Proyecto Nostalgia - Manuel Alejandro Villarroel Cerda - E-Book

Proyecto Nostalgia E-Book

Manuel Alejandro Villarroel Cerda

0,0

Beschreibung

Anderson es un exsoldado que vive en Norwin, un lugar triste, apagado y gris después de la Tercera Guerra Mundial, un enfrentamiento que sumió al mundo en una quietud desoladora. Su esposa y sus hermanas son lo único que le queda, además de "la nostalgia", un extraño síndrome que se apodera de la mente de los que combatieron, y que comienza a mezclar realidades y tiempos en ellos. Se dice que todo funciona a media máquina, que la vida debe seguir su curso, como en el pasado. Se dice que todo está bien, pero detrás de esa calma se esconde una mano oscura: el partido de Sion, una organización con fines perversos que busca apoderarse de lo que queda. "Proyecto Nostalgia" es mucho más que un libro, se trata de una distopía intrigante y amena, la lucha de un hombre traumatizado por encontrar a toda costa la verdad.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Veröffentlichungsjahr: 2023

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



PROYECTO NOSTALGIA © 2022, Manuel Alejandro Villarroel Cerda ISBN: 978-956-406-148-1 eISBN: 978-956-406-240-2 Primera edición: Octubre 2022 Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni en todo ni en parte, tampoco registrada o trasmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mediante mecanismo fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo escrito por el autor.

Trayecto Editorial Editor: Aldo Berríos Ilustración portada: Luis Puente Diseño portada y diagramación: David Cabrera Corrales Dr. Sótero del Río 326 of 1003, Santiago de Chile www.trayecto.cl +56 2 2929 4925

Imprenta: Donnebaum Impreso en Chile/Printed in Chile

La paz muchas veces es pasajera. La paz después de una guerra puede ser una ilusión.

Capítulo 1

Si he de iniciar este relato, nada más decir que los ojos de aquella dama, azules como el cielo, me hacen pensar en los despejados y tranquilos prados de mi pueblo, en aquellos días en que la pureza de mi amada aún miraba a escondidas tras los árboles. Me detendré aquí, pues puede que nunca termine con este hermoso recuerdo.

El grupo de gente reunida comenzó a aplaudir, la mayoría de las mujeres pedían más palabras para cada una de ellas, pero en sus ojos solo existía una mujer para él. Una vez apaciguada la multitud, tomó rumbo al hospital. Subió hasta el séptimo piso, habitación 217. En ella, una mujer en silla de ruedas miraba por su ventana: su cabello era largo y de un color negro brillante, no media más de un metro con cincuenta.

—Llegaste —dijo al mirar hacia la puerta, su voz era tierna y esbozaba una sonrisa—. Me tenías preocupada.

—Lo siento, esta vez había más gente de lo normal —dijo mientras la besaba tiernamente. Su estatura no resaltaba, era de la media. Su pelo estaba revuelto y la luz de la ventana resaltaba su piel morena—. Veo que te has levantado. ¿Quieres ir al jardín?

Habían pasado ya algunos meses desde el accidente: una mina no detonada explotó cerca de Serena y los demás que hacían ayuda humanitaria. La onda expansiva derribó a todo el grupo, todos salieron con heridas y rasguños de poca gravedad. Todos, excepto ella. La fuerza la había azotado contra uno de los tantos escombros del suelo, golpeándose la espalda con el único resto de edificio con un arco de fierro; se lesionó la columna, dejándola en silla de ruedas.

A pesar de su condición, siempre se preocupó por sus compañeros. En cambio, ellos nunca aparecieron para visitarla; ni siquiera una carta, el único que había estado a su lado fue Anderson.

—Creo que cada vez llegas más tarde, siempre dices que se junta demasiada gente —decía Serena mientras observaba el juego de luces de los árboles con el sol.

—Es como si se corriera la voz, siempre comienzo a la misma hora y cada vez se reúne más gente. Al menos saco a los demás de la rutina, la economía postguerra nos ha afectado a todos.

La postguerra se había apoderado del mundo después de la Tercera Guerra Mundial: un conflicto iniciado por el mundo árabe contra las principales potencias. Todo fue tan rápido, que nadie supo del conflicto hasta que las bombas ya habían sido arrojadas en las principales capitales. Ni siquiera se sabían los nombres de los ganadores, solo quedó la ruina, pues toda la economía se enfocó en armamento, creación de nuevas bombas y minas antipersonales con un gran poder de choque más que explosivo. Anderson vivió el calvario de la guerra en carne propia, se le obligó a ser soldado en la batalla del Sahara, el conflicto más largo y que dio fin a la guerra. La mayor parte de su pelotón murió, los sobrevivientes seguían merodeando por las ciudades no bombardeadas, teniendo pesadillas sobre la guerra y el pasado. A esto se le denominó “el efecto nostalgia”.

—¿Cuándo vas a decírmelo? —exclamó ella, mientras acomodaba su silla bajo la sombra del árbol más alto del jardín.

—¿Decirte qué cosa? —respondió Anderson, mientras se acomodaba entre las piernas de Serena. Ella jugaba con su cabello revuelto.

—Que te vas. Sé que te ofrecieron un trabajo en Winter, dejaste la carta en mi habitación el otro día —dijo con algo de pena, mientras seguía jugando con el cabello de Anderson.

—Bueno, no quería decírtelo hasta que estuviera confirmado, pero sí, me ofrecieron un trabajo de guardaespaldas en Winter. Si todo sale bien, debería presentarme en dos semanas más.

—No quiero que te vayas, sé que los gastos del hospital son muy altos, pero no quiero perderte. No de nuevo —dijo con lágrimas en sus ojos.

—No llores —le habló él, tomándole las manos con calidez—. Volveré pronto, esto es solo por un tiempo. Además, tu hermana trabaja en el hospital. No estarás sola.

—¿Y tú?

—Yo crecí en Winter. Además, Andrea vive en la ciudad y creo que Paz está por llegar. Me mandó una carta la semana pasada.

—Ya sabes que no me gusta mucho que estés con ellas. Tú las ves como hermanas, pero ellas no. —Le apretó las manos a Anderson.

—Oye, las hermanas adoptivas también son familia. En fin —se escuchaba un poco molesto—. ¿Regresamos a almorzar?

El tiempo pasó rápido, la hora del toque de queda se acercaba. Anderson ya debía marcharse. No se permitían alojados en el hospital, quedarse para acompañarla era imposible. Por lo demás, su casa quedaba lejos.

—Siempre te quedas hasta tarde —le dijo la encargada del hospital, mientras lo acompañaba a la salida.

—Me gusta pasar tiempo con ella, Alejandra —le dijo con seriedad—. Quiero estar todo lo que pueda.

—Y mi hermana lo aprecia mucho —respondió ella—. Por cierto, ¿cómo van las visiones?

—Cada vez son menos, pero son molestas.

—Nadie dijo que el efecto “nostalgia” fuera placentero, Anderson.

—Tienes razón —respondió él, pensativo—. Bueno, aquí me despido. Confío en que me ayudarás con las cartas si me voy a Winter.

—Cuenta con ello. Tú sabes que la correspondencia del hospital es mucho más rápida.

—Claro.

—Basta de charla. Ya vete, que se te hace tarde.

El sol estaba ocultándose tras los cerros. Anderson comenzó a apurar el paso, ya no quedaba nadie en las calles a esa hora; lo único que veía eran soldados con ametralladoras cargadas y camiones que vigilaban los callejones. Anderson tomó un atajo a través de un pasaje sin vigilancia. Era inseguro y estaba lleno de asaltantes y manadas de ratas, pero al menos ahorraría tiempo.

Ya saliendo de esos lugares, llegó al pasaje de su casa, caminó unos cinco minutos más, mirando constantemente a sus espaldas. Abrió la puerta y solo tras cerrarla logró respirar: faltaba un minuto para las 21:30, la hora del toque de queda. Fue al baño a lavarse la cara, para luego sentarse frente al televisor y tratar de relajarse.

Entonces, todo se volvió gris.

Ya no se encontraba en su casa, estaba en un pueblo en ruinas, el sol golpeaba con fuerza y el aire era seco; para donde girara la cabeza, solo se veía desierto.

—Eh, Anderson, ¿qué pasa? Despabila, que ya vienen los moros.

—¿Cómo? Luis… qué diablos…

En ese momento, una explosión en un edificio cercano cortó la conversación. Los soldados salían de los edificios con sus armas cargadas y comenzaron a disparar; unas figuras borrosas venían a toda marcha por el desierto, respondiendo a los disparos. Anderson se miró las manos: tenía guantes de combate, de su cuello colgaba una ametralladora ligera y estaba vestido con camuflaje. Luis lo zamarreó para que volviera en sí, gritando cosas inentendibles. Anderson lo miró a los ojos, cuando una bala disparada por los musulmanes le atravesó el cuello…

La alucinación desapareció repentinamente. Había pasado una hora y media. El sudor recorría todo su cuerpo, su corazón estaba acelerado. Miró sus manos y estas temblaban sin control.

—Otra vez, ¡demonios! —se dijo, levantándose bruscamente de la silla para ir a tomar una ducha.

Las nostalgias eran cada vez menos frecuentes, pero duraban más.

Las dos siguientes semanas pasaron con rapidez, cada vez iba menos a contar historias y más al hospital. Había aceptado el trabajo en Winter, así que quería pasar más tiempo con Serena para compensar los meses que estarían alejados.

El contrato mandaba.

Había llegado el día, ya era hora de partir. Llegar a Winter no era muy difícil, pues las ciudades estaban conectadas por un sistema de trenes. Aventurarse fuera de este trayecto era un suicido, ya que todo estaba lleno de minas antipersonales, trampas y bandidos que dominaban fuera de las ciudades amuralladas. Incluso los trenes estaban fuertemente armados y siempre llevaban personal especializado.

—Gracias por traerme, Alejandra —dijo Anderson—. Me ahorraste el problema de las maletas.

—No tienes por qué agradecer. Lo hago por mi hermana —bromeó ella—. Por cierto, ¿quién te vendrá a buscar?

—Ya hablé con Paz. Ella también iba a Winter, así que iremos juntos. Su tren debe estar por llegar.

—¿Y Serena sabe de esto? Creo que no le caen muy bien tus hermanas.

—Se enojó un poco cuando se lo dije, pero eso es todo. El tema es que a mis hermanas les encanta hacerla enojar.

Las máquinas llegaban y salían todas robustas. Cuando se detenían, un grupo de centinelas salían de sus escondites, paseándose por los techos de los vagones y revisando las ametralladoras de torretas en ciertos sectores; una vez que los centinelas daban el visto bueno, los pasajeros recién podían bajar o abordar el armatoste. El tren que venía de Ross anunciaba su llegada, era más pequeño que los demás, pero más rápido.

—¿En este tren debería venir Paz? —preguntó Alejandra.

—Eso espero —decía Anderson, mientras el centinela daba la orden de abrir puertas.

Anderson observaba detenidamente a cada persona que bajaba de los tres vagones del pequeño tren, buscando el rostro de su hermana adoptiva. De pronto la vio salir del segundo vagón: traía un pantalón oscuro, una chaqueta negra y una bufanda roja; su pelo llegaba hasta un poco más abajo de los hombros, de un color negro y un mechón rojo en la parte de atrás.

—¡Anderson! —gritó Paz, corriendo a abrazar a su hermano—. Te extrañé mucho.

—Yo también, ¡pero no me asfixies!

—Lo siento, pero es que ya son dos años sin verte… no has cambiado nada.

—No estoy solo.

—¡Lo siento! —dijo ella, buscando a quién saludar, aunque sin dejar de abrazar a su hermano—. ¡Oh, Alejandra, cuánto tiempo!

—Igualmente —respondió Alejandra con una sonrisa—. No tienes por qué abrazarlo tanto, Serena no vino.

—Rayos, quería verla enojarse… llevo mucho tiempo sin molestarla —dijo Paz, soltando el brazo de su hermano—. Bueno, ya vámonos. El tren a Winter está por salir.

—Alejandra, te encargo a Serena —le pidió Anderson—. Trataré de escribir lo más seguido posible.

—Claro, pero recuerda que debes mandar toda la correspondencia por tren. En Winter hay más tecnología que acá en Norwin… ten presente eso.

—Lo tendré en mente.

—¡Cuídense mucho! —se despidió Alejandra, mientras Paz y Anderson se alejaban, saludándola con la mano.

Se dirigieron al andén número doce: el tren era de cinco vagones y tres torretas de defensa por lado. Los centinelas ya daban la orden del cierre de puertas, así que se apresuraron en subir. Presentaron sus boletos y se dirigieron al pasillo de las cabinas para encontrar la suya. El centinela dio orden de partida, la máquina comenzó a moverse mientras ellos seguían despidiéndose de Alejandra por la ventana.

Anderson no había viajado a Winter en diez años. No sabía cómo se encontraría la ciudad, sobre todo después de cinco años de haber terminado la guerra.

—Yo pensé que Serena vendría a despedirse. ¿Se pelearon, o algo? —preguntó Paz.

—Nada de eso. No puede salir mucho del hospital. ¿Por qué te gusta tanto molestarla? —dijo Anderson en tono de broma.

—¡Oye, no soy solo yo! —se quejó Paz, cruzándose de brazos como si estuviera enrabiada.

—Tienes razón, Andrea es peor que tú —le concedió Anderson. Entonces ella volvió a sonreír—. Bueno, cuéntame qué has hecho en estos dos años.

—Por dónde empiezo… ¿Recuerdas cuando en Winter estaba como ayudante de reportera?

—Lo recuerdo.

—Bueno, alguien de Ross vio mi trabajo y ahora trabajo en la publicación de un libro sobre las distintas situaciones de la postguerra. Ya sabes que cada ciudad se rige a sí misma, sin mucha intervención del Estado…

—Genial, así se podrá conocer la situación en cada uno de estos “países pequeños” —respondió Anderson—. Me alegra que todo vaya bien…