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Después de acabar con Thomas, Anderson despierta en medio de una habitación. Es el soldado perfecto. Pero ya no recuerda nada. Los fantasmas de su pasado lo atormentan En un mundo velado por la guerra, unos pocos le hacen frente al imperio de Zenith. Las conspiraciones están a la orden del día. La violencia es el legado de un régimen opresivo. En esta emocionante novela distópica, cada paso involucra un peligro. Un grupo de amigos lo arriesga todo para exponer la verdad. ¿Podrán estos jóvenes cambiar el curso de la historia y devolver la luz a un mundo sumido en la penumbra? La resistencia es el primer paso hacia la libertad.
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Seitenzahl: 128
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Proyecto Nostalgia 2 © 2024, Manuel Alejandro Villarroel Cerda ISBN Impreso: 978-956-406-401-7 ISBN Digital: 978-956-406-430-7 Primera edición: Mayo 2024 Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni en todo ni en parte, tampoco registrada o trasmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mediante mecanismo fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo escrito por el autor.
Trayecto Editorial Editor: Aldo Berríos Diseño portada: Claudia Astudillo Diagramación: David Cabrera Corrales Dr. Sótero del Río 326 of 1003, Santiago de Chilewww.trayecto.cl +56 2 2929 4925
Imprenta: Donnebaum Impreso en Chile/Printed in Chile
“En el horizonte de la adversidad, la rebelión florece como un rayo de esperanza, desafiando la tiranía y sus cadenas opresivas, mientras las lágrimas de la pérdida alimentan el fuego de la memoria. Cada sonrisa, cada recuerdo… honramos a los que partieron, conmemoramos con alegría. Su legado se entrelaza con nuestras vidas, guiándonos
hacia un mejor futuro.”
—¿Dónde estoy… dónde carajo estoy?
Se repetía una y otra vez, abriendo los ojos.
El moho hacía contraste con las paredes blancas, el techo parecía carcomido por las termitas. Trató de sentarse en la cama, una cama bastante extraña que no rechinaba y era bastante cómoda, también de color blanco.
¿Quién era? ¿Por qué estaba en este sitio?
Demasiadas preguntas pasaban por su cabeza.
Observó todo con detención. Había un estante con libros llenos de polvo, todos del mismo autor: “Anderson”, a secas. Al mirar a la derecha, vio un conducto de ventilación plateado que desaparecía tras la muralla blanca, una mesa a la izquierda con una silla y una bandeja de comida añeja. Al fondo, una puerta blanca con una ventanilla y en la esquina de la derecha, un baño junto a un lavamanos con un pequeño espejo en la pared.
—¿Quién… soy yo? —le preguntó al espejo, tocándose la cara y su cabello corto mientras movía la cabeza y hacía muecas, en un intento de reconocerse.
Encontró unas cicatrices en su cabeza y otra cerca de su ojo izquierdo. No sabía si esa era su cara, no lograba recordar absolutamente nada.
Miró la estantería y caminó hacia ella.
De pronto, una visión del pasado.
Debo mantenerme cuerdo… Pero están todos los malditos libros en blanco… ¡Mierda!... Tal vez… sí… tiene que haber un maldito lápiz… Será mejor que escriba antes de que…
—Ese… ¿era yo? Acaso… ¿comencé a… recordar? —decía mientras tomaba los libros del estante y los esparcía sobre la mesa: Alianza de dragones, Un futuro incierto y La maldición de la bruja eran los títulos que se leían; el resto eran ilegibles, como si el autor hubiese perdido la cabeza.
—Ya despertaste —dijo una voz tras la ventanilla de la puerta.
—¿Quién es…? ¡¿Qué hago aquí?! ¡¿Qué es este lugar?! —gritó antes de lanzarse hacia la puerta.
—Calma, calma… muchas preguntas y poco tiempo. Solo venía a darte tu comida. Nos vemos después —dijo la voz mientras pasaba una bandeja de comida por la ventanilla y le daba la espalda.
—¡Espera, por favor! —respondió, recibiendo la bandeja y dejándola en el piso. Levantó la ventanilla para tratar de ver quién le hablaba.
El sujeto solo respondió con una risa mientras se alejaba. Claramente, él tenía las respuestas.
¿Qué podía hacer?
Solo tenía esos libros como pista. Tomó uno de ellos al azar mientras comía.
“Algo se me ocurrirá”, se dijo y comenzó a leer.
El libro era bastante corto, aunque le faltaban algunas hojas al comienzo. Las visiones volvieron.
—Tengo que hacer algo… Maldita sea, voy a enloquecer… No recuerdo casi nada… Necesito escribir…
Una chica lo miraba con preocupación. Vestía un pantalón oscuro, una polera negra con manchones rojos y agujeros en varias partes del pecho. Su pelo llegaba hasta los hombros, de color gris y con un mechón rojo en la parte de atrás.
—Escribe lo que recuerdes, Anderson… y hazlo pronto… Él ya viene otra vez.
Anderson comenzó a escribir todas las cosas que se le venían a la mente en ese momento. Cosas de cuando despertó en su habitación, cosas extrañas de una casa quemándose, libros oscuros. Trató de conectar todas las ideas con ayuda de ella, la única persona con quien podía hablar, y sabía mucho de su pasado.
—Ya llegó, trata de escribir otra cosa… ¡rápido! —le advirtió Paz.
—¿Y qué se supone que escriba? —le dijo mientras arrancaba las hojas y las escondía. Ella se acercó y le susurró algo al oído, a lo cual Anderson comenzó a escribir raudamente. Los pasos se escuchaban cada vez más cerca, venían desde el otro lado de la puerta.
—Vaya, pareces ocupado —habló el sujeto tras la ventanilla—. ¿Qué te traes entre manos?
—Me las doy de escritor. ¿Te interesa? —respondió Anderson, con tono burlesco y ansioso a la vez.
—Claro, sería bueno para el informe —dijo el otro, abriendo la puerta.
Era un tipo bastante alto, de pelo corto y rubio. Estaba armado con un fusil de guerra y tenía cicatrices en la cara. Parecía tener experiencia en combate, su postura lo delataba. Vestía un delantal blanco manchado y en su pecho había una especie de identificación sin fotografía, en donde se podía leer un nombre: “Doctor Soto”.
—Se ve interesante… ¿Te importa si me lo llevo? —le preguntó a Anderson, luego de quitarle el libro de las manos.
—Como quiera.
—Te lo traeré cuando termine de leerlo. Si es entretenido, tal vez comas dos días seguidos —bromeó el doctor.
—No es que tenga prisa por salir de este acogedor lugar —respondió Anderson de forma sarcástica.
—Bueno, tampoco es como que pudieras hacer algo al respecto —contestó Soto, para después salir por la puerta…
Anderson… ¿Se llamaba Anderson? Revisó el resto de los libros, algunos le traían recuerdos borrosos y otros no le producían absolutamente nada. Pero a todos les faltaban hojas. ¿Dónde estaban esas hojas? Tal vez, si las encontraba, podría averiguar algo sobre su identidad.
Buscó por todos lados mientras se entrevistaba con el doctor Soto. El hombre se percataba de esto, y simplemente decía:
—Tú sabes quién eres. Pórtate bien.
No servía de nada. Incluso Paz trataba de hablar con el doctor, pero Soto siempre la ignoraba, como si no existiera.
—Y limpia ese chiquero. Hay un montón de papeles bajo ese mueble —dijo antes de retirarse de la habitación.
Anderson recogió los papeles y luego los ordenó sobre la mesa. Hizo a un lado los libros y revisó las hojas: eran todas las páginas faltantes. La letra y el color eran iguales. Trató de ordenarlas siguiendo algún patrón lógico, comparó las letras y notó que algunas se parecían más que otras. Podía unirlas.
Leyó en voz baja.
“Comienzo a olvidar cosas. Paz está aquí conmigo. Ella me mantiene medianamente cuerdo, aunque no sé por qué el doctor nunca la toma en cuenta.
Lo que recuerdo y lo que me confirmó Paz, es mi nombre: Anderson Torres. Aunque ese no es mi apellido, Paz me dijo que me lo cambiaron en el ejército. ¿Cuándo estuve en una guerra? Tengo vagos recuerdos de batallas en el desierto, de una ciudad completamente bañada en algo blanco, con figuras humanas congeladas. ¿Qué pasó en ese lugar? A veces vienen a mi cabeza imágenes de una casa cubierta en llamas: Paz está en ella, pero hay dos mujeres más. Una de ellas me habla antes de que las llamas se la lleven. Otro recuerdo. Estoy en otra casa, con otras personas. Hay alguien importante… ¿Quién es?
Paz me dice que se llama Serena, pero nada más. Suelo estar mucho con ella. Ahora veo a un tipo extraño con un aparato en la mano, lo escucho decir que me programaron recuerdos del incendio. Que mi relación con mis hermanas fue manipulada, implantada a modo de entretención.
¿Qué tengo en la cabeza?
¿Recuerdos falsos?
Cuando pienso en ello, pierdo el conocimiento… ya me ha pasado antes. Paz dice que comienzo a gritar y a tocarme la cabeza, lanzo golpes hasta que me desmayo. Y el tipo que me trae comida suele anotar todo lo que pasa.
Soto. Así se apellida el tipo.
Ignoro si alguna vez supe su nombre… quizás lo olvidé.
He tenido que leer todo lo que escribí hace tres días. Sucede que, de vez en cuando, escucho una música atrás de la puerta. Cuando suena, mis recuerdos se van a otro lado. Hago todo lo que Soto me pide.
Solo quiero volver a ver a Serena… también a Andrea.
No sé a quién le pertenece ese nombre, pero quiero volver a verla…
Eso era todo lo que había escrito, el resto era ilegible; pero tenía suficiente información para empezar. No podía recordar sus rostros, pero sentía que debía volver con ella.
¿Cuánto tiempo llevaba encerrado?”
Un estruendo remeció su cabeza, luego vino el temblor. Todos los muebles cayeron al piso, mientras una alarma comenzaba a sonar y una luz roja se adueñaba de la habitación.
Afuera se escuchaba una especie de tiroteo.
La tierra retumbaba una y otra vez.
—¿Hola? —dijo una voz detrás de la puerta.
—¡Aquí! ¡Estamos encerrados! —respondió Anderson, desesperado por salir.
—Vaya, menos mal… Ya me estaba aburriendo de recorrer esto. ¿Cuántos son?
—Somos dos.
—¿Y cuánto tiempo llevan ahí?
—No lo sabemos.
—Okey, aléjense de la puerta. —Se escuchó un disparo y la puerta fue abierta de una patada en el picaporte—. Oye… ¿no eran dos?
—Claro, ella es Paz —replicó Anderson, enseñándole el aire.
El tipo miró para todos lados y pensó que Anderson debía estar medio loco por el encierro. Medía un poco más de un metro sesenta, el cabello era ondulado y le llegaba hasta los hombros, y vestía chaqueta negra y polera café.
—Salgamos —le dijo el sujeto a Anderson, mostrándole el pasillo—. Afuera todos se están divirtiendo.
Al dejar la habitación, Anderson notó que el pasillo estaba repleto de puertas iguales a la suya. La mayoría oxidadas y rotas. Los cuerpos llevaban demasiado tiempo en descomposición.
Anderson trataba de calmar a Paz, quien se inquietó al ver los cadáveres.
Mientras tanto, el tipo miraba a Anderson con extrañeza. Le parecía muy raro que siguiera hablando solo.
—¡Espera un poco! ¡Falta Soto! —lo frenó Anderson, tomándolo por el brazo.
—¿Soto? ¿Y ese quién es?
—El que me traía comida… Creo que está a cargo de este lugar.
—Debe ser el tipo que se encerró en cuanto me vio…
Tomaron rumbo al final del pasillo. Había dos caminos, uno de ellos tenía unas escaleras que subían y el otro era un pasillo más corto que daba a una puerta distinta a las demás; robusta y entreabierta.
Al entrar, vieron a Soto sentado en una silla. Sangraba de una de sus piernas. Un trozo de metal la había perforado.
—Maldito Alejandro… —dijo Soto entre jadeos—. Tú y tu estúpida resistencia…
—Qué te puedo decir —respondió el otro—. Se sabe que soy fastidioso. ¿Tienes algo de valor por acá?
Alejandro buscaba cosas y le lanzaba objetos en la herida.
—Anderson, mira —le dijo Paz a su hermano, enseñándole unos papeles sobre la mesa.
Anderson encontró varias fotos que le resultaban familiares, algunas de Paz y otras de él mismo. Incluso había una foto del tipo que deambulaba por sus recuerdos.
Entre las fotos encontró unas fichas con diversos nombres. Encontró el suyo sin mucha dificultad.
Seguimiento realizado por: -------------
Duración: ------------- años.
Anderson, de ahora en adelante, el “objetivo”, fue soldado durante la guerra. Se desconocen informaciones oficiales, todas son confidenciales de grado siete. Al entrar al servidor, sus datos fueron eliminados por un virus del partido de Sion.
Único sobreviviente confirmado del “síndrome de la nostalgia”. Efectos secundarios fueron confirmados, como se esperaba.
Pelotón ------------- en la batalla ------------- .
Fue puesto bajo vigilancia de la división dos en Norwin. Posteriormente, se informó de una posible consolidación para el proyecto inicial. Fue trasladado a la división uno en Winter, bajo la condición de curar al objetivo “Serena”.
Existió conflicto con el presidente de división, Thomas, provocando un enfrentamiento directo con el objetivo. Se aplicó el protocolo establecido para efectuar el -------------.
Resultado fallido. El líder de la división resulta muerto en acción, el objetivo logra escapar, pero con secuelas, debido a la acción del protocolo número -------------.
Se solicita más tiempo para observación.
El objetivo padece de afecciones de memoria, sintomatología no documentada. Se estipula la opción de combinar el síndrome y los efectos del enfrentamiento con el líder de la división uno.
El objetivo se encuentra en recuperación hace dos años. No hay avances significativos, llegan órdenes superiores de llevarlo a instalaciones de ------------- y retenerlo.
El resto del informe estaba quemado, en muy mal estado. La información solo le confirmaba su nombre y el de Thomas.
En ese momento, “la nostalgia” actuó otra vez.
Comenzó a recordar pasajes de su conflicto con Thomas.
Se encontraba cara a cara con Thomas. Él estaba diciendo algo mientras veía que lo apuntaba con una pistola. Solo lograba ver cómo movía su boca, quería escuchar, pero no lo lograba. De pronto, logró oír algunas palabras:
—Si todo hubiera salido bien, el mundo estaría en paz, al amparo de un ejército que no dudaría en seguir órdenes. No habría conflictos con el Gobierno, ni descontento ni golpes de Estado, mucho menos tendríamos delincuencia. Todos se sentirían seguros, sería un mundo mucho mejor, bajo una misma ideología, sin lados políticos, las guerras pasarían al olvido. Los ideales quedarían atrás. ¡Es la perfección! —exclamó Thomas con una risa en los labios y mostrándole el artefacto a Anderson.
—Ya… no… puedo… pensar…
—Si se pregunta por qué tanto misticismo, es bastante simple: el ser humano reacciona al dolor y la tristeza. Así controlamos sus niveles de resistencia a las nanomáquinas y los llevamos a volverse un animal domado. Esa es la tarea del partido de Sion en este mundo. Y me alegra saber que usted, señor Torres, lo ha resistido todo. En su cerebro está la respuesta para…
—Ya… ¡cállate de una puta vez! —gritó Anderson, lanzándose encima de Thomas y rompiéndole el cráneo contra el piso de piedra. Luego le arrebató la daga dorada, y como no podía pensar bien, se la clavó en pleno corazón…
—Anderson… ¡Anderson! —le habló Paz, sacándolo del trance—. Mira el otro papel.
Anderson tomó la ficha que seguía. Tenía el nombre de Serena. Era más breve que el suyo.
Seguimiento realizado por: -------------.
Duración: 6 meses.
Se procede a redactar la información básica de “Serena”, desde ahora, el objetivo. Cabe mencionar que no existe información precisa o de interés para el protocolo -------------.
Nombre: Serena.
Fecha de nacimiento: Desconocida.
Edad: ------------- y ------------- años.
Aspecto físico: Ojos color miel, cabello largo, estatura media-baja.
El objetivo ejerce de policía. Sus informes la describen como una mujer brillante intelectualmente, aunque tiende a la distracción. Dentro de los aspectos que la ayudaron a destacarse en su trabajo, se encuentran su constancia y seriedad. Una de las mejores alumnas de su generación. Según varios oficiales, puede cambiar el color de sus labios según su estado de ánimo. De esto se podrían inferir las condiciones y formas de actuar para lograr su secuestro. Ha sido premiada en reiteradas ocasiones por arriesgar la vida en procedimientos con personas en peligro.
El resto de la información se considera irrelevante para -------------, por lo que se mantiene en observación por órdenes de -------------.
Ojos color miel, cabello largo y estatura media-baja. Anderson buscaba de forma desesperada entre las fotos, deseaba ver la cara de Serena. No sabía por qué.
Paz trataba de ayudarlo.
—¿Qué buscas? —preguntó Alejandro, sin dejar de lanzarle objetos a Soto.
—Una fotografía… —Un estruendo lo interrumpió.
—Date prisa, que esto se derrumba —advirtió Alejandro.
—¡Nunca derrocarán a Samara! —dijo Soto con voz compungida, justo antes que un disparo le atravesara la cabeza.
—Ya cállate —sentenció Alejandro, guardando su pistola. Anderson se quedó petrificado—. ¿Qué? ¿Nunca viste a alguien disparándole a otra persona? Vámonos.
