¿Quién soy yo en una sociedad traumatizada? - Franz Ruppert - E-Book

¿Quién soy yo en una sociedad traumatizada? E-Book

Franz Ruppert

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Beschreibung

Si queremos construir sociedades sanas, necesitamos personas mentalmente sanas. Así lo constata el psicoterapeuta especialista en traumas Franz Ruppert. En el presente libro, analiza la dinámica víctima-agresor que se produce a nivel personal y la traslada al ámbito social: la traumatización de nuestra psique nos conduce a dinámicas relacionales negativas que desencadenan acontecimientos sociales nefastos (guerras, dictaduras, atentados terroristas, etc.). Si queremos evitar los conflictos sociales violentos, tenemos que comprender por qué la psique humana es tan proclive a la agresividad con otras personas. Ruppert llega a la conclusión de que la causa determinante de la destructividad de los humanos es la traumatización de nuestra mente, porque nos lleva a interminables dinámicas de víctima-agresor. Así, para conseguir la sociedad pacífica que deseamos, no debemos permitir ni aceptar convertirnos en esclavos de nuestra propia psique dañada. Este libro nos hace ver nuestros propios traumas para salir de las acciones negativas y redescubrirnos en el espacio público y político de manera sana.

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FRANZ RUPPERT

¿QUIÉN SOY YOEN UNA SOCIEDADTRAUMATIZADA?

CÓMO LAS DINÁMICAS VÍCTIMA-AGRESOR DETERMINAN NUESTRA VIDA Y CÓMO LIBERARNOS DE ELLAS

Traducción de ANA MARÍA VILLAR PERUGA

Herder

Título original: Wer bin Ich in einer traumatisierten Gesellschaft?

Traducción: Ana María Villar Peruga

Diseño de la cubierta: Gabriel Nunes

Edición digital: José Toribio Barba

© 2018, Klett-Cotta, Stuttgart

© 2019, Herder Editorial, S. L., Barcelona

ISBN digital: 978-84-254-4295-7

1.ª edición digital, 2019

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com).

Herder

www.herdereditorial.com

Índice

PREFACIO

1. LA HUMANIDAD Y YO

El paraíso en la Tierra podría estar al alcance de la mano

La humanidad ante el abismo

2. LA MENTE HUMANA: COMO ES ADENTRO, ES AFUERA.

¿Falta de necesidades, principio del placer o aprendizaje por premios?

La promesa de sanación farmacológica

La psique consciente e inconsciente

Descubrimiento del apego y del psicotrauma

La psique humana y la realidad

Memoria y recuerdo

Co-conciencia

Realidades aparentes

Enviar y recibir

La psique sana

¿Quién soy yo?

Identificaciones

Atribuciones

Diferenciarse de los demás

Identidad real

La existencia

Ser sujeto

Ser yo

Psique sana, estresada y traumatizada

Los límites del autoconocimiento

La ilusión de la salud mental

Hardware y software

¿Conservación de la especie o de uno mismo?

3. PSIQUE Y SOCIEDAD

Los conocimientos psicológicos son importantes para todos

¿Los padres a favor o en contra de sus hijos?

Falta de sentimiento maternal

¿La educación a favor o en contra de los hijos?

La competencia entre los sexos

Competencia económica

Política y competencia entre naciones

Las catástrofes naturales ya serían suficiente

¿Constructividad o destructividad?

¿Luchar o adaptarse?

Ser y conciencia

4. EXPERIENCIAS DE VIDA TRAUMÁTICAS

Fragmentación cuerpo-psique

La tríada del trauma

Sobre-vivir en lugar de vivir

La biografía del psicotrauma

El trauma de la identidad

El trauma del amor

El trauma de la sexualidad

El trauma de la propia autoría

Traumas existenciales y por pérdida en el contexto de la biografía del trauma

Los traumas como causa de las autolesiones

5. LA DINÁMICA VÍCTIMA-AGRESOR

Víctima del psicotrauma

Causantes de psicotraumas

La condición de víctima

Actitudes de víctima como estrategias de supervivencia al trauma

«Quien no trabaja, no come»

Identidad de víctima

De víctima a causante de traumas

Las actitudes de víctima como estrategias colectivas de supervivencia al trauma

La condición de agresor

Actitudes de agresor

Secretismo y mirar hacia otro lado

Ideologías de agresor

La identidad de agresor

Los causantes del trauma en el poder

Cómplices

¿Qué ganan los causantes del trauma?

La condición de víctima y agresor en una misma persona

La fragmentación víctima-agresor y el cuerpo

Tendencias suicidas

Estudio de caso Anders Behring Breivik: de víctima infantil del trauma a asesino de masas

6. SOCIEDADES TRAUMATIZADAS Y TRAUMÁTICAS

La lucha contra el síntoma de la sociedad en su conjunto

Efectos y repercusiones de los traumas psíquicos

Negación social del trauma

¿Cómo vivir en las sociedades traumatizadas?

7. MODOS DE SALIR QUE NO FUNCIONAN

Venganza

Rebelión

Revolución

Perdonar

Reconciliarse

Salvar a otras personas

Patologización

Religión

Espiritualidad

Arte

Consumo de drogas

Discursos racionales

La falta de comprensión del trauma a nivel social

8. MODOS DE SALIR QUE SÍ PUEDEN FUNCIONAR

Sentir la propia condición de víctima

Abandonar la condición de agresor

Niños psíquicamente sanos, sociedades psíquicamente sanas

9. EL MÉTODO DE LA INTENCIÓN Y LA IOPT

Angelika: ahí quiero llegar yo

Procedimiento en el trabajo de la intención

Andreas: Yo quiero saber qué quiero matar en mí

Agresores que activan los traumas propios

Permanecer en uno mismo

La vida más allá de la dinámica víctima-agresor

Del yo sano al nosotros sano

El liderazgo compasivo

Lo que nos une a todos

La sociedad soy Yo

BIBLIOGRAFÍA

Prefacio

¿Por qué escribo este pequeño libro? Todo comenzó a principios de 2017 con una situación mundial que se agravaba cada vez más: las guerras en Irak, Siria y Líbano, los consecuentes y crecientes flujos de refugiados de Afganistán, Irak, Siria y África que también llegaban a Alemania, la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, el establecimiento de una dictadura en Turquía, los movimientos nacionalistas de derechas en Francia, Holanda y Alemania o la amenaza de una guerra nuclear entre Corea del Norte y Estados Unidos, por nombrar solamente lo evidente y en mi opinión especialmente amenazante. Sobrecoge constatar el descaro y la sangre fría con que se habla, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, de una Tercera Guerra y se vende como necesaria para el mantenimiento de la paz. De qué manera tan inquebrantable se va construyendo la imagen del enemigo y se aferran a ella. Cómo cada escalada hacia la batalla final entre Estados Unidos y sus aliados de la OTAN y la antigua Unión Soviética, ahora Rusia, se presenta como una simple medida defensiva.

Ya no podía dormir tranquilo. Me di cuenta de cómo mis pensamientos giraban cada vez con más fuerza en torno a esas realidades sociales globales. Mi nivel de estrés iba aumentando constantemente. Me pregunté qué podía hacer al respecto y pensé que debía poner rápidamente a disposición de la humanidad los conocimientos que había adquirido a lo largo de mi trabajo terapéutico de muchos años, antes de que fuera demasiado tarde, para que las personas, finalmente, pudieran despertar y dejaran de traumatizarse mutuamente de manera absurda, de entregarse a desquiciadas dinámicas víctima-agresor en forma de guerras y terror y de empujarse unos a otros al abismo final de una catástrofe nuclear.

Nací en 1957 en un pequeño pueblo agrícola de Baviera. Había un retrato de Hitler roto en la buhardilla de la casa de mi abuela materna, una ominosa pistola en la mesita de noche del hermano mayor de mi madre, atemorizantes películas de guerra en blanco y negro en el recién adquirido televisor —de poco más me percaté en mi infancia de la última Gran Guerra en suelo alemán—. De hasta qué punto estaban traumatizados mis padres por su familia de origen, la dictadura nazi y los sucesos directos de la guerra me di cuenta mucho después. Solo desde hace pocos años puedo comprender y sentir en cierta medida hasta qué punto me traumatizaron mis padres a mí.

Afortunadamente, con el paso del tiempo he podido ir trabajando mis propios psicotraumas de manera continuada. Ya no dudo del hecho de que no fui un niño deseado, querido ni protegido de la violencia. En una intranquila noche, en el verano de 2017, en la que mi cuerpo estaba cada vez más tenso y no podía conciliar el sueño, de repente escuché una voz: «¡Puedes llorar!». Entonces, las lágrimas fluyeron de mis ojos y en un instante me relajé totalmente. Por lo visto, esta frase había tranquilizado al niño pequeño que había en mí, que desde hacía 60 años recibía negativas y rechazo cuando lloraba y expresaba sus sentimientos. Ya de bebé lactante aprendí a reprimir mi miedo a la soledad y a la violencia, mi enfado, mi rabia y mi dolor. A no gritar o a no llorar más y en lugar de eso, a avergonzarme cuando a los ojos de mis padres y maestros no era un niño bueno. Aparentaba estar tranquilo, sin embargo, mi estrés interno crecía cada vez más.

«Inseguro evitativo» es como llaman a este comportamiento los investigadores del apego: externamente, el niño aparenta estar tranquilo para poder seguir en contacto con los padres que lo rechazan y castigan. Internamente está bajo una gran tensión, debe reprimir sus necesidades de contacto y amor y mantener sus sentimientos bajo control. Lo que a mí me calmó fue no solo saber que este patrón estaba en mí —doy conferencias sobre este tema desde hace años— sino sentirlo intensamente. A pesar de una situación mundial que continúa avanzando hacia la locura, logro dormir mucho mejor que nunca.

Puedo observar algo similar en otras personas. Los acontecimientos sociales (por ejemplo, atentados terroristas o políticos dictatoriales) activan sus propios traumas (infantiles). Entran en pánico y se llenan de intranquilidad y estrés. Si tienen la ocasión de ocuparse de sus propios traumas, pueden volver a calmarse y a regular mejor sus emociones. Es cierto que con eso el mundo exterior no cambia ni una pizca, pero ellos se pueden tranquilizar y percibir de un modo más realista sus posibilidades de acción actuales.

Ninguno de nosotros puede «salvar al mundo». Probablemente tendríamos que protegernos especialmente de aquellos que lo intentan. Cada uno de nosotros es únicamente una breve instantánea de la vida dentro de unas dimensiones espacio-temporales inimaginables. Por ello, tenemos derecho a proteger nuestra propia vida de las desgracias y a disfrutarla en la medida en que la situación del mundo y nuestros propios recursos vitales en el momento actual lo permitan. Tenemos derecho a protegernos de la locura evidente de otras personas en este mundo, siempre que nos sea posible. Para poder hacerlo hemos de aprender algo importante por medio del trabajo con nuestra propia psique traumatizada: no dejarnos llevar por el remolino de las innumerables dinámicas víctima-agresor que se pueden acumular dentro de nosotros y que nos ofrecen otras personas constantemente.

La pregunta fundamental «¿quién soy yo y qué quiero?» incluye la reflexión sobre: ¿en qué comunidad de personas quiero vivir? ¿Qué me une a los demás? ¿Qué me separa de ellos? ¿Existe realmente un «nosotros» por el que valga la pena invertir mi energía vital? ¿O este «nosotros» es solo la ilusión de una comunidad forzosa, ordenada de un modo aparentemente armónico que existe en discordia con las otras comunidades forzosas de su alrededor?

Personalmente, yo sigo mi propio camino en la medida de mis posibilidades, tanto a nivel privado como profesional. Hago el trabajo terapéutico y de escritura que considero correcto y significativo, y lo realizo con gusto. Cuando percibo que esto ayuda a otras personas en su vida diaria, me alegro, porque corrobora que se trata de un buen enfoque, disfruto de los encuentros y del intercambio con este tipo de personas. Incluso podría renunciar fácilmente a la compañía de otros que están atascados en dinámicas víctima-agresor sin sentir miedo a quedarme solo. No me apetece seguir ocupándome intensamente de los problemas que han creado ellos mismos debido a sus traumas.

En definitiva, he escrito este pequeño libro para mí mismo, para ordenar mis propios sentimientos, pensamientos y experiencias. Para ver más claramente lo que para mí es importante saber de este planeta y de las personas que lo habitan. Para clarificar qué es factible a nivel social y qué no lo es a la hora de evitar, en la medida de lo posible, las innumerables dinámicas víctima-agresor en las sociedades traumatizadas y traumáticas y para no escenificar nuevas dinámicas víctima-agresor.

Por ello, no quiero con este libro darle ocasión a nadie de entrar conmigo en una dinámica víctima-agresor. No es mi intención subestimar a otras personas o achacarles ninguna culpa, sino nombrar las causas, tal y como yo las comprendo en estos momentos. Estaré encantado de intercambiar ideas con los lectores que deseen compartir sus experiencias personales sobre lo aquí escrito. Será una satisfacción que mis ideas puedan servir para crear en algún lugar comunidades constructivas y, en la medida de lo posible, libres de trauma. Cambiar para bien solo puede hacerlo uno mismo. Si lo hacemos muchos, cambiarán también las sociedades.

Múnich, marzo de 2018

1. La humanidad y yo

El paraíso en la tierra podría estar al alcance de la mano

Como especie (homo sapiens) la Humanidad ha llegado lejos. En el año 2018 viven ya 7500 millones de personas en esta Tierra, con tendencia al alza.1 Ha generado logros culturales y tecnológicos fantásticos, que le permiten acceder a alimento, ropa, vivienda, productos de todo tipo, movilidad e información en abundancia. Ser persona y vivir como persona puede ser placentero y maravilloso. Hay una cantidad infinita de conocimientos a su disposición. Hay profesores, centros de enseñanza y métodos de aprendizaje magníficos. Hay muchas personas que se apoyan y se ayudan con generosidad las unas a las otras. Esto lo vemos, por ejemplo, en situaciones de emergencia provocadas por catástrofes naturales son muchos los que acuden de inmediato al lugar para ayudar con altruismo.

Concibo a las personas como una parte de la evolución. Dado que los procesos evolutivos siempre encuentran soluciones de compromiso más o menos afortunadas a los problemas y conflictos, nosotros, los homo sapiens, somos también en muchos aspectos una fórmula de compromiso. Tenemos una estatura media y una fuerza media, tenemos una velocidad media y una inteligencia media. Para nosotros, los humanos, la naturaleza de nuestro entorno tampoco es un paraíso. El calor y el frío solo los toleramos con moderación. Incluso como omnívoros, la oferta de alimento de la que disponemos de manera natural es limitada. Además, por nuestro tipo de reproducción, sexual, pagamos el precio de algunas limitaciones. Las mujeres tienen que llevar la carga del embarazo y la alimentación del bebé. Debido a las hormonas, los hombres están inconscientemente a merced de la presión de la competencia con otros hombres. Les falta la profunda emocionalidad del vínculo con su propio hijo que el embarazo y el parto posibilitan a las mujeres de manera natural. La reproducción sexual condiciona numerosos intereses contrapuestos entre hombres y mujeres y entre padres e hijos.

Debido a este tipo de retos para la conservación de la especie y de uno mismo, en el fondo, la vida no es fácil para nadie. Incluso vivir, crear y conservar vidas humanas nuevas exige mucho de cada individuo. Puede llevarlo a los límites de sus posibilidades. En realidad, esto ya sería suficiente como sentido y misión de vida. Analizándolo más detenidamente, podemos ver que las personas se hacen la vida mucho más difícil unas a otras de lo que sería necesario por la pura conservación de la especie o de uno mismo. Las personas se someten a sí mismas a una tremenda presión. En ocasiones, estresan a otros sobremanera. Y no está nada claro cuál es el incremento de felicidad o de dicha que les proporciona todo esto.

En un mundo cada vez más conectado tecnológicamente por medio de los móviles y de internet, puedo contactar en cuestión de segundos con amigos, colegas y socios en Singapur, Brasil, Los Ángeles o Moscú. Si quiero saber algo, solo hace falta un par de clics en mi ordenador y ya tengo datos y opiniones al respecto. En mi lugar de residencia, Múnich, tengo una gran red de relaciones personales, una enorme oferta de centros de enseñanza, buenas oportunidades laborales, eventos culturales interesantes y abundantes delicias culinarias.

Sin embargo, no me resulta fácil disfrutar plenamente de todo esto. Por ejemplo, no me resulta grato comer carne si pienso en las condiciones de cría de los terneros, cerdos o gallinas (Safran Foer, 2010). Tampoco me siento bien al saber lo rico que soy en comparación con los muchos millones de personas que no tienen un techo que las cobije, que viven sin nada que llevarse a la boca o que malviven en la miseria de la guerra o en campos de refugiados. Cuando utilizo los medios de comunicación, cuando constato la locura que se produce día a día en este mundo, los objetivos destructivos en los que las personas gastan su tiempo de vida, su energía vital, su inteligencia, tanto dinero y los tesoros de la naturaleza, entonces me pongo malo y en ocasiones también me enfado. Me entra miedo ante tanta estupidez humana, tanta terquedad, falsedad y deseo de violencia, que desgraciadamente no pocas personas muestran.

Si solo una pequeña parte de lo que se gasta actualmente en regímenes dictatoriales, fuerzas armadas, servicios secretos, armas y guerras económicas sin sentido se empleara en la educación, salud y producción de energías renovables, todo el planeta podría convertirse pronto en una zona de paz y bienestar para la mayoría de seres humanos.

Sin embargo, la prosperidad material puede impedirnos ver el desdichado estado de nuestro interior. El éxito profesional, un piso propio, una familia propia, a veces disimulan la profunda infelicidad de la persona y lo sola y abandonada que se siente en este mundo. Las imágenes de los pobres y los oprimidos de este mundo, a los que económicamente les va mucho peor que a uno mismo, pueden hacer olvidar a los supuestos ciudadanos prósperos su propia necesidad interior. Entonces, la propia riqueza material causa sentimientos de culpa y provoca el impulso de querer ayudar. Unos sacan el monedero, mientras que otros convierten la ayuda en su profesión. En la mayoría de los casos, con esto ni se eliminan las causas de la necesidad que sufren las personas pobres ni se toma en serio el sufrimiento interno propio.

Por el contrario, las imágenes de prosperidad externa generan a los pobres del mundo la ilusión de que en los países ricos se podría encontrar el paraíso en la Tierra. Las imágenes de abundancia material les atraen mágicamente. Por ello, entre otros motivos, se ponen en marcha hacia estos lugares anhelados, a pesar del peligro de muerte. Una vez aquí, por lo general, se percatan de que son recibidos con desconfianza, enemistad y frialdad, de que solo son bienvenidos si son útiles, por ejemplo, como mano de obra barata.

Tampoco yo quise ver mis problemas internos durante 50 años. En lugar de eso, preferí dirigir mi mirada a otras personas y a las situaciones sociales. En los círculos de izquierdas en los que me movía en mi época de estudiante, ocuparse de uno mismo se consideraba mirarse el ombligo de forma narcisista, y por eso no había tiempo en la lucha por un mundo más justo contra el capitalismo, el imperialismo y la conciencia equivocada —la de los otros—. De lo traumatizados e incapacitados para las relaciones que estábamos nosotros mismos no se podía hablar.

La humanidad ante el abismo

En numerosos campos de batalla se están librando actualmente guerras brutales. En la economía se ha desatado una competencia despiadada. En muchos matrimonios y familias las personas viven en un estado de guerra. Incluso en internet y en las redes sociales, donde en realidad podríamos aprender tanto los unos de los otros, se libran constantes batallas textuales, se envían mensajes de odio continuamente,2 se difunden los vídeos violentos más brutales. Existe, además, una guerra oculta con virus y software de espionaje para invadir la esfera privada de los otros, para hackear o destruir sus ordenadores. Y esta es otra manera de destruir a las personas. Son innumerables las que sufren este terrorismo psicológico.

Para el que piense que el odio, la envidia o el sometimiento son un destino humano inevitable, determinado por la naturaleza o incluso por la voluntad de Dios, no hay esperanza de mejora. Él o ella solo puede esperar que la especie humana se extermine a sí misma algún día o que las fuerzas de la naturaleza, a las que provoca en su búsqueda de éxitos militares y beneficios a corto plazo, la eliminen de este planeta. La catástrofe climática va a toda marcha y los medios para el autoexterminio ya existen desde hace mucho tiempo. Aproximadamente 16 300 cabezas nucleares son capaces en pocos minutos de transformar toda la tierra en un desierto inerte y de causar al instante la muerte de toda vida compleja. En lugar de desactivar y desguazar estas armas de locura, las naciones que son potencias nucleares incluso las «modernizan». ¡Qué término más cínico!

Entonces, ¿por qué se avasallan las personas unas a otras si la cooperación entre ellas es posible? ¿Por qué se atacan de esa manera si es evidente que las soluciones pacíficas serían mucho mejor para todos? ¿Por qué se empujan unos a otros a la locura si las formas de actuar racionales serían mucho más eficientes tanto en tiempo como en energía? ¿Por qué no paran antes de haber destruido no solo al otro, física y psíquicamente, sino también a sí mismos?

Varias veces ha estado ya la humanidad en el pasado reciente al borde de este abismo de autodestrucción global. Por ejemplo, en 1960 en la llamada Crisis de Cuba, y hoy en día de nuevo, con el choque en Siria entre Estados Unidos y Rusia por sus ambiciones de imponerse como principal potencia mundial en un escenario bélico en el que pelean fieramente. Y ahora incluso un pequeño país como Corea del Norte se apunta a esta locura de amenazar al «enemigo» con la destrucción nuclear. El sábado 13 de enero de 2018, el aviso de alarma difundido en Hawái por los teléfonos móviles pudo haber desatado fácilmente una catástrofe nuclear, debido a las enormes tensiones entre Corea del Norte y Estados Unidos: «EMERGENCY ALERTS - BALLISTIC MISSILE THREAT INBOUND TO HAWAII. SEEK IMMEDIATE SHELTER. THIS IS NOT A DRILL».3

Seguro que en los siglos pasados los seres humanos no eran menos brutales consigo mismos o con los otros. Sin embargo, en los últimos siglos, con su ciego afán investigador, han desarrollado un potencial tecnológico que posibilita la destrucción total. Paraíso o infierno —puede que el final sea decidido por un algoritmo tecnológico imposible de parar que haya sido programado previamente por alguien con buenas intenciones (Harari, 2017).

1 Esta expansión de la especie humana tan exitosa es, para la diversidad de especies en la Tierra, más bien una catástrofe. Una tasa de natalidad del 2.0 en lugar del actual 2.4 sería la base para una mejora ecológica.

2 Axel Hacke (2017) aborda este tema de una manera profunda y asequible.

3 «Aviso de emergencia - Amenaza de lanzamiento de misil balístico hacia Hawái. Busquen refugio de inmediato. Esto no es un simulacro».

2. La mente humana: como es adentro, es afuera

Si echamos un vistazo a la historia de la humanidad, comprobamos que la causa de que los seres humanos vivamos bien o que nos atormentemos unos a otros no se encuentra tanto en nuestro entorno natural sino dentro de nosotros mismos. Por ejemplo, las guerras no se hacen por hambre o falta de alimentos, sino por ideologías religiosas, económicas o personales de violentos y belicistas (Harari, 2015). La prosperidad material y la satisfacción de las necesidades básicas de comida, bebida, ropa y vivienda tampoco llevan automáticamente a que las personas estén más satisfechas con su existencia y a que convivan de una forma más pacífica.

Que las personas seamos cooperadoras o agresivas depende, en primer lugar, del estado de nuestra psique. Según el estado de nuestra psique, formamos nuestro entorno, tanto el social como el natural. Si en nuestra psique gobierna el caos, creamos caos en lo externo. Si estamos en armonía con nuestra psique, podemos establecer claridad y orden en nuestro entorno. Tal como es adentro, es afuera.

Si esto es así, entonces hay al menos un rayo de esperanza para nuestras comunidades sociales, ya que sabemos al menos en qué podemos o podríamos trabajar juntos. Debemos o deberíamos:

aprender a comprender mejor nuestra psique humanatrabajar la psique conjuntamente y también de manera individual

para utilizarla en la medida de lo posible en proyectos que, en vez de destruir la vida, la favorezcan por el bien de cada uno y en beneficio de todos.

Nuestra psique humana es, en el fondo, una herramienta fantástica. Una caja de herramientas con enormes capacidades y posibilidades. Mientras la atendamos y cuidemos como algo valioso, sensible, precioso, y la protejamos del daño, nos podrá prestar los mejores servicios. No está determinada desde el nacimiento por los «genes», sino que la marcan nuestras relaciones y estilos de vida (Bauer, 2002). Por ello, es conveniente y necesario reajustarla una y otra vez cuando esté marcada por experiencias de vida negativas o relaciones violentas, envenenada por sentimientos insoportables o mal encaminada por malentendidos.

Si queremos llevar una vida mejor y no seguir luchando entre nosotros, tenemos que comprender mejor, en definitiva, por qué la psique humana se deja enredar tan fácilmente en conflictos agresivos con otras personas —por qué esta psique, en lugar de buscar soluciones constructivas, se puede quedar atrapada en dinámicas víctima-agresor que se van agravando—. Hemos de aprender cómo podemos liberarnos lo antes posible de estos círculos viciosos destructivos. ¡No debemos permitir ni aceptar convertirnos en esclavos de nuestra propia psique dañada!

Por medio de los muchos trabajos que he realizado con diferentes personas en mi consulta psicoterapéutica y por ocuparme de mi propia psique, he obtenido la siguiente certeza: la causa determinante de la destructividad de nosotros los humanos es la traumatización de nuestra psique, lo que conduce a interminables dinámicas relacionales víctima-agresor. Si uno se da cuenta de este hecho, si la persona afectada lo reconoce, entonces es posible abandonar esta destructividad, incluso aunque hayamos estado en ella durante mucho tiempo y nos hayamos acostumbrado. Podemos aprender a volver a estar con nosotros mismos y a relacionarnos con los demás con benevolencia y simpatía. Incluso tras haber sufrido mucho y haber causado a otros mucho dolor.

El requisito es estar dispuesto a ocuparse de la propia psique y de la propia biografía. Para ello son necesarias personas con este mismo interés dispuestas a caminar juntas por ese sendero difícil de transitar. También son esenciales métodos que nos ayuden a entender nuestra psique, a curarla de sus heridas y a mantenerla sana. Hoy en día ya hay procedimientos así. Yo mismo he desarrollado, con el método de la intención, una herramienta muy útil para descubrir nuestra propia psique y entrar en contacto directo con los traumas que contiene. El objetivo general es encontrar el camino de vuelta a la constructividad, en caso de que estemos inmersos en relaciones destructivas.

Cada uno de nosotros es responsable de su disposición a ocuparse de su propia psique. No se puede forzar a nadie a hacerlo. Una vez hemos tomado esta decisión básica, seguro que encontramos a personas que nos apoyan en este camino, y a quienes también nosotros podemos prestar ayuda.

¿Falta de necesidades, principio del placer o aprendizaje por premios?

Desde hace mucho tiempo, fundadores de religiones, filósofos y psicólogos intentan responder a las siguientes preguntas: ¿qué es lo que nos lleva a los seres humanos a actuar como actuamos? ¿Qué nos hace felices y qué nos hace sufrir? Sid-dhartha Gautama, el fundador del Budismo, vio en nuestros patrones de pensamiento y de comportamiento el obstáculo principal para una vida feliz. Por ello recomendó liberarse de lo que crea el sufrimiento: el apego emocional a nuestras necesidades e ideas que nunca nos dejan satisfechos y que siempre demandan más. En lugar de querer modificar las emociones que surgen y luego desaparecen, recomendó dejarlas estar, no darles importancia y no pensar ni en el pasado ni en el futuro. Para ello desarrolló numerosas técnicas de meditación, como la respiración consciente.

En el mundo occidental, Sigmund Freud (1856-1939) consideraba que todos obedecemos al «principio del placer», buscando continuamente experimentar el placer y evitar el displacer. Por medio de este principio, al menos cada persona debería poder cuidar bien de sí misma. Bajo el impacto de la Primera Guerra Mundial, y con la Segunda gestándose, Freud se fue volviendo cada vez más pesimista. Al final de su vida creía que en los seres humanos no solo actúan la «libido» y el «eros», es decir, el anhelo de vivir y de amar, sino también «tánatos», una pulsión inconsciente que nos empuja tanto a los individuos como a los colectivos hacia la rigidez, la muerte y la perdición.

A mi juicio, el destino de la especie humana será decidido por la circunstancia de si —y hasta qué punto— el desarrollo cultural logrará hacer frente a las perturbaciones de la vida colectiva emanadas del instinto de agresión y de autodestrucción. (Freud, 1979)

Para Freud, el camino adecuado del que disponía el individuo para liberarse de las «neurosis» y llevar una vida mejor era el trabajo psicológico profundo con las propias experiencias, especialmente con las de una infancia frustrante. Sobre lo que se debería hacer respecto a la sociedad en su conjunto no tenía ninguna propuesta, «ya que nadie posee la autoridad de imponer la terapia a las masas» (ibíd.).

La respuesta de los psicólogos conductistas a la pregunta de por qué hacemos lo que hacemos fue algo diferente. Opinaban que buscamos recompensas y evitamos los castigos. Por este motivo, aprenderíamos rápidamente lo que nos premia («refuerzo positivo») y nos abstendríamos de hacer aquello por lo que nos castigan («refuerzo negativo»). Según Frederik B. Skinner (1904-1990), uno de los fundadores de esta teoría, este principio podría servir de maravilla para que cada persona tuviera lo que se define como «el comportamiento deseado». En el plano literario, Skinner plasmó la visión política de la aplicación social de su teoría del aprendizaje en su novela Walden dos (Skinner, 1972).

Sin duda alguna, por medio de recompensas y castigos se puede lograr que las personas cambien, al menos su comportamiento externo. Sin embargo, con ello se abriría la puerta a la manipulación de los seres humanos, ya que solo aquellos que poseen autoridad, poder y dinero pueden definir el comportamiento «deseado» o «indeseado» según sus intereses, y «condicionar» así a otras personas según sus deseos, de manera que estas finalmente se acostumbren y acaben creyendo que no tienen otra alternativa.1

Si no hubiera una instancia interior que decida, por ejemplo, a pesar del castigo, perseverar en un comportamiento determinado que considera adecuado, realmente cada persona podría ser manejada en su totalidad por influencias externas. No obstante, es evidente que esta instancia interior existe en cada ser humano y puede ser incluso bastante resistente ante recompensas y castigos externos, como muestran los ejemplos de los delincuentes juveniles reincidentes o de los drogodependientes, o de aquellas chicas jóvenes que voluntariamente parten hacia el llamado Estado Islámico en Siria o Irak y con esto hacia su propia perdición. Ni con castigos ni con recompensas se puede disuadir a algunas personas de seguir cometiendo más delitos, consumir drogas o matar a tiros a personas totalmente inocentes. Por suerte, también hay personas con sentimientos y pensamientos claros y con una sana seguridad en sí mismas a las que no se les impresiona o manipula fácilmente con premios y castigos. Saben lo que quieren y lo que no y, por iniciativa propia, se comportan en consecuencia.

La promesa de sanación farmacológica

Las prácticas espirituales y la psicoterapia, sean de la forma que sean, requieren ocuparse de uno mismo, de las emociones, pensamientos, actitudes y formas de comportarse propios. ¿No sería más sencillo, rápido y fácil conseguir los cambios deseados por medio de sustancias psicotrópicas? Este es, de hecho, el sueño de los seres humanos desde hace milenios. Tragan, beben, inhalan o se inyectan potentes sustancias activas y ya les parece que el mundo, al menos temporalmente, está bien. Alcohol, ayahuasca, «sales de baño», cannabis, amanita muscaria, heroína, cocaína, LSD, nicotina, cactus peyote… La lista de las drogas psicotrópicas es larga. Se va completando con las sustancias que las empresas de la industria farmacéutica elaboran a diario, que luego llegan al mercado como psicofármacos y se venden como Benzodiacepina, Ritalín, Seroquel, etc., produciendo grandes beneficios.

Sin embargo, la experiencia nos muestra que los efectos de este tipo de sustancias son poco duraderos. A largo plazo, causan justo lo contrario de lo que se pretende, porque el cerebro humano provoca una reacción contraria. Así surgen la necesidad de aumentar las dosis y las adicciones a drogas y medicamentos. Los «trastornos psíquicos» originales se convierten en «enfermedades psíquicas». Las «neurosis» y «psicosis» se vuelven crónicas. La psique de las personas deja de evolucionar (Ruppert, 2002).

La psique consciente e inconsciente

El budismo y las dos grandes escuelas psicológicas y psicoterapéuticas de Occidente del siglo XX coinciden en reconocer un aspecto clave: el hecho de que tanto la vida interior como el comportamiento externo de las personas no están regulados únicamente por la mente consciente y la razón, sino que son procesos psíquicos inconscientes, de los que no nos damos cuenta, los que dirigen nuestros actos. Lo inconsciente es aquello que, básicamente, se encuentra más allá de las percepciones sensoriales (imágenes, sonidos, olores). También es aquello que activamente reprimimos y expulsamos de nuestra conciencia. La conciencia humana es, por así decirlo, solo una añadidura a los procesos psíquicos que se ejecutan más allá de nuestras percepciones conscientes, procesos mentales y recuerdos. Por ello, hemos de aprender a incluir la parte inconsciente de nuestra psique en la exploración de nuestro comportamiento y nuestras vivencias, así como en nuestros esfuerzos por cambiar. Hemos de invitar a nuestro inconsciente a mostrarse y a volverse accesible a un diálogo esclarecedor. Los análisis racionales por sí solos no ayudan. Por el contrario, pueden incluso reforzar enormemente resistencias emocionales inconscientes.

Descubrimiento del apego y del psicotrauma

Desde la época de Freud y Skinner, los psicólogos y los psicoterapeutas han descubierto mucho más sobre nuestra psique. Especialmente han reconocido la existencia de procesos emocionales de «apego» que mantienen en simbiosis a los bebés y niños pequeños con sus madres (Bowlby, 1975). A la comprensión de las pulsiones primarias de alimentación y sexualidad se sumó el reconocimiento de que la necesidad de contacto físico y cercanía también es una especie de instinto primario y una necesidad básica. La especie humana dejaría de existir si los impulsos sexuales no estuvieran presentes de una manera continuada. Pero también la necesidad de cercanía emocional y amor no es algo que sencillamente pueda dejarse de lado en las relaciones humanas como algo en teoría irracional y molesto. El amor experimentado físicamente es, para la supervivencia de cada ser humano, igual de vital que el pan de cada día. Si se reprime el amor en la relación entre padres e hijos, entre hombre y mujer, nosotros, los humanos, dejamos de ser los seres vivos más desarrollados. Retrocedemos al nivel de los depredadores primitivos.

Junto a la teoría del apego, la psicotraumatología es, en mi opinión, el segundo gran descubrimiento psicológico de la Edad Contemporánea (Seidler et al., 2011). Cuando los médicos hablan de «trauma», se refieren a las heridas del cuerpo causadas por incidencias físicas o químicas (presión, impacto, fuego, ácidos…). Cuando los psicoterapeutas utilizan este término, se refieren no tanto a las heridas físicas como a las psíquicas. En los últimos 50 años, los psicólogos y psicoterapeutas han ido comprendiendo cada vez mejor los efectos que tienen las experiencias vitales traumáticas para la percepción, los sentimientos, el pensamiento, el recuerdo y las acciones humanas en la vida de las personas afectadas, y también cómo los psicotraumas pueden alterar patológicamente nuestro cuerpo y envenenar la convivencia humana (Herman, 2003; Levine, 2010; Ruppert y Banzhaf, 2017, entre otros).

A medida que comprendemos mejor estos procesos, vemos con más claridad que el ideal de la Ilustración de que todo mejoraría solo con pensar y actuar razonablemente no es la clave de nuestra felicidad personal ni del bienestar de las sociedades. Tampoco con recompensas materiales ni con el éxito profesional se pueden compensar los déficits psíquicos. La «prosperidad» o el «trabajo para todos» no crean sociedades que funcionen con armonía, aunque eso es lo que nos quieran hacer creer las ideologías capitalistas («liberales», «de economía de mercado»), socialistas («socialdemócratas», «comunistas») o nacionalistas («republicanas», «patrióticas»). Incluso la mirada puesta en el «medio ambiente» a través de las gafas de cosmovisiones ecologistas distrae del estado en que se encuentra nuestro interior. ¡No solo la flora y la fauna amenazadas están en una situación de emergencia! ¡Nosotros también!

La psique humana y la realidad

La psique humana se ocupa fundamentalmente de que el ser humano pueda comprender la realidad en la que vive:

De ella forma parte el mundo externo como nivel de realidad 1: el mundo de las formas («objetivo»), compuesto por hechos físicos y biológicos: la Tierra, los seres que viven en ella y el cosmos más allá de este planeta.De ella forma parte el mundo interno propio como nivel de realidad 2: el mundo subjetivo como reflejo del mundo objetivo y de la relación del individuo con lo que lo rodea. Son las condiciones ambientales y las relaciones que hay entre una persona y los demás seres vivos.

Para crear estas relaciones persona-mundo complejas y diversas, la psique humana dispone simultáneamente de varios canales de entrada, a los que denominamos percepción. Son los cinco sentidos basales: vista, oído, olfato, gusto y tacto. Ellos nos transmiten una primera impresión de lo que hay en nuestro mundo exterior. En este contexto, se debe tener en cuenta que lo que percibimos es selectivo según nuestros propios intereses y necesidades. Nunca percibimos todo lo que hay. Eso no solo desbordaría a nuestra psique, sino que además no tendría ningún sentido.

La siguiente fase del procesamiento psíquico es sentir lo percibido. También aquí hay emociones básicas: miedo, rabia, tristeza, dolor, alegría, asco, vergüenza, culpa, orgullo, amor. Las emociones son la reacción subjetiva a la realidad percibida en cada caso. Cuando la persona siente, está en contacto con su cuerpo de manera más intensa. Las emociones surgen por medio de procesos químicos del cuerpo regulados por neurotransmisores. Se originan y se desvanecen más despacio que los procesos de percepción, que se basan sobre todo en procesos cerebrales eléctricos.

La siguiente fase del procesamiento psíquico es la imagen que nos hacemos del mundo por medio de nuestras percepciones y emociones, y que así interiorizamos. Estas imágenes del mundo pueden ser acertadas, pero también pueden estar muy lejos de la realidad. Pueden tratarse más bien de deseos fantaseados en lugar de reconocer lo que realmente es.

Solo por medio del pensamiento, el ser humano se puede librar de sus imágenes del mundo limitadas y a menudo antropocéntricas. Al pensar abstraemos las particularidades de nuestra percepción y la subjetividad de nuestras emociones y podemos extraer las conclusiones que de ellas se derivan. Así se puede lograr una comprensión de la realidad cada vez más acertada. En el mejor de los casos, esta comprensión es válida para todos, es decir, para los demás es tan correcta y verdadera como para mí mismo. Puesto que el pensamiento también se basa principalmente en el procesamiento de estímulos eléctricos, los pensamientos surgen muy rápido y pueden desaparecer deprisa y ser sustituidos por otros. Como mucho, el pensamiento es independiente de los procesos físicos metabólicos, por eso puede surgir la ilusión de que la mente no está unida al cuerpo.