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«Escribo pegada a la tierra», dice la autora de este libro. Phil Camino comenzó esta suerte de diario de vida, o de escritura —porque para ella quizás sea lo mismo—, hace ahora diez años con Diez lunas blancas. El cielo abierto prosigue esa exploración de la escritura y de la vida. Avistar sobre el cielo raso de Nueva York, o de cualquier lugar, una bandada de aves no tiene nada de extraordinario; el jilguero americano, el gorrión, son comunes pero, que pasaría si le diéramos la vuelta, si fuera una de esas pequeñas criaturas de corazón acelerado, una de esas diminutas almas en vuelo la que se fijara en nosotros desde allá arriba y nos dijera, en un tú a tú, qué y cómo se ve todo desde su aérea perspectiva, qué no tendría eso de extraordinario. Y quizás en ese vuelo intentan inscribirse estas palabras. «A veces hablar de la vida sin engaños, cuando golpea su pérdida, requiere valor y distancia. La escritora culta y valiente que es Phil Camino lo logra en este texto carente de retórica y emocionante, con naturalidad, todo un canto a la felicidad y al amor al alcance de la mano. Una perla literaria sobre el encuentra de una mujer consigo misma» Adolfo García Ortega «Su nitidez, su falta de dogmatismo, su cercanía y su sinceridad hacen de Diez lunas blancas un libro al que merece la pena asomarse, no sólo como madre o como mujer, sino como hombre y como hijo (seguramente también como padre). Cuando habíamos dado por sabido lo que significaba nacer, alumbrar, morir… Phil Camino nos propone empezar de cero, dudar para preguntar y conocer, morir con Jimena y volver a la vida en estas páginas escritas en un hotel de Nueva York, en un café de Madrid o en cualquier otro lugar sin nombre» Mario Aznar «El cielo abierto es como abrir de par en par una ventana y permitir al aire entrar. Es el gesto íntimo de quien, con absoluta generosidad y el don de la palabra, se explaya en discurrir pensamientos que miran a un cielo sin límites. Es inhalar el aire fresco que ese cielo proporciona con la cordura del loco que piensa y acierta. Escuchen la voz de esa rara avis a través de la escritura de Phil Camino porque estoy convencida como colega y amiga de laautora de que, en esos desvelos algo insomnes, frente al espectáculo del amanecer en el cielo de Nueva York, con una taza de té en las manos y en silencio, ella pudo interpretar la perspectiva de los pájaros y servírnosla en la bandeja del desayuno» Patricia Romero
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Seitenzahl: 250
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Phil Camino (Madrid, 1972) es editora y autora de las novelas Belmanso (Plataforma, 2012), La memoria de los vivos (Galaxia Gutenberg, 2019) y Rehenes (La Huerta Grande, 2024). Es también autora del ensayo testimonial Diez Lunas Blancas (Elba, 2017), incluido en el presente volumen, y del libro de poemas Donde la carne ya no siente (La sirena del Pisueña, 2021).
Doctora en Ciencias de la Información, ha colabo¬rado en distintos medios escritos.
Ha traducido del francés al español las novelas del autor Pierre Assouline Retorno a Sefarad (Navona, 2020), El último de los Camondo (Nagrela, 2024), y El hombre simiente de Violette Ailhaud (La Huerta Grande, 2019).
Desde 2010 organiza los Encuentros Culturales de Esles de Cayón, en Cantabria.
«Escribo pegada a la tierra», dice la autora de este libro. Phil Camino comenzó esta suerte de diario de vida, o de escritura —porque para ella quizás sea lo mismo—, hace ahora diez años con Diez lunas blancas. El cielo abierto prosigue esa exploración de la escritura y de la vida.
Avistar sobre el cielo raso de Nueva York, o de cualquier lugar, una bandada de aves no tiene nada de extraordinario; el jilguero ame¬ricano, el gorrión, son comunes pero, que pasaría si le diéramos la vuelta, si fuera una de esas pequeñas criaturas de corazón acelerado, una de esas diminutas almas en vuelo la que se fijara en nosotros des¬de allá arriba y nos dijera, en un tú a tú, qué y cómo se ve todo desde su aérea perspectiva, qué no tendría eso de extraordinario. Y quizás en ese vuelo intentan inscribirse estas palabras.
«A veces hablar de la vida sin engaños, cuando golpea su pérdida, requiere valor y distancia. La escritora culta y valiente que es Phil Camino lo logra en este texto carente de retórica y emocionante, con naturalidad, todo un canto a la felicidad y al amor al alcance de la mano. Una perla literaria sobre el encuentra de una mujer consigo misma» Adolfo García Ortega
«Su nitidez, su falta de dogmatismo, su cercanía y su sinceridad hacen de Diez lunas blancas un libro al que merece la pena asomarse, no sólo como madre o como mujer, sino como hombre y como hijo (seguramente también como padre). Cuando habíamos dado por sabido lo que signifi¬caba nacer, alumbrar, morir… Phil Camino nos propone empezar de cero, dudar para preguntar y conocer, morir con Jimena y volver a la vida en estas páginas escritas en un hotel de Nueva York, en un café de Madrid o en cualquier otro lugar sin nombre» Mario Aznar
«El cielo abierto es como abrir de par en par una ventana y permitir al aire entrar. Es el gesto íntimo de quien, con absoluta generosidad y el don de la palabra, se explaya en discurrir pensamientos que miran a un cielo sin límites. Es inhalar el aire fresco que ese cielo proporciona con la cordura del loco que piensa y acierta. Escuchen la voz de esa rara avis a través de la escritura de Phil Camino porque estoy convencida como colega y amiga de la autora de que, en esos desvelos algo insomnes, frente al espectáculo del amanecer en el cielo de Nueva York, con una taza de té en las manos y en silencio, ella pudo interpretar la perspectiva de los pájaros y servírnosla en la bandeja del desayuno» Patricia Romero
© De los textos: Phil Camino
Madrid, 2025
Edita: La Huerta Grande Editorial
Serrano, 6 28001 Madrid
www.lahuertagrande.com
Diseño de cubierta: Patricia Romero para La Huerta Grande
Reservados todos los derechos de esta edición
ISBN: 978-84-18657-78-8
Producción del ePub: booqlab
A los que se fueron y me dan su luzY a los que siguen y me dan su luz
AGRADECIMIENTOS
A Patricia Romero, por su cubierta, su prólogo y por más cosas.
A Adolfo García Ortega, a Gonzalo Suárez y a Luis Alberto de Cuenca por las preciosas palabras que en su día dedicaron a Diez lunas blancas. Son sabios y me arroparon. Y eso es mucho.
A Lorena, Mónica, Salomé, Natalia, Willy y Sergio, mi terna de infalibles primeros lectores críticos.
A Joaquín.
Cubierta
Phil Camino
El cielo abierto
Título
Créditos
Índice
Nota de autora
Prólogo
Diez lunas blancas
Once
Cover
Título
Start
En el año 2012 me propuse rescatar notas y textos de mis cuadernos, y de ese ejercicio de espeleología diarística nació el ensayo o lo que sea Diez lunas blancas. Unos años después, en 2017, Clara Pastor lo publicó en la editorial Elba, en una preciosa edición, para ella sólo tengo agradecimiento.
Aquel pequeño libro se había ido gestando durante un periodo de tiempo que iba desde mi treintena a mi cuarentena. El cielo abierto, este que ahora presento, continúa en cierto modo con la escritura de Diez lunas blancas. Comencé a darle forma hace dos años, pero recoge los años que comprenden mi vida entre los cuarenta y los cincuenta. He querido publicarlos juntos porque es la misma conversación que no cesa, un hilo narrativo que nunca se ha roto y que sigue hilvanándose en el tiempo. Es mi pluma al servicio de la víscera, del corazón y del cuerpo, y mientras existan estos tres, seguirá habiendo escritura.
Recomiendo a quien no haya leído Diez lunas blancas que lo haga primero, o lo que es lo mismo, que deje el principio de este libro para el final. Pero no es una imposición. La lectura es ante todo un ejercicio de libertad absoluta que no tiene por qué responder a la voluntad del creador, porque eres tú lector, lectora, quien debe elegir cómo abrir estas páginas.
LEER AL OTRO
Conocí de verdad a Philippine, a Phil, el día que me pidió que dejara mis armas más infalibles a un lado: disciplina y perseverancia. Este libro no va sobre mí, ni sobre Phil pero, en la medida en que va a hablar a los lectores con el idioma del alma, quiero expresar cómo de sólidos son los cimientos de una mujer que ha removido los míos en cuestión de unos pocos años. Disciplina y perseverancia decía, rasgos que abandero como virtudes y que, aunque vengan acompañadas de grandes dosis de frustración, también me han traído hasta aquí, hasta este volumen, el número cincuenta y siete de la colección de Hespérides y otros tantos en el resto de colecciones.
Phil, con su amable y templado carácter me invitó —porque ella nunca ordena, porque es adorablemente desordenada, con ese punto ideal de caos inherente a los creadores— a deponer mis armas: mi disciplina inflexible, mi obstinada perseverancia; y, su influencia en estos diez años de pacífica convivencia fue más allá de las jornadas laborales, alcanzando mi forma de interpretar la vida.
Phil es generosa, también en la escritura y, siendo su arma la palabra con la que es precisa y meticulosa, va a regalar a los lectores en este volumen una serie de reflexiones que, de puro íntimas, se tornan universales alcanzando a tocar la fibra de aquel que lea atentamente. No se trata de un «haga esto para ser feliz» o «deje de hacer esto otro para evitar el sufrimiento», no, van a adentrarse, de su mano, en los mayores sufrimientos posibles pero desde la perspectiva humana que, increíblemente sencilla en su desnudez, se pondrá de su parte y deambulará por los más emblemáticos salones perdidos del alma humana: morir, perder, ser padres, amar, crear, convivir… todo es posible, todo al alcance de la mano tendida de la autora.
Van a encontrarse con un repertorio de ideas, pensamientos y sentimientos que iluminan la noche oscura del alma (el miedo) como lo harían un buen puñado de luciérnagas. Natural y sencillamente. Porque no hay lugar en la escritura de Phil para la grandilocuencia o el artificio pero, todo aquel que sepa (¡y cómo de importante es el conocimiento para Phil!) cuánto importan un puñado de luciérnagas en una noche oscura… sabrá que está a salvo leyendo este libro. Alguien dijo que, de un libro, de un buen libro, no se sale indemne, de El cielo abierto de Phil se sale protegido, quizá sanado. Y también más sabio porque, escuchar a alguien que tiene el don de la palabra, el pensamiento instruido y además es valiente para abrirse a nosotros como un cielo raso, es una suerte de lección en el sentido más bello del término. La palabra “lección” proviene del latín “lectio”, y significa acción de leer. De ahí, se extendió a cualquier instrucción o enseñanza.
Este cielo abierto es un privilegio, uno que no va a caducar y que tendrá, como todos los buenos textos, una capacidad transformadora, un texto al que poder recurrir hoy, mañana y el día que se acabe el mundo porque en sus páginas lo que hay es puro pensamiento humano, con el sentido de cada letra junta. H-u-m-a-n-o.
«Escribo pegada a la tierra», dice ella.
Son varias jornadas de la vida de la autora, entretejidas con esmerados pensamientos, varios amaneceres que se desprenden de su vida y su recuerdo para consolidar otro calendario distinto en las páginas de este libro. Es un desayuno con ella frente al mar o la tierra adentro del horizonte propio; degustar con ella un té, un jugo de naranja, una tostada con café caliente y la lectura de la prensa o el libro que nos desveló anoche. ¡Depón las armas lector! Sean cuales sean tus virtudes, esas con las que mejor te defiendes en el mundo, estás siendo invitado de la misma forma que lo fui yo a apartarlas y entablar una conversación con el cielo abierto a través de la palabra de Phil, escritora librepensante que entrena su mente con disciplina —¡Ah, la disciplina!— y tesón (sinónimo de perseverancia), con los que también somete a su cuerpo a través del baile.
Líneas más arriba mencioné su caos perfecto; sucede que ella se permite ser libre en un cielo abierto y raso en el que un puñado de luciérnagas que vibran en libertad le sirven de balizas, sabedora de que la libertad que imponen las leyes del cielo abierto son mucho más eficaces que la rígida disciplina y la rotunda perseverancia.
Patricia Romero, abril 2025
«¡Ajetreado es en verdad un mundo en que tenemos conocimiento sin compresión, crítica sin apreciación, belleza sin amor, verdad sin pasión, rectitud sin misericordia y cortesía sin tibieza en el corazón!»
La importancia de vivir, Lin Yutang
Nada sucede/cuando escucho el discurrir del tiempo./Nada, salvo la vida entera/que llega y se marcha./Y yo, como un reloj de carne/y huesos y alma/por el que viajan los años/mientras sigo siendo tiempo y vida.
P.C.
No hace mucho tiempo, mi ahijada Adriana, de veinte años, me mandó un whatsapp que decía: «Tía Phil, me he acabado Diez lunas blancas y me ha gustado muchísimo. Y nada, era para que lo supieras». A veces un «nada» es todo. El «nada» de mi ahijada me hizo feliz y fue como una chispa, el dedo con dedo que aunque no sea el del un fresco vaticano me electrizó (la madurez y la juventud, sí, se pueden tocar), e hizo que me sentara ante mis notas para ordenar lo escrito, para alumbrar las ideas. Y así nació este cielo abierto.
Doce años después, he vuelto a leer aquel ensayo, y confieso que releer lo escrito, pasado el tiempo, da pereza, al menos a mí. Leo tantas, tantas veces cada manuscrito antes de su publicación, o antes de abandonarlo, que una vez convertido en libro no soy capaz de volver a sus páginas. Es como comerse esos restos de la víspera que no soportan un recalentado. Sólo he releído, y ha sido recientemente, una de mis novelas, y fue para volverla a publicar. Pero con Diez lunas blancas es distinto, es un libro al que he vuelto alguna vez, como si fuera un lugar querido. No sé si se puede querer a los libros, pero yo a este lo quiero. Es un girón de mi piel. Una esquirla de mis costillas. Es de esos libros que se escriben en la calma de una tarde de café, para hablar de todo y de nada a la vez, sin prisas y con el único orden interno de la escritura y de la cabeza que piensa, del pulso febril o agitado de la mano que remueve, tin tin, la cucharilla o rebaña el azúcar de la taza. Adoro esos libros inclasificables. Busco los de los demás. Yo los llamo librosjoya. Algunos tratan de asuntos que consideramos muchas veces menores y marginales, o bien de temas a los que prestamos poca atención por obvios y cuya evidente importancia quedaría sepultada bajo una montaña de generalidades si no fuera porque alguien los coloca de nuevo en el centro de nuestra vida, con otra mirada. Una vez entré en una tienda que se llamaba «Cosas para la cabeza», sólo había sombreros y tocados, y libros. Una hermosura.
Estos libros de los que hablo no tienen trama o sí, no tienen personajes o sí, no importa cuándo ni para qué se escribieron o sí, ni importa el número de páginas que tengan. Estos libros pueden ser fieles servidores de esa utilidad de lo inútil tan glosada y que no es mas que una boutade porque ¿qué hay más útil que aprender, conocer, explorar, saber, admirar, observar, disertar, descubrir? Son libros para la cabeza, que iluminan el pensamiento y lo ornan, pero mientras la joya necesita la luz para mostrar sus destellos y exhibir su belleza, ellos brillan tanto más cuanto más íntimas y privadas son su escritura y su lectura. Hay que adentrarse en sus páginas con el respeto de quien atiende en la penumbra a la conversación de un anciano sabio cuya historia, a veces desordenada y errática, nos cautiva. Yo creo que son un poco mágicos, porque en ocasiones producen una ilusión en nosotros, la de hacernos creer que lo que parecía superfluo, evidente, anodino o banal, resulta ser lo esencial. Virginia Woolf habló de «la luz blanca de la verdad»; la luz blanca es algo que detesto en una casa, me deja expuesta al frío, es la luz de los quirófanos, de las cocinas industriales o de los garajes. Se ve todo. Y a mí me gusta la luz cálida, dorada, la que matiza, la que difumina, en la que nos escondemos o nos resguardamos, y en la que amanece o se pone el sol. Estos libros son para ser leídos bajo esa luz cálida, pero sólo aciertan cuando desvelan la luz blanca y luminosa de la escritura.
Hay quienes viajan a paraísos artificiales, al infierno o a mundos siderales buscando ese deslumbramiento blanco en las fallas oscuras del intelecto, y quizás sin esos pasillos largos y estrechos, como los menús con estrellas Michelin, Baudelaire o Rimbaud, por poner a dos genios, no nos hubieran dado su arte. Otros en cambio que no somos genios, tenemos suficiente con el ahora y el aquí, con el olor de la tinta cuando está fresca, con el presente que mira a la cara con sus mentiras y excusas, con la arena del ruedo, el asta del toro o el vuelo de una mariposa y todas esas cosas muy reales aunque matizadas y veladas, pero sin necesidad de que nos las muestre en telemascope el subconsciente. Yo necesito que mi dolor, mi pasado y mis anhelos huelan, hieran, tengan color y forma sin ser transportada lejos de ellos en un viaje psicotrópico —ya me lo advirtieron The Kinks, «paranoia, the destroyer»—; necesito darles un zarpazo, una patada en el intestino que siempre duele pero que luego deja el sentido de las cosas en su sitio, ganador en el ring. Escribo apegada a la tierra, a la luz cálida o heladora, al ahora y al momento, sin tener que adentrarme por círculos infernales o jardines de las delicias que me han dado tanto cuando nacen de otros, ¡gracias Dante, gracias Hieronimus! Ellos se sumergieron en profundidades insondables para la mayoría y de ahí extrajeron una semilla nueva con la que componer su obra; para mí, en cambio, la vida está ahí, suficiente con todo su armamento de bueno y de malo, inabarcable en la escala de lo consciente y sin que el follaje de los árboles tenga que mecerse al ritmo de Lucy in the sky with diamonds para buscarla en los lúgubres, hondos y tortuosos subconscientes.
Bendito mi miedo. Que me limita, lo sé.
El genio es de pocos. A todo el resto de mortales nos toca perseguir la grandiosa, poderosa y humilde sabiduría que no tiene nada que ver con el genio, aunque tengamos la osadía de pedirles a los genios, con lo escasos que son, que se comporten como el común de los mortales; no son ellos los soberbios, somos nosotros. Y aunque tengo mis dudas de que la psicodelia descubra al genio, algo me dice que es más amiga del demonio que del genio, pero los genios caben en todos los multiversos porque los desafían por encima de nuestros exiguos parámetros y de nuestra supuestamente recta y emperifollada educación.
No sé cuántos librosjoya se escribieron desde esos infiernos de la creación, pero sí sé que muchos se escriben desde la luz, para curar y evitar caer en esos infiernos.
Y también sé que se escriben para buscar bajo el cielo abierto. Y para mirarse en él con serenidad. Buscando una luz cálida que sea refugio. Hogar. Faro.
Puede que todo libro surja de alguna pregunta. O de varias.
¿Por qué escribo? ¿Y quién es esta que escribe? En realidad, nada que no intentara contestarme en Diez lunas blancas al hilo de mis divagaciones sobre la maternidad, porque no se tira de una raíz sin arrastrar arena, minúsculos bichitos o las raíces de otra planta que crece cerca, como tampoco se le pregunta al alba si conoce a la noche.
He rellenado no pocas páginas a lo largo de los años, casi todas destruidas inmediatamente después de ser escritas, para tratar de explicarme el sentido de la escritura. Quizás este es otro de esos intentos, uno que verá la luz, o eso espero; palabras que entrelazan mis dudas a mi vida, o viceversa, que nacen del alma que las compone y del líquido amniótico en el que crecen y se expanden, como diminutas galaxias conformando mi cabeza y mi cuerpo. Nunca me he preguntado cuál es el sentido que tiene el baile para mí, ni falta que hace. Bailo porque sí. Por la sencilla razón de que soy más feliz haciéndolo que no haciéndolo. No me juego nada en la danza, mientras que con la escritura sí me juego algo, y puede que mucho, aunque no sé bien qué es y quizás nunca llegue a saberlo. Y tampoco sé si soy más feliz escribiendo que no haciéndolo.
Un arquitecto dibuja casas que nunca serán construidas, pero eso no menoscaba su deseo de que sean habitadas.
«Escribo porque no sé hacer otra cosa», dicen algunos tirando del cliché porque todos tiramos a menudo de clichés que nos simplifican la existencia. Pero también nos equivocamos a veces al usarlos como muletillas, porque no me cabe duda de que quienes escribimos sabemos hacer más de una cosa. Yo al menos, por suerte ¡y qué bendición!, sé cocinar (bastante bien), bailar (un poco), hacer malabares (de primero de circo), tocar (mal) las castañuelas o podar mis rosales (sin dañarlos).
¿Y por qué escribo? Porque me gusta escribir. Me ayuda a retener las cosas, a rellenar y a ordenar la despensa del alma. También para que quede algo de mí, supongo. Igual que queda un hijo. O un nieto. Y ahora que voy a ser abuela, me pregunto qué será lo que ese nieto traiga de mí en su nueva existencia, ese algo que llega arrastrado por las mareas de los años que viaja en el pulso y en las huellas de los ancestros, en el alma de las palabras y sus ecos, en el peso de los árboles genealógicos y en un intercambio de células que, he aprendido, se llama microquimerismo materno fetal. Sí, esa nueva personita tendrá algo de mí que quizás sea muy obvio o que quizás nunca llegaré a ver. Y es emocionante. ¿Será ese nieto el lector de estas líneas? ¿Y qué les parecerán estas palabras a los lectores de mañana si es que llegan esos lectores? La pregunta sola es emocionante. Quizás nadie más me lea, pero entre la pregunta y el nadie, «entre el uno y el cero», como decía Octavio Paz, se despliega el misterio que esconde la pregunta. Así que me siento a escribir, bajo el influjo de Unamuno, otro buen amigo, que me susurra «ambición y no codicia», sin saber a dónde voy ni cuánto durará el tiempo de escritura, ni cuánto irá a parar a la basura, ni si tendrá valor lo que hago aparte del que tiene para mí o para mis futuros nietos, como si les dejara un baúl en un desván o un vestido con mi olor; pero intuyendo que de algún lugar de mi cuerpo y de mi cabeza, de mis paseos, de mis circunloquios, de mis lecturas, de mis charlas con los amigos, de todo lo que hago y soy, segura de que de todo ello saldrá lo que está agazapado en la entraña y clama por su pedazo de mundo y por quedarse en él. Y sé que por mucho que me opusiera a escribir, como el vizconde de Valmont diría que no puedo evitarlo, porque las ganas de escribir siempre, siempre tiran más, incluso más que dos carretas.
Hoy he paseado por la orilla del mar. Voy poco al mar. Del mar me asustan sus honduras y su enigmática zozobra. Soy más bien de montaña cerrada y de río. Pero lo que me gusta del mar son las vistas infinitas. El infinito es un lugar que comienza con una línea de demarcación, y de ahí al más allá caben todas las almas y sus sueños.
Y toda la literatura.
Pero sobre todo me gusta el monte. Observar el horizonte curvo de los mares o la enormidad de un paisaje desde las cumbres montañosas son hermosos ejercicios de redención. Y lugares perfectos para asomarse al vértigo de la escritura.
No sé si tendría una casa al borde del mar. Si la tuviera quizás escribiría libros como los de Iris Murdoch o como los de algún escritor japonés o canario. En realidad, del mar lo que más me gusta son sus costas y los faros, todo aquello que me indica que hay tierra firme. Desde lo alto de un faro, como los cormoranes, he observado las cosas con la altura de los dioses y la distancia de los hombres. Y desde ahí arriba me resulta fascinante que siempre haya un punto en el que la vista no abarca el más allá, es el punto en el que se sitúan las historias que han llevado a tantos hombres y a algunas mujeres (las valientes que rompieron techos, bóvedas, cristales y cadenas) a moverse a lo largo de los siglos para conocer y descubrir lo que sólo las mentes podían imaginar. A veces para tener que regresar, como hace Ulises. Si tuviera que situar a la escritura en algún lugar, creo que lo haría entre ese punto ciego y la habitación propia.
Ismael se embarca en el Queequeg en busca de su ballena y del cielo que cuelga sobre sus miedos. En mi caso, mi embarcación tiene que ser de tierra firme, algo que poco le importaría a Melville que viene a decirnos en esa novela que lo valioso es enfrentarse a lo infinito, buscar a nuestra ballena blanca, al cachalote, a lo que sea, desde nuestros límites para no salir a la calle con una pistola a derribar sombreros. Y sin olvidar que los pesados cachalotes flotan desafiando majestuosamente a la soberbia de nuestras leyes y fronteras mentales.
Los faros son lugares sólidos y seguros, de tierra firme, que desvelan con su luz la levedad y la fragilidad de las cosas. O eso me parece a mí. El haz indica que hay puerto, dónde está el hogar o cuánto nos alejamos de él. Brillan. Son la estrella del norte para el navegante que no sabe de cielos. Luz para los perdidos. Iluminan lejos, pero siempre tienen los límites de su propio horizonte. No pretenden iluminar los detalles sino dar el trazo grueso, los contornos de las costas. Avisar de los peligros de los arrecifes. Marcar tierra firme.
Hacen falta faros en el misterio de la infinitud.
En la montaña, en la noche, los faros son las luces de las casas o de las cabañas de mi pueblo. Y lo son las estrellas, en las que he comenzado a fijarme más porque son como guardianas de las puertas de un universo que nos convierte en algo entrañablemente pequeño, (entrañables nuestras miserias gigantes), y que tiene mucho que decir a quien lo mira. Eso hago, mirarlas contra el fondo negro de las noches desde el blanco del ojo. Asombrada. Sin esperar nada de ellas, simplemente inclinándome ante su distancia y su misterio.
Me gustaría saber leer el cielo y quisiera poder observar la vida desde esa altura segura, desde la que creemos jugar con ventaja. Buscando la luz que otros me envían. Y dándosela a mis seres queridos, avisarles de los contornos, al menos los que yo alcanzo a ver, señalarles algún punto de luz para que puedan calafatear, seguir ruta o tirar el ancla. Avisarles a tiempo de que hay un refugio para la helada que anuncia un cielo raso o la llegada de una tormenta que los llevará fuera de mi radar.
Mi radar… Ese del que sé que también se alejarán. Mi radar… El de una madre que siempre cree que peca por omisión. Pero se alejarán de mi radar, por las tormentas y por la voluntad. Y porque así deben escribirse los renglones de la vida. A nadie le gusta la foto del radar, ni en las curvas de un puerto ni en la mirada de un prójimo. Aunque este prójimo lo ame con la enormidad con que una madre ama a sus hijos.
Así que no siempre es fácil. Porque el infinito está siempre ahí. Y es de todos. Y es infinito. Y a cada cual sus límites. Y por eso escribo. Para situarme desde algún lugar desde el que puedo vislumbrar las cosas con algo más de claridad.
En Diez lunas blancas escribí: «Soy madre significa que soy yo y mis hijos. Yoymishijos, para siempre, me guste o no me guste. Y bien pensado, esto es enorme. Puedo cambiar casi todo en mi vida: a mis amistades, a mi marido, de ropa, de nacionalidad, mi dieta. Pero hay muy pocas cosas que no puedo cambiar: mi edad, el hecho de que soy hija de mis padres —y lo que eso supone: ser hermana de…, sobrina de…—, y que soy madre».
Ni se me pasó por la cabeza incluir el hecho de ser mujer, pero doce años más tarde algunos lo colocarían en la parte de la oración que habla de las cosas que puedo cambiar, mientras que para otros tiene que permanecer en la segunda parte, entre lo que no puedo cambiar. Y ¿qué creo yo? Podría decirle al mundo que soy un hombre tras un simple trámite en comisaría. También podría escoger no ser ni hombre ni mujer. Desde el punto de vista biológico, mi opción haría parte de un debate que está trufado de muchas dudas. ¿Puede la biología ser lo que determina nuestro género sea cual sea nuestro sexo? ¿O es la cultura la que determina el género? ¿Soy XX? ¿Qué significan realmente esas dos letras juntas? Soy XY, soy un ser CIS, soy mujer, soy binaria, soy trans… Phil, ¿es hombre o es mujer? ¡Adivínenlo por su escritura! Siempre me gustó ese juego, esconderme tras las letras. Pero ahora el juego nos compete a todos y se ha tornado en una sinfonía de voces desafinadas en la que hemos enredado las identidades, los pulsos, los órganos y los apetitos. Así que en medio de este concierto disonante, decido ser sencillamente una mujer que escribe. Así de ramplón es mi diagnóstico. Soy una mujer como ninguna otra cualquiera, que escribe, con su porción de hombre y su parte de mujer, adulta con mimbres de la niña que fui y pequeños relámpagos de la anciana que seré, y aunque no me gustaría que otros encajonaran mi escritura en el género mujer, sé incontestablemente que soy mujer, a mi modo, y seguramente sea un modo compartido, o al menos, y eso espero, respetado, por muchas otras mujeres y por muchos otros hombres.
Tras las cuatro letras de mi nombre está una mujer que lo es porque recuerda a esa niña que fue que buscaba en las otras como ella a sus hermanas, eso que ahora se llama sororidad y que para mí jamás tuvo nombre, y menos uno que me resulta feo porque de sororidad no me gusta su sonoridad, aunque quién sabe si jugando se va una acostumbrando y hasta cambiando de bando. Y así vamos avanzando. Pero sororidad para mi posteridad. Me quedo con fraternidad. Y con hermandad. Me queda mucha madeja que desovillar con esas dos bellas palabras y no me sale la poesía con sororidad.
Y tan hermanada como estoy con mis tres hermanos varones, supe sin embargo, y sin aparentes castraciones (el subconsciente diría otra cosa pero yo a ese le hago menos caso que a un saltamontes en un prado) por qué no era igual que ellos. Ellos se hablaban y se relacionaban de un modo que, a pesar de imitarlo, no era el mío, y no me importaba nada. Y aunque en mi casa había muchos más coches que muñecas, y haya pasado más horas estrellando coches contra paredes y construyendo castillos de Playmobil y barcos de piratas que entre «sinabafas y holandas», de entre los días más felices de mi vida estuvieron aquel en que mi abuela me regaló una muñeca, que por cierto era un niño, el niño Nancy; y aquel otro, la mañana de Reyes en que mi padrino me regaló un muñeco que era la copia más idéntica que se podía hacer entonces de un recién nacido y que tuvo el poder de convertirme en una madre que lo cuidaba y lo ponía a salvo de todos los peligros, sobre todo de mis hermanos cuando lo usaban como balón de vóleibol. Ellos, mis hermanos, tenían que poner a salvo sus juguetes de nuestros perros. Y no sé si de alguien más. Pero no de mí.
Y aún con la duda zumbando por preguntarme si seré hija de mi constructo o del constructo heteropatriarcal heredado, o de césares, de califas, de rabinos, de orlandos o de sarrasines
