Puertas a la Práctica Budista - Chagdud Tulku Rinpoche - E-Book

Puertas a la Práctica Budista E-Book

Chagdud Tulku Rinpoche

0,0
12,50 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Puertas a la práctica budista presenta a los lectores occidentales la tradicional sabiduría del budismo tibetano en el estilo excepcionalmente accesible de su eminencia Chagdud Tulku Rinpoché, quien entreteje historias de su Tíbet natal con una exposición, paso a paso, del fundamento y de la esencia del budismo Vajrayana. Su sabiduría y su compasión, las cuales derivan de un tesoro de experiencias humanas, de un entrenamiento erudito y de una profunda comprensión meditativa, impregnan esta presentación del Dharma del buda. Rica en metáforas, la exposición de Chagdud Tulku Rinpoché trasciende las barreras culturales y religiosas para internarse en espiral a través de un extenso conjunto de enseñanzas budistas, hasta llegar a su práctica esencia. Los lectores encontrarán en este libro verdades espirituales pertinentes que traerán un inmediato beneficio a sus vidas diarias, verdades que, si son aplicadas con sinceridad, producirán cambios indudables y positivos, tanto en sus propias mentes como en sus interacciones con los otros.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 404

Veröffentlichungsjahr: 2021

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



PUERTAS A LA PRÁCTICA BUDISTA

Enseñanzas esenciales de un Maestro tibetano

PUERTAS A LA PRÁCTICA BUDISTA

Enseñanzas esenciales de un Maestro tibetano

EDICIÓN REVISADA

Chagdud Tulku Rinpoché

Makara | 2010

© Ronai Rocha

Su Eminencia Chagdud Tulku Rinpoché (1930-2002)

Editora Makara, 2010

Primera edición en español.

Reservados todos los derechos. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio electrónico o mecánico, sin la previa autorización escrita de la Editora Makara.

Título original en inglés

Gates to Buddhist Practice. Essential Teachings of a Tibetan Master.

Traducción

Yhana Riobueno

Revisión

Comité de Traducción al Español de Makara

Isabel María Rosales

Luis Armando Molina

Tomás Cohen

Alessio Chinellato Díaz

Diseño Gráfico, Portada

Rita da Costa Aguiar

Diagramación

Halinni Garcia Lopes

Producción de libros electrónicos

S2 Books

Datos Internacionales de Catalogación de Publicación (CIP)

C433p    Chagdud, Tulk

Puertas a la prática budista: enseñanzas esenciales de un Maestro Tibetano / Chagdud Tulk Rinpoche; trad. Yhana Riobueno. — Três Coroas: Makara, 2010.

320 p. : il.

 

ISBN: 9785-858954317-0

Editado originalmente em inglês com o título: Gates to Buddhist practice: essential teachings of a Tibetan master

 

1. Vida Religiosa - Budismo. 2. Budismo - Doutrina. 1 . Riobueno, Yhana. 11. Título.

CDD 294.34

Bibliotecario Responsable Ginamara Lima Jacques Pinto CRB 10/1204

editora makara

Caixa Postal 12195660-000

+55513546.8217

[email protected]

www.makara.com.br

ÍNDICE

Cubrir
Hoja de rostro
Créditos
Prefacio del editor a la primera edición en inglés
Prefacio del editor a la edición revisada
Agradecimientos a la edición en inglés
Prefacio a la primera edición en español
Parte I. Descubriendo el camino a la libertad
1. Girando la rueda
2. Trabajando con el apego y el deseo
3. Trabajando con la rabia y la aversión
4. Trabajando con la ignorancia
5. La vida diaria como práctica espiritual
Parte II. Los cuatro pensamientos que transforman la mente
6. La importancia de los cuatro pensamientos
7. El lama
8. El nacimiento humano precioso
9. La impermanencia
10. El karma
11. El océano de sufrimiento
12. Cómo contemplar los cuatro pensamientos
Parte III. Refugio y bodhicitta
13. El refugio
14. Haciendo surgir la bodhicitta
15. Bodhicitta de aspiración y de compromiso
Parte IV. Introducción al vajrayana
16. Revelando nuestra naturaleza fundamental
17. La fe
18. La oración
19. Conversación con un alumno
20. Preparación para la muerte
Parte V. En el camino vajrayana
21. Yoga del Gurú
22. Introducción a la Gran Perfección
23. Mente de la actividad, naturaleza de la mente
Glosario

PREFACIO DEL EDITOR A LA PRIMERA EDICIÓN EN INGLÉS

Puertas a la práctica budista, el primer volumen de la serie “El dharma viviente: enseñanzas orales de Chagdud Tulku”, presenta a los lectores occidentales la tradicional sabiduría del budismo tibetano en el estilo excepcionalmente accesible de Su Eminencia Chagdud Tulku Rinpoché, quien entreteje historias de su Tíbet natal con una exposición, paso a paso, del fundamento y de la esencia del budismo Vajrayana.

Hijo de Dawa Drolma, una de las más célebres lamas del Tíbet, Chagdud Rinpoché recibió un extenso entrenamiento de muchos grandes lamas y perteneció a la última generación de maestros que heredó la vasta riqueza de enseñanzas y métodos del budismo tibetano, antes de que los comunistas chinos consolidaran su poder en el Tíbet. En 1959 fue forzado a entrar en el exilio y, durante las dos décadas que siguieron, ofreció sus servicios como lama y médico a la comunidad tibetana que se encontraba en la India y en Nepal. Igualmente, ayudó al reasentamiento de refugiados y contribuyó al desarrollo artístico de nuevos monasterios.

Habiendo sido abad del secular monasterio Chagdud Gonpa en el Tíbet, uno de los pocos que sobrevivió a la invasión comunista china, Rinpoché fue a los Estados Unidos en 1979. En 1983 creó la “Fundación Chagdud Gonpa” que tiene centros en los Estados Unidos, Suramérica y Europa. Actualmente, Rinpoché vive en Khadro Ling, en la ciudad de Três Coroas, Brasil, el principal centro Chagdud Gonpa en Suramérica. Su sabiduría y su compasión, las cuales derivan de un tesoro de experiencias humanas, de un entrenamiento erudito y de un profundo insight meditativo, impregnan esta presentación del dharma del Buda, una presentación que, rica en metáforas, trasciende las barreras culturales y religiosas para moverse en espiral a través de un extenso conjunto de enseñanzas budistas, hasta llegar a la propia esencia de ellas.

Desde que Rinpoché vino a Occidente, miles de practicantes espirituales han logrado comprender mejor la naturaleza de la mente a través del adiestramiento que les ha dado en el camino Vajrayana. Maestro de las más profundas enseñanzas del camino budista, la Gran Perfección (Dzogchen), Rinpoché asumió el compromiso de hacer accesibles a los alumnos occidentales la gama completa de los métodos del Vajrayana. Sus enseñanzas, impregnadas de la perspectiva de la Gran Perfección y transmitidas con calidez y humor, les revelan a aquellos que son receptivos un atisbo de su propio estado despierto intrínseco.

La mayor parte de las conversaciones públicas de Rinpoché han sido grabadas. La serie “El dharma viviente” constituye la trascripción de esas enseñanzas. En Puertas a la práctica budista, Rinpoché nos habla del por qué sufrimos y de cómo podemos eliminar las causas del sufrimiento para alcanzar la libertad última, tanto para nosotros mismos como para los demás. Presenta así una multiplicidad de métodos para trabajar con la mente en la vida diaria; para reducir la rabia, el apego, la ignorancia, la envidia y el orgullo; para practicar la meditación con y sin esfuerzo, y para desarrollar la sabiduría y la compasión. Los lectores encontrarán verdades espirituales pertinentes que rendirán un inmediato beneficio en sus vidas diarias, verdades que, si son aplicadas con sinceridad, producirán inequívocos cambios en sus propias mentes y en sus interacciones con los otros. El libro contiene igualmente una introducción al Vajrayana, el “camino del rayo”, el cual puede seguirse con un maestro calificado.

Estas enseñanzas sirven como una introducción a la presentación del dharma del Buda de Chagdud Rinpoché. Los capítulos son independientes, aunque el libro prosigue a través de una progresión de ideas, temas y prácticas. La profundidad de estas enseñanzas se hará cada vez más evidente luego de repetidas lecturas, pero se hará más evidente aún a través de la aplicación de los principios que se enseñan. Puertas a la práctica budista es un libro no sólo sobre la filosofía de la religión budista sino también sobre la práctica budista, los métodos enseñados por el Buda Shakyamuni hace 2500 años atrás y que han producido una profunda transformación en las mentes de aquellos que los han aplicado diligentemente.

Que este libro sea la causa de la liberación para todo aquel que lo lea, que todos encuentren libertad más allá de los ciclos del sufrimiento y despierten a la verdadera naturaleza de sus mentes.

PREFACIO DEL EDITOR A LA EDICIÓN REVISADA

Desde su publicación en 1993, Puertas a la práctica budista ha iluminado temas del pensamiento budista tanto para los nuevos practicantes como para aquellos con más experiencia, y ha instruido a personas de todas las procedencias espirituales.

En los últimos diez años, Su Eminencia Chagdud Tulku Rinpoché ha continuado enseñando ampliamente y se ha conseguido con miles de alumnos sinceros, entusiastas y algunas veces escépticos. Las preguntas inspiradas por estas enseñanzas forman la base del material que hemos añadido a esta edición revisada. En ella, Rinpoché suministra claves para la práctica de la meditación formal y para la integración de métodos espirituales en la vida diaria. De modo que los lectores recibirán los beneficios del esfuerzo que otros alumnos han hecho por comprender las enseñanzas y aclarar sus intereses prácticos con un lama auténtico.

Además, hemos revisado el índice analítico y hemos compilado un glosario. Ambos serán de mucha ayuda para los nuevos alumnos y para quienes estén más familiarizados con el dharma, particularmente aquellos que tienen la intención de usar este libro como una referencia o guía de estudio.

AGRADECIMIENTOS A LA ADICIÓN EN INGLÉS

Estas enseñanzas están disponibles gracias a la inagotable compasión, bondad y compromiso de liberar a los seres de Chagdud Tulku Rinpoché.

Hacemos llegar nuestro enorme agradecimiento a los traductores e intérpretes de estas enseñanzas: Lama Chökyi Nyima (Richard Barron), quien tradujo del tibetano, y Lama Tsering Everest, Lama Shenpen Drolma (Lisa Leghorn) y Chagdud Khadro (Jane Tromge), quienes interpretaron el inglés nuevo y único de Rinpoché para las audiencias occidentales.

Extendemos nuestra gratitud a Lama Tsultrim Palmo (Mary Racine), Kimberley Snow y Barry Spacks, quienes trabajaron incansablemente como un equipo con Lama Shenpen, la editora de la serie, para hacer posible que Puertas a la práctica budista emergiera desde la trascripción de las páginas. Agradecemos igualmente a Gina Phelan y Anna Smith por su ayuda en la preparación de esta edición revisada. También debemos agradecer a todos aquellos cuya invalorable contribución ayudó en las varias etapas del proyecto.

PREFACIO A LA PRIMERA EDICIÓN EN ESPAÑOL

Su Eminencia Chagdud Tulku Rinpoché nació en el Tíbet oriental el 12 de agosto de 1930 y falleció en el templo tibetano que construyó en el sur de Brasil el 17 de noviembre de 2002. El viaje que hizo de un lado del mundo al otro, de Asia para Occidente, del norte al sur, fue motivado por una única intención: la de guiar a los seres sintientes a la liberación última a través de las enseñanzas budistas de la contemplación y de la meditación. Así, Chagdud Rinpoché trabajó incansablemente con compasión y sabiduría imperturbables. Millares de personas escucharon sus enseñanzas y las practicaron con seriedad, transformando con ellas sus vidas. Como el título lo indica, de hecho, este libro ha constituido hasta hoy una “puerta” de acceso a la práctica budista y una guía en el camino hacia la liberación.

Muchas de las enseñanzas que Rinpoché dio fueron compiladas en este libro por una de sus alumnas más cercanas, Lama Shenpen Drolma, una norteamericana que tradujo sus enseñanzas durante años. La primera edición (originalmente en inglés y luego traducida al portugués) fue recibida como un tesoro por sus alumnos de Norteamérica y de Suramérica. Posteriormente, esta nueva edición ampliada y revisada que incluye un capítulo de preguntas y respuestas, un glosario de términos budistas y un índice analítico, fue recibida como un tesoro aún más precioso. Fue traducida competentemente al español por Yhana Riobueno, profesora titular de la Universidad de Los Andes en la ciudad de Mérida, Venezuela.

En entrevistas que concedió a la prensa y en conversaciones particulares, a Rinpoché siempre le preguntaban el motivo por el cual había decidido mudarse para América del Sur. Él decía que lo había hecho por la espiritualidad natural que sentía en las personas que habitaban en esta parte del mundo, y por la afinidad que ellas tenían con las enseñanzas budistas. A muchos de sus alumnos suramericanos se les dificultaba viajar a los Estados Unidos y, por eso, Rinpoché hizo el compromiso de fundar centros y de entrenar alumnos en América del Sur. Fue así como en 1995 se mudó a Brasil, dejando atrás muchos centros exitosos y varios alumnos bien entrenados en los Estados Unidos.

Los brasileños, y algunos norteamericanos que lo siguieron para compartir con él su optimismo por el futuro del dharma en América del Sur, le ofrecieron su apoyo sincero. Un espléndido lha khang (un templo tibetano tradicional) fue construido en Três Coroas, en el estado de Río Grande del Sur. Las enseñanzas de Su Eminencia Chagdud Tulku Rinpoché florecieron, sus actividades fueron incesantes e, incluso, en la transición del final de su vida, siete horas después de su última enseñanza, estuvo resplandeciente debido a la maestría de su meditación.

Este libro, Puertas a la práctica budista, es una parte importante del legado de Rinpoché a las personas que están en busca de un camino espiritual auténtico, a los practicantes que están en busca de esclarecimientos y a aquellos que escucharon estas enseñanzas directamente y que quieren recordar su voz cálida y su sabiduría preciosa. Este libro llena la continua aspiración de Rinpoché de que, gracias a la conexión con las enseñanzas y con el maestro, todos puedan encontrar paz interior, compasión valerosa y liberación definitiva.

 

 

 

Chagdud Khadro | Chagdud Gonpa Khadro Ling, Diciembre de 2009

1. GIRANDO LA RUEDA

¿Por qué necesitamos un camino espiritual? Vivimos en una época agitada, nuestras vidas desbordan de actividades, algunas placenteras, otras dolorosas, algunas satisfactorias y otras no. ¿Por qué dedicar tiempo a la práctica espiritual?

Con frecuencia se cuenta la historia de un hombre del norte del Tíbet que decidió ir en peregrinación con sus amigos al Palacio Potala, la residencia del Dalai Lama en Lhasa, un lugar muy sagrado. Era el viaje de su vida.

En esos días, no había carros ni vehículos de ningún tipo en aquella región y las personas viajaban a pie o a caballo. Tomaba mucho tiempo llegar a cualquier parte y era peligroso ir lejos, ya que había muchos ladrones y bandidos que asaltaban a los viajeros desprevenidos. Debido a eso, la mayor parte de las personas se quedaba en su región natal toda la vida. La mayoría nunca había visto una casa; vivían en carpas negras tejidas con pelo de yak.

Cuando este grupo particular de peregrinos llegó por fin a Lhasa, el hombre del norte se sintió sobrecogido frente al Palacio Potala, con sus múltiples pisos y ventanas, y la espectacular vista de la ciudad desde adentro. Introdujo la cabeza por una angosta ventana en forma de rendija para mirar mejor, estirando el cuello a la derecha y a la izquierda mientras miraba con asombro hacia abajo. Cuando sus amigos lo llamaron para irse, intentó sacar la cabeza de un tirón, pero no pudo. Se puso muy nervioso, halándola de acá para allá.

Al final admitió que estaba realmente atascado. Así que le dijo a sus amigos: “Váyanse a casa sin mí. Díganle a mi familia que la mala noticia es que morí, pero la buena noticia es que morí en el Palacio Potala, ¿qué mejor lugar para morir?”.

Sus amigos también eran personas muy ingenuas así que, sin pensarlo mucho, estuvieron de acuerdo y se fueron. Poco después, la persona que cuidaba el altar del Palacio apareció por ahí y le preguntó:

— “Mendigo, ¿qué haces aquí?”

— “Estoy muriendo”, contestó.

— “¿Por qué crees que estás muriendo?”

— “Porque mi cabeza está atascada”.

— “¿Cómo la metiste allí?”

— “La metí así”.

El cuidador contestó: “¡Entonces, sácala de la misma forma!”. El hombre hizo lo que le había sugerido el cuidador y quedó libre.

Al igual que este hombre, si podemos ver cómo estamos atrapados, podemos liberarnos y ayudar a los otros a hacer lo mismo. Pero primero necesitamos entender cómo llegamos a donde estamos.

A lo largo de toda la vida, aunque cada uno de nosotros busque y algunas veces encuentre la felicidad, esta es siempre temporal; no podemos hacer que dure. Es como si estuviéramos todo el tiempo lanzando flechas, pero al blanco equivocado. Para encontrar la felicidad duradera es necesario que cambiemos nuestro blanco: que nos concentremos en erradicar nuestro sufrimiento y el de los otros, no sólo temporal, sino permanentemente.

La mente es la fuente tanto de nuestro sufrimiento como de nuestra felicidad. Puede ser usada positivamente para crear beneficio o negativamente para hacer daño. Aunque la naturaleza fundamental de todos los seres es la pureza sin principio y sin fin —aquello que llamamos naturaleza búdica—, no la reconocemos. En cambio, somos controlados por los caprichos de la mente común que nos lleva de arriba a abajo, de un lado a otro, produciendo pensamientos buenos y malos, placenteros y dolorosos. Mientras tanto, plantamos semillas con cada pensamiento, palabra y acción. Así como la semilla de una planta venenosa produce frutos venenosos o la de una planta medicinal frutos que sanan, las acciones perjudiciales producen sufrimiento y las acciones benéficas alegría.

Nuestras acciones se transforman en causas y de las causas derivan naturalmente resultados. Cualquier cosa que se ponga en movimiento produce un movimiento correspondiente. Cuando lanzamos una piedra en un estanque, las ondas se expanden en círculos, golpean la orilla y regresan. Lo mismo sucede cuando los pensamientos se mueven: ellos se expanden y luego regresan. Cuando los resultados de aquellos pensamientos regresan, nos sentimos como víctimas indefensas: si nos encontrábamos viviendo nuestras vidas tan inocentemente, ¿por qué nos pasan todas estas cosas? La respuesta es que las ondas están regresando al centro. Este es el karma.

La mente común es vacilante y está llena de turbulencia. Sin ningún poder para controlarla, como tampoco sus efectos sobre el cuerpo y el habla, vamos para arriba y para abajo, para adelante y para atrás, montados en la montaña rusa de la realidad.

Es como si empezáramos a girar una rueda, le diéramos un nuevo impulso cada vez que reaccionamos, y nos encontráramos atrapados en su movimiento perpetuo. Esta experiencia siempre cíclica de la realidad, con todas sus variantes, continúa vida tras vida. Este es el carácter interminable del samsara, de la existencia cíclica. No entendemos que estamos experimentando resultados que nosotros mismos hemos creado, y que nuestras reacciones producen sin cesar más causas y más resultados.

 

 

Debido a que somos nosotros mismos los que hemos creado nuestras propias dificultades, depende de nosotros cambiarlas. Una persona que tenga el cabello grasoso y enmarañado, y esté mirándose en un espejo, no podrá limpiar su imagen restregando el espejo. Alguien que padezca del hígado, tendrá una percepción distorsionada del color y verá una superficie blanca, sea ella una montaña nevada en la distancia o un pedazo de tela blanca, como ligeramente amarilla. La única manera de corregir esa visión defectuosa es curando la enfermedad. De nada servirá que intentemos cambiar el entorno exterior.

Algunas personas piensan que el remedio para el sufrimiento está fuera de ellas, en Dios o en el Buda, pero no es así. El mismo Buda le dijo a sus discípulos: “Les he enseñado el camino hacia la libertad. Seguir ese camino depende de ustedes”.

La mente, cuando se usa positivamente para generar compasión, por ejemplo, puede crear un gran beneficio. Pudiera parecer que este beneficio viene de Dios o del Buda, pero es simplemente el resultado de las semillas que hemos plantado. Aunque es a través de las enseñanzas del Buda que recibimos la llave del conocimiento que nos permite cambiar, pacificar y entrenar nuestra mente, somos nosotros los únicos que podemos revelar su verdad más profunda exponiendo nuestra naturaleza búdica con sus ilimitadas capacidades.

Nuestra experiencia actual es de relativa buena suerte. Existen muchos seres que sufren mucho más que nosotros. Desolados por el implacable dolor de la guerra, la enfermedad o la hambruna, no ven cómo cambiar su situación ni encuentran una vía de escape.

Si contemplamos la difícil situación en la cual todos esos seres se encuentran, la compasión surge en nuestros corazones. Eso nos estimula a no desperdiciar nuestras circunstancias afortunadas sino a usarlas para crear beneficio para nosotros mismos y para los otros, un beneficio que trascienda la felicidad temporal que va y viene en interminables ciclos de sufrimiento samsárico. Solamente revelando completamente la verdadera naturaleza de la mente, alcanzando la iluminación, es que podemos encontrar una felicidad duradera y ayudar a los otros a hacer lo mismo. Esta es la meta del camino espiritual.

2. TRABAJANDO CON EL APEGO Y EL DESEO

Para entender cómo surge el sufrimiento, practica observar tu mente. Comienza simplemente dejando que se relaje. Sin pensar en el pasado o en el futuro, sin sentir esperanza o miedo por esto o aquello, déjala descansar cómodamente, de manera abierta y natural. En ese espacio de la mente no hay problemas ni sufrimiento. Entonces, algo atrapa tu atención: una imagen, un sonido, un olor. Tu mente se divide en interior y exterior, “yo” y “otro”, sujeto y objeto. En la simple percepción del objeto todavía no hay problema. Pero cuando le diriges tu atención, notas que es grande o pequeño, blanco o negro, cuadrado o circular. Entonces emites un juicio decidiendo, por ejemplo, que es bonito o feo, y tienes una reacción: te gusta o no te gusta.

El problema comienza aquí, porque “me gusta” lleva a “lo quiero”. De forma similar, “no me gusta” lleva a “no lo quiero”. Si nos gusta algo, lo queremos y no podemos poseerlo, sufrimos. Si queremos algo, lo obtenemos y luego lo perdemos, sufrimos. Si no queremos algo pero no podemos mantenerlo alejado, de nuevo sufrimos. Nuestro sufrimiento parece emanar del objeto de nuestro deseo o de nuestra aversión, pero no es así. Sufrimos porque la mente se divide en objeto y sujeto, y se involucra en querer o no querer algo.

Con frecuencia pensamos que la única forma de crear felicidad es tratando de controlar las circunstancias externas de nuestras vidas, intentando arreglar lo que parece equivocado o liberándonos de aquello que nos molesta. Pero el problema real radica en nuestra reacción a esas circunstancias.

Había una vez una familia de pastores que vivía en el Tíbet. En un frío día de invierno le tocaba al hijo cuidar las ovejas, así que la familia le guardó para la cena el mejor pedazo de carne y el más grande. A su regreso, el muchacho miró la comida y se puso a llorar. Cuando le preguntaron qué le pasaba, gritó: “¿Por qué me dan siempre la peor y más pequeña porción?”.

Tenemos que cambiar nuestra mente y el modo como experimentamos la realidad. Nuestras emociones nos empujan a los extremos: del regocijo a la depresión, de buenas a malas experiencias, de la felicidad a la tristeza; un constante vaivén de adelante para atrás. Todo esto es un subproducto de la esperanza y del miedo, del apego y de la aversión. Tenemos esperanza porque estamos apegados a algo que queremos. Tenemos miedo porque sentimos aversión por algo que no queremos. A medida que seguimos nuestras emociones reaccionando a nuestras experiencias, creamos karma: un movimiento perpetuo que inevitablemente determina nuestro futuro. Necesitamos detener las oscilaciones extremas del péndulo emocional para poder encontrar un punto de equilibrio.

Cuando comenzamos a trabajar con las emociones, aplicamos el principio del hierro que corta el hierro o del diamante que corta el diamante. Utilizamos el pensamiento para cambiar el pensamiento. Un pensamiento amoroso puede servir de antídoto para otro de rabia; la contemplación de la impermanencia puede ser el antídoto del deseo.

En el caso del apego, comienza por examinar a qué estás apegado. Puedes pensar que el volverte famoso te hará feliz. Pero tu fama pudiera desatar la envidia de alguien que podría tratar de matarte. Lo que creaste con tanto trabajo, podría volverse la causa de un sufrimiento mayor. O podrías trabajar con diligencia para volverte rico pensando que eso te traerá felicidad, sólo para perder todo tu dinero. La fuente de nuestro sufrimiento no es la pérdida de la riqueza en sí misma, sino más bien nuestro apego a tenerla.

Podemos disminuir el apego contemplando la impermanencia. Con seguridad, cualquier cosa a la que estemos apegados cambiará o se perderá. Un miembro de la familia puede morir o irse, un amigo puede volverse enemigo, un ladrón puede robar nuestro dinero. Hasta nuestro cuerpo, al cual estamos extremadamente apegados, algún día desaparecerá. El saber esto no sólo nos ayuda a reducir nuestro apego, sino que también nos ayuda a apreciar lo que tenemos mientras lo tengamos. No hay nada de malo en el dinero en sí pero, si estamos apegados a él, sufriremos cuando lo perdamos. En cambio, podemos apreciarlo mientras dure, disfrutarlo y compartirlo con otros sin olvidar que es impermanente. Entonces, si lo perdemos, el péndulo emocional no oscilará tanto hacia la tristeza.

Imagínate a dos personas que compran el mismo tipo de reloj, el mismo día, en la misma tienda. La primera persona piensa: “Este es un reloj muy bonito. Me será de ayuda, pero puede que no dure mucho”. La segunda persona piensa: “Este es el mejor reloj que haya tenido nunca. No importa lo que suceda, no puedo perderlo o dañarlo”. Si ambas personas pierden sus relojes, la que está más apegada se entristecerá más que la otra.

Si somos engañados por nuestra experiencia y damos gran valor a esto o aquello, podemos encontrarnos luchando por lo que queremos contra cualquier oposición. Podemos pensar que aquello por lo cual estamos luchando es duradero, verdadero y real, pero no lo es. Es impermanente, no es verdadero ni duradero y, en última instancia, ni siquiera es real.

Podemos comparar nuestra vida a una tarde en un centro comercial. Caminamos por las tiendas llevados por nuestros deseos, tomando cosas de los estantes y echándolas en nuestras cestas. Damos vueltas mirándolo todo, queriendo y deseando. Sonreímos a una persona o a dos y seguimos, para no verlas nunca más.

Guiados por el deseo, dejamos de apreciar cuán precioso es lo que ya tenemos. Necesitamos darnos cuenta de que este tiempo que nos queda para estar con nuestros seres queridos, con nuestra familia, con nuestros amigos y con nuestros compañeros de trabajo, es muy breve. Aunque viviéramos hasta los ciento cincuenta años, tendríamos poco tiempo para disfrutar y sacar el máximo provecho de nuestra oportunidad humana.

Los jóvenes piensan que tendrán una larga vida; los viejos piensan que sus vidas terminarán pronto. Pero no podemos dar por sentado estas cosas. La vida llega con una fecha de vencimiento incorporada. Hay mucha gente fuerte y sana que muere joven, mientras que muchos viejos, enfermos y débiles, siguen viviendo. Al no saber cuándo moriremos, necesitamos apreciar y aceptar lo que tenemos en vez de continuar censurando nuestra experiencia y de continuar buscando incesantemente satisfacer nuestros deseos.

Si comenzamos a preocuparnos porque nuestra nariz es demasiado grande o demasiado pequeña, deberíamos pensar: “¿Qué pasaría si no tuviera cabeza? ¡Ese sí que sería un problema!”. Mientras tengamos vida, deberíamos regocijarnos. Aunque es posible que no todo vaya exactamente como quisiéramos, podemos aceptarlo. Si contemplamos profundamente la impermanencia, surgirán la paciencia y la compasión. Nos apegaremos menos a la aparente verdad de nuestra experiencia y la mente se volverá más flexible. Si nos damos cuenta de que un día este cuerpo será enterrado o cremado, nos sentiremos regocijados por cada momento que tengamos, en vez de hacer infelices a los demás y a nosotros mismos.

Ahora estamos afligidos por la enfermedad del “yo, para mí, mío”, una condición causada por la ignorancia. Nuestro egocentrismo y egoísmo se han convertido en fuertes hábitos. Para cambiarlos, necesitamos reenfocar. En vez de preocuparnos siempre por el “yo”, debemos dirigir nuestra atención al “tú”, al “ellos” y a los “otros”. Reducir nuestra propia importancia disminuye el apego que surge de ella. Cuando nos enfocamos más allá de nosotros mismos, finalmente nos damos cuenta de la igualdad que existe entre nosotros y todos los demás seres. Todos desean la felicidad, nadie quiere sufrir. El apego a nuestra propia felicidad se expande para abarcar el apego a la felicidad de todos.

Hasta ahora, nuestros deseos han tenido la tendencia a ser pasajeros, superficiales y egoístas. Si vamos a desear algo, que no sea nada menos que la completa iluminación de todos los seres. Eso es algo digno de ser deseado. Recordar permanentemente lo que tiene valor verdadero es un elemento importante de la práctica espiritual.

El deseo y el apego no desaparecerán de un día para otro. Pero el deseo se vuelve menos común cuando reemplazamos nuestro anhelo mundano por la aspiración de hacer todo lo posible para ayudar a todos los seres a encontrar una felicidad inmutable. No tenemos que abandonar los objetos comunes de nuestro deseo (las relaciones, la riqueza, el éxito) pero, mientras contemplemos su impermanencia, nos apegaremos menos a ellos. Al regocijarnos por nuestra buena suerte reconociendo, al mismo tiempo, que no durará, empezamos a desarrollar cualidades espirituales.

Cuando el apego surge y perturba nuestra mente, podemos preguntarnos: “¿Por qué siento apego? ¿El apego me beneficia a mí o a otros? ¿El objeto de mi apego es permanente o duradero?”. A lo largo de este proceso, nuestros deseos comienzan a disminuir. Cometemos menos acciones nocivas causadas por el apego, y así creamos menos karmanegativo. Generamos más karma favorable y las cualidades positivas de la mente aumentan gradualmente.

Con el tiempo, a medida que madura nuestra práctica de meditación, podemos intentar algo diferente a la contemplación, algo diferente a usar pensamientos para cambiar pensamientos. Podemos usar un enfoque que revele la naturaleza más profunda de las emociones a medida que surgen. Si estás en medio de un ataque de deseo —algo ha capturado tu mente y debes poseerlo—, no te liberarás del deseo intentando reprimirlo. En vez de eso, puedes empezar a ver a través del deseo, examinándolo. Cuando surge, pregúntate: “¿De dónde viene? ¿Dónde reside? ¿Puede ser descrito? ¿Tiene color o forma? Cuando desaparece, ¿a dónde va?”.

Puedes decir que el deseo existe pero, si buscas la experiencia, no podrás agarrarla. Por otra parte, si dices que no existe, estarás negando el hecho obvio de que sientes deseo. No puedes decir que existe ni puedes decir que no existe. Ni puedes afirmar ambas cosas (que existe y que no existe), ni negarlas. Este es el significado de la verdadera naturaleza del deseo, más allá de los extremos de la mente conceptual.

Nuestra incapacidad para entender la naturaleza esencial de una emoción en el momento en que surge, nos causa problemas. Pero, una vez que somos capaces de ver simplemente y con claridad lo que está sucediendo, sin reprimir la emoción ni involucrarnos con ella, esta tiende a disolverse. Si dejamos reposar por algún tiempo un vaso de agua turbia, el agua se asentará sola y se aclarará. Del mismo modo, podemos hacer lo siguiente: en vez de juzgar la experiencia del deseo, la “liberamos en su propia base”, mirando directamente su naturaleza.

Cada una de las emociones negativas o venenos mentales tiene una pureza inherente que no reconocemos porque estamos demasiado acostumbrados a su apariencia de emoción. La verdadera naturaleza de los cinco venenos son las cinco sabidurías: la del orgullo es la sabiduría de la ecuanimidad, la de la envidia es la sabiduría que lo realiza todo, la del apego y el deseo es la sabiduría discriminante, la de la rabia y la aversión es la sabiduría semejante al espejo, y la de la ignorancia es la sabiduría del espacio básico de los fenómenos. Así como un veneno puede ser tomado como una medicina para sanar, todo veneno de la mente, al ser trabajado adecuadamente, puede transmutarse en su naturaleza de sabiduría y, por lo tanto, mejorar nuestra práctica espiritual.

 

Si cuando te encuentres en la agonía del deseo simplemente te relajas sin distraer tu atención, podrás vislumbrar la sabiduría discriminante. Sin abandonar el deseo, podrás revelar su naturaleza de sabiduría.

 

PREGUNTA: No estoy seguro de entender lo que quiere decir “liberar una emoción en su propia base”.

 

RESPUESTA: Cuando surge una emoción, nuestro hábito es el de involucrarnos analizando y reaccionando a la causa aparente, el objeto externo. Si, en cambio, simplemente le quitamos la “cáscara” a la emoción —sin apego o aversión, sin odio o envolvimiento—, revelaremos y experimentaremos su naturaleza de sabiduría. Del mismo modo, cuando nos sintamos llenos de orgullo y en la cima del mundo, en vez de ser indulgentes con nuestro orgullo o rechazarlo, podemos relajar la mente y revelaremos así la naturaleza esencial del orgullo como la sabiduría de la ecuanimidad.

Al trabajar con las emociones podemos aplicar diferentes métodos. Cuando nuestra mente está impregnada de dualidad, de la percepción sujeto-objeto, cortamos hierro con hierro: contra un pensamiento negativo, usamos como antídoto otro positivo; contra el apego a nuestra propia felicidad, usamos como antídoto el apego a la felicidad de los otros. Si somos capaces de relajar el hábito dualista de la mente, podemos experimentar la verdadera esencia o “base” de una emoción y así “liberarla en su propia base”. De esta manera, su sabiduría principal se revela.

 

PREGUNTA: ¿Puede decir algo más sobre cómo la contemplación de la impermanencia reduce el apego?

 

RESPUESTA: Imagina a un niño y a un adulto en la playa construyendo un castillo de arena. El adulto no piensa en el castillo de arena como algo permanente o real, y no está apegado a él. Si una ola se lo lleva o unos niños vienen y lo patean, el adulto no sufre. Pero el niño ha comenzado a pensar que se trata de un castillo real que durará para siempre y, entonces, sufre cuando desaparece.

Del mismo modo, debido a que hemos creído por tanto tiempo que nuestra experiencia es estable y confiable, nos apegamos a ella y sufrimos cuando cambia. Si nos mantenemos conscientes de la impermanencia, no seremos nunca completamente engañados por los fenómenos del samsara.

Es útil contemplar el hecho de que no contamos con mucho tiempo de vida. Piensa así: “Durante el tiempo que me queda, ¿por qué debería actuar con rabia o apego si solamente producirá más confusión y delusión? Al tomar tan seriamente lo que es impermanente e intentar agarrarlo o rechazarlo, estoy imaginando como sólido algo que en realidad no lo es. Estoy simplemente complicando y perpetuando aún más las delusiones del samsara. No haré eso. Usaré este apego y esta aversión, este orgullo y esta envidia como una práctica”. La práctica espiritual no significa solamente estar sentado en un cojín de meditación. Cuando estás presente en la experiencia del deseo o de la rabia, en el punto exacto donde la mente es activa, es allí que practicas, a cada momento, a cada paso de tu vida.

 

PREGUNTA: Al contemplar la impermanencia, me parece que mi apego disminuye hasta un cierto punto, pero me pregunto hasta dónde debería seguir soltando las cosas.

 

RESPUESTA: Es necesario que discrimines de qué te vas a ocupar en primer lugar. Con el tiempo debes soltarlo todo, pero comienza por abandonar los venenos de la mente como, por ejemplo, la rabia. En vez de pensar, “¿por qué tengo que lavar estos platos que son impermanentes?”, abandona tu rabia por tener que lavarlos. También debes entender que cualquier cosa que surja en la mente excitando tu rabia es transitoria. La propia rabia es transitoria. Si las palabras de alguien te molestan, recuerda que son solamente palabras, solamente sonidos, no algo que perdure.

Lo siguiente que debes abandonar es el apego a que todo sea como tú quieres. Cuando entiendes la impermanencia, no importa mucho si las cosas salen como piensas que deberían salir. Si salen como tú quieres, está bien; si no, está bien también. Cuando practicas así, tu mente desarrollará lentamente más equilibrio. No saltará de aquí para allá dependiendo de si obtienes o no lo que quieres.

 

PREGUNTA: ¿Hay algo malo en ser feliz o en sentirse triste, en sentir nuestras emociones?

 

RESPUESTA: Si cuando experimentamos felicidad recordamos que es transitoria, que a la larga desaparecerá, eso nos ayudará a apreciarla y a disfrutarla mientras dure. Al mismo tiempo, no nos apegaremos a esa felicidad ni tendremos tanta fijación en ella y, en consecuencia, no experimentaremos tanto dolor cuando desaparezca.

De la misma manera, cuando experimentamos un dolor, una pena o una pérdida, deberíamos recordar que todo eso también es impermanente; eso aliviará nuestro sufrimiento. Por lo tanto, lo que nos mantiene equilibrados, es una continua conciencia de la impermanencia.

 

PREGUNTA: ¿El “yo” sigue estando presente cuando expandimos el foco de nuestro apego a las necesidades de los otros?

 

RESPUESTA: Si estuvieras amarrado con cuerdas atadas con muchos nudos, para poder liberarte deberías soltar los nudos, uno a uno, en el orden inverso a como fueron atados. Primero, deberías desatar el último nudo, luego el penúltimo y así sucesivamente hasta deshacer el primero, el más cercano a ti.

Estamos amarrados por muchos nudos, incluyendo muchos tipos de apego. Desde un punto de vista ideal no deberíamos tener ninguna atadura en lo absoluto pero, ya que ese no es el caso, usamos el apego para cortar el apego. Empezamos desatando el último nudo: sustituimos el apego a nuestras propias necesidades y deseos, por el apego a la felicidad de los otros.

Es necesario que entendamos que, tarde o temprano, el apego egoísta creará problemas. Si estás apegado a tus propias necesidades y deseos —si te gusta ser feliz y no te gusta sufrir—, cuando algo pequeño salga mal te parecerá gigantesco. Te enfocarás en eso de la mañana a la noche, exacerbando el problema. Después de examinarla bajo el microscopio de tu constante atención, la fisura en una taza de té comenzará a parecerse al Gran Cañón.

Este enfoque autocentrado es, en sí mismo, una especie de meditación. Meditación significa traer algo a la mente una y otra vez. El repetir pensamientos virtuosos y el apoyarse en la naturaleza de la mente pueden llevar a la iluminación. Pero, una meditación centrada en el “yo”, sólo producirá un sufrimiento sin fin. El hecho de enfocarnos en nuestros problemas puede incluso conducirnos al suicidio; podemos llegar a preocuparnos tanto con nuestro propio sufrimiento, que la vida puede parecer insoportable y sin sentido. El suicidio es la peor de las soluciones porque un apego tan extremo a la muerte y una aversión a la vida humana, pueden cerrar la puerta a futuros renacimientos humanos.

Así que comenzamos por reducir nuestros pensamientos egocéntricos y egoístas. Para ello recordamos que no somos los únicos que queremos ser felices; todos quieren serlo. Aunque los demás busquen la felicidad, puede ser que no sepan cómo encontrarla, mientras que nosotros, si tenemos alguna comprensión del camino espiritual, tal vez podamos ayudarlos y apoyarlos en sus esfuerzos.

Recordamos que, por supuesto, encontraremos problemas. Somos humanos. Sin embargo, aunque surjan dificultades, no debemos otorgarles ningún poder. Todos tienen problemas y muchos los tienen peores que los nuestros. Al contemplar esto, nuestra visión se expande para incluir el sufrimiento de los otros. A medida que se profundiza nuestra compasión, nuestro implacable enfoque en el “yo” se reduce, nos empeñamos más en ayudar a los otros y nos volvemos más capaces de hacerlo.

Si estamos enfermos, es útil apegarnos a la medicina que nos hará bien. Sin embargo, una vez que estemos curados, ese apego debe cortarse. De lo contrario, la misma medicina que nos curó podría enfermarnos de nuevo. Usamos el apego a beneficiar a los otros como una medicina para cortar el apego a nosotros mismos: usamos el apego para cambiar el apego. Finalmente, para alcanzar la iluminación, debemos cortar el propio apego.

 

PREGUNTA: ¿Cómo cambiamos nuestro hábito de estancarnos en experiencias pasadas?

 

RESPUESTA: Ninguna experiencia dura mucho tiempo, pero la mantenemos con nuestros conceptos y emociones; nos aferramos a ella, dándole vueltas en nuestra mente. Cada vez que esto pase es necesario que cambiemos la dirección de nuestros pensamientos. Si nos encontramos estancados en el hecho de que alguna vez alguien nos hizo daño, dirigimos la mente hacia la compasión y pensamos: “Puede ser que esa persona me haya hecho daño pero, perdida en las proyecciones de su mente confundida y engañada, en realidad ella se perjudicó a sí misma en lugar de beneficiarse, al obrar en sentido contrario a su deseo de felicidad.”

Igualmente, dirigimos la mente hacia la impermanencia. Aunque alguien pueda habernos elogiado o censurado, sus palabras fueron solamente un eco. Al igual que todas las otras cosas, las palabras simplemente vienen y se van. Al reconocer su impermanencia, les damos menos solidez y las olvidamos con mayor facilidad.

De esta manera, cambiamos el hábito de estancarnos en experiencias pasadas. No es suficiente redirigir la mente sólo una o dos veces. Debemos hacerlo cientos de veces. Cualquiera que sea el poder que le demos a los pensamientos del pasado, necesitamos darle el doble de poder a su antídoto.

3. TRABAJANDO CON LA RABIA Y LA AVERSIÓN

El apego y la rabia son las dos caras de la misma moneda. Debido a la ignorancia y a la división de la mente en la dualidad sujeto-objeto, nos aferramos o rechazamos lo que percibimos como externo a nosotros. Cuando encontramos algo que queremos y no podemos tener, o cuando alguien nos impide alcanzar lo que nos hemos dicho a nosotros mismos que debemos alcanzar, o cuando sucede algo que entra en conflicto con la manera como queremos que las cosas se den, experimentamos rabia, aversión u odio. Pero estas respuestas no benefician; solamente producen daño. A través de la rabia, el apego y la ignorancia, los tres venenos de la mente, generamos un karma interminable, un sufrimiento interminable.

Se dice que no existe un demonio como la rabia: por su propia naturaleza, la rabia es destructiva, un enemigo. Ya que ni un pedacito de felicidad proviene nunca de ella, la rabia es una de las más poderosas fuerzas negativas.

La rabia y la aversión pueden llevar a la agresión. Cuando son heridas, muchas personas sienten que deberían vengarse. Es una respuesta natural. Ellas piensan: “Si alguien me habla duramente, le contestaré duramente. Si alguien me pega, le pegaré también. Eso es lo que merece”. O, de forma más extrema: “Esta persona es mi enemiga. Si la mato, ¡seré feliz!”.

No percibimos que si tenemos una tendencia a la aversión y a la agresión, los enemigos comenzarán a aparecer por todas partes. Cada vez encontraremos en los demás menos cosas que nos gusten y más cosas que nos desagraden. La gente empezará a evitarnos, nos aislaremos y nos volveremos más solitarios. Enfurecidos, podemos escupir palabras rudas y ofensivas. Los tibetanos tienen un dicho: “Las palabras no tienen armas, pero hieren el corazón”. Nuestras palabras pueden ser extremadamente perjudiciales porque no sólo ocasionan daño a los demás, sino que provocan su rabia. Con frecuencia se desarrolla un ciclo: una persona siente aversión hacia otra y dice algo hiriente; entonces, la otra reacciona diciendo algo más cortante. Los dos alimentan la discusión mutuamente hasta emprender una batalla de palabras furiosas. Esto se puede extender a niveles nacionales e internacionales, en los que grupos de personas se involucran en agresiones contra otros grupos y naciones se enfrentan a naciones.

Cuando cedemos a la aversión y a la rabia es como si, habiendo decidido matar a alguien tirándolo al río, le rodeáramos el cuello con los brazos, saltáramos al agua y nos ahogáramos con él. Al destruir a nuestro enemigo, también nos destruimos a nosotros mismos.

Es mucho mejor apaciguar la rabia respondiendo a ella con paciencia, antes de que nos lleve a posteriores conflictos. Aceptar la responsabilidad de lo que nos sucede ayuda a que esto sea posible. Nos puede parecer que nuestra conexión con alguna persona a la que percibimos como enemiga vino de la nada pero, en alguna existencia previa, es posible que le hayamos hablado con dureza, que la hayamos maltratado físicamente o que hayamos albergado sentimientos de rabia hacia ella.

En vez de encontrar fallas en los otros, orientando la rabia y la aversión hacia situaciones y personas que pensamos que nos amenazan, deberíamos dirigirnos al verdadero enemigo. Ese enemigo que destruye nuestra felicidad a corto plazo y que a largo plazo nos impide alcanzar la iluminación, es nuestra propia rabia y aversión. Si podemos derrotarlo no habrá más peleas, porque ya no percibiremos como enemigos a aquellos a quienes nos hemos enfrentado: una gran recompensa por un pequeño esfuerzo. Para nosotros, al igual que para ellos, será cada vez menos factible encontrarnos en repetidas situaciones de conflicto. Todos se beneficiarán.

Nuestra tendencia es la de contemplar en sentido contraproducente. Cuando alguien nos insulta, usualmente le damos vueltas al asunto preguntándonos: “¿Por qué me dijo eso? ¿Cómo se atreve?”, y así sucesivamente. Es como si alguien nos lanzara una flecha que no nos alcanza. Enfocarnos en el problema es como recoger la flecha y apuñalarnos con ella repetidamente diciendo: “Me ha herido tanto… ¡No puedo creer que lo haya hecho!”.

En cambio, podemos usar el método de la contemplación para pensar las cosas de modo totalmente diferente, para cambiar nuestro hábito de reaccionar con rabia. Debido a que es difícil pensar con claridad en medio de un altercado, comenzamos a practicar en casa, solos, imaginando confrontaciones y nuevas formas de responder. Imagina que alguien te insulta. Está molesto contigo. Te abofetea o te ofende de alguna manera. Tú piensas: “¿Qué debería hacer? Me defenderé. Me vengaré. Lo echaré de mi casa”. Ahora, intenta otro enfoque. Puedes decirte a ti mismo: “Esta persona me llena de rabia. Pero, ¿qué es la rabia? Es uno de los venenos de la mente que genera karma negativo, llevando a un intenso sufrimiento. Combatir la rabia con la rabia es como seguir a un loco que se lanza por un despeñadero. ¿Tengo que hacer lo mismo? Si es una locura que él actúe como lo hace, es una locura aún mayor que yo haga lo mismo”.

Recuerda que los que actúan agresivamente contra ti sólo están comprando su propio sufrimiento, empeorando su situación por ignorancia. Ellos piensan que están haciendo lo que es mejor para sí mismos, corrigiendo un error o impidiendo que suceda algo peor. Pero la verdad es que ese comportamiento no traerá ningún beneficio. Es como si alguien con dolor de cabeza se golpeara con un martillo para intentar parar el dolor. En su infelicidad ellos culpan a otros, quienes a su vez se ponen bravos y pelean sólo para hacer que las cosas empeoren. Cuando consideramos su difícil situación, nos damos cuenta de que ellos deberían ser objeto de nuestra compasión y no de nuestra censura o de nuestra rabia. Entonces, formulamos la aspiración de hacer todo lo posible para protegerlos de ulteriores sufrimientos, como haríamos con un niño que sigue portándose mal, escapándose una y otra vez a la calle, golpeándonos y arañándonos cuando intentamos traerlo de regreso a casa. En vez de darnos por vencidos con aquellos que nos hacen daño, es necesario comprender que ellos están buscando la felicidad, pero no saben cómo encontrarla.

El rol de enemigo no es permanente. La persona que te hace daño ahora puede ser tu mejor amigo más adelante. Tu enemigo de ahora puede haber sido inclusive, en una vida anterior, la madre que te dio la vida, que te alimentó y te cuidó. Al contemplar una y otra vez de esta manera, aprendemos a responder a la agresión con compasión y a la rabia con bondad.

Otro enfoque consiste en desarrollar la conciencia de la cualidad ilusoria de la rabia y de su objeto. Si alguien te dice “eres malo”, pregúntate: “¿Esto me hace malo? Si yo fuera malo y alguien dijera que soy bueno, ¿eso me haría bueno?”. Si alguien dice que el carbón es oro, ¿acaso se transforma en oro? Si alguien dice que el oro es carbón, ¿acaso se vuelve carbón? Las cosas no cambian simplemente porque alguien dice esto o aquello. ¿Por qué tomar estas palabras tan en serio?

Siéntate frente a un espejo, mira tu reflejo e insúltalo: “Eres feo, eres malo”. Luego alábalo: “Eres bello, eres bueno”. A pesar de lo que dices, la imagen permanece tal como es. El elogio y la crítica no son reales en sí mismos. Como un eco, una sombra, un simple reflejo, no tienen el poder de ayudarnos o de hacernos daño.

A medida que practicamos en este sentido, empezamos a darnos cuenta de que las cosas carecen de solidez, como sueños o ilusiones. Desarrollamos un estado mental más amplio, no tan reactivo. Luego, cuando surge la rabia, en vez de responder inmediatamente, podemos mirarla y preguntar: “¿Qué es esto? ¿Qué me está haciendo temblar y poner rojo de rabia? ¿Dónde está?”. Lo que descubrimos es que no hay sustancia en la rabia, no hay nada que podamos encontrar.

Una vez que percibimos que no podemos encontrar la rabia, podemos dejar que la mente repose. No reprimimos la rabia, no la rechazamos ni nos involucramos con ella. Simplemente, dejamos que la mente repose en medio de la rabia. Podemos quedarnos con la energía misma, simple y naturalmente, permaneciendo conscientes de ella, sin apego ni aversión. Entonces descubrimos que la rabia, al igual que el deseo, no es realmente lo que pensábamos que era. Empezamos a ver su naturaleza esencial, la sabiduría semejante al espejo.

Esto puede parecer fácil, pero no lo es. La rabia nos estimula y volamos, de una manera u otra. Volamos con nuestra mente, nos disparamos hacia un juicio o una reacción involucrándonos con cualquier cosa que nos haya perturbado. Nuestro hábito de reaccionar con violencia ha sido reforzado una y otra vez, vida tras vida. Si nuestro entendimiento de la esencia de la rabia es superficial, descubriremos que no somos capaces de aplicarlo a situaciones de la vida real.

Hay un conocido cuento tibetano sobre un hombre que meditaba en retiro. Alguien vino a verlo y le preguntó:

— “¿En qué estás meditando?”

— “En la paciencia”, contestó.

— “Eres un tonto”.

Esto hizo enfurecer al que meditaba, quien empezó a discutir con el visitante, lo que probó exactamente cuánta paciencia tenía.