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El juego ha empezado, ¿quién anotará el primer punto en el marcador? El sueño de Jason Wilder de alzar la Copa Stanley por segunda ocasión se hizo trizas de la noche a la mañana. Con un futuro incierto en las ligas profesionales de hockey, Jason se ha convertido en la sombra del vibrante hombre que una vez ocupó los titulares deportivos. Cansado de revivir su tragedia personal, se refugia en Lake Placid, Nueva York, en busca de tranquilidad. Pero eso es lo último que encuentra al toparse cara a cara con una persona que lo desprecia sin ocultarlo: Ava Carpelli, la única mujer a quien ha tratado, sin éxito, de olvidar. El primer impulso de Ava al encontrar a Jason detrás del suntuoso escritorio es dar media vuelta y alejarse. Tan solo su sensatez financiera se lo impide: necesita el puesto de trabajo que Jason ha ofertado. Verlo reabre viejos resentimientos que creía olvidados, pero está convencida de que podrá seguir odiándolo con la misma fuerza con la que una vez lo amó. Nota editorial: Este título es la versión actualizada (nuevos diálogos y escenas), editada y extendida de Reckless (2017). - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!
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Seitenzahl: 547
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S. A.
Avenida de Burgos, 8B - Planta 18
28036 Madrid
© 2017, 2022 Kristel Ralston
© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S. A.
Un desastre perfecto, n.º 348 - diciembre 2022
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S. A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Dreamstime.com y Shutterstock.
I.S.B.N.: 978-84-1141-358-9
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Dedicatoria
Prefacio
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Epílogo
Sobre Kristel Ralston
Si te ha gustado este libro…
La vida es como un arca inmensa llena de posibilidades.
Amado Nervo
Nueva York, Estados Unidos
Años atrás
El bochorno que sintió Ava aumentó cuando los chapuzones en la piscina cesaron súbitamente. Aunque pudo huir, ella prefirió optar por su usual manera de enfrentar la vida: con valentía. O al menos eso necesitaba con desesperación en estos instantes cuando Kelly Taylor, su pesadilla personal de la secundaria, exclamó con una risotada:
—¡Ava tiene sangre rodándole por la ingle! ¡Qué asco!
Entonces, todas las miradas se fijaron en Ava, examinándola. «Dios, qué horror», pensó con el corazón agitado. A pesar de las murmuraciones maliciosas y risas desdeñosas alrededor, ella contuvo el deseo de correr. Anhelaba que, de un momento a otro, la tierra se abriese para darle la oportunidad de lanzarse, sin pensárselo dos veces, a un hoyo profundo y protegerse de la humillación pública.
Solo a ella podía llegarle el periodo, por primera vez, al terminar la clase de natación ante la mirada de sus compañeros de clase. El hilillo de sangre que había empezado a deslizarse entre sus piernas, cuando esperaba en el borde de la piscina su turno para tomar la pista y competir, apenas lo sintió. ¿Quién podría ser consciente de sí misma en esas circunstancias y con el traje de baño mojado?
Quizá Ava no iba a correr, pero no era una mártir, así que no pensaba quedarse en esa clase y ser el objeto de más señalamientos o mofas.
—¡Señorita, Carpelli, vuelva aquí! —gritó el profesor de Educación Física cuando vio a Ava, con la frente en alto, apartarse del borde de la piscina.
El señor Giles era una pesadilla que creía estar entrenando al próximo equipo de las Olimpiadas. No le importaba si existía enfermedad, cansancio o desgano en los estudiantes. Era brutal y por eso Ava detestaba con fervor cada una de sus clases. De hecho, en estos momentos no solo odiaba al señor Giles y a sus compañeros de clase, sino que también detestaba mucho más a su condenado sistema reproductor femenino por clamar a los cuatro vientos que estaba preparado para procrear.
—¡Regrese a la clase! —gritó de nuevo el profesor.
Él no podía aceptar que alguien fuese un desertor en su clase. Estaba loco de remate, pero ¿quién podría contradecir a un veterano de guerra condecorado que creía que sus estudiantes eran el equivalente a soldados de la Armada norteamericana? La respuesta era fácil: Ava. «Ni loca vuelvo a ese circo», se dijo ella. No respondió al profesor y continuó su camino. El olor del cloro y los chapoteos en el agua perdían fuerza a medida que ella se alejaba del patio cubierto.
«¿Acaso podría empeorar mi día?», se preguntó con ganas de llorar.
Entró en el vestidor de chicas, abrió la combinación de su casillero y agarró una toalla para limpiarse. Claro que podría quitar los rastros tenues de sangre, pero la imagen de toda la clase observándola, con asco y mofa, no iba a borrársele de la mente por más que se restregara la piel y utilizara mil capas de ropa.
Intentó con éxito que las lágrimas de humillación que amenazaban con desbordarse de sus ojos celestes no se derramasen mientras recogía sus pertenencias. No quería ver su toalla blanca manchada de sangre, pero fue imposible evitarlo cuando tenía que doblarla para guardarla en su bolsa.
Escuchó los ecos de unos pasos acercándose. No quería encontrarse con nadie. Solo quería estar a solas, así que salió de prisa de los vestidores.
Aunque podría ir a la dirección de la escuela y llamar a su madre para que fuera a recogerla, lo cierto es que su necesidad de largarse lo antes posible era más fuerte. No quería esperar. De hecho, si tenía que caminar hasta su casa, que quedaba a una hora de camino a pie, le daría igual. Además, tampoco podía optar por el transporte público, porque se había dejado en la mesa de su dormitorio la bolsita en la que solía guardar sus monedas. En pocas palabras, su día era un completo desastre.
No quería pasar ni un minuto más en los alrededores, menos aguardar a que llegara el expreso escolar. Le pareció que caminar una hora a casa sería mejor que tolerar más vergüenza. Salió de la secundaria y al hacerlo tomó una bocanada de aire.
El sol le quemaba la piel. Claro, tampoco llevaba protector solar. Su piel blanca y pecosa iba a sufrir las consecuencias. Aquel era el día de su buena suerte, pensó con sarcasmo, sin detener el paso. La meta era tratar de hacer cuarenta y cinco minutos a pie, en lugar de los usuales sesenta. Sus zapatos, gracias al universo, eran muy cómodos para intentar esta proeza física. «Quizá el atletismo sea lo mío».
—¡Ava! Espera, ¿qué ocurre?
«No, no puede ser», se dijo ella, reconociendo la inconfundible voz del chico que conseguía que perdiese el hilo de las conversaciones o que soñara despierta en clases. Fingió no escuchar, porque esa era la única estrategia posible en estos instantes. Le parecería atroz que el chico que le gustaba, y que era su mejor amigo, supiera lo que había ocurrido. «Necesito un descanso de este día tan de mierda».
Aceleró el paso.
Jason Wilder había nacido con patines en lugar de pies en Toronto, Canadá. Su país nativo le proporcionó pistas naturales de hielo y también un sinnúmero de opciones para un niño curioso y ávido por desarrollar la habilidad de jugar al hockey. Después de varias visitas, los padres de Jason se enamoraron de Estados Unidos y Nueva York fue la ciudad que se convirtió en el hogar perenne de los Wilder.
Ahora, a los trece años, él entrenaba sin descanso para ser parte de la NHL —Liga Nacional de Hockey, por sus siglas en inglés— en algún momento. Por ahora, Jason tenía su interés y concentración en ser elegido para las ligas menores. Él tenía talento y varios agentes ya lo tenían en la mira. Ava, que era un año menor que él, no dudaba que Jason pudiera conseguir cualquier cosa que se propusiera.
Él trabajaba de camarero en la cafetería que tenían los padres de Ava y fue así como surgió la amistad entre los dos adolescentes. Con el dinero que Jason ganaba de las propinas costeaba sus propios implementos de hockey.
—¡Hey, Ava! —exclamó Jason de nuevo con una genuina sonrisa.
Dos cuadras más adelante, ella tuvo que detenerse, porque la luz que daba paso a los peatones cambió de verde a roja. Entonces, él la alcanzó.
—Hola, Jason… —dijo con resignación.
Él soltó una carcajada.
—Caminas como si tuvieses patines en los pies. ¿Por qué huyes? —Ella intentó no mirarlo. Jason le tocó un hombro con suavidad y a Ava no le quedó otra opción que girarse y encararlo—. Has estado llorando —dijo al ver los ojos enrojecidos.
—No pasa nada… Una tontería.
Jason apretó los puños a los lados. Ella era su mejor amiga y a quien podía contarle sus sueños sin sentir que iba a mofarse de él. Charlaban horas, después de que él terminaba el turno en la cafetería de los Carpelli, Taste of Heaven, y compartían naderías, pero también filosofías propias de dos soñadores jovencísimos.
—¿Quién te hizo daño? —preguntó con tono indignado.
Ava suspiró y meneó la cabeza.
—Yo misma. —Él frunció el ceño, y Ava agregó—: Tuve un momento embarazoso que Kelly Taylor se esforzó en realzar con mucho éxito.
—Ese no es motivo para…
—Si fueras una chica y estuvieses en la clase de natación y de repente llega tu período por primera vez frente a toda la clase, ¿qué harías? —preguntó con rabia, no con él, sino con la situación en general. Sabía que Jason no tenía la culpa de lo ocurrido. Nadie la tenía, pero necesitaba desquitarse.
Él se rascó la cabeza, sin nada qué decir. Llevaba el cabello ligeramente ondulado y largo; era muy alto y sus ojos color verde eran siempre amables.
Ava hizo una negación con la cabeza y sus cabellos rubios se agitaron un poco. Ella no se contenía en decir lo que pensaba, salvo que la situación se saliese por completo de control en un sentido impensable, como esta vez, entonces necesitaba medir sus palabras para no cometer un exabrupto u ofender a otros.
—Lo siento… —murmuró ella—, no es tu culpa. Necesito volver a casa. No podía quedarme en la escuela hoy. ¿Qué haces tú aquí afuera de todas formas?
Jason sonrió y se formó un hoyuelo tenue en su mejilla derecha.
—Estaba yendo hacia la biblioteca del otro edificio cuando te vi caminando a toda prisa sobre el pavimento. —Eso consiguió que Ava esbozara una media sonrisa—. Decidí ver qué ocurría, porque no es habitual en ti.
—Ahora ya sabes qué fue lo que pasó… —rezongó.
Quizá debió quedarse callada e inventar alguna otra excusa para su amigo cuando este la alcanzó en la acera, en lugar de darle el exacto motivo de su necesidad de largarse de la escuela de forma inmediata. Ajustó el broche de la mochila más por inercia que por verdadera necesidad. «¿Por qué demoraba tanto la condenada luz para dar paso a los peatones?», se preguntó, agitada.
—No sé qué decirte —replicó mirándola de arriba abajo como si pudiera encontrar algún cambio profundo en ella de pronto—. No encuentro nada que…
—¿Qué? —lo interrumpió y se cruzó se brazos—. No esperes que automáticamente me crezca el pecho como las chicas que van a buscarte a la cafetería.
Sonrojado por la abrupta respuesta, Jason solo atinó a encogerse de hombros.
—No quise… Espero que estés bien… Supongo que… Estas son cosas de chicas y yo no las entiendo… ¿Te duele algo?
La luz cambió en el semáforo a verde. En esa acera estaban solo ellos, después de todo, eran apenas las doce del mediodía. El tránsito de peatones era casi nulo.
—Te veo en la cafetería cuando termine la jornada para ti en la escuela —murmuró ella, aliviada de finalmente poder escapar.
—Hoy tengo libre —dijo él y se rascó la punta de la nariz. Aquel era el gesto nervioso habitual en Jason—, porque mi padre necesita mi ayuda en un par de gestiones en la imprenta… Entonces no te veré más tarde.
Ella frunció el ceño, pero no trató de presionar por una respuesta o explicación adicional, porque sabía que, en lo concerniente a la familia, Jason era muy reservado.
—De acuerdo, no pasa nada… Nos veremos cuando tengamos que vernos.
Él hizo un leve asentimiento.
—Seguro —replicó Jason reemplazando su expresión ceñuda por su habitual jovialidad. Le gustaba que su mejor amiga no hubiera insistido en conocer detalles de las motivaciones para faltar a la cafetería ese día.
Ava tenía la cabeza tratando de pensar cómo carambolas se pedía una compresa por primera vez. ¿Qué tamaño debería comprar? ¿Cuántas debería comprar? ¿Qué material era mejor? Le hubiera gustado preguntarle a Jenny, su mejor amiga, pero desde el año anterior ella iba a otra secundaria. No tenía cómo contactarla.
—Nada, entonces me marcho…
—¿Qué te parece si vamos al lago y vemos quién consigue lanzar la piedra más lejos sobre el agua? —propuso él al observarla fruncir el ceño. Jason no solía faltar a clases, por más aburridas que fueran, porque consideraba importante su récord académico si quería formar parte de los talentos elegidos de la liga menor de hockey sobre hielo en Estados Unidos. Quizás, algunas personas creían que todos los atletas tenían cerebro de mosquito, pero él no era uno de esos. Sin embargo, al notar a Ava tan agobiada y ante la imposibilidad de verse en la cafetería, él consideró hacerle esa propuesta porque de seguro la animaría—. La última vez te gané yo.
Ava se mordió el labio inferior.
—Debo ir a la farmacia… —susurró con las mejillas sonrosadas.
Entonces, Jason, comprendió.
—Oh… ¡Ohhh! Errr… Creo que mejor… Eh, me voy antes de que se enteren que he abandonado el edificio de la secundaria…
Ella sonrió. Obviamente, Jason no iba a acompañarla a comprar toallas sanitarias. Eran pocas las ocasiones que veía a su amigo perder el talante bromista y audaz. Le pareció divertida la expresión masculina y también fue como un alivio para sus nervios y para aplacar el mal rato que acababa de pasar en la piscina.
—Es un asunto de chicas, pero no es una bomba —se rio.
Él solo se encogió de hombros algo nervioso por el tema.
—Supongo. Te veo en la cafetería mañana. ¿Me vas a ayudar con mi trabajo de Física? La verdad es que me va fatal y no puedo perder puntos.
—¿Tengo opción?
—La verdad es que no. —Le hizo un guiño—. Suerte en tu… errr —gesticuló con las manos tratando de encontrar las palabras—, tu aventura.
Ella rio, antes de asentir, y siguió su camino.
Ava emprendió su marcha para cruzar la calle y fue muy consciente de que Jason la observaba como si, de pronto, intentara descifrar de qué modo ella podría haber cambiado por el solo hecho de tener su período. «¡Hombres, tontos!», pensó, mientras consideraba seriamente en solicitar a los grandes científicos que se dieran prisa en la creación de alguna máquina capaz de acelerar o retroceder el tiempo.
***
—¿Dónde estabas, muchacho? —indagó Guy Wilder a su hijo. Ya eran las nueve de la noche—. Tenías que terminar de cortar el molde de la plancha para las tarjetas de presentación del nuevo cliente. Contaba contigo.
Jason cerró los ojos momentáneamente.
Acababa de cerrar la puerta de metal que daba al interior de la casa. Estaba molido, porque su práctica de hockey se había alargado más de lo usual. Por otra parte, no le gustaba faltar a la cafetería, no solo por los ingresos de las propinas, sino porque Moira —la madre de Ava— lo hacía sentir parte de la familia, aunque esa familia fuese solo un equipo de trabajo. El esposo de Moira, Dante Carpelli, a pesar de ser muy estricto, jamás lo había minusvalorado cuando apenas empezaba a aprender a servir mesas y Jason se confundía con los pedidos. A veces envidiaba a Ava, porque sentía que su mejor amiga lo tenía todo.
—Papá…
Guy lo miró con decepción y enfado.
—Un solo favor que te pido, uno solo, y que se trata de colaborar para subsistir en esta casa, y eres incapaz de cumplir algo tan simple. Siempre tan egoísta. ¿Acaso crees que las multitudes van a saber algún día quién eres? —preguntó con un tono ácido—. Esta ciudad es tan grande y con millones de personas dispuestas a devorarte por un mísero puesto. ¿Y tu sueño es la NHL? —soltó una risotada—. Yo pensé que eso de los cuentos de hadas le iban más a tu hermana.
No quería contestarle una insolencia a su padre. Él bien sabía en dónde había estado, así como lo que hacía para ayudar en casa. Sí, había olvidado volver a la imprenta esa tarde, porque el entrenador les dio una charla extensa sobre estrategias que incluyeron demostraciones y práctica fuera de los ejercicios habituales.
Una sola mísera ocasión que él no llegaba a casa a tiempo y ya tenía que escuchar los desaires de su padre, pensó mientras dejaba la bolsa de gimnasia con sus implementos en la entrada de la casa. Estaba muerto de hambre, porque era lo que solía ocurrir cuando se gastaba tanta energía a su edad.
La tensión entre él y su padre se respiraba en el aire. No era agradable.
Más que un reproche en la voz de Guy, lo que Jason percibía era decepción. Aquella emoción era una que no lograba manejar muy bien. Odiaba creer que estaba decepcionando a su padre. Fallar no era una opción y al parecer lo hacía continuamente ante los ojos de Guy, porque daba igual lo que hiciera, a él nada le parecía suficiente. Ni siquiera cuando la imprenta estuvo a punto de incendiarse y fue Jason quien dio la voz de alarma, porque su padre estaba disfrutando de una siesta producto del exceso de alcohol, Guy reconoció su rápida reacción.
—Lo siento, papá. Lo olvidé. No volverá a ocurrir.
Su madre, Maggie Wilder, había fallecido de neumonía tres años atrás. Cuando eso ocurrió, Guy se transformó de la noche a la mañana en la sombra del hombre que Jason consideró alguna vez un ejemplo a seguir. Su padre se emborrachaba continuamente y una mujer distinta lo acompañaba, cada tanto, durante esas noches que, menos mal, no eran más de una a la semana. Sin embargo, esas contadas ocasiones Jason se sentía furioso por cómo ofendía Guy la memoria de Maggie.
La impotencia de ver su vida familiar hecha pedazos lo carcomía día a día.
Su hermana mayor, Indhira, le llevaba diez años de diferencia, vivía en California con su novio. Ella no soportó tener que ver desfilar a una mujer diferente del brazo de su padre, ni tampoco cómo cada conversación con Guy se volvía una lista de lamentaciones. Muchas veces, Jason pensaba en tomar un tren y cruzar el país hasta California, pero su sueño estaba en Nueva York y no pensaba abandonarlo.
Jason era canadiense de nacimiento, pero consideraba Estados Unidos su país. Todos sus recuerdos provenían del país de Abraham Lincoln. Claro que sabía que Canadá era la meca del hockey sobre hielo, pero también creía que la persona que era capaz de abrirse camino en el deporte podía hacerlo en cualquier sitio. Nueva York le iba perfecto, porque, además, quedaba —si acaso su plan inicial no daba resultados— a menos de dos horas en avión de Toronto. Siempre existiría una alternativa.
—Eso espero, porque no puedo darme el lujo de perder dinero.
—Hoy era una práctica diferente —replicó con cautela—, pues existe la posibilidad de que en la próxima práctica vaya un agente importante con contactos en las ligas menores y en la NHL. Es amigo del entrenador local. Y si consigo…
—«Y si… Y si…». ¡Es todo lo que dices siempre! —estalló Guy dando un puñetazo sobre la mesa. Jason no se inmutó. Había aprendido a no dejarse sorprender por los exabruptos de su progenitor—. ¡Siempre con la cabeza en las nubes, joder!
—Mamá me enseñó a no dejarme vencer —susurró.
En una ocasión, meses atrás, Guy había sorprendido a Jason con una paliza. Le pidió perdón al día siguiente, cuando la sobriedad hizo presencia, pero la relación entre ambos se deterioró. Jason quería creer que su padre solo estaba pasando por una etapa… Lamentablemente, esa etapa ya llevaba tres años y no sabía qué hacer.
Jason no solo trabajaba en la cafetería e iba a práctica de hockey, sino que también se había empezado a hacer cargo de las cuentas por pagar de la imprenta y de coordinar los pedidos durante los fines de semana. Incluso solía aportar de su escueto ingreso económico, sacrificando la posibilidad de comprarse indumentaria para jugar mejor, cuando su padre no lograba completar el mes para pagar la hipoteca.
Él debería estar jugando con sus amigotes por ahí y saciando su curiosidad con relación al sexo para entender la fascinación de lo que había escuchado decir al respecto. Nada de eso estaba sucediendo. Él tenía otras prioridades, pero empezaba a enfurecerse y a frustrarse. Sentía que sobrellevaba demasiado peso para solo tener trece años. Le parecía un milagro que los Carpelli le dieran un dinero adicional al final de la semana, por las horas extras que hacía, porque no era obligación de ellos, pues ya hacían bastante con haberle dado la posibilidad de trabajar a media jornada. Los clientes daban buenas propinas, porque la mayor parte entendía que los camareros eran estudiantes de secundaria o jóvenes estudiantes de universidad. El sitio era sencillo, pero impregnado de una calidez y atención personalizada que conseguía atraer a grupos grandes como clientes que se volvían regulares.
A Jason le había tocado madurar de golpe con la muerte de su madre y aceptar la partida de Indhira casi al mismo tiempo. No solo eso, sino que el destino se había encargado de quitarle la fuerza de vivir y salir del hoyo de la tristeza a Guy. Él se había convertido en un hombre que trabajaba para mantener un techo sobre su cabeza, pero, cada vez que la melancolía lo invadía, bebía para borrar todo rastro de cordura que le recordase la pérdida de su esposa. Las noches más extremas lloraba con tanto dolor que Jason no lograba dormir y sentía ganas de gritarle a su padre que fuese más fuerte, porque lo necesitaba. No entendía cómo Guy era incapaz de hacerse cargo de sí mismo para empezar a vivir de nuevo con optimismo.
—Deberías ser realista, Jason —espetó Guy dándole un trago al whisky. En su tono de voz existía resignación—. Tu madre era una soñadora sin remedio.
Jason buscó un indicio de la presencia de alguna mujer alrededor. No había ningún perfume dulzón y barato que invadiese su casa de dos pisos. No esa noche, al menos. Su padre estaba solo. En esta ocasión, Jason podría dormir en paz ante la plena certeza de que no se levantaría, una hora antes del horario normal, para limpiar los vómitos o los restos de botellas rotas.
—Estudio, practico deporte, trabajo… Quiero formar parte de la NHL. Todo lo que hago es muy realista, papá.
Guy hizo una negación con la cabeza.
—Eso solo lo consiguen pocos. ¿Es que acaso no escuchas nada de lo que te digo? —Volvió a llenar el vaso una vez que acabó el contenido anterior—. Pocos —reiteró antes de beber un sorbo, porque había rebosado el vaso.
—Supongo —murmuró, algo inseguro, rascándose la cabeza.
—¿Hasta cuándo vas a trabajar en esa miserable cafetería? ¿Cómo se llama…?
—Taste of Heaven —replicó de mala gana.
Guy soltó una carcajada ante el recuerdo del nombre. Lo había catalogado de «ridículo y cursi». Jason no estaba de acuerdo. Las recetas de Moira eran magníficas y el señor Carpelli era un descendiente de italianos muy respetuoso de la cocina de su esposa. La tartade manzana era lo más pedido. El café, importado desde Verona, se acababa rapidísimo. Jason había probado todos los dulces de la cafetería y podía decir que el nombre del local era más que adecuado; no había nada de cursi ni ridículo.
—Deberías dedicarle más tiempo a la imprenta. Es el negocio Wilder.
Él contuvo una réplica mordaz. Los Carpelli lo trataban con amabilidad y lo animaban a que no dejara la práctica de hockey si aquel era su sueño. Ava era su única amiga de verdad, porque sabía lanzar una piedra sobre el río y se reía de sus bromas; no le importaba ensuciarse, ni se preocupaba demasiado por llevar la última moda.
—Eso paga algunas cuentas… Sé que no es mucho, pero ayuda —susurró Jason—. Además, también puedo conseguir por buen precio mi equipo de entrenamiento, aunque sea de segunda mano. No tengo patrocinador, papá, hasta que entre en la liga menor o pueda recibir un pago a través de un buen contrato. Solo tengo trece años, pero necesito ser competitivo. No voy a dejarme vencer.
Guy se incorporó.
Se acercó al escuálido muchacho, cuyos ojos y expresión facial le recordaban demasiado a su difunta Maggie. Colocó una mano callosa sobre el hombro de su hijo.
—Escucha algo, Jason, si alguna vez se te ocurre enamorarte de una muchacha, toma una decisión inteligente.
—¿Proponerle matrimonio? —preguntó.
—Dejarla si no estás seguro de que puedes ser feliz. —Jason frunció el ceño. Guy hizo una mueca—. El amor solo te termina destruyendo. No seas iluso.
—¿Lo dices por la muerte de mamá? —preguntó con suavidad.
—Ella jamás fue el amor de mi vida.
Él sintió como si lo hubiesen abofeteado. Su padre estaba demasiado ebrio. Estaba delirando. No podía ser cierto.
—Papá, comprendo que el día en que mamá murió fue difícil para nosotros. —Tragó saliva—. Pero ¿no es acaso tu necesidad de querer olvidar el dolor de haberla perdido el que te impulsa a beber continuamente?
Guy sacudió el hombro de su hijo y este cerró la boca.
—No, Jason, bebo porque me hace olvidar la culpa de no haberla salvado.
—Pero no fue tu culpa…
¿Qué sabía un chiquillo de trece años de la vida? Aun así, le había tocado madurar a la velocidad de la luz y se encontraba con estas declaraciones tan crudas.
—Me casé con ella porque estaba embarazada de tu hermana Indhira —interrumpió—. Yo estaba enamorado de otra mujer y, cuando se enteró de que Maggie esperaba un bebé, me dejó… No fui tras ella —dijo con una mueca—. Me casé porque creía que ese era mi deber, mas no por amor.
Jason abrió y cerró la boca.
—Siempre me has dicho que el honor es lo más importante —murmuró con cientos de preguntas danzando en su cabeza, pero también con la sensación de que su padre estaba traicionando a su madre con esa confesión.
—Ahora no tengo a nadie —dijo Guy sin hacer caso del comentario.
—Nos tienes a Indhira y a mí, papá —susurró, dolido por el comentario—. ¿No somos suficiente? —preguntó con los hombros caídos.
Guy no respondió. Jason sintió impotencia.
—No lo sé —dijo arrastrando las palabras, tal como llevaba haciendo toda la conversación—. Simplemente, no lo sé, Jason.
El hombre se apartó de su hijo.
—¿Por eso traes a otras mujeres aquí? ¿Para olvidar a mamá? —indagó Jason.
Trataba de entender el comportamiento de su padre. Intentaba ayudarlo en todo lo que podía. Sabía que jamás podría reconstruir las risas, ni revivir los recuerdos que crearon antes de la muerte de su madre, pero podía tratar de entender a Guy. Quería hacer algo bueno para que él dejara de lamentarse; para que volviera a sonreír…
—No, Jason. Lo hago para mantener la cordura. No tuve el valor para divorciarme de tu madre. Maggie no fue feliz conmigo, porque siempre estuve enamorado de otra persona y ella lo intuía. —Sonrió con pesar—. Cuando más me necesitó y tuve que salvarla, no pude hacerlo. No pude. No pude —dijo como un lamento, en una letanía que guardaba un profundo sufrimiento.
—La neumonía no se cura con dinero, papá —murmuró.
Guy cerró los ojos un breve lapso. Cuando los volvió a abrir estaban llenos de pesar y cinismo. Se pasó los dedos entre los cabellos entrecanos.
—El amor es una mentira, hijo. Recuerda eso también —dijo.
¿Qué experiencia podría tener Jason del amor? Él solo tenía muchos sueños y muchas hormonas bullendo de curiosidad.
Guy hizo una negación con la cabeza. Apenas lograba conciliar el sueño y tenía muy marcadas las ojeras; a veces el alcohol lo ayudaba a dormir, pero otras lo inundaba de pesadillas. El hombre empezó a subir las escaleras con paso tambaleante, ignorante de la expresión atónita de Jason.
—Papá… —llamó, aclarándose la garganta. Para él, esta había sido una charla demasiado extraña. Demasiado oscura para asimilarla—. Espera.
Guy se giró en el último escalón y miró hacia atrás por sobre el hombro.
—Todo irá bien. Saldremos adelante y mejoraré mi atención con la imprenta —dijo Jason con su mejor sonrisa—. Lo prometo. Somos un equipo, ¿recuerdas?
No hubo respuesta, porque Guy apartó la mirada y siguió su rumbo.
El chico permaneció un largo rato de pie en la sala. Estaba decidido a continuar luchando para que volviera todo a la normalidad en su familia. Su padre estaba ebrio; eso era todo. Nada de lo que le había dicho Guy sobre su madre, el amor o cualquier cosa en esa noche era cierto. Tan solo estuvo confuso por el alcohol.
Tres semanas después, embriagado por la culpa, Guy Wilder se suicidó.
***
Ava se enteró que había sucedido una desgracia en casa de los Wilder, así que no le importó sentirse como un gremlin en pleno momento de transformación, cuando le caían gotas de agua encima, y se dirigió donde Jason. Cuando estuvo bastante cerca del sitio, ella notó que la propiedad estaba rodeada de carros de policía, uno de bomberos, una ambulancia… Era un caos completo. Ava había tomado un taxi e invertido todo lo que llevaba ahorrado de la paga de la semana que le daban sus padres. Con los sentidos agitados salió del automóvil para ir a buscar a su amigo.
Lo encontró cabizbajo conversando con las autoridades. A ella no le permitieron acercarse hasta después de un largo rato. Ignoraba qué había ocurrido con exactitud, pero daba lo mismo; si Jason la necesitaba, Ava estaba para él. De hecho, fue su mejor amigo quien la llamó. Lo único que él murmuró al teléfono fue una frase, en tono monótono y derrotado: «Ava, ven, te necesito».
Aquellas palabras bastaron para que ella dejara de lado lo que estaba haciendo. Las preguntas de los porqués las haría cuando fuese necesario.
—Jason… —murmuró abrazándolo, una vez que se quedaron solos—. Aquí estoy. Soy muy mala dando consejos, así que puedo acompañarte en silencio.
Él no dijo nada, ni ella volvió a hablar mientras sentía las lágrimas calientes de su amigo traspasando la tela de la blusa en la parte del hombro, donde Jason tenía apoyada la cabeza. No necesitaban decirse con palabras lo que el corazón pedía a gritos: compañía y consuelo. Solo eran dos adolescentes intentando ser el soporte mutuo, en una etapa en la que las interrogantes abundaban más que las respuestas.
La amistad que se había forjado entre ambos era especial. Jason solía ser estupendo en Filosofía y Ava acudía a él para que la ayudara con los deberes de esa asignatura. Él, en cambio, tenía dificultades con Física, así que Ava hacía de tutora cada tanto. Solían quedarse haciendo deberes juntos en la cafetería, incluso después de que Taste of Heaven cerrara, en el espacio de la esquina que daba a la ventana.
Después de la muerte de la madre de Jason, la costumbre de quedarse hasta tarde estudiando, aunque iban a cursos diferentes y compartían un par de asignaturas, cambió bastante. Él prefería regresar a casa más temprano para asegurarse de que su padre estuviese bien y, si tenía alguna duda, entonces llamaba a Ava por teléfono.
Lo que no cambiaba era el hecho de que Jason, al ser muy popular en la secundaria, incluía a Ava en todas las actividades que podía. De hecho, si encontraba a alguien metiéndose con ella, la defendía.
—No tengo a nadie ahora, Ava. Mi hermana no quiere saber de mi padre… Y ahora… —murmuró apartándose. La miró desolado y le confesó—: Tú eres la única que jamás me ha fallado.
Ella empujó ligeramente el hombro de Jason con el suyo en un gesto cariñoso. Le dolía mucho enterarse de que Guy se había suicidado. Le parecía una noticia atroz y no podría jamás lograr comprender esa clase de dolor. Quería llamar a sus padres para que también le brindaran consuelo a Jason, pero primero necesitaba asegurarse de que su amigo comprendiese que no estaba solo ni lo estaría nunca.
—Para eso estamos las mejores amigas, ¿no lo crees?
Él rio. Una risa triste.
—Gracias…
—Aquí estaré —aseguró con convicción—. Mi familia también, Jason. Estoy segura de que mamá y papá querrán ayudarte en lo que necesites. No estás solo.
Jason se encogió de hombros. Se sentía hundido y derrotado.
—Debo aprender a arreglármelas solo, Ava.
—Pero…
—Tengo que contactar a Indhira para organizar el funeral de papá —interrumpió. No le apetecía dar explicaciones o intentar razonar con nadie.
Antes de que él se incorporara, Ava lo retuvo del brazo con suavidad. Él la miró.
—Siempre estaré cuando me necesites, Jason. ¿Comprendes?
Él la contempló un largo rato, como si estuviera buscando en su mirada celeste un atisbo de mentiras o dudas, pero no las halló. Esbozó una tenue sonrisa y asintió.
***
El cuerpo de Guy fue entregado a sus hijos, después de pasar la autopsia y todos los procesos legales que declaraban el hecho como un suicidio. La 9 mm fue confiscada y Jason no pudo estar más aliviado por ese detalle. Indhira voló desde California para ayudar a su hermano menor con los trámites mortuorios y encargarse de la propiedad. La brecha que Guy había creado en su familia, desde la muerte de su esposa, tan solo se había ampliado. Indhira no tenía motivos reales o de interés para volver a Nueva York, pero se vio obligada a hacerlo.
Por otra parte, Jason no contemplaba la idea de quedarse más tiempo en la casa donde su padre pasó sus últimos días, mucho menos ir a California con su hermana. Pero, al ser menor de edad, su custodia pasaba a manos de la única familia que le quedaba. Al respecto, él discutió con Indhira exigiéndole que hallara una solución, porque no podía mudarse al otro lado del país. Finalmente, Indhira y unos abogados pactaron ceder un poder tutelar a los Carpelli para Jason. La familia de Ava estuvo contenta ante la posibilidad de brindarle soporte emocional y una guía al muchacho.
La casa Wilder, al igual que la imprenta familiar, fueron vendidas. A pesar de la renuencia de Jason, Indhira utilizó parte del dinero de la venta para comprarle un piso modesto para que pudiera vivir sin apuros y con un poco de independencia. Le dijo que le daría un estipendio mensual y con eso lo ayudaría a cubrir sus necesidades básicas; además, le exigió que aceptara las guías de los Carpelli, al ser ellos sus tutores.
Jason aceptó las condiciones de buena gana que también incluían ir a un psicólogo y no desertar la secundaria hasta terminarla. Además, acordó visitar a su hermana en California por las fiestas, cada año, hasta que se graduara. Que los Carpelli fueran a ser sus tutores legales le daba cierto sosiego. Jason tenía en mente continuar su sueño de jugar hockey profesional y el sitio más factible seguía siendo Nueva York, sin contar con el hecho de que los padres de Ava lo apoyaban moralmente.
Con la venta de la casa y la imprenta, tanto él como Indhira se dividieron el beneficio en partes iguales. Su hermana había dejado legalmente estipuladas las cantidades máximas de dinero que Jason podía extraer del fideicomiso fruto de la herencia adquirida con la muerte de Guy. Una vez que Jason cumpliese los dieciocho, entonces el uso y custodia de la herencia ya dependerían solo de él.
Los meses que siguieron a esta colosal desgracia fueron turbulentos. La nueva vida de Jason se vio alterada a nivel emocional, pero el psicólogo lo estaba ayudando muchísimo a hablar de temas que, con nadie más, podía atreverse. Los dueños de Taste of Heaven confiaban en él y Jason trataba de no decepcionarlos.
Sin embargo, con más rapidez de lo que hubiera esperado, su tiempo de rebeldía, rabia y soledad, se unieron en un cóctel venenoso. Cuando pasaron cinco meses de la muerte de Guy, Jason decidió que era momento de dedicarse de lleno a conquistar cualquier chica que quisiera. El descubrimiento de los secretos del placer sexual, con muchachas distintas en cada ocasión, fue un desahogo para la frustración emocional que llevaba dentro, las heridas que no cicatrizaban y el vacío de no tener una familia.
No fue más al psicólogo y se esforzó en ser el chico malo; desempeñó ese rol con mucho éxito. Lo anterior no implicó que dejara de lado la disciplina de ir a sus entrenamientos, porque aquella era su brújula y su constante más importante. De hecho, él vivía y respiraba para jugar cada partido. Su anhelo de firmar con las ligas de hockey profesional era la razón para despertarse día a día.
Jason disfrutaba dejando salir la adrenalina de su cuerpo, al final de cada entrenamiento, buscando chicas que fuesen bonitas y que estuvieran dispuestas a explorar locuras a su lado. Se acostaba con una y con otra. Aprendió a conocer cómo chupar un coñito, le gustaban las mujeres nalgonas y tetonas; le encantaba aprender los soniditos que hacían las chicas cuando les mordía los pezones y cómo clamaban su nombre cuando les acariciaba el coño mojado y se corrían. Le parecía tener un poder especial al conseguir esas reacciones en las chicas. Su ego había aumentado con el sexo opuesto, además de que su destreza en la pista de hielo mejoraba día a día.
Él ya no necesitaba trabajar en la cafetería de los Carpelli para pagarse sus propios implementos deportivos o costear sus gastos básicos o cualquier otra chorrada, porque tenía su fideicomiso. Sin embargo, Jason continuaba yendo a servir mesas a Taste of Heaven, porque estaba agradecido. El resto, no le importaba.
A medida que iba creciendo, también lo hacía su masa muscular, sus facciones se volvían más varonilmente definidas, su comportamiento era más constante y menos volátil en estados de ánimo y, claro, su popularidad solo aumentaba. No faltaban chicas en su brazo, cuantas quisiera, porque su encanto empezaba a ser conocido. Los únicos lujos que Jason se daba consistían en accesorios deportivos que lo ayudaran a ser mejor en el deporte y también compraba suplementos de la mejor calidad para alimentarse bien. A las chicas les regalaba cosillas simpáticas, pero no invertía demasiado en ellas. No representaban más que experimentos de placer.
A sus conquistas, él las solía llevar a Taste of Heaven. Los señores Carpelli no decían nada ante la variedad de chicas que entraban del brazo de Jason a la cafetería. Sin embargo, Ava siempre le lanzaba miradas de reproche que él ignoraba. Cuando llegaron a los diecisiete y dieciséis años, él y Ava respectivamente, los reproches silenciosos de su mejor amiga empezaron a incomodarlo. Una noche la encontró mirándolo como si hubiera matado al mismo Bambi, después de una cita muy interesante que, claro, él llevó a tomar una malteada a la cafetería.
—¿Por qué mirabas tanto hacia nuestra mesa, Ava? Keyla se ha sentido mal con tu actitud —le había preguntado aquella noche—. Solo te pidió un poco de soda y tú parecías a punto de echarle la bebida en la cabeza.
Ava había crecido también y era preciosa, pero él no se metía con ella porque era lo único que jamás se arriesgaría a perder por un rato de sexo que podía tener con cualquier otra muchacha. Sí que notaba cómo algunos chicos intentaban salir con su mejor amiga, pero él los espantaba a todos, porque se sentía en la responsabilidad de ahuyentar a los perdedores. Ante sus ojos todos eran unos perdedores.
—Es la cafetería de mis padres, te recuerdo, así que puedo mirar a quien quiera y como me venga en gana, Jason.
—Puedes llegar a ser insufrible y quizá por eso ningún chico se fija en ti.
—¿Y a ti quién te ha dicho que quiero un chico que se fije en mí? —le había preguntado con las manos en las caderas.
Él le había puesto un dedo en el hombro dándole un pequeño empujoncito.
—Bueno, si no es así, entonces eso significa que estás haciendo un excelente trabajo. Porque si fuera yo el chico en el que pusieras tus intereses románticos, créeme, no quisiera saber de ti por nada del mundo.
—¡Eres un idiota, Jason Wilder!
—Por tu culpa, Keyla no quiere volver a salir conmigo.
—Será que de repente se dio cuenta de que tiene fecha de caducidad.
Eso lo había hecho rechinar los dientes.
—Mi vida privada es privada…
—Salvo cuando necesitas mi ayuda, claro.
—¿Sabes qué, Carpelli? —le había preguntado llamándola por el apellido, tal como hacía cuando estaba enfadado—. Lo cierto es que no te necesito.
—Quizás, Jason, deberías llevar a todas esas chicas bobas con las que sales a otra cafetería, porque aquí causan agobio visual, ¿qué tal eso?
—Sí, creo que es lo mejor. Nadie quiere una mesera amargada sirviéndole bebidas envenenadas —le había dicho, cabreado, antes de salir hecho una furia de Taste of Heaven. Tanto había sido su ímpetu por apartarse que no vio la forma en que sus palabras afectaron a Ava.
Después, por supuesto, las aguas volvieron al cauce normal entre los dos. Jason, por supuesto, tuvo que hacer méritos para hacerse merecedor de la disculpa de Ava.
Lo que no cambió fueron las citas constantes del apuesto muchacho, pues seguía teniendo una variedad de chicas del brazo como sabores tenían los helados. Por supuesto, ya no las llevaba a Taste of Heaven, y eso evitó discusiones con su amiga.
Sin embargo, cuando Ava tuvo su primer novio, Jason se dio a la tarea de espantarlo, en especial cuando lo encontró besándola una tarde a la salida del cine. ¿Cómo le habría podido explicar los motivos del puñetazo que le dio a Ritter Murdock a Ava? Una tarea imposible, porque ni siquiera él mismo comprendió de dónde salió el impulso que lo llevó a levantar el puño y romperle la nariz a Murdock.
Con diecisiete años, Ava había cambiado físicamente. Jason notaba la gran diferencia entre su amiga que tenía brakets a los doce años y aquella que, ahora, poseía pechos tentadores, cintura esbelta y piernas torneadas. A él le parecían dos personas por completo diferentes, pero sabía que en esencia ella era la misma.
—Déjame adivinar —le había dicho Ava cuando lo enfrentó por ese exabrupto violento—, ¿golpeaste a Ritter porque era un perdedor?
Él había esbozado su clásica sonrisa taimada.
—Me alegro mucho de que te des cuenta. Te estoy haciendo un favor.
—Voy a hacerte un favor a cambio, Jason. ¿Qué te parece?
—Claro, cuéntame —le había dicho cruzándose de brazos.
—La próxima vez que te vea con una chica subiendo a tu piso, como tengo una copia de la llave principal, me voy a encargar de que sepa que soy tu novia. ¿Qué tal eso, señor puñetazos y hockey sobre hielo?
—Para ser mi novia, Ava, tendrías que besarme y tener sexo conmigo. ¿Crees que podrías hacer alguna de esas dos cosas?
Ella lo había mirado un largo rato.
—Sigue soñando, Wilder.
—Ya decía yo, Carpelli…
***
A pesar de sus desencuentros y absurdas peleas, las fiestas, los contados desmadres de Ava, las conquistas de Jason, la competencia para entrar en la liga profesional junior de hockey, la graduación en la secundaria, los días en la cafetería, la única constante en aquellos años de crecimiento de Jason fue siempre Ava. Al cumplir dieciocho años, él logró firmar su primer contrato con los Canadian Maples de Edmonton, en Canadá. La gloria y el éxito arroparon su entrada a la NHL.
Jason había logrado hacer realidad su sueño y siempre, a su alrededor, estuvieron los Carpelli, dándole ánimos. La familia italiano-americana jamás le dio la espalda.
Años después, toda esa euforia inicial pareció perder brillo para Jason cuando, el día en que besó por primera vez la Copa Stanley como campeón de la liga, lastimó a Ava de un modo imperdonable. Después de aquella temporada de su vida no se había sentido completo de nuevo. O quizás jamás lo estuvo.
Su vida personal era un desastre y por eso no tenía relaciones sentimentales estables. Siempre terminaba hiriendo a las personas que se preocupaban por él o por las que él se preocupaba. ¿Para qué complicarse la vida? Por eso enamorarse no estaba jamás en su lista de opciones posibles o sus prioridades.
El hockey le daba las satisfacciones que lo mantenían cuerdo, en un mundo relativamente solitario, a pesar de la horda de fans que solían buscarlo. El desgaste mental y físico que implicaba cada partido lo extenuaban, pero también quedaba satisfecho porque él dejaba todo de sí en la pista. Sin embargo, cuando llegaba a su lujoso piso o al hotel, si estaba de viaje con su equipo, al final de un juego ganado o fallido, contenía las ganas de agarrar el teléfono y llamar a la única persona que realmente sabría lo que había significado ese partido, cada partido de hockey, para él. La pérdida de Ava era una espina clavada en el alma. Jason era el único culpable.
El precio de la cobardía había sido perder a su mejor amiga para siempre.
Sin embargo, la vida le había enseñado a no mirar atrás, y bajo ese precepto manejaba su día a día. Pero ¿acaso no decían que el karma era una perra vengativa?
Toronto, Canadá
Presente
Jason saltó a la pista en su posición de ala derecha, junto a uno de los defensas —Hansen—, y el centro —Thompson—, sobre la barda que protegía la banca en donde se encontraban los demás jugadores de los Noisy Eagles. Cada tanto rotaban para no agotarse, en un juego tan intenso como era el hockey sobre hielo, y así los veintidós jugadores activos podían llegar a jugar —en intervalos— durante los tres periodos de veinte minutos, cada uno, que duraba un partido.
Jason se afianzó a la superficie de la pista con rápidas maniobras y se hizo con el disco antes de lanzar un pase ágil a Thompson, este a su vez pasó a Yanus —el capitán que jugaba como ala izquierda—, que empezó a dominar la pista. Jason incrementó la velocidad, pasando a la defensa del equipo contrario, se inclinó a la derecha, recibió el pase del capitán e hizo un tiro con la muñeca de la mano hacia la portería, pero el disco rebotó en el guante del portero y se perdió en manos de la defensa de los Blue Riders. Después del tiro fallido, Jason regresó para defender, logró interceptar un pase y recobró el disco con un rápido movimiento.
Finalmente, cuando estaban cerca del portero de los Blue Riders, Jason le dio un pase a Hansen y este tiró el disco contra la barda detrás de la portería para que rebotase hacia el otro lado de la pista. Jason recibió el disco, mientras sus compañeros trataban de distraer a los oponentes, en especial al portero del otro equipo, e hizo su jugada en conjunto con Yanus. Antes de precipitarse contra el hielo y golpearse con la valla de vidrio templado de la pista, Jason impulsó el stick con precisión y el disco viajó a toda velocidad pasando por el costado izquierdo de la pierna del portero, hasta anclarse en el interior de lared. ¡Gol! ¡Un maldito gol que definía todo esa noche! Los fanáticos enloquecieron, porque el tiempo del partido estaba a punto de terminar, y los árbitros dieron por terminado el encuentro en el que ganaban los Noisy Eagles de Toronto por un total de 3 a 1 contra los Blue Riders de Chicago.
Alzando las manos, sintiendo la euforia de la victoria, Jason sonrió, mientras los gritos de los fans lo arropaban, al igual que el abrazo de sus compañeros de equipo. El gol de Jason rompía las posibilidades de ganar para los Blue Riders, en la segunda mitad del tercer y último período del partido. Los Eagles salieron de la pistasatisfechos, pero también escuchaban los insultos o las mofas de los hinchas del equipo que acababa de perder. No les importaba. El marcador era de ellos. Esto era el hockey: una acción de alto impacto físico, que desafiaba a las masas a amar fervientemente u odiar con toda el alma a su equipo o al equipo contrario.
A pesar de que los dientes eran los primeros sacrificados durante los encuentros deportivos, a causa de los golpes de un disco, un stick contrario e incluso los puñetazos que se daban en plena pista, el hockey era un deporte hecho para valientes y hombres con los cojones bien puestos. Este era un deporte noble que realizaba incontables actos de caridad para devolver el afecto, y conservar la lealtad, de sus comunidades.
Los Noisy Eagles entraron en el camerino rumbo a los vestidores.
Jason se quitó el casco protector de la cabeza; tenía los músculos del cuerpo en tensión. Este había sido un partido complicado, pero al final se llevaron la gloria. Se secó el sudor del rostro con la toalla y dio varios sorbos a la botella de agua mientras escuchaba las palabras del entrenador, Stephen Walters, como siempre ocurría al final del partido. El discurso fue sobre el desempeño, las fallas y aciertos, y después llegaron las palabras de ánimo para el siguiente encuentro.
La adrenalina continuaba fluyendo y no cesaría —lo sabía Jason por experiencia—, hasta después de un par de horas. Lo mismo les ocurría a sus compañeros. Los Noisy Eagles eran un buen equipo y compartían tiempo en los entrenamientos, los viajes, así como en juergas; prácticamente eran una familia. Al menos, hasta que uno de ellos fuese comprado por otro equipo de la liga y tuviera que cambiar de ciudad. Además, no era sencillo lidiar con las complicaciones propias de las diferentes edades que tenían, desde los diecinueve años hasta los treinta y siete, los veintidós jugadores activos de los Noisy Eagles.
Después de que el entrenador diera por finalizado su pequeño discurso, los Eagles empezaron a dirigirse hacia las duchas. Bromas iban y venían como ya era algo habitual. Los encargados de los implementos de los jugadores empezaron a recoger los sticks, cascos, protectores y demás. Aquel era un proceso bastante tedioso, porque no solo les tocaba preparar el equipo individual, sino también instalar y desinstalar el equipamiento en los vestidores de cualquier estadio en el que jugasen.
El golpe del agua caliente contra el cuerpo le ayudó a aliviar un poco los músculos a Jason. Estar motivado, cuando en ocasiones el marcador estaba en contra, no resultaba fácil. Esa noche había sido ruda, pero el resultado final fantástico. No podía ni imaginar el trabajo que debía experimentar Sans Lamiere, el portero titular de su equipo, para mantenerse enfocado y no dejarse gobernar por la presión de mantener a salvo la red de los Eagles.
Jason tenía suficiente dinero ahora para darse todos los caprichos que quisiera, entre ellos un jacuzzi gigantesco en su apartamento. El agua caliente, la presión del agua, ayudaba enormemente, después de los masajes de los terapeutas del equipo.
Ahora tenía veintinueve años y la edad, en un deporte en el que había mucho impacto físico, empezaba a cobrarle factura a Jason. La idea de retirarse estaba cada vez más cerca de concretarse. Sin embargo, antes de dejar el deporte, él quería levantar una vez más la Copa Stanley con su equipo actual. Ya lo había hecho, años atrás, cuando apenas tenía veintidós años y jugaba para los Canadian Maples. Demasiado joven para entender con madurez el peso del éxito, ahora, él tenía la plena certeza, sería un triunfo más maduro y diferente.
—Oye, Wild West —le dijo Kirk sacándolo de sus pensamientos, el chico era uno de los defensas del equipo, y llamándolo por su apodo—, nos vamos a reunir en el bar de Paul dentro de una hora. ¿Te unes?
Jason, con la toalla ajustada a la cintura, abrió el casillero para sacar su ropa. Sabía lo que esas salidas implicaban: grupis y sexo. Ya había tenido bastante de eso en sus años más alocados, pero ahora estaba con Elizabeth, así que procuraba no hacer ninguna estupidez. De hecho, ella era su prometida.
Por un motivo u otro, ambos llevaban sin verse ya cinco días. Jason quería hablar con ella en persona, porque había notado durante sus últimos viajes a Nueva York —la ciudad en la que Elizabeth residía— que estaba un poco distante, como si algo la incomodara. Cuando le preguntó el motivo, ella dijo que era el estrés normal que surgía al organizar la boda de ambos. Él no tenía idea qué tan trabajoso podría resultar unir a un grupo de personas en un mismo sitio, en una fecha tan distante como marzo, pero sí que compensaba el estrés de Elizabeth en la cama. No había quejas, porque el sexo entre ambos era ardiente.
—Tal vez en otra ocasión, pero gracias, Kirk —replicó sacando su bóxer negro de Armani, el jean gris y la camisa azul de la misma marca.
Kirk Retriev tenía veintidós años y era oriundo de Winnipeg. Rubio y de ojos verdes, con una semejanza inusual a Ryan Gosling, tenía a las chicas a sus pies. Jason podía recordar con facilidad aquellos tiempos en los que se comportó igual, pero su memoria no servía para acordarse de nombres o rostros de las incontables mujeres que habían pasado por su cama. Le parecía que habían transcurrido décadas, en lugar de solo siete años desde las juergas más alocadas.
Tiempo atrás, a él no le importaba que su amante careciera de suficiente materia gris para sostener una conversación profunda, siempre y cuando tuviera un cuerpo de infarto y supiera moverse en la cama. Ahora era distinto, pues Jason prefería que sus amantes tuviesen un poco más de cerebro que atributos físicos en abundancia. Él había encontrado una combinación de ambos en Elizabeth Parker.
—El compromiso te ha vuelto un poco aburrido, Wild West —dijo Kirk abrochándose la camisa—. Será una noche memorable.
—No lo dudo —comentó Jason de buen humor.
El bullicio en los camerinos y las duchas era habitual. Rara vez había uno que otro encontronazo físico. Los que incurrían en la infracción pagaban con una tanda doble de ejercicios en el entrenamiento siguiente y una multa de varios miles de dólares en la paga. Nadie quería contrariar la paciencia del entrenador Walters, pero, a veces, resultaba inevitable una pelea, en especial cuando la vida personal se entremezclaba con una jornada dura de un partido de hockey.
—Jason, voy a presentarte a unas amigas que están interesadas en saber qué tan impetuoso puede ser un jugador de hockey fuera de la pista —insistió Kirk.
—Tengo un vuelo dentro de dos horas hacia Nueva York —replicó vistiéndose con ágiles movimientos. Una relación a distancia no era la más fácil, pero había tratado de hacer lo posible por encajar sus horarios en Canadá con los de su prometida en Estados Unidos—, caso contrario…
—¿Lo considerarías de verdad? —rio poniendo los ojos en blanco—. La prensa te comería vivo si captasen una imagen tuya con una de mis buenas, buenísimas, amigas —comentó con burla—. Después de todo, anunciaste por todo lo alto tu compromiso con Lizzie Parker. La verdad es que eres suertudo.
—No, no le pondría los cuernos a Elizabeth, Kirk —dijo tratando de no perder la paciencia—. Si dejaras de interrumpir, entonces podrías escuchar la frase completa. Si no tuviera este vuelo hacia Nueva York, entonces te acompañaría a tomar algo a ese bar o comer donde sea, pero no para follar con tus grupis. No necesito a la prensa en mi espalda. —Jason no era partidario de ventilar su vida personal en los medios de comunicación, pero debido a la clase de familia a la que pertenecía Elizabeth, y su influencia en el mundo del hockey, había sido inevitable.
—Estás atrapado, hermano —dijo encogiéndose de hombros—. Yo, en cambio, amo mi libertad. ¿Atarme a una mujer? ¡Ni aunque estuviera loco!
«Atrapado», repitió Jason en su cabeza. Empezaba a sentirse de ese modo, sí.
Los Parker tenían acciones en varias cadenas de televisión y no le sorprendería que su prometida vendiese la exclusiva de su matrimonio al mejor postor. Jason prefería algo discreto, pero ¿quién competía con los deseos de una novia y sus caprichos? Él no tenía interés, porque su enfoque consistía en tratar de llegar al final de la temporada regular, anotar todos los puntos que le dieran ventaja para poder pasar a los play-off por la Copa Stanley. Ese era el objetivo importante.
En la NHL había treinta y un equipos en total. Todo tenían que pasar por los juegos de las Conferencias de cada región; la Conferencia Oeste y la Conferencia Este. Jason jugaba en la Conferencia Este con los Noisy Eagles de Toronto. Al final, los equipos que tenían más puntaje en la temporada regular contaban con más ventaja para llegar a los play-off y hacerse con un cupo y disputar la copa. Era todo un entramado de puntajes, estrategias y una competencia muy ruda. La cantidad de millones de dólares invertidos en campañas, equipos, marketing, logística, seguridad, viajes, preparación, personal especializado y demás era asombrosa.
Kirk revisó un par de mensajes en el teléfono y sonrió al ver una fotografía.
—Se llama Carmen, ¿cierto que es un nombre exótico? —le preguntó Kirk a Hansen que, en ese momento, pasaba cerca.
Era una muchacha, desnuda, con unos pechos que desafiaban la gravedad, una cintura esbelta y el sexo completamente depilado. Guapa, sin duda, y al parecer lista para lo que fuera que estuviera en la mente de Kirk.
—¿Quieres que yo le enseñe lo que tú estás todavía por aprender? —preguntó Jason mofándose de su compañero.
—Sin duda, una mujer muy guapa. Yo me puedo unir a la juerga, ¿cierto, Kirk? —quiso saber Hansen riéndose.
Jason cerró el casillero, mientras algunos de sus amigos le daban una palmada en el hombro, despidiéndose, y otros lo hacían a viva voz para ahorrar tiempo.
—Ellas buscan juventud, mi veterano amigo —replicó Kirk, mirando a Jason, con el mismo tono burlón y guardándose el teléfono en el bolsillo del pantalón blanco.
—La juventud sin experiencia es aburrida —dijo Jason.
—Nos vemos, señoritas —murmuró Hansen antes de salir de los vestidores.
De pronto la expresión de Kirk se volvió cautelosa y perdió la sonrisa. De hecho, frunció ligeramente el ceño y miró a Jason con curiosidad.
—No sé por qué evitas divertirte cuando todavía no tienes la soga al cuello, Wild West. Las mujeres te buscan incesantemente.
—Temas de adultos —replicó Jason, riéndose.
—¡Hey! Buen partido, ¿a que sí? —interrumpió Brendan Kayser, él ejercía la posición de ala izquierda. Miró a Jason—: ¿Seguro que vas a tomar ese avión esta noche?
—Tengo ganas de Nueva York —dijo antes de acomodarse la mochila con su ropa al hombro—, así que me esperan unas horas de vuelo por delante.
—Vamos, Wild West, un poco de honestidad. Lo que quieres es sexo para disminuir la adrenalina —bromeó Kirk—. ¡Podemos hacerte espacio en nuestra fiesta, todavía estás a tiempo! Carmen tiene muchas amigas.
—Cierra la boca, Kirk —dijo Jason negando con la cabeza.
El chico elevó las manos en son de paz, riéndose. Las bromas pasadas de tono no molestaban a nadie y de algún modo disipaban el ambiente de tensión antes o después de un juego. Kirk, así como el resto de los Noisy Eagles, sabían muy bien que, si Jason creaba un escándalo engañando a su prometida, el equipo iba a ser punto de interés para la prensa por cotilleos, en lugar de el desenvolvimiento deportivo.
Todos conocían a Elizabeth Parker, porque era la hija de uno de los dueños de los New York Blades. Algunos la llamaban Lizzie y sabían que, algún día, sería la legítima heredera de ese equipo multimillonario. En los altos círculos de la élite deportiva, la consideraban como parte de la realeza del hockey sobre hielo por la influencia y posición de poder de su padre en el circuito de la NHL.
