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Christine McAllister, la bella hija de un afamado productor y de una diva de la televisión, siempre se había sentido rechazada por sus padres, tan preocupados en mantener sus exitosas carreras. Esto empeoró cuando el padre de Christine decidió acoger en su mansión a Adam Stamos, un ladronzuelo barriobajero de Nueva York, para darle una oportunidad… por el contrario, a una Christine adolescente no le quedó más remedio que acatar la decisión de su padre y viajar a Suiza para continuar sus estudios en un internado. Diez años después, Christine se ha convertido en una hermosa mujer, y se ve obligada a regresar a Estados Unidos para hacerle frente a sus fantasmas: la mansión de Newark y decidir qué hacer con la herencia de su padre. Pero alguien está esperando para hacer cruzar a Christine esa compleja puerta de su vida adulta: Adam Stamos. ¿Estará Christine preparada para asimilar lo que la vida le pone delante, y enfrentar todo lo que oculta la mansión? ¿Será capaz de resistir las oscuras intenciones de Adam? - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!
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Seitenzahl: 273
Veröffentlichungsjahr: 2015
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2015 Kristel Ralston
© 2015 Harlequin Ibérica, S.A.
Regresar a ti, n.º 65 - marzo 2015
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
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Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Dreamstime.com.
I.S.B.N.: 978-84-687-6125-1
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Dedicatoria
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Epílogo
Agradecimientos
Si te ha gustado este libro…
Esta novela está dedicada a quienes tienen la valentía, el coraje
Una vez más, su madre se había marchado. La vida como cantante y actriz siempre había sido más importante que atender las demandas de afecto de su hija. Desde pequeña, Christine había aprendido a resignarse a no pasar sus cumpleaños con Charlotte y a no esperar verla en las obras de la escuela ni en las Navidades, salvo que hubiera algún evento publicitario en el que se la necesitara.
La tarde anterior, cuando había visto partir a Charlotte con la minifalda roja, los zapatos de tacón alto y aquella sedosa melena, había querido correr hacia ella y pedirle que la llevara a su lado. Pero no lo había hecho. Estaba cansada de escuchar las mismas frases de siempre. «Eres muy pequeña para venir conmigo, papá te cuidará». «Que estemos divorciados no implica que no te queramos». «Tranquila, cariño, volveré pronto». «Tienes que madurar, nena». Supo que no volvería a verla durante los siguientes ocho meses. Menos mal que siempre estaba Susy, su nana, que la consentía y abrazaba cuando la soledad la oprimía. Era una niña de ocho años en una prisión frívola, a la que otros llamaban mansión, en Newark, Nueva Jersey.
Christine estaba acostumbrada a ver su fotografía en todos los periódicos y revistas de la mano de su padre, Rodrick McAllister, el afamado productor de la televisión norteamericana. Aquel hombre que la crítica adoraba y la audiencia admiraba, obsequiándolo con los índices de audiencia más altos de televisión pagada de Norteamérica. Aquel hombre que le dedicaba migajas de su tiempo y le echaba la culpa de que su madre lo hubiera dejado para continuar con su carrera artística. Lo único que Christine agradecía era no tener que soportar a una madrastra.
Muchas personas, cuyos rostros jamás podría recordar, solían acercársele para decirle lo hermosos que eran sus ojos color miel, o sus cabellos rubios y ondulados, o aquella piel de alabastro. Vestía habitualmente trajes de diseñadores muy caros, pero no disfrutaba en absoluto de ello. Tenía prohibido hacer amigos fuera de su escuela, ensuciarse, expresarse con libertad, porque cualquier palabra suya podía salir en los medios y perjudicar a sus padres.
Ninguna de esas personas ahí fuera podía comprender lo terrible y vacía que era su vida en realidad, y lo rápido que había visto, a sus doce años, los entresijos de las infidelidades y los negocios en el mundo de su padre. Cuando Susy se iba a dormir y ella se quedaba sin poder conciliar el sueño, escuchar a escondidas a veces se convertía en el único modo de saber más sobre la vida de sus padres. Eso si Charlotte tenía el tiempo de aparecer por Nueva Jersey.
Considerando que Rodrick podía permitirse la casa más fabulosa o el penthouse más llamativo de todo el Upper East Side, Newark no era precisamente un sitio que los millonarios elegían para vivir. Sin embargo, su padre se caracterizaba por hacer lo contrario a lo que se esperaba de él. Y aunque vivían en un sitio con mucha seguridad, a Christine a veces le daban ganas de reírse cuando veía a toda esa gente, que por nada del mundo iría de Nueva York a Newark por una fiesta, acudir a las que daba su padre, tan solo porque sabían que él tenía mucha influencia en las altas esferas del mundo del entretenimiento. Hacerle un desaire a Rodrick McAllister era impensable.
Al parecer nadie a su alrededor entendía lo que era ir de ciudad en ciudad sin echar raíces. Un par de meses era Washington, luego Nueva York, Atlanta, Ohio, San Francisco, Los Ángeles, Nueva Orléans, Chicago. La lista de lugares era larga, y sus recuerdos en cada ciudad, efímeros.
En un principio creyó que tener amigos de diferentes partes era genial, especialmente si podía contar con ellos para sus cumpleaños. Grave error. En realidad jamás conseguía forjar lazos lo suficientemente fuertes como para que otros niños a los que tomaba cariño acudieran a su casa. Sus fiestas solían ser memorables, en especial porque los personajes de Disney cumplían sus fantasías, pero quienes la rodeaban de sonrisas falsas y regalos que nunca llegaba a utilizar eran los hijos de los clientes y actores con los que su padre trabajaba. Si acaso Charlotte estaba de paso por la ciudad, lograba aparecer y hacerse unas cuantas fotografías con ella. Al final del día, cuando no quedaba nadie en casa y su padre estaba en el estudio editando, quien le cantaba el Cumpleaños feliz con su tarta preferida —y no con aquella de sabores extraños que compraban para sus fiestas— era Susy.
Aquella era su vida.
Sin embargo, no podía resignarse a carecer de la atención y aprobación de la única constante en su día a día, su padre. En sus buenos momentos solía sentarse con ella sobre las piernas, junto a la chimenea, para contarle cómo le había ido el día, o qué actores famosos estarían en la próxima teleserie producida por él. Ella lo intentaba absorber todo. La voz de Rodrick era una compañía agradable. Christine atesoraba esos momentos.
—Papá, ¿hubieras preferido tener un hijo? —preguntó en una ocasión, pues a veces se sentía melancólica por el modo en que él alababa, en las diversas reuniones a las que la llevaba, a los hijos de sus socios y colegas.
Rodrick la observó con aquellos penetrantes ojos verdes.
—Quizá hubiera sido una buena compañía, Christine, pero ahora estás tú, así que eso es lo que tenemos, ¿verdad? —Le sonrió revolviéndole los cabellos rizados.
—¿Me quieres? —indagó con los ojos cargados de expectación y una tímida sonrisa.
Él suspiró.
—Es hora de ir a la cama, pequeña. ¿De acuerdo?
Y así terminaba la conversación cada vez que ella solía hacer la misma pregunta. Por eso había optado por no hacerla nunca más, y así no tener que privarse de la compañía de su padre, ni de sus historias, su risa y su voz. Aquellos momentos con él significaban todo para Christine; dejaba de sentirse sola y olvidada.
Durante los siguientes dos años continuó esforzándose para que su padre le dijera cuán orgulloso estaba de ella. Sacaba las mejores calificaciones, era la capitana del equipo de atletismo, ganaba los concursos de debate en Historia y Ciencias Sociales. Nada de eso funcionaba.
A medida que crecía, Rodrick tenía cada vez más trabajo, y lo que ella recibía por sus logros era una palmadita en la cabeza con un «bien hecho». Luego Rodrick se olvidaba completamente de su existencia. Sus lágrimas se habían secado hacía mucho tiempo y, a los quince años, la única en quien podía refugiarse y con quien podía dar rienda suelta a sus emociones continuaba siendo Susy.
Frente a las cámaras, en los estrenos de películas y series, sonreía y trataba de ocultar su ansiedad y tristeza. Al llegar a casa corría donde su nana, para sentirse acompañada de alguien que la conocía como realmente era: una adolescente con inseguridades, risas espontáneas y una inmensa necesidad de aceptación. Susy solía contarle sobre sus dos hijos: Mauro y Nicholas, y de algún modo, Christine sentía que tenía una familia de verdad… aunque solo fuera una testigo auditiva de la vida de Susy.
La gran mansión construida con bellos diseños, y cuyos rincones permanecían gran parte del tiempo sin utilizarse, era testigo de la frivolidad del mundo del espectáculo. Aquel hermoso lugar carecía de lo que Christine solía leer en sus novelas infantiles y juveniles: calor de hogar. Se preguntaba si aquello existía en la vida real.
Al cumplir los dieciséis años, las pocas esperanzas que le quedaban de conseguir el afecto y aprobación de su padre se esfumaron por completo con la llegada de un intruso: Adam Stamos.
Las calles de Nueva York no solían ser amistosas para los ladronzuelos. Unirse a una banda no había sido decisión suya, pero tener que defender lo poco que robaba frente al grupo de cinco muchachos y una chica, liderado por Jason Murrow, no era fácil. Ahora tenía que ingeniárselas para convivir con ellos en un edificio abandonado de dos pisos en las afueras de Nolita. Aquel lugar tenía siete compartimentos que, antes de que la banda se mudara, otros habían adecentado para vivir. Había algunos muebles viejos, pero útiles.
Adam podía ser muy pobre, pero el aseo era importante, así como su independencia. Le gustaba disfrutar de su propio espacio y por eso vivía en la buhardilla del segundo piso. No tenía familia, sus primeros años los había pasado en hogares de acogida, hasta que había escapado y decidido vivir por su cuenta, alejado de los servicios sociales. Tenía veinticinco años y, si algo le había granjeado su físico, era la confianza de las personas a las que pretendía robar. En especial las mujeres.
Procuraba vestirse con ropa limpia, y llevaba el cabello negro azabache peinado hacia atrás. Sus juguetones ojos azules eran su marca registrada. Un par de guiños o la intensidad adecuada y tenía en el bolsillo a sus víctimas. Sumado a eso, poseía rasgos perfilados y muy masculinos. El resultado: un perfecto muchacho de los barrios bajos, con apariencia honrada y un atractivo presto a utilizarse. Nadie sospechaba de él, y las mujeres se descuidaban fácilmente ante su sonrisa encantadora y ensayada. Al final del día, gracias a sus hurtos, podía sumar varios billetes de veinte dólares, o conseguía objetos que podía vender o cambiar por algún favor.
Los hombres eran más complicados de robar, pero le gustaban los desafíos, y robar billeteras ya era un arte perfeccionado en él. Nunca lo habían atrapado. Al menos no desde hacía más de ocho años. Después de la paliza que le dieron los policías, en aquella única ocasión en la que lo habían pescado in fraganti, había escarmentado. Desde entonces era más cuidadoso, y un hábil ladrón de las calles.
Con sus apetitos sexuales era exigente. Jamás se acostaba con una prostituta. Odiaba pagar por tener sexo. Prefería dejarse llevar por el reto de la seducción. Y mujeres no le faltaban. Cuando deseaba compañía femenina, la tenía. Buscaba aquellas que no intentaban atarse emocionalmente. Él no tenía nada que ofrecerles, y además prefería andar a su aire. Quizá si hubiera tenido una familia fuese distinto, pero vivía en las calles desde que tenía memoria y sus amigos eran lo más cercano a un vínculo familiar.
—¿Te unes, Stamos? —preguntó Garrick Walton, quien bordeaba los veintiséis años, uno más que Adam, y cuyos tres dientes delanteros no existían como consecuencia de una pelea callejera—. Este es uno de los jueguitos de Megan Valois. —Señaló con el dedo a la muchacha de curvilínea figura, enfundada en un calentador demasiado ajustado y un top que dejaba entrever unos generosos pechos. Podía pasar como una joven corriente, pero al mirar sus ojos almendrados celestes, la perspectiva cambiaba. Era una mujer muy guapa, pero sin clase. Como todos ellos, criada en la calle—. ¿Cierto, princesa? —rio Garrick dándole un fraternal abrazo.
—Algo así —murmuró la aludida observando a Adam. No era noticia para nadie que ella bebía los vientos por el joven. La interrogante era si acaso él le correspondía. En la pandilla nadie se metía en la vida personal del otro. Si robabas y compartías era lo importante. El resto daba igual—. No creo que resulte difícil —comentó metiendo las manos en los bolsillos.
—Habrá que elegir bien a la víctima —añadió un pelirrojo de ojos saltones. Se llamaba Carl Dalton y se encargaba de planificar los escapes por si las cosas se ponían feas—. Estás proponiendo que la apuesta de este mes sea en el Upper East Side. No es un barrio fácil. Está muy vigilado.
—Hemos hecho cosas más difíciles siendo carteristas —apuntó Adam, con la mirada perdida en una rubia que giraba la esquina donde estaban reunidos—. La tradición es que cada mes hacemos un robo distinto al habitual. Hurtar al hombre que yo considere más adinerado de esa zona me suena bien. Puedo hacerlo aún a pesar de los policías». Miró a Megan y añadió—: ¿Debo asumir que intentas probar que soy un ladrón de poca monta? —preguntó burlón.
Megan adoraba a Adam. Ella tenía veintitrés años, y a pesar de que había tenido algunas parejas antes de conocerlo, nada se podía comparar al modo en que su corazón respondía cada vez que él estaba cerca. Odiaba que Adam tuviera la idea de que ella era como la hermana menor del grupo. Lo odiaba. Tan solo una vez había logrado que la besara y la tocara. Para su mala suerte, lo había hecho mientras ella estaba demasiado vestida y él con unos tragos de más, así que, cuando Adam recobró la lucidez, la reprendió y se mantuvo alejado de ella durante meses. Ella no volvió a tentar a su suerte, pero seguía locamente enamorada de su atractivo compañero de fechorías.
—Oh, no vas a discutir con ella sobre sus motivaciones. Le tocaba poner el reto, y a ti cumplirlo —defendió Carl, y luego se giró al jefe del grupo—: ¿Cierto, Jason?
—Si aún no tienen un nombre, les daré a la persona ideal —comentó Murrow riéndose. Luego dio una profunda calada a su cigarrillo. Le gustaba escuchar a su grupo. Él era el mayor. Tenía treinta y cinco años, así que aquellos muchachos eran su familia—. Esta noche un famoso productor de televisión y cine dará una conferencia de prensa sobre su nueva serie, Testigo Criminal. Me han informado que cenará en el restaurante Empire en la Quinta Avenida. —Tiró el cigarrillo y lo aplastó con el zapato desgastado—. Siempre asiste quien pone el reto, y el ejecutor. No podemos dejar a Carl.
El aludido sonrió. Le gustaba sentirse útil.
—Él les dará las indicaciones para que puedan encontrar las vías de escape si algo sale mal. Recuerden que en esta ocasión tienen que vaciar la habitación de este hombre.
Todos se miraron. Era un reto grande. Implicaba un hombre conocido por la prensa. Nunca lo habían hecho antes. Hurtaban a personas adineradas, pero jamás habían hecho algo que pudiera exponerlos. Megan sonrió pensando que Adam no accedería. Sin embargo, él la sorprendió haciéndole un guiño confiado y asintiendo. Sin más, el trío del reto de esa noche emprendió la marcha hacia el Upper East Side de Manhattan.
Adam no contaba con los sucesos que iban a ocurrir durante aquella incursión.
En primer lugar, un gran error: permitir que Megan lo retara a ir solo. Siempre hacían ese tipo de robos entre dos, para apoyarse si algo no resultaba. Segundo, que, al conseguir entrar en la habitación en donde se hospedaba el famoso Rodrick McAllister, el hombre lo hubiera pillado y conseguido que la seguridad del hotel lo inmovilizara. Tercero, que Megan hubiera huido con Carl —como acordaron que harían en caso de emergencia—, sin poder decirle que ella no era culpable de que a él lo hubieran pillado. La conocía y sabía que se torturaría por el resto de su vida por ello. Estaba seguro de que no volvería a verla después de esa noche. Cuarto, y este fue el punto más impensado, que McAllister le dijese que tenía agallas.
El quinto y último suceso fue el que más lo sorprendió, aunque de seguro le habría ocurrido igual a cualquiera de su banda si lo hubiese presenciado: aceptó convertirse en un hombre honrado. Nada más y nada menos que accediendo a convertirse en el proyecto personal pro bono del propio McAllister, quien le propuso transformarlo en un hombre de negocios a cambio de no enviarlo a la cárcel.
Cuando el millonario se lo propuso, Adam estaba fuertemente sujeto por dos de los guardaespaldas del magnate. Intentó zafarse. No sirvió de nada.
—Vamos, muchacho, he visto ese brillo de determinación en muy pocas miradas. Yo sé reconocer la ambición y moldear el éxito. No creo que un ladronzuelo pueda ser de confianza, lo sé, pero ten en consideración que si trabajas para mí, los días de cárcel no existirán. Elige —soltó con acritud—. Además, no siempre fui exitoso: en algún momento fui muy pobre. Jamás robé, pero anhelé que alguien me diera una oportunidad de demostrar mi valía. No encontré esa persona. Me hice a mí mismo. Sin embargo, yo quiero darte esa oportunidad. Decide ahora. Vas a la cárcel, o aceptas otra opción de vida como la que estoy ofreciéndote.
«La cárcel», pensó Adam. Hasta ese instante la palabra no había cobrado todo su terrorífico significado. Antes de esa noche no era más que la sombra de una posibilidad, pero con Rodrick frente a él, con los guardaespaldas sosteniéndolo con fuerza por los brazos, era una situación inminente.
La imagen que evocó de pronto lo golpeó como un martillo afilado y contundente. Jamás olvidaría lo que le había sucedido a Nikos Papadoupulos, un joven griego inmigrante. Lo conocía porque vivía a seis bloques de distancia de su «casa», y a veces se encontraban y conversaban del ritmo en las calles. Un día quedaron a tomar unas cervezas. Nikos no tuvo la oportunidad de llegar: una patrulla lo había encontrado traficando cocaína. Lo último que supo fue que el muchacho había tenido la mala racha de encontrarse en la cárcel con uno de los vendedores de drogas del bando contrario al suyo. La habían tomado con él. Lo golpearon salvajemente y luego lo estrangularon. Aquel asesinato había ocurrido tan solo tres semanas atrás.
No tenía que pensárselo demasiado. Aunque no se había hecho enemigos en las calles, tampoco quería poner su cuello a disposición.
—Prefiero ser tu aprendiz, entonces —expresó sinceramente. En ese preciso momento sus días como carterista y callejero habían llegado a su fin. Una parte suya sonrió, pero otra se sintió inquieta ante la posibilidad de una vida totalmente desconocida.
—Bien, muchacho. —Rodrick sonrió, dándole una fuerte palmada en la espalda.
Desde el primer día en que lo vio supo que él sería un problema en su vida. Llevaba siete meses en su casa llevándose la atención de su padre. Christine no era de naturaleza egoísta, pero le había tomado tanto tiempo lograr que su famoso padre le diera un mínimo de su tiempo, aunque fuera solo para decirle que estaría en casa para cenar con ella, que, cuando aquel intruso empezó a acaparar los halagos que debían ser para ella, lo odió con todas sus fuerzas.
Por si fuera poco, cada vez que buscaba un libro para distraerse o iba a la sala de música para tocar el violín, lo encontraba charlando animadamente con su padre. Muchas veces, tan solo por curiosidad, permanecía detrás de las puertas escuchando los argumentos que Adam daba a las propuestas o comentarios de Rodrick. Entonces lo odiaba más, porque el condenado no solo se llevaba la atención, sino también la admiración de su padre. Para colmo, ella tenía que admitir que jamás había escuchado, y eso que vivía rodeada de adultos, argumentos tan inteligentes y afilados como los de Stamos. Por eso, cada vez que terminaba de escuchar sigilosamente aquellas conversaciones, Christine agregaba una pizca más a su odio hacia Adam.
Recordaba la madrugada en que él había llegado a Newark. Con la mirada brillante y desconfiada, tan alto como su padre, pero un poco menos corpulento, llevaba ropa pasada de moda y el cabello peinado hacia atrás. Ella había bajado a por un poco de agua cuando se encontró con la escena. Su padre lo había presentado como Adam Stamos, su nuevo ayudante. Y aquel hombre la había mirado con desafío, y también con curiosidad. Christine le había devuelto una mirada inquisitiva y se había arrebujado en su salto de cama, que cubría un cuerpo de mujer de formas elegantes y proporcionadas a sus dieciséis años. No había querido quedarse a averiguar los detalles detrás de la existencia de Adam o el rol que desempeñaría al lado de su padre, así que había desaparecido escaleras arriba en el preciso instante en que Rodrick la invitaba a que se acercase a saludar al recién llegado.
Desde aquella vez, veía a Adam todas horas. Soportaba sus modales descorteses, las carcajadas de mal gusto, su modo ruidoso de comer, y alguna mirada despectiva. Detestaba la manera en que parecía analizarla. Susy solía pedirle que fuese amable con el muchacho, porque al parecer no tenía familia y trataba de transformarse en un digno aprendiz de Rodrick. «Como si yo no hubiera pasado mis dieciséis años intentado hacerme digna del afecto de mi padre», le respondía, para luego perderse en las páginas de los libros de la biblioteca.
Todo cambió cuando ella encontró la forma de lograr que su padre mirara con otros ojos a aquel ladronzuelo. Se había enterado a qué se dedicaba antes de haber invadido su casa, y también los motivos de que viviera en la suite de su patio trasero, y ya no en las calles. ¿Para qué, si no, tenía ella la habilidad de escuchar tras las puertas? Pues bien, decidió hacer lo necesario para que estuviera donde tenía que estar: en la cárcel.
Durante una fastuosa fiesta, Christine se puso un vestido azul sin tirantes, y unos zapatos de tacón plateados. Se recogió los rizos en una coleta elegante, y dejó que Susy la maquillara. Tenía un aspecto elegante y llamativo, sin parecer escandaloso. A su padre no le gustaban los artificios, y lo que menos quería era llevarse un comentario de reproche. Suficiente tenía con que aquel intruso obtuviese ropa, estudios y tratamiento como un McAllister, cuando era solo un Stamos de quién sabría dónde.
Por otra parte, le sorprendió ver el modo en que Adam se había adaptado a su entorno. En especial con aquel traje carísimo que llevaba en la fiesta, y que de seguro era otro regalo de su padre. Susy, cuando ella le contó lo que pensaba hacer para poner a ese mequetrefe en su sitio, intentó disuadirla. Ella no atendió razones y continuó adelante con su plan.
Encontró a Amy Carlisle, una reconocida y snob cantante country, tres años mayor que ella, pero con bastante experiencia de mundo. La chica departía con ánimo. Cuando Christine le contó brevemente lo que estaba ocurriendo, la artista accedió a ayudarla, consternada de que un don nadie pudiera estar usurpando un sitio que no le correspondía. Amy tenía fama de ser un poco alocada y adicta al drama: a Christine no pudo ocurrírsele nadie con mejor perfil para sus propósitos.
Con la fiesta en ebullición y las cámaras de los paparazzi merodeando, se acercó discretamente a Adam.
—Hola, Adam. —Utilizó su más resplandeciente sonrisa.
Él estaba conversando con un grupo de actores y, sorprendido al verla, frunció el ceño ligeramente.
—¿Ahora sabes mi nombre? —preguntó en voz baja, devolviéndole la sonrisa y dándole un trago a un whisky. El tiempo que llevaba en la casa de McAllister le había hecho darse cuenta de lo que era vivir en aquel otro mundo: opulencia, elegancia, derroche, privilegios y trabajo duro. Y también la otra cara de la moneda: honradez. Le gustaba todo lo que aprendía. Le debía mucho a Rodrick. La hija de su mentor era una preciosura, prohibida desde luego, y demasiado estirada para su gusto. Así que verla ahí, con esa mirada cándida, alertó al ladronzuelo que llevaba dentro. No auguraba nada bueno—. Dime, ¿qué necesitas?
—Claro que sé tu nombre. Solamente que, como pasas todo el tiempo con mi padre y yo estoy ocupada en mis tareas de la escuela, no he tenido oportunidad para hablar contigo. Quería pedir tu ayuda.
Adam la miró interrogante.
—¿Crees que podrías pedirle al barman un cóctel para mí? Me muero por probar uno de esos martinis, pero aún no tengo edad para hacerlo. —Lo miró compungida—. Nunca te he pedido nada. Así que no te resultará una molestia.
Él no vio nada de malo en la petición, y accedió con la condición de que no le dijera nada a Rodrick. Quizá la muchachilla solo quería probar un poco de lo que otros disfrutaban sin problema. «¿Por qué no?», se dijo.
Treinta minutos más tarde estaba esposado, con los invitados de Rodrick mirándolo con asombro y la caprichosa Christine observándolo burlona. Al parecer habían robado un brazalete con pequeños diamantes valorados en un millón de dólares propiedad de una cantante. La tal Amy Carlisle se quejó con todo aquel que quisiera escucharla que alguien le había arrancado la pulsera de la mano. Ya que eran menos de sesenta personas en la fiesta, y todas conocidas entre sí, nadie se atrevió a pedirles que demostraran su inocencia. La daban por hecho. Así que las miradas se dirigieron hacia el extraño dentro de ese círculo.
Adam, con una resplandeciente sonrisa y seguro de la equivocación, ofreció mostrarles sus bolsillos vacíos. Empezó por la chaqueta. No tuvo que buscar demasiado. El brazalete estaba ahí. Lo sacó para mirarlo con asombro. «¿Cómo diablos llegó aquí?»
Elevó la mirada sorprendido, para capturar, intrigado, los ojos color miel de Christine; unos ojos que lo decían todo. La bribonzuela le había tendido una trampa, y él se había puesto en bandeja de plata. Debió haber colocado el maldito brazalete cuando aceptó la copa. Los meses fuera de las calles le habían hecho perder práctica, y no había notado que la chiquilla debió haber introducido el objeto en su bolsillo. «Desvergonzada muchachilla».
Rodrick lo miró, y Adam negó con la cabeza. Si la hija decía que él era culpable, era imposible que McAllister pusiera en tela de duda la honestidad de su propia sangre. Y él, Adam Stamos, tenía un antecedente de hurto con el dueño de la mansión.
La tal Carlisle se deshizo en lágrimas. Los invitados miraban de reojo la escena. Aunque la música continuaba en alto volumen, nadie hablaba. Christine observaba a su padre con una expresión de candidez, mientras lo acusaba de ladrón sin un ápice de remordimiento en la voz, y tuvo la osadía de dedicarle una sonrisa burlona.
—Quiero que revisen las cintas de seguridad —anunció Rodrick, con la mirada fija en su hija.
La cara de Christine lo dijo todo. No contaba con ese detalle. Se retorció las manos, notó Adam.
Veinte minutos después le habían quitado las esposas y Amy le pedía disculpas aduciendo que la pequeña Christine le había dicho que ya había robado antes y que temía por su seguridad, y que solo había fingido el robo para proteger a su amiga. Adam iba a dar por olvidado el asunto, porque Christine era solo una chiquilla, y todos habían asumido que era una travesura. Lo que no le gustó en absoluto fue que la gente de la alta sociedad, con quienes se suponía que debía llevarse bien para poder manejar los encargos de Roderick, lo miraran con desdén.
McAllister lo sorprendió con lo que hizo a continuación, cuando los invitados, murmurando, se alejaron hacia el patio. En el fastuoso salón interno se quedaron los guardias de seguridad, cinco actores que no se quisieron perder el desenlace de lo que sería la comidilla del siguiente día, la nana de Christine, y la tal Amy.
Rodrick tomó a su hija de brazo y la colocó exactamente junto a Adam.
—Christine McAllister —expresó con un tono severo y frío que ella jamás había escuchado en su padre—. No tenías ningún derecho a manchar la honra de este muchacho que ha tratado de ganarse la estancia en esta casa con mucho esfuerzo.
Adam iba a decir que no había por qué hacerle pasar un mal rato a la muchacha, pero Rodrick lo silenció con una mirada.
—Papá… —susurró con el labio temblándole—. Él me ha quitado mi puesto en esta casa…
—Esta no es más tu casa, Christine.
A ella las lágrimas le rodaron por las mejillas. Fue peor que si alguien la hubiese abofeteado.
—Pídele disculpas a Adam. En dos días lo arreglaré todo para que vayas a concluir tu educación hasta tu último año de universidad en Zúrich.
—Le pediré disculpas a Adam… Yo solo…
—Claro que vas a hacerlo. Dile que lo sientes. —La sacudió del brazo y la puso frente al joven de ojos azules—. Claro y alto para que todos en esta habitación lo escuchen. —Volvió a sacudirla—. Nadie avergüenza a un invitado mío de esa manera, ni arma espectáculos en mi casa. Así que levanta la mirada y afronta tus acciones, Christine. Discúlpate.
Susy sentía pena por su niña, pero no podía hacer nada. Ella le había advertido. Nunca había visto a su jefe tan furioso desde que la madre de Christine le había pedido el divorcio para irse a recorrer el mundo, dejándole a la niña a su cuidado. Christy era una muchacha dulce y solitaria, y entendía sus motivos para hacer lo que hizo con Adam, pero no la justificaba.
—Yo… —empezó con la voz temblorosa.
Los ojos de Adam se encontraron con los suyos. Christine tragó sintiéndose humillada, y miserable. Había fracasado estrepitosamente y hundido en el fango años de trabajo para lograr la aprobación y afecto de su padre. Ahora estaría lejos de él para siempre… y Adam ocuparía su lugar. No vería a Susy. Hizo acopio de valor, y miró a aquel gigante intruso de cabello negro que estaba frente a ella:
—Lo lamento, Adam. Lamento haberte hecho pasar vergüenza acusándote injustamente.
Rodrick la soltó, y Adam le acomodó un mechón color miel detrás de las delicadas orejas. Fue un gesto reflejo, pero nadie pareció notarlo. Solo ella, que se contuvo de hacerse a un lado.
Adam conocía un secreto de los McAllister. En una salida meses atrás con Rodrick, el hombre había dejado escapar una información que podía destrozar a su propia hija. Adam era bueno guardando secretos.
—No hay por qué disculparse —dijo él sinceramente y no sin sentir pena por ella, pues, durante el tiempo que había vivido ahí, había detectado todos los esfuerzos que la muchacha hacía para llamar la atención de Rodrick. Y no comprendía cómo un hombre de negocios podía preferir a un extraño para enseñarle el negocio, antes que a su propia hija. Esas conjeturas se las reservaba para sí mismo—. En verdad. Está olvidado.
Ella quiso escupirle. Decirle que le importaba un rábano y que era un usurpador, un ladrón, un intruso… En cambio asintió, mientras la garganta le ardía por su intento de contener un sollozo.
—Ahora vete de mi vista, Christine. Y empieza a hacer las maletas —tronó el afamado productor.
Con lágrimas en los ojos, subió corriendo las escaleras. Intentó llamar a su madre al número que le había dejado, aunque muy dentro sabía que no respondería nadie del otro lado. Y así ocurrió. Sin embargo, el solo hecho de intentarlo palió su patética necesidad de creer que a alguien le importaba de verdad. Luego de cinco intentos, con las lágrimas rodándole por las mejillas, dejó el auricular, derrotada.
El día de su partida se había despedido de Susy, a quien prometió llamar siempre, y también de su padre, quien solo le dijo un «adiós», antes de cerrarle la puerta de la biblioteca en las narices.
Luego de cerrar la cajuela del taxi con sus maletas, se encontró con Adam a corta distancia. Ella intentó abrir la puerta del pasajero para irse lo antes posible, pero él le cerró el paso. Sus rostros quedaron muy cerca el uno del otro.
—¿Qué demonios quieres, Stamos? —preguntó sin fingir más su aversión por él—. Me has quitado todo lo que tengo. Mi casa, mi padre, mi vida…
Él la tomó de las manos y Christine se soltó con asco.
—Quiero que te calmes.
Ella lo miró con hastío.
—No he venido a llevarme nada tuyo. Estoy aquí porque así lo quisieron las circunstancias…
—¡Eres un ladrón en todo el sentido de la palabra! —gritó, interrumpiéndolo con furia y lanzando dentro del taxi que la llevaría al JFK su bolso de Salvatore Ferragamo.
Adam contó mentalmente hasta cinco.
—Sí, fui un ladrón. Aquella era la única vida que conocía. No tuve todo a mesa puesta como tú. Pero no fui yo quien intentó poner en ridículo a tu padre frente a un grupo de actores ni empresarios, dejando en entredicho la reputación de la persona que se supone está convirtiéndose en su mano derecha. —Dejó escapar un suspiro cansino, luego añadió con calma—: Entiendo que…
—¡Tú no entiendes nada! Ahora fuera de mi camino.
La detuvo cuando intentaba abrir la puerta del taxi, colocando las manos a sus costados. Sería un poco osado de su parte decirle que entendía la necesidad de recibir amor y tener la aprobación de su padre, pero no era su prerrogativa hacerlo. Probablemente solo conseguiría que ella se sintiera expuesta. No quería que la muchacha se fuera enfadada, después de todo era la heredera de Rodrick, y él le debía mucho a aquel hombre que lo había rescatado de las calles brindándole lo único que nadie le había otorgado jamás: una oportunidad de encontrarse a sí mismo.
—Eres una muchacha hermosa, en pocos años serás una belleza prometedora y, si te dieras cuenta de eso y explotaras tus talentos académicos para crecer, podrías ver esta situación de Suiza como una gran oportunidad.
«¿Cómo se atreve?», pensó furiosa.
