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Aquella era la mujer a la que jamás habría pensado amar... Ewan Sinclair solo quería averiguar la verdad, pero Tiree se negaba a contársela. El problema era que aquella mujer era mucho más bella e inteligente de lo que él había previsto, y lo más sorprendente era que Ewan se sentía atraído por ella. Él, un médico honesto y respetable, atraído por una cantante rebelde y salvaje; era obvio que eran dos personas opuestas... y sin embargo lo que los unía era cada vez más poderoso. ¿Podría Tiree superar los secretos del pasado y entregarse al amor que sentía por Ewan?
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Seitenzahl: 199
Veröffentlichungsjahr: 2017
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2002 Alison Fraser
© 2017 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Sin culpa, n.º 1414 - julio 2017
Título original: His Mistress’s Secret
Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-9170-091-3
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Si te ha gustado este libro…
EWAN Sinclair, Sinc para los amigos, se sirvió un vaso de whisky y se sentó a su mesa. La investigación estaba cerrada y el veredicto ya había sido emitido: había sido un trágico accidente en el que no había habido culpables.
¡Menuda broma! A él se le ocurrían al menos tres personas que eran directamente responsables de la muerte de Kit.
Él mismo para empezar. Era lo más parecido a un padre que Kit había tenido y sin embargo el chico no había buscado su ayuda cuando tuvo problemas. Quizá temía que le hubiera dado una charla, y tal vez lo habría hecho, pero ya nunca lo sabría, porque la muerte era irreversible.
También estaba Stuart Maclennan.
No se había podido esclarecer si habían estado haciendo una carrera o si se perseguían el uno al otro cuando el coche y la moto se salieron de la carretera. De cualquier manera, Maclennan iba drogado, y a ojos de Sinc era culpable.
Por último estaba Ti Nemo, la antigua novia de Kit.
Sinclair la había visto declarar durante el juicio; una chica con el pelo oxigenado y demasiado maquillaje en la cara. Nada más verla, sintió que la detestaba. Se había esforzado por pillar todas las mentiras que salieron de su boca, y sintió deseos de abalanzarse sobre ella y sacudirla para que dejara de repetir como un loro la historia que algún abogado listo le había preparado.
Pero, por supuesto, la costumbre de contenerse estaba demasiado arraigada en él, y se había quedado sentado.
Se imaginó a su ex mujer, Nicole, burlándose de él desde la tumba. Inhibido, reprimido y encarcelado en una camisa de fuerza emocional; aquellos eran algunos de los insultos más amables que su ex mujer le había lanzado. En su momento, no le habían molestado excesivamente, pero en aquel instante, volvieron para atormentarlo.
Tenía que hacer algo, pero no sabía el qué.
Abrió un cajón y sacó los efectos personales de Kit. Una bolsa de cuero en la cual había un anillo, una muñequera de cuero y un reloj roto. No era mucho para diecinueve años de vida.
Sinc tocó uno de los objetos, pero no sintió ninguna conexión. La única otra cosa que tenía de Kit era su teléfono móvil. Lo habían encontrado en la guantera del coche de Maclennan. Tendría que comprar un cargador; sabía que aquel teléfono quizá fuera la llave de la vida de su hijastro y también de su muerte, pero tenía que comprobarlo.
Sinc había esperado a que terminara el proceso judicial, aunque no sabía qué esperaba. Quizá una razón para poder aceptar el motivo por el cual Kit tomó una curva tan cerrada a noventa kilómetros por hora.
Apretó el botón de encendido del teléfono móvil y este le pidió el código de acceso. Tenía solo tres oportunidades.
Lo intentó con los tres últimos números del teléfono fijo de Kit y su año de nacimiento, pero ambos resultaron ser incorrectos. Tenía un último intento y lo hizo con su fecha de cumpleaños. Acertó.
Cualquier otra persona lo habría achacado al destino, pero Sinc lo achacó a la suerte, aunque no sabía si buena o mala.
Comenzó a buscar en el directorio y la primera entrada que encontró fue TN; la segunda TN móvil. ¿Quién sino Ti Nemo? Sinc pensó que era un nombre ridículo, pero su posición en el directorio dejaba bien claro quién había sido la persona más importante para Kit en el momento de su muerte.
Sinclair dudó un momento, y por una vez, actuó por impulso y marcó el botón de marcado.
Tiree Nemo se servía la segunda copa de vino casi al mismo tiempo que Ewan Sinclair, a unos treinta kilómetros de distancia, se servía el primer whisky. Ella no era una gran bebedora pero necesitaba relajarse un poco tras un día traumático, y los catorce precedentes.
Desde luego que no era una bebedora; de hecho, un par de tragos más empezarían a afectarle la cabeza, y probablemente tampoco ayudaría el no haber comido.
Se recostó en el sofá e intentó no pensar en nada; ni en la sala del tribunal, ni en la prensa, ni en los fans intentando consolarla o en busca de consuelo.
Todo había sido como un gran espectáculo: los focos, manos intentando tocarla y voces que clamaban su atención.
¡Ojalá Stu hubiera estado allí! A él le habría encantado posar para ellos, simulando afectación mientras actuaba para su público.
Pero Kit no. Él se habría mantenido en un segundo plano, como si quisiera desaparecer. Había sido demasiado tímido para ser estrella de rock. O quizá demasiado joven.
El gran error del grupo había sido permitir que un chico de diecisiete años se uniera a ellos.
A pesar de haber hecho pruebas de sonido a muchos músicos con experiencia, habían acabado por elegir a un joven inseguro. Cierto era que tocaba el bajo excelentemente bien, pero, ¿acaso no había resultado obvio desde el principio que no sería capaz de aguantar la fama?
–¿Qué hicimos, Stu? –preguntó Ti en voz alta.
«Déjalo, cariño. Yo también estoy muerto, así que no puedes llevarme contigo por la senda de la culpa», dijo una voz en su cabeza.
¡Como si pudiera olvidarlo!
«No vas a llorar».
No.
«Bien, porque resultaría verdaderamente aburrido».
Ti hizo una mueca como respuesta a aquel comentario de Stu, antes de darse cuenta de que volvía a mantener conversaciones con un muerto. Apretó los labios con fuerza porque sabía que si continuaba, no pararía hasta que Stu tuviera la última palabra, como siempre.
El problema era que Stu siempre había estado allí, en un segundo plano, observando, dando su opinión, controlándolo todo, por lo que resultaba difícil vivir con aquel vacío. Y no porque no recibiera invitaciones para hablar del tema; al contrario; toda una serie de periódicos y revistas competían por publicar el titular: Ti habla sobre la terrible tragedia.
Estaba tan harta de sus llamadas que había comenzado a colgarles el teléfono a mitad de la conversación. Y en ocasiones ni siquiera se molestaba en contestar. Como en aquel mismo instante.
Se dio la vuelta y miró el teléfono, preguntándose cuánto tiempo tardaría, quien quiera que fuera, en perder el interés antes de colgar. La mayoría tardaban tres o cuatro minutos en aceptar que no iba ni a contestar ni a permitirles que dejaran un mensaje.
Pero la persona que llamaba en aquellos momentos era particularmente insistente. El sonido del teléfono parecía no parar nunca, hasta que repentinamente se detuvo para, instantes después, comenzar de nuevo.
Ti pensó que sería Les, el mánager del grupo, pero tampoco tenía ganas de hablar con él, así que finalmente optó por cortar la llamada y descolgar el auricular. De aquella manera, cualquier persona que llamara se tendría que conformar con la señal de ocupado.
Volvió a intentar poner la mente en blanco, pero los pensamientos daban vueltas en su cabeza sin parar. La estaban volviendo loca, así como la señal de ocupado del teléfono.
Aguantó quince minutos antes de volver a colgar el auricular. Finalmente, el teléfono permaneció en silencio, pero no así sus pensamientos.
Ti se puso de pie y tuvo que hacer un esfuerzo por mantener el equilibrio; el vino había comenzado a hacerle efecto. Aunque solo eran las ocho, pensó que si se echaba en la cama acabaría por dormirse, así que salió al pasillo y se agarró a la barandilla mientras subía por las escaleras. Pero apenas llegó al dormitorio, comenzó a sonar de nuevo el teléfono, y aquella vez era su móvil el que sonaba, enterrado en la cama bajo un montón de ropa y pelucas.
Cuando lo encontró, pulsó el botón para rechazar llamadas, justo después de fijarse en la persona que llamaba: era Kit.
¿Cómo podía ser?
Sintiéndose ligeramente aturdida, se acercó al teléfono fijo que había en la mesita de noche, pulsó el botón de llamadas perdidas y comprobó que anteriormente, también había sido el teléfono de Kit.
Retrocedió mentalmente a la noche en cuestión: recordó a Kit recogiendo sus cosas, poniéndose la cazadora… ¿pero qué había pasado con el móvil? Nada. Stu lo había recogido y se lo había llevado. ¿Había sobrevivido el móvil al accidente? Quizá, aunque el coche de Stu había quedado destrozado. La pregunta era quién lo tenía en aquel momento.
Tiree decidió no hacer un misterio de todo aquello y pulsó el botón de remarcar.
La llamada fue contestada casi de inmediato.
–¿Quién es? –preguntó una voz masculina, tranquila y educada.
–Me acabas de llamar –dijo Ti, dejando que fuera él quien diera una explicación.
–¿Eres Ti Nemo?
–La señorita Nemo no se encuentra aquí en estos momentos. ¿Quiere dejar algún mensaje?
La mentira le salió de manera automática. En el pasado, y con demasiada frecuencia, había recibido llamadas de fans que de alguna manera habían averiguado su número de teléfono, obligándola a cambiarlo.
–Soy el padre de Kit Harrison –dijo el hombre después de un instante de silencio.
Inicialmente, Tiree se sintió sorprendida, pero se enfadó al darse cuenta de que no era la única que mentía.
Kit no había hablado mucho sobre sus padres, pero ella sabía que su madre estaba muerta y que su padre era como si lo estuviera, ya que había ignorado a Kit durante casi toda su vida.
–No puede ser –contestó ella–. El padre de Kit era americano.
–Cierto –concedió el hombre, con el habla de la clase alta–, debería decir que fui el padrastro de Kit.
Tiree pensó que aquello sí podía ser cierto. Kit había tenido varios padrastros, unos casados con su madre y otros no, y con uno de ellos había mantenido contacto de cuando en cuando.
–¿Y qué? –le preguntó.
–Me gustaría hablar contigo –insistió él.
Tiree decidió continuar fingiendo.
–Con la señorita Nemo, querrá decir –corrigió–. Desgraciadamente está descansan…
–Por favor –interrumpió él, con tono comedido–. Sé identificar los acentos, señorita Nemo; costa oeste de Escocia, si no me equivoco. Al norte de Glasgow, quizá sea de la zona de Argull.
Había dado en el clavo, lo cual no era habitual. La mayoría de los ingleses no eran capaces de situar su acento más allá del simple escocés.
Tiree se dio por vencida.
–¿Qué quieres? –quiso saber ella.
–Tengo algunas preguntas sobre Kit que quizá tú puedas contestar –dijo él–. Si es posible, me gustaría ir a verte.
–¿Ahora?
–Sí. Estoy bastante cerca.
–¿Cerca de dónde?
–De tu casa –dijo él.
Tiree fue consciente de dos cosas al mismo tiempo: sus palabras y el ruido del motor de un coche, y sintió un acceso de pánico.
–¿Sabes dónde vivo?
Su dirección era un secreto para todo el mundo, menos para su mánager y la compañía discográfica.
–Creo que sí –contestó él con tranquilidad–. Kit me dio la dirección: Chalet Ivy, calle Woodside, cerca de…
Tiree no escuchó el resto. En vez de eso, tuvo un ataque de pánico al recordar, con demasiada claridad, la última vez que un invitado no deseado llegó hasta su casa.
–No vengas aquí. ¿Me oyes? –gritó, mientras bajaba corriendo por las escaleras–. Voy a llamar a la policía ahora mismo.
Aquello último fue una amenaza un poco inapropiada, ya que en aquel momento, estaba corriendo escaleras abajo para ver si el pestillo de la puerta estaba echado.
Pero iba demasiado deprisa, corriendo con calcetines de lana sobre un suelo de madera barnizado. A media bajada, se resbaló y aunque intentó sujetarse a la barandilla, no pudo evitar dar unas cuantas vueltas sobre sí misma antes de golpearse la cabeza con algo duro y aterrizar al final de las escaleras.
Tiree tuvo unos instantes de lucidez para darse cuenta de que el pestillo no estaba echado, antes de quedarse inconsciente.
Sinc miró el teléfono e intentó darle algún sentido a lo que había oído antes de que la comunicación se cortara: gritos histéricos seguidos de unos golpes sordos.
Quizá la mujer loca había estado tirando cosas. Aunque quizá se hubiera caído por las escaleras. Pero la verdadera duda era qué hacer al respecto.
¿Conducir el último kilómetro que le separaba de la casa o regresar por donde había venido y no volver a actuar llevado por un impulso?
Sinc sabía qué prefería hacer, pero el deber lo obligó a continuar hasta la casa.
TIREE se despertó entre limpias sábanas blancas, con un camisón de hospital y un horroroso dolor de cabeza. No se preguntó dónde estaba porque no había nadie a quien preguntárselo, y de todos modos resultaba obvio.
Movió los brazos y las piernas para ver si aún le respondían. Parecía que sí, aunque sintió el cuerpo dolorido. Llevó la mano hacia el intercomunicador, pero no lo pulsó; primero tenía que pensar en lo ocurrido la noche anterior.
Lo último que recordaba con claridad era la caída por las escaleras y el golpe que se había dado en la cabeza. Había bajado corriendo, pero no recordaba por qué. Sabía que había sido por el teléfono… Cerró los ojos y, a pesar del dolor de cabeza, se concentró hasta que lo recordó todo: el hombre con el teléfono móvil de Kit, supuestamente su padrastro, había amenazado con ir a su casa y ella había dejado que el pánico la invadiese.
Pero, ¿quién la había ayudado? Tiree estaba casi segura de que no había sido él. Tenía un vago recuerdo de otra voz, tranquilizadora, distinta a la del teléfono, y unas manos recogiéndola del suelo. Quizá hubiera sido el enfermero de la ambulancia, pero tampoco recordaba el viaje al hospital.
Tiree escuchó el ruido de la puerta abriéndose y volvió la cabeza. Entró una enfermera, que al ver a Tiree despierta sonrió ampliamente.
–¡Estás despierta! –exclamó la enfermera–. ¿Cómo te encuentras?
Aquella era una pregunta tonta, ya que se sentía como si hubiera participado en un combate de boxeo.
–Bien –dijo Tiree, forzándose en sonreír–. ¿Dónde estoy exactamente?
–En la Clínica Abbey.
–¿Cuánto tiempo llevo aquí?
–Desde anoche, creo. ¿Recuerdas lo que pasó?
Tiree asintió.
–Me resbalé y caí por las escaleras.
–Bien –dijo la enfermera, aparentemente complacida ante la lucidez de Tiree–. Afortunadamente no tienes ningún hueso roto.
–Entonces puedo marcharme –dijo Tiree, incorporándose en la cama.
–No. Aún no –replicó la enfermera, apoyando una mano sobre su hombro–. Primero tiene que verte el médico y confirmar que puedes recibir el alta.
–De acuerdo –aceptó Tiree, que quería salir de allí sin llamar la atención–. ¿Sabe alguien que estoy aquí?
–¿Te refieres a tu familia?
Tiree negó con la cabeza. No tenía familia.
–¿Sabes quién soy? –preguntó en un tono que no era en absoluto exigente, sino meramente interrogativo. Tiree nunca utilizaba su fama para intimidar.
–Lo siento, pero ingresaste en Urgencias y aún no hemos podido rellenar tu ficha. Si te sientes con fuerzas, podemos hacerlo ahora.
La enfermera se acercó al cabecero de la cama y recogió la ficha de los datos personales.
Resultaba obvio que no sabía quién era Tiree, a pesar de que su imagen había sido portada de la prensa rosa durante la última semana.
Pero la imagen de Tiree era solo eso: una peluca rubia que cubría su verdadero pelo, moreno y corto; una máscara de maquillaje que se quitaba en cuanto estaba sola, y ropa de cuero que cambiaba por unos vaqueros y una camiseta en cuanto podía.
De repente, Tiree pensó que si no sabían quién era, no tenía por qué decirlo.
–¿Cómo te llamas? –preguntó la enfermera.
–Yo… –empezó a decir Tiree, dándose cuenta de lo difícil que era pensar en un pseudónimo.
–¿No te acuerdas de tu nombre, cielo?
Tiree decidió aprovechar la equivocación de la enfermera.
–Yo… no.
–No te preocupes, iré a buscar al médico –le dijo amablemente.
Tiree observó cómo se marchaba. No estuvo mucho tiempo sola, ya que inmediatamente entró otra enfermera agitando un termómetro en la mano.
Mientras estaba recostada sobre la almohada, con el termómetro bajo la lengua, entró un médico. Tenía aspecto despreocupado y también parecía muy joven, lo cual no inspiró mucha confianza a Tiree.
–La enfermera me ha dicho que no te acuerdas de tu nombre –le dijo mientras estudiaba las pupilas de Tiree con una pequeña linterna.
Tiree farfulló una respuesta, que resultó ininteligible debido al termómetro que tenía en la boca.
–Lo siento –dijo el médico; tomó el termómetro y lo leyó.
–Me gustaría marcharme, ¿es posible?
–¿Adónde?
–A casa.
–¿Dónde vives?
Tiree negó con la cabeza. Nunca revelaba los detalles de su casa. En una ocasión la habían acosado hasta el punto de tener que mudarse.
–No podemos darte el alta hasta que estemos seguros de que estás bien. Has sufrido una conmoción, aunque afortunadamente no tienes ninguna fractura en la cabeza.
El médico sonrió de manera tranquilizadora y se dirigió hacia la puerta con la enfermera.
–Hay que informar al doctor Chivers de su estado. También hay que contactar con el doctor Sinclair, ya que es nuestra referencia en relación con este caso. Mientras tanto, mantenla vigilada y no la inquietes con demasiadas preguntas.
Aunque habló en voz baja, Tiree pudo oír lo que decía y se preguntó si el médico la consideraría mentalmente incapacitada de alguna manera.
–¿Quién es el doctor Sinclair? –le preguntó Tiree a la enfermera cuando el médico se marchó.
La enfermera dudó por un momento antes de contestar.
–Es el jefe del Departamento de Pediatría del hospital San Bartholomew, en Reading.
Unas horas más tarde, Tiree comenzó a despertarse lentamente. Su cabeza se puso en marcha antes de que abriera los ojos. Se había quedado dormida pensando en alguien a quien llamar para que la sacara de allí, pero finalmente decidió disfrutar del anonimato que le proporcionaba aquella situación.
Escuchó voces al pie de la cama. Estaban hablando sobre su estado, aparentemente sin ninguna necesidad de preguntárselo a ella misma.
–¿Está estable? –preguntó el joven doctor que la había visitado por la mañana.
–Eso creo –dijo la enfermera.
–¿Hay daño cerebral? –preguntó un tercero.
El tono de voz era abrupto y Tiree sintió que debería reconocerlo, pero no lo hizo.
–El escáner no ha mostrado nada –informó el médico–, pero parece estar sufriendo algún tipo de confusión de identidad.
–¿Confusión de identidad? –repitió el otro hombre con sarcasmo.
–No parece saber como se llama, señor –se apresuró a explicar el médico joven.
–Muy interesante –comentó el desconocido en un murmullo–. Aparte de eso, ¿cómo está de ánimos?
–Teniendo en cuenta su estado, está muy contenta –comentó la enfermera.
–Lo cual no es muy normal –comentó el médico desconocido.
–¿Qué recomienda, doctor Sinclair? ¿La trasladamos al hospital general para que le hagan un seguimiento de su amnesia?
–Eso lo decidirá el doctor Chivers –dijo el doctor Sinclair–. Ella es su paciente. Sin embargo, me gustaría hablar con ella.
–Desde luego.
–¿La despierto?
Incluso con los ojos cerrados, Tiree pudo detectar la reverencia con que tanto el médico más joven como la enfermera trataban al doctor Sinclair. No era de extrañar que pareciera tan arrogante.
–No será necesario –dijo el doctor Sinclair–; está despierta.
Tiree se preguntó cómo podía saberlo si aún tenía los ojos cerrados. Sintió que la observaban, pero se mantuvo quieta hasta que unos dedos rodearon su muñeca para buscarle el pulso. Entonces abrió los ojos y se encontró con una cara que no encajaba con la voz y la actitud que ella había percibido.
Se había imaginado a un hombre de cincuenta y tantos años, con ojeras, cara redondeada y una mandíbula perdida bajo una prominente papada.
Pero aquel hombre no podía ser más distinto: tenía unos intensos ojos azules, pómulos bien marcados y una boca que, aunque no sonreía, solo podía describirse como sensual. No llevaba bata blanca, sino un caro traje gris que resaltaba su cuerpo alto y delgado.
Tiree no sabría decir muy bien qué edad tenía; su oscuro pelo tenía algunas canas, pero la atractiva cara estaba libre de arrugas.
–¿Podría hablar a solas con la paciente? –preguntó el doctor Sinclair a sus acompañantes.
–Por supuesto –dijo el médico joven, y ambos se marcharon inmediatamente.
Estaba claro que para ellos el doctor Sinclair era una persona muy importante, pero para Tiree no era nadie.
–Supongo que recuerdas que te emborrachaste y te caíste por las escaleras –dijo él.
–No estaba borracha –se defendió ella–. Solo había bebido un par de vasos de vino.
Él no pareció convencido. Recogió el informe que colgaba del cabecero de la cama y le echó un vistazo.
–Según el análisis de sangre, estabas por encima del límite legal para conducir.
–¿Y qué? –preguntó Tiree, sin poder creerse lo pedante que era aquel hombre–. No estaba conduciendo. Estaba en mi propia casa, haciendo mis cosas cuando…
–¿Qué? –preguntó él al ver que ella dudaba.
–Cuando me resbalé por las escaleras –terminó ella con sequedad en la voz.
–¿Estabas angustiada por algo? –insistió él.
¿Pero qué quería aquel hombre? ¿Una confesión de que se había arrojado por las escaleras?
–No. Estaba bien.
–Sé que estás mintiendo –dijo él, sorprendiéndola.
Acababa de sufrir una conmoción cerebral y sin embargo él no estaba haciendo ninguna concesión a su potencialmente frágil estado.
–¿Es que no enseñan modales en la carrera de Medicina? –preguntó ella finalmente.
El médico frunció el ceño pero no se disculpó. En vez de eso la observó como si fuera un espécimen de gran interés, o quizá una subespecie, a juzgar por su desdeñosa mirada.
–¿Realmente importa cómo me sentía antes de caerme? Lo que importa es cómo estoy ahora, y yo diría que me encuentro bastante bien, así que si alguien puede traerme mi ropa, me podré marchar.
–No te podemos dar el alta mientras sufras amnesia.
Tiree se dio cuenta de que corría el peligro de cerrarse todas las puertas y decidió dejar de fingir.
–Era una broma. Sé quién soy.
–¿Y quién eres? –preguntó él.
Tiree aún no quería revelar su verdadera identidad, pero ya había pensado en un nombre.
–Marie Baxter.
Era el nombre de una amiga del colegio, y lo utilizó con la confianza de que aquel hombre no la habría reconocido. Él la miró fijamente por un momento.
–Al menos es una mejoría –murmuró.
–¿Disculpa?
Él movió la cabeza.
–Bueno, señorita Baxter…
–En realidad es señora –mintió Tiree, aunque no supo muy bien por qué.
–Señora Baxter –enfatizó él–, al haber sufrido un golpe en la cabeza, es muy importante que alguien responsable pueda cuidarte. Tu marido…
–Está muerto –interrumpió ella al darse cuenta del giro que estaba tomando la conversación.
Él entrecerró los ojos y Tiree se dio cuenta de que intentaba distinguir la verdad de la ficción. Deseó no haber comenzado todo aquello.
Ella le devolvió la intensa mirada, esperando que se cansara. Fue consciente de lo atractivo que era, pero más increíble aún era la intensa e inteligente mirada de sus azules ojos. Finalmente, Tiree apartó la vista.
