saber cómo abordarlos.
—Ya me dirá cómo… Es más, podría llevarme usted a la clase por las mañanas —me quito las gafas para esclarecer la situación.
—¡Dios mío! Perdóneme, profesor Romero.
—Romeo, como el de Julieta, o como el gato de la versión italiana de Los aristogatos. Lo que usted prefiera.
—No lo sabía.
—No se preocupe, no es contagioso. ¿Me hará el honor de ser mi guía?
—¡Por supuesto! ¡No hay nada que se me escape! Seré sus ojos. Pero, qué pena, es usted un chico muy guapo.
—El profesor tiene 45 años. Los «chicos» están en clase. Gracias por el café, ahora tenemos que terminar nuestra entrevista —el director interrumpe bruscamente esta conversación idílica.
—¿Puedo tomar yo también un café? No me ha dado tiempo esta mañana —pregunto, antes de que se vaya Patricia.
—¡Por supuesto! ¿Con o sin azúcar?
—Sin azúcar. Si no, no es café.
—Me gusta usted, profesor Romero.
—Romeo. O-me-ro Ro-me-o —silabea el director.
—¿Y yo qué he dicho? —protesta Patricia.
Advierto su paso más ligero cuando sale. La puerta se cierra.
—Perdónela, es un poco demasiado exuberante.
—Me gusta.
Acerco mi cara a la suya y le digo, como un amigo a otro:
—Las ojeras se acentúan cuando se bebe demasiado por la noche y se duerme boca abajo.
—¿Perdón?
—No es asunto mío, pero las suyas están muy marcadas. Solo era un consejo. Soy un hombre de ciencias y siempre intento catalogar los fenómenos, es un vicio.
—Paso malas noches, pero tiene razón, no es asunto suyo. Ahora puede irse.
Corta en seco, como sucede siempre que llegamos al umbral del dolor y, aunque queremos liberarnos de él contando lo que nos preocupa, solo dejamos que le echen un vistazo a través de nuestros gestos y el tono de la voz; después, la vergüenza nos bloquea, como si el dolor fuese una culpa y no la vida que, por fin, se decide a curarse.
—Pues le dejo con sus cosas.
—¡Con mi caos!
—¡Me encanta el caos! Es, junto a la relatividad y los cuantos, el tercer descubrimiento más importante de la física del siglo XX. Pero, aunque no percibimos las consecuencias de la relatividad y de los cuantos, estamos inmersos en el caos: es el tejido de las cosas cotidianas, el entramado de las vidas. El caos nos ha liberado de la obsesión del control y nos ha abierto los ojos —y en este caso puedo decirlo— a la realidad. Se acabó el determinismo, se acabaron las cadenas de causa-efecto. La vida del cosmos es un juego imprevisible, pero no por ello absurdo, como todos los juegos verdaderamente entretenidos. El caos ha salvado la libertad y la libertad es lo único que renueva la vida. Un juego con reglas precisas, pero que deja una libertad infinita a los jugadores. Así que, diviértase con ese caos, nunca se sabe lo que se puede encontrar en él.
—Una multitud de tocapelotas, quejicas y amargados. Para usted es fácil, Romeo. Una cosa es la teoría y otra la vida.
—Para mí es como es, ni teórica ni práctica, como es.
—También yo antes creía en lo que estudiaba.
—¿El qué?
—Filosofía.
—¿Y qué es lo que le hizo perder la fe?
—Precisamente la realidad tal y como es. Le acompaño, tengo un montón de cosas que hacer. El primer día de colegio es una guerra sin posibilidad de victoria. Volver a casa entero es un triunfo.
Me toma del brazo, pero se mantiene distante para que no se toquen los cuerpos, no vaya a ser que el alma aproveche para salir de sus límites y se mezcle un poco con la mía. Tras un largo pasillo, se detiene en el umbral de una pequeña estancia en cuyas paredes rebotan el rumor y el aroma de una cafetera en ebullición. La voz de la señora Patricia nos acoge, chillona:
—Oiga qué música, profesor. ¡Qué aroma! Sale perfecto, no como en las máquinas. Trabajo aquí desde hace 38 años, quite los domingos y multiplique por una media de cinco cafeteras al día. Esta cafetera ha dado consuelo a más corazones que la Virgen de Lourdes, estas tacitas han recogido más lágrimas que una estación de tren. Este es el café que beben los ángeles en el paraíso.
—Como el que hacía mi madre.
—¿Hacía?
—A lo mejor lo sigue haciendo en el paraíso.
El director hace ademán de irse, pero le retengo por un instante la mano y se la estrecho fuertemente.
—La vista está sobrevalorada. Los ojos acaban por no ver lo que ven siempre. Cuanto más ven, menos miran.
Imagino la perplejidad en su rostro. Es más, la veo.
—Le recuerdo que su primera clase es pasado mañana. Espero conseguir cambiarla a primera hora.
—Aquí estaré.
—Eso espero.
Se aleja y percibo un movimiento en la esquina de la pequeña habitación, cuyos olores quedan ensombrecidos por el aroma del café recién hecho y de lo que se ha ido incrustando sobre las superficies a lo largo de los años. Creo que se trata de alguien que se había escondido detrás de algo.
—Se ha ido.
—Por un pelo, tía Patri. Si llega a encontrarme aquí bebiendo café el primer día de clase me suspendía fácil —es la voz agramatical de un muchacho.
—Ahora vuelve a clase, que aquí tenemos cosas que hacer.
—Menos mal que te han inventado, tía Patri. ¿Pero qué haces con todos esos libros?
—Leerlos, ignorante.
—¡Qué coñazo!
—Deja ya de decir palabrotas. Aquí dentro están prohibidas. ¡Desaparece!
Noto que el chaval escapa corriendo, pero le da tiempo a decir:
—¡Te amo, tía Patri! Un día me caso contigo.
—Ese es mi preferido. Se llama Óscar. Ha crecido sin padre. Se hace el gracioso, pero es de cristal, frágil y transparente. ¡Y será tu alumno!
—¿Tía Patri?
—Sí, aquí soy la tía de todos.
Me acerca la taza, que recibo como un tesoro pequeño y precioso: hay personas que hacen avanzar el mundo repitiendo gestos amables con impecable precisión. Y así, me familiarizo con el café de la señora Patricia. Siento tal gozo en el paladar y el olfato que casi, casi, se me escapa una caricia.
—¿Qué libros lee, señora Patricia?
—Novelas. De vez en cuando algún chico o alguna chica viene por aquí y, mientras se toma su café, yo leo en voz alta.
—¿Y ahora qué está leyendo?
—Acabo de empezar El doctor Zhivago, y estoy en ese momento de las novelas rusas en que tienes que volver atrás una y otra vez a mirar el nombre de los personajes, solo para descubrir que esa es una de las quince versiones del mismo nombre, según el parentesco con que se mire. Una novela rusa se reconoce enseguida.
—¿Por qué?
—Por la página con la lista de los personajes. Es indispensable, porque en la página diez ya no te acuerdas de quién era el que salía en la página cuatro. Y, además, porque el personaje cambia continuamente, en base a las relaciones y a las situaciones, como indican sus quince nombres.
—Me parece un resumen perfecto. Y se parece mucho a la física cuántica. Nunca he leído El doctor Zhivago, me parece un ladrillo, pero usted ha hecho que me den ganas.
—¡Los ladrillos sirven para construir casas preciosas! Cuando quiera, profesor, venga aquí y le leo algún fragmento. Y usted podría explicarme algo de esos cuantos de los que no sé nada.
—A lo mejor El doctor Zhivago es una novela cuántica.
—No lo sé. Lo que está claro es que en cada página hay un nombre diferente para indicar al mismo personaje.
—Eso es precisamente lo que pasa con los cuantos. La luz y la materia son como dos caras de la misma moneda, ora se manifiesta una, ora la otra….
—Si usted lo dice… ¡Veo que es usted un devoto!
—¿Y cómo sabe que creo en Dios?
—No, no, un devoto esposo. Me refería al anillo.
No hay duda de que Patricia es una de esas mujeres que ven todo mejor que los científicos. Saben cómo indagar en las cosas y descubrir sus secretos, para después hacer de ellos infalibles leyes universales sobre el arte de vivir y conversaciones interminables.
—Sí, estoy casado con Magdalena y tengo dos niños preciosos: Pedro, de nueve años y Penélope, de tres.
—¿Ha sido usted siempre ciego?
—No. Me quedé ciego tras una enfermedad que comenzó hace diez años y que fue deteriorando rápidamente mi vista. Desde hace cinco ya no veo nada.
—¿Y no se puede curar?
—Hay bastante esperanza. He entrado en un protocolo experimental. Ya he pasado por dos operaciones para rehabilitar el nervio óptico y los resultados han sido buenos. Ahora estoy esperando la operación definitiva, que tal vez me devuelva la luz.
—Perdone, no quería ser entrometida.
—No lo ha sido para nada.
—¿Y por qué está llorando?
—Ah, perdóneme. Es una consecuencia de mi patología: se pierde el control de la lacrimación. A menudo lloro, por eso llevo gafas oscuras.
—Le quedan bien, le dan un toque misterioso.
—¡De ciego!
—No, de hombre que no se sabe dónde está mirando.
—Siempre he considerado una forma de poder el ver sin ser visto. Ahora yo solo puedo ser visto sin ver. Estoy casi todo el tiempo a merced de la vida.
—Entonces, esperemos que funcione el tratamiento. ¡Un chico tan guapo como usted! Es una pena.
—¿Sabe qué es una pena, Patricia?
—¿El qué?
—Que nunca he visto el color de los ojos de Penélope. Por eso quiero curarme.
Patricia parece haber perdido el habla. La libero de la improvisada y fatigosa intimidad que crea la confidencia del dolor.
—Entonces, ¿cuál es el secreto para conquistar esa clase?
Patricia responde con rapidez:
—Hay que quererlos más de lo que son capaces de quererse ellos mismos.
—Eso es lo que necesitamos todos.
—Profesor, usted ¿por qué ha decidido volver a trabajar?
—Necesito el dinero.
—No me creo que sea solo por eso.
—Einstein hacía sustituciones en bachillerato y, mientras tanto, revolucionaba para siempre los conceptos de espacio y tiempo. A lo mejor invento algo grandioso… O simplemente, consigo volver a encontrar la confianza en mí mismo. Cuando me quedé ciego del todo decidí dejar la enseñanza.
—¿Y qué pasó?
—Es una historia tan larga como una novela rusa… para resumir: no puedo vivir sin dar clase. Pero no sé si seré capaz.
—También Beethoven compuso obras magistrales cuando ya estaba sordo.
—¿Conoce a Beethoven?
—Profesor, deje ya ese tono de empollón de la clase, esnob y machista. Usted aún no se ha dado cuenta de con quién está tratando… Cuando quiera charlar un rato escuchando buena música, también la tendrá.
—Mi padre es un entusiasta de la música clásica. Aprendí de él a escucharla. Sobre todo, le gustan Chopin, Liszt, Schubert y Rachmaninov.
Patricia se mueve con soltura por la estancia. Noto que saca algo de un armario. Después, el rumor inconfundible de la aguja sobre el vinilo. Y las notas del primero de los 24 estudios de Chopin llenan la estancia, de la que ahora tomo plena posesión gracias a la música que se posa sobre todas las cosas, reaccionando en cada una de forma diferente. Recuerdo las tardes que pasaba escuchando música con papá. Y lloro como un niño ante la señora Patricia, sin encontrar siquiera tiempo para avergonzarme.
Una mano se posa sobre mi mejilla durante algunos segundos.
—¿Otro café?
Desde que me quedé totalmente ciego sufro crisis de pánico que se manifiestan con taquicardias y vértigos, y que consigo superar de dos formas: 1. Cogiendo entre los dedos un objeto pequeño y concentrando toda mi atención en las yemas. 2. Haciendo clasificaciones imposibles: las diez canciones más bonitas, los diez libros más aburridos, las diez serpientes más venenosas, las diez mejores escenas de conquistas amorosas… Poco a poco mis pulsaciones descienden, la respiración se hace regular y el mundo deja de dar vueltas a mi alrededor.
En situaciones nuevas o imprevistas intento limitar al mínimo las sorpresas y, esta mañana, primer día de clase con mi nuevo grupo, a las cuatro estaba despierto y era presa del pánico. Así que, llevo ya media hora sentado en la cátedra de mi nueva aula y estoy repasando la lista de los diez robots de mi infancia, según su potencia: Daitarn, Jeeg Robot de Acero, Mazinger, Dartanias, Goldorak… mientras tanto, ahora que estoy solo, puedo tomar posesión del espacio con el oído, para después poder colocar en él cosas y personas con precisión y no desorientarme.
No se oye nada todavía en los pasillos, mientras que, desde la calle, la ciudad trata de imponer su propio ruido. Los sollozos del tráfico intentan en vano acallar el alboroto rico en historias de los chavales que se encuentran, con un verano entero que contarse, antes de que el aburrimiento los engulla. El aula apesta a pintura: volver a pintar las paredes de las clases es un rito propiciatorio, que promete una vida nueva simplemente porque las paredes ya no tienen las pintadas irreverentes del año anterior. Ya se sabe, nosotros, los humanos, preferimos la desilusión al aburrimiento. Después de haberme servido su milagroso café, Patricia me ha tomado por el brazo y me ha acompañado, y su calor sencillo y aromático me ha infundido seguridad. Ahora estoy sentado y, en silencio, espero que suene el primer timbre del año. El aula está aún vacía: aula, con su diptongo inicial au, es la onomatopeya del dolor de las vidas que aquí se encierran, un gemido. Aunque en realidad, la palabra señala de manera fonéticamente perfecta un espacio vacío, aireado, libre, en el que se sopla para producir algún sonido. Tengo la manía de la etimología: solo las raíces pueden hacer crecer a las palabras, hacerlas fuertes y frondosas. Los griegos llamaban aulos a la flauta, el aula es la caja de resonancia en la que la vida sopla las historias de los chicos que nosotros no habríamos elegido. Por eso me encanta el aula vacía, en espera de almas y cuerpos. Aquí nosotros, los profesores, «profesamos» los artículos de nuestro credo: pasamos lista.
Por precaución, tengo entre los dedos un dado de diez caras, como los que coleccionaba de pequeño cuando me apasionaban los juegos de rol. Sigo sus aristas con las yemas de los dedos, intento prevenir el pánico de la primera hora con alumnos nuevos. Mientras el aula se llena y yo estoy escondido tras la superficial oscuridad de mis gafas de sol, pienso en 2006QV89. No es una genial contraseña alfanumérica, sino el nombre de un asteroide de 30 metros en órbita alrededor de la Tierra. Si se chocara contra nosotros habría llegado el apocalipsis. Existe una posibilidad entre 10.000 de que eso suceda, es decir, si tuviera un dado con 10.000 caras, tal vez saldría la catástrofe a la primera tirada. Para dominar el caos de este inicio, imagino que mi tirada es la acertada y que solo quedamos vivos los que estamos en esta aula: la única herencia que podremos dejar es la de nuestros nombres. Desde este instante, todo el mundo está contenido en una lista de clase. Tengo que pronunciar uno a uno los nombres del mundo que ha sido, que es, y que será, como si fueran los elementos de una nueva tabla periódica de la aventura humana.
El sonido del timbre termina con el elenco de los robots, los asteroides y las hipótesis apocalípticas. El primer repiqueteo de mi curso escolar reclama al orden a la entropía existencial, más ferviente que nunca tras las vacaciones de verano. Estoy inclinado sobre la lista de la clase, llevo puestas las gafas de sol, tengo un dado en la mano que me recuerda que, a cada una de sus caras, le corresponde un rostro en la clase y la vida parece un vertiginoso juego de azar. Me obligo a no levantar la mirada mientras los oigo repartirse por el aula y mover las sillas y las mesas, les imagino llenos de congoja y curiosidad ante mi aparente y meticuloso examen de la lista. Nadie me ha saludado: a profesor muerto, profesor puesto. Nosotros, los profesores, somos roles para los alumnos, no personas, somos algo que se da por descontado. Sé que se están preguntando si el cambio les conviene, si soy peor que mi predecesora, qué será de su examen de madurez, si estoy casado o soy un solterón, o, simplemente, si soy normal. Los comentarios, casi susurros, golpean en las paredes y me ayudan a darme cuenta de cómo se disponen exactamente los cuerpos dentro del aula. Su olor se mezcla con el de la lejía y la pintura y, poco a poco, lo sobrepasa haciéndose un abanico de perfumes, sudor, espera, seducción, fragancia, abandono, amargura y todos los olores de un cuerpo que fermenta, como las uvas en septiembre. Acaricio el registro abierto con las yemas de los dedos, hasta sentir los nombres escritos a mano en la columna de la izquierda, como si, al tocarlos, pudiera aprenderlos de memoria. Cuando cesa el sonido prolongado del segundo timbre, el aula se precipita en el silencio de la curiosidad, algo rarísimo en el colegio. Ahora advierto con más fuerza la respiración en las bocas, la fricción de esos cuerpos hechos de dolores secretos, alegrías arrancadas por casualidad a la vida, aburrimiento espeso, lágrimas saladas y bien escondidas, carne, músculos, cabellos y dientes, muchos dientes. Están presentes todos los componentes invisibles de la materia y la energía, los mismos que forman el cosmos, desde un grano de arena a una supernova. Siento que cada detalle se engrandece desmesuradamente, como me pasaba cuando aún veía, antes de dormirme, en esos momentos en los que el cerebro está en duermevela, pero los ojos aún no, y tengo miedo de sufrir una crisis de pánico. Tengo que reaccionar. Me toca. Noto que empiezan a mirarse entre ellos y siento los gestos, más o menos desconcertados o irónicos, con los que suelen reemplazar sus propios miedos. Dejo el dado sobre la mesa, rueda, toco la cara que queda arriba: siete. Un número que indica plenitud. Me aclaro la voz y levanto la cabeza.
—Soy Omero Romeo, vuestro profesor de Ciencias.
Nada más terminar la frase, me quito las gafas de sol y muestro mis ojos lechosos y perdidos.
—Y soy ciego —una presentación que no deja espacio a engaños ni máscaras. Estoy totalmente al descubierto, desde el inicio. Y es bueno saberlo.
Un largo silencio paraliza el aire y los cuerpos antes inquietos, como suelen hacer las verdades puras y desnudas.
—No he sido siempre ciego —mi voz es clara y las palabras se deslizan con una precisión que no me esperaba, la ciencia así lo exige cuando damos definiciones o corremos el riesgo de sufrir una crisis respiratoria.
»Me volví ciego por un interruptor genético que decidió activarse poco después de mi treinta y cinco cumpleaños, velando con un progresivo e inexorable crepúsculo mis ojos. Cinco años más tarde, ya no veía nada. Han pasado otros cinco y ahora veo a través de los sonidos, el tacto y los olores. Durante los primeros cinco años, en los que aún distinguía la luz y la oscuridad, el tacto fue lo que prevaleció: tenía que aferrarme a las cosas como un náufrago para no ahogarme. En los cinco siguientes, cuando desapareció el más mínimo atisbo de luz, el oído y el olfato entraron en escena. Ahora tengo un súper oído, un súper olfato. Superpoderes con los que no pretendo salvar el mundo, porque ya es mucho si no me doy contra los coches y acierto en el váter cuando hago pis. Decidí hacerme profesor porque no me dieron más opción los dos elementos que forjan el destino de un hombre, la herencia y el ambiente: padre profesor de Astrofísica en la universidad y madre profesora de Latín y Griego en el colegio. Los padres te dan la vida, pero los padres profesores te la explican, y así, te parece que solo puedes vivir explicando las cosas, a ti mismo y a los demás. Elegí la Química por mi profesor de bachillerato. Era un hombre que, en cualquier época del año, llevaba chaleco debajo de la chaqueta. Se la quitaba siempre en un momento determinado de la lección y, tras la dejarla sobre la mesa, se remangaba la camisa como si tuviera que pegarse con la realidad para arrancarle un secreto y torturarla cuando las cosas se ponían difíciles e interesantes. Y sin abrir nunca un libro, comenzaba a desgranar sus maravillosos porqués. Solo se sentaba cuando la clase estaba a punto de terminar, como si tuviera que decantar las respuestas que había obtenido en una fórmula definitiva e incontrovertible: una ley. Así aprendí toda la ciencia que sé y la que aún no sé, con la pregunta que ha guiado a todos los hombres al conocimiento de la realidad, la misma que va desde la poesía a la química, pasando por todos los saberes humanos, aunque estos se sirvan de caminos diferentes para aferrar su parcela de realidad: «¿por qué?». Aquel hombre del chaleco no distinguía entre explicar y examinar, para él eran lo mismo, solo cambiaba si era toda la clase la que indagaba o cada uno lo hacía por su cuenta. Sus preguntas nacían de la realidad que nos rodeaba: de las estaciones a la crónica futbolística. Echaba el agua caliente de su termo en un vaso, sacaba una bolsita de té de un bolsillo de su chaleco, en el que tenía también un reloj de bolsillo, y la metía en el agua que, poco a poco, iba tomando un color ámbar. «¿Por qué se colora el agua?». O cogía una pelota de tenis del tubo de uno de mis compañeros que iba a entrenar después de clase, y la lanzaba al aire mientras seguía su movimiento. «¿Por qué disminuye la velocidad cuando rebota?». Nosotros teníamos que responder partiendo de lo que ya sabíamos, viajar de lo conocido a lo desconocido, hasta llegar a formular una ley. Nos hacía recorrer toda la historia de la ciencia, observando y experimentando. La variedad de los fenómenos tenía que conducirnos a la verdad de la fórmula que los regula, porque «la realidad tiene un orden que tenemos que descubrir». Para él no había secretos en el cómo de las cosas, era suficiente con usar la inteligencia para devolver la multiplicidad de fenómenos a la unidad. «Y el que pone un poco de orden en el caos salva el mundo», solía decir.
Siento que se agita un cuerpo dentro del aula, produciendo una onda que afecta a los demás cuerpos, que no saben si atender a mis palabras o a sus gestos. La capacidad que tiene un ciego de percibir la presión física que emana de las cosas se llama ecolocalización, te da en toda la cara, hasta el punto de que hay quien la llama visión facial. Y a mí, en este momento, me da en la cara que uno de los alumnos se está estirando, quizá para tomarme el pelo. No puedo ignorarlo.
—Dime —me giro en dirección al movimiento interrumpiendo mi discurso. La clase se paraliza. Nadie responde y se produce un silencio embarazoso.
—Os lo he dicho: tengo un oído de superhéroe —siento que los cuerpos se relajan y se vuelven a mí.
»Hay una inteligencia en las cosas, una fidelidad en su comportamiento, que nos obliga a ser nosotros también inteligentes y fieles. En esto consiste buscar la verdad. Y nada da más placer que alcanzarla, en la ciencia y en la vida. «La verdad es el eros de la inteligencia, su placer». Eso nos repetía mi profesor. Yo tenía entonces solo dieciséis años, y decidí que quería vivir así: encontrar las respuestas a los porqués que la vida cotidiana me suscitaba, desde el caos de los fenómenos al orden que gobierna las cosas. Quería poner un poco de orden en ese caos, para salvarme yo, más que el mundo. En fin, elegí las ciencias porque era un adolescente confuso y asustado. «¿Por qué el polvo que hay bajo vuestros sofás se une formando nubes?», «¿por qué se calienta la silla sobre la que os sentáis?», nos preguntaba. Y yo pensaba para mí: «¿por qué no he encontrado novia?». Y esperaba que la ciencia me pudiera ayudar.
Oigo que alguien se ríe porque lo que acabo de decir se presta a esas bromas fáciles que les gustan tanto a los adolescentes, que creen saberlo todo de sexo porque han visto de todo, pero que, en realidad, ignoran su misterio.
—¿Por qué se queda la tiza pegada a la pizarra? ¿Por qué las lágrimas salen de los ojos? No hay lección de la vida que empiece con la enunciación de una ley o una regla. Siempre empieza con un hecho, con un evento, con el caos que seduce nuestra curiosidad o incluso nos obliga a defendernos.
—¿Por qué se quedó ciego? —pregunta a quemarropa una voz femenina desde el rincón derecho de la clase, cerca de las ventanas. Siempre hay un alumno «de ventana», que no acepta estar cinco o seis horas encerrado en un paralelepípedo, y que se sitúa en el umbral en el que la imaginación crece, sin pertenecer del todo a ninguno de los dos territorios confinados: el de dentro y el de fuera.
—Ya lo he dicho antes. Por una enfermedad.
—No me refería a eso. ¿Por qué precisamente usted? —la clase se sobresalta, las sillas se giran hacia el lugar del que viene la voz.
Permanezco en silencio.
—También eso es un porqué —apunta la chica.
—Es verdad, pero hay porqués que corresponden a un cómo, y esos son los de la ciencia. Para remitirnos del efecto a la causa describimos el cómo, aunque lo hagamos en forma de por qué. Pero hay porqués que no son sinónimos de cómo, no tienen que ver nada con la cadena causal, sino que se refieren al misterio. Intentamos responder a estos porqués para dar un sentido a las cosas que suceden, pero no podemos resolverlos con una certeza científica. Puedo explicar cómo me he quedado ciego, pero no tengo respuesta a por qué precisamente yo. Ha sucedido.
Las lágrimas me caen de los ojos a intervalos regulares y las seco con el dorso de la mano.
Los chicos están callados e inmóviles.
—Me veréis llorar a menudo: una de las consecuencias de esta enfermedad es una lacrimación incontrolada. Pero no tengáis miedo. Cada uno tiene que afrontar su propio examen: yo espero recuperar la vista con una operación que llevo esperando desde hace tiempo. Se trata de un nuevo protocolo para una patología que aún no tiene cura.
—¿Para qué sirve el dolor? —pregunta de nuevo la chica, con un tono de voz que no es despiadado, como podría parecer, sino desesperado, porque esa pregunta se la está haciendo a sí misma, no a mí. Para mí, el timbre de una voz contiene la presencia de una persona, y no se puede imaginar lo precisa que es la voz representando lo que no se ve. Una cara puede acostumbrarse a mentir, incluso en sus rasgos, pero una voz no. Y los adolescentes son como mastines de la verdad, cuando sienten su olor ya no sueltan la presa y la muerden hasta arrancarle al menos un pedazo.
—Para contarlo. El dolor tiene la capacidad de despojarnos de todas las preguntas inútiles y conducirnos a lo esencial, atrae los componentes invisibles de la vida como lo que en química se llama catalizador. Siempre queremos sacar una fórmula del dolor, como si fuera un estado describible. Pero el dolor es un proceso y solo se puede contar su historia, es una historia que está todavía por hacer. No tiene que ver con el pasado —que es un estado que puede describirse— sino con el futuro. Por eso sirve para ser contado, porque es una historia. Si no, nos petrifica. Perdemos el tiempo encerrando el dolor en el pasado, buscando sus causas con la precisión de un científico, pero esto no es lo que nos curará. Solo podemos curarnos estando en el dolor y descubriendo a dónde nos lleva, precisamente porque ya no tenemos nosotros el control sobre las cosas. ¿Qué habría visto si no me hubiera quedado ciego? Lo que ven todos. Y, sin embargo, yo veo otra cosa. Mi madre siempre me hablaba de la cuestión homérica. Era el thriller que más le gustaba: nadie sabe si Homero existió de verdad, pero se dice que era ciego, porque solo un ciego podía contar las cosas como lo hizo él.
—¿Y eso qué significa? ¿No sería al revés? —me interrumpe otra voz inquieta. La lección ya ha tomado su irrefrenable e imprevisible recorrido de búsqueda. Las lecciones no son trayectos de metro, obligados, sino paseos por la montaña en los que uno se para cuando quiere, a descansar, a mirar el panorama, a tocar una planta, a observar algo que vuela…
—No, si lo pensáis un poco. Precisamente por lo que os he dicho. La ceguera le permitió sentir el misterio profundo de las vidas humanas que narró. Pero estas cosas tenéis que preguntárselas a vuestra profesora de Literatura.
Advierto la desilusión que se apodera de los chicos cuando el programa acaba con el primer átomo de conocimiento que tiene que ver con el sentido de la vida. Este nunca está en el programa.
—A partir de la próxima clase, empezaremos a trabajar en los porqués. Traed un lápiz y un cuaderno: la Química, la Física, la Biología, la Astronomía tienen que ver con la vida de todos los días y no solo sirven para aprobar un examen. Y traed también vuestro nombre.
—¿Qué quiere decir?
—Como yo no puedo veros, sabré de vuestras vidas a través de los nombres, como en la tabla periódica en la que la posición del elemento depende del número atómico. Por eso pasaremos lista como os voy a explicar ahora.
Siento los cuerpos expectantes, a través del levísimo movimiento de las mesas y sillas: ese movimiento de pocos centímetros es la trayectoria del deseo que tensa las espaldas hacia delante.
—Cada uno se levantará y pronunciará su nombre, con claridad, de modo que yo pueda asociar a ese timbre el nombre y su posición en el aula. Por eso, os pido que seáis tan amables de ocupar siempre el mismo sitio en mis clases, hasta que haya aprendido a identificaros por el timbre de la voz. El sonido de vuestra voz, la dirección de la que proviene y el tiempo que tarda en llegar hasta mí me dicen dónde estáis y quiénes sois. Después de pronunciar vuestro nombre, contaréis qué es lo que mejor lo define, como si tuvierais que describir un mineral con sus manifestaciones esenciales: su forma física, su estructura cristalina, su origen, propiedades…
—Pero, ¿así todos los días? —pregunta una voz femenina, algo temerosa.
—En todas mis clases. Seguramente tendréis cosas distintas que contar cada vez y se referirán a regiones de vuestro nombre cada vez más escondidas, como sucede con los fenómenos complejos cuyas causas descubrimos poco a poco. Cada día añadiremos algo a la investigación científica.
—Pero, ¿para qué? ¿Qué tiene de especial un nombre? —dispara una voz masculina desde la retaguardia, con tono chistoso.
—Para salvar un nombre. Por eso soy profesor y no quiero dejar de serlo, aunque me haya quedado ciego. No es nada sentimental, es pura ciencia: un fenómeno no existe hasta que no lo identificas y le das un nombre. Vosotros sois los fenómenos a los que se me ha pedido que dé un nombre preciso y pasar lista es la fórmula completa que salva el mundo. Os toca a vosotros decidir si queréis ser fenómenos únicos o fenómenos de feria: todos iguales y con la única utilidad de hacer reír a la gente. Las dictaduras aspiran a eliminar las diferencias, por eso en las dictaduras se usan uniformes y desaparecen los nombres propios.
—¿Y podemos quedarnos callados? —vuelve a la carga el chico, ahora más serio.
—También se puede responder con el silencio cuando pase lista. Y ese día, sabremos que ese nombre prefiere el silencio, como en las poesías en las que los nombres brotan en los espacios en blanco. Pero eso no es todo.
El silencio y la atención se agudizan.
—Después de vuestros relatos, os acercaréis a la tarima y pondré mis manos en vuestro rostro. Al no poder miraros a los ojos, me veo obligado a tocaros.
—Usted no me pone las manos encima —se rebela otra voz, esta vez femenina.
—Yo no le pongo las manos encima a nadie. Solo realizo una observación con un método experimental. Cavidades, protuberancias, contracciones de la piel, imperfecciones, frecuencia del parpadeo… En el rostro se lee la historia entera de una persona y yo no puedo conoceros solo a través de vuestras palabras, necesito verificar sobre el terreno.
—En mi caso se tendrá que conformar con las palabras.
—¿Cuál es tu nombre?
—Elena.
—Mañana empezaremos a pasar lista contigo. ¿Qué número eres en la lista?
—No lo sé, soy nueva en esta clase.
—Míralo tú —le doy el registro.
Ella se acerca y lee: «El siete».
No existe la casualidad. Quiero dedicar algunos pensamientos a esta coincidencia, pero suena el timbre, y, con él, se acaban las cuestiones que se pueden resolver ese día.
—¿Quién me ayuda a salir?
—Yo —responde una voz atronadora, que reconozco como la del chico que se había escondido donde la señora Patricia el primer día de clase. Me dejo guiar hasta la salida, su mano es grande y fuerte, aunque apenas me roza, con unos andares mal gestionados por ese cuerpo. Las personas suelen mostrarse tiernas con mi fragilidad, y con este chico ya se ha instaurado una relación que a veces no se da ni en cinco años de convivencia. Sin duda, las relaciones son como los puzles, solo encajando las fichas en los huecos vacíos se forjan lazos verdaderos.
—Por aquí, profesor.
—No sirve de nada que me digas «por aquí», porque no sé por dónde es. Lo que necesito es que me cojas del brazo y me guíes —siento que me agarra con más seguridad y me orienta hacia la puerta, bordeando la tarima.
—Ya me encargo yo, Óscar —es la voz de Patricia que ya nos está esperando en la puerta, como habíamos acordado.
—A sus órdenes, tía Patri.
Los demás se ríen.
Le doy las gracias al chico y me confío a las manos de Patricia.
—¿Quiere un café, profesor?
—¿Otro?
—Los míos nunca son demasiados.
Agarrados del brazo llegamos a su refugio, que huele a lavanda y café.
—¿Qué tal ha ido?
—Muy bien.
—¿Ha visto qué tesoros…?
—No he visto nada, Patricia.
—Perdón, profesor, siempre meto la pata.
—Ya lo veo.
Permanece en silencio, confusa, hasta que se da cuenta de que es una de mis estúpidas bromas, que aún no sabe cómo tomarse por miedo a ofenderme. Pero se está acostumbrando muy rápido y nos echamos a reír.
La mañana llama a todos a salir a la luz y la ciudad baraja las vidas de los participantes de un juego cuyas reglas, a menudo, no se conocen. Por eso, un buen día, aquel genio de la física, Erwin Schrödinger, a quien todos recuerdan por su gato cuántico, se preguntó: «¿Qué es la vida?». E intuyó, él, que no era biólogo, la estructura del ADN diez años antes de que fuera descubierta: infinitas combinaciones posibles de una secuencia estable de átomos contenidos en un espacio pequeñísimo. La vida era un mensaje codificado. ¿Y no es acaso esto un nombre propio? Una secuencia única de letras elegidas de entre el ilimitado alfabeto de la vida, para identificar lo que nunca antes se había dado en la historia y que no se dará nunca más. Pero un nombre necesita ser pronunciado por alguien, así como el ADN, por sí mismo, no es suficiente para construir un destino. El genoma, de hecho, no puede originar nada sin el epigenoma, es decir, el modo con el que la vida nos toca cada día y modifica incluso las estructuras más profundas. Al oír nuestro nombre respondemos: «¡PRESENTE!» porque se enciende todo nuestro destino, como un interruptor enciende la luz. Somos un fenómeno físico y metafísico único, que desaparece cada vez que decimos «yo» con mentira, porque solo el mágico sonido de nuestras letras puede activar el compuesto de alegría y dolor, amor y desamor, de miedo y aventura del que estamos hechos. No se puede responder a nuestro apelativo por costumbre, porque no vivimos por costumbre, sino por la inquietud. Siempre he pensado en las palabras como si fueran compuestos o reacciones químicas, y a esto le he añadido la obsesión etimológica. Si al verbo latino pello, «empujar», añado la preposición ad-, «hacia», doy vida al compuesto ad-pello, «empujar hacia», o sea, la acción que realiza una mujer cuando da a luz. «Apelar» significa:
- llamar por su nombre a una persona, para asegurarse de que esté presente;
- invocación, petición de ayuda.
En ambos casos es una voz la que hace posible la vida humana: una vez empujados hacia la luz, ¿qué tenemos que hacer para permanecer en ella? Todos nosotros, de la mañana a la noche, luchamos para que nuestro nombre se pronuncie como se debe. Buscamos eso en todas partes: en un puesto de trabajo, en una relación, en una noticia, en un traje, en un récord, en una pasión, en una perversión, en la violencia, en la ambición, en la dependencia y en la destrucción, en el dominio y en el placer, en una tumba, en la elección de algo o alguien a quien pertenecer; porque eso significa tener un nombre: tener algo o alguien que lo proteja. El nombre nos hace ser un poco menos mortales y esta es la verdadera lucha por la supervivencia, antes aún que la de las especies. Demasiado a menudo nuestros nombres propios se reducen a nombres comunes, necesarios para el uso corriente, en el que lo mismo da uno que otro: plato, cama, mesa… Pero cuando un nombre propio se hace común, deja de vivir. ¿No sirve acaso la poesía para restituir a los nombres comunes su dignidad de nombres propios? Por eso los mejores poetas y científicos son los que unen la ternura y el rigor. Dar un nombre propio y dar a luz son el mismo acto. Desde que soy ciego, he entendido que la luz no es solo la que se refleja en las cosas, sino a la que sales cuando alguien te llama por tu nombre. El día en que los médicos me dijeron que en pocos años me quedaría ciego, fue el día de mi llamada. La vida me llamó por mi nombre y me preguntó si estaba presente, es más, si alguna vez lo había estado o si me había hecho esa ilusión a través de todas las máscaras que me había puesto en el transcurso de los años.
Para ser capaz de enseñar tengo que concentrarme en la presencia de los chicos y no en mis expectativas; tengo que dejar que sean ellos los que salgan a la luz y no yo quien los ilumine. Al menos, tengo que intentarlo… Igual que he tenido que aprender a ver crecer a mi hijo tocando su rostro, escuchando sus palabras y sus silencios. Y aun así, quisiera volver a verlo. ¿Y mi hija, a la que nunca he visto? No consigo conformarme con mis dedos y su voz, porque, además, si estoy aquí ahora, contando esta historia, se lo debo a ella…
Mientras estoy absorto en esos pensamientos suena el timbre. Para alguien que ve, algunos sonidos son solo detalles de un contexto que el cerebro posiciona automáticamente en un segundo plano, pero para un ciego, invaden el primer plano y cancelan todo lo demás. El timbre es uno de esos sonidos. Es hora de empezar.
—No seguiremos el orden alfabético, sino el espacial, así podré asociar vuestras voces a vuestra posición. Empecemos por el más cercano a la ventana y después iremos hacia la puerta.
Percibo un murmullo: se mezclan rápidamente la exaltación, el miedo, la arrogancia… todos los sentimientos dispersos de la adolescencia se catalizan en el momento de pasar lista.
—Más adelante nos dejaremos llevar por las necesidades de la vida o por el azar de mi dado de diez caras. Aunque ya hoy vamos a comenzar haciendo una excepción, como hace la naturaleza en los momentos en que evoluciona: ¿Elena?
ELENA
Presente. Presente está mi cuerpo, aunque puede que ni siquiera eso. ¿Cómo es posible estar presente en algo que llamamos «obligatorio»? ¿Cómo se puede estar presente por obligación? Pero no quiero empezar con polémicas, que después todos me tachan de tía amargada desde la primera semana de clase. Me llamo Elena y la culpa es de mi padre, que está obsesionado con los mitos porque, cuando era niño, su madre siempre se los contaba. No sé por qué cuentan mitos a los niños, rebosan sangre y violencia, y después os escandalizáis de nuestros gustos, como si los dioses que se comen a sus hijos o se aparean tomando formas de animales con mujeres incautas fuesen mejores solo porque son antiguos… Pero estas cosas, a nosotros, los de ciencias, no nos interesan, nosotros estamos hechos de raíces e integrales: la verdad sin melindres.
Me llamo Elena porque Elena era la más hermosa y mi padre decidió que así se llamaría su primogénita, incluso antes de haberla visto. Estaba tan orgulloso de mí que no concebía la idea de que yo no fuera la más bella de todas, como si antes no hubiera nacido nadie más. Creo que este es el efecto que causan los primogénitos en los padres y por eso luego los machacan con sus expectativas. Pero no se acordó de esa parte del mito en la que Elena se convierte en una zorra, cuando traiciona a su marido Menelao para irse a Troya con Paris y causa la primera guerra mundial de la historia. La abuela Blanca le contaba las historias a mi padre en su versión purificada, en la que Elena había sido raptada por Paris y los griegos solo habían ido a recuperar lo que les había sido arrebatado con engaños. Y con otro engaño lo habían recuperado. Esto era lo que mi padre recordaba cuando yo nací, y mi madre lo secundaba. Mi madre era una mujer guapísima, de ella he heredado la forma de los ojos, mi sutil nariz y el cabello ondulado. Ahora ella se está marchitando, porque la vida no es dulce ni a los dieciocho ni a los cuarenta y ocho. No creo que lo sea nunca, pero con mi madre se ha ensañado y le ha dado un tumor en el pecho: se lo han extirpado. Desde ese día algo se ha apagado en ella. El tumor se le ha llevado el seno izquierdo y el corazón detrás del seno. Se ha vuelto melancólica. El tumor ha abandonado su cuerpo, pero sigue presente en su alma. No tiene mucha luz, aunque mi padre intenta llevarle siempre un poco. Mi padre la sigue amando, ella, no lo sé, porque ahora parece que mi madre ya no ama nada.
Cuando entré en el instituto era feliz. Todo lo nuevo me daba el miedo justo, porque sabía que habría podido afrontar casi cualquier cosa. Elegí Ciencias, a pesar de que mis padres insistían en que hiciera letras puras, como ellos, pero prefería la franqueza de los números a las pesadillas de los mitos. Después llegó el tumor y me entró miedo a vivir. Las matemáticas ya no me interesaban, no podía salvar a mi madre. Y, por desgracia, los horrores de los mitos eran ciertos: la vida es una horrenda tragedia. Por hoy basta de amarguras. Que pase el próximo condenado.
CÉSAR
Óxido es mi nombre de guerra, juego siempre, tenga las cartas que tenga, lo aprendí de pequeño, cuando los demás eran felices, tenían sueños, montaban en bici. Pero la vida es un zulo, todos buscan la felicidad o al menos algo chulo, pero al final, la verdad, es que estamos sin consuelo, sin alas y sin vuelo. Óxido siempre dice la verdad, bajó al infierno como Dante, y volvió de él sin la piel, pero con corazón de gigante. En Elena, hasta ahora, no puse mientes, tuvo que pasar lista un profesor invidente, y así nadie sabe nada de mi existencia, se ve solo la máscara, no la esencia. Pero me gusta este juego: es como un desafío de beat, te expones al graderío sin feat, sin cit, todo explicit. César es mi nombre, mi madre me lo dio, no sé ni cuándo ni dónde, después me abandonó. De mi padre el semen solo he tenido, un esputo, o quizá algo más breve ha sido. Mi vida empezó sin permiso, de un polvo rápido soy fruto insumiso. No hablo nunca de mí, me hace demasiado mal, como el mar, que tiene demasiada sal y te recuerda cada herida, hace que escuezan, hasta la más pequeña, hasta la más vieja.
