Recorridos solidarios -  - E-Book

Recorridos solidarios E-Book

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Beschreibung

Por lo general, la solidaridad no la definimos, la describimos. Tampoco la reflexionamos, la vivimos. Por estas razones, los ocho ensayos reunidos en este libro llevan a cabo una tarea inusual: someter la solidaridad a reflexión y definición. Pero también hacen lo otro, por supuesto: describen cómo los frágiles dedos individuales se juntan, flexionan y forman un sólido puño. En esta obra se examinan las relaciones y las prácticas en ámbitos que fácilmente asociamos con solidaridad, como son los conflictos laborales, los movimientos estudiantiles, los avatares de la migración del campo a la ciudad; pero también en situaciones en las que su aparición puede ser desconcertante: un grupo de jóvenes infractores. En un tiempo en que la acción colectiva resurge después de un largo interludio individualista, este volumen nos invita a reflexionar acerca de cómo en los problemas y conflictos que la práctica conlleva nos hacemos uno, con la esperanza de que los puños del futuro sean más resistentes y duraderos que los del pasado.

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Seitenzahl: 495

Veröffentlichungsjahr: 2020

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cip instituto mora. biblioteca ernesto de la torre villar

nombres: Pensado Leglise, Patricia, coordinador; Necoechea Gracia, Gerardo, coordinador

título: Recorridos solidarios: trayectorias individuales y montajes colectivos en la historia reciente / Patricia Pensado Leglise y Gerardo Necoechea Gracia (coords.)

descripción: Primera edición electrónica | Ciudad de México: Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, 2020 | Serie: Colección Historia, Social y cultural

palabras clave: México | Solidaridad | Movimientos sociales | Historia oral | Relatos personales | Sindicatos | Trabajadores | Indígenas | Mujeres | Discapacidad | Siglo XX | Movimiento estudiantil del 68 |

clasificación: DEWEY 361.972 REC.s | LC HV697 R4

Imagen de portada: Diverse multiethnic or multinational group of people isolated on white background. Elderly and young men, women and kids standing together. Society or population. Flat Cartoon vector ilustration. Imagen publicada con licencia de Shutterstock, ID: 1316000525.

Primera edición electrónica, 2020

D. R. © Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis MoraCalle Plaza Valentín Gómez Farías 12, San Juan Mixcoac,03730, Ciudad de MéxicoConozca nuestro catálogo en <www.mora.edu.mx>

ISBN de ePub: 978-607-8611-67-6

Impreso en MéxicoPrinted in Mexico

Índice

PrólogoLos caminos recorridos con solidaridad

Rebeca Monroy Nasr

Introducción.Hacer de dos, uno; hacer de uno, dos: ideas de solidaridad

Gerardo Necoechea Gracia

PRIMERA PARTE SOLIDARIDAD PERFORMATIVA

El sutin: lazos de solidaridad

Patricia Pensado Leglise

Manifestaciones de solidaridad: los maestros en el movimiento estudiantil de 1968

Erick Arellano Salazar, Pablo Bonilla Juárez, Ricardo Chávez Cruz y Patricia Pensado Leglise

Solidaridad Intermitente

Amelia Rivaud Morayta

“El Nosotros” y la compartición de aprendizajes en la “Escuelita de la Libertad Zapatista”

Gloria Luz Rascón Martínez

SEGUNDA PARTE SOLIDARIDAD CONSTRUIDA

Contiendas laborales y solidaridades encontradas en Santa Bárbara, 1970-1981

Gerardo Necoechea Gracia

Construyendo la solidaridad. Análisis microhistórico de una mujer migrante

Juan Carlos Flores Flores

Trayectoria de vida de un joven con discapacidad visual. Interacción y relaciones sociales, una mirada desde la solidaridad

María Concepción Martínez Omaña

La solidaridad en una menor insumisa, infractora y consumidora de sustancias adictivas

Martha Romero Mendoza

Índice temático

Sobre los autores

PrólogoLos caminos recorridos con solidaridad

Rebeca Monroy Nasr deh-inah

El libro que ahora nos presentan Patricia Pensado Leglise y Gerardo Necoechea Gracia tiene varias aristas importantes para comprender la solidaridad ciudadana. Esta última ha sido un elemento sustancial que nos ha caracterizado en los últimos años, sobre todo porque hemos enfrentado eventos poco usuales que han alterado profundamente nuestra vida y que, gracias a la solidaridad, hemos podido enfrentar de diversas maneras.

Una palabra que contiene diversos y profundos significados, es lo que nos muestran los ocho autores que componen esta obra, y que nos dejan ver desde la macro y microhistoria, con un suave aroma a la perspectiva del materialismo dialéctico, que la solidaridad es recorrida en diversos momentos y desde diferentes perspectivas históricas, sociales y culturales.

En este libro son examinados los lazos trazados por el Sindicato Único de Trabajadores de la Industria Nuclear, tan importantes en los años setenta y que, con sus muestras de trabajo, de rebeldía y capacidad organizativa, dieron clases a otros movimientos sindicales y sociales.

También nos lleva a recordar cómo en los momentos más álgidos del movimiento del 68, que ahora cumple sus primeros 50 años, el magisterio mostró su capacidad de presencia, integración y solidaridad, en un momento de desconcierto y desasosiego no sólo estudiantil, sino urbano; familias, trabajadores, y diversos sectores sociales, afectados por la despótica represión del gobierno en turno, mostraron su capacidad organizativa y resiliente. De ahí surgieron los maestros –con una larga tradición de lucha– que participaron en el recién terminado siglo xx.

En la introducción, Gerardo Necoechea la llama solidaridad performativa, donde lleva a cabo un profundo análisis que brinda muestras claras de su compromiso y su conocimiento con la historiografía actual. A su vez, el historiador aborda de manera clara el concepto de solidaridad construida, en el caso específico de los lazos ciudadanos que se tejieron con personajes o personas que requerían de una ayuda, un lazo, un afecto, un pedazo de vida para poder continuar. Así, después de discernir a diversos autores logra, como siempre, decantar su conocimiento creando nuevos discursos y nuevas figuras retóricas para la comprensión cabal de nuestro objeto de estudio. La introducción ofrece herramientas con las que podemos arrancar para comprender a profundidad el conjunto del libro, rico en lecturas y texturas de personajes y eventos. Por lo demás, es un texto muy oportuno para quien desee analizar la solidaridad ciudadana macro y micro en nuestro momento actual.

La solidaridad construida, concepto entramado del doctor Necoechea, deja claro cómo es factible abordar el estudio en casos particulares que denotan claridad de las acciones humanas con el deseo de ayudar a quien está próximo, a los que están necesitando una ayuda inminente, como es el caso de una joven consumidora de drogas, acusada de robo, que requiere de una ayuda y un apoyo externo de manera clara.

Cada uno de los casos colectivos o particulares dejan en claro que somos un país de grandes capacidades y posibilidades ante los profundos malestares sociales. Los capítulos de este libro retratan la apremiante voluntad por ayudar, sea o no acción colectiva. La disposición a estar ahí, a no dejar caer en un vacío, es una señal, me parece, de salud mental pública y privada. Algo que cultivamos en la intimidad familiar, en secreto incluso, y que en el momento necesario surgirá para ayudar, para ser solidario de manera conjunta o individual.

Muestra de ello es nuestro septiembre negro de 2017, con los terremotos del día 7, que desmembró nuestras regiones del sureste. Más increíble aún, el del día 19, repetido en la fecha, con destrozos de nuevo, que se acuñaron en la gran ciudad y regiones aledañas. Ahí vivimos de nuevo esa solidaridad, amplia y en corto, internacional, nacional y ciudadana. Ahí se visibilizó la posibilidad de ayudar, de proveer, de estar presentes. También la sensación de inutilidad o desesperanza se vieron de nuevo entre los escombros.

La ayuda colegiada, no institucional, ciudadana y, sobre todo, de los jóvenes considerados “ninis” (ni estudio, ni trabajo), fue una clara muestra de que seguimos vivos, que no hemos robotizado nuestras conciencias, que estamos alertas ante las contingencias, que el letargo aún no nos ha convertido en seres inanimados. Fue el momento de destapar las cloacas y ver con mayor claridad lo que se aloja en la entraña urbana, en la mazmorra de la inercia institucional y gubernamental, que a la fecha le ha cobrado sus consecuencias.

Ahí estamos con el 68, a sus 50 años; con los 43 de Ayotzinapa, a sus cuatro años de desaparición forzada; con los alumnos del Colegio de Ciencias y Humanidades de Azcapotzalco y su protesta del 3 de septiembre de 2018. Ahí estamos con todo el equipo físico, intelectual y moral para reconstruir, exigir justicia, pedir esclarecimiento y ayudar.

Así, este libro nos asombra por los testimonios orales de los personajes involucrados en uno u otro momento, entre los sindicatos, los maestros, las escuelas alternativas, con las organizaciones de izquierda clandestinas y sus consecuencias familiares, en la vocación del militante. Todos ellos son muestra clara del deseo de cambio, de trasformación social y política.

Por su parte, los que buscan ayuda o apoyo dentro de los eventos de una huelga minera, de la migración del campo a la ciudad, de la vida a ciegas –habitar la oscuridad, como lo llama el fotógrafo Marco Antonio Cruz–, o bien de una chica consumidora de drogas inmersa en un mundo hostil y despiadado. Incluso en esas condiciones de reclusión, desdén o afectación personal es posible encontrarse con pequeños mundos solidarios, con microcosmos de relaciones que aclaran el horizonte y trazan camino entre obstáculos.

Sea que la historia oral ahora se conecta con el mundo existente y recorre la solidaridad de diversas maneras –metodológicas, temáticas–, se enclava en un mismo techo: el de ayudar con la convicción en la piel, en la cabeza, en la tersura de los sentimientos colectivizados que a fuerza de vivencias y de los años, resultan en una mejor conexión ciudadana.

Es un acierto tener este material que viene a cubrir varias aristas académico-científicas necesarias; cada uno de sus autores aporta nociones sustanciales que recaba en conversación con sus entrevistados, personajes que reclaman el no olvido y que, con sus historias de vida, nos refrescan la memoria.

La historia oral es una herramienta, una metodología, un marco teórico y una referencia obligada en la historia contemporánea, como lo verá el lector atento. Los autores aquí reunidos, desde su propio ámbito, y gracias a la elasticidad de la historia oral como forma y materia de trabajo, agudizan nuestra mirada y dirigen nuestros pasos entre la inter, multi y transdisciplina. Con ello se decantan y materializan las historias al llevarlas a la tinta y el papel, dejando constancia, una vez, más de que el relato es parte fundamental de nuestras vidas, y que emerge de entre las fuentes de primera mano cada vez con mayor fuerza y sustancia.

Es la solidaridad un tema inacabado, pero necesario su estudio, sus formas, sus embrujos y su presencia, en un mundo cada vez más hostil y despiadado. La solidaridad urbana, la del campo, la de clase, la de género; ante los feminicidios, ante el embate de los políticos, de la legalidad trastocada, del mundo de las drogas, de los narcos, de la perversión social acumulada, de los embates de la naturaleza, la unívoca personalizada, toda ella es parte esencial de nuestra historia. Aquí convocados los autores: Erick Arellano Salazar, Pablo Bonilla Juárez, Ricardo Chávez Cruz y Patricia Pensado Leglise, Amelia Rivaud Morayta, Gloria Luz Rascón Martínez, Gerardo Necoechea Gracia, Juan Carlos Flores Flores, María Concepción Martínez Omaña, Martha Romero Mendoza, en estricto orden de aparición, dan cuenta de algunos posibles recorridos solidarios. Con sus trabajos de primera línea nos proveen de un material indispensable para conocer la solidaridad desde sus más profundas entrañas y decantar que todavía hay un guiño de vida, de esperanza, de sabiduría interna en cada uno de nosotros para la reciprocidad, para los actos sin fines utilitarios y, lo más importante, para efectuarla. Porque traer estas historias de vida a cuenta en forma del libro, también es parte sustancial de una acción solidaria.

Fotografía: Rebeca Monroy Nasr. Solidaridad urbana con flores, un perro y un deseo en la piel. Marcha sobre el Paseo de la Reforma, Ciudad de México, 1979. Archivo Rebeca Monroy Nasr.

IntroducciónHacer de dos, uno; hacer de uno, dos: ideas de solidaridad

Gerardo Necoechea Gracia

Los textos cobijados entre estas tapas son resultado del trabajo de investigación individual y discusión colectiva en el Seminario de Historia Oral de la Ciudad de México. En el transcurso de 2015, los integrantes del seminario platicamos y reflexionamos acerca del tema para un trabajo en conjunto. Aspirábamos a repetir la grata y enriquecedora experiencia que desembocó en la publicación de El siglo xx que deseábamos.1 El propósito de juntar cabezas era encontrar un concepto que permitiera hacer una lectura distinta de las entrevistas que cada uno había acumulado en su proyecto individual, tal como habíamos hecho con experiencia y expectativa en la anterior ocasión. Así, los productos de nuestra reflexión compartirían una misma pregunta, anticipando, por supuesto, muy distintas respuestas.

La primera sugerencia fue en torno a la comunidad. El disparador fue el libro de Zigmunt Bauman, Comunidad, que nos invitaba a indagar acerca de cómo concebían y cómo hacían comunidad los individuos entrevistados.2 Pero, y siguiendo a Bauman, la pregunta interesante era si la socialidad actual permitía seguir albergando nociones de comunidad referidas a condiciones anteriores y muy distintas. Bauman analiza la sociedad europea y concluye que las relaciones son efímeras porque las situaciones de los individuos son fluidas; de ahí la noción de lo líquido con la que Bauman ha analizado distintos aspectos de la sociedad actual. El examen del concepto nos llevó a la lectura y discusión de varios textos. Hay un debate interesante, sobre todo centrado en las diferentes aproximaciones entre el pensamiento social europeo y los planteamientos desde los estudios subalternos, y, en particular, en la visión de comunidad de pensadores que centran su reflexión en las comunidades indígenas de América. No obstante el interés intrínseco de esta polémica, no encontramos ahí asidero para nuestra curiosidad.

Sin embargo, a partir de la reflexión en torno a estas lecturas encontramos orientación para nuestro interés. Si nos interesaba la disposición de nuestros entrevistados para constituir colectivos con objetivos expresos, animados por un sentimiento de pertenencia y una conciencia de interés compartido, entonces uno podría preguntar acerca de las dificultades enfrentadas y los lazos invocados para buscar soluciones mediante acciones concertadas. Este cuestionamiento era más adecuado para nuestro propósito, puesto que el nudo del asunto aparece repetidamente y en múltiples escenarios en nuestras entrevistas. Comunidad, en cambio, parecía ser una conceptualización impuesta de antemano, para la que había que buscar ejemplos en las entrevistas. Solidaridad, nos pareció entonces, se ajustaba mejor a la idea de conceptualizar desde el terreno de las acciones descritas.

Al principio de nuestras discusiones coincidíamos en pensar que solidaridad significaba meramente juntarse varios para ayudarse. Pero no tardó mucho en asomar la discordia respecto de englobar en la idea de solidaridad cierto tipo de prácticas; en específico nos detuvimos a reflexionar acerca de lo que se denomina caridad en las prácticas católicas. Afloraron dos cuestiones en la polémica. La primera fue darnos cuenta que cada uno de nosotros tenía ideas firmes respecto de qué sí y qué no se consideraba solidaridad, y, en ese sentido, había ya un prejuicio, por así decirlo, en la discusión. La segunda consistió en reconocer que el vocablo que habíamos considerado sencillo y directo era en realidad complejo y polisémico. Aunque las diferentes maneras de significar la palabra permanecieron, cada uno de nosotros tuvo que esforzarse por explicar y justificar el particular contenido que adscribía al término, a la vez que reconocía otros posibles significados. Fue importante, en consecuencia, buscar también cuáles eran los elementos en común que permitían describir diferentes prácticas con una misma palabra.

Solidaridad proviene del lenguaje jurídico, antes que del político o de las ciencias sociales. En el derecho romano se utilizaba para describir la responsabilidad compartida de un grupo frente a una deuda, o el derecho compartido de los acreedores; el grupo asumía la responsabilidad del individuo. Ese significado de deudor solidario sigue en uso. Proviene, asi mismo, del lenguaje tecnológico y de la construcción: la acción de soldar partes para formar un todo más resistente.3 En el transcurso de lecturas y discusiones nos quedó clara la diversidad de recorridos para llegar a los usos actuales que hacemos del término solidaridad, trayectos cuya especificidad se desenvolvió en las esferas de la religión, la política y la filosofía.

La caridad, junto con esperanza y fe, formaba el trío de virtudes reconocidas en el cristianismo. Esta virtud era principal porque consistía en socorrer cuerpo y alma de los desvalidos y los pobres; de esa acción brotaba la esperanza, y en esta última se anidaba la fe. Los cristianos, que retomaron nociones y prácticas asistenciales de los romanos, también adoptaron de la tradición judía la noción de amor y la asociaron a la caridad en el dicto de amar a Dios y al prójimo. Siglos más tarde, influenciados por la secularización que siguió a la Ilustración y la revolución francesa, siguieron preceptos más selectivos de ofrecer caridad a quien la merecía, puesto que una caridad indiscriminada promovía la mendicidad profesional. Al final del siglo xix, con la Rerum Novarum, y después, en el siglo xx, con la carta encíclica Sollicitudo Rei Socialis (1987) de Juan Pablo II, la solidaridad así nombrada se convirtió en la virtud generalizada que descansaba sobre el reconocimiento de obligaciones mutuas: los ricos debían compartir con los pobres y estos últimos debían abandonar la pasividad y, sobre todo, la destructividad, unos y otros actuando en aras de lograr el bien común, que sería también el sendero hacia la paz.4

El término solidaridad entró al lenguaje de la política y la filosofía a través del libro de Pierre Leroux, La Grève de Samarez, poème philosophique, publicado en 1863. La preocupación del autor radicaba en comprender el propósito de las relaciones sociales, y con ese afán empleó solidaridad en sustitución del vocablo caridad, irremisiblemente asociado a la Iglesia católica. Leroux fue propagandista y activista en las revoluciones de 1830 y 1848, y fue encarcelado junto con Blanqui; perteneció a esa generación de socialistas utópicos. Por esa razón podríamos suponer, equivocadamente, una asociación lineal con la noción de fraternidad ya que Leroux también quería distanciarse de este término. Su deuda fue con el lenguaje jurídico del que eliminó el antagonismo que encerraba la relación entre acreedores y deudores, y en ese tránsito, acorde con Gustavo Bueno, transformó el concepto jurídico en idea filosófica. Le otorgó a la solidaridad, además, carácter metafísico y trascendental. Así, la solidaridad quedó también desvinculada de situaciones específicas y se convirtió en un modo de ser social, envuelto en un velo místico y armónico que remachaba la comunión espiritual de todos los seres vivientes y de generaciones vivas y muertas.5

Pero si bien Leroux introdujo el término en el lenguaje político, ya se había hecho en la práctica. Durante los años revolucionarios en Francia, los sans-culottes habían desarrollado un sentido de solidaridad, que era el resultado de la fraternidad: tenían consciencia de la mutua responsabilidad que los unía; “nació entonces un nuevo código de moralidad”.6 Su visión contemplaba el ideal de igualdad, obligando a los ricos a compartir su riqueza, y de un solo pueblo en armonía, después de guillotinar a todos los aristócratas.7 Influida por la revolución francesa, la Sociedad de Correspondencia de Londres, considerada la primera organización propiamente de la clase obrera inglesa, promulgó la regla: “Que el número de miembros no tenga límite.”8 La frase condensó una larga tradición disidente y el giro hacia un nuevo lenguaje y una nueva práctica política que rompía la exclusividad con que las elites imbuían el trato de la cosa pública. Además, y trazando sus raíces desde mediados del siglo xviii, Thompson encuentra que los clubes de caja, las sociedades de amigos, las asociaciones mutualistas que proliferaron en las primeras décadas del siglo xix, conjuntaron el lenguaje de la caridad cristiana con la imaginería de hermandad de los metodistas y la afirmación social de los socialistas owenistas.9 Raymond Williams, por su parte, sugiere que desde mediados del siglo xviii y la revolución industrial surgió en la cultura la distinción crucial entre el individualismo burgués y el cooperativismo o el colectivismo de la clase obrera.10

Antes que Leroux, la experiencia de los trabajadores en Europa ya desarrollaba un significado para las prácticas colectivas de cooperación entre iguales y de antagonismo con los aristócratas y los patrones. Sobre esta tradición, en 1864, Marx advirtió a los asistentes a la fundación de la Asociación Internacional de Trabajadores sobre la indispensable cooperación –tanto nacional como internacional– entre todos los trabajadores; la Internacional más adelante esbozó planes para federaciones obreras nacionales e internacionales.11 Solidaridad e internacionalismo pasaron de la práctica de los trabajadores a nutrir el ideario del socialismo revolucionario europeo que emergió en la segunda mitad del siglo xix. Al despuntar el siglo xx eran ya principio y práctica común entre sindicatos, partidos socialistas y movimientos sociales, que además se expandían a otras regiones del globo.

Las organizaciones socialistas –concebidas de manera amplia para incluir a utópicos, románticos, anarquistas, cooperativistas y comunistas– consideraban la solidaridad tanto un principio como una estrategia de lucha, que rebasaba la escala local para convertirse en eje de la relación entre los trabajadores del mundo. Una y otra vez, a través del siglo, ya fuera por la lucha anticolonial en África, por la guerra antiimperialista en Vietnam, por la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos, por defender revoluciones o por oponerse a golpes de Estado en América Latina, una y otra vez fueron lanzados y escuchados los llamados a la solidaridad obrera y revolucionaria. La aparición del sindicato Solidaridad en Polonia, en 1980, por un momento hizo vislumbrar un nuevo horizonte europeo del que desaparecían los capitalistas occidentales y la nomenclatura del este. Pasado el momento, y tras la derrota, llegó a su fin un ciclo de solidaridad socialista.12 Esta era la práctica de la solidaridad como parte del conflicto, anclada a la terrenal relación entre clases desiguales.

Prácticas semejantes aparecieron en América entre campesinos, jornaleros rurales y trabajadores urbanos. En México, en 1869, Julio López convocaba a los campesinos a “levantarse como un solo hombre” contra “los poderosos” para poder vivir “en sociedades de fraternidad y mutualismo”, establecer “el socialismo que es la forma más perfecta de convivencia social” y lograr “la República Universal de la Armonía”.13 Le siguieron organizaciones mutualistas y partidos socialistas de variadas posturas, enfrentados a una elite liberal que con arrogancia proclamaba orden y progreso, cobijada por un gobierno dictatorial y represivo. En las décadas de 1920 y 1930, motivados por el optimismo posrevolucionario, obreros y campesinos emprendieron luchas que convergieron en una idea de solidaridad nacional comandada por el ala jacobina de los revolucionarios. Años después, Solidaridad fue el título de la revista obrera que en el último tercio del siglo xx pugnó por democratizar sindicatos y realizar las metas sociales del nacionalismo revolucionario, en oposición a un régimen ya para entonces autoritario y alejado de estas metas. El término solidaridad osciló posteriormente entre la respuesta de los habitantes de la ciudad de México frente a los estragos del terremoto de 1985 y el uso cínico de un gobierno que bautizó así su magro programa de gasto social. La marcha del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (ezln), en 2001, que proclamó la exigencia de inclusión y autonomía, encendió nuevamente el sentimiento y las acciones de solidaridad.14 La irrupción del ezln, de hecho, imprimió un giro a la solidaridad, pero antes de abordar ese aspecto es menester revisar el recorrido del término en el pensamiento social.

El camino de la solidaridad como idea filosófica y política se bifurcó posterior a Leroux. Una vía enfatizó la importancia de la solidaridad para enfrentar el conflicto, como queda señalado arriba, y que en el siglo xx dio pie al estudio de los movimientos sociales contenciosos, como los denominó Charles Tilly, para los cuales, añadió Tarrow, el reconocimiento de una “comunidad de intereses” era el disparador necesario de la acción colectiva.15 La otra vía ahondó sobre la solidaridad como piedra de toque en la armonía social. Augusto Comte, en su esfuerzo por elaborar una ciencia de la sociedad, planteó que se trataba de algo similar a una organismo vivo en el que la acción de sus partes era interdependiente. Para lograr el orden y progreso hacia el que se movía, era necesario el consenso que producía un movimiento armónico. Esa idea de consenso y armonía sería realizada en el futuro porque, a diferencia de la noción mística de Leroux, la solidaridad para Comte consistía en un atributo inmanente de la sociedad.16

Entre Leroux y Comte quedó tendida una línea de tradición para el concepto a través del tiempo, enlazando las asociaciones entre solidaridad y caridad, primero, y solidaridad y consenso, después. El siguiente eslabón fue la elaboración de Durkheim, que asoció solidaridad con la división del trabajo. Durkheim avanzó firme en el terreno de la sociología e hizo del estudio de la solidaridad uno de sus propósitos. A diferencia de Comte, situó la solidaridad en el presente, un ingrediente indispensable para la cohesión social de todos los días. A diferencia de Leroux, vio la solidaridad desenvolverse en la materialidad de la división del trabajo, porque de ella emanaba la interdependencia de los individuos. Distinguió, además, entre lo que llamó solidaridad mecánica, producto de la semejanza, y solidaridad orgánica, producto de la diferencia. En el transcurso del tiempo, los conjuntos sociales aumentaban en población, de manera que crecían las necesidades y se extendía la complejidad en la división del trabajo, mientras los individuos desarrollaban autonomía en la consecución de sus propios intereses. En consecuencia, la cohesión social surgía de la interdependencia impuesta por la misma división del trabajo; no era ni una esencia humana a revelar ni un atributo de la futura sociedad, sino la característica central de la congregación humana.17 Llevar la atención a la solidaridad y la cohesión social permitió a Durkheim alejarse del individualismo liberal; distinguir entre solidaridad mecánica y orgánica, y colocar la primera como característica de las sociedades primitivas, lo situó en oposición al socialismo, cuyo énfasis en la semejanza conducía a la involución social. Posteriores escritores trabajaron sobre esta idea de solidaridad, en particular los solidarios de la Tercera República Francesa, enfatizando el papel que debe tener el Estado como garante de la solidaridad que fomente el bien común y la perfección social.18

La concepción funcional e institucional del concepto permaneció en el pensamiento social hegemónico durante buena parte del siglo xx. Por supuesto hubo notables disidencias, y quizá fue Raymond Williams quien, en la segunda mitad del siglo, más claramente elucidó la noción desde la tradición marxista de izquierda. Williams criticó la idea de una cultura nacional única y argumentó la existencia de polos opuestos: la cultura burguesa y la cultura obrera; la primera entronizaba el individualismo, la segunda, la colectividad y la comunidad. Entonces, Williams contrapuso una versión de solidaridad sustentada en la idea de servicio (como el trabajador social o el civil servant de la administración pública inglesa) como la forma burguesa de buscar el bien común a través del esfuerzo individual, al tiempo que se ofrece a otros los medios para ascender en la escala social. La otra versión, que el asoció con la clase obrera, partía del acto de responsabilidad mutua que reconoce que el interés común es el verdadero interés propio, de manera que el individuo encuentra validación en la comunidad. Esa es la solidaridad que marca el inicio del difícil camino hacia desarrollar una cultura común que valore la igualdad en la condición material, lograda a través de una democracia sustantiva, al tiempo que posibilita y promueve la diversidad de consciencia perseguida en libertad.19

También, en la segunda mitad del siglo xx, dentro de esa amplia y difusa franja del posmodernismo, Rorty hizo de la solidaridad un eje de su filosofía política. Pensando a contracorriente, el filósofo pragmático tomó la línea de la semejanza ­–característica de la solidaridad mecánica enunciada y menospreciada por Durkheim– como la única base posible de la solidaridad. Entonces, procedió a despojarla de su ropaje de verdad a la que se arriba por la razón o la revelación, cubriéndola, en cambio, con capas de sentimientos e imaginación que le dan cuerpo; la solidaridad era una construcción y no una esencia que se desenvuelve o a la que se arriba. Postuló que uno sólo puede ser solidario con aquellos con quienes se identifica. Frente a los peligros de fragmentación o discriminación, abogó por una solidaridad en crecimiento a partir de imaginar al otro para hacerse uno, en particular en torno a evitar la humillación y la crueldad, que supone una característica universal. En ello se parece a lo planteado por Leon Duguit, quien consideró la solidaridad como un acto orientado a proteger la vida y prevenir el sufrimiento.20 Al mismo tiempo, consideró que la solidaridad era un proyecto en el espacio público que no tenía por qué dictar la actitud en el espacio privado, y que las acciones en una y otra esfera no tenían que ser congruentes.21

Rorty reivindicó lo que llamó una utopía liberal, en la que cada quien hace lo suyo y trata de imaginar al otro. Por esa razón ha sido criticado, señalando que su argumentación no fomenta la unión humana, sino que abona al divisionismo de la llamada política de las identidades. Pero quizá sea más adecuado referir la crítica, no dirigida a Rorty, sino a la solidaridad de la semejanza que emerge del análisis que Chandra Talpade Mohanty hace del feminismo actual. La autora plantea que una vertiente feminista emanada de Estados Unidos y Europa, debido a que postula la semejanza de las mujeres en la opresión, desconoce las muy diferentes condiciones de vida y la opresión de las mujeres en los países que el imperialismo ha subdesarrollado; tampoco toma en cuenta a las mujeres afuera de los estratos económicamente altos a que pertenecen las profesionistas ilustradas. Esta versión del feminismo con pretensión hegemónica va de la mano con la imposición imperialista. Por esa razón, Mohanty convoca a reconocer la diferencia, a renunciar a los postulados de la sororidad universal sustentada en la homogeneidad del ser mujer, y a forjar una solidaridad feminista clavada en prácticas políticas concretas y análisis histórico específico.22 Algo similar plantea David Roediger cuando llama a reflexionar sobre las complejidades de la solidaridad, en particular en torno al movimiento de los negros en Estados Unidos y las posibilidades de solidaridad con organizaciones de blancos que pretenden asumir la experiencia de los negros como propia para crear semejanza.23 Lo que hacen estos dos autores es cuestionar la idea simplista de que la solidaridad es positiva y universal –provenga de la razón o de la imaginación– y subrayar el hecho de que la solidaridad también implica conflicto, cuya resolución es indeterminada. ¿Podrían quienes sufrieron tortura imaginar al “otro torturador” e incluirlo en una construcción solidaria orientada a rechazar la crueldad, como sugiere Rorty?

De manera más directa, Enrique Dussel aborda la crítica filosófica de ciertos postulados posmodernos.24 Dussel emprende una crítica de lo que denomina el esfuerzo de Derrida por deconstruir la noción de fraternidad desde una indagación de los lazos de amistad que constituyen la política. Fraternidad y amistad están basadas en la semejanza, de manera que Derrida, como Rorty, formula su reflexión en el ámbito de la solidaridad mecánica. En Derrida, sostiene Dussel, también los enemigos están situados dentro del espacio de la semejanza, ya que amistad y enemistad suceden entre quienes están dentro del campo de lo político. Esa fraternidad de los semejantes, Dussel la contrapone a la solidaridad, que es el vínculo hacia los no semejantes, los que permanecen en el exterior de ese campo: los excluidos y dominados. El que es solidario es el que, desde dentro del sistema, se abre a este otro –enemigo del sistema–, lo “defiende y sustituye”.25 Dussel, en su examen sobre Derrida, recobra el conflicto que instituye la solidaridad y la diferencia desde la que se construye esa relación, postura crítica frente a la noción cómoda de semejanza fraterna o de imaginar al otro para asemejarlo a uno.

Es de notar que, desde la segunda mitad del siglo xx, la reflexión acerca de la solidaridad tiende a romper con las ideas de la Ilustración respecto del dominio de la razón y el avance hacia el progreso y la perfección humana. También, y más importante para nuestro propósito, la misma ruptura yace detrás de las prácticas e ideas puestas en juego en las comunidades zapatistas. No es la razón y tampoco la imaginación, sino la memoria la que se reivindica, y en ella, la tradición oral que guarda contenidos culturales nacidos en relaciones sociales no capitalistas. Tender conexiones hacia las culturas indígenas mesoamericanas por parte de los neozapatistas resalta un hilo dentro de la tradición de izquierda que permanece ahí, aunque dejado de lado a través del siglo xx: la posibilidad de pasar del colectivismo campesino a la sociedad comunista, favorablemente contemplada hoy desde el abandono del evolucionismo eurocéntrico.26 No se trata de idealizar las viejas culturas en una apropiación acrítica –las mujeres zapatistas dejaron claro que rompían con la costumbre por lo que respecta a la sumisión y maltrato–, sino de recobrar lo que la costumbre tiene de anticapitalista para desde ahí implementar modos alternativos de vida, y uno de ellos es claro: la conciencia de colectividad. Pero esa colectividad no es la de la semejanza, porque “todo intento de homogeneidad no es más que un intento fascista de dominación, así se oculte en un lenguaje revolucionario, esotérico, religioso o similares”.27 La opción es estar juntos en la diferencia, construyendo un nosotros. Vista así, la solidaridad es una alternativa de la unidad. Y la solidaridad comunalista, que atraviesa desde las viejas culturas indígenas y campesinas hasta las utopías anticapitalistas de hoy, es una bienvenida oposición a la solidaridad liberal e individualista postulada por Rorty.

Existe actualmente un renovado interés por reflexionar acerca de la solidaridad y de su lugar en las propuestas y análisis políticos. Los ensayos en este libro, aunque no pretenden encajar en las polémicas en curso, sí contribuyen a ensanchar el cauce de la discusión. Los textos, de hecho, aluden de maneras variadas a los distintos significados que hemos esbozado arriba. Las ideas de solidaridad en la Iglesia católica, por ejemplo, son aludidas en la respuesta que los párrocos locales dieron a los mineros que solicitaron apoyo para su huelga, negándose, primero, porque consideraban que era un asunto político, y aceptando, después, porque cayeron en la cuenta que era un trabajo humanitario. O la idea de la unión solidaria para evitar la humillación y crueldad en las acciones en contra de una joven considerada criminal y adicta a las drogas por el poder institucional. O la solidaridad que escoge un bando en el conflicto, como hicieron los trabajadores de la industria nuclear y los maestros universitarios durante el movimiento estudiantil de 1968.

Considerando los textos aquí reunidos, hay dos maneras de abordar el estudio de la solidaridad. Por un lado está lo que podríamos denominar la solidaridad performativa: la solidaridad como un principio que modela la actitud desde una postura ética, cuya comprensión se completa con la acción correspondiente.28 En la primera parte, denominada “Solidaridad performativa”, así abordan el estudio Patricia Pensado, en “El sutin: lazos de solidaridad”, Erick Arellano, Pablo Bonilla, Ricardo Chávez y Patricia Pensado, en “Manifestaciones de solidaridad: los maestros en el movimiento estudiantil de 1968”, Amelia Rivaud, en “Solidaridad intermitente,” y Gloria Rascón, en “‘Nosotros’ y la compartición de aprendizajes en la ‘Escuelita de la Libertad Zapatista’”.

La segunda parte deja los postulados a un lado y persigue los vaivenes de relaciones en que las dificultades y las ayudas mutuas construyen entramados solidarios en circunstancias específicas, de ahí la denominación “Solidaridad construida”. Las situaciones pueden ser muy puntuales, como es el caso en el texto de Martha Romero, “La solidaridad en una menor insumisa, infractora y consumidora de sustancias adictivas”, o pueden desenvolverse durante largos trechos de vida, como vemos en los textos de Gerardo Necoechea, “Contiendas laborales y solidaridades encontradas en Santa Bárbara, 1970-1981”, Carlos Flores, “Construyendo la solidaridad. Análisis microhistórico de una mujer migrante”, y de Concepción Martínez, “Trayectoria de vida de un joven con discapacidad visual. Interacción y relaciones sociales, una mirada desde la solidaridad”.

Solidaridad performativa

La investigación de Pensado examina las prácticas solidarias seguidas por el Sindicato Único de Trabajadores de la Industria Nuclear. La autora lleva a este examen la perspectiva de que la solidaridad es el principio ético y la práctica política que desarrolló el socialismo, en general, y el marxismo, en particular. El sindicato en cuestión conjuntó las tradiciones del nacionalismo revolucionario y del socialismo para instituir en su programa el principio de apoyo hacia todos los oprimidos, en México y en el mundo. Como explican algunos de los entrevistados, todos los días, todo el día era un ir y venir de solicitudes, incluyendo las que llegaban de organizaciones revolucionarias en Centroamérica. Los apoyos dados podían ser imprimir volantes, hacer banderas o donar cantidades importantes de dinero; también podían consistir en que las madres sindicalistas organizaran el cuidado colectivo de sus hijos. Los testimonios que seleccionó la autora dan cuenta de esta ayuda a diario, que se convirtió en ayuda mutua cuando su huelga de 1983 fue derrotada.

Arellano, Bonilla, Chávez y Pensado enfocan la solidaridad que fluyó de los maestros universitarios hacia los estudiantes durante los días del movimiento de 1968. Presentan breves recuentos biográficos de sus entrevistados y muestran que para algunos esa fue su primera experiencia directa en política, mientras que otros tenían experiencias con movimientos previos y, en pocos casos, eran miembros de organizaciones políticas de izquierda. Todos fueron movidos a actos de apoyo y de participación, no sólo por su poca o mucha experiencia política, sino también por su relación con los estudiantes, a través de impartir clases, constitutiva de un nexo en el que se reconocían similares. Los autores señalan que esa solidaridad nació de la identificación que llevó a hacer suyos los agravios infligidos a los estudiantes. En contraste, señalan que el extenso apoyo popular al movimiento nació de la simpatía generalizada a la disidencia estudiantil, sin necesariamente compartir ideas y propósitos específicos, aunque ciertamente acrecentada en los casos de coincidencia en prácticas e ideologías políticas. Ocurrieran de una u otra manera, las muestras de solidaridad obedecieron a posturas éticas respecto de cómo debe ser la sociedad.

El breve trabajo de Amelia Rivaud aborda la recepción de la solidaridad referida por NR al hablar de su niñez, transcurrida en Guatemala, México, Nicaragua y Cuba. Hija de dirigentes de una organización política armada enfrentada militarmente al gobierno en su país, fue cuidada por distintas personas, a veces organizadas para esa tarea y a veces no, como parte de la solidaridad que las organizaciones daban a sus dirigentes mientras estuvieran a la cabeza de la acción armada. NR hace un recuento de los hechos de los que, como niña, desconocía las causas, y deja entrever las difíciles consecuencias que tuvieron; pero emerge simultáneamente un retrato de los fracasos y logros en la intención colectiva de mantener humanidad en situaciones de riesgo extremo, que convocaban todo menos lo humanitario. Los autores de los tres ensayos descritos inscriben sus trabajos en la larga tradición de solidaridad conflictiva que encontró cauce y caracterizó a organizaciones y movimientos sociales de izquierda en la segunda mitad del siglo xx.

El trabajo de Rascón, aunque también inscrito en la tradición solidaria de la izquierda, refiere un giro importante que ocurrió en las postrimerías del siglo xx. Aborda la experiencia de participación en la escuelita zapatista, a la cual ella asistió. Movida por su curiosidad, trató de entender qué había movido a un alemán, una brasileña y una mexicana a inscribirse en esta experiencia organizada por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional. El trabajo se desenvuelve en tres planos: la solidaridad que el ezln ofrece a quienes asisten para que conozcan su trabajo y de ahí tomen lo que les sea útil para sus propias luchas en casa; las experiencias de solidaridad vividas por los asistentes que los sensibilizaron para participar y comprender lo conocido en las comunidades zapatistas, y la cultura comunitaria que los zapatistas anclan en la cultura indígena, pero a la que imprimen un vuelco crítico y anticapitalista.

Solidaridad construida

El trabajo de Necoechea proviene de su investigación acerca de la insurgencia obrera de la década de 1970, de la que seleccionó entrevistas con trabajadores mineros de Santa Bárbara, Chihuahua. Usa la narración de uno de ellos como guía para presentar diferentes momentos de la vida de los mineros en esos años, haciendo converger otras entrevistas para mostrar cómo enfrentaron problemas que aparecen en los distintos espacios en que se mueven, y cuáles fueron los colectivos de apoyo a los que recurrieron para desplegar soluciones concertadas, atendiendo a las redes de relaciones construidas en esos espacios de interacción social. El artículo muestra, además, que la convergencia de apoyo en el momento de una huelga también evidencia un conflicto latente entre los distintos criterios de inclusión que conforman las sociabilidades.

Juan Carlos Flores, por su parte, presenta una trayectoria de vida clásica, por así llamarla: un recorrido íntegro por la vida de una mujer que nació en el campo, vivió desde la adolescencia en la ciudad y regresó a pasar la vejez en su pueblo natal. El autor dirige la mirada hacia la migración que convirtió a la Ciudad de México en una metrópoli densamente poblada. Detalla la vida de Cleo. Como aconseja la microhistoria, echa mano de nociones de género y de planteamientos anarquistas para mostrar y comprender qué hace una mujer trabajadora y su inserción en las relaciones sociales que proveen apoyo ­–en la familia de origen, entre los vecinos, con su esposo–, y que en ocasiones fue suministrado a gotas y condicionado, mientras que, en otras, fue generoso y sin cortapisas. La solidaridad en la vida de Cleo fue ingrediente indispensable de la sobrevivencia y fue calle de doble vía para construir relaciones con otros, al tiempo que no fue producto de principios enunciados, sino que fue construida y encontrada en los diarios trajines urbanos.

Concepción Martínez, preocupada por investigar las situaciones sociales en que interactúan personas con capacidades diferentes, seleccionó una de sus entrevistas para presentar la trayectoria de vida de un hombre que gradualmente perdió la capacidad visual durante su infancia y adolescencia. Atendiendo a la distinción entre la condición de no ver y la situación de vivir en un mundo insensible y con frecuencia discriminatorio hacia el que no ve, Martínez relata trechos de la vida de Juventino. Su artículo emplea categorías sociológicas que tipifican la solidaridad y le ayudan a seleccionar, ordenar y significar esos trechos de vida. Es interesante que Juventino, por un lado, deja claro que la semejanza de condición no implica de manera mecánica ser comunidad o ser solidario y, por otro, que él al menos ha sido motivado a apoyar a otros a partir de identificar necesidades concretas y hallar soluciones prácticas, es decir ser solidario desde la acción y no desde un principio abstracto.

Por último, Martha Romero extrae de sus investigaciones sobre usuarios de drogas una entrevista con una interna, en una instalación para menores infractoras, acusada de robo a mano armada. Romero usa la noción de Marcel Mauss –colaborador y sobrino de Durkheim– acerca del intercambio de dones que construye la relación social, en el que la solidaridad tiene la función de conservar la cohesión y perseguir el interés colectivo. La autora pregunta desde esa perspectiva si puede existir solidaridad entre quienes han sido excluidos de la sociedad precisamente por contravenir sus reglas, y nos adentra en la reflexión desde investigaciones médicas, psicológicas y sociológicas, acerca del difícil equilibrio en el mundo de los consumidores adictos entre competir por acceso al mercado de drogas y compartir para asegurar la reciprocidad; ambos impulsos coexisten en una tensión sostenida y oscilante hacia uno u otra extremo. La historia de vida de Alexis muestra la práctica solidaria ahí donde no la esperábamos, o incluso la negábamos; en el margen y en la transgresión delictiva, hay unión con y responsabilidad por el otro, aun cuando ello implique el sacrificio propio. La complejidad inserta en el breve relato que analiza la autora, cuestiona nuestros esquemas habituales respecto de cohesión, interés común e intercambio solidario.

Además del examen de solidaridad, los textos tienen en común el uso de la historia oral. Por ello, comparten una técnica que consiste en el uso de la entrevista para la investigación social cualitativa, y comparten el empleo de evidencia que proviene del recuerdo y la experiencia. No es este el espacio para emprender una discusión de estas nociones –que el lector puede consultar en numerosos trabajos–, sólo basta señalar que una y otra están configuradas por la cultura en que están inmersos quienes participan en la entrevista. La historia oral, en ese sentido, ofrece evidencia de cómo es percibida e internalizada la cultura en que se vive. Los autores, al mismo tiempo, hacen explícitas las herramientas que sus disciplinas de estudio proveen para comprender e interpretar la subjetividad que recogen en las entrevistas. Es por ello que cabe resaltar que cada uno trabaja en los cruces disciplinarios y que este libro en conjunto es un producto interdisciplinario.

No fue la intención partir o concluir en una definición de solidaridad. Por el contrario, parte del ejercicio experimental que cuajó en este libro consistió, precisamente, en evitar definiciones prehechas y resistir el impulso a reducir la compleja evidencia recogida a través de las entrevistas a una clasificación y definición estática. La contribución de estos trabajos reside más bien en resaltar la importancia de pensar la solidaridad en la pequeña tradición, en los quehaceres de mujeres y hombres mundanos. Lo que nos muestran los ensayos es que, no obstante la presión para conformar una cultura que ensalza el ascenso individual y la preocupación egoísta, los subalternos han enfrentado las vicisitudes de la vida reelaborando y reafirmando los actos de responsabilidad mutua.

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notas

1 Pensado y Necoechea, El siglo xx, 2014.

2 Bauman, Comunidad, 2006.

3 Bueno, “Proyecto”, 2004, secciones 3.3 y 3.4; Pérez Rodríguez de Vera, “Itinerario”, 2007. Dussel (“De la fraternidad”, 2003, pp. 207-208) indaga otro origen en la tradición semita, asociado a la historia del buen samaritano.

4 Zabala Salazar, Las teorías, 1998, pp. 3-16, y Tabra Ochoa, Ética y solidaridad, 2017, pp. 112-126.

5 Bueno, “Proyecto”, 2004, secciones 3.2 y 3.3.

6 Soboul, Thesans-culottes, 1972, p. 246 (traducción mía de la edición en inglés).

7Ibid., pp. 6 y 51.

8 Thompson, The making of the english, 1963, p. 17 (traducción mía; hay edición en español).

9Ibid., p. 422.

10 Williams, Culture and society, 1963, pp. 311-312.

11 Cole, Historia del pensamiento, 1958, pp. 93-110.

12 Ost, The defeat of solidarity, 2005, pp. 1-2.

13 García Cantú, El socialismo, 1974, pp. 59-61.

14 Illades, De la social a Morena, 2014. Sin ser su propósito central, el libro ofrece un panorama del periodo útil para comprender nociones y acciones de solidaridad en la tradición de izquierda en México.

15 Tilly y Wood, Los movimientos, 2010, pp. 20-21; Tarrow, El poder, 1997, pp. 23-25. También véase Melucci, Acción colectiva, 2002.

16Tabra Ochoa, 2017, pp. 50-54; Zabala Salazar, 1998, pp. 19-20, y Bueno, “Proyecto”, 2004, sección 3.6.

17 Durkheim, La división del trabajo, 1987, especialmente los caps. 2 y 3; García Bouzas, La república, 2011, pp. 62-65; Nocera, “Aproximaciones para una historia”, 2007, pp. 16-17, y Bueno, “Proyecto”, 2004, sección 3.7.

18 García Bouzas, La repúbica, 2011, pp. 67-75; Jay, Marxism and totality, 1984, pp. 279-282.

19 Williams, Culture and society, 1963, pp. 311-323.

20 García Bouzas, La república, 2011, pp. 67-70.

21 Truchero Cuevas, “Rorty y la solidaridad”, 2008, pp. 385-406.

22 Mohanty, Feminism without borders, 2003, pp. 17-42, 139-168.

23 Roediger, Class, race, 2017, pp. 157-188.

24 Dussel, “De la fraternidad a la solidaridad”, 2003, pp. 193-222.

25Ibid., p. 217.

26 García Espín, “Breve historia”, 2015.

27 Ejército Zapatista de Liberación Nacional, “Sexta declaración”, 2005.

28 Hollinger, “From identity”, 2006, p. 24.

Primera parte Solidaridad performativa

El SUTIN: lazos de solidaridad

Patricia Pensado Leglise*

Todavía parecían resonar los gritos de los manifestantes. Las calles adyacentes al Monumento de la Revolución se cubrían de volantes en los que arengaban en pro de la insurgencia obrera y popular. Había de todos tamaños y colores, de la Sección Boquilla, del naciente sindicalismo universitario, de campesinos de Celaya y de colonos de la Martín Carrera. Los diferentes contingentes se habían disuelto en grupos pequeños. Unos buscaban el camión que los llevaría a su tierra, otros buscando donde saciar su sed y celebrar el éxito de la manifestación.

Recordé el largo camino que nos había llevado a ese 15 de noviembre de 1975. Muchos sacrificios de los trabajadores electricistas y nucleares, pero siempre el entusiasmo y la imaginación como estado de ánimo para seguir luchando […] Me contagié de la alegría que había presidido la manifestación. Confirmé que todo lo que se había logrado, bien valía la pena y ¡carajo, también valía la pena para celebrarlo

Whaley, “Polvos”, 1981.

Históricamente, la izquierda ha tenido en el ejercicio de las prácticas solidarias un principio ético importante. Bien podría decirse que ha sido una actitud y una forma de praxis política; es decir, entra en el terreno de lo que “consuetudinariamente llamamos moral”.1 Y en palabras de la filósofa española Victoria Camps: “La solidaridad es una práctica que está más acá pero también va más allá de la justicia: la fidelidad al amigo, la compensación del maltratado, el apoyo al perseguido, la apuesta por causas impopulares o perdidas, todo eso puede no constituir propiamente un deber de justicia, pero sí es un deber de solidaridad.”2

En el caso de los militantes de izquierda ha sido mediante la solidaridad que estos se han encontrado con las luchas obreras, propiciando tanto la posibilidad de intercambios reflexivos como la posibilidad de participar en sus luchas de acuerdo con las relaciones que los trabajadores establecieran con la línea política de los militantes.

Desde entonces, con todos los aciertos y desaciertos registrados, lo cierto es que las izquierdas3 han ganado un lugar en la experiencia histórica del movimiento obrero que, mediante las propias acciones solidarias, se ha extendido a otros grupos sociales como los campesinos, estudiantes y sectores urbano-populares.

La solidaridad forma parte central del equipaje de la vieja tradición de izquierda de la que abrevaron los primeros militantes, tanto los anarquistas, los socialistas como los comunistas. En este sentido, son innumerables las citas al pensamiento de Carlos Marx en que se refiere a la solidaridad como una condición sine qua non en y para el proceso de transición de la conciencia de clase en sí y para sí. También, la solidaridad aparece en proclamas y en los relatos históricos de movilizaciones obreras, como es el caso del Manifiesto del Partido Comunista, La guerra civil en Francia o La ideología alemana, entre otras.

En opinión de Carlos Marx, la solidaridad residía en la naturaleza del proletariado debido a su condición universal de ser explotado por el capital, y consideraba que tanto los trabajadores como el capital no tenían patria. De ahí la consigna de la Asociación Internacional de los Trabajadores: ¡Proletarios de todos los países, uníos!, llamado a la lucha por la unidad internacional de clase para enfrentar al capital, que sólo se lograría mediante los lazos solidarios que pudieran establecer los proletarios de diferentes ramas de producción y de países diversos en su lucha contra el capital.

Para otros autores como el filósofo francés André Comte-Sponville, la solidaridad se presenta en el comportamiento social del sujeto, es un estado de hecho antes de ser un deber ser o un valor. “El estado de hecho aparece claramente en la etimología de la palabra: ser solidario es pertenecer a un conjunto in solido, como se decía en latín, es decir, para el todo […] en el que todas las partes están relacionadas entre sí […] de tal forma que todo lo que le sucede a una le sucede a las otras o se refleja en ellas.”4 De ahí que a lo largo del tiempo, la solidaridad se ha expresado en las movilizaciones de los trabajadores, en algunos casos, logrando que el movimiento adquiera mayores dimensiones entre diversos grupos sociales.

Como valor ético, “la solidaridad no es más que el sentimiento o la afirmación de esa interdependencia”5 que provoca en el sujeto la sensación de pertenencia a una comunidad de intereses o destino, es decir, “ser solidarios es pertenecer a un mismo conjunto, y compartir por consiguiente –se quiera o no, se sepa o no– una misma historia”6 donde la solidaridad ha desempeñado el papel de valor “en un horizonte normativo y de sentido para los individuos”,7 que inspira un modelo de sociedad más igualitaria, en el que la cohesión social “debe ser pensada en términos dinámicos, atendiendo a que uno de los requisitos que debe cumplir es el de proporcionar adecuado reconocimiento a los individuos”8 para conformar la vida y el bienestar en común.

Para el marxismo, la solidaridad ha sido a la vez que un valor una acción consciente desarrollada por la toma de conciencia de la clase proletaria que ha convocado no sólo a compartir la historia sino a cambiarla. Esta forma de solidaridad con las luchas obreras provenía del modelo del partido lenninista que prevaleció durante casi todo el siglo xx y que reforzaba la idea vanguardista del militante de izquierda en las luchas obreras, esquema que en múltiples ocasiones provocó el fracaso y la represión a los movimientos debido a que los planteamientos de las organizaciones de izquierda con los de la base trabajadora no coincidían en todos los casos.

Sin embargo, esta praxis comenzó a modificarse en los años setenta cuando algunos dirigentes y activistas sindicales empezaron a participar en las organizaciones de izquierda al tiempo que combinaban sus actividades laborales con tareas sindicales. Se desarrolló, entonces, un nuevo tipo de corrientes sindicales y sindicatos independientes. Con todo, las actividades de propaganda política y solidaridad desde el exterior de las fábricas, principalmente por parte de las organizaciones estudiantiles, no cesó del todo.

Así, los “intelectuales orgánicos” se encargaron de redactar los volantes, panfletos, proclamas y, avanzado el siglo xx, los desplegados en la prensa y en revistas liberales o de izquierda de la época, donde explicaban las razones de las luchas y daban cuenta de sus reivindicaciones, analizaban las condiciones objetivas y subjetivas del contexto. Esfuerzos reflexivos que, en ocasiones, contribuían a entender la correlación de fuerzas y a evaluar mejor las posibilidades que tenía el movimiento en cuestión.

Desde esta perspectiva, los militantes de izquierda, además de valorar en alto grado el concepto y la práctica de la solidaridad, han tenido en la prensa y la propaganda obrera una herramienta fundamental, tanto para la difusión de las luchas de los trabajadores que como medio para el establecimiento de vínculos. Así, el trabajo intelectual resultaba ser una actividad prioritaria para la formación política de los cuadros obreros, tarea que ha sido combinada con trabajo proselitista, tanto para convencer a los trabajadores de ingresar a las organizaciones políticas como para que los militantes participaran directamente en la vida fabril.

Ahora bien, retomo el concepto de solidaridad como legado de una tradición que provino de la cultura de izquierda y que se expresó durante la década de los años setenta, en la etapa de insurgencia sindical que se inició con la gesta de los trabajadores electricistas, en el interés de establecer lazos solidarios entre las diferentes organizaciones de trabajadores, ya fuera que se tratara de sindicatos consolidados, independientes o de corrientes que se proponían apenas organizarlos, para formar un frente común que enfrentara de manera conjunta al charrismo sindical y al deterioro de sus condiciones de vida material, como consecuencia de la profundización de la crisis de esos años. Para este trabajo elegí el caso de los trabajadores del Sindicato Único de Trabajadores de la Industria Nuclear (sutin) por ser uno de los pilares del sindicalismo en México durante este periodo, el cual se planteó poner en práctica los principios de solidaridad obrera, incluyendo en su lucha la reestructuración democrática del sindicalismo sobre la base de sindicatos nacionales únicos en cada rama de actividad productiva, con autonomía en cada una de las secciones, proceso que se había iniciado tanto en los sindicatos independientes como en algunos oficiales. Así como también ­–porque desde la dirigencia se promovían actitudes solidarias– apelando a una postura ética política, razón por la cual se encontrará en este texto un caso de solidaridad performativa, como se ha mencionado en la introducción.

Los trabajadores nucleares y la solidaridad

Mediante los testimonios de extrabajadores del Sindicato Único de Trabajadores de la Energía Nuclear (sutin) ha sido posible observar la práctica de la solidaridad como una praxis sindical, pero también como parte de las relaciones interpersonales que durante las jornadas de la insurgencia sindical se mantuvieron en esta organización como característica central.

Sin temor a equivocarme, pienso que la solidaridad desplegada por el sutin a lo largo de casi diez años de existencia9 se convirtió en un principio que orientó tanto el trabajo sindical en sus mismas bases como hacia el exterior con los sindicatos y movimientos que la solicitaban. Quizá sea importante señalar algunos antecedentes culturales, político e ideológicos tanto del sutin como en el país. En palabras de José Woldenberg: