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Fabián Marcelo Emmenecker nació en 1976 en Córdoba (Argentina). Es contador público, egresado de la Universidad Nacional de Córdoba. Siempre ligado al área de administración y finanzas, ha desarrollado exitosamente su actividad por más de veinte años en distintas empresas de su provincia natal. La lectura de novelas históricas y la investigación son sus pasiones y luego de las exitosas experiencias con Reencuentros postergados (2021) y El secreto de la margarita (2023), en esta oportunidad asume el desafío de publicar su tercera novela donde aborda una nueva y apasionante historia de amor y compromiso social. Basándose en un hecho real, el autor intenta acaparar la atención del lector desde la primera página, transmitiendo en todo momento un claro mensaje: cuando enciendes una lámpara para iluminar el camino de otra persona, también iluminas el tuyo.Fabián Marcelo Emmenecker nació en 1976 en Córdoba (Argentina). Es contador público, egresado de la Universidad Nacional de Córdoba. Siempre ligado al área de administración y finanzas, ha desarrollado exitosamente su actividad por más de veinte años en distintas empresas de su provincia natal. La lectura de novelas históricas y la investigación son sus pasiones y luego de las exitosas experiencias con Reencuentros postergados (2021) y El secreto de la margarita (2023), en esta oportunidad asume el desafío de publicar su tercera novela donde aborda una nueva y apasionante historia de amor y compromiso social. Basándose en un hecho real, el autor intenta acaparar la atención del lector desde la primera página, transmitiendo en todo momento un claro mensaje: cuando enciendes una lámpara para iluminar el camino de otra persona, también iluminas el tuyo.
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Seitenzahl: 167
Veröffentlichungsjahr: 2025
Producción editorial Tinta Libre Ediciones
Coordinación editorial Gastón Barrionuevo
Diseño de interior Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones
Diseño de tapa Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones
Emmenecker, Fabián Marcelo
Tu sangre vendrá a buscarte : Lorenzo ¿héroe o villano? / Fabián Marcelo Emmenecker. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2025. 164 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-631-317-051-7
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas Históricas. I. Título.CDD A860
Prohibida su reproducción, almacenamiento y distribución por cualquier medio, total o parcial, sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor. Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.
La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723 Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2025. Emmenecker, Fabián Marcelo© 2025. Tinta Libre Ediciones
A todos los héroes anónimos que sueñan con un mundo mejor.
Lorenzo, ¿héroe o villano?
Fabián Marcelo Emmenecker
Los nombres de los personajes son ficticios, cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.
Pueblo de Villa Ana, norte de Argentina, año 1919
Una noche de verano, en aquel paraje indómito de quebrachales infinitos, el calor sofocante y la humedad agobiante parecían empecinados en arruinar el tan ansiado descanso. Para colmo de males, un zumbido torturador anunciaba que el enjambre de insectos hambrientos estaba a punto de lanzarse en picada para clavar sus agujas afiladas y perforar la piel de aquellos cuerpos sudados y malolientes.
Los hacheros del obraje trabajaban en condiciones infrahumanas hasta el atardecer y, la mayoría de las veces, no alcanzaban a dormir lo suficiente que con las primeras luces del día siguiente ya debían estar nuevamente de pie para retomar sus actividades.
Para no incomodar al resto de sus compañeros con sus maldiciones, Lorenzo se incorporó en silencio de su catre y en penumbras intentó ganar el exterior de aquella precaria vivienda; una especie de choza o enramada construida de adobe y paja que los lugareños llamaban benditos.
Afuera, la oscuridad reinaba a sus anchas. Una infinidad de aromas y sonidos de la naturaleza invadían por completo sus sentidos. Deseaba caminar un poco porque necesitaba reflexionar, pero sabía que alejarse demasiado de ese claro casi imperceptible en el medio del monte sería peligroso porque pumas, yaguaretés y pecaríes aprovechaban aquel momento del día para alimentarse.
—El monte vive —murmuró mientras colocaba entre sus labios un armado de papel y tabaco que podría durarle horas sin ser encendido. No fumaba porque sospechaba que el vicio era capaz de enviarlo hacia el otro mundo si se volvía costumbre.
Finalmente, prefirió sentarse en la silla de madera que se encontraba junto al vano de ingreso de la humilde morada para abandonarse a sus propios pensamientos.
Necesitaba tomar una decisión; quizás la más importante de su vida.
***
Con pocos meses de vida, Lorenzo había sido abandonado en las puertas del convento franciscano de la provincia de Córdoba. No recordaba a sus padres biológicos y, en señal de agradecimiento, decidió adoptar el apellido del sacerdote que desde pequeño se había ocupado de su crianza: Moretti.
Juan Moretti, o padre Juan, como todos lo conocían, representaba la figura materna y paterna que Lorenzo jamás había conocido y, gracias a su amor incondicional, con el correr del tiempo aquella criatura indefensa se transformaría en un joven apuesto, culto e inteligente. La esmerada educación recibida le otorgaba una astucia y una claridad de pensamiento que lo distinguía bastante por sobre el resto de las personas de su misma edad.
Sin embargo, prefería la vida de campo y las actividades al aire libre, que realizaba durante sus largas temporadas de verano en la casa de retiro de los padres franciscanos, a las aburridas clases de filosofía y matemáticas impartidas en el prestigioso colegio al que asistía en época escolar. Al despuntar el alba, le encantaba compartir un mate con los peones del establecimiento, recorrer los corrales o trabajar en la huerta que proveía de frutas y verduras a toda la comunidad religiosa.
Bastante más alto que la media habitual, de hombros anchos y brazos fuertes, se caracterizaba por una postura erguida y desafiante que imponía respeto siempre y en todo lugar. Vestía a lo gaucho porque así se sentía más cómodo; bombacha amplia, camisa blanca y pañuelo colorado al cuello le imprimían una imagen varonil y un aura muy particular.
Acostumbrado a los golpes del terreno y de la vida, desde niño montaba caballos de reconocida bravura, manejaba el cuchillo con increíble destreza y en las cacerías solía hacer gala de su envidiable puntería con las armas de fuego eligiendo de antemano el sector donde acertaría a su presa.
A nada ni a nadie le temía, salvo al creador de todas las cosas.
***
Una fuerte tormenta se aproximaba velozmente, las nubes pasaban de prisa y una brisa del sur había comenzado a soplar con insistencia, mientras, Lorenzo recordaba con melancolía las palabras compartidas con su mentor la tarde en que decidió partir:
—Padre Juan, hay algo muy importante que debo confesar.
—¿Confesarte, tú, muchacho? Vaya sorpresa que me estás dando —contestó el sacerdote de manera un tanto distendida.
—No se trata de eso, Juan.
No era común que Lorenzo llamase al cura por su nombre de pila y el franciscano comprendió al instante que se trataba de un asunto serio. La expresión lo había tomado con la guardia un tanto baja y recién cuando logró asimilar el golpe del todo respondió:
—Muy bien, hijo. Te escucho con atención, entonces.
—Hace tiempo que tengo una idea revoloteando en mi cabeza, padre, pero no encuentro las palabras adecuadas para expresar lo que siento…
—Lo mejor que puedes hacer es abrir tu corazón y dejar que él hable por ti, hijo —le sugirió el cura.
Lorenzo juntó coraje y continuó:
—Desde que tengo uso de razón, usted ha sido mi ángel de la guarda —comenzó diciendo—, y he gozado del privilegio de tenerlo siempre a mi lado; en efecto, ha hecho de mí el hombre que hoy en día soy, sin embargo, estoy convencido de que ha llegado el momento de aprender a volar con mis propias alas —aseguró.
El franciscano, con expresión serena y los ojos llenos de lágrimas, asintió en silencio. Su muchacho había crecido y desde hacía tiempo presentía que ese momento estaba a punto de llegar.
La voz de Lorenzo pareció quebrarse al intentar continuar:
—Ya no soy aquel niño inocente e indefenso que hacía un berrinche para llamar su atención cada que vez que lo necesitaba, ahora, en cambio, hay una especie de torrente que corre por mis venas con el deseo incontrolable de conocer el mundo por mis propios ojos, de caminar los senderos de la vida sin el apoyo constate de su bastón protector, de devolver a quienes más lo necesiten al menos algo de todo lo que yo he recibido. Y para todo eso es necesario marchar —sentenció.
El franciscano le secó las lágrimas con su sotana —como lo hacía cuando era pequeño— y tomándolo de sus mejillas le sostuvo la mirada para responder:
—Escúchame bien, muchacho, porque yo también he sido joven alguna vez y anidé el mismo deseo de libertad que tú sientes ahora mismo. ¿O acaso crees que transmitir a mis padres la voluntad de abandonar mi hogar para entregar mi vida al servicio de Dios fue una tarea sencilla? Sin embargo, la elección de nuestro propio destino es un derecho que nadie nos puede negar.
Aquellas palabras parecieron llevar un poco de sosiego al alma en pena del muchacho cuando el sabio franciscano volvió a hablar:
—Tú eres como un hijo para mí, y pase lo que pase jamás dejarás de serlo; desde el preciso instante en que te arropé entre mis brazos supe que así sería para toda mi vida —agregó—. No obstante, es necesario reconocer que los padres no somos eternos, y llegado el momento no siempre podremos estar al lado de nuestros hijos cada vez que ellos nos necesiten. Por eso, nuestra tranquilidad radica en confiar que todo lo que alguna vez sembramos será capaz de dar sus frutos; y en tu caso, Lorenzo Moretti, estoy seguro de que así será. De todas maneras, jamás olvides que, si algo llegase a salirse de control, yo siempre estaré aquí para ti.
—No hay manera de agradecer todo lo que usted ha hecho por mí, padre Juan.
—Créeme que soy yo el que se siente en deuda contigo, Lorenzo, porque ser tu padre me ha permitido experimentar el sentimiento más hermoso de la vida; algo que, por mi condición de cura, jamás hubiese sido posible sin ti —agregó.
Lorenzo intentó abrazar con fuerza al anciano, pero este detuvo por un momento su impulso porque al parecer necesitaba saber algo más:
—¿Puedo preguntarte algo, muchacho?
—Lo que usted quiera, padre.
—¿A dónde irás?
—He leído que entre el sur de Chaco y el norte de Santa Fe hay una empresa inglesa que está talando indiscriminadamente nuestros bosques de quebracho, mientras explota hasta la esclavitud a la comunidad nativa que utiliza como mano de obra. Hacia allí irán mis pasos, para conocer en carne propia la realidad de toda esa gente y ayudarlos, de ser posible.
—He escuchado algo al respecto, y me temo que hay mucho dinero e intereses en juego alrededor de esa poderosa empresa multinacional. Debes tener mucho cuidado, Lorenzo —le advirtió seriamente.
—Lo sé, pero ya nada me detendrá.
—Veo que estás convencido, hijo mío, sin embargo, déjame darte un último consejo.
—Por supuesto, padre.
—Si alguna vez te sientes confundido y no sabes qué camino tomar, no olvides escuchar siempre la voz de tu propio corazón —le dijo señalando con su dedo índice el órgano vital del muchacho—. Él jamás se equivoca —aseguró.
En el momento exacto en que Lorenzo terminaba de recordar aquellas palabras, el estruendo de un relámpago surcaba el horizonte de Villa Ana para anticipar el temporal que estaba a punto de desatarse; aquello fue como una premonición.
Su voz interior parecía dictar sentencia y lo incitaba a asumir el enorme desafío de representar los intereses de los trabajadores en esa lucha tan desigual.
Había tomado una decisión.
Los hacheros se habían agrupado en forma de círculo alrededor de Lorenzo, que tomaba nota de cada una de las peticiones que presentaría a las nuevas autoridades de la empresa:
—¡Necesitamos un salario digno! —reclamaba uno.
—¡No hay cuerpo que aguante si trabajamos de sol a sol! —recordaba otro.
—¡Un médico y medicinas, por favor! —vociferaban más allá.
La indiferencia patronal a sus reiterados reclamos había caldeado demasiado los ánimos y ahora aquello parecía un volcán a punto de entrar en erupción. Por primera vez, una palabra se había echado a volar por todo el obraje: huelga.
La Forestal había logrado adquirir a precios ridículamente bajos grandes extensiones de territorio con la mayor reserva de quebrachos colorados del mundo. Su explotación consistía en la tala indiscriminada del árbol de cuya madera se extraía el tanino, un extracto con propiedades para el tratamiento del cuero, y la provisión de postes y durmientes de ferrocarril tanto para el consumo interno como para la exportación. Debido a la altísima demanda era la mayor productora de tanino del mundo y proveía millones de durmientes destinados a los distintos ferrocarriles de Sudamérica.
Miles de personas se acercaban día tras día desde distintos rincones del país en busca de un empleo que les permitiera sostener a sus empobrecidas familias, confiando en las grandes inversiones en infraestructura destinadas al personal contratado que la empresa les prometía. Los ingleses habían levantado verdaderos pueblos forestales en torno a su actividad, sin embargo, aquello no era más que un vil engaño, ya que las llamativas viviendas de estilo inglés, los modernos sanatorios y alegres clubes sociales estaban reservados solo para directivos y empleados de jerarquía. La realidad de los hacheros y sus familias era bien distinta: se los internaba en lo profundo del monte y se los retenía allí para aislarlos del mundo y someterlos hasta la esclavitud.
Lorenzo había llegado hasta aquel paraje desolado con las esperanzas intactas de ayudar a construir un mundo mejor y más justo para todos, aunque no tardó demasiado en darse cuenta de que tendría por delante una misión faraónica, porque lo que allí había encontrado distaba años luz de sus deseos de libertad e igualdad.
En poco tiempo, aquel visitante despierto y carismático se había convertido en la caja de resonancia de todas las demandas que los trabajadores intentarían hacer llegar a los oídos sordos de sus patrones. Los habitantes del obraje confiaban ciegamente en aquella figura paternal que los protegía del abuso ejercido por los poderosos y estaban dispuestos a obedecerlo sin cuestionamiento alguno. Una palabra suya era una orden que nadie se atrevía a cuestionar.
La estela de polvo indicaba que un jinete se aproximaba a máxima velocidad. Con el animal todavía en movimiento, desmontó con increíble facilidad y en un segundo ató las riendas a un improvisado palenque. Al reconocerlo, Lorenzo se alejó por un instante del grupo para recibir y estrechar la mano del recién llegado:
—Estimado Vicente, ¿qué asunto te trae con tanta prisa?
—Disculpa la interrupción, Lorenzo, pero es algo urgente. Te ruego que me acompañes ahora mismo hasta el pueblo; prefiero que tú mismo seas testigo de lo que está ocurriendo.
—Vamos entonces —respondió Lorenzo sin perder un segundo mientras montaba su veloz animal.
Nada ni nadie los detendría.
—¡Al galope! —ordenó Lorenzo.
Conocía a Vicente de sobra y estaba seguro de que jamás hablaría en vano.
***
Los rieles del ferrocarril parecían una línea divisoria entre dos mundos antagónicos. Hacia un lado, la miseria y el monte cerrado con todas sus carencias y limitaciones; del lado opuesto, la civilización y el moderno pueblo forestal que la compañía había levantado para sus integrantes más encumbrados. Las diferencias eran evidentes, pero a casi nadie parecía importarle en Villa Ana.
En la vereda del bar, sentados alrededor de una mesa, Lorenzo y Vicente habían ordenado un poco de cerveza fría para mitigar tanto calor. La sombra del viejo algarrobo les brindaba el refugio necesario para observar todo lo que necesitaban sin llamar demasiado la atención.
La información recibida había sido por demás precisa. Justo a la hora indicada, la caravana avanzaba a paso firme sobre la avenida principal del pueblo y su imagen se hacía cada vez más nítida a medida que se acercaba, logrando captar la atención de los ocasionales transeúntes.
Aquella especie de desfile militar era una evidente demostración de poder y, de paso, un nuevo recordatorio de que todo, absolutamente todo: vidas, herramientas, propiedades, hasta la tierra pisada, el aire respirado y las alimañas del monte eran propiedad de La Forestal.
Dos policías montados escoltaban al grupo de vehículos. Los primeros, repletos de bártulos y personal de servicio, parecían abrir el camino al Ford T negro inmaculado ocupado por el chofer y el nuevo director de la compañía quien, luciendo un impecable traje de color blanco y resguardado bajo el ala de su sombrero, parecía analizar cada detalle de su nuevo territorio. Mientras tanto, en el asiento trasero, una bellísima mujer de aspecto angelical y bastante más joven que su acompañante agitaba con frenesí su abanico para renovar el aire pesado de aquellas latitudes. El malestar se podía reflejar en su rostro y el tocado floral, un tanto maltrecho por el ajetreo propio del viaje, dejaba escapar un par de mechones dorados que, luego de rodear sus hombros, parecían finalmente encontrar descanso sobre un par de senos prominentes que sin pudor sobresalían de su generoso escote.
—¿Qué más pudiste averiguar, Vicente?
—Su nombre es Ernesto García Muñoz, un viejo conocido de los ingleses. De carácter autoritario y ambicioso por naturaleza, tiene fama de ser implacable con el personal y los ingleses han confiado en él para mantener a raya nuestros reclamos.
—¿Y quién es ella…? —quiso saber Lorenzo, abrumado por la belleza de aquella dama.
—Su nombre es Clara Díaz, se dice que carga con una historia familiar un tanto difícil y, para colmo de males, está condenada a soportar un matrimonio que aborrece. García Muñoz la ignora por completo y solo la usa de vez en cuando para vanagloriarse en público de su increíble belleza, exponiéndola como a un trofeo.
—Parece que dispones de buenos informantes, Vicente.
—Así es —respondió su fiel compañero—. Pero ya hemos visto suficiente por hoy. Hay demasiada presencia policial en todos lados y será mejor marcharnos antes de que adviertan nuestra presencia y comiencen con sus interrogatorios. Ya sabes que últimamente nos están haciendo la vida imposible —agregó.
—Por favor, Vicente, solo un minuto más… —pareció suplicar Lorenzo.
El vehículo que la transportaba pasaba justo frente a ellos y, guiada por un impulso natural, Clara levantó la vista permitiendo que sus miradas se cruzaran por un instante. Él inclinó levemente su cabeza en señal de reverencia y ella le devolvió la gentileza con una sonrisa que pareció reflejar la alegría de habérselo cruzado en su camino.
A partir de ese momento, aquella mujer marcaría para siempre un antes y un después en su vida.
—Lorenzo… ¡Lorenzo! —lo interrumpió Vicente.
—Sí… sí… vamos…
Al día siguiente, Lorenzo llegó a pie a la cita y con una puntualidad envidiable golpeó dos veces la aldaba de bronce contra la señorial puerta de cedro. Miró hacia arriba admirado por la majestuosidad de aquella construcción y respiró profundo en busca de la tranquilidad que necesitaba en ese momento tan importante cuando una de las domésticas respondió su llamado.
—Adelante. El señor Ernesto lo está esperando.
—Con su permiso, entonces.
Cruzó el umbral, se quitó el sombrero en señal de respeto y aguardó un instante en silencio mientras la mujer terminaba de trabar el postigo de madera para acompañarlo hasta la acogedora sala recibidora. La lujosa residencia estaba decorada con los mejores muebles traídos especialmente desde Europa y contaba con todas las comodidades posibles: telégrafo, luz eléctrica y agua corriente eran solo algunos de los servicios disponibles. Aún admiraba el monumental edificio cuando se le vino a la mente la abismal diferencia entre el lujo de aquella estancia y lo rudimentario de las viviendas que ellos habitaban.
—Por favor, aguarde un momento en la sala y será atendido a la brevedad, señor Moretti.
—Muchas gracias, señora.
El personal de servicio lo dejó a solas un instante y luego de anunciar su presencia al dueño de casa regresó para acompañarlo hasta su oficina.
—Sígame —le indicó.
—Como usted diga, —respondió— y avanzó a paso firme.
Imperturbable, Ernesto García Muñoz lo esperaba en silencio en su inmenso escritorio.
Cuando finalmente estuvieron frente a frente, ambos comprendieron que el momento decisivo había llegado.
Lorenzo extendió su mano para saludar, pero el gesto no fue bien recibido por el anfitrión. Ni siquiera tuvo la amabilidad de levantar su humanidad del confortable sillón para recibirlo. Con toda seguridad, no era bienvenido allí.
—Buenas tardes, señor. Mi nombre es…
—Ya me han hablado bastante de usted —lo interrumpió de mala manera—, por eso, evite presentaciones innecesarias y vayamos directamente al grano de la cuestión. Tengo algunos asuntos pendientes que atender y no dispongo de demasiado tiempo.
