Reviviendo el pasado - Dannya Menchaca - E-Book

Reviviendo el pasado E-Book

Dannya Menchaca

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Beschreibung

Eliza Owens está emocionada porque, al fin, tendrá la oportunidad de ejercer su profesión, aunque para ello tiene que mudarse a un pequeño pueblo llamado Blue Hill. Lo que ella no se imagina es que descubrirá, a través de sus sueños, la verdad sobre una injusticia ocurrida muchos años atrás. Por su parte, Kiliam Wallace, un importante senador del estado de Wisconsin, para escapar de sus problemas, regresa al pueblo de su abuelo, en el que es rechazado por llevar el apellido de un asesino. Sin importarle lo que opinen los demás, regresa a la granja Wallace, donde encuentra algo más que la tranquilidad que tanto buscaba.

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Seitenzahl: 248

Veröffentlichungsjahr: 2023

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Dannya Menchaca

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1181-399-0

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

CAPÍTULO 1

¡Estoy tan emocionada! Por fin voy a tener mi propio grupo de estudiantes. Tantos años de esfuerzo han valido la pena. Lo único malo es que me tengo que ir a un pequeño pueblo a dos horas de Minnesota llamado Blue Hill. Siempre he vivido en la ciudad, pero no me importa dar este gran paso, si gracias a eso cumplo mi sueño.

Llego a casa emocionada.

—Nani, ¿dónde estás? —le grito a mi abuela.

—Aquí, en la cocina —responde.

Mi abuela es la persona que me ha criado, pues mis padres murieron cuando yo era una niña, así que ella ha hecho todo por mí.

—¿A que no te imaginas la noticia que te tengo?

—Ay, Eli, soy guapa, pero no adivina —contesta con una gran sonrisa.

Me acerco, le doy un enorme abrazo y la lleno de besos.

—¡Eli! —me recrimina.

—¿Qué quieres que haga, Nani? Eres irresistible.

—Bueno, deja de achucharme y cuéntame las noticias que traes.

—¡Por fin voy a tener mi propia clase en una escuela! —grito emocionada.

—Vaya, hija, ¡por fin! Tantos años estudiando, ya era tiempo.

—Solo hay un problema —suspiro.

—¿Cuál es? —indaga.

—Tenemos que mudarnos a un pueblo llamado Blue Hill.

—No, hija, de ninguna manera me voy a ir de mi casa —asegura moviendo la cabeza.

—Pero Nani…

—Aquí me siento muy bien y ya estoy vieja para nuevos comienzos.

—¿Cómo te voy a dejar sola? —le pregunto preocupada.

—No estoy sola, aquí están mis amigas. Además, está…

—Está tú amigo German —la interrumpo—. Me parece que últimamente salen mucho solos.

Ella sonríe, muy coqueta.

—Exacto, también está German, así que yo no me voy a ir a ningún lado.

Me pongo un poco triste y ella se acerca a mí.

—Eli, ve a cumplir tu sueño. Yo estaré bien, mi vida está aquí. Además, no estarás tan lejos y nos llamaremos todos los días.

—Nani, es que…

—Nada, hija —me interrumpe—, te prometo que iré a visitarte, pero no quiero mudarme.

—Está bien, voy a buscar en internet, a ver si puedo encontrar algo para alquilar allá.

Mi abuela sonríe y me da un beso en la frente. Es muy fuerte para tener casi setenta años. Siempre anda muy guapa: su cabello blanco siempre lo lleva en un hermoso moño, es muy delgada, un poco más bajita que yo y tiene unos preciosos ojos verdes. Su mirada me recuerda a mi padre. Con la familia de mi madre tengo muy poca comunicación. Se enojaron porque quedé a cargo de ella, pero ellosno hicieron mucho para pelear por mi custodia. En fin, fue lo mejor que me pudo pasar, porque soy muy feliz al lado de mi abuela.

Yo me parezco a mi madre: mi cabello es castaño, un poco ondulado, y tengo los ojos oscuros. Según mi abuela, fue loque enamoró a mi padre, los ojos oscuros de mi madre. Lo malo es que a mí no me ha funcionado el poder de los ojos oscuros y sigo soltera. Mi piel es almendrada y mi cuerpo no resulta muy agraciado, pero no me quejo, tengo un poquito por aquí y un poquito por allá; incluso donde no debería tener hay de más.

Empiezo a buscar en internet información de casas para alquilar en Blue Hill, pero no encuentro nada. El año escolar empieza en agosto y me queda un mes para prepararme. Tal vez me dé una vuelta durante el fin de semana para conocer un poco la zona y ver si puedo encontrar algo para instalarme.

—Eli, ven a cenar, hija. Deja ese aparato, que te vas a quedar ciega.

—Nani, se llamalaptopy no me voy a quedar ciega, ya estaba ciega desde antes —menciono acercándome al comedor.

—¿Encontraste algo? —me interroga.

—No. Tal vez el fin de semana me dé una vuelta para familiarizarme con el pueblo y así buscar algún lugar para vivir.

—Me parece una excelente idea —asegura.

—¿Quieres acompañarme?

—No, hija, tengo un compromiso.

—Ah, ¿sí? ¿Y con quién?

—Con German. Me invitó a un baile de la tercera edad —responde.

—Vaya, ¿y por qué German no me ha pedido permiso?

—Porque ya estoy bastante grandecita para que nadie me dé permiso.

—Pues no estoy de acuerdo, quiero saber las intenciones de German.

—Pues ojalá sean muy malas sus intenciones, hija, que ya me hace falta una buena sacudida.

—¡¡Abuela!! —exclamo aguantando la risa.

—¿Qué? A ti también se te nota que te hace falta, hija.

—No, yo paso de cualquier sacudida.

—No digas tonterías. Yo, a tu edad, me divertía mucho y tú te pasas el tiempo estudiando y metida en la escuela trabajando. Así nunca vas a salir, hija.

—¿Y quién te dijo que yo quiero salir? —cuestiono—. Así soy feliz; además, me han tocado puros patanes.

—Ay, Eli, es que a ti te ponen diez tipos, preguntas cuál es el peor y con el que levanta la mano te quedas —responde divertida y suelto una enorme carcajada.

—Ay, Nani, cómo eres…

—Pues es cierto, deberías de dejarme escoger a tu próximo galán.

—Creo que mejor me voy a dormir, Nani, contigo no se puede.

—Ojalá en ese pueblo encuentres un buen partido.

—No voy a buscar pareja, voy a trabajar.

—Pues trabajarías más feliz si tuvieras quien te acomodara las ideas.

Pongo los ojos en blanco y le doy un beso.

—Descansa, Nani, hasta mañana.

—Hasta mañana, hija.

Me pongo la pijama y me acomodo en la cama, enciendo ellaptopy reviso algunos anuncios en Blue Hill, pero no hay nada interesante. Tal vez tenga que buscar a alguien que me alquile una habitación o me quede en un hotel si no encuentro nada más.

Me quedo dormida muy tarde pensando la mejor opción que tengo.

Por la mañana, me despierto antes de que suene mi alarma, estoy ansiosa por el nuevo paso en mi carrera, lo que tanto he esperado por fin está por llegar.

Estos días sólo vamos a la escuela para algunos seminarios, los niños ya están de vacaciones.

Llego a la escuela y me recibe mi coordinadora.

—Eliza, necesito hablar contigo —dice después de saludarme.

—Claro, Constanza ¿qué sucede?

—Envíe un aviso a la directiva de la nueva escuela a la que vas a ir y me contestaron de inmediato, para decirme que te esperan con los brazos abiertos.

—Estoy muy emocionada —expreso y ella me sonríe.

—Eres una excelente maestra, así que no tengo ninguna duda de que te va a ir muy bien.

–Gracias Constanza, pienso ir el fin de semana para conocer un poco el pueblo y buscar donde vivir.

—Me parece muy bien. Te daré el teléfono del director, por si se te ofrece algo.

—Perfecto, gracias de nuevo.

Termino con mi trabajo y recojo todas mis pertenencias, a partir de hoy, oficialmente estamos de vacaciones. Tengo exactamente un mes, para instalarme en Blue Hill y no puedo esperar.

Al llegar a la casa, mi abuela no está, la verdad que tiene una vida social más activa que la mía y eso me alegra mucho, porque sé que no estará del todo sola.

Me pongo a preparar la cena y mientras estoy cenando sigo buscando lugares para alquilar.

Sin encontrar nada, termino de cenar y recojo la cocina. Preparo una pequeña maleta y me doy una ducha para irme a dormir, mañana a primera hora me voy de viaje.

Despierto muy temprano, como de costumbre, y me preparo entusiasmada para salir.

—Nani, buenos días —la saludo al encontrarla tomando café en la cocina.

—Buenos días, hija ¿siempre si vas a ir al pueblo?

—Sí, quiero instalarme allá cuanto antes, para familiarizarme con todos.

—Es una buena idea, en los pueblos pequeños la gente suele conocerse muy bien, así que ya verás que te aceptan con cariño.

—Ojalá Nani. Estoy nerviosa.

—Hija, ¿y si compras una casa en lugar de alquilarla? —sugiere.

—No lo sé, tal vez, depende de lo que encuentre, pensaré en esa opción.

—Recuerda que tienes el dinero que te dejaron tus padres. Además, no me gustaría que tiraras dinero a la basura pagando un alquiler.

—Sí, es verdad… Bueno, me voy, Nani. Por favor, pórtate bien, no quiero ir a sacarte de la cárcel por hacer cosas indebidas.

Ella sonríe.

—¿No vas a desayunar? —me interroga.

—No, prefiero irme temprano.

—¿Te quedarás todo el fin de semana allá? —indaga.

—Sí, Nani, tal vez me quede unos días más. ¿Por qué?

—Ay, hija, es que la cama de German es muy incómoda y prefiero que nos quedemos aquí.

—¡¡Abuela!! —exclamo—. No debería estar escuchando esas cosas de ti.

—No seas aburrida, Eli, hay que vivir la vida, que no sabemos cuándo se nos acaba.

—Está bien, te avisaré cuando vuelva, para evitar encontrarme a German en ropa interior.

Ella me sonríe coqueta.

—O desnudo hija, nunca se sabe —responde, pícara, moviendo las cejas.

—Me voy, refiero no imaginarme eso último que me acabas de decir.

Sonríe.

—Te quiero hija. Disfruta tu viaje.

—Yo también te quiero, Nani, y toma las cosas con calma —le pido y asiente.

Salgo con una enorme sonrisa. Como mi abuela, no hay dos. Alegra tanto mis días que no me puedo imaginar cuánto la voy a extrañar ahora que voy a vivir lejos de ella, aunque, por lo que veo, parece que ella no me va a echar mucho de menos, porque tendrá la casa para ella solita.

Empiezo a conducir con la ayuda del GPS de mi teléfono y, cuando menos lo espero, veo un enorme letrero: «Bienvenidos a Blue Hill».

El corazón se me acelera al imaginar que este será mi nuevo hogar y donde por fin empezaré a ejercer mi carrera a cargo de un grupo.

Entro por una calle pequeña y, después de avanzar un poco, me sorprendo porque es un pueblo más grande de lo que me imaginaba, conduzco por unos minutos hasta que llego al hotel que encontré en el GPS.

Me bajo del coche y me quedo mirando todo alrededor, se ve muy tranquilo y me gusta mucho el lugar.

Entro al hotel y hay un hombre en la recepción.

—Buenos días —saludo—. Me gustaría tomar una habitación.

—Buenos días —me saluda amable—. ¿Cuántos días se va a hospedar señorita?

—Aún no lo sé, tal vez solo dos.

—¿Cuál es su nombre?

—Eliza Owens, soy la nueva maestra —me presento.

Al señor que me está atendiendo se le ilumina la cara.

—Bienvenida señorita Owens. Le voy a dar nuestra mejor habitación.

—Muchas gracias. Estoy aquí para buscar dónde vivir, ahora que empiezan las clases. ¿Usted sabe de alguna casa?

Él se queda pensando por un rato.

—La verdad, ahorita no recuerdo ninguna, pero, cuando mi esposa regrese de la iglesia, le voy a preguntar.

—Está bien, se lo agradezco.

—Su habitación está en el segundo piso, es la número 27. ¿Necesita ayuda con las maletas?

—No, no es necesario, gracias.

Subo a la habitación. Aunque es pequeña, está muy limpia y resultacómoda. Tiene dos mesillas de noche, cama matrimonial, una mesa de madera con dos sillas y la ventana tiene vistas a la plaza del pueblo.

Dejo mi maleta y, al bajar, me encuentro con una señora mayor, de cabello negro muy corto. Lleva un vestido negro con holanes y es un poco rellenita.

Al notar mi presencia, de inmediato me observa de pies a cabeza.

—Usted debe ser la nueva maestra, ¿verdad? —me interroga.

—Sí, soy yo.

—Bienvenida a Blue Hill. Soy Tomasa, la dueña del hotel.

—Mucho gusto, señora Tomasa.

—Solo dígame Tomasa, ya que pienso que seremos muy buenas amigas —asegura.

—Sí, seguramente.

—Me dijo mi esposo que está buscando dónde vivir.

—Así es —confirmo.

—Bueno, este pueblo es pequeño y no hay mucho donde escoger, pero le voy a dar varias direcciones para que vaya. Son unas casas pequeñas que están en alquiler.

—Muy amable, se lo agradezco.

Ella me da un papelito con varias direcciones y, después, me subo a mi coche y empiezo a buscar las casas que me dijo.

La primera es muy pequeña y, aunque económica, no me gusta la manera en que el dueño, que vive al lado, me observa. No me sentiría nada cómoda viviendo ahí.

La segunda está bastante bien, pese a que el precio es algo elevado para tener solo dos habitaciones.

Estoy por darme por vencida cuando paso por una granja que me llama la atención. Tiene pasto alrededor y el jardín se ve cuidado. La casa es blanca, se ve bastante grande y, lo mejor, parece vacía.

Me detengo y me bajo del coche. Entro para acercarme a la casa, que, aunque se ve un poco vieja, no está tan mal.

No sé qué tiene, pero llama poderosamente mi atención, me atrae como si fuera un imán.

Estoy embelesada observándola cuando se acerca un hombre.

—¿Puedo ayudarla en algo? —me pregunta.

—¿Es usted el dueño? —indago.

—No, señorita, yo solo me hago cargo de la limpieza de la casa.

—¿No sabe si la alquilan?

Él me observa, confundido.

—No sabría decirle. El joven Wallace no me ha dicho nada de que esté interesado en alquilarla.

—¿Me daría su número de teléfono, por favor? —le pido.

—Disculpe, señorita, pero esta es la granja Wallace.

—¿Está ocupada?

—No, pero no estoy seguro de que sea una buena idea vivir aquí.

—¿Por qué? —le pregunto con curiosidad.

—Usted no es de aquí, ¿verdad?

–No, soy la nueva maestra, acabo de llegar y estoy buscando dónde vivir.

—Bueno, es que está casa tiene mucho tiempo sola. Mi esposa y yo la mantenemos limpia, pero es porque nadie quiere acercarse aquí.

—¿De verdad? ¿Y por qué no? —indago.

—Dicen que la casa está embrujada.

—Yo no creo en esas cosas. Además, es muy grande y me encanta el jardín que tiene.

—Le daré el número del señor Wallace y usted llámelo. La verdad, yo tampoco creo que esté embrujada, pienso que es una casa muy bonita y espaciosa, solo le hace falta cariño.

Me entrega un trozo de papel con el teléfono del señor Wallace. A continuación, me subo a mi coche y, de inmediato, marco. Suena varias veces, hasta que, por fin me contesta.

—¿Diga?

Tiene una voz profunda lo que por alguna razón me desconcierta un poco.

—¿Hay alguien ahí? —pregunta.

—Hola, sí, disculpe, ¿es usted el señor Wallace?

—Sí, soy yo. ¿Quién habla?

—Mi nombre es Eliza Owens y soy la nueva maestra de Blue Hill —respondo.

Él se queda callado esperando que continúe.

—Lo siento, debe extrañarle mucho mi llamada. Lo que pasa es que estoy buscando dónde vivir y encontré por casualidad su granja. Me gustaría saber si estaría interesado en alquilarla.

—¿Está hablando en serio? —indaga y puedo notar incredulidad en su voz.

—Sí, ¿por qué no lo estaría?

—Para ser sincero, nunca he pensado en alquilarla. De hecho, nunca me imaginé que alguien estuviera interesado en ella, pero, si usted la quiere, adelante.

—¿De verdad? —le pregunto casi en un grito.

—Claro, esa granja solo me quita dinero, así que, si usted se compromete a pagar las utilidades y a las personas que la mantienen limpia, puede quedarse ahí el tiempo que necesite.

—¿Así, nada más? ¿No quiere que le firme algún contrato o algo?

—No, no es necesario, ni siquiera creo que dure mucho viviendo allí —murmura.

—¡Vaya! Pues gracias. De todas formas, este es mi número de teléfono y, como le dije, seré la nueva maestra del pueblo, por si cambia de opinión y necesita que le firme algún contrato.

—Está bien, solo quiero pedirle una cosa.

—¿Cuál?

—Todas las pertenencias de mis abuelos están en el sótano y me gustaría que allí se quedaran.

—Por supuesto, no tocaré nada de ellos.

—Perfecto.

—Gracias, señor Wallace.

—Ahora llamaré a la persona que cuida de la casa, para que le entreguen las llaves —me informa.

—De nuevo, muchas gracias.

Cuelga y yo me quedo sorprendida y feliz. Ya tengo dónde vivir y no me saldrá nada caro, hasta tengo ganas de ponerme a gritar de la emoción que siento.

En eso, tocan la ventanilla del coche y, al mirar, encuentro al hombre encargado de la casa. Bajo el cristal.

—Señorita, me acaba de llamar el señor Wallace. Me pidió que le diera las llaves.

—Gracias. ¿Cuál es su nombre?

—Soy Jacinto y mi esposa se llama Dina. De hecho, voy a llamarla para que venga a ayudarla a limpiar.

Me entrega las llaves y se va.

Entro en la casa y me sorprendo, porque está más limpia de lo que me imaginé. La cocina no es muy grande, pero tiene todo lo necesario. La sala de estar tiene un sofá un poco viejo, pero me servirá, por lo pronto. Subo las escaleras. Arriba hay tres habitaciones. Una de ellas, la más grande, tiene su propio baño y una cama matrimonial. Los muebles, aunque algo antiguos, son muy bonitos. Reviso las otras habitaciones, que también están amuebladas. En realidad, solo tendría que traer algunas cosas, porque la casa no necesita mucho. De repente, escucho la puerta de la entrada abrirse y bajo.

—Hola, señorita. Soy Dina, la esposa de Jacinto —se presenta la chica—. Yo me encargo de limpiar la casa.

—Mucho gusto, Dina. La verdad es que puedo notar que haces muy buen trabajo, te felicito.

—¿Le gustaría que la ayude a instalarse?

—Lo cierto es que no pensé que fuera a encontrar vivienda tan pronto y no me traje nada, pero a lo largo de la semana regresaré con algunas de mis cosas para instalarme —explico.

—¿Va a seguir necesitando de nuestros servicios? —me lo pregunta un poco desanimada; me imagino que esta casa les da estabilidad económica.

—Sí, claro, como lo estaban haciendo, solo que ahora seré yo la que les pague.

—Gracias, señorita —dice sonriendo, más relajada.

—Soy Eliza.

—Gracias, Eliza.

Intercambiamos nuestros números de teléfono y nos despedimos.

Cerramos la casa y, de regreso al hotel, entro a un pequeño restaurante.

—Bienvenida, maestra —me dice la persona que me atendiende.

Yo le sonrío, confundida.

—Es un pueblo pequeño y las noticias vuelan —me explica—. Sobre todo, con nuestra querida Tomasa.

Vaya, sí que fue rápida.

—Gracias —respondo con una sonrisa—. Quisiera una hamburguesa con papas y un refresco, por favor.

—Claro, enseguida se los traigo. Mi nombre es Sassy. Soy la dueña del restaurante, por si algo se le ofrece.

—Gracias, Sassy. Yo soy Eliza Owens.

Se aleja sonriente y yo suspiro. Ahora me doy cuenta de que todo lo que haga aquí se sabrá en tiempo récord en todo el pueblo.

A los pocos minutos, regresa con mi pedido.

—Provecho —dice al dejarlo en la mesa y asiento como agradecimiento.

Disfruto de la hamburguesa, que, por cierto, está deliciosa. No había comido nada en todo el día y ahora me siento agotada. Termino de comer y pago la cuenta.

Llego al hotel y me doy una ducha para acostarme a dormir. Pese a ser mi primer día en el pueblo, fue bastante provechoso. Ya tengo dónde vivir y eso me hace feliz.

Por la mañana, recojo mi maleta y bajo a pagar la cuenta del hotel.

—Buenos días, Eliza.

—Buenos días, Tomasa, voy a liquidar mi cuenta.

—¿Cómo? ¿Tan rápido te vas? —pregunta sorprendida.

—No, es solo que ya alquilé una casa y quiero quedarme allá para hacerle algunas modificaciones.

—¡Qué bien! ¿Rentaste alguna de las que te recomendé? —indaga.

—No, me quedaré en la granja Wallace —contesto.

Ella abre los ojos, asombrada.

—Ay, no, no te lo recomiendo. Esa casa tiene una maldición, incluso dicen que se aparece el señor Wallace, que su alma anda penando sin descanso por lo que hizo.

—Yo no creo en fantasmas, así que eso no me preocupa.

—Hace años que nadie vive allí. Ni siquiera el nieto de Wallace viene por aquí, sabe que no es bien recibido.

—¿Y eso por qué?

—Su abuelo asesinó a una mujer y, por eso, la señora Wallace lo abandonó y se llevó a su único hijo —me explica—. Al poco tiempo de que ella se fuera, encontraron muerto a su marido. Dicen que se suicidó. Jamás volvieron por aquí. ¿Quién va a querer relacionarse con el nieto de un asesino?

—Me parece que él no tiene la culpa de lo que hizo su abuelo, si es que lo hizo.

—En aquel tiempo, él era el alcalde de aquí, de Blue Hill, y la chica que desapareció era su secretaria. Nunca encontraron el cuerpo; la gente dice que está enterrada en algún lugar de la granja —cuchichea.

Aunque no quiera, me pongo un poco nerviosa al escuchar la historia.

—Bueno, muchas gracias, Tomasa, por la información; me voy.

—Cualquier cosa que necesites, no dudes en buscarme, aquí todos me conocen.

Me lo imagino; con lo comunicativa que es, sería imposible que no la conocieran.

Ayer, cuando llegué, pasé por un supermercado, así que me dirijo hacía allá para comprar algunas cosas que necesito.

Al llegar a la casa, me está esperando Dina, que, muy emocionada, se acerca para ayudarme a bajar las cosas.

—Hola, Eliza, ya preparé tu habitación.

—Gracias, Dina, no era necesario que te hubieras molestado.

—No es molestia, me alegra saber que por fin alguien va a vivir aquí.

Empezamos a bajar las cosas y ella me ayuda a guardar todo.

—Dina, ¿no tienes hijos? —le pregunto.

—No, nunca pude quedarme embarazada —responde melancólica.

—Lo siento, no debí preguntar —me disculpo.

—No te preocupes, Eliza, no pasa nada. Mi esposo y yo estamos solos, pero, de alguna manera, somos felices.

Son una pareja joven. Ella es muy bonita, tiene una sonrisa muy agradable, ojos color miel y cabello azabache. Es muy delgada y un poco bajita.

Jacinto tiene el cabello castaño y ojos color oscuros. Es alto y un poco rellenito.

—Me alegra escuchar que son felices.

—¿Y tú, Eliza, eres soltera?

—Sí.

—Tal vez aquí encuentres un buen hombre. Precisamente, el director de la escuela es viudo; tiene una hija de trece años.

—Qué triste que sea viudo con una hija adolescente —murmuro.

—Sí, es triste, aunque es muy buen partido. La mayoría de las solteras de aquí le tienen echado el ojo.

Sonrío. Jamás me hubiera imaginado que en apenas unos días me enteraría de la vida de las personas que viven aquí.

—¿Hay alguna tienda donde pueda comprar sábanas y cortinas?

—Sí, hay una muy cerca, es un almacén.

—¿Me acompañarías?

—Claro.

Nos subimos al coche y me da las indicaciones.

Llegamos a un almacén y, para mi sorpresa, encuentro todo lo que necesitaba y algunas cosas extras, de modo que compro una sala sencilla, pero mejor que la que está ahora en la casa. También me compro un colchón nuevo y varias cosas más para decorar la casa. Gasto algo de dinero, pero vale la pena.

La casa quedará muy cómoda para mí. Después de todo, será mi nuevo hogar y no quiero escatimar en gastos.

CAPÍTULO 2

Cuando regresamos a la casa, Jacinto nos ayuda a sacar los muebles que no voy a utilizar y, en menos de lo que pienso, llegan los nuevos. Dina me ayuda y dejamos todo listo, cambiamos las cortinas de la sala y de mi habitación.

—Eliza. ¿podemos regalar los muebles que sacaste? —me pregunta Jacinto.

—Sí, claro, aunque no creo que le sirvan a nadie.

—Oh, claro que sí, tengo varias personas afuera preguntándome por ellos.

Me asomo por la ventana y, efectivamente, hay varias personas revisando todo lo que sacamos.

—Claro, Jacinto, que se los lleven.

—Eliza, ¿quieres que te prepare algo de cenar? —se ofrece Dina.

—No, Dina, ve a descansar, hoy ha sido un día muy pesado.

—Mejor preparo la cena y, después, me voy a descansar.

—Vaya, qué energía tienes, yo estoy que me caigo del cansancio.

—¿Qué edad tienes, Eliza?

—Veintiséis, pero la energía de ochenta años. No te digo de setenta, porque mi abuela tiene casi esa edad y todavía le encanta el baile y aguanta mejor las desveladas que yo.

Suelta una enorme carcajada y baja a la cocina.

Estoy agotada y llena de polvo. Me doy una ducha, me pongo el pijama y, al bajar, me sorprende el delicioso aroma que sale de la cocina. Dina ya tiene la cena lista.

—Ahora sí me voy, para que puedas descansar.

—No se vayan, quédense a cenar —les pido.

—Pero no queremos molestar —responde avergonzada.

—No es molestia, ve por Jacinto y me acompañan.

—Está bien.

Sale y, en un rato, regresan juntos. Son una pareja muy bonita. Dina parece de unos treinta y cuatro años y Jacinto de casi cuarenta.

—Gracias por invitarnos a cenar, señorita.

—Jacinto, llámame Eliza —le pido—. Y gracias a ustedes por toda su ayuda.

Durante la cena, me platican que se casaron muy jóvenes. Dina tenía dieciocho y Jacinto, veintitrés. Tienen una pequeña granja en la que crían ganado y de eso viven. El cheque que les paga el señor Wallace lo están ahorrando para comprar más tierras.

—La verdad es que Blue Hill es un pueblo muy tranquilo —comenta Jacinto—. Pero todo se sabe, sobre todo, si doña Tomasa, la dueña del hotel, se entera.

Sonrío.

—Ya me di cuenta, pero me gusta que todos sean tan amigables.

—Bueno, el señor Grind es el menos amigable —bufa Jacinto.

—¿Quién es? —indago curiosa.

—El alcalde del pueblo. Desde que al señor Wallace lo culparon de asesinato, su abuelo ocupó el cargo de alcalde y, de ahí, ya nadie los ha podido quitar del puesto.

—Ahora ya no sé si quiero conocerlo…

—Lo más seguro es que lo conozcas, nadie en el pueblo hace un movimiento sin que él lo sepa. Es un mujeriego. Se casó con una buena mujer, pero solo le ha dado hijas y, como se imaginará, él quiere un varón —comenta Dina.

—¿Cuántas hijas tiene?

—Cinco y está embarazada de otra niña.

—¡Wow!

—Bueno, ahora sí, nosotros nos vamos. Mañana es domingo y vamos a ir a misa, por si gustas acompañarnos —dice Dina—. Sería un buen momento para que conozcas a la gente del pueblo.

—Sí, me parece una buena idea. Gracias por todo.

Se van y yo recojo la cocina antes de irme a descansar. De pronto, escucho la puerta de mi habitación cerrarse. Subo y, al entrar, veo la ventana abierta. No recuerdo haberla dejado así, pero pudo haber sido Dina.

La cierro y bajo para apagar la luces. Voy subiendo las escaleras y escucho un ruido en la cocina. «No puede ser, ahora qué sucede», pienso. Regreso a revisar y todo está en orden. Me aseguro de que todo esté cerrado y me voy a mi habitación a descansar. Estoy por quedarme dormida cuando suena mi celular.

—Eli, ¿por qué no me has llamado? —me interroga mi abuela, preocupada.

—Hola, Nani. Discúlpame, se me ha pasado el tiempo volando. Ya encontré dónde vivir; es más, ya estoy instalada.

—¡Qué alegría, hija! ¿Y qué pensaste de comprar, en lugar de alquilar?

—Por ahora, me quedaré con el alquiler, aunque no te lo vas a creer, solo le pago a una pareja que me ayuda con la limpieza y las utilidades. Eso es todo lo que pagaré.

—Suena demasiado bueno para ser verdad. Mucho cuidado, hija, no vaya a ser un violador el dueño.

Yo suelto una carcajada.

—Ay, Nani, qué cosas se te ocurren. Ni siquiera conozco al dueño, no vive aquí en el pueblo, así que no corro ningún peligro de violación.

—Qué lástima, hija.

—¡¡Nani!! —la recrimino.

—Es broma, Eli. ¿Cuándo vas a volver?

—No lo sé. Me quedaré unos días más y, después, iré por mis cosas.

—Muy bien, hija, te prometo que te voy a acompañar la próxima vez.

—Eso me parece muy bien. Cuídate y no olvides que te quiero.

—Yo también te quiero, hija.

Cuelgo y me acomodo en la cama. Después de varias vueltas, por fin me quedo dormida.

—Eliza.

Escucho la voz de alguien llamándome. Veo una luz que me lastima los ojos y no distingo bien, pero creo que es la silueta de un hombre alto. Trae un sombrero y puedo escuchar el ruido de sus botas sobre el suelo.

—Eliza.

De pronto, me despierto asustada. Volteo para todos lados y no veo nada. Prendo la lámpara de al lado de mi cama y todo está en orden, pero, de alguna manera, sentí que alguien me hablaba al oído. Creo que las historias que me contaron de esta casa me están afectando.

Me vuelvo a dormir y, para suerte mía, no vuelvo a tener más sueños extraños.

Por la mañana, tras despertar, abro las cortinas. Entra la luz del sol y es tanta la tranquilidad que se respira que no extraño en nada el ruido de la ciudad. Me doy una ducha y me preparo un café y pan tostado. Estoy absorta mirando por la ventana hacia el exterior cuando tocan la puerta.

—Buenos días —me saluda un hombre al abrir.

—Buenos días —respondo.

—Soy el alcalde del pueblo, Michael Grind.

Es un hombre robusto, de pelo negro y ojos color café. Tiene un enorme bigote, va vestido de vaquero y trae una chaqueta. Se ve como de cuarenta años.

«Ya empiezas a adivinarles las edades a las personas, no hay quien te pare», diría mi abuela. Siempre he tenido esa manía de calcular la edad y suelo ser muy exacta.

—Mucho gusto, señor Grind. Soy la nueva maestra, Eliza Owens.

Me da la mano y me escruta de pies a cabeza.

—Solo venía a presentarme. Espero que la veamos en la iglesia esta mañana, para que conozca a las familias del pueblo.

—Claro, allí estaré.

Se va y se sube a una enorme camioneta. Cierro la puerta y regreso a terminar de comer.

De nuevo, escucho ruidos arriba. Ya estoy empezando a creer que, de verdad, hay un fantasma en esta casa. Subo y reviso las habitaciones, pero no encuentro nada. Dejo de pensar en tonterías y me cambio para ir a la iglesia.

Al salir de la casa, Jacinto y Dina me están esperando.

—Hola, Eliza, venimos a recogerte —me dice Dina.

—Gracias, no tenían por qué molestarse.

—No es molestia. Además, te sentirás más en confianza con nosotros —responde Dina y, en verdad, tiene razón.

Me voy con ellos en su camioneta y, al llegar a la iglesia, cuando bajamos del vehículo, ya hay muchas personas congregadas.

Entramos y todos me observan con curiosidad. Es extraño tener toda la atención, pero también sé que es normal ya que soy la “novedad” por decirlo de alguna manera.