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Una calurosa tarde de aquel verano cordobés, un niño llamado Marcelo descubre fortuitamente una serie de misteriosos objetos que llaman poderosamente su atención. Los mismos resultaron ser la clave para develar un secreto familiar celosamente guardado durante décadas. Sus padres intentaron destruir toda evidencia posible, pero la curiosidad del niño es y será más fuerte. Con solo algunos escritos que logra conservar, comenzará todo su derrotero en busca de la verdad oculta. El tiempo pasa inexorablemente, pero el interés del obstinado Marcelo no cesa. El estudio y la investigación de aquellos documentos prolijamente escritos en un idioma que desconoce por completo, se han transformado en su obsesión desde aquel momento. Sin embargo, él conoce perfectamente que en sus páginas se encuentra la explicación a tanto silencio. La familia de aquel niño, ahora mayor, no logra salir de su asombro cuando les comunica la necesidad de emprender un viaje a Europa para llegar al fondo de la cuestión y descubrir finalmente las razones del antiguo misterio. El camino recorrido no ha sido para nada fácil. Después de tantos años, algunos círculos comienzan a cerrar, pero… ¿Podrá Marcelo finalmente descubrir la verdad?
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Seitenzahl: 367
Veröffentlichungsjahr: 2021
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Emmenecker, Fabian Marcelo
Reencuentros postergados / Fabian Marcelo Emmenecker. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.
336 p. ; 21 x 14 cm.
ISBN 978-987-708-878-6
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas Históricas. 3. Novelas Románticas. I. Título.
CDD A863
Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.
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La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2021. Emmenecker, Fabian Marcelo
© 2021. Tinta Libre Ediciones
Reencuentros postergados
Fabián Marcelo Emmenecker
Agradecimientos
A María Eugenia, amor y compañera de vida. A mis hijos Agustín, Ignacio y Catalina, luz de mis ojos, motivos de mi existir. Por el infinito apoyo, comprensión y solidaridad que me brindaron. Perdón por todas esas horas no compartidas, que debí invertir en el largo camino de esta aventura. Con ustedes, lo tengo todo.
A mamá Gladys, a papá Marcelo; a mi hermana Valeria, Marcos, Juana y Pedro. Confiaron tanto en mí que, finalmente, lograron convencerme de que esta locura era posible. Supieron levantarme y contenerme, una y otra vez, cada vez que lo necesité. Gracias por todo eso y mucho más…
A mi amigo, nono Tito, que desde el cielo fue, es, y será siempre un espejo en el cual deseo reflejarme. Fuente inagotable de sabiduría. Tus consejos grabados a fuego, una vez más, sirvieron de guía en este proceso.
A Graciela, Juan Carlos, Juani y Camilo, por ser tan comprensivos y solidarios. Por contagiarme siempre de esa cuota de optimismo tan necesaria, y por prestarme, en silencio, el oído cada vez que lo necesité.
A la generosidad de Maurice, por la valiosa información y documentación que, desde el primer momento, puso a mi entera disposición.
A esos pocos que conocían la existencia de este proyecto y respetaron mi silencio.
A Diego, mi primer y desinteresado lector.
Los nombres de los personajes son ficticios, cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.
Capítulo 1
Enero de 1959
Establecimiento La Corina
Córdoba, Argentina
Transitando por el camino ancho que comenzaba al finalizar el caserío más próximo, a una veintena de cuadras, el recorrido giraba bruscamente hacia la derecha. En ese punto, si se continuaba derecho por un sendero más angosto de tierra se adentraba a los campos de laboreo. A cien metros de distancia se encontraba la quinta familiar.
Las autoridades comunales mantenían la arteria principal en buen estado ya que, además de concentrar el tráfico de carros y carretas, era la única vía posible de comunicación con los pueblos siguientes. El movimiento era constante salvo en época de lluvias torrenciales donde agua y barro nos anegaban por un par de días.
La ubicación de nuestras tierras se podía considerar estratégica y privilegiada. Por un lado, nos brindaba cierta seguridad ya que permitía conocer con bastante antelación la entrada de toda persona o medio de transporte ajeno a la propiedad y, además, comercialmente hablando, resultaba inmejorable ya que éramos la opción más cercana y accesible a dicha arteria para vender los alimentos que nosotros mismos producíamos y vendíamos.
Superada la tranquera de madera, a un costado del sendero de arena que atravesaba todo el campo, se encontraba la casa construida por mi abuelo José que, varios años más tarde, papá pudo refaccionar y ampliar para brindarnos mayor comodidad.
Rectangular, altas paredes blancas, tejas rojas y amplios ventanales protegidos por gruesas rejas coloniales. Al franquear la pequeña puerta negra ubicada justo en el centro de aquel muro de escasa estatura que rodeaba todo el perímetro de la propiedad, se llegaba al ingreso principal. A su lado derecho, el elegante aljibe con su señorial ornamenta de hierro que realzaba el lugar.
En el extremo opuesto, la puerta secundaria, mucho más pequeña que la anterior, conducía a la galería en cuyas sillas de madera se disfrutaba de la sombra del parral tan longevo y productivo como la propiedad.
Sencilla, pero elegante y confortable, así era mi casa.
Unos pasos más allá, la centenaria arboleda nos regalaba variadas melodías de confiados pajaritos. La frondosidad de su copa protegía con su fresca sombra el galpón principal. Enfrentado a este otro un poco más pequeño donde se guardaba el tractor. Entre ambas estructuras, dos pequeñas casitas de material para los perros, siempre compañeros y vigilantes.
Seguidamente, la represa construida para el almacenamiento de agua donde solíamos divertirnos pescando mojarritas en nuestros ratos libres. A su derecha, un imponente gallinero, donde a escondidas agujereábamos prolijamente los huevos recién puestos para comerlos allí mismo.
A continuación, una franja de terreno especialmente reservada para depositar arados, rastras y herramientas de laboreo. Unos pasos más allá se encontraba la rudimentaria casilla de chapa, lugar de reunión de la peonada para intercambiar anécdotas, risas y recreos en el trajinar diario.
Finalmente, las nueve hectáreas de tierras constantemente trabajadas. Sustento y orgullo familiar.
***
Mamá Josefa, papá Egidio, mi hermano Juan, tía Argentina, mi primo César y abuelo José, cuya salud se había debilitado rápidamente los últimos meses, y quien les habla, éramos los integrantes de mi familia. Únicos sobrevivientes de aquellos descendientes venidos de Europa que por décadas habían habitado la misma casa y trabajado la misma tierra. Razón suficiente para comprender el apego y amor incondicional al terruño que unánimemente sentíamos.
Josefa y Argentina, hermanas y compañeras inseparables. Tan distintas físicamente, pero igualmente sumisas y dedicadas. Encargadas de todas las actividades domésticas y mucho más. De opiniones raramente escuchadas, pero siempre respetadas.
Papá Egidio, pocas palabras, aunque tan justas como sabias. Fuente inagotable de ternura, víctima de nuestras rebeldías. Responsable y sostén de la economía familiar. Hábil para brindarnos todo lo necesario, aunque en su justa medida. Sencillez. Humildad. Honestidad.
Juan, César y Marcelo, los niños de la familia. Escuela, trabajo, juegos, el tiempo nos alcanzaba, todo el universo a nuestros pies. Inocentes, traviesos, curiosos, soñadores. Niños.
José, abuelo y mejor amigo. Testigo de travesías, depositario de nuestra confianza y absolvedor de nuestros pecados. Complicidad silenciosa. Protección. Fuente inagotable de consejos.
Silvio, Livio y Fidel. Trabajadores, compañeros, leales hasta el fin. Sus manos curtidas garantizaban esfuerzo. Hombres de trayectoria y experiencia que aportaban sabiduría. Toda una vida trabajando junto a la familia. Colaboradores perpetuos. Cuidaban y querían ese pedazo de mundo tanto como nosotros. Imposible olvidarlos.
Por último, aquellos peones golondrinas que temporariamente colaboraban en época de cosecha. No se afincaban, terminaban la faena y se marchaban. Siempre regresaban.
Ese era mi mundo, nuestro mundo.
***
Aquel verano el calor era tan insoportable que, luego del almuerzo, nos obligó a realizar un alto en nuestras tareas habituales. Era necesario esperar el paso de algunas horas hasta que el sol bajase un poco y darnos un respiro. Salir al campo para continuar con la limpieza del terreno que estábamos preparando hubiese sido insoportable. No habría protección suficiente, ni los pantalones de jean, ni las camisas de tela mangas largas, ni los anchos sombreros circulares de lona con los cuales trabajábamos lograban evitar que la piel se quemara hasta un color rojo intenso si permanecíamos al aire libre a esa altura del día. Las altísimas temperaturas provocaban un letargo de algunas horas donde todos aprovechaban para tomarse un necesario descanso reparador.
Las tareas agrícolas, a las que por varias generaciones se había dedicado mi familia, no tenían horarios predeterminados, pero, para los adultos, las siestas parecían ser no solo necesarias sino también una especie de precepto religioso. Para los más pequeños, en cambio, era nuestro tiempo libre, acotado, pero suficiente, que nos permitía hacer todo lo que un niño de nuestra edad naturalmente debía hacer, jugar e intentar todo tipo de travesuras nuevas. Al final de cuentas éramos tan solo niños.
Asistíamos a la escuela primaria del pueblo más cercano, lo cual, a esa altura de la vida, si bien implicaba casi una hora de caminata de ida y otra de vuelta, más que un sacrificio era una aventura. Las actividades escolares que diariamente debíamos realizar seguramente esperarían hasta la noche. Como siempre, luego de la cena y unos minutos antes de dormir haríamos todo de prisa antes de que el cansancio nos venciera y nuestros ojos se cerrasen inevitablemente.
Nos encontrábamos hablando nimiedades bajo la sombra del galpón principal que se utilizaba para acopiar las frutas y verduras cosechadas, mientras improvisábamos algún dibujito sobre el piso de tierra con una ramita del algarrobo recién cortada. Era este una amplia estructura de anchas paredes de concreto y techo de chapa en cuyo fondo se encontraba una angosta puerta de madera verde junto a una única ventana diminuta de idéntico color. Prolijamente sellada desde su interior con cartones de tal manera que no permitía observar su interior. Constituía el ingreso a una pequeña habitación que siempre había permanecido en desuso y, aunque desconocíamos su historia, era evidente que había sido construida con anterioridad al resto de la estructura. Hacía mucho tiempo despertaba nuestra inocente curiosidad.
En innumerables ocasiones habíamos preguntado a mamá o a papá acerca de la “piecita del fondo”, como solíamos llamarla, pero siempre evadían intencionalmente cualquier tipo de explicación al respecto o simplemente recibíamos respuestas tales como “esas son cosas de grandes” o “de eso no se habla” lo cual no hacía otra cosa que incrementar nuestro deseo de conocer acerca del asunto. No entendíamos el porqué de tanto silencio. Se accedía a ella por esta única puerta que había estado herméticamente cerrada desde que teníamos uso de razón, pero ese día algo inesperado estaba a punto de suceder. Observamos que la puerta estaba simplemente apoyada, quizás mamá buscando algo en su interior había olvidado cerrar con llave… «El descuido más esperado de nuestras vidas», seguramente pensamos al unísono. Era nuestra oportunidad de descubrir finalmente el misterio.
—¡Mira, César! ¡La puerta está abierta! —le dije a mi primo señalando la antigua construcción con una mezcla de excitación y sorpresa.
—No lo puedo creer, Marcelo… —me contestó, todavía incrédulo. Era nuestra primera y quizás única oportunidad de conocerla.
—¿Entramos? —le consulté.
—Ni me lo preguntes —me dijo— ¡no puedo esperar!
Una increíble sensación, mezcla de ansiedad y temor, nos invadía cuando apoye mi mano y lentamente empuje la puerta. Un alargado chirrido provocado por la bisagra oxidada hizo que nos detuviésemos de repente.
—¡Shh, Marcelo! ¡si nos escuchan y descubren nos matan! —me susurró César nervioso.
Nos asomamos tímidamente para dar un primer vistazo. La luz era escasa, partículas de polvo en suspensión y un fuerte olor a encierro llenaban el pequeño ambiente. Avanzamos algunos pasos hacia su interior con el mayor sigilo y silencio posible. No cabía duda de que a pesar de su estado de abandono había sido habitada en algún momento. Encontramos un rústico aparador, seis sillas apiladas y una bajita mesita de luz. Todos los muebles eran de madera de un mismo juego o estilo y, a juzgar por la gruesa capa de tierra que los cubría, parecían abandonados mucho tiempo atrás. Poco más allá, no podíamos distinguir con claridad, algunos catres o pequeñas camas cubiertas por unas delgadas colchas descoloridas por el paso de los años. No mucho más, solo un par de grandes bolsas del tipo arpilleras cargadas con cosas en su interior que decidimos no abrir por el momento.
Era demasiado por el momento, habíamos perdido la noción de cuánto tiempo había transcurrido y corríamos el riesgo de ser descubiertos ya que mi papá y los ayudantes estarían retomando la actividad de la quinta en cualquier momento. Decidimos volver sobre nuestros pasos con el mismo cuidado con el que habíamos ingresado. Caminábamos de espalda en retroceso y tanteando con las manos hasta encontrar la puerta. Al llegar a la misma, César la abrió lentamente para evitar el chirrido delator y la luz exterior permitió el paso de un delgado haz de luz que logró cortar apenas la espesa penumbra que invadía el ambiente, aunque resultó suficiente para permitirme observar algo que repentinamente llamó poderosamente mi atención. En el preciso instante en que nos estábamos retirando apareció ante mis ojos. Estaba cuidadosamente escondido debajo de aquel viejo aparador y pareció llamarme… como pidiendo ser despertado de su largo sueño.
—¡Esperá, César! —exclamé levantando un poco la voz por la sorpresa.
—¡Marcelo! ¡Tenemos que irnos ya! Me pondrán en penitencia nuevamente, dale, vamos —me rogaba casi con desesperación.
—Solo un minuto más —le contesté, ese objeto era demasiado atractivo.
Me acerqué para ver de qué se trataba aquel bulto que no habíamos descubierto hasta ese momento. Era un hermoso baúl de madera de excelente calidad, se lo notaba sólido y muy bien conservado a pesar del paso del tiempo. Tenía refuerzos de chapa en cada uno de sus vértices, dos trabas hierro en cada uno de sus extremos y otra central junto con una especie de empuñadura de cuero para ser transportado…. No me pude contener, quité los seguros y lo abrí.
Nos miramos mutuamente con gesto de sorpresa por lo que estábamos descubriendo.
Mudos testigos de vidas pasadas. Un antiguo rosario, una especie de levita o camisa larga de color negro, un pesado libro con tapas de cuero que poseía gran cantidad de hojas ya amarillentas por el paso del tiempo. Un rápido vistazo me permitió distinguir una esmerada caligrafía, aunque se encontraba escrito en un idioma desconocido para nosotros. En su portada se lograba identificar claramente las iniciales “J.E”. Por último, un hermoso pañuelo blanco esmeradamente doblado que, al desplegarlo para poder observarlo con mayor claridad, descubrí que tenía dos letras prolijamente bordadas en color rojo “M.E”. No lograba comprender el hecho de que, si pertenecían a una misma persona como era lo más probable, dichas iniciales no coincidieran con las grabadas en la portada del libro.
Sin salir del asombro fuimos conscientes de que habíamos rescatados esos elementos del olvido. La sorpresa, el temor o la urgencia no permitían razonar con claridad. Luego de devolver cuidadosamente todo el contenido a su interior, colocamos nuevamente el baúl en su lugar original. Bueno, casi todo… en un acto absolutamente instintivo conservé entre mis ropas el misterioso pañuelo.
Nadie podría adivinar que, mucho tiempo después, ese objeto conservado en aquel impulso tan injustificado como inusual sería el punto de partida para comenzar a destejer un secreto familiar tan celosamente guardado durante más de cien años.
***
Retomamos las actividades habituales y, aunque una y otra vez no podía dejar de pensar en los acontecimientos recientes, logramos terminar todo el trabajo previsto para esa jornada.
Cuando el sol comenzaba a esconderse tras las sierras, todo el horizonte se teñía de naranja y los chingolos trinaban melancólicamente en el frondoso laurel que bordeaba la casa.
A esta altura del día la rutina se repetía. Los trabajadores rurales recogían con baldes de lata un poco de agua de la represa y se dirigían a la improvisada casillita de chapa que hacía las veces de cambiador, resguardo de elementos personales y obrador. En pocos minutos cada uno de ellos, bastante bien aseados y siempre bien peinados, comenzaban el peregrinar del regreso provistos de sus pequeñas cargas de frutas, verduras o huevos frescos que papá diariamente les obsequiaba. Me gustaba verlos caminar distendidos y alegres por el sendero que llegaba hasta el fondo del campo. Cruzaban el alambrado de cinco hilos y en pocos segundos se perdían a la vista. Retornaban a sus hogares hasta el día siguiente, al alba, en donde todo volvía a comenzar.
A pesar de la belleza del lugar, la calma reinante del atardecer siempre me provocaba un sentimiento de angustia que solo desaparecía cuando luego de la ducha la familia se reunía en el comedor para la cena. Allí se comentaban las últimas noticias de la radio, las novedades de los vecinos más cercanos o los planes para el día siguiente.
Nuestra mesa familiar era grande y todos los integrantes de la casa, por expresa imposición de papá, debían estar presentes compartiendo el momento. Esa noche casi no probé bocado, estuve prácticamente ausente, absorto en mis propios.
—¿Te sientes bien, hijo? —preguntó mi mamá mientras cebaba unos mates luego de la cena.
—Sí, mamá —contesté— solo cansado, hoy limpiamos las malezas de todo el sector donde sembraremos acelga la próxima semana—. Fui consciente de que no logré convencer a nadie con aquella excusa.
Terminada la sobremesa, papá se levantó de su silla cabecera, rodeó su cuello con el brazo del abuelo y, mientras lo ayudaba a trasladarse a su dormitorio, me palmeó la espalda diciéndome:
—Vamos, Marcelo, es tarde, ve a dormir que mañana debes levantarte temprano para ir al colegio, descansa y libera tu cabeza de pensamientos raros —me dijo, guiñándome el ojo con complicidad. Era indudable que mi respuesta no había sido creíble.
—Sí, papá —respondí al mismo tiempo que levantaba la mano para saludar hasta el día siguiente a mi abuelo José… o a lo que quedaba de él.
Era tan extraño como difícil comprender las razones por las cuales una persona tan enérgica, laboriosa e inteligente como mi abuelo se encontraba ahora casi todo el día sentado en su sillón como en un estado de somnolencia constante. Rara vez caminaba unos pocos pasos arrastrando pesadamente sus pies, había dejado de comunicarse y, en contadas ocasiones, balbuceaba alguna palabra para hacerse entender. El doctor no podía encontrar causa aparente a su malestar, pero el tiempo pasaba y él continuaba encerrado en sí mismo, en su propio mundo.
A pesar de que todos habíamos terminado por aceptar dicho estado de las cosas, personalmente tenía la sensación de que todo lo escuchaba y observaba. Cuando tenía la oportunidad, un poco a escondidas del resto, palmeaba su hombro o realizaba algún tipo de comentario gracioso recordando nuestras viejas aventuras y más de una vez había descubierto una lágrima correr por sus mejillas o un leve temblor en su barbilla que me confirmaba su emoción. En esos momentos tenía la certeza de que, de alguna manera, continuaba allí, conectado con la realidad. Más bien me inclinaba a pensar que lo suyo era una especie de melancolía o tristeza que por algún motivo no llegaba a comprender.
Desde muy pequeño habíamos logrado construir un vínculo muy especial entre nosotros, a tal punto que llegué a considerarlo mi mejor amigo. Éramos confidentes e inseparables. Un poco avergonzado, José hacía esfuerzos por ocultar su predilección frente al resto de sus nietos. Siempre me admitía a escondidas que era su debilidad. “Tú me recuerdas a mi papá Joseph”, solía confesarme con frecuencia, eres su retrato viviente. Todavía retumba en mi mente su voz repitiendo una y otra vez el mismo comentario referido a su papá, mi bisabuelo Joseph que llegó a la Argentina.
—Algún día te contaré su historia, a nadie parece interesarle ya en esta casa. La gente no tiene buena memoria —solía quejarse intencionalmente cuando se sabía escuchado por algún integrante de la familia.
Mi abuelo no desaprovechaba oportunidad alguna para compartir momentos juntos.
Recuerdo cuánto me gustaba acompañarlo sentado en el tablón del medio de su carro cargado de sandías y calabazas. Esperaba ansioso los días sábados cuando de madrugada salíamos al mercado, un lugar llamado Plaza de los Burros. Quedaba a media hora de viaje y era el punto de encuentro de feriantes para vender sus mercancías. Todo lo necesario se podía encontrar allí: frutas, verduras, gallinas, pollos, huevo, carbón y mucho más. Regresábamos pasado el mediodía. No importaba si la venta había sido buena o no tanto, pero siempre repetía el ritual de comprarme varios caramelos en señal de agradecimiento y regresaba silbando raras melodías que yo desconocía.
—¿Qué melodías son esas, abuelo? —alguna vez le pregunté.
—Canciones de otras tierras que solía cantarme mi madre cuando era niño. Es una larga historia —confesaba—. Todavía eres demasiado pequeño para lograr comprender algunas cosas. Cuando crezcas lo suficiente prometo que te lo contaré todo con lujo de detalles.
Y si lo decía mi abuelo, para mí era suficiente.
***
Por las noches, el silencio reinante en este tipo de lugares, alejados de los ruidos continuos de la ciudad, invitan al sueño tan pronto como se apoya la cabeza en la almohada. El canto de los grillos o el croar de las ranas anticipando la lluvia son el complemento perfecto para un descanso profundo y reparador.
Sin embargo, esa vez era imposible lograr conciliar el sueño. Daba vueltas en mi cama intentando descifrar los acontecimientos: la piecita del fondo sin llave, el antiguo baúl, ese libro tan peculiar, el rosario, la levita, el pañuelo que tenía en mis manos y no podía dejar de contemplar…
Los interrogantes y la confusión se acrecentaban a medida que la noche transcurría.
En mi desvelo, por un instante creí escuchar pasos fuera de la casa y sentí la presencia de alguien tras la ventana de mi habitación que daba al sendero, pero ¿quién podría ser a estas horas y en medio de la oscuridad? Mi hermano dormía hacía un buen rato en su cama a mi lado, escuchaba los ronquidos de papá en la habitación contigua, mi tía y su hijo eran los primeros en acostarse todas las noches, mi abuelo imposible… lo habíamos ayudado a recostarse y no podría reincorporarse por sus propios medios.
Cubrí mi rostro con las sábanas y me obligué a creer que todo era producto de mi imaginación. Eran demasiadas cosas para un solo día y mi mente no era capaz de procesar de golpe todo lo vivido. Seguramente fue así, pensé, porque nada raro ocurrió.
Esa noche prácticamente no pude pegar un ojo. Intentaba, sin éxito, buscar todas las explicaciones posibles a lo acontecido.
A pesar del pacto de silencio que habíamos hecho con mi primo, sentía la obligación y la necesidad de compartir con mis padres lo sucedido en el galpón el día anterior. «Tarde o temprano todo saldrá a la luz», reconocía. «Seguramente ellos tendrían las respuestas para tanto misterio».
***
La mañana siguiente me sorprendió despierto con profundas ojeras alrededor de mis ojos. Escuché el canto del gallo que daba la bienvenida al nuevo día. Seguidamente el silbido del zorzal que papá alimentó de pichón y desde su cautiverio lo despertaba todas las mañanas. Finalmente advertí los primeros movimientos de la casa, me vestí, calcé mis alpargatas y me puse en movimiento con el presentimiento de que sería un día complicado.
Como cada día, mamá fue la primera en levantarse. Agregó algunas maderas a la cocina de hierro para avivar las brasas eternamente encendidas y puso la pava a calentar. Antes de comenzar la jornada y salir al campo, mi papá llegaba a la cocina y el desayuno estaba servido. Luego nos uníamos nosotros, siempre ruidosos y apresurados por calmar el estómago y salir raudamente hacia el colegio. Sobre esa amplia y robusta mesa de madera con mantel plástico de flores multicolores, el olor a mate cocido y pan caliente con mermelada casera ayudaba a desperezarse con increíble rapidez.
—Buen día, Marcelo, te has levantado más temprano que de costumbre —me dijo sorprendida—. Hijo, no es necesario que en épocas de vacaciones madrugues tanto, ven, acércate que te sirvo tu desayuno.
Y al pasar me dio el beso en la frente de todos los días.
—Gracias, mamá —contesté indiferente.
—Pero ¡por la Virgencita Santa! ¡Qué cara tienes!! Desde anoche que no te sientes bien, ya lo he notado. ¿Te curo el empacho? ¿Te habrás insolado ayer?
—No, mamá, no es eso…
—Entonces ¿qué te pasa hijo? Dímelo que ya me estoy empezando a preocupar.
En ese momento papá llegaba a la cocina cargando a mi abuelo en su silla, últimamente era la única manera en que lo podíamos movilizar.
—Bueno, no podré guardarlo mucho más tiempo, se los contaré de una vez —me sinceré de golpe.
Mi mamá, preocupada, me tomó de un brazo y me sentó sobre su regazo. Mi papá se quedó de pie esperando con atención mi relato.
Por unos pocos segundos, intenté buscar mentalmente las mejores palabras, pero al ver las caras de preocupación de mis padres —hasta mi abuelo parecía estar petrificado observando atento lo que estaba por decir— no pude contener más mi secreto y de repente todas las palabras comenzaron a salir de mi boca improvisadamente, sin control.
—Ayer, luego del almuerzo, estábamos con César… descansando en el galpón como todos los días y… vimos que la puerta de la pieza del fondo estaba sin llave, es decir abierta y entonces… —frente a tanto silencio hice una pausa, levanté la mirada por unos instantes y pude ver los semblantes sorprendidos de cada uno de los integrantes de la familia escuchando atentos mi confesión. Me llamó poderosamente la atención la mirada fija de mi abuelo quien, en una muestra más de que comprendía perfectamente lo que estaba sucediendo, me observaba detenidamente con alguna extraña expresión de satisfacción frente a lo que estaba escuchando. Continué relatando.
—Y entramos para ver…. encontramos un baúl…, un rosario…, libros..., ropa... —ya no podía retener mis palabras y una extraña sensación de alivio me invadía cada vez más.
—¿La puerta abierta? —interrumpió mamá, quien no salía de su asombro, y al fin llegó lo sospechado—. ¡¡¡Como te atreviste, Marcelo!!! ¡Cuántas veces se les dijo que no eran cosas de chicos! —gritaba repentinamente como si les estuviese confesando un pecado mortal.
Los intentos iniciales de calmar la situación por parte de mi padre no eran suficientes. A esta altura tanto mi hermano, mi tía y mi primo, quienes seguramente ya habían adivinado lo sucedido, se habían levantado de la cama con tanto ruido y miraban atónitos la escena sin emitir sonido alguno.
—¡¡¡Basta ya, he dicho!!! —bramó mi papá. Era hombre de pocas palabras, pero por mucho tiempo fui capaz de recordar ese rugido que retumbó en toda la casa y nos inmovilizó por unos segundos.
—Salgan ya mismo de aquí ustedes dos —nos dijo a César y a mí con una seriedad que le desconocía hasta entonces—. Llamaré a Silvio urgente, y le ordenaré quemar inmediatamente ese bendito baúl y todo lo demás en el pozo de la basura. Será mejor que desaparezcan ya mismo de mi vista por un buen rato. ¡Ahora! —Finalmente agregó—: ¡Se olvidan para siempre de este incidente y nunca más se habla del tema en esta casa!! —concluyó.
Cumplimos aquella directiva a la brevedad y sin reproche alguno. Una extraña sensación, mezcla de tristeza y melancolía, me invadió por completo. Presentía que parte de nuestro pasado se perdería para siempre en ese acto.
Sollozando y ensimismado en mis propios pensamientos me senté en el tronco de un árbol cortado al fondo de la casa cuando me sobresaltaron unos pasos tras de mí.
—Patroncito. ¿Qué hace usted aquí solo y triste cuando hay tantas cosas por hacer? —me interrogaba con aire paternal Silvio.
Capataz responsable, respetuoso, de personalidad reservada y voluntad a prueba de fuego. Era los ojos de mi padre como anteriormente lo había sido del abuelo. Todo lo veía y conocía dentro de los límites de la propiedad. Hombre más bien bajo, cuello corto, cabeza redondeada y anchos hombros. Apodado cariñosamente Chanchita por su parecido con aquel animal. Dueño de una vitalidad y fortaleza pocas veces conocida. Nada parecía imposible para ese ser.
—Me han regañado… —contesté.
—Quédese tranquilo, patroncito, a esta altura ya su papá se habrá olvidado del asunto —intentaba consolarme.
—Ayer encontramos unas cosas que, por orden de mi padre, usted quemó y yo…
—Vamos, patroncito —me interrumpió—, usted no necesita darme explicaciones.
—Pero es que no entiendo …
—Recuerde bien lo que le digo, patroncito, más temprano que tarde usted comprenderá lo sucedido… se lo juro por esta —me aseguró haciéndose con sus dedos la señal de la cruz. Yo sé bien lo que le digo —sentenció.
—Sigo sin entender…
—¡Mire! ¡Allá! Me parece que alguien está necesitando ayuda —me dijo.
Alcé la vista y a cierta distancia en medio de los surcos recién arados Livio levantaba su mano. Me saludaba con una tímida sonrisa en su rostro. Esto acaparó poderosamente mi atención porque no era una actitud habitual en esa clase de hombres curtidos y reservados.
—¿Usted cree, Silvio, que estará llamándome para ayudarlo en sus tareas? —le pregunté incrédulo.
—¡Seguro, patroncito! ¿No ve que está cada día más viejo y ya no puede solo con todo? —Reía con ganas.
—¡Voy, Livio! ¡Espéreme! —le gritaba a la distancia incorporándome con prisa.
Percibí una evidente complicidad entre ambos y en ese momento mi estado de ánimo cambió de repente. Me sentí importante.
***
Junio de 1959
Establecimiento La Corina
Córdoba, Argentina
El otoño llegaba a su fin. El día había amanecido frío y con una densa neblina. Terminábamos nuestro desayuno para partir raudamente rumbo hacia la escuela. Me asomé por la ventana y las nubes bajas me provocaron temor al pensar que nos esperaba una larga caminata por el ancho callejón. Miré a Juan y a César, los vi riendo despreocupadamente mientras conversaban y apuraban la última ancha rodaja de pan con dulce. No había motivos, pero tenía un mal presentimiento.
Papá irrumpió en el comedor. Se lo notaba agitado y nervioso. Acercó su silla hacia nosotros y trató de explicarnos lo que jamás hubiese querido escuchar.
—Chicos, vengo de la habitación del abuelo para aprontarlo como todas las mañanas, pero no logro que despierte —nos comunicó preocupado—. Al principio pensé que estaba profundamente dormido, pero insistí varias y no responde.
—¿Estás seguro? —interrogó mi mamá que llegaba de la cocina secándose las manos en su delantal.
—No sé bien qué hacer —se lamentaba papá con una desesperación cada vez mayor.
—Ustedes, chicos, esperen aquí hasta que les avisemos. Vamos a verlo —dijo mamá.
Tía Argentina había regresado de alimentar las gallinas y, ni bien le avisamos, se había unido a ellos. El tiempo parecía haberse detenido. Desde que se había cerrado la puerta de la habitación no sabíamos nada.
Finalmente regresaron al comedor y por sus semblantes adiviné que nada bueno estaba ocurriendo.
—Me temo que el abuelo no despertará —sentenció mi papá con ojos húmedos y visiblemente conmocionado.
—Su respiración es muy suave. Trataremos de no molestarlo. Ya está descansando tranquilo —agregó mamá intentando consolarnos.
Los chicos habían comenzado a llorar repentinamente, pero no yo. La noticia me golpeó de tal manera que no podía reaccionar. Mi amigo se estaba yendo. No lo creía posible.
Alguien avisó al médico del pueblo que llegó luego de un par de horas. Saludó levemente y sin más preaviso se dirigió a la habitación. Pasados unos minutos se nos unió y confirmó lo que ya sospechábamos.
—El señor José yace en un estado de inconciencia del cual no despertará, no siente nada, pero ya no está aquí, solo resta rezar y esperar —nos explicó.
Recién en ese momento de confirmación profesional comencé a intentar aceptar aquella realidad.
Solicité permiso a papá para que me dejase despedirlo personalmente.
— ¿Estás seguro, Marcelo? —me consultó—. No es necesario —agregó.
—Estoy seguro —afirmé.
—Ve entonces —me autorizó tomándome del hombro—. Si con alguien quisiera hablar mi papá en estos momentos seguramente te elegiría a ti —reconoció emocionado.
Apuré los pasos que nos separaban y sin golpear ingresé a la habitación del abuelo José. Yacía en su cama de toda la vida, bien abrigado, sus brazos al costado del cuerpo. Lucía su mejor pijama, estaba recién afeitado, peinado y olía a su perfume preferido.
Tomé sus manos cálidas, callosas, de piel arrugada. Manos de trabajador.
—¿Adónde vas tan pituco, viejito? —Me sorprendí por el atrevimiento, pero en ese momento no sentía que era su nieto quien le hablaba. Era su mejor amigo quien lo estaba haciendo.
—Has tenido una vida dura, pero hermosa. Ya es tiempo de que descanses en paz, lo acepto, aunque debo confesarte que no podré soltarte fácilmente… ya nada será lo mismo si no te tengo. Has sido mi consejero y confidente. Nunca olvidaré nuestras charlas y tu ejemplo me acompañará la vida entera. Gracias por todo —me apresuraba con las palabras porque comenzaba a quebrarme—. Solo una cosa más…. Eres la única persona que conoce nuestra historia familiar, nuestras raíces. A lo largo de los años percibí secretos, silencios y siempre me interesó averiguar la verdad. Cada vez que te lo preguntaba me respondías: “Te prometo, Marcelito, a su debido momento te lo contaré todo, eres un niño todavía”. Sabía que lo decías sinceramente, por eso esperé confiado todo este tiempo, pero… ahora, abuelo, ¿dónde buscaré mi verdad?
Todavía con nuestras manos entrelazadas apoyé mi frente sobre su pecho y en silencio comencé a rezar. Juraría por Dios que en ese preciso momento sus manos apretaron con fuerza las mías.
Atesoré para siempre ese momento con la convicción de que mi último deseo había sido escuchado por mi abuelo José.
Capítulo 2
Febrero de 1966
Establecimiento La Corina
Córdoba, Argentina
Habíamos crecido rápidamente, casi sin darnos cuenta. Terminamos la escuela primaria y, a pesar de lograr muy buenas calificaciones, el campo estaba necesitado de brazos para trabajar la tierra, atender los animales y muchas actividades más. Papá nos ofreció a Juan, César y a mí una remuneración mensual como incentivo y nosotros creímos tocar el cielo con las manos. Así fue como, con doce años recién cumplidos, las actividades de nuestro terruño pasaron a ocupar prácticamente todo nuestro tiempo. Lo hacíamos con tal compromiso y orgullo que no representaba demasiada carga para nosotros, sí en cambio una gran cuota de responsabilidad. A pesar de nuestra corta edad, éramos conscientes de todo el esfuerzo y sacrificio que había representado para nuestros padres y abuelos lograr ser titulares y poner a producir aquellas tierras. Alejado paraje por esos tiempos.
Era domingo, único día de la semana que interrumpíamos nuestras obligaciones diarias y aprovechábamos para visitar algún vecino, jugar a la pelota, pasear en bicicleta o, cuando ahorrábamos algunas monedas, caminábamos dos horas de ida y otras tantas de vuelta para visitar la ciudad con sus modernos edificios, cines, parques y tentadoras cremas heladas.
Recuerdo haber regresado poco antes de la caída del sol. Había conocido y recorrido durante horas el jardín zoológico, la caminata se había hecho eterna… Recogí con el balde agua fresca del aljibe y devoré un par de grandes vasos. Desajusté los cordones del par de zapatos que usaba para salir, que a esta altura ya apretaban bastante, y sentado en una de las sillas de madera de la galería me predispuse a disfrutar del atardecer.
La casa estaba sola, quizás mis padres habían decidido visitar a la familia de don Silvestre, nuestro vecino más cercano. Ellos jugaban a las cartas o a las bochas y las mujeres no paraban de hablar mientras tomaban mate con pastelitos que preparaba mi madre. Luego se despedían con promesas de regreso y retornaban a sus hogares. El descanso terminaba y había que aprontarse para el día lunes. Las jornadas comenzaban antes de la salida del sol en mi casa.
Hasta no hace mucho tiempo me vestía con pantalones cortos y debía acompañarlos, cuestión que me aburría bastante. Pero hace un par de meses mis padres hablaron conmigo y me autorizaron a disfrutar del día de descanso sin su compañía, aunque siempre dentro de los horarios previamente establecidos. Cambiaron mis pantalones cortos por unos largos, me peinaba, tomaba prestado unas gotitas del perfume de papá y un mundo para descubrir se abría para mí, lleno de nuevas experiencias. Esperaba durante toda la semana esos momentos.
Pocas luces quedaban de aquel día, las estrellas ya comenzaban a brillar, cuando los perros comenzaron a saltar de alegría y moviendo sus colas salieron disparados hacia el camino de entrada. En la punta del sendero angosto que conduce a la casa divisé la figura de Silvio que se acercaba en dirección a la casa.
—Silvio, ¿cómo anda usted? ¿Qué hace por estos lados en su día de descanso? —le pregunté.
—Buenas tardes, patroncito —mientras levantaba levemente su boina en señal de respeto—, he venido más temprano para hablar con su padre. Usted había salido a pasear por la ciudad —me contestó.
—¿A qué se debe esta visita? ¿Ha pasado algo malo? —lo interrogué al tiempo que empezaba a preocuparme.
—He venido a despedirme —me contestó secamente. Pude observar que ese hombre duro hacía un esfuerzo para no aflojarse.
—¿Despedirte de quién? ¿Por qué? —le consulté—. Usted ha estado durante décadas en estos campos colaborando con mi abuelo y luego con mi padre. Está fuerte y sano como un roble y estoy seguro de que nadie en esta casa dejará que se marche así porque sí nomás. Si tiene algún problema puedes confiar en nosotros y sabe que lo ayudaremos en todo lo que necesites.
Mientras continuaba hablando caí en la cuenta que jamás había imaginado la llegada de ese momento. Esa persona era parte de la familia y siempre di por sentado que terminaría sus días a nuestro lado.
—Nos es eso, mi patroncito. Mi anciana madre está solita y enferma pobrecita. Soy su único hijo y es mi obligación quedarme en su ranchito cuidándola y ocupándome de sus pocos animales —me explicaba.
—Puedo hablar con papá para traerla a esta casa. Haremos un lugar para ella y para usted, entre todos nos ocuparemos ya verás —le aseguraba.
—Patroncito…. Esto ya es muy difícil para mí, no me lo haga más complicado aún…
Por primera y única vez, vi lágrimas en los ojos de aquel gladiador al cual consideraba invencible. Me di cuenta, en ese instante, de que detrás de esa fiereza y sobriedad, había una persona de sentimientos nobles, de actitud decidida, había un hijo que cuidaría de su madre y me quedé sin argumentos para seguir insistiendo.
No me avergüenza reconocer que me eché a llorar como un niño sin poder controlar ese impulso, me convencí de que nada de lo que dijera podría torcer su voluntad, su decisión ya estaba tomada.
—Calma, calma —me repetía Silvio, al tiempo que con sus manos apretaba mis hombros.
Recién en ese momento me percaté de que bajo uno de sus brazos sostenía un imponente libro con tapas de cuero que reconocí de inmediato. Acto seguido, confesó:
—Usted y su abuelo son dos personas que llevaré aquí muy dentro de este corazón por siempre y quisiera en este momento, si usted me lo permite, hacerle entrega de algo que don José me dejó encomendado especialmente para usted.
—¿Qué, Chanchita? —lo interrogué.
—Patroncito, usted bien sabe que su abuelo me contrató para trabajar en este campo cuando yo era todavía un niño y las necesidades apremiaban. Con infinita paciencia me enseñó casi todo lo que sé, me ayudó y aconsejó toda su vida. Fue para mí como el padre que no llegué a conocer, y mis sentimientos de gratitud serán permanentes y eternos. Mi mayor orgullo es no haberle fallado nunca… y no lo haré ahora tampoco… —me explicaba con profundo sentimiento.
—Pero ¿qué es? ¿A qué se refiere?
—Le contaré la historia de la mejor manera posible. Cuando don José comenzó a sentirse enfermo me hizo jurar que guardaría un secreto y llegado el momento indicado cumpliría con una promesa. Cierto día estábamos en el galpón grande atando la verdura para vender en el mercado y dirigiéndose a la pieza del fondo, la de la puertita verde —aclaró—, me ordenó que lo siguiera, cosa que hice de inmediato. Recuerdo que de su pantalón sacó un manojo de llaves que solo él manejaba y abrió la puerta. Luego comenzó a explicarme que aquella había sido la habitación que hospedó originariamente a su papá y a su mamá “cuando llegaron de la Europa” , repetía. Con el paso del tiempo fue recibiendo y dando cobijo a todos y cada uno de sus hijos. Recuerdo que, palmeando con sus manos la pared, me confesó que no había otro lugar más preciado para él en el mundo entero. Aseguraba tener vívidos recuerdos de su niñez en aquel cuartito. Recordaba claramente a sus hermanas jugando en su interior durante los crudos inviernos, el olor a pan recién horneado que desayunaban, y los días de lluvia de verano donde desde la única ventana apreciaban el exterior y practicaban dibujitos en el vidrio. Tenía grabado en su mente las palabras que sus padres repetían a menudo en agradecimiento a ese humilde pedacito de mundo que los protegió y albergó de recién llegados, cuando todo estaba comenzando para ellos en esta parte del mundo. Había ordenado a tu padre que nunca nadie ocupe ni altere el lugar. Pretendía dejar todo tal cual había quedado hasta la mudanza de la familia a la casa principal. Amaba esa pequeña habitación más que nada en el mundo y nadie más tenía acceso a ella sin su previo consentimiento. Luego buscó debajo de un mueble antiguo que había en el lugar y arrastró hasta mi vista un gran cajón de madera, “este es el baúl de mi padre Joseph me indicó”, quitó unas trabas y abriéndolo me mostró un hermoso libro con algo escrito en su tapa… sabrá usted disculpar a este humilde trabajador, pero nunca aprendí a leer. Este será el objeto de tu promesa —me dijo.
—¡Siga, Silvio! —No podía creer lo que estaba escuchando ni contener mi ansiedad por saberlo todo.
—No mostró todo el contenido de aquella caja. Usted bien sabe que, salvo contadas excepciones, su abuelo José era una persona bastante reservada. Solo me indicó el cajón de su habitación donde guardaba celosamente esas llaves. Me explicó que era muy consciente de que su salud se estaba deteriorando día tras día, que últimamente había comenzado a sufrir lapsus en donde muchas veces decía cosas sin sentido y por momentos parecía perder la razón. Luego me hizo jurar que, si algo llegase a pasarle, llegado el momento oportuno me ocuparía de tomar dichas llaves y abrir la habitación, sin que nadie lo advierta, para que su nieto Marcelo descubriese el asunto. Don José conocía perfectamente todos los movimientos del lugar y sabía que usted luego del almuerzo venía día tras día al galpón grande para descansar un rato hasta comenzar la jornada de la tarde. Finalmente, ese día me confesó: “Si Dios no ha de darme vida suficiente para hacerlo yo mismo, vos serás el encargado de cumplir con esta promesa para que mi nieto conozca toda la verdad. Intento disimularlo, pero siento un aprecio especial por ese pequeño diablillo (así lo llamó cariñosamente en esa oportunidad). Es mi único nieto varón y lo he amado desde el primer segundo que lo vi y cargué en mis brazos. Me recuerda constantemente a mi padre, injustamente calumniado y olvidado por estos tiempos en esta casa”, me aclaró sin mayores comentarios al respecto. “Valoro su curiosidad, es el único que desde muy niño se ha interesado en conocer la historia de esta familia, nuestras raíces, por eso he planeado esto hace tiempo. Yo he dilatado explicaciones a sus contantes interrogatorios por considerarlo muy pequeño aún, pero si algo llegase a pasarme júrame que le entregarás en persona este libro. En él, mi papá Joseph escribía y explicaba los principales acontecimientos de su vida. Aquí Marcelo encontrará todas las respuestas a sus preguntas. Júrame por lo que más quieras, Chanchita, que te encargarás personalmente de que este libro llegue a manos de mi nieto varón”. Y yo juré en ese mismo momento.
—Y aquí me tiene usted, señor Marcelo —aquella fue la primera y única vez que le escuché llamarme por mi nombre—, cumpliendo con la palabra empeñada. Esto es suyo a pedido de mi patrón, don José Emmenecker.
Aquel objeto tan celosamente guardado durante tantos años. Ese añejo y hermoso libro de tapas de cuero y en cuyo frente se podía leer claramente las iniciales “J.E.” ahora me pertenecía. Creía tocar el cielo con las manos.
—No sé cómo agradecerle esto, Silvio…. Nunca me hubiese imaginado… —No conseguía salir de mi asombro.
—Descuide, mi patroncito —me interrumpió—. El agradecido soy yo. He cumplido mi promesa. Temí bastante por la suerte de este objeto tan valioso. Aquel día donde adrede dejé abierta la puerta de la habitación se suponía que usted, al descubrirlo, le llamaría la atención y lo conservaría con usted, pero no fue así… Eso cambió mis planes repentinamente… Consciente de que me jugaba el pellejo debí ocultarme toda la noche en los alrededores de la casa. No hubiese sabido cómo explicarle a su padre esa actitud de andar escondiéndome como un polizón, pero si usted hablaba imaginaba su reacción y debía estar alerta para recuperar el botín de alguna manera. Pero lo hizo la mañana siguiente, por eso cuando me mandó a llamar para quemar los elementos descubiertos yo estaba al tanto de todo. Logré rescatar el libro de las llamas de milagro cuando a gritos pelados ordenaba continuar con las actividades a los peones que, curiosos, se acercaban para observar el espectáculo. Todo el resto lamentablemente se consumió con las llamas.
Luego de un fuerte abrazo esa persona tan materialmente humilde, pero de tanto valor me pidió que lo dejase ir y como retribución a tanto acepté con profundo pesar…. En vano fueron mis ruegos, fue la última vez que lo vimos y parte de nuestra historia se fue con él para siempre.
Habían transcurrido algunos años de su partida, pero los recuerdos de mi abuelo convivían diariamente conmigo. Atesoraba sus consejos y cuando dudaba de tal o cual cosa imaginaba su respuesta. No terminaba de aceptar su ausencia. Lo extrañaba cada día más. En ese instante comprendí que hay vínculos que van mucho más allá de la presencia física y perduran con tiempo.
Mi abuelo José había cumplido su promesa
Cuando uno menos lo imagina, algunos círculos comienzan a cerrar.
Capítulo 3
23 de julio de 1869
Guebwiller, Alto Rin
Alsacia, Francia
Desperté temprano sin la necesidad del llamado habitual de papá. Estábamos en época de vacaciones escolares pero la ansiedad me había vencido. La cama vacía de Maurice me indicaba que ya se encontraba levantado. Podía escuchar murmullos familiares en el piso inferior. Tomé la ropa de la punta de mi cama que mamá había acondicionado la noche anterior y me vestí a toda prisa. Estaba más ansioso de lo habitual.
Descendí las escaleras corriendo salteando escalones, pero esta vez al llegar al comedor no recibí ningún llamado de atención por ese acto.
—¡Feliz cumpleaños, mi amor! —repetía con su característica alegría mamá al tiempo que secándose las manos en su delantal se acerca para abrazarme.
