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Quizá desde la ventana aborda la estrecha relación entre dos hermanas cuyas vidas se han visto trastocadas por completo tras un trágico accidente de tráfico sufrido cinco años atrás. La mayor, en su lucha interior por recordar lo sucedido, por recuperar ese instante perdido que le permita comprender y perdonarse, rememora su vida y la de su familia. Desde el pueblo paterno, en Cuenca, hasta Russafa; de allí, a Burjassot, a Valencia, a la Malvarrosa, en un viaje evocador que nos habla de pérdidas y de reencuentros. Tardaremos en entender por qué la menor acompaña este transitar por la memoria con un persistente deseo de serenar la remembranza.
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Seitenzahl: 148
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Colección dedicada a difundir la obra escrita por autores valencianos, tanto en lengua valenciana como castellana, incluyendo obras clásicas de la literatura valenciana. También recoge libros de autores contemporáneos nacidos en Valencia, así como traducciones y adaptaciones de la literatura universal.
La colección Lletres Valencianes está compuesta por: Cants d’amor, de Ausiàs March, Lletres de batalla, de Joanot Martorell i Joan de Montpalau; Tirant lo Blanch, de Joanot Martorell; Cañas y barro, de Vicente Blasco Ibáñez; El Xicotet Príncep, de Antoine de Saint-Exupéry, Quizá desde la ventana, de Sara Mañero, entre otros...
SARA MAÑERO RODICIO
Quizá desde laventana
© Ed. Perelló, SL, 2024
© Del texto: Sara Mañero Rodicio
Calle de la Milagrosa Nº 26, Bajo
46009 - Valencia
Tlf. (+34) 644 79 79 83
http://edperello.es
I.S.B.N.: 978-84-10227-55-2
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Prólogo
Es la segunda vez en menos de un año que me veo en la tesitura de escribir un prólogo. Lo cierto es que nunca creí que tendría que hacerlo. Al menos no para una de mis novelas. Y, sin embargo, aquí estoy de nuevo. El pasado diciembre, con motivo de la publicación de Donde enmudece el silencio, me sorprendí con la redacción del primero. Hoy, me asombro de hallarme ante el segundo. Como entonces, siento la necesidad de aportar algunos datos a una novela que jamás pensé fuera a publicarse, pues Quizá desde la ventana pertenece, también, a ese grupo de manuscritos que guardo en el fondo de un cajón y en la esquina superior izquierda de la pantalla del ordenador. Alguna vez intenté su publicación, pero descubrí pronto que estos textos no eran del agrado de las editoriales, en buena medida por su brevedad. Preferían mis trabajos más extensos, los de corte histórico. Y desistí, aunque lo cierto es que yo, sin hablar de preferencias, sé que estos no existirían sin aquellos. Mis novelas «del cajón» son las que me permiten transitar de unos mundos a otros, con las que descanso de una etapa de trabajo intenso, de extensa documentación, para prepararme para el siguiente proyecto.
Quizá desde la ventana surgió tras narrar la vida de una fotógrafa que presenció las campañas del Rif y las vicisitudes de las primeras décadas de nuestro siglo XX. Atrapando la luz fue, no voy a negarlo, una novela que me apresó por completo y precisaba abandonar a Elvira, su protagonista, antes de abordar una idea que ya tenía en mente y que acabaría por llevarme a Perú. Ante la ventana de mi despacho tenía entonces una hermosa jacarandá y un día me descubrí mientras escribía sobre ella. Después, tan solo, continué escribiendo.
Por aquellos días me habían hecho un par de entrevistas y me preguntaron, entre otras cuestiones, por qué volvía siempre a Madrid en mis textos. Quienes sepáis que soy madrileña de nacimiento pensaréis que nada más lógico que ese retornar a los orígenes, pero tal vez no lo sea tanto, puesto que he vivido muchos más años en Valencia que en mi ciudad natal y, no obstante, por lejanos que situara a mis personajes, ya fuese en Filipinas, ya en Melilla, o más tarde en Perú, siempre regresaban a Madrid. Como yo lo hacía con asiduidad para visitar a familiares y amigos. Pensé, al reflexionar sobre la cuestión, lo difícil que es abandonar la ciudad en la que por primera vez te reconoces. Y lo ingrato que resulta para esas otras calles que también has recorrido. Quizá por eso, ante la jacarandá enhiesta frente a mí, con el mar a lo lejos, en un horizonte que anticipaban los campos de naranjos, decidí escribir sobre esta nueva tierra de adopción. El resultado fue este manuscrito, que pronto dejará de serlo, escrito en unas pocas semanas, con la vehemencia de quien necesita soltar lastre para iniciar nuevas rutas.
¿Y qué podría contar yo de Valencia? Tras décadas aquí, conocía bien sus calles y su vida, sus costumbres, sus olores, su luz. Decidí centrarme en Russafa, barrio de buenos amigos. Con sus historias recorrí sus calles y su pasado. Gracias, Ángel; gracias, Pepa. La prensa me aportó las fotografías necesarias para situarlo todo, para vislumbrar ese mundo perdido y reconocer sus vestigios, los que hoy se hallan en peligro de extinción. Russafa ya no es su Russafa; ni siquiera es la mía, el lugar que yo conocí como estudiante universitaria, ni la que era en 2016, cuando escribí esta novela. Los turistas, que todo lo desean vivir, ya han llegado a este corazón de la ciudad como por asalto.
Junto a Russafa, quise rendir homenaje a la hermosa huerta que rodea la zona norte de la capital, el vergel en donde vivo desde hace años. Burjassot me pareció el lugar más adecuado, quizá por ser un pueblo que recorro a diario, al estar cerca del mío, o quizá por contar con numerosos amigos en la zona. Gracias también a ellos por contarme el ayer, por describirme su mirada de entonces, por compartir sus recuerdos, que se entrelazan con los míos. Burjassot y la casa del tenor Lauri Volpi y la soprano María Ros o la residencia veraniega de la familia Blasco Ibáñez son también Rocafort y Villa Amparo, el último refugio en España de Antonio Machado, o el pinar por el que paseara Baroja tras la muerte de su hermano Darío, cuando detestaba Valencia, o la casa donde pintara Pinazo o esculpiera Alfaro, en Godella. Tierra elegida por tantos, que se resiste a perder su esencia.
Por último, entre estas páginas encontraréis también los recuerdos de infancia de una niña madrileña que comenzó a veranear en Santa Pola, en la costa alicantina, cuando eso de veranear aún resultaba extraño. Largos meses estivales perdidos entre desiertas playas sin fin, un mar de fondos claros y aguas trasparentes, barcos de pesca que parecían nueces agitadas por las suaves olas, cálidas Navidades de cielos claros, ventosas Pascuas de volar cometas, otras costumbres y otra lengua.
Y ya que hablamos de otra lengua, indicar que encontraréis aquí algunas palabras en valenciano; nada que no podáis entender o que yo no explique. Así, les rajoletes son los azulejos rectangulares, la cansalà (o cansalada) es la panceta, la mona de Pascua es un bollo esponjoso con un huevo duro en su centro (hoy los hay de chocolate), un cachirulo (o catxírulo) es una cometa, el pernil es el jamón serrano y poco más. De igual modo, veréis que los pueblos y los barrios aparecen con la grafía valenciana (Burjassot, Russafa, Lliria…), a excepción de Valencia. Permitidme la incongruencia, pues conocí Valencia cuando aún no conocía el valenciano y he deseado dejar constancia de ese recuerdo primero, cuando la ciudad aún no era València para mí.
Como veis, mucho hay aquí de homenaje, de reconocimiento y de memoria, propia y ajena. Por todo ello, solo puedo mostrar mi gratitud a Ediciones Perelló por haberme elegido para participar en esta nueva colección.
Y ahora resta esperar que os guste la novela.
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Desde tu ventana no puedes ver el mar, por más que esté ahí, inmenso, en la distancia de un horizonte cercano. Desde tu ventana no alcanzas a distinguir las hojas de los pinos que verdean intermitentes al otro lado de la calle. Solo la masa informe de una copa verdiblanca te devuelve la mirada y la sombra de un trino que se posa aquí y allá, mientras ensancha o adelgaza su figura difusa, te encandila los ojos. Porque sabes que es otro pájaro, uno de los muchos que a lo largo de los años han anidado entre la fronda tupida que tan bien conoces, aunque no percibas su contorno ni las briznas que sabes lleva en su pico. Porque no necesitas ver para reconocer tu árbol, el que salvaste de la tala, el que mimaste con ternura mientras observabas cada nimio brote de sus ramas, cuando tu mano aún abarcaba su tronco endeble. Porque recuerdas… Sí, porque recuerdas no te importa que las hojas marrones del ciruelo que crece a su izquierda, el que florece temprano, se hayan perdido en la obscuridad que amenaza con tragarse la vida.
Desde tu silla, al alzar la mirada, prefieres ver el recuerdo de lo que delante de ti se extiende y, en la memoria añorada, distinguir los contornos, diferenciar los matices, pues hace ya mucho tiempo que comprendiste que es allí, en la evocación, donde se halla tu mundo, el que nunca te abandonará entre las sombras por mucho que ellas se empeñen en alcanzarte. Y sin embargo, por esencial que sea ese entendimiento, has olvidado el instante en que comprendiste que preferías que tus ojos mirasen tus ensueños y se olvidaran de lo que veían para recordar lo que observaban; el segundo exacto en que decidiste que la realidad puede ser otra, tuya sola.
Desde tu silla, atada a ella, te sientes prisionera y quisieras volar como hace el pájaro que intuyes en ese canto que te llega lejano a través de los cristales, a través del aire que se arremolina entorno a las copas salpicadas de luz, sin alcanzar a verlo más que al cerrar los ojos. Y no te importa ya si es un humilde gorrión o una ávida urraca; no te importa si viene a quedarse, a forjar un nido en el que ofrendar una nueva oportunidad a la vida, o si se acerca solo para pasar de largo una vez obtenido su tributo, esa mísera migaja abandonada, aquella lombriz atrevida, la comida compacta del gato que lo aguarda acechante. Porque no lo ves y en tu recuerdo ni las magnitudes ni las gradaciones importan ya. Por eso, nimio o imponente, modesto o altanero, el ave que adivinas se convierte en un sueño imposible y aprietas los párpados para volar con él, para alejarte de ese cuarto que era el tuyo y ha dejado de serlo.
Desde tu ventana no puedes ver la jacarandá que te saludaba a diario, que mecía sus ramas contra tu pared, contra los amplios ojos de tu dormitorio. Porque antaño disfrutabas al abrir las contraventanas, al abrir las hojas de aluminio blanco, y asomar el rostro hasta sentir la caricia del sol, de la lluvia, del viento, de los dedos verdes de tu querido árbol. Y alargabas la mano hasta sentir su cosquilleo en la palma abierta y sonreías. Ahora, sabes que aún sigue ahí, formidable, esbelta, altiva, solemne en la debilidad de sus hojuelas que luchan por permanecer unidas a sus ramas. Sí, sabes que sigue ahí porque la realidad no desaparece porque tú hayas dejado de verla, aunque a veces desearías que así fuera.
Sigue ahí, afuera, sin más, lejos de ti, desafiante, inalcanzable, ignorante de la angustia que te abrasa hasta ahogarte. Y seguirá por siempre, hurtándote el consuelo de desaparecer contigo. ¿O acaso no anhelas que se funda el mundo en esa oscuridad que ahora te rodea? Sí, te confiesas innoble y, por más que debería repugnarte ese otro ser que también eres tú, no te incomoda reconocerte infame, quizá incluso despreciable. Porque desde tu ventana no puedes ver el mar, ni puedes ver la jacarandá, y por eso desearías que no existieran fuera de ese recuerdo que conservas como única pertenencia; por eso suspiras para que nadie, nunca, pueda poseerlos como tú los tuviste, tan tuyos, tan íntimos, tan sinceros. Tan otros ahora que los has perdido y queda apenas su imagen evocada en tu memoria. ¿Qué importa que aún haya quien pueda disfrutarlos si para ti se difuminaron en la noche? ¿Qué importa su existencia, si no es tuya?
Desde tu ventana se te acabó el mundo. Pero sigue la vida. ¿Y cómo seguir viviendo si te rodea la nada, si olvidaste el momento exacto en que se te escapó el aliento? Cómo, si no te reconoces en ese cuerpo que dicen te pertenece; el mismo que rechazas, que odias, que te aprisiona. Porque desde tu ventana se te acabó el mundo y no se te acabó la vida.
1
¿De qué sirve preguntarse cuál fue el comienzo, cuándo se inició el resto de la vida? Si bien reconozco que se trata de una inquietud absurda, no puedo evitar cuestionarme a diario por ese instante clave, así que avanzo y retrocedo en el tiempo de mi pasado mientras busco las respuestas que debería conocer, que todos creen saber, pero que yo ignoro. Porque no es sencillo determinar el segundo exacto; no, nunca lo es. Jamás. Y de todos modos, ¿acaso importa? ¿En qué me va a ayudar esta obsesión que me ocupa la mirada de continuo, que me estalla en el pecho con la furia de un volcán subterráneo? En nada. Lo sé. Porque el ayer se fue y nunca será el ahora.
Sin embargo, hoy he vuelto a intentarlo, como una y otra jornada, día tras día. Desconozco la causa de que en cada ocasión me descubra en un escenario distinto, en un punto diferente de esa línea intermitente en que se ha convertido mi existencia desde… ¿Desde cuándo? ¡Quién sabe! Y me he encontrado aquí, en esta misma casa en la que he vivido ya de niña, la que conozco sin necesidad de transitar por sus cuartos, la que puedo ver sin mirar, la que siempre huele a membrillo y a lavanda por más que mi hermana se obsesione con ambientadores dulzones que mitiguen el olor de su tabaco. Claro que, entonces, en el momento de aquel recuerdo donde me he hallado esta mañana, donde me descubro a cada instante, la pobre llevaba meses sin fumar. Era su tercer intento. Sigue sin conseguirlo.
—Raquel, ¿ya lo tienes todo preparado? ¡Mira que siempre me haces salir tarde!
—Sí, sí. ¡Sólo un momento, de verdad! Es que no sé dónde he metido el cargador…
—Vale, voy a revisar luces y ventanas y te espero en el coche. ¡Y no tardes, por favor, que no me gusta correr!
Pero, ¿fue así como empezó todo? ¿De una manera tan simple, tan cotidiana, tan anodina? ¿Cómo es posible que lo habitual se convierta en extraordinario y lo nimio adquiera categoría de excepcional? ¿De qué depende? Lo ignoro, como tantas otras cosas que debería conocer y que, tal vez, nunca alcance a descifrar. ¡Es tanto lo que se pierde entre las curvas extrañas de la vida! Se pierde el rumor que agitaba nuestros sueños y la brisa que nos limpiaba el rostro, las voces que acompañaban cada nueva aventura y el fulgor de las miradas, la pasión que nos guiaba y hasta el miedo que, en ocasiones, limitaba la acción. Todo se nos escapa. Nos huye. Nos abandona.
Hoy, mis ensueños me hablan de un viaje programado desde tiempo atrás para asistir a una celebración familiar y de esta espaciosa casa que mis padres compraron bastante tiempo después de nacer yo; esta en la que, sin embargo, no han vivido de continuo desde un par de años antes de aquella fecha que mi memoria evoca en este instante, pues gustan de regresar a su aldea natal siempre que pueden, que es muy a menudo tras la jubilación. Porque para ambos su mundo es, y siempre ha sido, El Hito, ese pequeño pueblo de Cuenca del que partieron una mañana de principios de octubre en busca de nuevas oportunidades, de un futuro esperanzado para la vida que acababan de empezar a compartir.
Apenas dos meses llevaban casados cuando decidieron embarcarse en la aventura de un viaje que les resultaría eterno. Para mi padre era la segunda ocasión en que salía del pueblo, pues la mili lo había llevado a Bétera, a uno de los cuarteles cercanos a Valencia, y lo poco que conocía de la ciudad sirvió para encandilar unos sueños que lo alejaban de los campos áridos y los interminables barbechos. Mamá, quien jamás había dejado la aldea más que para ir al cercano Montalbo en días de mercado o de ferias, se dejó seducir por promesas de otros rostros y diferentes labores. ¡Inocentes! Creían odiar la tierra y nunca dejaron de extrañarla. Deseaban librarse de la servidumbre de mirar al cielo y se pasaron años tratando de otear, por entre los tejados rojizos, ese resplandor grisáceo que anunciara lluvia, de husmear el aire húmedo que presagiase nublo. Quizá por eso acabaron por comprar esta vivienda en este otro pueblo que, aunque en nada les recordara al suyo, les permitía distinguir los colores del día y las luces del horizonte. Necesitaban ver a lo lejos sin chocar con un muro de piedras o ladrillos y aquí, al menos entonces, aún podían resbalar la mirada por encima de los naranjos hasta el cercano mar, aunque fuesen otros los olores, desconocida la humedad y extraña la densidad del aire. Porque hasta el aire separa, aunque nadie quiera creerlo.
Sí, aquí han sido todo lo felices que podían ser cuando no estaban en su aldea, en ese otro epicentro de su mundo que conformaban esas escasas calles dominadas por la iglesia de La Asunción. Nunca han podido comprender que abandonaron El Hito para buscar la vida, pero se la dejaron allí, esperando a la sombra de sus casas blancas y entre sus amplias calles el retorno de quienes estaban presos de sus recuerdos. Lo cierto es que se esforzaron, y mucho, para construir su mundo a nuestro entorno, incluso antes aún de nuestra propia existencia. Trabajaron sin límite, sin pausa, ahorraron cada peseta, cada raquítico céntimo, como si fuese un tesoro, vivieron en una pequeña habitación que les alquiló una viuda en el barrio de Russafa, en la calle de la Barba, cercana al mercado de la Plaza de las Arenas, mientras multiplicaban las horas del día y rezaban porque no llegase un niño que les obligara a buscar otro alojamiento más amplio y, en consecuencia, más caro.
Mi padre entró como mancebo en unos ultramarinos de la calle Pascual y Genís, en donde se vendían legumbres, salazones, carne y embutido. Aprendió a atender a las numerosas clientas con amabilidad y respeto, a cortar los lomos de bacalao, a moler el café en un enorme molinillo, a pesar el género en la roma
