Reescribir la escuela - Roberto Bravo - E-Book

Reescribir la escuela E-Book

Roberto Bravo

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Beschreibung

Reescribir la Escuela es una selección de columnas y artículos que muestran cómo el sistema educativo chileno se vio afectado por la crisis sanitaria provocada por el Covid-19, obligándolo a impugnar sus más enquistadas prácticas y repertorios pedagógicos.

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Seitenzahl: 170

Veröffentlichungsjahr: 2023

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REESCRIBIR LA ESCUELA © 2021, Roberto Bravo González ISBN: 978-956-406-029-3 eISBN: 978-956-406-241-9 Primera edición: Diciembre 2021 Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni en todo ni en parte ni registrada o transmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio sea mecanismo, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro sin el permiso previo escrito por el autor. Ilustración portada: Mariano Casado / Instagram: @kamaron.studio Diseño portada y diagramación: www.edicionesondemand.cl Dr. Sótero del Río 326 of 1003, Santiago de Chile www.trayecto.cl Impreso en Chile/Printed in Chile

Este libro está dedicado a todas las comunidades escolares que, sin ningún tipo de preparación o experiencia previa, tuvieron que implementar y sostener todo un nuevo sistema educativo, en los tumultuosos tiempos de crisis sanitaria. Para Marisol y Mariella, editoras de muchas de estas columnas. Flo, por tu apoyo siempre. Mila, este libro es para ti.

PRÓLOGO

“Entre la emergencia y la transformación: un aporte valioso al debate educacional desde uno de sus protagonistas”

La crisis provocada por el COVID-19 ha puesto en jaque a los sistemas educacionales. La brusca interrupción del proceso educativo formal tal como lo conocíamos, la puesta en marcha de un inédito esfuerzo a gran escala de la enseñanza a distancia y la elaboración de respuestas educativas diversas (y enormemente desiguales) para el momento han marcado el trabajo de las comunidades educativas en todo el mundo en estos dos últimos años. Como ya han planteado distintos organismos ocupados del derecho a la educación, las consecuencias negativas de esta crisis serán múltiples y muy difíciles de revertir si no hay un compromiso activo de los estados para enfrentar esta emergencia educativa. En países tan desiguales e injustos como el nuestro, la situación es todavía más compleja y desafiante.

Pero podemos también observar esta tragedia como un punto de inflexión y el inicio de un nuevo ciclo histórico de nuestros sistemas educacionales, en el que podamos resolver algunas de sus limitaciones actuales y avanzar hacia una mayor conexión del proceso educativo con las necesidades de las nuevas generaciones y los contextos en los que se desarrollan. Dos procesos de corte mayor dan cuenta de que esto es posible. En primer lugar, se ha producido una ebullición de innovación, de aprendizaje (de niños y educadores) y de colaboración para sostener el vínculo educacional en un escenario casi imposible, lo que confirma el valor de la escuela y los profesores como instituciones y actores insustituibles, y demuestra su enorme capacidad para adaptarse y hacer las cosas distinto cuando se trata de resguardar el bienestar de los estudiantes. En segundo lugar, se ha iniciado un debate profundo a todo nivel (hogares, escuelas, sistemas locales, gobiernos, academia) respecto al futuro de la educación (y sus instituciones). Esta conversación ha ido tomando cada vez más fuerza debido a la necesidad de prepararse para otras posibles crisis, pero fundamentalmente debido a que el COVID-19 ha dejado al descubierto viejos problemas de los sistemas educacionales (como su poca flexibilidad).

Estos dos procesos permiten mirar el futuro con esperanza y abren un conjunto de preguntas profundas respecto al sentido de la educación en una etapa clave de la historia de la humanidad: ¿cuál debiera ser el foco central de la formación de las nuevas generaciones? ¿qué habilidades personales, sociales y cognitivas son fundamentales para las próximas décadas dado el complejo escenario social y ambiental? ¿cómo equilibrar de la mejor manera los desafíos de aprendizaje globales y locales? ¿qué tipo de docentes, instituciones escolares y políticas necesitamos para todo lo anterior? ¿qué tanto tenemos que cambiar y cuánto del funcionamiento de nuestros actuales sistemas educativos debiéramos mantener y fortalecer?

La compilación de reflexiones que presenta Roberto Bravo en este libro aporta directa e indirectamente a estas y varias otras preguntas, desde la perspectiva de uno de sus protagonistas y aprovechando el contexto específico de la pandemia, abordando distintos temas relevantes: el liderazgo directivo, la relación familia-escuela, la enseñanza a distancia, el compromiso docente, el bienestar socioemocional de niños y adultos, la justicia educacional, la evaluación de aprendizajes, el rol de las políticas, entre otros. Se trata de una bitácora en la mayoría de los casos centrada en los efectos y desafíos que iba configurando la pandemia, pero que constituye una interesante fuente de aprendizaje y reflexión para el futuro.

Lo anterior es especialmente relevante si consideramos el contexto marco en el que hoy se inserta la política y práctica educacional: una emergencia socioeducativa que convivirá con un proceso de redefinición de las bases del sistema educativo chileno (gracias a la nueva constitución) y por lo mismo con el inicio de un nuevo ciclo de políticas educacionales. Este complejo escenario requerirá de mucho diálogo, aprendizaje y proposición desde los protagonistas del sistema educacional, que resguarde lo que importa: el desarrollo integral de niños, niñas y jóvenes. Los líderes escolares, directivos y docentes, debieran ser parte activa de este proceso de transformación que ya hemos comenzado a dibujar en Chile. La invitación de Roberto en una de sus columnas es clara e inspiradora: “no nos restemos de esta oportunidad, animemos a nuestras comunidades a aportar en el debate y contribuir desde la experiencia a forjar los cambios necesarios y urgentes que la educación del siglo 21 requiere. Nadie y menos los líderes escolares, pueden restarse”.

Años de investigación y experiencia nos han enseñado que el cambio educativo a gran escala – como el que nuestro país necesita - solo es posible cuando el impulso de cambio proviene en parte importante desde la base del sistema, desde las comunidades y sus actores, apoyados por cierto por políticas y condiciones consistentes. Esfuerzos como los de este libro son un paso adelante en esa dirección.

Gonzalo Muñoz Facultad de Educación, Universidad Diego Portales @gmunozstuardo Agosto, 2021

INTRODUCCIÓN

“Detrás de estas columnas”

Este libro es una selección de columnas que dan cuenta del devenir de la pandemia producto del Covid-19 en nuestro sistema educativo, durante los años 2020 y 2021. Un sistema que, a todas luces, no estaba preparado. Así como tampoco lo estaba el gobierno, ni el sistema de salud, ni mucho menos, las organizaciones escolares.

La crisis sanitaria golpeó con fuerza, qué duda cabe. Dejó a su paso muchas cosas en evidencia. Por una parte, las tremendas desigualdades existentes en nuestro país. Sacando a la luz los problemas de conectividad, apoyos e infraestructura que afectan a miles de niños, niñas y adolescentes. Por otro lado, la real capacidad e interés de todos los involucrados para generar las condiciones que permitieran seguir con el proceso de enseñanza y aprendizaje, en nuestro sistema escolar.

No ha sido un proceso sencillo. Cuando la mayoría de los países ponía el foco sobre cómo recuperar la experiencia presencial para nuestros estudiantes y solucionar los problemas de conectividad debido a los confinamientos, Chile parecía no avanzar. Era como vivir un eterno déjà vu, en donde una y otra vez las posiciones antagónicas recitaban el mismo libreto. Fueron largos meses en donde faltó un trato distinto, más dialogante y abierto. Pero también, fueron dos años en los cuales nos llenamos de oportunidades de aprendizaje y conocimiento. Nunca se había hablado tanto de educación, como en este último tiempo. Fueron cientos de seminarios, webinars, podcasts, charlas, redes de trabajo y encuentros que buscaron relevar prácticas exitosas y experiencias innovadoras, de diversos actores, escuelas y colegios. Así como también, variadas y controversiales notas en medios de comunicación de autoridades, gremios y actores de nuestro sistema educativo. Todos hablaban y se decía -también- de todo. La educación nunca antes había estado tan al centro.

Este libro no es un recetario sobre cómo reinventar la escuela, por cierto. Pero sí es el relato de lo que fuimos viviendo en nuestro sistema escolar durante el 2020 y el 2021. Evidenciando cómo fuimos procesando y aprendiendo las innumerables lecciones durante todo este tiempo. Transformamos los discursos, opiniones, debates y noticias en una fuente de reflexión y, por qué no decirlo, de inspiración para nosotros como escritores y también para nuestra cada vez más amplia audiencia, nuestros fieles lectores.

Muchas de las columnas buscan movilizar y cuestionar a los líderes escolares: hemos puesto de manifiesto que entendemos el liderazgo ya no como un atributo sólo de las y los directores, sino más bien como una necesaria característica de la organización, sobre su capacidad y responsabilidad para hacer que las cosas sucedan, al interior de sus comunidades. ¿Cómo acompañamos a nuestros profesores en tiempos de crisis? ¿Cómo pasamos de la reflexión a la acción? ¿Tenemos noción de lo importante que son los profesores y profesoras en la construcción del futuro sujeto ciudadano? Estas y otras van dando forma y coherencia a nuestras reflexiones, las cuales nutren la conversación que hemos desarrollado en este tiempo y que se abordan en varios pasajes de este libro.

Por otro lado, también se encontrará en este escrito otro grupo importante de columnas, las cuales aspiran a cuestionar las creencias detrás de procesos que, antes de la pandemia, parecían inamovibles, incuestionables y completamente enquistados. Sin embargo, esta crisis ha permitido levantar el velo y volver a mirar, permitiéndonos cuestionar temas como la evaluación, las tradicionales prácticas de enseñanza, nociones de colaboración y tantos otros aspectos que tuvieron la oportunidad de repensarse durante este tiempo de crisis sanitaria y social.

Hemos logrado agudizar la vista y contribuir con preguntas y reflexiones al debate local. Hoy tenemos una oportunidad única, pero extremadamente frágil. A medida que pasan los meses nos vamos convenciendo de la necesidad de mantener esa mirada crítica atenta para evitar que la rutina y los apuros cotidianos la disipen. Hoy, si luego de 2 años de profundos cambios y aprendizajes producto de la crisis sanitaria, volviéramos a hacer exactamente lo mismo que hacíamos en nuestras escuelas hasta antes de la pandemia, significaría que no aprendimos absolutamente nada. Y es esto último la mejor presentación que podemos hacer del libro que tiene hoy en sus manos el lector: no se trata tan solo que el sistema escolar sobreviva a la pandemia, sino que urge que éste se repiense y reescriba, gracias a ella. Este libro aspira a contribuir en esa dirección.

Roberto Bravo González Septiembre de 2021

15 de marzo de 2020COMIENZA LA SUSPENSIÓN DE CLASES

El Presidente Sebastián Piñera anunciaba aquel domingo la suspensión de las clases en jardines infantiles, colegios municipales, subvencionados y particulares por dos semanas. Esto atendiendo la demanda planteada por las autoridades municipales, que solicitaron la prohibición de los eventos públicos con más de 200 personas para prevenir el contagio de coronavirus COVID-19 en el país.

LIDERAR PARA REESCRIBIR LA ESCUELA

Liderar siempre ha sido una tarea desafiante. Liderar escuelas es un desafío aún mayor, pero liderar centros educativos en tiempos tumultuosos en medio de una pandemia podría transformarse, para muchos, en un acto casi impracticable e imposible de materializar.

Son demasiadas las cosas que ha dejado en evidencia el Covid-19 en educación. Por una parte, cómo las diferentes condiciones de los estudiantes y sus familias han exacerbado las brechas ya existentes en nuestro país, tanto en el acceso a la información como en las oportunidades de aprendizaje. Por otro lado, la dificultad que existe entre familias y escuelas para tender reales puentes de entendimiento y trabajo. Esto último, evidenciado en la judicialización y radicalización de las posturas entre el pago por los servicios educativos versus el producto que se entrega por los mismos. Pero, sobre todo, esta pandemia ha permitido ver con claridad, el real manejo que han tenido los líderes educativos en tiempos de crisis, al interior de su comunidad.

John C. Maxwell, escritor y conferencista norteamericano, experto en temas de liderazgo, plantea que el acto de liderar se siente como un malabar constante dado los diversos frentes que se deben atender. Liderar centros educativos por estos días se percibe, efectivamente, como hacer malabarismo, sólo que ahora -en medio de la crisis sanitaria en la cual nos encontramos- a este acto circense que ya conocíamos, hay que agregar platillos chinos y bolas de fuego también.

Con la suspensión de clases y confinamiento debido a la cuarentena, los procesos de enseñanza y aprendizaje han debido ser rediseñados para el trabajo remoto desde los hogares, es decir, sin el necesario contacto físico y, en muchos casos, con serias dificultades para acompañar a los estudiantes y familias por problemas de conectividad y falta de insumos. Lo que solíamos conocer como buenas prácticas y procedimientos al interior de una escuela, de un momento a otro, se transformaron en procesos que deben ejecutarse y monitorearse a distancia. El modelo educativo sobre el cual basábamos nuestro paradigma cambió y, con él, la noción de liderazgo que hoy se requiere.

Podríamos elaborar un listado interminable de desafíos para los actuales líderes escolares, aquellos que guardan relación con la gestión técnica y socioemocional de todos sus estamentos, manejo de expectativas dicotómicas entre sus apoderados, frustración y cansancio del cuerpo docente y, en algunas ocasiones, desesperanza instalada en el seno de la comunidad. Sin embargo, quisiera centrarme en las oportunidades inherentes a todo proceso de cambio radical, pero, para hacerlo, propongo antes dos preguntas centrales: ¿Qué se entiende por liderar? y ¿liderar para qué?

Existe consenso que liderar es influir. Y en contextos escolares, el liderazgo se traduce en la influencia ejercida al interior de una comunidad de manera constante y focalizada, con el propósito de mejorar las prácticas de enseñanza y los logros de aprendizaje de sus estudiantes. En términos generales, este tipo de liderazgo pedagógico o instruccional, tiene propósitos centrales, tales como: establecer objetivos educativos, planificar el currículum, evaluar a los docentes y la enseñanza y promover el desarrollo profesional docente.

Para lograr la concreción de estos propósitos, el liderazgo ya no puede asociarse a una práctica exclusiva del director, sino más bien, debe ser una característica propia de la organización.

Se trata, entonces, de influir para que otros puedan hacerlo. Desde esta perspectiva, entenderemos por liderazgo todas aquellas prácticas que realizan tanto los directivos como sus profesores de aula, buscando siempre, mejorar los logros de aprendizaje y la experiencia escolar de sus estudiantes.

Ahora bien, ¿liderar para qué?

En simple, liderar para ayudar a comprender que tenemos una oportunidad única como educadores. En tiempos en que la crisis sanitaria nos ha demostrado que lo que solía tener sentido para todos ayer, hoy ya no lo tiene más. De la misma manera que no tiene objeto alguno querer replicar la escuela física al interior de cada hogar, porque sabemos, (a pesar de todos los esfuerzos que podamos hacer), que la escuela no se puede -simplemente- trasladar. Entonces, la función del liderazgo hoy debe centrarse en la formulación de preguntas profundas, las mismas que rara vez hacemos en un año “normal”.

Hoy, tenemos la envidiable posibilidad de examinar nuestro currículum y ponerlo el servicio del desarrollo de habilidades para la vida, renunciando a la lógica de avanzar sin parar y a la memorización mecánica de datos para su posterior evaluación. Tenemos la oportunidad de generar aprendizaje contextualizado basándose en esta terrible crisis y promover una enseñanza interdisciplinaria, flexible y con miradas distintas, diseñando tareas simples pero desafiantes, las cuales nos ayuden a desarrollar la resolución de conflictos, el pensamiento crítico, empatía y conciencia social, utilizando lo que hoy vivimos como detonante. En resumen, tenemos la oportunidad de reescribir lo que hacemos y entendemos por misión educativa.

Para esto se necesita el liderazgo, para ser capaces de motivar e incentivar este tipo de cuestionamientos en toda la comunidad escolar. Necesitamos líderes a lo largo de cada escuela, que sean capaces de soplar juntos las brasas para encender nuevamente y –con más fuerza– el verdadero sentido de educar.

Como hemos visto, liderar al interior de un centro educativo es una tarea de alta complejidad. Por estos días la pandemia exige y tensiona aún más los procesos que de por sí son complejos. Pero cuando somos capaces de concebir al liderazgo como una oportunidad para que otros influyan y colaboren en la concreción de una visión compartida, sobre todo una que se centre en la oportunidad de reescribir la escuela, ahí y sólo ahí, nuestro acto de malabarismo no solo tendrá menos elementos que equilibrar, sino que contará con un profundo sentido, haciendo que todo nuestro esfuerzo, realmente valga la pena.

Junio de 2020

CUANDO SE DERRIBAN NUESTRAS CREENCIAS

Mientras las escuelas y comunidades escolares navegan en días de incertidumbre y cansancio propio de largas y extenuantes jornadas, las cuales han exigido modificar prácticas, tanto pedagógicas como directivas, una pregunta poderosísima se vislumbra en el horizonte educacional: ¿y sobre nuestras creencias instaladas qué?

Las creencias afianzadas sobre lo que entendemos por una educación de calidad se sostienen – en muchos casos – por la costumbre e inercia propia de los procesos que se dan dentro de una escuela. Cada año, profesores y directivos, nos vemos haciendo exactamente lo mismo que el año anterior, porque es lo que conocemos, es lo que hemos venido haciendo y, para nuestros ojos, es lo que nos ha dado resultado según nuestros estándares. Quizás, es por todo esto, que resulta tan difícil introducir cambios en cuanto a procesos de innovación y nuevas formas de enseñanza al interior de un centro educativo. ¿Por qué nos cuesta tanto cambiar? Tal vez, porque lo que hemos hecho por mucho tiempo nos brinda esa sensación de tranquilidad, aquella que nos permite expresar con una seguridad muchas veces inobjetable: “para qué hacer otra cosa, si lo que estamos haciendo nos da resultado”.

El Covid-19 ha permitido vislumbrar diversas materias en educación. Por un lado, visualizar brechas existentes entre las distintas dependencias que – lamentablemente – siguen creciendo. También, cómo ha sido necesario recurrir a nuevas formas de liderazgo para poder acompañar, tanto a los procesos de aprendizaje como a nuestras comunidades a distancia. Pero, una de las cosas más sustanciales que esta pandemia nos ha permitido, sólo si somos capaces de agudizar nuestra mirada, es contar con la oportunidad de poner en duda nuestras creencias instaladas y enquistadas sobre aquello que creíamos incuestionable o, al menos, estar dispuestos a debatirlas.

¿Ha cambiado algo en estos tres meses?

Un discurso muy bien instalado o al menos común en algunas de nuestras salas de profesores, dice relación con la necesidad de calificar a los estudiantes para que estos últimos trabajen. Al parecer, la experiencia práctica nos avala y entrega sólidos argumentos para afirmar que, cuando algo no conlleva nota, la respuesta que se obtiene por parte de los alumnos carece de seriedad, compromiso y genuino interés. Afortunadamente, aquellos que comienzan a afinar su mirada, ven cómo esta creencia se cae a pedazos y, junto a ella, otras que se encontraban incrustadas en lo más profundo de nuestro quehacer rutinario.

Por más de tres meses nuestros estudiantes se han estado educando desde sus hogares, avanzando, investigando y desarrollando desafiantes tareas educativas enviadas por sus escuelas, ya sea mediante formatos sincrónicos o asincrónicos, sin la necesidad de una calificación como detonante, toda vez que el Ministerio de Educación ha sugerido evaluar formativamente los procesos de enseñanza y aprendizaje. Entonces, ¿alguien podría decir que por más de 90 días los más de 3,5 millones de estudiantes de nuestro país han estado sin hacer nada? Desde luego que no.

Por primera vez y, después de mucho tiempo, los estudiantes, sus familias y nosotros, los educadores, nos percatamos de una realidad que vale la pena atender: la operación lineal reinante hasta antes de la suspensión de clases, aquella que consideraba a la calificación como unas de las pocas estrategias para lograr trabajo concientizado, ha dejado de tener sentido. Se han resquebrajado los pilares que han sostenido nuestras más profundas concepciones y certezas sobre cómo debíamos encarar los procesos de evaluación y trabajo en sala.

Lo que antes era inconcebible, como el hecho de avanzar 3 meses sin poner ni una sola nota, hoy ya no nos parece descabellado en lo absoluto. Hemos aprendido que, si se diseñan tareas educativas desafiantes, innovadoras y contextualizadas, ciertamente es posible captar el interés auténtico de nuestros estudiantes, posibilitando su avance como no lo hubiésemos imaginado. Pensemos por un segundo en la cantidad de niños y niñas que probablemente han visto como su autoestima ha aumentado, producto de que hoy son evaluados formativamente sin la presión de la nota. O como muchos han descubierto otros talentos debido a las nuevas actividades que se les han encomendado desde su escuela, en situación que en contextos de “normalidad” no habría sido posible.

Cuando conseguimos bajarnos de la lógica de avanzar sin parar, evitando reducir la experiencia escolar a un círculo interminable de memorización mecánica para luego calificar, seremos capaces de ver las oportunidades que están sucediendo por estos días en cada escuela, permitiéndonos dar un paso atrás, mirar en perspectiva para reescribir lo que entendemos por educar y formar, en su sentido más profundo.