Se busca mujer - Alison Fraser - E-Book

Se busca mujer E-Book

Alison Fraser

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Beschreibung

La oferta de Baxter Ross era difícil de rechazar. Si Dee se decidía a casarse, él le pagaría una buena cantidad de dinero. ¿Qué tenía ella que perder? Era joven y no tenía ataduras. Dee decidió seguir el plan de Baxter. No entendía por qué ese hombre tan atractivo necesitaba pagar por una novia... Parecía como si a él nunca le hubiera faltado compañía femenina en el pasado. De todas formas, aquello sería temporal; al cabo de un año se divorciarían y ella quedaría libre de nuevo. Pero una gran atracción física estalló entre ellos...

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Seitenzahl: 202

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 1997 Alison Fraser

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Se busca mujer, n.º 996 - junio 2021

Título original: Bride Required

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-1375-603-5

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

BAXTER estaba a punto de abandonar la búsqueda cuando encontró a la chica adecuada.

Estaba sentada en un largo corredor que conectaba los andenes del metro. Buscó el habitual cartel donde pusiera que estaba hambrienta y sin hogar, pero no había ninguno. Estaba sentada y con la mirada fija en el suelo, tocando la flauta y sin hacer caso de si los que pasaban le dejaban alguna moneda o no.

Pero seguía siendo una de ellos, de los desposeídos, del creciente ejército de los jóvenes en paro. Debía haberle sorprendido el número de ellos que había por las calles, pero sabía que Londres había cambiado en diez años. Y además, había visto cosas mucho peores en las calles de Addis Abeba y Mogotu.

Más tarde, él se preguntaría por qué la había seleccionado a ella y lo cierto era que lo hacía por la primera impresión. La chica llevaba una chaqueta militar vieja, unos vaqueros igual de gastados, pero, por lo menos, razonablemente limpios. Era joven, pero no demasiado. La flauta que tocaba la colocaba un poco más alto en la escala, por encima de los simples pordioseros, pero seguía pareciendo suficientemente desesperada.

El perro de la chica era otra cosa, un perro cobrador de pura raza y, al parecer, en perfecto estado de salud.

Cuando se acercó, ni el perro ni la chica levantaron la mirada, ni siquiera cuando se inclinó y les dejó una libra en la caja.

Baxter siguió caminando y sólo se detuvo cuando dobló una esquina y la miró desde allí. Lo cierto era que no era la clase de chica con la que él habría salido. Llevaba el cabello muy corto y tres aros de oro en una oreja, pero aquello no tenía importancia. Por lo menos no parecía una ladrona, que era más de lo que podía decir de algunas de las chicas que había visto ese día.

Repasó lo que le iba a decir antes de volver sobre sus pasos y detenerse delante de ella.

 

 

Dee tenía buena memoria para los zapatos. Después de todo, ¿qué otra cosa veía a lo largo del día? No se miraba a los que te daban limosna. No eran nadie. Terry le había dicho que, si empezaba a mirarlos a la cara, se creerían que eran alguien. Terry trabajaba en otra estación de metro, tocando la guitarra… muy mal.

Así que fueron los zapatos lo que reconoció. Unas botas marrones. Acababan de pasar hacía unos cinco minutos y le habían dejado una libra en la caja. Ahora estaban de vuelta y no creía que fuera para admirar su virtuosismo con la flauta.

Se resistió a mirar al dueño de esas botas y siguió tocando. Ya le había pasado antes. Eran tipos que querían probar sus posibilidades de ligar, que se imaginaban que querría ganar más dinero de otra manera. Siguió tocando, pero el tipo ese siguió donde estaba, esperando a que lo mirara.

Cuando por fin lo miró, se quedó sorprendida.

Se había esperado algún individuo desagradable. Pero se trataba de un hombre alto, con el cabello castaño, aclarado por un sol no inglés, hombros cuadrados y un rostro angular que podía pertenecer a un modelo masculino.

Ese rostro atractivo portaba una sonrisa igualmente atractiva.

–Toca muy bien –dijo él.

–Lo sé.

Él se quedó desconcertado por un momento y luego murmuró:

–Y tampoco tiene falsa modestia.

Ella se encogió de hombros y luego se llevó de nuevo la flauta a los labios.

Como el tipo no recogió la indirecta, le dijo:

–Mira, compañero. Tengo que ganarme la vida, así que, si no es un cazatalentos de la Filarmónica de Londres…

–Desafortunadamente, no lo soy. De todas formas, tengo otra proposición para usted.

–Seguro.

–No de esa clase.

Dee siguió mirándolo escépticamente, como hacía en la actualidad con todos los hombres.

–Mire –dijo él sacando su cartera y, de ella, un billete de veinte libras–. Le pagaré por su tiempo.

–¿Se cree que soy una chica barata?

No estaba segura de lo que costaba en la actualidad un revolcón, pero le pareció que debía de ser más que eso.

–Mire, podemos ir a un café y la invitaré a usted y a Rover a un té.

La mirada del hombre fue más cálida cuando la dirigió al perro.

–Henry.

–¿Perdón?

–Se llama así –le informó Dee, al tiempo que se preguntaba por qué lo había hecho.

–Henry…

El hombre le acarició la cabeza al perro, que se sentó para facilitárselo.

Dee observó al desconocido mientras acariciaba al perro. Entonces, Henry le lamió la mano al hombre, destruyendo toda posible impresión de que pudiera ser fiero.

–¡Henry!

–¿Qué edad tiene? ¿Once? ¿Doce?

–Trece –respondió ella tristemente–. Pero sigue teniendo buenos dientes.

–Estoy seguro de ello –dijo el hombre sonriendo.

Sabía de perros y estaba seguro de que ése no le iba a morder.

–Parece que tiene hambre –añadió él.

–Nunca la tiene. Come muy bien.

–De eso estoy seguro. Es usted la que me ha parecido que la tiene.

–Gracias –dijo Dee haciendo una mueca.

Reconocía enseguida los insultos.

Pero el caso era que ese tipo tenía razón, no solía comer regularmente.

Entonces, él subió el precio.

–Treinta libras y esta noche Henry y usted podrán cenar como reyes.

Era difícil rechazar treinta libras, pero Dee no era tonta.

–¿Me vas a dar treinta libras sólo por sentarnos a charlar en un café? No fastidies, compañero…

Baxter no podía culparla. Él mismo estaba empezando a pensar que era una tontería. Pero ya que había llegado tan lejos, no tenía nada que perder.

–Como le he dicho, tengo una proposición para usted… llámelo una broma, si quiere. Una broma poco habitual más que peligrosa y, desde luego, no de naturaleza sexual. No estoy interesado en las jovencitas –dijo él en un inequívoco tono de voz.

Dee pensó que eso tenía sentido.

–Ya te lo he notado.

–Lo dudo –replicó él secamente.

–No te preocupes por lo que yo piense, compañero. Mi lema es vive y deja vivir.

–Mire, no es…

Pero entonces Baxter decidió no corregir su impresión. ¿Por qué no dejarla que pensara lo que quisiera si a él le venía bien?

–Muy bien, yo elegiré el café –dijo ella levantándose de repente y luego recogiendo sus pertenencias.

–Perfecto.

–Con la pasta por delante, por supuesto.

Baxter miró la mano extendida. Si le daba ahora el dinero, ¿qué evitaría que ella se escapara?

Dudó demasiado tiempo.

–Olvídalo entonces –dijo ella echando a andar.

Él la agarró del brazo.

–De acuerdo. La mitad ahora y la mitad cuando hayamos hablado.

–Bueno…

Quince libras eran mejor que nada, así que Dee se dejó convencer.

Pero lo cierto era que él tenía otros planes. Cuando le dijo la mitad quiso decir la mitad. Tomó un billete de veinte libras y otro de diez y los partió por la mitad. Luego, le dio a ella dos trozos.

Dee hizo una mueca, pero los aceptó, se echó a la espalda su mochila y tomó la cadena de Henry.

Baxter se dio cuenta de lo cargada que iba.

–Yo llevaré eso –dijo tomando de sus manos la caja de la flauta antes de que ella pudiera protestar–. Y la mochila, si quiere.

–No se moleste. Ya se ha asegurado bastante con mi flauta.

Baxter levantó una ceja.

–Tanto escepticismo en alguien tan joven… De paso, ¿qué edad tiene usted?

Por un desagradable momento, él se preguntó si no sería demasiado joven.

–¿Qué edad he de tener? –le preguntó ella suspicazmente.

–La suficiente como para tener un trabajo.

No podía estar refiriéndose a dieciséis años, ¿no?

–Sí, bueno, la tengo.

–Muy bien.

Siguieron caminando y Baxter pensó mantener una conversación con ella mientras lo hacían, pero se contuvo. Esa chica parecía demasiado callada para su edad. ¿Era una buena señal para sus propósitos? Pudiera ser. Era mejor eso que ser indiscreta.

Dee, por su parte, era muy consciente del desconocido que tenía a su lado. Era difícil no serlo. Siempre había sido alta, cosa que le había causado grandes problemas. Con dieciséis años medía casi metro ochenta. Por suerte, había dejado de crecer de golpe, pero aun así, seguía siendo más alta que la mayoría de la gente.

Pero no que ese hombre.

Se sintió aliviada cuando llegó el metro. Lo tomaron juntos y estuvieron en silencio durante cinco estaciones, hasta que llegaron a Newhouse.

Sólo entonces, cuando llegaron al vestíbulo, le dijo:

–Por cierto, no tengo billete.

–Perfecto… Debería haberlo sabido.

¿Qué debería haber sabido? ¿Que las chicas como ella se colaban en el metro? ¿Que no podían ser honradas? Dee lo miró fijamente.

–No sabes nada –le dijo, pasándole la cadena de Henry–. No te preocupes. Ocúpate tú de él. Nos encontraremos fuera.

–Un momento…

Pero Baxter no tuvo tiempo de decir nada más. La observó con una mezcla de horror y fascinación mientras ella se dirigía a la barrera metálica más cercana y se la saltaba.

Pensó que se había librado, pero entonces el cobrador, que la había visto, gritó.

El perro echó a correr también entonces y lo arrastró consigo. Llegaron a tiempo de ver cómo dos policías del metro detenían a la chica.

Baxter pensó rápidamente y tomó la iniciativa.

–¿Te crees que eso ha tenido gracia? –le dijo a ella directamente y luego se dirigió a los policías–. ¡Los chicos de hoy en día tienen una idea muy extraña de lo que es divertido! Lo lamento mucho…

–¿La conoce? –le dijo uno de los policías.

–Me gustaría poder negarlo. Pero sí, es mi sobrina Morag.

Los dos policías se quedaron en silencio por un momento, como decidiendo si creérselo o no.

Lo mismo que Dee. ¿Morag? ¿Qué clase de nombre era ese?

–Tenía billete, pero lo perdió –continuó mintiendo Baxter–. Por supuesto, le iba a comprar otro a la salida, pero la muy tonta decidió saltarse la barrera. Creo que es la tontería de moda entre los adolescentes. Supongo que es un poco más seguro que ser un conductor suicida.

–Pero más caro –dijo uno de los policías–. Me temo que va a tener que pagar una multa, señor.

–Bueno, qué le voy a hacer. Has sido una tonta. ¿Qué va a decir tu madre?

–No lo sé –murmuró Dee, no muy segura de su papel en esa comedia, pero dándose cuenta de que, por lo menos, debía hacerse la arrepentida.

Él agitó la cabeza.

–¿Qué podemos hacer? Esto le romperá el corazón a su madre…

–Bueno, supongo que bastará con que pague el precio máximo del billete –dijo uno de los policías ablandándose.

–Muchas gracias –respondió Baxter, dándoles la mano a los dos cuando soltaron a Dee–. ¿Qué dices tú, Morag?

–Yo… sí, gracias.

–Muy bien. Toma a Henry. ¿Cuánto les debo?

–Un momento. Voy a comprobarlo.

Uno de los policías fue al despacho de billetes y el otro se quedó con ellos.

Dee esperó hasta que miró por un momento en otra dirección y le dijo a Baxter al oído:

–Podemos correr.

Él la miró fijamente y le contestó en el mismo tono de voz:

–Olvídalo.

Aun así, ella podía haber salido corriendo, pero no le pareció muy honroso abandonarlo así después de que la hubiera rescatado. Así que esperó. También se contuvo de hacer un comentario rudo cuando les pidieron una suma exorbitante por el billete.

El desconocido sacó la cartera una vez más y pagó sin rechistar.

Cuando por fin salieron a la luz del día, Dee estaba librando una batalla consigo misma. Sabía que tenía que darle las gracias por lo que había hecho, pero no le gustaba nada hacerlo.

–Normalmente no hay ningún problema. Tienen poco personal. De todas formas, deberías haberlo dejado.

–¿Y dejar que te detuvieran?

–No habrían llegado a tanto. ¿Qué podrían haberme hecho? ¿Tomarme el nombre y una dirección que no tengo? ¿Ponerme una multa que no puedo pagar? ¡Vaya cosa!

Él agitó la cabeza.

–Semejante gratitud es sobrecogedora.

–Bueno, muy bien. Supongo que debería darte las gracias.

–No lo hagas si tanto esfuerzo te cuesta. ¿Dónde está la cafetería?

Dee casi se había olvidado de la razón por la que estaban allí. Pensó despistarlo, pero no le pareció bien. Le había pagado la mitad y la había librado de un aprieto. Lo menos que podía hacer era sentarse a escucharlo cinco minutos.

–Por ahí. No está lejos.

A veces ella trabajaba para Rick, el dueño del café, fregando platos. Como recompensa, le daba de comer y le permitía estar allí con Henry durante una o dos horas cuando hacía frío.

Cuando entraron, Rick la miró y sonrió.

–¿Va todo bien, Dee?

–Claro –respondió ella devolviéndole la sonrisa–. ¿Puedes darnos dos tés?

Rick asintió.

–Ahora te los llevo.

–¿Dee? –le preguntó Baxter cuando se sentaron a una mesa–. ¿Te llamas así?

Ella asintió. Dee era la versión abreviada de Deborah DeCourcy. Pero ese nombre era demasiado distinguido como para andar con él por la calle.

–De cualquier forma, es mejor que Morag. ¿Cómo se te ha ocurrido ese nombre?

–He descubierto que, si se va a contar mentiras, es mejor ceñirse a algo real. Yo tengo una sobrina, se llama Morag y su madre se horrorizaría si la pillaran colándose en el metro. Pero al parecer es tu principal medio de transporte.

–La verdad es que no, normalmente voy andando a los sitios. Como te darás cuenta, es difícil pasar desapercibida si te saltas las barreras acompañada por un perro grande.

Baxter levantó una ceja. No por el sarcasmo de esas palabras, sino por la utilización del idioma de esa chica. Fundamentalmente hablaba con acento del East End, los barrios bajos, pero de vez en cuando se le escapaba alguna cosa que denotaba una muy buena educación.

–Me has dicho que no tenías casa. ¿Entonces dónde dormís Henry y tú? ¿En un albergue?

Ella agitó la cabeza.

–No se permiten perros y, aunque así fuera, no hay ninguna intimidad.

–Evidentemente no has oído eso de que los mendigos no pueden ser exigentes.

La reacción de ella no se la imaginaba, ya que le respondió furiosa:

–¡No soy una mendiga! Soy una buscavidas. ¡Hay una diferencia!

–Muy bien, muy bien. No he querido ofenderte.

Los ojos de ella seguían llameando de ira. Eran unos ojos muy expresivos, revelaban una naturaleza apasionada bajo un frío exterior. Miró su rostro realmente por primera vez y se sorprendió al ver que era más que pasablemente bonito.

A Dee no le gustó la forma en que él la estaba mirando. De hecho, estaba pensando decirle que se guardara su dinero cuando Rick les llevó sus tés.

–¿Quieres trabajar el sábado por la tarde? –le preguntó Rick.

–Sí, de acuerdo.

Luego Rick se alejó de nuevo.

–¿Trabajas aquí?

–A veces, cuando Rick necesita a alguien que friegue los platos.

—Así que estás en tu territorio, ¿no?

–Algo así… vivo por aquí cerca –dijo ella sin ser más explícita.

–¿Sola?

Ella entornó los párpados.

–¿Importa eso?

Baxter suspiró.

–Para mí personalmente, no. Pero para este… trabajo que tengo en mente, es mejor que estés libre.

–Entonces lo estoy –le reveló ella.

Luego añadió impulsivamente:

–¿Y tú? ¿Tienes a alguien importante?

Esa pregunta pilló por sorpresa a Baxter y casi sonrió cuando respondió:

–No creo que eso sea asunto tuyo.

–Me tomaré eso como un sí.

Luego, se echó cuatro terrones de azúcar bajo su atónita mirada y añadió:

–Hay que conseguir calorías de donde se pueda.

–La mayoría de las demás mujeres piensan lo contrario.

Dee hizo una mueca.

–Tal vez debiera escribir un libro. La Dieta de las Sin Techo. Vive duramente y verás como pierdes los kilos de más.

Baxter se rió, aunque aquello no era divertido. Tal vez fuera debido al cansancio de la compasión. Había vivido la mayor parte de la última década en el Tercer Mundo, donde el hambre significaba la muerte.

La piedad se apoderó de él cuando la vio beberse su té con ansia.

–¿Cómo es la comida de este sitio?

–Muy buena, si te gustan las cosas grasientas y con mucho colesterol.

–Ya veo lo que quieres decir –respondió él mientras leía el menú–. Aun así, me arriesgaré… si me acompañas.

El orgullo le dijo a Dee que rehusara su caridad, pero su estómago vacío se impuso.

–Supongo que podré soportar tu compañía.

–Muy amable por tu parte.

Luego Baxter le hizo una señal a Rick, que se acercó y preguntó sin mucho interés:

–¿Hay algún problema?

–No, queremos comer algo –le dijo Baxter.

Rick los miró como atontado y luego dijo:

–Claro.

–¿Dee?

Ella dudó un momento y luego decidió que, si iba a aceptar su caridad, bien podía hacerlo del todo.

–Huevos con bacon, salchichas, tomate y patatas fritas. Muchas.

Baxter dejó el menú y dijo:

–Dos de lo mismo.

–Sí, muy bien.

Rick suspiró al pensar en el esfuerzo que le iba a costa hacer aquello.

–Un tipo animado –dijo Baxter cuando se alejó.

Dee tampoco era una gran admiradora de Rick, pero sintió como si tuviera que defenderlo.

–Su esposa lo dejó recientemente y sigue muy afectado. También lo dejó sin un penique.

–Como suelen hacer las mujeres –bromeó Baxter olvidándose de que estaba con una.

–Bueno, si es así, tú no tienes por qué preocuparte.

–¿Perdón?

–Por las chicas.

–No me he casado, no.

–Ni parece que lo vayas a hacer –añadió ella significativamente.

Baxter dio por hecho de que estaba siendo insultado, pero prefirió reírse.

–¿Crees que no soy aceptable para eso?

Dee frunció el ceño.

–Bueno, naturalmente, he dado por hecho… a no ser, por supuesto, que seas bisexual.

–¿Bisexual?

Baxter la miró como si estuviera loca.

–De acuerdo, de acuerdo, era sólo una sugerencia. ¿Es que te parece un insulto ser gay?

–¿Gay?

–Cielos, ¿es esa también una palabra equivocada? Yo creía que a los homosexuales no les importaba que los llamaran así.

Por fin él pareció darse cuenta de lo que estaba hablando.

–¿Quién te ha dicho que yo sea homosexual?

–Tú lo has hecho antes. ¿Recuerdas?

–Vagamente.

–No te preocupes. No lo voy a ir pregonando por ahí.

Él pareció como si fuera a decir algo y a Dee le dio la impresión de que lo iba a negar. Esperó que no lo hiciera. Estaba empezando a gustarle, pero no podía soportar a los mentirosos.

Por fin, él dijo sin mucha convicción.

–Me gusta oír eso.

–No lo haré. De verdad. Y no es que sea algo evidente. La verdad es que pareces muy masculino.

–¿Debo tomármelo como un cumplido? –le preguntó él irónicamente.

–No.

–Eso pensé.

Luego, se callaron cuando Rick les llevó lo que habían pedido. Cuando se marchó, Baxter le preguntó:

–¿Dónde vives?

–En una casa ocupada que el ayuntamiento declaró en ruinas.

–¿Desde cuándo vives allí?

–Desde hace unas seis semanas.

–¿Y el ayuntamiento no se ha dado cuenta?

–¿Por qué lo iban a hacer? Y aunque así fuera, no les importaría. Pronto la derribarán.

–¿Y luego qué? ¿A dónde irás?

–¿Por qué? ¿Estás haciendo un reportaje o algo así? Lo siento, compañero, ya se ha hecho.

–No, no es eso. Sólo me estaba preguntando si habías hecho algún plan para el verano.

–Bueno, esperaba irme de nuevo de crucero a las islas griegas, pero por el momento tengo el barco en el dique seco.

Baxter apretó los labios.

–¿Es que no te tomas nada en serio?

–¿Te refieres a la vida? ¿Y a dónde te crees que me llevaría eso a la larga?

Baxter vio la razón de esas palabras. Sin nada que esperar y ninguna manera de mejorar su situación actual, tal vez fuera mejor tomarse cada día como viniera.

–¿Has estudiado algo? –le preguntó de una forma que indicaba que se imaginaba que no tenía ninguna clase de estudios.

Dee decidió sorprenderlo con la verdad.

–Nueve matrículas de honor, seis A, dos B y una D.

Baxter hizo una mueca ante lo que se tomó como un sarcasmo.

–De acuerdo, mensaje recibido. Quieres que me meta en mis propios asuntos.

La verdad era que no. Lo que ella había querido era impresionarlo y que la viera bajo una nueva luz, que hablara con ella como si mereciera la pena hacerlo. Pero no, era sólo otra «sin techo» para él… y para casi todas las demás personas que pasaban a su lado.

Dee no se había dado cuenta hasta entonces del hambre que tenía, pero miró su plato y aquella visión fue demasiado para ella. Se puso a comer con ansia, con el hambre atrasada que arrastraba y no levantó de nuevo la mirada hasta que no hubo rebañado el plato.

Sólo entonces se dio cuenta de que él la estaba mirando fijamente y se percató de lo hambrienta que debía haber parecido.

El plato de él estaba sin tocar.

–¿Qué edad tienes? –le preguntó él por primera vez.

–Dieciocho.

Bueno, por lo menos los cumpliría pronto.

–Muy bien.

–¿Muy bien?

–Me preocupaba que te hubieras escapado de casa –dijo él dando por hecho que no era así.

Pero sí lo había sido. Se había marchado por primera vez de su casa ese verano. Había sido fácil, llevaba meses planeándolo. Tenía dinero, tanto que le parecía casi una fortuna, pero se lo había gastado en cosa de semanas, así que prefirió volverse a casa antes de vivir en las calles. Hacía tres meses se había vuelto a marchar y esa vez nadie la había buscado.

–Lo que quiero que hagas va a ser suficientemente complicado ya sin que aparezcan unos padres airados –le dijo él.

–No habrá padres airados. Así que, si estás pensando asesinarme, puedes estar seguro de que nadie se dará cuenta.

Su madre podía ser muchas cosas, bonita, tonta, vana, pero nunca lo suficientemente fuerte como para ser airada.

–Si creías que había alguna posibilidad de que fuera un psicópata, ¿por qué demonios has venido conmigo?

–¿Por qué crees? –dijo ella agitando las dos mitades de los billetes–. De todas formas, no pareces un maníaco homicida… Así que, dando por hecho que no lo eres, ¿qué eres?

Él dudó un momento y entornó los párpados, como pensando si sería discreta o no.

–¿No serás un actor?

–¿Un actor? ¿Qué te hace pensar eso?

–Porque eres muy atractivo, supongo –admitió ella muy sinceramente.

Baxter se quedó sorprendido por un momento y luego dijo:

–¿Siempre eres tan directa con los hombres?

–No, no con los…

Dee se interrumpió a tiempo de no decir la palabra «normales». Ser políticamente correcta era como andar por un campo de minas, así que le dijo:

–No con algunos hombres. Ya sabes, los machos que interpretan la palabra «hola» como una invitación a acostarse contigo.

–Supongo que he de agradecerte que no me incluyas entre ésos.

–No, bueno, no podrías, ¿no? ¿Significa eso que no eres actor?

–Lamento decepcionarte, pero soy algo más prosaico.

Ella levantó una ceja.

–Eso significa…

–Normal, ordinario, ya sé.

–Lo siento, pensé…

–Que «sin techo» es igual a ignorante –lo interrumpió ella–. Bueno, no te sientas demasiado mal, es lo habitual.

Baxter se dio cuenta de que se sentía desconcertado. Estaba acostumbrado a llevar la iniciativa, a ser el jefe en casi todas las situaciones. Pero sospechaba que esa chica de lengua afilada no respetaría ni la edad ni la posición.

Trató de probarla diciendo:

–La verdad es que soy médico.

Luego esperó a ver su reacción. Normalmente la gente se quedaba muy impresionada con su profesión.

Dee se rió brevemente, sorprendida. Era toda una coincidencia.

–Bueno, la verdad es que a nadie le había parecido divertido antes –dijo él un poco molesto.

Ella se encogió de hombros y no se disculpó.