Región y nación -  - E-Book

Región y nación E-Book

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El presente texto ofrece un marco conceptual e histórico, desagregado por regiones, de la conformación de Chile; consolida, de esta forma, una perspectiva que se ha venido trabajando en los años recientes por importantes historiadores nacionales. Constituye una aproximación complementaria, pero imprescindible, a la evolución republicana, que enriquece su comprensión. En la actual coyuntura histórica, una mirada más equilibrada territorialmente y que incorpore los desarrollos regionales, puede aportar importantes claves que iluminen los debates del presente. El libro se concentra en el siglo XIX chileno, época de grandes transformaciones en que se sentaron las bases del Chile actual. No era así en tiempos coloniales. La configuración tradicional del país, que reconocía la existencia de tres grandes provincias, sobrevivió al advenimiento de la Independencia y la configuración de un Estado-nación soberano. Desde sus asambleas, promoviendo gobiernos colegiados y congresos representativos, las provincias instaron por un país multipolar y por espacios de autonomía regional, lógica que se ve impulsada, desde la vertiente ideológica, por el auge del liberalismo federalista, que fracasa en Chile pero que se impone en muchos países de América. La instauración del Estado en forma, con la Constitución de 1833, cierra un ciclo inicial de tensiones regionales en la conformación nacional. Se inicia la consolidación burocrática del aparato público en diversos planos. Entre tensiones y alianzas del centro y las elites interprovinciales, se va conformando el Estado nacional chileno.

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Seitenzahl: 877

Veröffentlichungsjahr: 2022

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983.04

C325r Cartes Montory, Armando.

Región y nación: la construcción provincial de Chile: Siglo XIX/ Armando Cartes Montory. –1a. ed. – Santiago de Chile: Universitaria, 2020.468 p., il., retr.; 15,5 x 23 cm. – (Imagen de Chile)Incluye bibliografías.

ISBN Impreso: 978-956-11-2672-5

ISBN Digital: 978-956-11-2673-2

1. Relaciones entre gobierno central y local – Chile – Historia – Siglo 19.2. Chile – Política y gobierno – Siglo 19.3. Chile – Historia – 1810.I. t.

© 2020. ARMANDO CARTES MONTORY.

Inscripción Nº 2020-A-1728, Santiago de Chile.

Derechos de edición reservados para todos los países por© EDITORIAL UNIVERSITARIA, S.A.

Avda. Bernardo O’Higgins 1050, Santiago de Chile,

Ninguna parte de este libro, incluido el diseño de la portada,puede ser reproducida, transmitida o almacenada, sea porprocedimientos mecánicos, ópticos, químicos oelectrónicos, incluidas las fotocopias,sin permiso escrito del editor.

Texto compuesto en tipografía Palatino LT Std 11/13

Se terminó de imprimir esta PRIMERA EDICIÓNen los talleres de Salesianos Impresores S.A.,General Gana 1486, Santiago de Chile, en marzo de 2020.

DIAGRAMACIÓNYenny Isla Rodríguez

DISEÑO DE PORTADANorma Díaz San Martín

www.universitaria.cl

Diagramación digital: ebooks [email protected]

ÍNDICE

Prólogo

Marcela Ternavasio

Introducción

Hacia una construcción provincial de la historia de Chile

Armando Cartes Montory

Región o Nación, esa era (¿es?) la cuestión

Entre provincias y federaciones

Derroteros de una perspectiva de investigación

Un enfoque provincial de la organización del Estado

El libro que presentamos

Bibliografía

El origen del Norte Grande de Chile: imagen y territorio

Sergio González Miranda

Introducción

Atacama y el Uti Possidetis Iuris

La segunda mundialización y la economía minera del desierto de Atacama

La primera administración chilena del territorio

El origen del Norte Grande de Chile

Las columnas vertebrales del Norte Grande de Chile: los ferrocarriles

La mirada desde la línea de la Concordia.

Bibliografía

Construyendo el Estado en la Frontera minera. Atacama en el siglo XIX

Joaquín Fernández Abara y Dany Jerez Leiva

La actividad minera y la economía provincial

La élite local, sus características y su creciente importancia nacional

Los sectores medios y la complejidad sociolaboral de una zona en expansión

Los sectores populares

Construcción estatal, acuerdos informales y consensos políticos

La emergencia de la conflictividad regionalista y la Guerra Civil de 1859

Epílogo

Bibliografía

Tradición, pujanza liberal y compromiso patriótico: Instrucción Pública y guerras nacionales en la Provincia de Coquimbo, Siglo XIX

Alex Ovalle Letelier

Introducción

Del orden hispano-mestizo al primer siglo republicano

Tradición y Modernidad. La Instrucción Pública en la Provincia de Coquimbo

Entre la rebeldía y el compromiso patriótico. La región y su participación en los conflictos del siglo XIX

Consideraciones finales

Bibliografía

Región y nación: Valparaíso-Aconcagua y la configuración de una región en el naciente Chile republicano

Eduardo Cavieres Figueroa y Jaime Vito Paredes

La instauración territorial desde la costa y desde el interior de la región en la época colonial: Del Valle de Quintil a Valparaíso. El Valle de Aconcagua

Región y nación en el siglo XIX: El nuevo marco de referencia para pensar la singularidad regional de Valparaíso y Aconcagua

Valparaíso como entrepot en la primera mitad del siglo XIX: Posibilidades y obstáculos en medio de la transformación de los espacios económicos tradicionales

Algunas palabras finales: Cómo se dibuja una región en la segunda parte del siglo XIX: Valparaíso y el Valle del Aconcagua

Bibliografía

De hermana mayor a madre protectora. Santiago frente a las provincias (1810-1860)

Valentina Verbal Stockmeyer

Introducción

Santiago: de provincia a ciudad capital

Constitucionalismo temprano: la libertad bajo sospecha

Militarismo en los años 1820: todas las formas de lucha

Los decenios conservadores: liberalismo asediado y regionalismo estratégico

Conclusión

Bibliografía

Ciudadanos obedientes, cristianos y patriotas para la construcción de la nación en la provincia: Colchagua en el siglo XIX

Juan Cáceres Muñoz

Introducción

Territorio y economía agraria

Creando al buen ciudadano: obediente y cristiano

Conclusiones

Referencias

De frontera interprovincial a provincia republicana. Talca en la consolidación politico administrativa chilena entre el Lontué y el Maule (1786-1851)

Carlos Zúñiga Polanco

Del ocaso Borbón al amanecer republicano en el Partido del Maule

Emancipación y república en el Partido del Maule

La caída de O’Higgins y el momento provincial

Talca: del Departamento a la Provincia

El “peso de la noche” en la provincia de Talca

El Régimen Interior de la provincia y los actores locales hacia la Revolución de 1851

Epílogo: La provincia de Talca en camino a la modernidad

Bibliografía

Concepción durante la organización nacional. Alianzas y resistencias entre “el reino de la toga” y “el reino de la espada”

Armando Cartes Montory

Introducción

Una provincia fundacional

La provincia contrapeso frente a la Emancipación

La hora de las Asambleas

El peluconismo y la provincia

Bibliografía

Concepción y la Araucanía en el siglo XIX, un proceso de regionalización frustrado

Jorge Pinto Rodríguez

Introducción

Desarrollo centralista versus desarrollo regional. La Frontera y sus sub regiones

La economía y convivencia de una sociedad tribal con otra precapitalista en el espacio fronterizo, 1641-1810

La Independencia y la primera resistencia regional

La Frontera contraataca

El Estado en acción

La reacción del Pueblo Mapuche

Concepción y la Araucanía, los cambios generados por la llegada del Estado

Conclusiones

Bibliografía

Del antemural del Pacífico al granero de Chile. Valdivia, Osorno y Puerto Montt en las coyunturas del siglo XIX

Hernán Delgado Delgado

¿Provincias simuladas o integradas?

Valdivia

La persistencia de las primeras décadas del siglo XIX

Osorno

Osorno enfrenta la casi pérdida de la independencia

Otro rostro de Osorno

Puerto Montt

Llanquihue en números

Conclusión

Bibliografía

La chilenización de Chiloé: una panorámica decimonónica

Tomás Catepillan Tessi

El país del Mapocho y el país chiloense

El Estado chileno en Chiloé

Coda: La chilenidad en Chiloé

Materiales

Bibliografía

Magallanes: la periferia austral en la consolidación de Chile republicano. Un caso atípico por origen y evolución

Mateo Martinic Beros

Magallanes en la República

Años de auge

La identidad magallánica

Nubarrones al sur

Conclusiones

Bibliografía

Los Autores

PRÓLOGO

Marcela Ternavasio1

¿De la periferia al centro o del centro a la periferia? La pregunta resume una problemática central que se viene debatiendo en la historiografía y en diversas disciplinas sociales desde que se procedió a desnaturalizar la premisa que por mucho tiempo organizó los relatos fundacionales de nuestras naciones basados en la matriz estatalista y en los discursos patrióticos. La pionera obra de Otto Brunner, tardíamente difundida en el mundo de habla hispana, contribuyó a someter a crítica la aplicación del paradigma del Estado liberal para explicar la organización política moderna; un paradigma que buscó trazar extensas genealogías en el pasado con el objeto de convertir a la nueva criatura del Estado-Nación en el resultado necesario de un largo proceso de centralización y concentración del poder2.

La deconstrucción de este modelo de análisis ha permitido cuestionar la imagen de un Estado que, como una suerte de marea, avanzó de manera inexorable sobre los territorios y las poblaciones que los habitaban hasta someterlos a la también inexorable marea de la centralización. En esa imagen, el todo absorbía a las partes en el proceso histórico, a la vez que fijaba un centro interpretativo en el plano historiográfico que devoraba cualquier tipo de interrogación sobre las consideradas periferias. El papel que en dicho proceso habrían jugado las provincias, ciudades, pueblos y campañas quedaba, así, relegado al coro que acompañaba al verdadero protagonista de la trama, o a la construcción de piezas sueltas –historias regionales o locales– que venían a cubrir los vacíos que dejaba la obra magna del Leviatán. En cualquier caso, el resultado estaba lejos de componer una sinfonía.

En el marco de las revisiones de este paradigma interpretativo, el presente libro que tengo el honor de prologar constituye una contribución fundamental para entender la conformación del Estado chileno en el siglo XIX. Nutridos de las nuevas perspectivas y enfoques de la historiografía, los autores que integran el volumen analizan las partes de ese conglomerado jurisdiccional que dio como resultado el Estado-Nación, sin perder nunca de vista los intercambios bidireccionales que se trazaron entre centro/s y periferia/s. Como indica gráficamente Armando Cartes Montory, coordinador del libro a cargo de la introducción, el volumen invita al lector a realizar un “largo viaje” por la geografía y la historia de Chile; un viaje que parte desde el Norte Grande para finalizar en Magallanes, pasando por Atacama, Coquimbo, Valparaíso-Aconcagua, Santiago, Colchagua, Talca, Concepción, La Araucanía, Valdivia, Osorno, Puerto Montt y Chiloé; un viaje que cuenta con guías de lujo al quedar a cargo de especialistas en los estudios históricos de cada una de las estaciones previstas.

Puesto que el mapa de rutas –historiográfico y metodológico– está perfectamente delineado en la introducción de Cartes Montory, en este prólogo me voy a detener en algunas cuestiones relevantes que atraviesan a esta empresa colectiva. La primera atañe a la temporalidad y a la siempre problemática pregunta sobre las continuidades y rupturas. La configuración centralizada del Chile actual, ¿hunde sus raíces en el periodo colonial o es producto del proceso iniciado después de su independencia? El interrogante marca, de entrada, una segunda cuestión que pone en diálogo el caso chileno con el resto de Hispanoamérica respecto del problema específico de la distribución del poder territorial. Mientras varios de los países de la región optaron por regímenes federales con mayor o menor grado de descentralización, Chile adoptó muy tempranamente un sistema centralista que se consolidó a lo largo del siglo XIX y que continuó en la centuria siguiente, a pesar de todos los cambios ocurridos. ¿Cómo explicar este derrotero sin caer en las imágenes clásicas de la excepcionalidad?

El libro exhibe, en este sentido, las tensiones que experimentó el proceso de independencia y construcción estatal entre tendencias de tipo confederal y tendencias centralistas. Tales tensiones fueron comunes en toda Hispanoamérica una vez producida la crisis de la monarquía hispánica en 1808, que provocó, en palabras de José María Portillo Valdés, un verdadero “fideicomiso” de la soberanía3. Si la dinastía de los Borbones que vino a reemplazar a los Habsburgo a comienzos del siglo XVIII, luego de la Guerra de Sucesión, procuró darle a la heredada monarquía compuesta un rostro imperial –que tomaba como modelo el imperio comercial británico– y un rostro absolutista –que tomaba como modelo la monarquía francesa–, los resultados obtenidos fueron bastante magros. Las revoluciones desatadas en todo el orbe hispano durante el cautiverio de Fernando VII en Francia, comenzando por la propia metrópoli, dejaron al desnudo dicho fracaso ante la emergencia de un repertorio anclado en el reclamo de retroversión de la soberanía a los pueblos.

En el marco de ese repertorio que hundía sus raíces en la cultura jurídica hispánica, la tarea de restituir la unidad del cuerpo político fue, por cierto, una apuesta sembrada de dificultades. España no logró recomponerla a través del ensayo constitucional gaditano que creó la nación española bi-hemisférica como sujeto de imputación soberana, ni menos aun lo logró a través de la guerra de alta intensidad que libró el monarca en América una vez regresado al trono y restaurado el absolutismo en 1814. Tampoco pudieron las ex colonias evitar los conflictos que, después de declaradas las independencias, cruzaron a todas las jurisdicciones en torno a la antinomia entre instaurar una nación única e indivisible o un estado confederal/federal que contemplara el autogobierno de los pueblos.

Dicha antinomia fue modulándose con muy diversas variantes en las cambiantes soberanías surgidas del colapso colonial: desde México, pasando por las áreas bolivarianas, Perú y el Cono Sur, las alternativas soberanas fueron múltiples hasta derivar en el mapa político de fines del siglo XIX. En ese largo proceso los pueblos, ciudades y provincias adquirieron gran protagonismo por ser las bases territoriales desde las cuales se disputaron las cuotas de poder entre las élites y dirigencias regionales, siempre presionadas, por otro lado, por sociedades politizadas y militarizadas desde el fenómeno revolucionario.

Los resultados de esas disputas fueron muy disímiles. En el caso chileno, como bien demuestran las siguientes páginas, es relevante observar que el indudable proceso centralizador, finalmente triunfante, fue un punto de llegada que no estaba inexorablemente predeterminado por la historia y la geografía. Por el contrario, ese punto de llegada fue disputado y resistido en diversas coyunturas e implicó un juego recíproco en el que los ajustes de poder desde las periferias hacia el centro, o desde las regiones y provincias hacia el Estado central, fueron tan importantes como las voluntades de las dirigencias que promovieron la organización centralista.

Desde esta perspectiva, los capítulos que continúan describen y problematizan cuestiones clave. Entre ellas emerge la dificultad que supone definir qué era una provincia durante la colonia y el periodo posindependiente, poniendo de relieve la importancia de las ciudades y pueblos con sus entornos rurales en la construcción tanto del Estado central como de las crecientemente subdivididas provincias. Las jurisdicciones subnacionales son, pues, tan relevantes como las subprovinciales al dirimirse las formas de organización de las escalonadas jerarquías territoriales, donde los regímenes municipales fueron parte del debate acerca de la distribución del poder político y de los recursos económicos. Controlar los territorios implicaba cartografiar y censar espacios muy desigualmente poblados –tanto desde el punto de vista de su densidad demográfica como de su composición étnica y social–, con economías regionales claramente marcadas y sociedades locales que presentaban rasgos identitarios específicos.

Por otro lado, las transformaciones de los lenguajes políticos hacen visibles los cambios en las formas de concebir los vínculos entre las partes y el todo. Los diversos significados que, entre otros, adoptaron los conceptos de independencia y autonomía para remitir a reclamos soberanos o a un tipo de descentralización administrativa –ya sea provincial como municipal–, o los que asumieron los de centralización y concentración para referir a formas de distribución territorial o funcional del poder, expresan el doble proceso de distinción de esferas como, asimismo, de solapamiento entre unas y otras. Distinciones y solapamientos que están presentes también en los cuerpos ideológicos que articularon tales propuestas y proyecciones. En este último registro, las constelaciones ideológicas decimonónicas revelan en las diversas latitudes los entrelazamientos que podían emerger a la hora de concebir el complejo vínculo entre territorios y autoridad. En ese gran laboratorio de experimentación política que conformó el mundo atlántico desfilan liberales y conservadores inclinados, respectivamente, a propugnar diferentes dosis de centralismo o federalismo, según los casos. La descentralización podía ser para algunos un foco de anarquía ante la necesidad de imponer un orden, para otros una amenaza a la consumación de la voluntad general, y para muchos una garantía de autogobierno contra el despotismo o un principio irrenunciable para conservar las tradiciones históricas locales. Reaccionarios o progresistas podían apelar a la defensa o a la diatriba de la centralización o descentralización dependiendo de la región, el partido o los intereses sociales y económicos en pugna.

Los caminos no fueron lineales en ningún caso. La experiencia norteamericana, a primera vista el modelo exitoso de una república de grandes dimensiones que supo crear un sistema federal inédito, en el que se combinaron cuotas de centralización y descentralización con un sistema de división de poderes anclado en el mecanismo de checks and balances, no estuvo exenta de las disputas en torno a la aplicación de tales dispositivos ni de una cruenta guerra civil que el federalismo plasmado en la Constitución de Filadelfia había dejado en suspenso. Tampoco Francia estuvo exenta de las pujas por la distribución del poder, más allá del consagrado modelo centralizador que la revolución de 1789 habría consolidado. Si nos despojamos de la vulgata tocquevillana derivada de El antiguo régimen y la revolución que, como sostiene Pierre Rosanvallon, habría grabado en el mármol del sentido común la rápida identificación de una prolongada continuidad de la centralización y de un Estado omnipresente que rigió sin molestias a una sociedad civil atomizada y sometida, es posible descubrir “otras historias”4. Entre ellas, las de las resistencias e impugnaciones a ese modelo, por cierto dominante5.

Hispanoamérica, por su parte, convertida en el gran escenario de experimentación republicana decimonónica –como lo denominó Hilda Sabato–, ensayó diversas fórmulas mirándose en el espejo de otras latitudes y atendiendo también a las peculiaridades de sus territorios y poblaciones6. En ese registro Chile no fue una excepción en el concierto de las nuevas naciones. Mirado su recorrido histórico desde el presente y desde lo que nos proponen aquí los autores, el siglo XIX chileno explica en gran parte los orígenes de un sistema en el que el centralismo resultó triunfante no sin pasar por debates, controversias y resistencias.

La centralización, como afirma el coordinador del libro, “más que una época, es un problema”. El largo viaje que realizará el lector desde el extremo norte al extremo sur del país así lo demuestra. Un viaje que nos traslada a los albores del siglo XXI, en el que se anuncia un ciclo político abierto a transformar ciertos resortes de esa historia. En este punto de llegada es oportuno señalar que la descentralización también es –o puede ser– un problema que requiere ser sometido a reflexiones que articulen pasado, presente y futuro. La vulgata tocquevillana –en este caso la construida en torno a la Democracia en América– que tendió a identificar linealmente la descentralización con la democracia participativa convirtió en axioma aquello que merece ser interrogado en todas sus dimensiones7. El desafío, hoy, es repensar qué tipo de descentralización del poder posee la capacidad de incidencia en la consolidación y calidad de las democracias latinoamericanas, y qué tipo de mecanismos serían, en cada caso, los más eficaces para vehiculizarla.

Las historias de nuestros países expresan, justamente, las dificultades por encontrar formas equilibradas y justas para hacer convivir los ideales republicanos, democráticos y pluralistas con diseños de distribución del poder territorial y funcional que cumplan con las demandas legítimas de autogobierno; demandas que trazaron diferentes derroteros y que continúan marcando las agendas de este recién iniciado tercer milenio. Conocer ese pasado no es, entonces, un mero ejercicio intelectual o académico realizado por –y destinado a– especialistas del campo historiográfico, sino un zócalo imprescindible para evitar etiquetas fáciles o recetas rápidas a la hora de repensar un orden político que aspire al mejor horizonte de convivencia de toda la comunidad política. Desde esta perspectiva, este libro cumple con el cometido de ser un excelente insumo para varios públicos, y de zanjar un vacío al dotar de voz y encarnadura a los múltiples actores que desde el desierto de Atacama hasta la periferia austral de Magallanes conformaron el Estado de Chile.

1 Instituto de Estudios Críticos en Humanidades/CONICET/Universidad Nacional de Rosario.

2 Otto Brunner, Terra e potere. Strutture pre-statuali e pre-moderne nella storia costituzionale dell’Austria medievale (1939). A. Giuffrè, Milán, 1983.

3 José María Portillo Valdés, “Federalismo y nación en los orígenes del liberalismo español”. Araucaria. Revista Iberoamericana de filosofía, política y humanidades, n° 4, 2000, pp. 70-112.

4 Alexis de Tocqueville, El Antiguo Régimen y la Revolución (1856). Fondo de Cultura Económica, México, 1996.

5 Pierre Rosanvallon, El modelo político francés. La sociedad civil contra el jacobinismo, de 1789 hasta nuestros días. Buenos Aires, Siglo XXI, 2007, pp. 12-13.

6 Hilda Sabato, Republics of the New World. The revolutionary political experiment in 19th Century Latin America. Princeton University Press, Princeton, 2018.

7 Alexis de Tocqueville, La Democracia en América (1835-1840). Fondo de Cultura Económica, México, 2001.

INTRODUCCIÓNHACIA UNA CONSTRUCCIÓN PROVINCIAL DE LA HISTORIA DE CHILE

Armando Cartes Montory8

El presente volumen es fruto del empeño colectivo de una pléyade de historiadores nacionales, con una cualidad distintiva: todos piensan a Chile desde las regiones, buscando desentrañar el pasado y construir nuevos sentidos, en un diálogo de ida y vuelta entre las provincias y la nación. Se trata de una mirada naturalizada en varios países americanos, en especial en aquellos con estructura federal, pero poco trabajada en Chile, hasta hace unos años.

En las páginas siguientes, que sirven de presentación al libro, daré cuenta del desarrollo de esta perspectiva en el medio nacional, en autores, encuentros y publicaciones, en el camino a su configuración historiográfica.

REGIÓN O NACIÓN, ESA ERA (¿ES?) LA CUESTIÓN

El siglo XIX chileno fue una época de grandes transformaciones. Comenzó en las postrimerías coloniales y termina con un país avanzando firme hacia la modernidad, con sus luces y sombras. Es el siglo en que se sentaron las bases del Chile actual, soberano y republicano, democrático y profundamente centralizado. Las primeras dimensiones son propias de aquella época; la última, en cambio, hunde sus raíces en los primeros tiempos de la ocupación hispana.

El reino se funda desde el centro y desde allí se expande hacia las regiones periféricas y ultracordilleranas. Con las primeras ciudades surgen también las provincias. La fundación de Santiago (1541), La Serena (1544) y Concepción (1550), dio origen a tres provincias con vocaciones productivas y fisonomías diferentes9 y con poca comunicación efectiva. Sus cabildos ejercían un poder radial –político, social y económico– sobre un vasto territorio separado por los ríos Maule y Choapa. La creación de las intendencias, en 1786, con las reformas borbónicas del siglo XVIII, vino a ratificar la división tradicional, confirmada con la creación de la intendencia de Coquimbo por el Primer Congreso Nacional10.

La configuración provincial de Chile, heredada de la Colonia, no se alteró fundamentalmente con el advenimiento de la Independencia y el establecimiento de un Estado soberano. De manera que se trata de una continuidad colonial, que contribuye fuertemente a modelar el proceso de transición republicana11. Desde sus asambleas, promoviendo gobiernos colegiados y congresos representativos, las provincias instan por un Chile tricéntrico y por espacios de autonomía regional, lógica que se ve impulsada, desde la vertiente ideológica, por el auge del liberalismo federalista, que fracasa en Chile pero que se impone en muchos países de América12.

La instauración del Estado en forma, con la Constitución de 1833, cierra un ciclo inicial de tensiones regionales en la conformación del Estado. Se inicia la consolidación burocrática del aparato público en diversos planos. Se confeccionan mapas y estadísticas; se construyen caminos, escuelas, ferrocarriles; se crean ministerios, provincias y un ejército nacional; se establecen políticas fiscales y de recaudación tributaria13.

Las provincias tradicionales del ‘Chile histórico’ se fueron fraccionando a medida que el Estado completaba su expansión territorial, entre los años de 1840 a 1880. Ya antes, en 1833, se había creado la provincia de Talca, en tiempos de Portales, como una transacción política de las élites locales, contra la cual aceptan jurar la Constitución promulgada aquel año14. En 1842 se crea la provincia de Valparaíso; en 1843 Atacama; Ñuble en 1848, Arauco en 1852 y Llanquihue en 186115. El desarrollo portuario, minero y agrícola irá justificando su establecimiento, pero también la voluntad del Estado de instalarse y controlar la población y el territorio, avanzando incluso en la incorporación y colonización de las zonas consideradas entonces extremas.

En forma paralela al despliegue burocrático comienza a formarse una economía “nacional”. En el eje Santiago-Valparaíso se instalan y desde allí se extienden las grandes casas comerciales inglesas y alemanas, que financian la expansión de la industria molinera, el carbón, el salitre y la navegación16. En la temprana industrialización del sur, con la industria molinera y los textiles, son importantes los capitales norteamericanos17. En el norte hay también una relación estrecha con la zona central, que se expresa en redes comerciales y familiares18. Este proceso debe estudiarse en relación con sus dimensiones sociales y políticas, para entender el impacto de la modernización capitalista en espacios regionales.

Los órganos y funcionarios, al desplegarse por el territorio, van generando una administración que es autónoma de los grupos o clases dirigentes, a la manera weberiana19. La Ley de Régimen Interior (1844) y la Ley de Municipalidades (1854) intervienen las tradicionales facultades de los municipios, afectando la capacidad de las élites de gestionar los espacios locales20. Previamente, un Estado de baja penetración no había podido todavía instalarse y dominar efectivamente los territorios. Desde entonces las élites provinciales ven reducida su hegemonía, lo que, sumado a las mayores exigencias tributarias, anticipa una reacción violenta. Fue la tónica en muchas regiones de América. Así, en Trujillo y Arequipa, “las otras” ciudades y cabezas de provincia del Perú, explica Ramiro Flores, el regionalismo inicial no fue un movimiento de raigambre popular, “sino por el contrario, una reacción conservadora de los grupos de poder regional –léase los gamonales o caciques provinciales– que invocaban la defensa de la región como un escudo para resguardar su cuota de poder local frente al incontenible avance de la burocracia estatal en provincias21.

Las dos provincias periféricas del Chile tradicional, el Norte Chico, representado por Coquimbo y Copiapó, y Concepción, con proyección a la Frontera, experimentan desarrollos desiguales durante los gobiernos decenales (1831-1871). La expansión del Estado y el avance de la modernización liberal impactan los espacios regionales impulsando la ruptura de las continuidades coloniales. Se produce un ajuste de poder, que es necesario estudiar en varias dimensiones, desde las regiones hacia el centro.

El balance del siglo XIX para las nuevas naciones americanas aparece muy desigual. Aunque casi todas lograron consolidar su soberanía (Panamá deberá esperar al siglo XX), su éxito fue relativo. Así, en Perú la cercanía del bicentenario de su independencia reaviva el debate sobre las ventajas que trajo el proceso a un otrora poderoso virreinato22. En la Argentina, país cuya gestación tardó varias décadas, es un dato objetivo la pérdida de población y territorio en relación con el Virreinato de la Plata. Chile, en cambio, el lejano Finis Terrae, tierra de guerra y doblemente dominado por España y por Lima, aparece como el gran favorecido al cabo del primer siglo de vida independiente. Es la base de la repetida afirmación sobre la excepcionalidad chilena.

Cruzado con el centralismo que se fue progresivamente instaurando surgen preguntas y dilemas. Tienen que ver con el impacto de la organización nacional, la modernización liberal y la consolidación estatal sobre los territorios, los pueblos indígenas y las sociedades tradicionales. Son los ganadores y los perdedores del Estado en forma. Las relaciones entre política, etnia y territorio, en el siglo XIX, en una mirada nacional, son cuestiones pendientes de la ciencia política y la historiografía.

En cualquier caso, más allá de injusticias particulares, la temprana organización de Chile –política, cultural y burocrática– parece ser una de las claves de su éxito relativo en el primer siglo independiente. La centralización fue parte de la ecuación. La promovieron gobernantes formados a horcajadas entre el Antiguo Régimen y la república, como el mismo Bernardo O’Higgins y Diego Portales. El primero intentó dividir las provincias históricas y crear delegados directoriales; el segundo propiciaba un “Estado fuerte, centralizador”. Animados de un doble impulso por el orden y el progreso, como muchos de sus sucesores, veían la centralización político-administrativa como una etapa necesaria en el desenvolvimiento nacional. Una etapa que, cuando se hubiere conformado ya un pueblo virtuoso, debía superarse.

A escala hispanoamericana, puede sostenerse que el gran dilema del siglo XIX fue también la cuestión de la distribución regional del poder. Caudillos y dictadores, disputas entre federales y unitarios, conflictos interprovinciales y entre capitales y provincias son algunas de las manifestaciones de esta disyuntiva central de aquel siglo. Los conflictos relativos a la asignación del poder y los recursos entre las ciudades o provincias capitales y las regiones periféricas, marcaron la configuración de los Estados modernos.

Aunque no buscamos hacer lecturas o comparaciones con el tiempo presente, estas resultan inevitables. Es así porque la centralización, más que una época, es un problema. Lo estudiamos a propósito del siglo XIX, pues es el tiempo largo en que se adoptaron las opciones por el republicanismo, el centralismo y una forzada homogeneidad étnica y cultural. Fue entonces cuando el Estado-nación chileno se fue conformando mediante el despliegue de la administración pública, pero también entre rebeliones y alianzas interprovinciales. Se trata, en definitiva, de un dilema nunca totalmente resuelto y que no puede resolverse, en razón de la constante evolución de los pueblos y naciones que albergan los Estados23.

En el Chile democrático del siglo XXI, con una ciudadanía crecientemente educada y empoderada, y una economía que descolla en la región, ya es llegado el tiempo de dejar atrás la coraza centralista del albor republicano. El debate está abierto en el campo de las transformaciones politicoinstitucionales. Transitamos, en efecto, hacia gobiernos regionales legítimos, estables y con capacidad de negociación, en virtud de su origen democrático representativo, a partir de la elección directa de consejeros y pronta de gobernadores regionales24. El nuevo reparto del poder, a nivel territorial, contribuirá a crear alianzas público-privadas más eficaces y estimulará el desarrollo endógeno. Con el empoderamiento local surgirán identidades regionales más fuertes, vínculos interprovinciales y –¿por qué no?– relaciones internacionales desde los territorios. Pero es también probable que el panorama político se colme de conflictos por atribuciones y recursos, que el Estado central hoy reparte o devuelve con excesiva prudencia.

Proponemos, pues, una mirada integral a la construcción provincial de Chile, que cubra el largo siglo XIX, época de definiciones y transformaciones que conformaron –y siguen orientando– el desarrollo territorial de Chile. El objetivo es ofrecer una mirada moderna, a tono con estos tiempos, en que los Estados dan señales de agotamiento, y en que las ciudades y regiones afloran como un espacio de realización, de identidad y de conexión con el mundo.

ENTRE PROVINCIAS Y FEDERACIONES

Un texto como el que presentamos demanda un ejercicio previo de historia conceptual. Es necesario analizar las voces polisémicas de provincia y región, en el lenguaje de los tiempos de la transición republicana, en relación con su sentido geográfico y su contenido político.

La provincia surgió como una fracción geográfica, para terminar designando un territorio político-administrativo25. El propio continente americano figura como Provincia inventa per mandatum Regis Castelli, en el globo y mapa del mundo que realizó el famoso cartógrafo Martin Waldseemüller, en 150726. En decenas de planos posteriores –y en el gran poema épico de Ercilla– Chile como un todo aparece como una provincia27. También sus fracciones: el abate Juan Ignacio Molina, a fines del periodo colonial, señalaba que el “Chile propio”, o sea el espacio de tierra situado entre el mar y los Andes, se divide políticamente en dos partes, “en el país que habitan los españoles, y en el que poseen todavía los indios”. El primero, agrega, se divide en trece provincias, que a continuación lista, con su extensión aproximada, su capital y principales ríos y puertos. La provincia de Santiago figura como una más, pero aclara que en ella está la ciudad homónima, “que es capital de todo el Reyno”. Finalmente, añadía que “la parte de Chile, que se puede llamar con propiedad Provincia Española, es un angosto distrito que se extiende por lo largo de la costa desde el desierto de Atácama hasta las islas de Chiloé”28.

En el lenguaje administrativo hispano colonial, la voz se empleaba para designar territorios de variada naturaleza. El Diccionario de Autoridades (1737), que corresponde a la primera edición del Diccionario de la Real Academia Española, intentó asociar el territorio a la función administrativa. Consignó que “Provincia” es “la parte de un Reino y Estado, que se suele gobernar en nombre del Príncipe, por un ministro que se llama gobernador”, eludiendo, dice Chiaramonte, “precisar qué clase de división política o administrativa le correspondía, más allá de su pertenencia a un ente superior”29. La Ordenanza de Intendentes de 1782, para el Río de La Plata, que también se aplicó en Chile, intentó acotar el concepto, señalando que provincia designaba el “territorio o demarcación de cada Intendencia”, y que las antiguas provincias serían en adelante llamadas “partidos”.

La ambigüedad puede deberse a uno de los rasgos característicos de la ocupación hispana en América. La sociedad se organizó políticamente en municipios. La ciudad, incluso a principios del siglo XIX, seguía siendo la unidad política de base y, en el imaginario político, “el marco ideal de vida para el hombre que vive en sociedad”. Los pobladores ejercían en ellas sus derechos de vecinos a la manera de una pequeña “república”, pues contaban con territorio y un gobierno propio, el cabildo, sus instituciones basadas en el derecho castellano y una organización eclesiástica30. En la práctica, en las ciudades, villas y pueblos de América las familias poderosas solían controlar la vida pública. No existió, en cambio, una estructura intermedia entre las ciudades y el reino, que fuera verdaderamente sólida. Las gobernaciones tuvieron, en general, un carácter administrativo, y las intendencias, que debieron cumplir ese rol, aparecen muy tardíamente. La inexistencia de provincias con capacidad de representación política explica la ambigüedad de su función –y del concepto mismo– en la Colonia y durante las independencias.

En las postrimerías coloniales, ya en plena crisis imperial, la Constitución de Cádiz estableció diputaciones provinciales. “Con ello –dice Manuel Chust–, no solo creó un ente político-administrativo para gobernar, administrar, explotar y defender el poder territorial, sino que comportó una unificación del territorio en función del concepto ‘provincia’”31. Se procuraba superar, así, la dispersión territorial característica del Antiguo Régimen, en virreinatos, intendencias, provincias o reinos, complicada aún más por las jurisdicciones eclesiástica y militar. De esta forma, a partir de sus asambleas y diputaciones, las provincias comenzaban a constituirse en entes políticos. Mientras en países como México, según demostró Nettie Lee Benson, promovieron el establecimiento de diputaciones provinciales, que fueron la base del futuro federalismo, en la mayor parte de Hispanoamérica finalmente no prevalecieron32. Fue el caso de Chile, donde las asambleas fueron actores importantes en la década de los años 1820, para luego ser sustituidas por autoridades designadas desde el nivel central.

Hacia 1810, coincidente con el empoderamiento que vivían los espacios regionales, la provincia se resemantiza, adquiriendo el concepto un claro contenido político. Mientras Camilo Henríquez sostiene, en efecto, en La Aurora de Chile, que “un pueblo que depende de una metrópoli no figura entre las naciones; no es más que una provincia”33, en diversos lugares de Hispanoamérica, según Chiaramonte, se llamaría muchas veces provincia a una “soberanía” independiente, como ocurrió en la actual Venezuela o en el Río de La Plata34. Frente a los conflictos desatados entre el unitarismo y el “federalismo” de las provincias, se le ciñe una connotación peyorativa. En adelante, el “provincialismo”, asociado al liberalismo extremo o a la anarquía, será tachado de fuerza centrífuga, destructora, en el lenguaje de los conservadores y los autoritarios35. Posteriormente, cuando las antiguas metrópolis americanas triunfan en su empeño de imponer Estados centralizados, su hegemonía, extendida a lo social y cultural, reservará la voz ‘provincianismo’ para tildar la rusticidad de la vida rural o de las ciudades menores36.

En la actualidad la provincia ha pasado a ser solo una fracción del territorio estatal, hasta identificarse con el espacio regional. Despojada de cualquier pretensión soberana, ha perdido casi todo su contenido político. La patria, en cambio, ha tenido mejor fortuna. A la ambigüedad inicial, que la relacionaba con lo local, lo nacional e, incluso, lo americano, le siguió una clara asociación con el espacio físico y político del Estado nacional. Por lo mismo, el estudio de la historia patria desde las provincias exige tomar ciertos resguardos metodológicos. De partida, es evidente que los marcos puramente administrativos o geográficos resultan insuficientes. Son, más bien, los circuitos y la estructura económica los que definen las regiones y la jerarquía urbana de las ciudades que las encabezan. Recordemos que la economía colonial latinoamericana era básicamente regionalizada.

La región, por su parte, ajena a la precisión que otorgan las divisiones administrativas decretadas, es un concepto plástico, que no debe asumirse de forma acrítica o esencialista, como si las actuales existieran de siempre, y con sus límites perfectamente establecidos. Una visión estática de las regiones ha sido una falencia recurrente de la historiografía local. Más que un ente concreto, dice Ramiro Flores, la región es un concepto cultural. Implica establecer fronteras o límites “regionales” allí donde no existen en la naturaleza37. A ello se refería Fernand Braudel cuando proponía la geohistoria, en la cual las regiones, ajenas a todo determinismo geográfico, se caracterizarían por “la riqueza de su largo pasado y de una poderosa experiencia humana”. Es la relación compleja de hombre y espacio, en la vida cotidiana, el eje fundamental en la formación y existencia de una región.

El enfoque regional es útil si se reconoce, como señala Manuel Miño, “que en el ámbito del territorio nacional existen procesos históricos particulares con dinámica propia, correspondientes a sociedades con características socioeconómicas y culturales de índole también particulares”38. Estas sociedades regionales, relacionadas entre sí, forman la nación, sin por ello abdicar de sus propios valores ni renunciar a una memoria colectiva con la que se identifican, que es consecuencia de un proceso histórico individual.

Esta indefinición de la provincia y, por añadidura, de lo regional ha afectado a la misma historiografía. El concepto histórico de “lo regional”, en efecto, tiende a ampliarse o contraerse según lo que intentamos observar, transformando su definición en un problema en sí mismo. Generalmente se le asocia con un tiempo de estudio y unos tipos de producción y circulación vinculadas a las condiciones físicas del territorio39, de manera que la noción resulta variable y elusiva.

La propia tipología que distingue entre historia local e historia nacional, por lo demás, es funcional a la necesidad específica de legitimar la noción de Estados nacionales, preferentemente republicanos. Estos se atribuyeron la noción de patria, antes asociada a espacios subnacionales, a los que quitaron protagonismo como objetos de estudio histórico. El orden previo devino una “prehistoria” de la historia patria, equiparada ahora a lo nacional y se tendió a historiar desde la independencia40. Esta historia “nueva”, de países y órdenes políticos igualmente nuevos, desdibuja las continuidades de las estructuras sociales y económicas coloniales y las transiciones políticas y culturales de larga duración41. En particular, desconoce el protagonismo de las provincias y los espacios regionales, en la conformación de las sociedades que integraron luego las naciones.

Otro concepto que también necesita de precisiones es la voz “federalismo”, para entender las percepciones y debates contemporáneos al albor de las repúblicas americanas. El federalismo, como sistema de organización estatal, se ha utilizado de manera ambigua, para comprender cualquier forma de autogobierno subnacional. Su expresión moderna más reconocida, sin duda, se halla en la Constitución norteamericana de 1787. Su desarrollo casi contemporáneo a los eventos chilenos lo transforma en un fenómeno histórico y evolutivo, un paradigma en construcción, sin perjuicio de su sistematización doctrinaria. En esencia, implica que el poder estatal se distribuye en dos niveles superpuestos, el central o federal y el propio de los Estados o provincias. Ambos ejercen parte de la soberanía directamente sobre los ciudadanos42. Lo último permite distinguirlo de la confederación, forma menos profundizada de unión, en la cual se unen Estados o provincias, pero reteniendo el ejercicio directo del poder soberano sobre el pueblo. Fue también el caso de Estados Unidos, en virtud de los Artículos de la Confederación de 1781, que luego fueron superados por la Constitución de Filadelfia, al revelarse las dificultades que originaba un Estado federal demasiado débil43.

Las tendencias federalistas chilenas de 1820 pueden relacionarse con el liberalismo de la primera hora. Este movimiento, que impulsó los ideales republicanos de nación, sufragio y derechos civiles, fue esencialmente antiautoritario y anticentralista44. Como una gran ola, sacudió las instituciones del Antiguo Régimen y alimentó los debates de la Patria Vieja. Sus excesos, en términos de atomización del poder, elecciones de párrocos o democracia directa, en un pueblo todavía sin luces ni “virtudes”, causaron ingobernabilidad y trajeron su desprestigio45. La resaca de aquella ola, que también recorrió América, restauró el “resorte de la máquina”, en la expresión de Portales, y nos dejó la república autoritaria. A partir de 1810 tanto la independencia como el federalismo habían luchado por imponerse. Ambos eran hijos del primer liberalismo e igualmente “ajenos” a la tradición chilena. Mientras la emancipación logró consolidarse, el federalismo, en cambio, quedó en el campo de los vencidos. Sus estertores, en todo caso, se prolongarán por varias décadas; Infante, desde las páginas de su periódico El Valdiviano Federal, lo promoverá hasta su muerte46.

Llegó entonces la hora de la centralización, que se creyó necesaria para organizar un Estado viable. Debía reconstruirse la administración indiana, ya no realista e hispánica, sino que republicana y centralizada en la capital. Por oposición, el regionalismo es considerado parte de un fallido proyecto liberal. Así, la lucha provincial por el poder, en esta época, se ha leído desde la historiografía progresista del siglo XX como un conflicto social. Luis Vitale, en su Interpretación Marxista de la Historia de Chile, hablaba de “la rebelión de las provincias”47. Más recientemente, Gabriel Salazar llama al proceso “la revolución de ‘los pueblos’ (1822-1823)” y trata los años siguientes como un proceso revolucionario y contrarrevolucionario48. Las provincias encarnarían a los productores, artesanos y pequeños empresarios, por oposición a los grandes mercaderes y latifundistas que se concentraban en Santiago. Si bien hay algo de verdad en esta asociación de grupos e intereses, no siempre es fiel a la realidad, como ya demostramos para el caso de Concepción, en la coyuntura de 181049. Los alineamientos ideológicos, pensamos, predisponen a una aproximación sesgada al campo socioeconómico. Las profundas razones culturales, históricas y geográficas en que se funda el regionalismo, así como una lectura más atenta del influjo del liberalismo en la época en estudio, nos llaman a promover una mirada más amplia y comprensiva.

¿Era factible un proyecto federal, en cualquier modalidad, en 1810? Una masa crítica de ciudadanos instruidos y dispuestos a asumir responsabilidades públicas, así como recursos para sostener una doble administración, son las claves de su adecuada implementación en países de mayor desarrollo relativo. Nada de esto existía en Chile a principios del siglo XIX, como en el resto de las naciones americanas. Sí exhibía el reino, en cambio, una diversidad geográfica, económica y cultural en sus tres provincias históricas, que originaba un clamor por participación política desde su identidad territorial. Las élites del sur así lo asumían, actuando corporativamente y también, a partir de 1820, las de la provincia de Coquimbo, fenómeno que se proyectaría con fuerza durante buena parte del siglo XIX.

En países como Brasil, Argentina o México el juego simultáneo de fuerzas centrípetas y centrífugas postergó por largos años la definición de la estructura estatal. En México la federación permitió salvaguardar la unidad, amenazada por el regionalismo, al derrumbarse el viejo orden novohispano50. La independencia, dice Brian Hamnett, hacía necesaria una serie de ajustes entre las élites regionales y la nacional, pues los cambios que se produjeron en esos años críticos requerían una transformación política. Las amenazas externas, además, fomentaron también el “nacionalismo”, estimulado por la guerra de Independencia51.

En el caso argentino, se ha advertido que frente a las múltiples reivindicaciones del antiguo derecho autónomo de los “pueblos”, la noción de federalismo no debe necesariamente vincularse a fenómenos de disociación política, sino que, al contrario, a procesos de unificación. La federación, en efecto, era una forma de unir provincias autónomas en un pacto nacional52. En ambos países la mayor extensión geográfica, la diversidad de actores y sus recursos, tanto como las peculiaridades de sus respectivos procesos, culminaron en la opción por el federalismo. No fue este el caso de Chile, justamente por las razones inversas: la homogeneidad de las élites, el corto número de actores y el espacio limitado en que se dieron los eventos –el Chile “tradicional”– facilitaron los consensos. La forma del país, que coloca naturalmente al centro a la provincia capital, a la cual convergen los recursos y los sujetos provinciales, contribuyó a consolidar la estructura centralizada.

Las circunstancias concretas, además, en que se desarrolló el tránsito republicano chileno, contribuyeron a su opción unitaria. Mientras el sur fue escenario de la mayor parte de los combates, vio despoblado su territorio y destruida su economía por la guerra, en el centro, en cambio, rápidamente se alcanzó una relativa normalidad. Cuestiones de crédito y capitales, administración del presupuesto fiscal e impuestos, permitieron al centro, nuevamente, beneficiarse del desarrollo minero en el norte. Socialmente, se produjo pronto un fenómeno de cooptación, que atrajo a las élites provinciales.

Es probable que de haberse dado una evolución más progresiva y consensuada del proceso de organización estatal, en el marco de un Congreso u otro cuerpo similar, hubiera podido alcanzarse una mayor descentralización regional del poder. En los inicios del proceso, con los actores y sus recursos intactos, muchos instaron con fuerza por la instalación de una organización de base confederal. Las circunstancias críticas de la guerra lo hicieron imposible. No puede saberse si la brecha de inmadurez cívica y debilidad económica hubiera podido superarse, ni le corresponde a la historia especularlo.

DERROTEROS DE UNA PERSPECTIVA DE INVESTIGACIÓN

La conmemoración del bicentenario del largo ciclo de las independencias americanas se inició en 2009, en recuerdo de la Primera Junta de Gobierno Autónoma de Quito, establecida en agosto de 1809, evento conocido como el Primer Grito de Independencia Hispanoamericano. En esa ciudad se celebró el VII Congreso Ecuatoriano y el IV Congreso Sudamericano de Historia, celebrado bajo el tema central “Independencias: un enfoque mundial”. Allí concurrí pensando que discutiría sobre transformaciones políticas y continuidades coloniales, personajes y batallas, como había sido la tónica tradicional de los estudios sobre aquella época revolucionaria. Pero ocurrió algo distinto.

Iluminadoras conversaciones me fueron empapando de un enfoque particular, que ha sido desde entonces el centro de mis investigaciones. Me refiero a las tensiones entre las capitales de los antiguos centros políticos –virreinatos, audiencias y gobernaciones– y las ciudades y provincias periféricas; disputas que se iniciaron de inmediato con la crisis política de la monarquía de 1808, en ocasiones precedidas por querellas coloniales, y se prolongaron durante el siglo largo de la organización estatal. Así, con el reconocido historiador ecuatoriano Jaime Rodríguez, radicado en California, aprendí de la contienda secular entre Quito y Guayaquil, la sierra y la costa, que ha marcado la historia de su país. Cuestión que entre regiones distintas, pero con rasgos similares, se repetía a lo largo del continente.

Escribí, en esta lógica, un trabajo sobre Guayaquil, Charcas y el interior argentino53, precedido por mi libro Concepción contra “Chile”54, el cual, no sin polémica, instaló el tema de las tensiones provinciales en la Independencia nacional. En años posteriores amplié el campo a las demás provincias, relacionándolo con procesos más amplios, como el influjo del liberalismo gaditano, el federalismo latinoamericano y las relaciones entre la emergente nación y las regiones históricas55. En estos trabajos las lúcidas miradas de maestros como José Carlos Chiaramonte, Hilda Sabato o Eduardo Cavieres –y sus buenos consejos– resultaron esclarecedoras, en la búsqueda de nuevos derroteros de investigación.

Para entonces, ya me resultaban evidentes los vacíos de la historiografía canónica, centrada en las disputas políticas de liberales y conservadores, centralista y centralizada en su producción y campo de estudio56 y, reducida, además, a los marcos nacionales57. Enfoqué mi mirada al siglo XIX, época violenta y de grandes transformaciones, pues en ella se adoptaron definiciones que han marcado nuestra evolución política: la independencia plena (un Estado soberano), la república (autoritaria y, progresivamente, democrática), la homogeneidad (en negación a la diversidad étnica de hoy y de otrora) y la centralización política. La magnitud de los desafíos que imponía este proyecto político explica la violencia y complejidad de las vicisitudes que el país experimentó en su primer siglo independiente. De ahí también su interés historiográfico. Concentré, pues, mis afanes de investigación, en la dimensión centro/ periferia de la construcción del Estado en Chile. Evadiendo el reducido marco nacional, he promovido miradas comparadas o, más bien, entrecruzadas, más propias de Estados todavía en formación58, en el contexto regional americano; animado por la convicción de que las disputas del Norte y el Sur peruanos, la evolución de las provincias argentinas o colombianas, en fin, los federalismos triunfantes y los proyectos fallidos, ofrecían claves explicativas para nuestra propia evolución.

En un proyecto posterior pude alcanzar hasta el periodo portaliano59. Revisité entonces la vieja “anarquía”. En los últimos años se ha abierto paso, entre los historiadores latinoamericanistas, la idea de que la década de 1820 fue un tiempo de exploración, experimentación e innovación60. En Chile, en cambio, las visiones oscilaban entre una inexistente anarquía –pero sí desgobierno y bandolerismo– a una época de positivos ensayos políticos, hasta un neorromanticismo liberal, asociado a la figura de Ramón Freire como un general ciudadano61. Mi perspectiva se alejó de esas visiones polarizadas, para insinuar que el rasgo central del periodo fue la confrontación de proyectos alternativos. “El país osciló, en efecto, entre la instalación de un Estado multipolar (¿confederal?), multicultural y liberalmente más avanzado, versus el Estado forzadamente homogéneo y centralizado que finalmente se instauró”62.

Hoy me hallo estudiando el ciclo de tensiones regionales, que tuvieron lugar en el marco de la modernización liberal, y que culmina hacia 1880. El avance del ideario liberal, cruzado con las demandas regionales, dio lugar a una tensión de larga duración con el Estado central en consolidación, incluyendo varias rebeliones violentas, que marcan el siglo de la organización política republicana. Las disputas liberales influyen, a su vez, en un sentido ideológico, político y militar, en la estrategia del Estado hacia la incorporación de la Araucanía. Las redes políticas y comerciales de las élites provinciales y los operadores liberales con la Frontera y los alineamientos políticos de los caciques, basados en sus intereses tribales, conectan los conflictos regionales con los debates centrales de la construcción del Estado. Es otro tema que requiere una mirada más amplia, desde el enfoque que proponemos. Una perspectiva trabajada ya para el mundo andino63 y la Argentina, no así en Chile.

La Revolución de 1851 acaba con el predominio del sur; mas continúan las alianzas de familia intraelitarias; la Revolución de 1859, por su parte, fue un supuesto fracaso regional- liberal, pero seguido, al cabo de pocos años, del triunfo de este ideario. Se abren preguntas sobre el impacto de estos sucesos, que terminan por franquear el camino en Chile a una incipiente democracia, con alternancia en el poder, prensa libre y multipartidismo64.

Las provincias, tras la Ocupación de la Araucanía y la riqueza que trae la Guerra del Pacífico, que permite financiar y consolidar la organización del Estado burocrático y centralizado, ven mermada gravemente su incidencia. Concluye así, tempranamente, la era de las provincias como actores relevantes y del regionalismo como fuerza modeladora de la organización nacional. También, podría decirse, el siglo XIX, desde la perspectiva que orienta este trabajo.

UN ENFOQUE PROVINCIAL DE LA ORGANIZACIÓN DEL ESTADO

La historiografía nacionalista, que acompañó al proceso de construcción de Estados, permeó también al siglo XX, resultando en miradas incompletas en cuanto se circunscriben solo al ámbito nacional. Estas no valoraron bien, salvo buenas excepciones, las transferencias e influencias del mundo atlántico y de los propios países vecinos, proyectando anacrónicamente hacia atrás las lógicas de los Estados consolidados del siglo pasado. Desde sus décadas finales este vacío parece resolverse a partir de múltiples trabajos que asumen una perspectiva mejor contextualizada del origen de los Estados americanos, así como una mirada poliédrica y menos jerarquizada del imperio español65. Ha ocurrido en el campo de la historiografía americanista, donde nunca se ha dudado de la fuerza modeladora de las tensiones regionales en la conformación de los Estados nacionales americanos66. Son muchos los países que reconocen la participación provincial en la construcción de su Estado-nación67.

Chile aparecía como la excepción, en el plano científico, probablemente a partir de la misma autoimagen de “excepcionalidad” en el concierto hispanoamericano, esto es, como un país que, sin grandes sobresaltos, avanzó rápidamente en la consolidación de un Estado moderno y eficaz. Menos atravesado por conflictos sociales, raciales o provinciales que sus vecinos, pudo organizarse prontamente y asumir un destino común de nación. Su historiografía tradicional, reconocida en cuanto a sus principales autores y el trabajo de fuentes, cumplió un rol significativo en la consolidación política y cultural de la nación. Su conformación excesivamente temprana, sin embargo, produjo el efecto de calcificar una mirada canónica del periodo de la formación nacional, que no fue realmente superada o alterada en el siglo XX.

Con el transcurso del primer siglo republicano el país logró consolidar su territorio e instituciones, su economía y una red de comunicaciones; en fin, una identidad compartida y una estructura estatal con densidad y penetración territorial. En estos procesos las provincias fueron parte de una larga negociación, no siempre pacífica. Se trata de un diálogo de ida y vuelta entre las élites locales, los pueblos y las autoridades centrales, que interesa revisitar desde la periferia hacia el centro.

Pendiente se encuentra en Chile una aproximación más descentrada y equilibrada de la historia de la organización del país. Si bien los eventos regionales son consignados en los grandes relatos nacionales, no aparecen significados en forma que recoja su influencia en la narración general. Comúnmente resultan anecdóticos o desconectados, sin capacidad explicativa, o bien los actores provinciales –los sujetos y las provincias mismas– figuran como arcaicos, defendiendo un régimen (la monarquía) o un modelo (la autonomía provincial), que está “destinado” en forma inevitable a ser superado por la historia. Algo similar puede decirse del tratamiento del mundo indígena, que aparece desprovisto de objetivos o de una geopolítica propia.

La historiografía regional también tiene su cuota de responsabilidad en la baja penetración de estas miradas renovadoras. Con pocas excepciones, se redujo a la mera crónica o a la historia local; sin contribuir al diálogo región-nación, en la búsqueda de aportar complejidad o matices al gran relato nacional. En las provincias, por carencia de fuentes y otras razones, se desarrolló una historiografía de corte localista, que pocas veces miró al país en su conjunto, contribuyendo por omisión a la construcción centralista de la historia nacional68. Se hace necesaria, en consecuencia, una historia regional que dialogue mejor con la gran historia de Chile; de la misma forma, hay que avanzar en la construcción de una historia verdaderamente “nacional”, de manera de otorgar complejidad y riqueza al análisis del periodo clave de la organización del Estado.

Mucho se ha avanzado en años recientes. Superando la mera extrapolación irreflexiva de procesos del Chile Central, desde distintos territorios se levantan propuestas historiográficas que miran al país desde la región. Ya nadie estima la mirada regional a la historia como mera expresión de chauvinismo local. Destacados historiadores regionales han aportado a la construcción de una imagen más descentrada de la historia de Chile: Mateo Martinic, María Angélica Illanes, Sergio González, Milton Godoy y Leonardo Mazzei, por nombrar solo algunos. Se han escrito diversos trabajos que apuntan en la dirección que señalamos69. En seminarios70 y publicaciones académicas71 el problema de la participación regional en la organización del Estado se instala, ya no como expresión de fenómenos locales sino que en una perspectiva más amplia y comparativa72.

El análisis de la construcción del Estado abarca innegables dimensiones territoriales o locales. Son los casos de la cartografía, la fiscalidad, los municipios, las divisiones provinciales, los caminos o los censos, por nombrar algunas, que han sido objeto ya de buenas monografías73. Hay otras pendientes, o insuficientemente trabajadas, en la lógica regional, como las relaciones de familia y la formación de redes comerciales74 o las dimensiones socioculturales del centralismo.

Estas últimas resultan muy interesantes. Se traducen en fenómenos diversos, como las migraciones campo-ciudad y de provincianos rumbo a la capital. La provincia, de espacio político privilegiado, se vuelve peyorativa, y la capital en un objeto de imitación y de deseo. Así lo recoge la literatura, como puede apreciarse en obras muy exitosas en su época, como el Martín Rivas (1861), de Alberto Blest Gana; las Cartas de la Aldea de M. J. Ortiz (1908); los escritos de José Joaquín Vallejo, Jotabeche; o la pieza teatral Como en Santiago (1881), de Daniel Barros Grez. Su éxito de otrora, más allá de un innegable mérito literario, es señal de que dieron cuenta de la creciente hegemonía cultural, política y social de la capital del país. Se instala una actitud desdeñosa que también exhibieron historiadores y ensayistas, como Francisco A. Encina, en su Historia de Chile (1938-1952) y Alberto Edwards (1928). Es un aspecto del proceso de construcción de la sociedad centralista chilena que no se ha estudiado en una perspectiva de historia cultural.

En los últimos años nuevas voces han surgido, que controvierten y matizan, desde Chiloé, Atacama o Valdivia, por ejemplo, la mirada tradicional de un país que se construyó desde el centro a la periferia, como mero reflejo o imitación mecánica75. Se suman a los abordajes temáticos ya referidos y constituyen trabajos útiles, sin duda. Hacía falta, no obstante, estudiar todavía varias provincias con esta perspectiva y reunir todas esas miradas en una obra de conjunto. También a Santiago, la “hermana mayor”, en la expresión de José Miguel Carrera, como ciudad y provincia. E incluso a aquellas que no fueron parte del “Chile histórico” de 1810, pero que fueron aportando, al incorporarse, a la identidad múltiple y compleja del país que –no sin sombras y vacíos– ya se presenta como una nación consolidada al mundo en 1910, año del primer Centenario de su emancipación.

Es necesario, en síntesis, un abordaje sistemático de la evolución del país, en el siglo XIX, planteado desde las provincias. Solo de esta forma las singularidades y contradicciones de territorios entonces más diversos y autónomos pueden evidenciarse y aportar a una comprensión integral de la organización de Estado y la construcción de la nación chilena. Aspiramos a que este texto avance significativamente el camino.

EL LIBRO QUE PRESENTAMOS

El presente volumen propone una lectura provincial del proceso de construcción de Estado en Chile, en el siglo XIX. Pretendemos ofrecer, con las plumas sumadas de varios investigadores, una mirada renovada a la actuación de actores y fuerzas regionales. De eso se trata la invitación que he formulado a destacados historiadores y especialistas en espacios subnacionales: a pensar el pasado del país entero desde las regiones.

Los capítulos no siguen la nomenclatura de las regiones que conforman la división político-administrativa vigente del país. El texto se ha estructurado, más bien, con base en los territorios como una realidad geohistórica, considerando los eventos que han condicionado la historia local, en diálogo con procesos nacionales e internacionales. Los espacios considerados son el Norte Grande, Copiapó, Coquimbo, Valparaíso y Aconcagua, Santiago, Colchagua, Talca, Concepción y Chillán, la Frontera, Valdivia, Osorno, Puerto Montt, Chiloé y Magallanes. Más que una estructura de límites precisos, pero cambiantes, propia de las divisiones administrativas, seguimos una lógica de centros de poder representados por las antiguas ciudades y sus zonas de influencia en el siglo XIX. Lo mismo ocurre con la diversidad de actores y colectivos que protagonizan el devenir de cada provincia.

Las periodificaciones se han construido de la misma manera, recogiendo la diversidad de los problemas y ciclos históricos. Así, mientras el largo siglo XIX se inicia antes de 1800 en el Valle Central, en Magallanes comienza tardíamente y se proyecta hasta las primeras décadas de la siguiente centuria. Son definiciones que pueden cuestionarse y que muestran, por lo mismo, la plasticidad de la región, como espacio-tiempo y problema historiográfico.

Los trabajos incluyen, en la medida de lo posible, una caracterización de los territorios, a partir de 1810 y durante el siglo XIX, más las referencias que parezcan indispensables a procesos previos o posteriores. Aunque interesa sobre todo el análisis, se mencionan los eventos y personajes más significativos, pensando en un público diverso y no necesariamente especializado, propio de un libro que se interesa en la historia de Chile y sus regiones.

En Chiloé y desde esa isla mitológica, con ocasión de las Jornadas de Historia Regional de Chile, convocamos a una pléyade de historiadores a sumarse a este proyecto, todos especialistas en sus territorios; entre ellos cuatro Premios Nacionales, y también varios historiadores jóvenes, que representan la renovación necesaria de la disciplina. Y casualmente casi todos, pues no fue intencionado, nacidos en regiones. Aceptaron de inmediato, sin conocer más antecedentes que la motivación y el propósito de la obra, y sin otra retribución que la satisfacción de ser parte de este volumen. A todos les estoy muy reconocido por su generosa confianza y el profesionalismo con que acogieron sugerencias y nuevas exigencias.

Aunque hubo pautas y contenidos sugeridos, los textos en su pluralidad expresan la propia de sus autores. Unos eligieron un tono más descriptivo; otros optaron por el ensayo, género reservado a la reflexión madura de quienes han mirado una región y un problema histórico por largo tiempo. En su variedad de enfoques, expresan la propia de nuestra historia y territorio, que vemos como una virtud. Esperamos que el volumen, más allá de su propósito científico, contribuya a promover la diversidad cultural y la cohesión social, valores que requieren para plasmarse de un reconocimiento mínimo común del pasado, en el cual todos los territorios puedan ser protagonistas y constructores de la región y la nación, en una necesaria relación de ida y vuelta. Es la contribución de la historia, a propósito de los debates recientes sobre el currículo estudiantil, a construir una visión compartida de futuro.

El volumen está organizado de norte a sur, como un largo viaje. Lo precede este, mi trabajo, que busca fijar el campo del enfoque provincial de la historia nacional; una perspectiva reciente en Chile, pero antigua en América, en especial en aquellos países en que el federalismo, en cualquiera de sus formas, acabó por imponerse. Busca sumarse a los enfoques clásicos y a los más recientes de la historia social y cultural, pero no suplantarlos, pues pienso que miradas diversas contribuyen a dar inteligibilidad y sentido al pasado.

El Norte Grande es una región construida, histórica y geográficamente, desde múltiples dimensiones. Aunque su adscripción formal al Chile republicano es relativamente reciente, pues solo se completa con el Tratado de Lima, en 1929, su identidad e historia tienen profundas raíces precolombinas y coloniales. Puede remontarse a culturas y civilizaciones como Tiawanaku (aymara) y Tiwantinsuyo (quechua), seguidas del virreinato peruano. Con la creación de los Estados-nación americanos se inauguran sus aspiraciones soberanas, basadas en esquivos títulos esgrimidos por cuatro países a este enorme territorio.