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La pedagogía a la que se ha convenido en llamar de la escucha, la que hace evidente, por un lado, al niño real, competente, capaz, complejo, diverso y único, con un imprevisible potencial, y, por otro, una acción educativa, una manera de hacer de maestro cargada de deseo y de voluntad de descubrir, de maravillarse, de dialogar, y llena de inteligencia, de conocimiento, de sensibilidad, de alegría y de frescura, todo esto es lo que, página tras página, nos aporta el libro que tienes en las manos. Llega de la bella Italia en la voz de una maestra, con la voz de la reflexión, con la voz de la sencillez de quien día tras día está con las niñas y los niños, un conjunto de cualidades que hacen que su lectura sea apasionante. Penny Ritscher nos acerca a una versión actual del pensamiento pedagógico que ha atravesado el siglo XX. Concibe la escuela como un verdadero laboratorio de pedagogía, un espacio de aprendizaje tanto para los niños como para los adultos, un lugar donde el descubrimiento personal y colectivo generan una cultura que transforma la visión del niño y la educación.
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Seitenzahl: 90
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Penny Ritscher
Hacia una intercultura entre los adultos y los niños
TEMAS DE INFANCIA, núm. 4
Primera edición (papel): febrero de 2002
Segunda edición (papel): diciembre de 2012
Primera edición (epub): julio de 2021
© Penny Ritscher, 2002
© De esta edición:
Ediciones Octaedro, S.L.
Bailén, 5 – 08010 Barcelona
Tel.: 93 246 40 02
www.octaedro.com
Associació de Mestres Rosa Sensat
Avda. Drassanes, 3 — 08001 Barcelona
Tel.: 93 481 73 81
www.rosasensat.org
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Traducción: Trabis, s.c.p.
Fotografía de la cubierta: Penny Ritscher
ISBN (papel): 978-84-8063-521-9
ISBN (epub): 978-84-18615-52-8
Diseño y realización: Octaedro Editorial
Agradecimientos
Una educación mestiza
El ligero peso de la educación
Interculturalidad entre adultos y niños
¡Bienvenidos!
Caricias literarias
Hacer sonar el agua: hacia una educación para la música sumergida
Juguetes pobres, juguetes ricos
Proyectos excéntricos: hacia una coherencia educativa
Quiero expresar mi agradecimiento a las educadoras, educadores, maestras y maestros a cuyo lado he podido madurar las reflexiones referidas en este libro. Doy las gracias muy especialmente a las educadoras de las escuelas 0-3 del Ayuntamiento de Bagno a Ripoli (Florencia), de Massa y de Poggibonsi (Siena), con las que he tenido ocasión de colaborar de una manera continuada durante unos cuantos años. Igualmente a Giovanna Carbonaro, ex responsable de las escuelas 0-3 del Ayuntamiento de Florencia (actualmente jubilada), quien me llamó para que pasara a formar parte del mundo de dichas escuelas. A Lia Sarchi, coordinadora de las escuelas 0-3 del Ayuntamiento de San Giovanni Valdarno (AR) y alumna de Elinor Goldschmied, quien con generosidad y pasión me ha transmitido una «cultura de la escuela 0-3». A Grazia Honegger Fresco del Centro Nascita Montessori, quien hace muchos años me sugirió que me ocupara de los niños pequeños y me dio las primeras indicaciones de un camino a seguir. A Loretta Cellai y a Sonia Casini del Ayuntamiento de Bagno a Ripoli (FI), quienes han compartido conmigo sus experiencias de gestión del Spazio Gioco per Adulti e Bambini. Doy tres veces las gracias a Gianfranco Staccioli: por los intercambios continuos en el campo pedagógico, por su ayuda en Italia y por su supervisión en la fase de mecanografiado.
Asimismo, quiero dar las gracias a mi hija porque su primera infancia ha sido para mí una experiencia fascinante, y, más aún, transformadora.
A los niños se acostumbra preguntarles: «¿Qué harás cuando seas mayor?». Se trata de una pregunta un poco etnocéntrica, porque se sobreentiende: «Cuando hayas superado la infancia, cuando seas capaz de insertarte en nuestro mundo de trabajo, cuando finalmente hayas llegado a ser como nosotros los adultos». Se sobreentiende el crecimiento en una dirección única.
Tomada literalmente, la pregunta «¿Qué haremos cuando seamos pequeños?» es, evidentemente, un sinsentido. No podemos volver atrás. Intentar ser pequeño de nuevo sería una transgresión enfermiza. El título de este libro quiere provocar, por medio de un enunciado chocante, nuestra manera de concebir la relación educativa. Quiere decir: «¿Estamos seguros de que nuestra programación educativa no peca de colonialismo cultural?».
No desearíamos proponer una especie de amnesia cultural, ni renunciar a nuestros conocimientos o a nuestro bagaje de historia personal. Proponemos encontrarnos con los niños y dedicarnos a ello con la misma disponibilidad que tendríamos durante un intercambio intercultural.
Cuanto más pequeños son los niños, menos por supuesto se da el mundo para ellos. Ver las cosas con los ojos de los niños nos puede ayudar a encontrarlo todo fascinante, hasta un vaso de agua (en realidad, en un vaso de agua uno se podría perder…). Encararnos con su óptica diferente nos puede abrir una perspectiva, en un cierto sentido, metafísica, porque nos empuja a ver de nuevo con distancia y frescura nuestros hábitos y nuestras certezas. Puede ser una experiencia desestructurante que nos provoca nuevos puntos de vista.
El crecimiento no va en una sola dirección; en el encuentro con los niños también los adultos pueden crecer.
De una intercultura entre adultos y pequeños nace por fuerza una educación mestiza.
Según la manera de pensar más generalizada, un currículum escolar es aquel recorrido que un alumno cumple mediante el contacto continuo con los diversos niveles de enseñanza. Cada grado de la instrucción se ve casi como una secuencia (normalmente denominada currículum vertical) que se despliega año tras año, que va de lo simple a lo complejo, de lo pequeño a lo grande y de lo concreto a lo abstracto. Cada momento de este itinerario se percibe como un punto de paso cuyo objetivo consiste en la consecución del grado superior.
De este esquema de pensamiento se deriva la idea de que cada fase de la escolarización tiene como función el cumplimiento de los momentos sucesivos y la superación de los pasos previstos, en la perspectiva de conseguir el grado más elevado. Es siempre esta idea la que con frecuencia impregna el pensamiento de muchos padres cuando preguntan a los maestros y maestras si sus propios hijos han aprendido lo suficiente, o cuando los propios maestros se preocupan por no haber enseñado a sus alumnos y alumnas todo aquello que estaba programado. Para muchos, la educación es esfuerzo, tarea, fatiga y una especie de carrera.
El libro de Penny Ritscher está impregnado por una idea distinta: sustituir el ansia respecto del mañana por la riqueza del hoy; acoger el presente (con todas las sorpresas y las contradicciones que con frecuencia comporta) sin dejarse arrastrar por el futuro; mirar a la infancia y al niño como una riqueza «inmediata», y no como una floración que después dará fruto; observar los acontecimientos como un recurso capaz de innovar y enriquecer a los niños y también a los adultos.
Los niños de quienes se habla en este libro no son niños de un género determinado, no son de manual, sino que se presentan como personas de verdad, completas y complejas. Y son observados por los adultos con mirada atenta, problemática, capaz de captar en sus requerimientos explícitos –y hasta en los implícitos– suficientes puntos de partida para preparar un itinerario coherente de trabajo, para organizar de la mejor manera posible espacios y tiempos, para ofrecer estímulos adecuados, y para dar forma a las actividades y a las exuberancias de los niños y niñas.
Siempre te quedas maravillado ante la capacidad de inventiva de los niños pequeños: todos los niños que están bien trabajan mucho, son portadores de proyectos excéntricos que aparecen en continua evolución, consiguen arrancar de las situaciones más diversas para entregarse al conocimiento de las cosas, de los acontecimientos y de las personas. Niños – como los que aparecen en el texto– que convierten en símbolos los objetos del mobiliario (mesas obsoletas que se transforman en tractores), que inventan juegos matemáticos (una butaca se convierte en un gran puzzle), que elaboran y repiten ensayos científicos (con el agua de un grifo) y que desarrollan competencias musicales específicas (con la sonoridad del agua…).
Los niños pequeños ofrecen una riqueza que, ciertamente, no se deja que vaya por sí sola, sino que se escucha y se valora. En medio de este hormigueo, la función de los adultos no debe limitarse tan sólo a disponer o preparar, y a observar y permitir, sino que más bien debe consistir en hacerse cómplices de los pequeños y reconocer la especificidad y la riqueza –incluso en lo referente a la motivación– de lo que los niños están haciendo. Tienen la función de dar valor a un mundo infantil que, inevitablemente (y por suerte), es diferente del suyo. Un mundo con reglas y normas que tienen tanto derecho a ser reconocidas como el que tiene a ser reconocido todo aquel que es distinto por la cultura, el origen, el color o la experiencia, desplegando de esta manera una interculturalidad entre los adultos y los niños.
Un mundo diverso que es fuerte y frágil al mismo tiempo, y por el que los niños y niñas se aventuran en proyectos caprichosos, al límite de la peligrosidad (como cuando intentan trepar por paredes y muros), o buscan lugares silenciosos y aislados (detrás de una cortina o al abrigo de una cerca), o muestran tener necesidad de caricias (bien se trate de palabras hermosas o de abrazos). Niños que experimentan el sentimiento de proximidad con los adultos que están a su lado para sostenerlos y que se convierten en sus passeurs d’avenir, sus acompañantes para el futuro.
Los adultos passeurs d’avenir –es decir, «transbordadores»– se preocupan por el currículum escolar sin renunciar al presente, sin mirar con anhelo los sucesivos grados escolares, sin dejarse arrastrar por la idea –aún con mucho peso en la práctica educativa– de que el fin justifica los medios, de que es bueno renunciar y adecuarse (sin duda, el mundo es mucho más fuerte que nosotros), y de que, frente los obstáculos, es más prudente llegar a compromisos… Los adultos «transbordadores» no se conforman fácilmente y presentan algunas características que el libro intenta mostrar: sabemos que el vivir cotidiano nunca sucede sin sentido, que sus acciones sobrepasan el momento presente y que las grandes opciones se hacen por medio de cosas pequeñas. En su práctica hay mucha teoría, en su pensamiento hay mucha utopía y en su confianza hay mucha esperanza por un mundo distinto.
Los adultos «transbordadores» se implican en las cosas e intentan mejorarlas. Como puede verse sin ninguna dificultad en las imágenes que ilustran el libro, no se trata de instituciones modélicas y de ambientes «exposición» perfectamente adaptados para la «mejor» educación posible, sino que en ellas se muestran paredes deterioradas y pavimentos fríos, ambientes no siempre adaptados y un mobiliario no precisamente «perfecto».
Sin embargo, debido, precisamente, a la fuerza que nace también del mundo infantil y de la confianza en la infancia «real», en el libro se manifiesta claramente aquella «utopía concreta» que representa una de las líneas fundamentales que han relanzado ciertos movimientos educativos como el CEMEA (Centros de Ejercitación de los Métodos de Educación Activa), un movimiento con el que la autora colabora desde hace años. Precisamente esta utopía concreta nos permite descubrir que los adultos han encontrado soluciones (pero no unas soluciones cualesquiera o casuales) para responder a las exigencias de los niños, introduciendo rasgos innovadores, y modelando ambientes, tiempos y ocasiones.
Y a su vez estos rasgos –esta presencia fresca de los adultos y de los niños– hacen que el proyecto educativo propuesto por este libro –un proyecto que intenta ir más allá de la separación tradicional entre teoría y práctica, y entre acción y reflexión– se muestre con claridad. Las situaciones –cuando se reconocen y se aceptan– muestran su carácter problemático y su riqueza haciendo brotar proyectos y reflexiones, penetrándose de teoría y uniendo indisolublemente el hacer y el pensar, las cosas y el más allá de las cosas.
Desde este punto de vista, el libro no presenta tan sólo una buena cantidad de medidas prácticas (relacionadas con la comida, el descanso, el juego, etc.), sino que también compone un mosaico de piezas educativas, de las que cada una –a
