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Cuando Wanda Stroud, una bibliotecaria jubilada, vuela de regreso a Los Ángeles desde Ciudad de México, ve algo inquietante en el ordenador portátil del pasajero que tiene delante. Al día siguiente, Wanda había quedado con una amiga para tomar café, pero no apareció, algo muy inusual en ella. El periodista Ray Wyatt investiga la desaparición mientras se aferra a la esperanza de que su hijo, Danny, todavía esté vivo. --- «Los libros de Rick Mofina son puro suspense. Historias adictivas imposibles de soltar». Louise Penny ⭐⭐⭐⭐⭐ «El estilo intenso y emocionante de Rick Mofina convierte cada thriller en un viaje lleno de adrenalina». Tess Gerritsen ⭐⭐⭐⭐⭐ «La prosa afilada de Mofina es como una ráfaga de disparos». Publishers Weekly ⭐⭐⭐⭐⭐ «Uno de los mejores autores de thriller del sector». Library Journal ⭐⭐⭐⭐⭐ «¡Otro thriller excelente!Réquiem fue realmente emocionante. Rick Mofina vuelve a estar a la altura de las expectativas». Reseña en Goodreads ⭐⭐⭐⭐⭐ «¡Rick Mofina nunca decepciona al lector! Me encantó esta serie y Ray Wyatt fue un protagonista excelente. ¡La recomiendo mucho!». Reseña en Goodreads ⭐⭐⭐⭐⭐ «¡Lectura fantástica! También me encantaron los dos anteriores libros de Ray Wyatt, pero este fue el mejor. Me encanta la manera en que Mofina cuenta una historia». Reseña en Goodreads ⭐⭐⭐⭐⭐
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Seitenzahl: 293
Veröffentlichungsjahr: 2026
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RÉQUIEM
Rick Mofina
Réquiem
Título original: Requiem
Copyright © Rick Mofina, 2022
Copyright © Jentas A/S, 2026
Traducción: Ana Castillo © Jentas A/S
Cubierta: Jentas A/S
ePub: Jentas A/S
ISBN: 978-87-428-1380-5
Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin la autorización escrita de los titulares de los derechos de la propiedad intelectual.
Queda prohibido el uso de cualquier parte de este libro para el entrenamiento de tecnologías o sistemas de inteligencia artificial sin autorización previa de la editorial.
Published by special arrangement with Lorella Belli Literary Agency Limited and Agencia Literaria Carmen Balcells, S.A.
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El tiempo, al envejecer, todo lo enseña.
~ Esquilo (525—456 a. C.)
PRIMERA PARTE
CAPÍTULO 1
Ciudad de México y Los Ángeles
Wanda Stroud se agarró a los reposabrazos de su asiento mientras el vuelo 737 aceleraba por la pista del Aeropuerto Internacional de Ciudad de México.
El revoloteo de su estómago aumentó a medida que el avión abandonaba la tierra y ascendía; la fuerza la empujaba contra su asiento. Respiró hondo y miró por la ventanilla la metrópolis que se extendía a sus pies. El avión ascendió más y más, hasta que finalmente se estabilizó. Entonces se sintió aliviada.
Puede que Wanda fuera una viajera ansiosa —«Vale, desde que perdí a Ed estoy nerviosa por muchas cosas»—, pero no iba a dejar que eso le impidiera viajar, sobre todo porque lo hacía debido a su estado de salud. Esperaba que los especialistas de México identificaran lo que tenía y la trataran, a diferencia de los médicos de California.
Siempre había estado muy atenta a su salud, buscando constantemente signos de enfermedad. Siempre preocupada por si un dolor de garganta o una secreción nasal eran indicios de algo grave, y entonces consultaba a su médico para ver si necesitaba atención inmediata.
Una noche, hacía un par de meses, Wanda había visto un programa de televisión sobre una mujer que padecía lo que se temía que fuera una nueva forma de cáncer incurable. Convencida de que tenía los síntomas, Wanda acudió a su médico, que le hizo varias pruebas.
—Los resultados son negativos. Está usted bien —le dijo el doctor Singer, sonriéndole desde detrás de sus gafas de montura roja.
Pero Wanda no creía que estuviera bien. Acudió a un segundo médico que, tras hacerle otras pruebas, coincidió con el primero: no había nada malo en la salud física de Wanda.
Aun así, ella sospechaba que las pruebas eran incorrectas y que el diagnóstico estaba mal. Temía padecer una nueva forma de cáncer incurable. Así que hizo lo que solía hacer: investigó por su cuenta en Internet. Con sus ahorros, se organizó un viaje a México para visitar a unos médicos que, según unos grupos de chat en línea, estaban a punto de encontrar terapias revolucionarias para el cáncer que Wanda estaba convencida de que padecía.
Tras gastarse una pequeña fortuna y pasar varias semanas en Ciudad de México —primero, en el renombrado centro de investigación homónimo y luego, en el instituto oncológico—, llegaron los resultados.
—El cáncer que le preocupa es extremadamente raro, y le aseguro que usted no lo padece. —El doctor Salazar, del Centro Universitario, se había quitado las gafas y la miraba con cierta exasperación, leve pero con ternura. Luego le dio el mismo consejo que le habían dado sus médicos de Los Ángeles—: Señora Stroud, cuando vuelva a Los Ángeles, le sugiero que consulte a su médico sobre técnicas de relajación y se abstenga de hacer búsquedas en Internet sobre su salud. Su médico de cabecera podrá recetarle medicación o terapia para ayudarla con su ansiedad y técnicas para afrontarla cada vez que crea que experimenta un síntoma.
Mientras el avión sobrevolaba el desierto de Sonora a más de diez mil metros de altura, Wanda se acomodó en su nuevo asiento. Había embarcado con retraso porque había solicitado cambiar el lugar que le habían asignado, en la parte trasera del avión, por uno más cercano a la parte delantera, donde prefería estar. El vuelo estaba al cincuenta por ciento de su capacidad, así que la azafata la llevó a su nuevo asiento cuando el avión ya estuvo en el aire. Wanda miró los dos asientos libres de su fila y luego, los que estaban cerca. La mayoría estaban vacíos, y comenzó a hacer balance de su vida.
Habían pasado cinco años desde que Ed, conductor de autobús urbano, se apretó con una mano el pecho en el supermercado, se desplomó y murió en la sección de charcutería. Algunos días Wanda juraba que lo oía afeitarse en el baño o prepararse un bocadillo en la cocina. Ella era una bibliotecaria jubilada de sesenta y seis años, viuda y sin hijos, que volvía a una casa vacía y temía tener una enfermedad no detectada.
Tragó saliva y sintió un cosquilleo en la garganta.
«¿Qué es eso? ¿Se les habrá escapado algo? ¿Debería, tal vez, ver a un nuevo especialista en Los Ángeles?».
Se giró hacia la ventanilla y suspiró.
«Quizá debería dejar de comportarme como una vieja tonta».
Wanda se acordó entonces de su novela de misterio de bolsillo. Decidió olvidarse de sus preocupaciones, acomodarse y reanudar la lectura.
Fue entonces cuando miró al único pasajero que había en la fila de delante: un hombre de unos cincuenta años, con el pelo blanco, que trabajaba en su portátil. Tenía una pantalla grande y escribía usando una fuente considerable, lo que le daba a Wanda una visión clara y nítida al mirar por encima del hombro del pasajero. Como le interesaba lo que leía la gente, Wanda decidió echar un vistazo.
«Solo un poco».
¿Estaba leyendo un libro o trabajando en algo relacionado con los negocios? Sentía curiosidad.
«Vale, soy una cotilla».
Tenía unos cuantos archivos abiertos y estaba hojeándolos: eran fotos de niños.
«¿Serán sus hijos? ¿Sus nietos, sus sobrinos?».
Sonriendo, Wanda pensó que, fueran quienes fueran, era bonito verlos. A menudo deseaba haber tenido hijos, pero, cuando lo pensaba, desechaba aquel remordimiento. Entonces tomó su libro de nuevo, pero de repente pensó.
«Espera».
Volvió a mirar la pantalla y las caritas que aparecían en ella. Todos los niños eran pequeños. De vez en cuando, el hombre se detenía en alguna foto, lo que le permitió a Wanda darse cuenta de que la cara de cada niño estaba enmarcada exactamente de la misma manera. Al concentrarse, vio que en la esquina inferior derecha de cada foto había un número de varios dígitos.
«Es como un catálogo de fotos de niños. ¿Será un álbum escolar?».
El teclado del hombre repiqueteaba mientras este escribía, y Wanda leyó lo que iba poniendo. Surgieron varios términos y fragmentos de frases: «adoptado… acuerdo… cesión de derechos a los padres adoptivos… obtendrá un decreto… intermediario… honorarios… se garantizarán registros y documentos legales de aspecto auténtico… se validará la condición legal de huérfano…».
Wanda se quedó sin aliento.
«¿Registros de aspecto auténtico? ¿Qué quiere decir todo esto?».
El teclado del hombre seguía repiqueteando mientras continuaba lo que parecía ser un intercambio de información con otras personas.
«Correcto. Esta semana tenemos ofertas sólidas para el #0247 de Madrid, el #6796 de Melbourne, el #0055 de Johannesburgo, el #2095 de Moscú, el #8849 de Buenos Aires, el #3716 de Londres y el #9902 de Toronto».
Wanda trató de entender lo que veía cuando el hombre tecleó: «Actualizando lista de precios».
«¿Lista de precios? ¿Qué es eso?».
La imagen de la pantalla del portátil parpadeó. La galería de rostros mostraba ahora una cifra en dólares estadounidenses junto a cada número del catálogo. Los números y las caras de los niños se desplazaban por la pantalla: 185.000 dólares, 130.000 dólares, 155.000 dólares.
A Wanda le recorrió un escalofrío.
Algo parecía estar muy mal, incluso parecía que fuera ilícito.
«¿Y si el hombre del asiento de enfrente forma parte de algún tipo de red de adopción?».
Empezó a pensar en una respuesta. Al no encontrar ninguna, aceptó que tenía que haber alguna explicación racional para lo que hacía aquel pasajero. Además, aquello no era de su incumbencia.
Wanda abrió su libro.
Pero no pudo leer mientras el hombre seguía trabajando. Una vez más, la mujer se sintió atraída por los rostros de los niños, sus nombres digitales y las etiquetas con los precios.
«¡Dios mío! ¿Y si está ocurriendo algo realmente horrible delante de mí y yo estoy aquí sentada sin hacer nada? ¿Cómo podría vivir conmigo misma? ¿Cómo hay que actuar si ves una cosa así? Tengo que hacer algo».
Wanda pensó que podía conseguir pruebas, denunciarlo y dejar que alguien experto en asuntos así se encargara de ello.
Metió la mano en el bolso, cogió el teléfono y pasó el dedo por la pantalla despreocupadamente mientras se aseguraba de que nadie la estaba mirando. Silenció el clic del obturador de la cámara, silenció el pitido de grabación de vídeo y empezó a hacer fotos de la pantalla del hombre. Con cuidado, hizo zoom y tomó fotos más nítidas, una tras otra, hasta que perdió la cuenta de las que había hecho. Entonces cambió al modo de vídeo y grabó al hombre trabajando y el contenido de su pantalla. Sintió un poco de vergüenza por haber invadido su intimidad.
«Probablemente no sea nada, pero al menos estoy haciendo algo al respecto».
De repente, el hombre dejó de teclear.
Giró un poco la cabeza hacia Wanda, sin mirarla.
«¡Oh, no! ¿Habrá visto mi reflejo en la pantalla?».
El hombre cerró el portátil con un chasquido y se levantó del asiento.
Wanda metió el teléfono en el bolso.
«¡Oh, Dios! ¡Lo sabe! Sabe que le he estado espiando».
CAPÍTULO 2
Los Ángeles, California
El corazón de Wanda latía desbocado.
Cogió su libro y se obligó a continuar como si nada hubiera pasado. Pero no podía leer las palabras en la página. La preocupación nublaba su concentración y Wanda luchaba por mantener la calma.
¿Acaso el hombre de la fila de delante la había descubierto mientras grababa las fotos y las conversaciones de su ordenador? No, no era posible.
Tenía que ser una coincidencia que hubiera dejado de trabajar tan bruscamente.
Pero ¿cómo podía estar segura de ello?
Wanda no sabía qué hacer.
«¿Debo denunciarlo? ¿Contarle a alguien lo que he visto? Aunque no estoy segura de lo que era».
A medida que pasaban los minutos, su boca se secaba y su garganta se convertía en papel de lija. Miró hacia el techo y pulsó el botón de llamada. Un momento después, un azafato apareció en la fila de Wanda.
—¿Sí? —le dijo.
Wanda miró hacia delante. No sabía qué hacer. El hombre de la fila delantera se encontraba leyendo una revista, lo que la dejó paralizada por la indecisión.
—¿Puedo ayudarla? —preguntó el azafato.
—¿Podría traerme un poco de agua, por favor?
—Por supuesto.
El azafato volvió con un vaso de agua.
Al beberlo, Wanda siguió fingiendo que leía mientras se debatía sobre qué hacer.
¿Y si estaba completamente equivocada sobre lo que había visto?
¿Y si ponía en marcha algo irreversible al hacer una acusación que resultaba ser falsa, pero que se había descontrolado?
¿Y si empezaba algo que podría arruinar la vida de ese hombre?
«Me estoy dejando llevar. Esto es una tontería. Tengo que controlarme».
Wanda se giró hacia la ventanilla, observó las nubes e intentó relajarse, perdiendo la noción del tiempo. Antes de que se diera cuenta, el sistema de megafonía anunciaba el descenso del avión hacia Los Ángeles.
***
Tras un aterrizaje turbulento, el avión se detuvo en la puerta de embarque.
Los pasajeros se desabrocharon los cinturones, se levantaron, hicieron sus llamadas telefónicas, se estiraron y recogieron sus pertenencias.
Wanda permaneció en su asiento, observando al hombre. Él metió el ordenador en su bolsa y se quedó de espaldas a ella. Se levantó, abrió el compartimento superior y sacó una maleta de mano negra. Haciendo una rápida estimación, Wanda pensó que era bastante guapo. Iba bien peinado y llevaba vaqueros y una camisa blanca bajo una chaqueta azul marino.
El hombre dejó su equipaje en el suelo para colocarse la correa de la bolsa del ordenador en el hombro y desplazarla hacia un lado. Permaneció en la fila vacía del otro lado del pasillo e hizo contacto visual con Wanda cuando esta se levantó.
—Permítame —dijo él sonriendo, y señaló el compartimento que había sobre ella, quitó el pestillo y lo abrió—. La ayudaré con la maleta.
Wanda le devolvió la sonrisa.
—Gracias, pero no tengo. La he facturado.
Como quería que él la precediera porque estaba indecisa sobre qué hacer, si es que iba a hacer algo, Wanda le señaló el pasillo con la cabeza.
Él no se movió.
—Después de usted —dijo.
—Pase usted, por favor. Va cargado de equipaje.
—No. —Él le hizo un gesto para que avanzara—. Por favor, adelante.
Entonces alguien se aclaró la garganta.
Wanda y el hombre se giraron hacia los pasajeros que hacían cola detrás de ellos, sin sonreír. La gente quería bajar del avión. Wanda cedió y pasó la primera. El hombre la siguió y se unieron a los que iban delante. Después avanzaron despacio hasta que salieron del avión y cruzaron la pasarela.
Desembarcaron en la terminal B, la terminal internacional Tom Bradley, y siguieron las señales que los guiaban hasta la aduana y la recogida de equipajes.
En la escalera mecánica que descendía al nivel inferior, Wanda pasó bajo la enorme bandera de Estados Unidos y el cartel que la saludaba con una bienvenida.
Aunque decepcionada por el resultado de su viaje a México, Wanda pensó que era bueno estar de vuelta en su país. Avanzó por el río de pasajeros que llegaban hasta la zona de control de Aduanas y Protección Fronteriza, y sintió cierto alivio al comprobar que había perdido de vista al hombre del avión.
«Menos mal».
Ahora no quería pensar en él. Estaba cansada. Solo quería recoger su maleta, subirse a un taxi y volver a casa. Necesitaba dormir bien en su propia cama. Luego, si todavía tenía ganas de informar de lo que había visto en el avión, pues…
«Ya lo pensaré más tarde».
Caminando por la terminal, sin darse cuenta de que el hombre iba justo detrás de ella, los pensamientos de Wanda cambiaron.
No se sentía lo bastante segura de sus habilidades tecnológicas como para usar el sistema de pasaporte móvil en el teléfono, así que había rellenado el formulario azul de declaración de aduanas en el avión. Lo sacó del bolso, junto con el pasaporte y el billete de avión, y se unió a la larga cola que zigzagueaba hacia la fila de mostradores donde se encontraban los agentes de Aduanas y Protección Fronteriza.
Durante los quince minutos siguientes, Wanda se abrió paso entre el laberinto de mostradores y cintas transportadoras. De pronto, contuvo el aliento. «Oh, no». Al llegar a una curva, se encontró de repente junto al hombre del avión. Los separaban unas cuantas personas, entre ellas una pareja con dos niños pequeños, pero la configuración del giro en la cola había dejado a Wanda y al hombre casi hombro con hombro, haciendo imposible que no se fijaran el uno en el otro.
—Hola de nuevo —dijo él sonriendo.
—Hola —respondió Wanda.
—Esto es todo un calvario —comentó él, indicando las filas de personas que esperaban para llegar a los mostradores y pasar por la aduana—. A veces, este proceso puede llevar un par de horas; otras, se pasa volando.
Wanda sonrió y asintió, intuyendo que el tipo quería hablar, algo a lo que ella se resistía. Pero la fila no se movía.
Estaba atrapada.
—Usted iba sentada detrás de mí en el vuelo, ¿verdad? —preguntó él.
CAPÍTULO 3
Los Ángeles, California
El hombre esperó a que Wanda respondiera.
Ella dudó un momento antes de sonreír amablemente.
—Sí —dijo—. Iba detrás de usted.
Él asintió y luego comentó:
—Ciudad de México es preciosa, ¿verdad?
—Sí, sí que lo es.
—He estado allí por negocios. ¿Y usted?
Wanda vaciló y miró a las demás personas que había en la cola. Un hombre leía un libro, Cien años de soledad, utilizando su formulario de declaración de aduanas y su billete como marcapáginas; una pareja mayor hablaba en voz baja en español mientras daba golpecitos a un mapa; y una madre y un padre jóvenes se habían agachado para atender a sus dos hijos pequeños, que parecían aburridos y al borde de la rabieta. Nadie prestaba atención a Wanda y al hombre.
—De vacaciones —mintió ella, esperando a que la fila se moviera.
El hombre sonrió y asintió.
—De vacaciones —repitió—. ¿A qué se dedica, si puede saberse?
—Estoy jubilada. Trabajaba como bibliotecaria.
—¿Bibliotecaria? —Las cejas del hombre se alzaron—. Me encantan las bibliotecas. Investigo mucho en ellas. Escribo guiones.
—¿Guiones? ¿Para películas? —Había despertado el interés de Wanda, que de repente vio que su ansiedad viraba hacia una actitud más positiva.
—Sí. De hecho, por eso estaba en Ciudad de México. Investigando para un nuevo proyecto, un guion para una gran película. Un thriller criminal de alcance internacional.
—Bueno, eso suena interesante.
—Brad Pitt y Meryl Streep ya han firmado.
—Qué emocionante, adoro a Meryl Streep.
—Aunque todo podría cambiar, por supuesto. Es como funciona este negocio. Los productores quieren, bueno, en realidad, exigen, que el guion suene lo más real posible. Por eso he estado en México, para investigar sobre el crimen organizado.
—Qué interesante.
El hombre asintió con la cabeza mientras la miraba con atención. Luego bajó la voz y dijo:
—Quería que lo supiera, por si había visto algo sobre mi investigación mientras trabajaba en el avión. No quisiera que se llevara una impresión equivocada —dijo el hombre mientras sonreía.
—Oh, no. —Las mejillas de Wanda enrojecieron—. Bueno, no, yo… Tiene un trabajo muy interesante, está claro.
—Sí, es muy interesante —dijo él—. Pero también es extremadamente desafiante.
Se hizo un hueco en la fila. Wanda se despidió del hombre con la mano antes de seguir adelante, poniendo fin a su conversación.
***
Veinte minutos más tarde, Wanda había pasado el control de Aduanas.
Continuó por la terminal hacia la zona de recogida de equipajes. Su inquietud por el hombre y lo que había visto en su portátil se había disipado.
«Estaba escribiendo un guion. Investigando para una película de suspense. Todo tiene sentido».
Se alegró de no haberlo denunciado ni haber montado una escena.
«Parece un buen tipo, y yo habría quedado como una tonta».
Wanda sacudió la cabeza.
Tenía otras cosas de las que ocuparse, como su situación médica. Mientras caminaba, buscó su teléfono en el bolso y envió un mensaje a su amiga, Colleen.
Hola, Coll. Acabo de aterrizar. ¿Café mañana donde siempre? ¿A la una? ¿Te viene bien?
Wanda le contaría a Colleen lo que le habían dicho los médicos en México. Sentía que necesitaba la opinión de otro especialista de Los Ángeles. Colleen era su mejor amiga, una oyente comprensiva que entendía todo por lo que estaba pasando desde que había perdido a Ed. Siempre le daba buenos consejos.
«Aunque no siempre los acepte».
Esperando la respuesta de Colleen, Wanda miró a su alrededor y volvió a ver al guionista. Estaba cerca, pero al otro lado del pasillo y un poco más atrás de donde se encontraba ella, mientras ambos seguían caminando. Hablaba por teléfono. Wanda solo oyó algunos fragmentos de su conversación. Hablaba en español y ella no entendía lo que decía. El hombre le lanzó una mirada antes de darse la vuelta.
«Trabajar con Meryl Streep y Brad Pitt tiene que ser estresante», pensó Wanda.
Llegaron a la zona de recogida de equipajes y Wanda localizó la cinta correspondiente a su vuelo. El sistema de cintas transportadoras zumbaba; ya habían salido unas cuantas maletas. Mientras esperaba junto a otros pasajeros, el teléfono de Wanda recibió una notificación.
Colleen había respondido.
Sí al café de mañana. Nos vemos donde siempre a la una. ¿Cómo te fue en México?
Un desfile de maletas comenzó a moverse por la cinta. Wanda echó un vistazo, pendiente de la aparición de la suya mientras tecleaba una respuesta.
No muy bien. Te lo cuento mañana.
Vale. ¿Ha ido bien el vuelo?
Wanda levantó la vista para buscar su maleta y regresó al teléfono.
Ha pasado algo raro en el avión. Mañana te cuento.
¡Arrgh! No me dejes así.
La gente había empezado a recoger sus maletas cuando apareció la de Wanda, grande, con un estampado de flores de colores.
¡¡¡Tengo que irme, lo siento!!!
¡Qué mala eres! Hasta mañana.
Wanda guardó el teléfono y cogió su maleta; estaba luchando para levantarla de la cinta transportadora cuando el guionista se materializó junto a ella y agarró su equipaje.
—Aquí tiene —gruñó él por el esfuerzo.
—¡Oh, gracias!
—No hay de qué. —Dejó la maleta en el suelo, cogió la etiqueta de identificación y estudió su dirección—. Wanda. —Sonrió—. Veo que vive en Downey.
—Sí.
—No se lo va a creer: yo vivo en Pico Rivera. Cerca de ahí.
—¿En serio?
—En serio. ¿Cuáles eran las probabilidades?
—El mundo es un pañuelo, ya ve. —Ella sonrió y cogió su maleta—. Gracias de nuevo. Buena suerte con su guion. —Y se giró hacia la salida.
—Wanda, espere —dijo—. El estudio me ha enviado un coche. Puedo llevarla a casa; sin cobrarle nada, claro. Me pilla de camino.
Wanda tragó saliva. Sorprendida por la generosidad de aquel hombre, tuvo que pensar rápido.
—Muchas gracias, pero no quiero que se tome la molestia.
—No es ninguna molestia. Tengo que pasar por allí.
—No, de verdad, gracias. Es muy amable, pero me está esperando una amiga —mintió—. Gracias.
Wanda se dirigió hacia la salida cuando oyó sonar el teléfono del guionista. Al alejarse, lo oyó bajar la voz e iniciar una conversación en español. Wanda creyó entender la palabra que significaba flores.
Fuera, cuando Wanda se dirigió a la zona de recogida de taxis, suspiró al ver otra larga fila. Mientras esperaba su turno para que le asignaran un taxi, se sintió un poco avergonzada.
«¿He sido maleducada al rechazar la amable oferta del guionista?».
Podría haber sido divertido viajar en el coche de un estudio. Quizá enterarse de algunos cotilleos de Hollywood sobre cómo son realmente las estrellas. Además, si tenía ese nuevo cáncer, a pesar de lo que le habían dicho los médicos, ¿no debería vivir la vida al máximo?
—¿Wanda?
Sacada de sus pensamientos, miró justo al otro lado de los carriles de tráfico hacia un reluciente sedán azul oscuro que se había detenido y estaba aparcado en una zona de carga y descarga. El guionista había salido por una de las puertas traseras y se acercaba a ella.
—¿Qué ha pasado? ¿La ha dejado plantada su amiga?
El rostro de Wanda enrojeció de nuevo cuando él se situó cerca de ella.
—Sí, me temo que ha tenido que cancelarlo. Problemas con el coche.
—Mi oferta sigue en pie. Venga conmigo.
Wanda vio abrirse el maletero del coche y salir al conductor.
—No quiero molestarle.
—No sea tonta.
—¿Seguro que no es ningún inconveniente?
—Ninguno en absoluto. Vamos en su dirección.
—De acuerdo, entonces. Gracias.
—¿Sabe? —dijo él, cogiendo su maleta y llevándola al coche—, este es el mismo coche que usó Streep, y se dejó las gafas de sol.
—¿En serio?
—¿Quiere llevarse un recuerdo?
El conductor hizo un gesto con la cabeza a Wanda, guardó su maleta en el maletero y cerró la puerta. Ella se metió en el asiento de atrás, al lado del guionista, y se abrochó el cinturón.
—Gracias de nuevo —dijo Wanda—. No tenía por qué hacer esto.
—Lo sé —dijo él, comprobando su teléfono—, pero quería hacerlo.
Mientras se alejaban y el coche se dirigía desde el aeropuerto de Los Ángeles hacia la autopista, Wanda temblaba de expectación.
«Será divertido. Me alegro de haber aceptado».
En ese momento, mientras el coche cogía velocidad, todos los cierres de las puertas se bloquearon.
CAPÍTULO 4
Downey, California
A la tarde siguiente, Colleen Eden llegó a la cafetería con diez minutos de antelación y se sentó a una mesa junto a la ventana.
No pidió nada, prefirió esperar a que llegara Wanda.
Quería oír a su amiga contarle el viaje a México. Wanda era perseverante, pensaba Colleen, pero la muerte de Ed la había cambiado. Era como si fuera una taza de porcelana rota a la que le hubieran vuelto a pegar los trozos. Las líneas de las fracturas estaban ahí, detrás de su sonrisa, detrás de sus ojos, y la llevaban a hacer cosas impulsivas, como viajar a México.
Además de lamentar la muerte de su marido, Wanda había empezado a obsesionarse con su salud, y a menudo creía que padecía una serie de enfermedades graves. Hacía tiempo que Colleen le había sugerido que acudiera a un terapeuta para tratar sus temores infundados sobre la salud, pero no consiguió nada.
Y lo mejor que podía hacer Colleen era ser su amiga.
—Hola, ¿quiere tomar algo? —le preguntó un hombre de unos veinte años, con barba, coleta, delantal y camisa remangada.
—Gracias, pero esperaré hasta que llegue mi amiga.
—Por supuesto.
Colleen miró por la ventana, buscando en la acera. Luego miró la hora en su teléfono: la una y diecinueve minutos.
«Wanda llega tarde. Ella no es así. Es puntual y concienzuda. Y no me ha enviado ningún mensaje ni nada». Mordiéndose el labio, Colleen escribió a su amiga.
Estoy aquí, en nuestra mesa favorita. ¿Dónde estás?
Esperando una respuesta, Colleen pensó en cuando se conocieron años atrás en una conferencia de la Asociación de Bibliotecas de California. Por aquel entonces, Colleen era bibliotecaria en Whittier y Wanda lo era en Downey, después de haber trabajado una temporada en el Departamento de Registros de la policía de Downey. Colleen y Wanda eran amigas desde hacía mucho tiempo y habían pasado por muchas cosas juntas. Wanda la había ayudado a sobrevivir a su divorcio, aunque Colleen se negaba a cerrar la herida que le había dejado su adúltero ex.
Miró su teléfono.
«Madre mía».
Era la una y treinta y cinco, y ni una palabra de Wanda.
«Esto no es habitual en ella».
Colleen la llamó, pero saltó el buzón de voz. Le dejó un mensaje.
Entonces la mujer miró calle arriba y calle abajo, pensando que tenía que haber una sencilla razón que explicara que Wanda no hubiera aparecido todavía. Colleen esperó. Y esperó. Pero, después de casi una hora, se puso nerviosa.
«¿Dónde está?».
La casa de Wanda no estaba lejos. Le envió un mensaje de nuevo, esta vez para decirle que iba hacia allí.
Para asegurarse, antes de dirigirse a la casa, volvió a llamarla. De nuevo, saltó el buzón de voz. Colleen le envió otro mensaje, diciéndole que estaba de camino. Salió de la cafetería, entró en su coche y condujo.
***
Detenida en un semáforo en rojo, Colleen miró el teléfono que llevaba en el bolso abierto en el asiento del copiloto. Ni una palabra de Wanda. No recordaba ninguna vez que hubiera llegado tan tarde o que hubiera faltado a una de sus citas.
«¿Qué le pasará?».
No tardó mucho en girar hacia la calle De Palma. Tras pasar unas manzanas, se detuvo frente al impecable bungalow de estuco amarillo de Wanda, decorado con palmeras en el jardín delantero. El Ford Fusion de Wanda estaba aparcado en la cochera.
Colleen llamó al timbre y esperó.
Creyó que oiría movimiento, pero nada.
Llamó al timbre por segunda vez.
La casa estaba en silencio.
Golpeó la puerta con insistencia.
Nada.
Preocupada, rodeó la casa por detrás y llamó a la puerta que daba al jardín trasero.
No obtuvo respuesta.
Protegiéndose los ojos, Colleen acercó la cara al cristal.
—¡Wanda! Wanda, soy Colleen.
Silencio.
—No está en casa.
Tras recuperar el aliento, Colleen se giró para ver a un hombre que la observaba desde el otro lado de la valla que dividía los jardines. Entonces suspiró. Era el vecino de Wanda, Len Peterson, un contable jubilado y veterano de la Marina. Estaba en su jardín trasero, cuidando de sus prósperos limoneros.
—Hola, Len.
—Hola, Colleen. Wanda no está en casa.
—¿No está? Pero llegó al aeropuerto ayer. Me estuvo mandando mensajes. Habíamos quedado para tomar un café hace una hora y no ha aparecido. Por eso he venido.
—Qué raro. —Peterson se rascó la cabeza—. Tengo su correo en la encimera de mi cocina. Se lo he ido recogiendo. Anoche no se encendió ninguna luz. No vino aquí.
Un escalofrío de preocupación recorrió la espalda de Colleen.
—Esto no me gusta, Len. Sé dónde esconde la llave de repuesto. Voy a buscarla, pero ¿puedes entrar conmigo en la casa, para ver cómo está?
—¿Quieres entrar?
—Sí, podría tener jet-lag, haberse quedado dormida, haberse caído en la bañera o haber tomado demasiada medicación. Quién sabe.
—Claro, voy.
Colleen sacó la llave de debajo de la roca con forma de huevo que había en el parterre, cerca de la ventana del cobertizo del jardín. Wanda también sabía dónde guardaba Colleen su llave de repuesto. Se habían prometido cuidarse mutuamente.
Len apareció con un bate de béisbol en la mano.
Colleen miró el bate y luego, a Len.
—Por si hay problemas —dijo él, encogiéndose de hombros—. Nunca se sabe.
Entraron por la puerta trasera. El aire estaba un poco viciado, con un fragante toque de limpiador, cuando entraron en la cocina. Vieron los armarios blancos y la encimera de marfil. Todo estaba impecable, muy limpio.
Colleen llamó a su amiga.
—¿Wanda? Somos Colleen y Len. ¿Estás bien, cariño?
No oyeron nada.
Len abrió la nevera: estaba vacía, salvo por unos condimentos y unos botes de aceitunas y pepinillos. Colleen miró en la basura: estaba vacía.
—¿Wanda?
En el pequeño comedor, con su mesa y sillas de roble, no había nadie. Tampoco en el salón. La cama permanecía hecha en el dormitorio de Wanda. También vacía. Sus otros dormitorios estaban vacíos. También lo estaban los cuartos de baño. No había señales de equipaje, de haber deshecho las maletas ni de ropa sucia.
En la casa reinaba un inquietante silencio.
—Tengo un muy mal presentimiento —dijo Colleen.
CAPÍTULO 5
Manhattan, Nueva York
—Esto podría costarme el puesto —dijo la agente especial del FBI Jill McDade.
Ray Wyatt asintió.
Desde su mesa en Bryant Park, McDade y Wyatt, periodista de True Signal News, observaban a los niños que reían en el tiovivo y a los malabaristas que había cerca.
Con sus paseos bordeando el exuberante césped verde, la fuente, los jardines, los vendedores y las mesas de cafetería bajo la sombra de los árboles, el parque era un oasis entre las montañas de cristal y acero que formaban los edificios del centro entre las calles 41 y 42.
A McDade le gustaban la calma y la paz de Bryant Park, y pensó que lo mejor era reunirse allí.
Sus manos descansaban sobre su tablet.
—Hemos pasado por muchas cosas juntos, Ray.
—Así es.
—Y confío en ti.
Wyatt asintió.
—Voy a enseñarte esto por lo que está en juego para ti, y porque necesito que lo veas para ayudarte en la investigación.
—Entendido.
Ella dio un golpecito en su tablet y la giró hacia Wyatt, presentándole un retrato a color de un niño, que se veía desde la cabeza hasta los hombros.
Mientras Wyatt miraba la imagen, la música del tiovivo, las risas y los sonidos del tráfico se desvanecieron. El niño parecía delgado, algo demacrado, y esbozaba una leve sonrisa nerviosa que atravesó a Wyatt y lo desgarró. Con la mirada fija en la imagen del niño de la foto, un tsunami de emociones, recuerdos, amor y agonía se apoderó de Wyatt, inundándolo de esperanza.
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
Al mismo tiempo, estaba aterrorizado.
—Creo… Creo… que es Danny —dijo Wyatt.
—Yo también lo creo. Necesitaba tu ayuda para identificarlo.
—¿Está vivo? ¿Dónde? ¿Cómo conseguiste esta foto?
—Dame tu palabra de que será confidencial.
—¡Jill, este es…, este podría ser mi hijo!
—Necesito tu palabra, Ray.
—Has dicho que confiabas en mí.
—Sí.
—Entonces, confía en que haré lo correcto.
—Ray, esto debe quedar entre nosotros. Acabamos de empezar la investigación.
Habían pasado unos meses desde que el caso Hidra explotó en Vermont. Hacía tiempo que la historia había desaparecido de los titulares. Una noche, McDade fue a Queens a ver a Wyatt para decirle que quizá tenía razón al creer que su hijo Danny estaba vivo después de tanto tiempo. Pero no pudo decirle más. Wyatt le exigió saber si le estaba ocultando información, hasta que finalmente McDade le pidió que se reuniera con ella al día siguiente en Bryant Park.
Y allí estaban. Después de enseñarle la foto, McDade empezó a darle detalles, haciéndole retroceder a través de los años y el dolor.
Danny tenía tres años cuando se creyó que había muerto en el incendio de un hotel en Banff, Alberta, Canadá, mientras Wyatt y su mujer, Lisa, estaban allí con él de vacaciones. Las autoridades canadienses les contaron que Danny había muerto junto con otras personas en el incendio y que no habían podido encontrar los restos del niño —nada, ni siquiera una muestra de ADN— porque habían sido incinerados debido a la magnitud del fuego.
Ray y Lisa nunca se lo perdonaron. Luchando con la culpa y el dolor, se negaron a aceptar que Danny estaba muerto. Ray había consultado a expertos que creían que los dientes de Danny deberían haber resistido el fuego, permitiendo así encontrar alguna respuesta.
Sin pruebas de que Danny estaba muerto, Wyatt y Lisa nunca dejaron de creer que estaba vivo.
A medida que pasaba el tiempo, Wyatt hizo todo lo posible para encontrar una respuesta. Presionó a sus fuentes y contactó con las personas que estaban en Banff en el momento del incendio.
Lisa empezó a ir a terapia. Su psicólogo la instó a realizar una actividad que la ayudara a sobrellevar la situación. Lisa encontró unas clases de cerámica en el Queens College. Un año después del incendio, mientras conducía de vuelta a casa por la autopista de Long Island, una mujer que iba enviando mensajes mientras conducía chocó contra ella.
Wyatt llegó a tiempo al hospital para cogerle la mano. Le dijo que la quería antes de que ella pronunciara sus últimas palabras: «Encuentra a Danny, Ray. Tráelo a casa».
Tras la muerte de Lisa, Wyatt nunca dejó de buscar a Danny. Siguió recurriendo a otros turistas que estaban en Banff en el momento del incendio: envió mensajes por todo el mundo, pidiendo fotos, vídeos, cualquier recuerdo de aquel momento que pudiera ayudar. La gente respondía, era amable. Pero los esfuerzos de Wyatt no llevaron a ninguna parte hasta que recibió un vídeo. Había sido grabado después del incendio por unos turistas italianos que habían captado una fugaz y desgarradora visión en el pueblo de un niño que se parecía a Danny.
Tal vez era Danny. Tal vez no lo era. Pero aquello le dio Wyatt una razón para creer que su hijo podía estar vivo en algún lugar del mundo.
En aquel momento, no podía apartarse de la foto que había en la tablet de McDade.
—Como sabes —dijo McDade—, ahora tendría seis años.
Parpadeando y conteniendo las lágrimas, la mente de Wyatt procesó aquella asombrosa maravilla.
—¿Por qué crees que es Danny? —preguntó.
