Red de mentiras - Alison Fraser - E-Book

Red de mentiras E-Book

Alison Fraser

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Beschreibung

Cuando Dray Carlisle apareció de improviso, Cass imaginó que había pasado algo grave. Llevaba sin verlo desde que habían roto su breve pero apasionado romance hacía ya tres años. Sin embargo, Cass no estaba preparada para la noticia que Dray iba a darle: la hermana pequeña de ella, a la que apenas veía, había muerto después de dar a luz una niña. Cass no podía darle la espalda a su sobrina ni a Dray... Y eso significaba que la fuerte atracción que había entre ambos volvería a formar parte de su vida de nuevo.

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Seitenzahl: 182

Veröffentlichungsjahr: 2015

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2000 Alison Fraser

© 2015 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Red de mentiras, n.º 1218 - diciembre 2015

Título original: Her Sister’s Baby

Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.

Publicada en español 2001

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-687-7335-3

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

CASS salió de la estación de metro con la cabeza baja. Había anochecido ya y, a pesar de que las calles estaban iluminadas, muy pocas personas caminaban bajo la lluvia veraniega. No llevaba paraguas y la chaqueta de ante se le empapó en seguida, así como el pelo, que le caía en mechones irregulares alrededor de la cara.

Después de haber trabajado todo el fin de semana, estaba demasiado agotada para correr y solo deseaba meterse en la cama.

Cuando giró hacia su calle, no estaba en condiciones de notar nada, ni siquiera aquel elegante coche aparcado, que no pertenecía a nadie del vecindario. Pasó a su lado, buscando la llave en el bolsillo.

El conductor sí que la vio, sin embargo. Llevaba allí más de una hora y no estaba acostumbrado a esperar. La impaciencia le había agudizado sus dotes de observación y salió del coche rápidamente antes de que ella llegara al portal. Corrió tras ella, pensando en que, si no se daba prisa, la muchacha entraría y cerraría la puerta en sus narices.

Cass oyó los pasos que la seguían y sintió el nerviosismo típico de cualquier mujer en la oscuridad. Así que, cuando llegó al portal, ya tenía la llave preparada.

Oyó que los pasos se detenían junto a ella y el nerviosismo hizo que se le cayeran las llaves. Entonces, se dio la vuelta, dispuesta a enfrentarse a la persona que la había puesto en ese estado.

–No tengas miedo, soy yo –le dijo una voz profunda.

Al principio, Cass no reconoció la voz de él, pero en seguida se tranquilizó.

–Drayton Carlisle –añadió él.

Como si fuera necesario que se presentara... ¿Se creía que podía haberse olvidado de él? Eso era un insulto contra su persona.

Habían pasado solo tres años y él había cambiado muy poco. Pelo oscuro, cara angulosa y unos ojos azules tan burlones como siempre. El hombre más atractivo del universo... así era como Pen, la hermana de ella, lo llamaba. Y no era ninguna exageración. Lástima que fuera tan canalla.

–¿Sí? –replicó ella, tratando de imitar su tono arrogante.

El hombre se agachó para alcanzar la llave que ella había dejado caer.

–¿Puedo entrar?

–¿Tengo otra opción?

–Tengo que darte una noticia acerca de Pen –dijo, devolviéndole la llave.

Se lo había imaginado. El hermano de él, Tom, se había casado con su hermana Pen.

–¿Podemos hablar dentro? –insistió él.

–¿No podemos hacerlo otro día? Estoy cansada.

–No, es urgente –replicó el hombre, a pesar de fijarse en las ojeras de la chica.

–De acuerdo –dijo, abriendo la puerta y dejándolo entrar de mala gana en el vestíbulo–. Pero prefiero que tu visita sea lo más breve posible porque estoy agotada.

–¿Un fin de semana agitado? –preguntó él, haciendo una mueca.

–Algo así.

–Llevo llamándote desde ayer por la mañana.

–Estaba fuera.

–Eso imaginé.

Seguro que él creía que llevaba una vida social intensa, pero lo cierto era que no tenía tanta suerte.

–Estaba trabajando –recalcó ella.

–¿A las seis de la mañana? –replicó él, sin creerla.

Pero era cierto. Cass había estado de guardia y había dormido el viernes y el sábado en el hospital.

–Eso no es asunto tuyo.

–No, posiblemente no. ¿Podemos sentarnos en algún sitio? –contestó él con gesto de disgusto.

Luego, se quitó el abrigo y esperó mientras ella se quitaba la ropa mojada, sin hacer ademán de abrir la puerta del salón.

–No voy a atacarte, ya lo sabes –dijo él con un gesto de impaciencia.

No se le había ocurrido que fuera a hacerlo. Además, él nunca había tenido que atacarla. Más bien había sido algo mutuo.

Sus ojos se encontraron, recordando el pasado. Pero en seguida ambos decidieron enterrar los sentimientos que los habían unido.

Ella, finalmente, agarró el abrigo de él y lo colgó en una percha. Luego, lo condujo al salón.

La estancia tenía un aspecto gastado y viejo, con sus muebles adquiridos en mercadillos o regalados. Algunos, incluso, habían sido rescatados de la basura. Él hacía que todo resultara más viejo en contraste con su camisa de seda y su traje impecable.

Iba demasiado elegante para visitarla a ella y eso inquietó a Cass. ¿Le habría pasado algo grave a Pen?

La muchacha se quedó mirando al hombre mientras este se sentaba.

Él la miró con cinismo.

–Si quieres cambiarte primero, no me importa esperar.

–No, estoy bien –contestó ella, quitándose la chaqueta y colocándola sobre el respaldo de la silla–. ¿Quieres tomar algo? –añadió por pura educación.

–Me tomaría un whisky, si tienes.

–Me temo que solo tengo vodka y martini –dijo ella, mirando en el interior de un pequeño mueble.

–Vodka entonces, y creo que tú también deberías ponerte uno.

Eso demostraba que iba a darle malas noticias. ¿Por qué si no iba a ir él a verla?

La mujer obedeció y se puso un poco de vodka con limón. Luego, se sentó frente a él y esperó a que empezara a hablar.

Cass observó al hombre con una sensación de algo ya vivido. Recordó que aquella misma tarde había tenido que decirle a una madre que su hijo se había muerto. Había estado haciendo tiempo, confiando en que la mujer lo adivinara para no tener que decírselo ella.

–Le ha pasado algo a Pen, ¿verdad?

–No sé cómo decirte esto...

–Ha muerto –dijo Cass en voz baja. Luego, lo miró para ver si él decía que no.

El hombre pareció sorprendido y eso la hizo plantearse si habría sido demasiado dramática y exagerada. Entonces, el hombre sacudió la cabeza.

Comenzó a explicarle los detalles, pero Cass apenas le oía. Notaba que estaba a punto de desmayarse y tomó aire profundamente para relajarse. Luego, hizo un gran esfuerzo para concentrarse en las palabras de Drayton.

–Los resultados estarán listos el jueves –concluyó gravemente.

–¿Los resultados? –preguntó Cass, que no se había enterado de qué le estaba hablando.

–De la autopsia.

–No pueden hacer eso –exclamó horrorizada, pensando en Pen.

La guapísima Pen, siempre tan orgullosa de su físico, de su cuerpo de modelo.

–Tienen que hacerlo cuando la muerte es repentina.

Cass no dijo nada. No podía pensar de manera lógica. La primera impresión había dado paso a una sensación de irrealidad.

–Tom dice que seguramente no sabrás lo del bebé –añadió él, aumentando la sensación de irrealidad de la muchacha.

–¿El bebé? –repitió con extrañeza.

Drayton la miró confundido. Se lo acababa de explicar.

–El bebé del que estaba embarazada Pen –le recordó–. Es una niña. Está en cuidados intensivos.

Cass hizo un gesto de incredulidad... ¿Pen estaba otra vez embarazada?

–No lo sabías, ¿verdad?

–¡Estúpida! –exclamó Cass, incapaz de ocultar la rabia.

–Al parecer, ella sospechaba que reaccionarías así.

–Estoy segura de ello –contestó Cass, recordando la última conversación que había tenido con Pen sobre el tema.

Ella la había advertido, pero Pen, por supuesto, no le había hecho caso.

–Ella le dijo a Tom que quizá tú te enfadarías.

Era lógico que así fuera. Vio que Drayton Carlisle la miraba y sospechó que estaba sacando unas conclusiones equivocadas. La verdad la habría redimido, pero, ¿cómo revelarla, cuando Pen había pagado sus mentiras con el mayor castigo?

–¿Cuál ha sido el diagnóstico?

–¿Diagnóstico?

–Del bebé.

–Tiene un buen tamaño, a pesar de haber nacido antes de tiempo, así que son optimistas.

–¿Cómo está Tom?

–Regular. He preparado todo para que el funeral sea el miércoles –le informó Drayton.

Con aquello explicaba el estado en que se encontraba su hermano, que no pudo prepararlo él mismo.

–¿La van a incinerar? –dijo ella.

–No, será un entierro normal... ¿por qué?

–Eso no es lo que ella hubiera querido.

–¿Cómo lo sabes?

Podía haber sido una pregunta inocente, pero Cass sabía que no era así. La pregunta quería decir en realidad: «¿cómo puedes saberlo si en los últimos años no tenías apenas relación con ella?».

Pero sí que lo sabía. Conocía a su hermana mucho mejor que todos ellos. Había vivido con ella tal como era en realidad, antes de convertirse en aquella mujer que había luchado desesperadamente por entrar a formar parte de la familia Carlisle.

–No podéis enterrarla –repitió Cass–. Ella me lo dejó claro después de la muerte de nuestra madre. Le desagradaba la idea de los cuerpos pudriéndose bajo la tierra.

–Lo hablaré con Tom –dijo él.

–Haz lo que quieras, pero lo que te digo es verdad. Ella quería ser incinerada.

–Si a Tom le parece bien... será un funeral íntimo. Solo los familiares –continuó.

Ella volvió a negar con la cabeza.

–Tampoco eso es lo que le habría gustado a Pen.

–Perdona, pero creo que tú no estás en condiciones de opinar. No se puede decir que estuvierais muy unidas en los últimos tiempos.

¿Eso era un hecho o una acusación? Cass lo miró con dureza. No tenía por qué darle explicaciones de su complicada relación con Pen.

–Posiblemente no, pero resulta que sé lo que opinaba de los funerales. En el de nuestra madre le dio mucha pena que fueran solo un pequeño grupo de personas y juró que el de ella sería multitudinario. Solo tenía quince años por aquel entonces... –Cass tragó saliva, decidida a no demostrar sus sentimientos ante aquel hombre–, pero imagino que seguía opinando lo mismo. A menos que se hubiera vuelto tímida, cosa que no creo.

–En eso llevas razón, pero he preparado así el funeral pensando en Tom.

–Y yo estoy pensando en mi hermana –replicó Cass.

Ambos se miraron de manera hostil.

–Pero yo soy el que lo va a pagar.

–Eres ruin, Carlisle.

–Y tú eres la mujer más dura que he conocido en mi vida.

Eso sí que hacía daño. A ninguna mujer le gustaba que le dijeran que era dura. A Cass, sin embargo, no le importaba ocultar sus sentimientos.

–Eres muy amable.

–No era un cumplido.

–Lo sé.

Se miraron de nuevo. Al principio, con rabia; luego, intrigados, preguntándose cuál de los dos iba a apartar antes la mirada.

Pero Cass fue la primera.

–Y ahora, será mejor que te vayas –dijo.

Se levantó bruscamente y él la siguió. En el vestíbulo, se volvieron casi a la vez y estuvieron a punto de chocarse al alcanzar el abrigo. El primero en recuperarse fue Drayton, que puso una mano sobre al brazo de Cass.

Eso fue todo. Pero el roce la quemó y se apartó bruscamente.

–No iba a hacerte daño.

–No me preocupa eso –replicó Cass, enfadada consigo misma por haber demostrado esa falta de seguridad.

Quizá Pen había llevado razón al decirle que se estaba convirtiendo en una solterona amargada.

–No, claro. Tu hermana siempre decía que nada podía asustarte y que tampoco te preocupabas nunca por nada ni nadie.

Cass podía oír las palabras de su hermana. Cerró los ojos, pero continuó oyéndolas. No eran ciertas. ¿Cómo era posible que su hermana no supiera lo mucho que la quería?

Drayton Carlisle la observó en silencio. Finalmente, vio el dolor reflejado en su rostro. Era lo que quería. Quería ver que la chica con la que él había pasado un breve periodo de su vida, la chica que podía reír, sentir y amar, había sido real. Pero aun así, no pudo evitar apartar en seguida la vista.

–Lo siento, no debería haber dicho eso –al decirlo, hizo un gesto con la mano–, ni siquiera es...

–¡No importa! –exclamó Cass.

Las palabras que él había repetido eran indudablemente de Pen y Cass sintió un gran dolor al oír el eco de su voz.

Las lágrimas pugnaron por salir de sus ojos y se aferraron a su garganta como si finalmente pudieran echar abajo las barreras que ella había construido durante años. Pen estaba muerta y no solo ausente por una temporada. No volvería a ver a su hermana, que solía reaparecer en su vida de vez en cuando con su personalidad unas veces vibrante y encantadora; otras, imprudente y cariñosa; y otras, esas solo delante de ella, muy frágil.

–Tengo que... –no pudo terminar la frase.

Drayton le volvió a tocar el brazo.

–Escúchame, Cass. Estaba mintiendo –se disculpó.

–No importa –repitió ella–. Yo... yo... –cerró los ojos, pero no pudo ocultar por más tiempo las lágrimas.

–Maldita sea –exclamó Drayton, que no podía dejar de mirarla.

Cass intentó ser fuerte. Extendió las manos y empujó a Drayton por los hombros. Luego, al no poder contener el llanto, comenzó a golpearlo. Él se dejó. Aceptó ser el objeto sobre el que ella pudiera descargar su rabia, pero Cass no parecía tener la energía suficiente. Le dio otro golpe más y después se puso a llorar desconsoladamente.

Lloró mucho rato, con la cabeza enterrada en el hombro de él y las manos agarradas a su chaqueta. Él la rodeó con sus brazos como si fuera algo tan natural como respirar.

Pero cuando se acabaron las lágrimas y Cass se tranquilizó un poco, le resultó extraño seguir abrazada a él.

Más extraño, quizá, porque no era el primer abrazo entre ellos.

–Ya estoy bien –aseguró, levantando la cabeza.

–Bien –contestó él, mirándola.

–Por favor, vete. Tengo que hacer algunas llamadas. Se lo tengo que decir a algunas personas –dijo, bajando la cabeza de nuevo.

–Yo puedo hacerlo por ti –se ofreció él.

–¡No! Gracias.

–De acuerdo. Y de verdad que lo siento mucho –repitió él.

–En serio, estoy bien. Pen dice... decía cosas peores. Solo que me ha recordado a ella, eso es todo... En cuanto al funeral...

–Si Tom acepta, llamaremos a todo el mundo.

–Tienes razón, claro. Es cosa de él. Pero lo que iba a decir es que yo no puedo ir.

–¿Qué?

–Que no puedo ir –repitió mientras la mano de él la soltaba finalmente.

Cass no podría soportar el ver cómo enterraban a su hermana. Sería demasiado duro, aunque las cosas entre ellas no hubieran ido muy bien en los últimos tiempos.

–Tengo que trabajar toda la semana –comentó como disculpa.

Drayton la miró como si se hubiera vuelto loca.

–Estoy seguro de que el supermercado puede prescindir de ti un día.

Cass se quedó mirando a Drayton sin decir nada. Era evidente que Pen no le había hablado de su cambio de profesión. ¿Por qué?

–Es verdad. Pero no iré de todos modos.

Drayton la miró anonadado. Le era difícil conciliar a esa Cass Barker con la que había estado llorando en sus brazos pocos minutos antes.

–No te entiendo. Aunque la verdad es que nunca te entendí.

–¿Lo intentaste?

Se le escapó sin pensar. Oyó la amargura en su voz y se asustó de lo que esta podía revelar.

Se dio la vuelta y abrió la puerta, sosteniéndola para que él se fuera.

Él entendió el significado de su gesto, así que se puso el abrigo y salió.

–No hemos resuelto todavía esto. Te llamaré mañana.

Cass se encogió de hombros como si no le importara. Al día siguiente, estaría preparada para luchar. Pero esa noche solo quería que él se fuera antes de que ella se derrumbara.

Drayton la miró unos segundos, buscando sus ojos azules. Luego, se fue. Afortunadamente.

Cass cerró la puerta y se apoyó contra ella sin energía.

Otra muerte a la que enfrentarse. Era ya algo familiar para ella. Padre, madre y hermana. Era difícil no tomarlo como algo personal. ¿Por qué yo? ¿Por qué nosotros? ¿Por qué Pen?

Volvió al salón y sacó de la estantería el álbum de familia. Allí había recuerdos de su vida antes de la muerte de su padre, cuando ella contaba quince años y Pen nueve. Eran fotos de tiempos felices, vacaciones alegres y fiestas de cumpleaños...

Aquellas fotos siempre la ponían triste. Volvió unas cuantas hojas para ver las fotos de Pen. Una niña rubia con cara de ángel, que sonreía a las cámaras y hacía gestos. Su llanto, en ese momento, era por todos. Por su querida hermana pequeña; por su padre, fuerte e inteligente; y por su encantadora madre, que siempre estaba riendo. Incluso por ella, por la niña juguetona y sin problemas que había sido un día.

La culpa llegó un poco después, y con ella, aquella pregunta conocida. ¿Qué debería haber hecho? Parecía como si siempre lo hubiera hecho todo mal.

Había ido a la universidad a estudiar Medicina, imaginando que un día podría ofrecer a su madre una vida mejor. Cuando su madre había muerto en un accidente de coche, ¡cómo deseó ella no haberse ido nunca!

La única cosa que la había salvado en aquel momento había sido su hermana. En aquellos días, se había aferrado a Pen y la había consolado. Habían estado tan unidas, que parecía que jamás iban a separarse.

La realidad, sin embargo, había llegado la tarde en que habían enterrado a su madre. Había llegado en la forma de un hombre de una edad más cercana a la suya que a la de Pen. Cass había reparado en el pendiente, el tatuaje y sus modales arrogantes. Luego, había permanecido atónita mientras Pen se había dado media vuelta y había desaparecido con ese hombre antes de que ella pudiera hacer nada. Parecía que Pen, sin ella a su lado, había madurado muy rápidamente... demasiado rápidamente.

Cuando Pen finalmente había aparecido a las dos de la madrugada, Cass ya había tomado la decisión. No abandonaría a Pen en manos de futuros novios que no la llevarían a ningún lado.

Por eso había llevado todo lo que quedaba de su familia a su pequeño apartamento de Londres. Pen había protestado mucho al principio, pero había comenzado a hacer poco a poco amigos en el nuevo colegio y había dejado de quejarse. Ya no echaba tanto de menos a su amigo. Ella, finalmente, había respirado aliviada.

Pero aquel alivio le duró poco. Dos meses escasos. Luego, Pen empezó a salir por la noche y ella no sabía cómo controlarla.

Habían pasado muchos años y Cass seguía buscando la respuesta adecuada. Sentía que, si la hubiera encontrado, Pen seguiría viva.

Capítulo 2

EL TRABAJO fue una salvación para Cass. Se había quedado dormida de madrugada y su busca la despertó a las siete. Era un aviso del hospital. ¿Podría sustituir a uno de sus compañeros? Cass contestó en seguida que sí. Cualquier cosa antes que pasarse el día llorando por su hermana.

No dijo nada a nadie y nadie habría imaginado que la respetada doctora Barker se había quedado dormida llorando. Revisó heridas, palpó estómagos y auscultó corazones con su habitual eficacia.

Por supuesto, la pena no se marchó. Simplemente, la dejó a un lado mientras trabajaba en la unidad de urgencias y trataba de suavizar la tristeza de los demás, pero esta volvió cuando llegó a casa.

Consiguió llamar por teléfono a su tía abuela y al primo de su madre, los únicos parientes que le quedaban. Las palabras bien intencionadas de su primo la sobrecogieron. Cuando el teléfono sonó poco después, no contestó. No quería hablar con nadie, deshecha en un mar de lágrimas, como estaba.

Fue mucho más tarde cuando recordó las llamadas y accionó el contestador automático para comprobar quién había llamado. Había tres mensajes. Habían sido dejados durante todo el día y cada uno era más impaciente que el anterior. Todos eran de Drayton Carlisle para hablarle del funeral.

Era evidente que había perdido toda compasión por ella, se dijo Cass, sin darle la menor importancia. No necesitaba su cariño. Él jamás había comprendido la relación que tenía con su hermana Pen. No sabía nada del pasado que las había unido a pesar de que luego se hubieran separado.

Algunas veces, los secretos provocaban eso en las familias. Pen había querido esconder el suyo donde nadie pudiera descubrirlo. El problema era que Cass lo había descubierto. Cass lo conocía y había vivido con él, la había ayudado a guardarlo a pesar de que Pen nunca había estado segura de ello. Seguramente, porque su hermana no era capaz de mantener los secretos de otras personas. Había imaginado que Cass sería igual y había vivido siempre con miedo. Por eso no había querido verla demasiado. Había querido mantenerla alejada de la familia Carlisle y de su nueva vida.

Cass lo había aceptado porque se sentía parcialmente responsable del pasado de su hermana. Si hubiera controlado mejor a Pen, ella no se hubiera quedado embarazada a los dieciséis años ni hubieran transcurrido cinco meses sin darse cuenta de su estado. Cass había disimulado su horror al enterarse y la había consolado en vez de recriminarla, hasta que Pen se había resignado y aceptado al bebé. Habían hablado durante horas de nombres y del precio excesivo de la ropa infantil.