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Una fría noche de invierno, el joven Antoine Villaert, aspirante a politécnico, conoce a un general durante una cena. No imagina que, de esa forma tan anodina, la pasión acaba de irrumpir en su vida; tampoco sospecha las consecuencias que tendrá el encuentro. Esta primera novela de Catherine Guérard es la crónica de una pasión entre dos hombres que, como todo amor literario, ve la luz, florece y luego, según los casos, madura, estalla o muere. En ella la autora no hace de la homosexualidad el tema central, sino que indaga en la búsqueda de la libertad y en un amor absoluto que solo la guerra consigue tambalear. No es a la moralidad ni a las convenciones burguesas a lo que Antoine y el General deben hacer frente, sino más bien a las responsabilidades del «hombre de guerra», por un lado, y al ardor apasionado del héroe romántico por el otro. Tierna y trágica, con tintes de humor y de enredo, Príncipes fue publicada por primera vez en 1955. Doce años después vio la luz Renata sin más, la única otra novela de la magnífica rara avis que es Catherine Guérard, que hoy se erige como una figura imprescindible de la literatura francesa.
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Seitenzahl: 80
Veröffentlichungsjahr: 2026
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Título original: Ces princes
© Éditions Gallimard, París, 1965
© de esta edición, Editorial Tránsito, 2026
© de la traducción, Regina López Muñoz, 2026
diseñodecolección: © Donna Salama
diseñodecubierta: © Donna Salama
fotografíadesolapa: © Jacques Sassier / © Gallimard
impresión: Kadmos
Impreso en España – Printed in Spain
ibic: fa
isbn: 979-13-990701-0-1
eisbn: 979-13-990701-1-8
depósitolegal: m-22849-2025
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Catherine Guérard
Traducido del francés por Regina López Muñoz
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
XIX
XX
príncipe: dícese del que posee una soberanía.
Son esperanzas, pero ¿qué puede uno ver, qué puede uno sentir si el alma no ha conocido juegos, esplendores y auroras?
Nietzsche
Cuando hubo concluido los estudios en el liceo y llegó el momento de elegir, Antoine Villaert no supo qué hacer.
Por su temperamento intelectual y literario, estuvo tentado de cursar Letras en la Escuela Normal, pero su pereza, que era extrema, le hizo desistir. Prefirió ingresar en la Politécnica, donde el hecho de no esforzarse no le provocaría remordimientos. Toda vez que carecía de espíritu militar o matemático, su entorno censuró su modo de actuar. La familia, indignada, trató de hacerle cambiar de opinión, pero Antoine era testarudo e hizo caso omiso, lo que no fue obstáculo para que, una vez aprobado el examen de admisión, le confiara a su dentista: «Me fastidia mucho ir a esa escuela de cretinos. Un politécnico ya se sabe lo que es».
En cualquier caso, cambió de parecer al cabo de unos meses. Frecuentando aquel centro constató, no sin sorpresa, que existían politécnicos inteligentes y finos, y que no necesariamente tenían espíritu militar.
Sin embargo, aquellos pocos meses fueron lo más que pudo soportar de una institución hacia la que sus gustos no se inclinaban y cuyo plan de estudios le inspiraba un hastío mortal.
Decidió por tanto abandonar y, con el fin de suavizar el descontento de su familia, marchó a hacer el servicio militar.
Como era de salud delicada y su padre tenía muchos contactos, el tiempo que dedicó a aprender a manejar las armas fue de una brevedad que lo colmó de júbilo. Después lo destacaron en París, en el Ministerio de Defensa Nacional, donde concluyó el servicio unos meses más tarde.
Nuevamente se planteaba la cuestión de su porvenir. Holgazán empedernido, caprichoso, artista, Antoine no soportaba siquiera la mera idea de asumir obligaciones. Solo pensar en un empleo que exigiera cierta sumisión lo sumía en una melancolía infinita. Emprendió, pues, la búsqueda de una colocación poniendo toda su mala voluntad. Su renuencia se vio plenamente recompensada cuando dio con la vacante de sus sueños en una editorial.
Dotado de un puesto de trabajo, y desembarazado de la peor faena que puede recaer sobre un joven, Antoine se impuso el deber de esperar de la vida la felicidad más absoluta. Tenía apenas veinte años.
Por lo demás, se hacía de su futuro una idea altísima y muy noble y, a fin de que su vida fuera perfecta, desestimaba
meticulosamente todo lo que pudiera atentar contra su bienaventuranza. Aun siendo algo pueril, con frecuencia hacía gala de una madurez desconcertante. Tenía una percepción despojada y diáfana del porvenir; la desconfianza y la prudencia que esto confería a sus actos lo atribulaban a menudo. Este exceso de razón lo importunaba en ocasiones, pero lo soportaba porque había de garantizarle un porvenir dichoso.
Tampoco estaba dispuesto a sacrificar sus principios en pro de su deseo de conocer el amor de otro modo que no fuera el más clandestino y breve. No quería encariñarse con nadie, por miedo a que más adelante le infligiera sufrimiento.
A menudo se jactaba en su fuero interno del desapego que había logrado establecer con respecto al amor. Y sin embargo, tan triste era el vacío y tan intensa la necesidad de ternura que a veces lo embargaban que se daba cuenta de que en aquella cuasi soledad impuesta de cuerpo y mente nunca alcanzaría la felicidad.
—Pero no tienes preocupaciones —se decía—; por tanto, deberías ser feliz. No estás atado a nada concreto, nada te aflige, nada te perturba. ¿A qué se debe esta melancolía?
»A que no soy nada. No ser nada no es vivir. No soy nada para nadie. Estoy solo.
Y no podía por menos de reconocer que la necesidad de amor lo atormentaba a pesar de lo mucho que se esmeraba por reprimir aquel sentimiento.
Debe dejar hablar a ese desconocido que el azar ha puesto a su lado.
La Bruyère
Antoine conoció al General una noche como otra cualquiera, una noche fría de invierno. En el transcurso de la monótona jornada que la precedió, nada hizo presagiar la importancia que aquella velada iba a tener en su vida.
Estaba invitado a cenar en casa de uno de sus amigos, antiguo compañero de la Politécnica; una cena de altos vuelos que lo intimidaba un poco.
Fue uno de los últimos en llegar a un salón donde la mayoría de la gente eran desconocidos.
Tras las presentaciones, que la anfitriona despachó rápidamente, se sirvió el oporto. Después, cuando se anunció que la cena estaba servida, pasaron a la mesa. Debido a que una invitada no se había presentado, dos hombres se vieron obligados a ocupar sillas contiguas.
Antoine tuvo, pues, a su derecha a una joven química pelirroja, que le suscitó un interés solo relativo, y a su izquierda a un hombre de mediana edad que le habían presentado como general del Ejército francés y padrino de la hija de los señores de la casa, dos datos que lo dejaron absolutamente indiferente.
Tras hacer caso a la química durante los volovanes a la reina, se desentendió de ella y atacó el pescado, con terror debido a las espinas. La timidez solía quitarle el apetito y apenas probaba bocado cuando comía fuera de su casa. Si por desdicha hacían su aparición platos aterradores a base de pescado, el malestar alcanzaba su apogeo.
Cuando comprobó que las espinas se desprendían fácilmente de la carne, se relajó un tanto y prestó oídos con más atención a las conversaciones que pululaban a su alrededor. A su derecha hablaban de política; a la izquierda, el General daba su opinión sobre un semanario que se publicaba desde hacía poco.
A Antoine le pareció que el General tenía una voz agradable y cautivadora.
Las conversaciones se interrumpieron de repente cuando un historiador se puso a contar anécdotas inéditas sobre Napoleón.
Poco antes de que sirvieran los quesos, el historiador guardó silencio y se reanudaron las conversaciones personales.
De repente, el General se volvió hacia Antoine:
—¿No está usted de acuerdo?
Hablaba de un libro nuevo que estaba en boca de todos.
—Sí —respondió Antoine con una leve inclinación de cabeza.
Era la primera palabra que pronunciaba desde los volovanes y le dio vergüenza hablar después de haber permanecido mudo tanto rato. Temía que aquel silencio, que el General debía de haber advertido, diera excesivo peso a sus palabras.
Segundos más tarde, el General se dirigió de nuevo a Antoine, esta vez con algo más que una mera pregunta fática.
—¿Y usted? ¿Es también un joven autor, un poeta atormentado?
—No, ¿por qué? —repuso Antoine, sorprendido.
—Tiene un aire cándido y fosco. Creí que sería artista.
—Soy tímido —comentó Antoine a guisa de explicación.
—Es un defecto ridículo —opinó el General.
«Vete al carajo», pensó Antoine.
—Tengo los defectos que puedo —añadió en voz alta, mirando un salero con vaguedad—. También soy desordenado, holgazán y orgulloso.
El General lo escudriñó con asombro.
—Y rencoroso, ¿no? En cualquier caso, nunca he considerado el orgullo como un defecto, ¿sabe usted?, siempre y cuando esté justificado y tenga su razón de ser.
—Opino como usted —respondió Antoine con una sonrisa de niño satisfecho.
—Lo importante —continuó el General— es que el orgullo sea íntimo y un velo de modestia lo recubra.
—Hipocresía, en definitiva —declaró Antoine.
—Hasta cierto punto, me complace la hipocresía. Pero ¿qué motivos tiene usted para ser orgulloso? —añadió el General sin dejar de mirar a Antoine.
Sorprendido y perplejo ante aquella pregunta tan directa e inesperada, Antoine se quedó mudo unos segundos. Entonces se le ocurrió una idea que lo puso contento.
—Mi general, estoy orgulloso de ser francés; estoy orgulloso de mi patria, orgulloso de mi Ejército, orgulloso de ser joven y de pensar que mi juventud servirá para defender mi país. Ya ve —concluyó con una sonrisa mezquina.
—Al menos me ha dado un escarmiento —declaró el General, divertido.
—Yo soy como ese héroe de Cocteau que «será un muerto joven y guapo para la próxima guerra».
—¡Qué joven es usted! —constató el General con creciente diversión.
—Es precisamente el motivo de mi orgullo —confesó Antoine, olvidando su acostumbrada reserva—. Me llena de orgullo pensar en mi juventud, en la vida que tengo por delante y la felicidad a mi disposición.
—Pero ¿y qué lugar ocupa el muerto en todo eso?
—El muerto —respondió Antoine juntando con la mano un montón de migas de pan que había a su izquierda— es el miedo; lo demás es la esperanza, la voluntad, el sueño que deseo ver hecho realidad.
»Muy lírico, ¿no le parece? —añadió con una sonrisa un poco distante—. Es por el vino. No tengo costumbre de tomar vino. Aparentemente, me excita.
—Una excitación la mar de serena —comentó el General en tono de chanza.
