Rehenes - Phil Camino - E-Book

Rehenes E-Book

Phil Camino

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Beschreibung

Después del éxito de Patria, de Fernando Aramburu, la sociedad española ha demostrado que está preparada para escuchar historias sobre lo que sucedió en España con el terrorismo de ETA. Una parte importante de nuestros jóvenes —se quejan muchos— no saben bien qué fue ETA. La autora misma lo ha constatado y por eso relanza esta novela que nunca llegó a las librerías y que ganó hace diez años el «Premio Bubok de novela» en cuyo jurando estaban: Rosa Regás, Andrés Teixidor, José Ángel Mañas, Javier Celaya y Lorenzo Silva. Contar historias, desde la ficción, es parte de esa deuda que hemos adquirido con esos jóvenes y es parte de ese restablecimiento de la memoria colectiva que toda sociedad debe hacer. Desde la política, pero también desde la literatura.

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Seitenzahl: 297

Veröffentlichungsjahr: 2024

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PHIL CAMINO (Madrid, 1972) es editora y autora de las novelas Belmanso (Plataforma, 2012) y La memoria de los vivos (Galaxia Gutenberg, 2019). Es también autora del ensayo testimonial Diez Lunas Blancas (Elba, 2017), una profunda reflexión sobre la maternidad, y del libro de poemas Donde la carne ya no siente (La sirena del Pisueña, 2021).

Doctora en Ciencias de la Información, ha colaborado en distintos medios escritos.

Ha traducido del francés al español las novelas del autor Pierre Assouline Retorno a Sefarad (Navona, 2020), El último de los Camondo (Nagrela, 2024), y El hombre simiente de Violette Ailhaud (La Huerta Grande, 2019).

Desde 2010 organiza los Encuentros Culturales de Esles de Cayón, en Cantabria.

 

 

Una mañana cualquiera, el empleado de carreteras Jerónimo Arrarte es secuestrado por la banda terrorista ETA. Un error que pondrá en marcha una serie de acontecimientos capaces de trastocar no solo las vidas de los culpables y sus víctimas, sino también las de quienes creían vivir a salvo de esa sinrazón.

Un día y cuatro historias que caminan en paralelo, conforman la trama de Rehenes. Cuatro historias que confluyen en una, y que indagan en la naturaleza del ser humano para tratar de entender hasta dónde puede éste caer cegado o anulado por el fanatismo, el oportunismo o los miedos, y hasta dónde pueden rescatarlo la compasión, la generosidad, la lealtad y la valentía.

Phil Camino es la autora de una obra tan inusual como valiente, Rehenes. Un lenguaje portentoso y una trama lúcida, descarnada, trepidante y brillantemente desarrollada nos transporta, en nuestros mismos días, a lo más duro del pasado colectivo de los españoles y de la democracia, arduamente conquistada (...) Una obra más necesaria que nunca que alerta hoy del peligro de que violencia y crimen, por un lado, moral y ética ciudadana, por otro, se confundan monstruosamente en la memoria histórica reciente de muchas generaciones que no vivieron aquella brutalidad y salvajismo que dictaba sus leyes en las calles no solo del País Vasco sino de todo un país.

Mercedes Monmany, escritora y crítico literario.

Rehenes nació como una novela póstuma, cuando todavía la sociedad no estaba madura para recibirla y elaborar la memoria necesaria de los años de plomo, del terrorismo de ETA. Diez años después podemos leer esta novela sin prejuicios ni rápidos rechazos, como un ejercicio de memoria, que nos pone frente a la barbarie de los años más duros de la democracia española, y de homenaje a las víctimas de la sinrazón, al mismo tiempo que nos abre la esperanza de un presente y futuro de paz, memoria y justicia.

Jorge Úbeda, filósofo.

Rehenes

COLECCIÓNLas Hespérides

REHENES

Phil Camino

ESLES DE CAYÓN2024

 

 

 

© De los textos: Phil Camino

© Phil Camino, 2024 c/o DOS PASSOS Agencia Literaria

Madrid, marzo 2024

Edita: La Huerta Grande Editorial

Serrano, 6 28001 Madrid

www.lahuertagrande.com

Reservados todos los derechos de esta edición

ISBN: 978-84-18657-56-6

Diseño de cubierta: La Huerta Grande

Producción del ePub: booqlab

 

 

 

A los valientes, vivos y muertos.

A mis hijos, a su generación y a las venideras.

Historia atribulada de una novela

(…), esa obsesión por borrar el pasado colectivo y quién si sabe si individual, aparte de interpretaciones psicoanalíticas, podría ser una clave para justificar cualquier vileza del presente con la impunidad de saber que nunca será recordado.

Emilio Lledó, El silencio de la escritura

En el año 2007 comencé a escribir el germen de una novela que tenía como argumento un secuestro de ETA. Tras unos meses trabajando en un borrador me estanqué y lo dejé. Ese mismo año, en el mes de diciembre, ETA asesinó con un tiro en la nuca a dos guardias civiles en Cap Breton. El crimen de ETA que marcaría el declive de la banda no era más atroz que otros, pero por alguna extraña razón sentí más rabia e impotencia que nunca y aquel deleznable acto, otro más, abrió la puerta de par en par a esa pregunta para la que una querría una respuesta: «¿Por qué?». Con rabia, impotencia y preguntas —los ingredientes de la tragedia—, volví a las páginas del proyecto abandonado. Recuerdo sentir entre alegría y desconcierto cuando terminé de escribirla. Dejé que la leyera algún familiar, incluso algún amigo me ayudó a mejorarla y me sugirió que buscara editorial. Yo aún no había publicado nada, así que ¿cómo presentarme en una editorial con una novela así, con semejante tema, cuando la banda terrorista había decretado oficialmente una tregua y se hablaba de paz? ¿Yo, una perfecta desconocida en el mundo literario? ¿Yo, que no era una víctima? El texto volvió al cajón y me puse a escribir otra novela sobre un asunto que nada tenía que ver con el tema de marras. Tardé cuatro años en terminar esta segunda novela que encontró felizmente editorial en 2012.

Con mi primer libro ¡publicado!, y quizás animada por alguna buena crítica recibida, rescaté Rehenes del cajón y la corregí, como si estuviera mimando a una hija a la que dejé un poco de lado y que sólo esperaba de mis cuidados para salir adelante. Llegué a obsesionarme tanto con ella que escribí una carta al terrorista Iñaki Recarte, en proceso de rehabilitación en el marco de la vía Nanclares; como periodista estaba dispuesta a ir a Santisteban para entrevistarme con él cara a cara. ¿Por qué? ¿Por qué?... no dejaba de preguntarme. No obtuve respuesta a aquella carta. Normal.

Por mediación de una amiga, escribí también a Maite Pagazaurtundúa, a la que entonces no conocía, para saber si estaba dispuesta a leer mi novela. Ella sí me contestó. Normal y esperable, ahora lo sé, de una mujer tan generosa y comprometida. Animada por sus desinteresadas y valiosas palabras, superados los miedos justificados por esa otra pregunta que tontamente también me hacía: «¿Qué hace alguien como tú escribiendo sobre “nuestro” tema?» —cuando la realidad es que todos hemos sido rehenes de los terroristas y de sus cómplices— me puse por fin a buscar editorial. La novela no la encontró. Viendo que iba a ser difícil que alguien apostara por ella —era el año 2014 y ETA era algo que había perdido “actualidad”, la gente sólo quería “pasar página”, me decían—, tomé la decisión de autopublicarla en una edición digital.

Rehenes sólo llegó a las manos de un puñado de amigos y familiares. Sin embargo, la novela había ganado el premio de la editorial en la que me la publiqué y se imprimió una pequeña tirada en papel que nunca llegó a las librerías. Pero gracias a Maite fui invitada al Parlamento Europeo con el escritor Adolfo García Ortega y con el cineasta Jon Viar para hablar de mi trabajo. Y a lo largo de aquel año entré en contacto con víctimas del terrorismo y luchadores por la paz en Madrid y en San Sebastián, en donde pude escuchar a personas como Consuelo Ordóñez, José Antonio Ortega Lara, María San Gil, María Jiménez Ramos o Fernando Savater. Apenas había logrado lectores, pero la novela me entregó regalos inesperados. Y valiosísimos.

Dos años más tarde, llegaría Patria, de Fernando Aramburu. No fue sólo una novela sobre ETA, fue un fenómeno editorial. El tema sí interesaba. Nada me pudo alegrar tanto como aquel éxito de Patria.

El pasado viernes 26 de enero del presente año asistí a la proyección en Madrid del documental Resistencia democrática. Conversaciones en la librería Lagun, que se presentó para conmemorar los veinte años de la fundación de la plataforma ¡Basta Ya! en defensa de la libertad. Allí se dijo algo terrible: «Muchos jóvenes no saben que esto ocurrió». No había ánimo de revancha en esas palabras. Sólo de justicia. Y de memoria.

Volví a casa y leí de nuevo Rehenes. Decidí darle una nueva oportunidad. Diez años después de aquel intento fallido y con mis otros libros publicados en otras editoriales ve hoy la luz aquí, en mi casa, cuando se van a cumplir también diez años de este proyecto editorial. Es como traer al hogar a la hija descarriada. Lo hago animada por un lado por el deseo de que esta vez llegue a más lectores y por otro por esa idea vargallosiana que ha permeado en mí: la creencia de que la ficción, por medio de sus relatos y mentiras nos puede acercar al pasado y al presente, a la realidad en suma, y actuar como un dique contra las barbaridades del futuro.

Pienso en mis hijos. Y en los que vendrán. Y sé que cuantos más relatos y voces lean y escuchen, más posibilidades habrá de que no los engañen. Tienen que saber lo que ocurrió en este país en el que todos fuimos rehenes del terrorismo. Más cuando las cicatrices no están cerradas porque los perdones no están humanamente entregados.

Aquí va mi relato. Es solo uno más.

Queda sobrevolando la eterna pregunta que sigue, y quién sabe si seguirá sin respuesta: «¿Por qué?».

1

La mañana era fría. Resopló y sus labios temblaron como los de un viejo caballo. Subiendo los hombros dijo ¡qué rasca! y su gran cabeza, de golpe, pareció pequeña. Hurgó en el bolsillo de su cazadora para buscar las llaves. Abrió la puerta del coche y lanzó los folletos sobre el asiento del copiloto. ¡Menuda tía más borde!, dijo entonces en voz alta, como si fuera necesario que el aire claro de la mañana compartiera sus lamentos. Si no llega a amenazar a esa boba con ir a la agencia de Eroski aún estaría esperando a que lo atendiera. Sonrió satisfecho, como si ese triunfo sobre la encargada de una agencia de viajes fuera suficiente para justificar aquella felicidad.

Miró de nuevo los folletos, París, Viena, el Caribe… ¡Ay Pili, Pilutxi, te voy a llevar de viaje y tú sin saber nada! Volvió a sonreír. Un viaje. Pili y él solos. Y a ver si de paso su mujercita mejoraba ese humor, que había que ver cómo estaba últimamente. Y tú a dos velas, Jero. Se llevó la mano a la bragueta. Con el índice y el pulgar pellizcó y tiró de la tela del pantalón. Luego se frotó las palmas callosas. Sí que hacía frío. Mientras se quitaba la cazadora un intruso rayo de sol se coló entre las nubes espesas. Qué bien, dijo mirando al cielo, aunque mejor cierra el pico Jero, porque fue decirlo y el rayo se esfumó, tragado por esa grisura perenne. De nuevo el maldito txirimiri y el golpe de aire tan repentino, gélido e inesperado como la voz que dijo aquello:

—¡Baja del coche y no te muevas!

Tardó unos segundos en reaccionar a la orden. Hasta que notó la fuerte presión sobre el cuello.

—¡He dicho que bajes de ahí, hostia! ¡Y no te muevas!

Lo levantaron del asiento. ¡Eh! ¡eh, un momento! ¿pero qué haces?, dijo. Notó el aliento calentorro en la nuca, un aliento como de resaca. Y algo duro entre las costillas.

—Si te mueves te mato.

—¡Al coche, al coche! ¡Rápido! —Oyó que decía una mujer.

Lo empujaron hacia el sillón trasero de otro coche.

—¡Túmbate joder! —Y que no se moviera o se lo cargaban ahí mismo.

Ni el calor húmedo entre las piernas le hizo desobedecer. Sólo abrió y cerró los ojos varias veces, como lo había hecho esa mañana cuando oyó el zumbido del despertador. A las siete y media en punto. Como cada viernes. Se había girado, huyendo del horrible bip, bip, atrincherándose bajo la almohada. Sólo unos minutos… imploró con voz pastosa, como si el despertador pudiera oírlo. Con lo mal que había dormido soñando con los cinco rehenes, sobre todo por culpa de aquel pobre francés con ojos de loco y las barbas embrolladas. Como si volviera del infierno, les había dicho él a los colegas. ¿Y de dónde creéis si no que vuelve ése?, había contestado el Zubi, pegando un trago a la Mahou, un tiro el primer día y el hombre se hubiera ahorrado esa pesadilla. Luego eructó. ¡Qué bruto eres, Zubi!, dijeron todos. Sí, hayqueverlobestiaqueselzubi, había repetido él por la mañana, a las siete, con la voz gangosa, mientras rastreaba como un ciego la mesilla para detener el horrible bip, bip que se entremezclaba a la conversación de la víspera sobre secuestros, paramilitares y la madre que los parió a todos porque menudas pesadillas había tenido, ¡joder!

—Jeroooo…

Pili lo sacudió, hincando la rodilla en sus piernas rasposas.

—Jerooo, levaaanta y apaga eso, anda.

—Va, vaaa… —dijo al mismo tiempo que daba un manotazo al reloj—. Buenos días, guapa.

Pili no contestó. Se acercó a ella. Hoola, le susurró al oído, apartando su melena rizada. Un mugido por respuesta. Que te apesta el aliento, quita pesao. Y tú hay que ver lo gruñona que eres.

Pero insistió:

—Oye, Pilutxi.

—Mmm…

La besó en la nuca:

—¿Tú que prefieres: que te secuestren y estar años por ahí, o sea por ahí perdido, a saber dónde, como ese francés, con tortura y todo pero que te suelten?, ¿o que te maten el primer día y ahorrarte el mal trago?

—Pfff… —mugió el bulto bajo la sábana—. Quita. Que me dejes dormir. Y vais a llegar tarde.

—Mi anguililla de pies fríos, qué mal genio tienes…

Buscó sus extremidades bajo el edredón, pero ella huyó hacia el borde de la cama. Nada, no había manera. Y todo por culpa de los colegas, esos capullos que se la dejaron cabreada ayer… Igual a la noche se le pasaba el cabreo.

Estiró su cuerpo de gigante. ¡Qué bueno aquello de estirarse!, sobre todo ahora que no puede hacerlo porque está ahí, embutido como un salchichón entre los asientos de un coche, sin poderse mover porque si lo hace le pegan un tiro, o eso ha dicho la mujer.

El coche ralentiza. El que conduce ha bajado. Abren la puerta. El hombre tira de él tan bruscamente que está a punto de estamparse contra la carretera. Sólo tiene tiempo para fijarse en el color del coche: blanco, como su Citroën. Lo arrastran hacia otro coche y lo lanzan a un maletero donde cae como un saco de cemento.

—¡Vamos, rápido! —Ordena la mujer.

Y de repente la oscuridad.

¡Vamos, rápido!, como él esa mañana. ¡Y a vestirse que voy haciendo el desayuno!, les gritó a los chicos

Mientras sus hijos se vestían, él recogió aquí y allá cascotes de cerveza, ceniceros repletos de colillas a remojo y de cáscaras de pipas, vestigios de los nervios de la noche salvada por los pelos en el último minuto. ¡Qué golazo, pero qué golazo…! El Xabi, ¡qué crack! que sí que sí questeaño nos llevamos la copa laligayloquesea, había canturreado mientras los cientos de pedacitos de cáscaras salían disparados, pegando brincos. Iba a tener que aspirar por culpa del Zubi y su maldito vicio, que ya podría fumar, como todos, que mancha menos. Pili tenía razón, habían dejado el salón hecho un asco. Luego recogió la ropa desperdigada por el suelo del cuarto de baño:

—¡Vamos a ver ¿no os he dicho mil veces que lo que está sucio va al cesto? ¡Qué niños!

¿Seguiría lloviendo? Se estiró para mirar por el ventanuco.

—¡Quién quiere la leche fría!

Bueno, pues al micro-ondas. Levantó el imán, cogió la lista del supermercado. Hay que ver lo que nos comemos en esta casa, así no iban a encontrar nunca el momento para el Passat, y ahí seguían, con esa antigualla de Citröen. El día menos pensado tendría que llevarlo al desguace.

—¿Alguien va a querer una tostada? ¡Eh chavales!, ¿qué pasa con vosotros, o qué, es que no vais a venir?

Se levantó para coger las tazas y dijo: la madre que los parió. Detuvo la vista sobre el calendario colgado con imanes en la puerta de la nevera. ¿El jueves…? ¿El jueves ya? ¡Ay va! ¿Quince años ya con la Pilutxi? Entonces se le ocurrió lo del viaje.

—¿De qué te ríes aitá? —Dijo la niña entrando en la cocina. Él le señaló un tazón y dijo: de nada, de nada. La pequeña miró la taza con recelo.

—Oye, que no sé dónde está la de Hello Kitty. Estará sucia. Anda, coge ésa guapa, y la tostada, que hay que comer algo antes de ir al cole, ya oíste lo que dijo Agurtzane el otro día en la reunión sobre la alimentación y esos rollos.

La niña levantó los hombros. Él untó las tostadas con margarina y mermelada mientras pensaba en lo de la agencia. Y me llevaré folletos de esos de viaje, Pili dirá que si estoy mal de la cabeza. Su niña daba mordiscos de pajarito al pan. ¿Y se puede saber qué hace tu hermano?

Luego los abrigos. Las mochilas. El golpe seco de la puerta del ascensor. El buzón vacío a esas horas, como siempre. El reloj de la marquesina, los castaños y los plátanos en el horizonte ciego, y el coche, aparcado en el mismo lugar, por la pura costumbre. Si había viaje nada de Passat. ¡Vamos niños, adentro! Tres portazos casi acompasados. La puerta del colegio. Su dos hijos alejándose, con la mochila a la espalda. ¿Y si los llevaba al viaje?

—¡Hasta la noche hijos!

Aparcó frente al súper. ¡Hola chicas! ¡A ver esas ofertas! Las naranjas, las naranjas… Hoy sólo medio de york, Raúl, y otro medio de salchichón, y estírate y dame una loncha anda, que porque no traiga piernas largas y escotazo también lo agradezco. Abrió el maletero del coche y dejó las bolsas que intercaló con maestría: los huevos arriba, la leche abajo. Luego fue a casa. ¡Había que fastidiarse!, alguien le había quitado su plaza. Así que fue a la agencia de viajes en coche. Mientras la borde ésa buscaba los folletos se quedó mirando un cartel pegado en la pared: «Venga a disfrutar una semana de ensueño en la ciudad del vals». Pasó sus dedos sobre la foto, esa mujer con el vestido blanco se parecía a Pili. Sonrió. Volvió al coche. ¡Joder con el txirimiri! Tiró las revistas sobre el asiento del copiloto. Sonrió de nuevo. Retiró la cartera del bolsillo trasero y la colocó en el lateral de la puerta. Y el Diario que traía peli de James Bond. ¡Menuda suerte la mía! Se frotó las manos y antes de poner la llave en el contacto dijo: será un buen día.

—¡Sacadme de aquí mamones! —Grita entonces, aporreando la carrocería.

No hay respuesta. Sólo el traqueteo y un horrible olor a caucho y a asfalto.

2

Bond, James Bond. ¿Durante cuántos años fue su héroe? Las había visto todas. El mejor, Sean Connery: el negociador, el pacificador, el seductor… Ahora lo odia. Desde que él también está atrapado en un alias, pero sin los poderes de Bond. El candidato dijo esto…, Bermúdez León, el candidato, asistió ayer a la inauguración de un nuevo centro de salud en Gerona... ¡Girona! le había dicho Anselmo. ¡Girona, por Dios Ricardo!, que no se le ocurriera meter la pata, insistió sin dejar de señalar el titular del periódico.

El candidato. Como si él: Ricardo Bermúdez, ya no existiera. Ahora es: Bermúdez León, el candidato. Como Bond, James Bond.

Toma aire por la nariz y lo expulsa a trompicones, haciendo temblar sus labios, por los que se escapa un sonido como de motor gripado. Cierra los ojos, se deja mecer por esa cadencia un poco escandalosa que proviene de Anselmo removiendo papelajos, como si el brío con que realiza la tarea fuera un extra de potencia tan necesario como lo son los caballos para el motor del Audi en el que viajan.

Anselmo repite en voz alta los puntos importantes del día, ¡como si no se los supieran ya de memoria, joder…! Ricardo se gira hacia Anselmo como para apuntalar sus palabras, lo mira sin reparar ya en su mentón retraído que lo parece más por culpa de esa nariz tan grande que hace que sus gafas se vean diminutas.

—Anda, léeme de nuevo el listado, si no te importa. Ya sabes: nombre y empresa. Eso sí me vendrá bien.

Anselmo le hace sí con la cabeza, luego inicia la lectura con su voz aflautada y monótona. Ricardo escucha. Todo irá bien. Esa comida con empresarios no le preocupa. Bosteza. Estira sus brazos. El día de ayer sí que fue agotador: visita a un centro de mayores en Logroño, inauguración de un polideportivo en Tafalla, comida en Pamplona con los alcaldes, reunión con el equipo en el hotel hasta las tantas… Si pudieras atender a todo, Ricardo… Unos minutos de tu campaña y ya conoces tooodos los problemas. Estudiaremos su caso, no se preocupen, lo haremos. Como él es Bond… James Bond…

—Repite el último, por favor.

Anselmo obedece.

Ricardo asiente y se gira hacia la ventanilla. Suspira, se frota los ojos y contrae los músculos del rostro que se le apelmazan en el centro del mismo. Estudiarán el caso de los afectados por el regadío en el valle de Valdizarbe, y el de esos bodegueros de la Ribera que, dado como se planteó el tema de los fondos comunitarios no tendrán más remedio que arrancar las viñas; pero no se preocupen ustedes, entiendo perfectamente su situación y la tendremos en cuenta. Palmadas, abrazos, todo sigue el mismo guion, como si unos hilos invisibles lo movieran y lo pasearan por ese teatro en el que él y los suyos son una especie de troupe ambulante repartiendo ilusiones.

—¿Te das cuenta, Anselmo, de la cantidad de promesas que hacemos?

Anselmo levanta los ojos de los folios y escupe una risotada.

—Ni que fuéramos distintos al resto. Y no sé a qué viene eso.

Ricardo levanta los hombros:

—Ni yo, la verdad, pero al menos me queda el consuelo de saber que me gustaría poder cumplir con mi palabra. Anda, sigue leyendo.

—Javier Arrieta: Consejero Delegado de Astilleros Legardeta.

—No sé quién es.

—Yo tampoco. Le preguntaré a Ana.

Ricardo asiente. Escruta con parsimonia la carretera que desfila del otro lado de la ventanilla azotada por la lluvia que apenas da tregua desde hace unos días. Se suelta la correa del reloj, le aprieta la muñeca. Es el reloj que ella le regaló en el último aniversario. ¿Te gusta Ricardo…? se pregunta, como si tuviera pendiente una respuesta desde hace mucho tiempo. Vuelve a posar su mano sobre el pantalón. ¿A qué hora salieron de Pamplona?

—A las ocho —contesta Anselmo, posando el listado sobre sus rodillas. Como ofreciendo una pausa.

La autovía se ha convertido ahora en una especie de avenida que cruza uno de esos centros comerciales e industriales.

—El otro día estuve en Madrid con ese tal Fonseca ¿te acuerdas? El de las escayolas, el amigo de Pablo.

Ricardo mueve la cabeza, sí se acuerda, claro que se acuerda, un buen tipo.

—Pues se marcha. A Logroño. Va a desmantelar las oficinas de San Sebastián. Y la fábrica de Vitoria. Me dio pena el hombre, con su familia… Toda la vida, y ya ves, se larga. Como un prófugo, así me dijo que se sentía. Que está harto. Pobre hombre. No está el horno para bollos, a pesar de todo.

—Pues sí, pobre Fonseca.

—Sí, y pobres los que se quedan.

El coche frena, se van a incorporar a un carril lateral para tomar otra carretera. ¿Habrá cambiado mucho el puerto de Altube? Ricardo se deja mecer por el movimiento del coche tomando la curva. ¿Cuántos kilómetros llevan recorridos? Intenta calcularlo pero en seguida abandona.

—Oye Anselmo, ¿tú te acuerdas de cuando montamos ese partiducho en la facultad?

—¿En la facultad…?

—Sí, aunque no sé por qué me he acordado ahora de eso.

—¿Cómo no me voy a acordar? UED, Unión de Estudiantes para la Democracia —dice Anselmo, dispuesto a permitir esa infracción en la apretada agenda—. Qué originales éramos…

Se ríen.

—Pero no era un partiducho, hicimos cosas importantes, lo que pasa es que tú no te enterabas de la mitad, todo el día dándole al temario.

—Eh, no te pases.

—A la vuelta de París —prosigue Anselmo—. Año 68-69. ¡Qué tiempos!

—Ramales y López-Sintero, el Rubio —Ricardo sonríe—, la que montaron.

Anselmo se coloca el meñique y el pulgar sobre la parte alta de la nariz y aprieta:

—Petardear los cuarteles de Moncloa, así por las buenas, sin plan ni nada, y el pobre militar aquel que salía con su mujer… Y todo trufado de octavillas de UED. ¡Menudo lío en el que nos metieron esos dos iluminados!

Ricardo asiente, alzando las cejas, sin ocultar la sonrisa:

—Ahora nos hace gracia, pero no la tuvo.

—¿Y la reunión? ¿Te acuerdas de aquella reunión? ¿Donde Nacho y Enrique?

Ambos dejan escapar una carcajada.

—Un buen gabinete de crisis aquel que nos sacamos de la manga.

—Nuestro primer gabinete de crisis, dirás… Entregar a Ramales y al Rubio o no entregarlos. La lealtad hacia los camaradas y el partido, o servir a la justicia.

—Sí, qué tiempos aquellos…

—Aunque tampoco han cambiado tanto las cosas, supongo.

Anselmo mira de reojo a Ricardo. Bueno, a trabajar, dice, y retoma la tarea con el ritmo de un dictado para alumnos de educación primaria: Jesús Domínguez, de Aceros Domínguez…

Ricardo consulta de nuevo su reloj, luego clava la mirada en ese cielo como metálico, hipnotizado por la luz opaca que desfila sobre sus cabezas. Pobre Fonseca… Suspira.

Anselmo guarda por fin la lista en una carpeta azul y con una metódica pulcritud la coloca en un lateral de su atiborrada cartera:

—Ya me han avisado de que está todo listo para esta tarde —dice.

—¿Eh?

—El mitin Ricardo —Anselmo aprovecha para quitarse la chaqueta que deja en el espacio vacío entre ellos dos mientras dice en alto ¡qué calor! y se pone a tocar botones—. Y por cierto —le dice sin mirarlo— creo que el estrado es algo más pequeño de lo que habíamos pedido, pero cabemos bien para la foto. Ya sabes, que no ocurra como aquella vez en Huesca, ¿te acuerdas?

—¿Que si me acuerdo…? ¡Con la que se montó!

Anselmo relaja el gesto, aliviado:

—Y todo porque a la alcaldesa la habían colocado detrás de ti y del presidente.

—Vanidad de vanidades…

—Para que luego digan que el catecismo no sirve para nada. En fin, parece que de momento está todo bajo control. Empezará a hablar Iturri, luego los de la lista local, acuérdate, esos en primer lugar que luego nos…

—Anselmo —lo interrumpe Ricardo—, sé de sobra qué tengo que hacer en un mitin.

—Ya, es que se me olvida. Anda, toma, tu discurso. ¡Ah! y el de Iturri —tira con suavidad de unos papeles que no quieren separarse del resto—. No sé qué se ha creído, no sé si será por lo de la posible tregua o qué, pero está perdiendo el norte… Hemos tenido que frenarlo un poco…

—¿Frenarlo…?

—Sí, bueno. Ya te he dicho, no es el momento de conceder ni una migaja a los del gobierno y va éste y se pone a tantear, porque eso me dijo que quería hacer: tantear lo de la reagrupación, que si no sé qué carta firmada por no sé qué gentes... Ni hablar, la cosa no está para dejarse engatusar con cartitas, y menos para hablar de acercamientos cuando ni siquiera han dicho que vayan a entregar las armas.

Extrae con espasmódicos tirones las hojas de la funda de plástico para no rasgarlas.

—Pues no sé qué decirte —comenta Ricardo.

Anselmo lo mira con extrañeza:

—Y yo no sé a qué te refieres. Toma, anda —le tiende a su jefe unas cuartillas como planchadas y subrayadas en varios colores—. Aquí está el tuyo, como verás, no hemos modificado prácticamente nada con respecto a ayer.

—Sí, sí. Ya lo vi.

Ricardo está rehusando con la mano lo que le tiende su edecán. Lo ha leído esa mañana en el hotel. Ya hablará con Anselmo sobre esos cambios, pero… levanta la vista, no sabía que hubieran censurado a Iturri:

—Pásame su discurso, anda.

Anselmo frunce el ceño. ¿Censurarlo? No, claro que no lo han censurado, sólo se han limitado a darle algunas consignas, como siempre.

Ricardo se frota las sienes y luego la frente, estirando hacia arriba sus cejas grises y largas de las que se escapa en alguna zona un pelillo más largo que el resto, se las tiene que peinar a menudo, para que no se le disparen. Tus antenas, que pareces un brujo o un sabio despistado, le dice ella. Se friega la cara con su diestra, bien cuidada, de uñas perfectas. Se coloca una gafas sobre su nariz de púgil griego, con un ademán torpe que hace que casi se le caigan. Lee el texto que le ha dado Anselmo. No está mal. Mejor que ese discurso descafeinado y manido que le pasaron ayer… Lee las partes amputadas, entre los paréntesis en tinta roja.

—Ya te dije que me gusta Iturri. Conoce la plaza mejor que nosotros. Al menos me podrías haber consultado sobre estos recortes.

Anselmo lo mira fijamente, con las manos perdidas aún entre los discursos y el cuero ajado de su maletín.

—Perdona, pero no pensé que sería importante. Nuestra postura sobre el tema es muy clara.

De nuevo ese gesto estúpido de Anselmo, como si con la nariz pudiera echar las gafas hacia atrás, cosa del todo imposible ya que el caballete sobre el que reposan no permite de ningún modo que éstas resbalen o se muevan.

—Pues el tema es que no todo está tan claro para mí. Ya no. Porque ya no hay muertos y eso es importante. Por eso Iturri…

—Mira Ricardo, Iturri lo ha entendido ¿vale? Además, ya sabes que estos últimos días la cosa ha cambiado, él y Jiménez ya no se llevan tan bien. El discurso de Iturri está mejor así. Todos lo pensamos. No vamos a darles bola a los del gobierno. Y aún menos a Jiménez, ahora que esos dos han roto el pacto. No empecemos. Además, no te preocupes por él, en serio, no ha parecido molestarle. Quizás hace unos días… pero ahora esos dos andan a la gresca. Y a todos nos viene bien. Ya está.

Lo dice con la mano levantada, su mano fina y delgada, un poco amarillenta, Ricardo la mira y se le antoja puntiaguda, como la de ¿Gargamel, se llama el brujo ése que le encanta a su piojillo…? ¿Cuántas veces le leyó el mismo cuento de los Pitufos? Lástima que ahora ya no le deje llamarlo así: el piojo. Pedro, papi, que me llames Pedro, que ya soy mayor… Se remueve, inquieto, se sacude la cabeza para centrarse, céntrate Ricardo, que te vas por los cerros de Úbeda.

—Ya. Pero no me pidas que esté de acuerdo.

—No te lo pido. Pero tú reconoce que esto —le dice señalando el discurso—, esto es exactamente lo que espera la gente de nosotros: que nos mantengamos firmes. Acércales a un preso y ya sabemos qué viene después… ¿No hemos aprendido la lección o qué? Pero además ¿de qué estamos hablando? Parece que le estoy dando una teórica a un puñetero novato.

Ambos, casi al tiempo, se giran para mirar hacia fuera, a través de las ventanillas ligeramente ahumadas por las que desfila ahora la espesa naturaleza.

Anselmo respira hondo emitiendo un ruido entrecortado. ¿Quién tiene la culpa de que tenga que hablarle así? Un pelmazo, eso es lo que siempre ha sido Ricardo; lo era en París, cuando se conocieron, el maldito don perfecto que no se enteraba de la misa la media, y lo sigue siendo ahora. Lo mira de reojo. Cambiar el discurso así, en plena campaña, y todo porque lo he estado pensado últimamente… repite para sí. Será el candidato, pero es tan inútil como el primer día para las estrategias… No importa, no importa porque para eso estás tú, Anselmo.

El coche se ha vuelto a detener. Más obras. Vaya.

—A ver si no nos retrasamos mucho —dice Ricardo, abriendo los ojos.

Anselmo le dice no con la cabeza, entrelaza los dedos de las manos y estira los brazos, lejos de sí, volcando las palmas hacia afuera. Suspira. Vuelve a mirar a Ricardo, de reojo. Sí, es a él a quien ha designado Orduña como candidato, pero el tiempo dirá… Comienza a mover las rodillas, como si tuviera calambres.

—Para con eso Anselmo. Parece que te ha entrado el baile de San Vito. Me pones nervioso.

—Disculpe, monsieur — contesta Anselmo, apretando la mandíbula.

Ricardo recuesta su cabeza sobre el respaldo.

—Y por cierto, le he comprado a tu hijo la nueva DS, o como se llame el trasto ése que me pidió. ¿Qué día me dijiste que es su cumpleaños?

¿Anselmo padrino de Pedrito…?, ¿Anselmo?, se había indignado ella. ¡Ah claro! ¡Claro que fue él quien me llevó al hospital! Porque te recuerdo que por su culpa tú estabas en ese think tank en Nueva York, ¿lo recuerdas Ricardo? Yo dando a luz y tú fabricando ideas a miles de kilómetros. Y además, ¿quieres que te diga a quién me recuerda tu querido Anselmo? ¿eh, Ricardo? ¿quieres que te lo diga? Pues a esos: dijo ella señalando la pantalla que justo en ese momento emitía un documental. A esos pajarillos me recuerda tu Anselmo, todo el día ahí, sobre la espalda de los rinocerontes, viven a costa de ellos, eso hacen. ¡No te pases Flaca!, le dijiste.

—¡Eh! ¿Me has oído, Ricardo? Que qué día es el cumpleaños de tu hijo.

—¡Ah! Sí, perdona. El martes. El martes, creo.

Anselmo lo apunta en su agenda, luego retorna a sus quehaceres. Se oye el roce de sus papelajos y carpetas que clasifica y vuelve a clasificar, sin fin.

—¿Tú nunca te das una tregua, verdad?

—Ya me conoces Ricardo, el día que lo haga estarás depositando una corona de flores al lado de mi epitafio, que por cierto, ya tengo pensado. Te lo diré si te portas bien.

Ricardo hace amago de sonreír. El ruido de los papeles se detiene dejando paso a otro más preciso. Anselmo acaba de enviar un mensaje y guarda la blackberry en el bolsillo interior de su chaqueta.

El paisaje sigue su curso, Ricardo tiene la impresión de que desfila más aprisa que lo que lo hacen ellos en ese armatoste azul marino blindado como un escudo invencible en el que apenas se oye el ruido del motor; parece más bien un submarino deslizándose por un mar de asfalto.

Llegarán a Vitoria en breve: primera y veloz parada antes de la comida. Y luego el dichoso mitin… Anselmo se rasca el pelo rizado, rebelde, que nunca conseguirá peinar con corrección.

—¡Qué belleza de montes! Mira esa carretera, allí, en el monte. ¿Has visto Anselmo?

—Anda, toma el dossier de prensa… —farfulla Anselmo.

—Eres incapaz de desconectar ¿eh? ¡Allá tú! ¡Menuda curva! Parece que estuviera colgada en el aire. ¿No te parece? Oiga, Julio —Ricardo golpea con los nudillos el cristal de seguridad que los separa del conductor—. Julio, ¿sabe cómo se llama esa zona, allí arriba, en la falda del monte?

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